lunes, 25 de noviembre de 2024

DIOS RESPONDE A JOB

 

 

"Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo: ¿quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia" (Job 38:1-4).

 

En la publicación anterior hemos visto que Eliú, queriendo amonestar a Job, afirmó que él mismo también era un hombre mortal, para que Job no pudiera quejarse de ser tratado por un poder demasiado alto. Luego mostró que Dios quería que procediera por medio de la razón y con dulzura; como también la usa con nosotros; porque nos protege, haciendo que su palabra nos sea predicada por hombres semejantes a nosotros, de manera que podamos acercarnos con más familiaridad a lo que él propone; la doctrina es masticada para nosotros.

 Vemos entonces que Dios ha tenido piedad de nosotros cuando ordena a hombres como ministros de su palabra, y a aquellos que nos enseñan en su nombre y por su autoridad. Porque él sabe lo que podemos llevar, y puesto que somos débiles, pronto seríamos tragados por su majestad, y abatidos por su gloria. Y por eso es que condesciende a nuestra pequeñez cuando nos instruye por medio de hombres. Sin embargo, también es preciso que nosotros seamos tocados a efectos de rendirle la reverencia que él merece; porque sin esto abusaríamos de su bondad, y finalmente, al acercarse a nosotros, sería como que le hiciéramos compañía. Esto es lo que ahora se nos narra, que Dios viendo que Job no fue suficientemente sumiso a las proposiciones y razones presentadas por Eliú, le hace experimentar su grandeza desde un torbellino; para que, siendo atemorizado así, pudiera reformarse por el reconocimiento de sus faltas, y que pudiera obedecer enteramente lo que le es presentado.

Así vemos que Dios se acomoda de todos los modos posibles a nosotros, a efectos de ganarnos. Porque por un lado él mismo se humilla. ¿Y por qué? Porque ve que nosotros somos demasiado crudos y groseros para ascender a él. Sin embargo, puesto que hay un orgullo demasiado grande en nuestras mentes, es preciso que los experimentemos a él tal como es, a efectos de aprender a temerle y de oír su palabra en toda humildad y solicitud. Este es un punto que tenemos que observar bien; porque por este medio vemos el amor que tiene a nuestra salvación. Porque ciertamente tiene que estar preocupado por nosotros para transfigurarse de tal manera por así decirlo, que no se conforma a hablar en términos iguales; en cambio, viendo que es bueno y propicio para nosotros, él nos implora; y luego, viendo que semejante bondad no puede volvernos de nuestro desprecio, él se levanta y se magnifica en la medida que le es propia a él; para que nosotros podamos conocer nuestra condición a efectos de sujetarnos enteramente a él. Y, tanto más debiéramos desear ser enseñados en su palabra viendo que ella ha sido conformada a la medida de nuestro entendimiento y que Dios no ha olvidado nada de lo que se requería y de lo que era útil para nuestra salvación. Viendo entonces que nuestro Dios estaba dispuesto a descender a nuestro nivel y que, sin embargo, asciende para reformarnos de modo que le obedezcamos, tomemos tanto más coraje para escucharle cuando habla. Y no usemos la frívola excusa de que la palabra de Dios es demasiado elevada y oscura para nosotros, o que quizá sea demasiado aterradora, o quizá demasiado simple. Porque cuando cada cosa ha sido evaluada y reducida, es cierto que nuestro Señor nos propone una majestad en su palabra, que hará temblar a toda criatura; también hay una simpleza para que pueda ser recibida por el más ignorante y necio; hay una claridad tan grande en ella que podemos recibirla sin haber ido a la escuela, con tal de estar dispuesto a ser enseñados; porque no es sin motivo que él sea llamado "Maestro" por los humildes y pequeños.

Esto es lo que hemos de notar en primer lugar de este pasaje; es decir, cuando Dios nos habla por boca de hombres, es para que nos acerquemos a él con mayor libertad, que recibamos lo que él nos presenta de su parte con mayor facilidad y que no nos asombremos en medida excesiva; pero puesto que estamos endurecidos más allá de toda esperanza, y no le rendimos el honor que él merece, nos hace experimentar cómo él es, y se eleva en majestad, para que ello pueda inducirnos a rendirle homenaje.

Ahora, se dice específicamente que "el Señor habló a Job desde un torbellino"; que no fue suficiente con darle una señal de su presencia, sino que estuvo allí semejante a un torbellino.

Muchas veces encontramos en las escrituras que Dios se movía así mediante el estrépito de truenos queriendo hablar a sus creyentes; pero, especialmente aquí, tenemos que evaluar la circunstancia de que Job todavía no estaba totalmente en jaque mate, y que Dios tuvo que mostrarle una fuerza terrible. Por este motivo entonces, tronó y se movió en un torbellino, a efectos de que Job pudiera saber con qué maestro se las tenía que ver. En general se dice que Dios realmente habita en una nube oscura, o quizá que esté rodeado de claridad; sin embargo, es algo que no podemos captar; si queremos contemplar a Dios nuestros sentidos se marean, de manera que hay una oscuridad muy especial. Entonces se describe correctamente, en términos generales, la gloria de Dios, a efectos de que no queramos inquirir demasiado en sus consejos que para nosotros son imposibles de captar; sino que de esa manera podamos gustar lo que a él le agrade revelarnos, y que, entre tanto, sepamos que todos nuestros sentidos son indignos, a menos que él se complazca en acercarnos a nosotros, o quizá de elevarnos hacia él; pero para una consideración aun diferente, es decir, debido a nuestra rebelión Dios tiene que mostrarse en forma aterradora. Es cierto que tal vez él no quiera otra cosa que acercarnos a él con dulzura; y vemos que usa modos amorosos, cuando los hombres están dispuestos a someterse a él, que él nos invita con tanto sentido de humanidad como es posible; pero cuando percibe alguna dureza de corazón, tiene que abatirnos en el comienzo mismo. Porque de otra manera, ¿de qué aprovechará que nos hable? Su palabra será despreciada por nosotros, o tal vez ni siquiera entre en nuestro corazón. Es por eso que, publicando su ley se movía en torbellinos, para que las trompetas sonaran en el aire, para que cada uno temblase, que la gente estuviese atemorizada por ello, como diciendo, "Que no nos hable el Señor, de lo contrario todos seremos muertos, seremos abatidos." ¿Por qué es que Dios movió así toda la tierra, y que su voz haya resonado en forma tan aterradora? ¿Acaso quería alejar tanto a su pueblo que éste ya no pudiera escucharlo? Al contrario, está dicho, "No en vano dio su ley," pero quiso dar ciertas instrucciones a su pueblo, es decir, el camino de vida.

De manera entonces, no era para atemorizar que moviese a los estruendos y tempestades del aire; no fue esa, digo, su intención; pero esto ser vio como preparación para hacer descender la altivez de la gente; ésta jamás habría obedecido a Dios o a su palabra, jamás habría conocido siquiera la autoridad de aquel que habla sin estas señales que fueron agregadas. Entonces notemos bien que no es una cosa superflua que Dios haya hablado así desde un torbellino. Y si un hombre tan santo, que había aplicado todo su estudio al propósito de honrar a Dios, tenía que ser refrenado de tal manera, ¿qué de nosotros? Comparémonos con Job.

Aquí hay un espejo de santidad angelical. Hemos visto las protestas que presentó aquí abajo; y si bien fue afligido hasta el límite, a pesar de murmurar, y aunque se le escaparon expresiones extravagantes; con todo ello siempre retuvo el principio de adorar a Dios, y de humillarse bajo su majestad; en general cumplió con esto, aunque en parte cayó.

 Ahora nosotros somos carnales a más no poder, y nuestras vanidades nos extravían de tal manera que, por así decirlo, estamos embriagados; difícilmente consideramos que existe un juez en el cielo; y cuando nos es propuesta su palabra somos más crudos incluso que los asnos. Entonces, ¿acaso no es necesario que nuestro Señor nos haga experimentar su majestad, y que seamos conscientemente afectados por ella? Ahora, es cierto que Dios no levanta tempestades a efectos de que conozcamos que es él quien habla; pero él tiene que usar otros medios para que nos dispongamos a venir a él, como también vemos que lo hace. Entonces, cuando alguien tenga algunos escrúpulos, y algunos problemas de conciencia, cuando otro sea afligido por enfermedad, y otro tenga otras adversidades, sepamos que es Dios quien nos llama a sí mismo viendo que no venimos a estas cosas por nuestra libre voluntad, que no nos acercamos para oír su palabra; él refrena esa dureza de corazón tal como se requiere para que nuestros espíritus puedan ser doblegados a la correcta obediencia.

Entonces, Dios ve esa rebelión en nosotros; él se ve precisado a usar estos modos y medios que ya he mencionado para acercarnos a él y ganarnos para sí mismo; para que nosotros podamos oírle él tiene que hablarnos desde un torbellino; no es que así sea con todos; porque vemos a algunos que dan coces contra el aguijón, y actúan como caballos salvajes, y aunque Dios los cuide, ellos no ganan nada así. ¿A cuántos de estos tipos malogrados se ve, a quienes Dios habrá castigado de tantas maneras, a quienes habrá golpeado en la cabeza con fuertes martillazos, de manera que, por muy duros que sean, tendrían que haberse ablandado? Sin embargo, nunca dejan de castañetear sus dientes. Se ve que no pueden moverse sin mostrar que están llenos de orgullo y rebelión contra Dios, y que lo desprecian a más no poder.

De manera entonces, es muy necesario que aquellos y quienes Dios castiga tendrían que estar dispuestos a acercarse a él; porque esa es su intención. Entonces, seamos sabios para no frustrar a nuestro Dios; siempre y cada vez que nos envíe alguna adversidad, aprendamos a ir corriendo a él, como si hablase con truenos, y como si nos ocurrieran a nosotros, a efectos de hacernos oír. Sepamos esto, y sepámoslo de tal manera que nuestro espíritu sea realmente refrenado debajo de él, y que no pretendamos otra cosa sino humillarnos totalmente en obediencia a él. Eso es lo que tenemos que recordar en este pasaje. Además sepamos que, aunque actualmente Dios no truene desde los cielos, todas las señales que han sido dadas en tiempos antiguos prueban que su palabra debiera servirnos hoy. Cuando nos es predicada la ley de Dios tenemos que agregarle lo que nos es narrado en el capítulo 19 de Éxodo; esto es, que la ley ha sido debidamente ratificada y que nuestro Señor le ha dado plena autoridad al enviar truenos y relámpagos del cielo lo cual hizo para traer a la memoria la aparición de trompetas; que todo esto fue para que su ley fuese recibida hasta el fin del mundo en toda reverencia.

Así es en este pasaje. Porque cuando dice que "Dios apareció en un torbellino," hemos de saber que quiso ratificar lo que está contenido en este libro; y no solamente eso; sino que tenemos que extender esta autoridad a través de todo su mundo. Aún existe esta consideración, que si Dios comenzó de un modo amable a llamarnos a él, y si al final se mostró rudo y amargo, ello no debe parecemos de ninguna manera extraño; más bien examinemos nuestras vidas para saber si le hemos obedecido; y de esa manera sepamos que su bondad es de una sola pieza, y entonces sabremos que es muy necesario que él use esta segunda forma para ganarnos cuando ve que no ha aprovechado nada mediante la gracia que nos había mostrado.

Ejemplo: A veces el Señor puede ser bueno hacia nosotros cuando quiere tenernos como propios y miembros de los suyos; sin enviarnos ninguna aflicción, él nos propondrá su palabra. O quizá nosotros veamos que es su voluntad y estemos de acuerdo con ella. Sin embargo, no la aprovechamos al tener la debida seguridad de su bondad, renunciado a nuestros deseos malvados, olvidando al mundo, y entregándonos enteramente a él. Él nos soporta por un tiempo; pero al final, cuando ve que somos tan indiferentes, comienza a golpear. Mediante esto ciertamente debiéramos experimentar que no habla sin causa como desde un torbellino, porque no le hemos oído cuando quiso enseñarnos con gracia, y de modo humano y paternal. Entonces, es necesario que Dios nos hable con esa vehemencia, puesto que él ve que nunca nos acercaríamos hasta no habernos preparado de esa manera. Es cierto que a algunos los ganará por la simple palabra; pero cuando ve que otros son displicentes, les envía algún problema, alguna aflicción.

En efecto, hay muchos que jamás habrían venido al evangelio, que jamás habrían sido tocados correctamente en sus corazones para obedecer a Dios, si no fuera por alguna señal que él les envió indicando que quería castigarlos. Además de esto, cuando experimentaron, por las aflicciones, que sólo hay miserias en este mundo, fueron constreñidos a estar descontentos consigo mismos y a cortar las delicias en las que previamente estaban sumergidos.

Así es entonces cómo Dios acerca de diversas maneras a los hombres a sí mismo. Pero, aprovechemos siempre los medios que usa con nosotros; además cuando no habla desde un torbellino, procedamos nosotros, por nuestra parte, a familiarizarnos con él, y permitamos ser gobernados por él como ovejas y corderos; porque si él ve cierta dureza en nosotros quizá tenga que refrenarnos con alguna maldición; y si por algún tiempo nos deja correr como caballos desbocados; aun así, al final experimentaremos su terrible majestad para ser atemorizados por ella, en efecto, si le complace darnos su gracia; porque es un beneficio especial que Dios nos da, cuando nos despierta de esa manera y truena con su voz, a efectos de que nos entre por los oídos y que podamos estar profundamente apenados por su causa. Ese, digo, es un beneficio que no concede a cualquiera. Además, cuando truena contra los incrédulos es demasiado tarde; porque ya no hay ninguna esperanza de que puedan volver a él. Dios los convoca para que escuchen la condenación. Además, debiéramos recibir apaciblemente esta ayuda que Dios nos da, cuando levanta a algún torbellino para refrenar todas las rebeliones de nuestra carne; es decir, nos hace experimentar su majestad.

Esto es en resumen, lo que tenemos que recordar de este pasaje.

Ahora venimos a lo que dice aquí, "¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y tu rne contestarás." Aquí, en primer lugar, Dios se mofa de Job, ya que este era rebelde, y el parecía que mediante argumentos ganaría su caso. Es por eso que dice, "¿Y tú quién eres?" Y ahora, cuando la escritura nos muestra quiénes somos, es para vaciarnos de todo orgullo. Es cierto que los hombres se estiman demasiado, haciéndose creer que hay alguna gran dignidad en ellos. Ahora, bien pueden valorarse ellos mismos, pero Dios solamente los conoce en olor y hediondez, él los rechaza; en efecto, los considera detestables. Y así, aunque nosotros podamos ser tan necios, y aunque seamos presuntuosos pensando en glorificarnos a nosotros mismos en nuestra propia imaginación, pensando que tenemos poder y sabiduría; sin embargo, Dios para vaciarnos y entregarnos turbados, solamente usa la palabra, "Y tú, hombre, quién eres?" Cuando esto es pronunciado, realmente es para despojarnos completamente de toda ocasión para gloriarnos.

Porque sabemos que no hay una sola gota de bien en nosotros; y entonces ya no tenemos ocasión de ninguna clase para recomendarnos.

Y eso es por qué Dios también agrega, "ciñe como varón tus lomos," es decir, "vístete como te plazca, convéncete a ti mismo de que realmente eres un gigante, equípate bien, ármate de la cabeza a los pies. Muy bien, ¿al final qué ganarás con ello, cuando yo me oponga a ti, pobre criatura? ¿Piensas subsistir de alguna manera? ¿Qué tienes?" Aquí vemos entonces la intención de Dios. Porque esta necedad de preciarnos a nosotros mismos presumiendo que valemos algo está tan arraigada en nosotros que es muy difícil llevarnos al conocimiento correcto de nuestra pobreza, de manera de quedar libres de todo orgullo y presunción. Además, entonces, tenemos que notar bien los pasajes de la Escritura, en los cuales se nos muestra que no hay valor alguno en nosotros. Y esto pensémoslo bien; porque ello no se dice únicamente de una parte del mundo, sino de la humanidad en general.

Entonces, grandes y chicos, aprendan a avergonzarse; puesto que Dios incluye todo, realmente como si fuera en una gavilla, cuando dice que la sabiduría del hombre sólo es necedad y vanidad, que en lugar de poder sólo hay debilidad, que en lugar de justicia solamente hay impureza y suciedad. Porque cuando Dios habla en estos términos, no es para dos o tres personas, sino para cada uno en general. Aprendamos entonces desde el más grande hasta el más insignificante, a humillarnos, sabiendo que todas nuestras glorias solamente son vergüenza y confusión delante de Dios. De esa manera, pensemos en la palabra "¿Quién es él?" No la tomemos como referida únicamente a la persona de Job, más bien tomémosla como refiriéndose a todas las criaturas mortales; como si nuestro Señor dijera; "¿Por qué?" ¿Acaso hay tal audacia en una persona, siendo solamente un vaso frágil de barro, y en una persona que es menos que nada, que exista semejante audacia de disputar contra mí y de querer inquirir tanto? ¿Adónde va a parar esto? ¿Quién eres tú, hombre?" Como también vemos que San Pablo nos amonesta mediante esta palabra (Romanos 9:20 ), " Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?"

Cuando ha establecido las objeciones que los hombres suponen eficaces para disputar de alguna manera con Dios diciendo, "¿Y por qué perderá Dios a los que ha creado? Y que sin razón alguna pueda discernir uno del otro; para que uno sea llamado a salvación, rechazando a otro; ¿por qué es esto?" Entonces, cuando San Pablo dijo esto, aunque los hombres se complazcan con tales objeciones, dice, "Oh hombre, ¿quién eres tú para dirigirte así contra Dios?" Esto es lo que tenemos que notar de la palabra "¿Quién es él?" Entonces, que cada uno, siempre y toda vez que sea tentado con orgullo, piense así de sí mismo, "Pero, ¿en realidad, quién eres?" No es aquí cuestión de entrar en combate contra criaturas que son nuestros semejantes, y contra aquellos que sin iguales a nosotros; pero si queremos ser tan osados como para inquirir en los secretos de Dios; si soltamos las riendas a nuestras fantasías y a nuestras lenguas para imaginar cosas inútiles, o hablar contra Dios y su honor, debemos pensar,

"Ciertamente, ;,y yo quién soy?" Cuando cada uno haya mirado a su propio interior, y considerado su propia debilidad cuando, en resumen, haya conocido que en sí no es nada en absoluto; entonces seremos suficientemente amonestados, todo este cacareo que hayamos concebido previamente será silenciado; incluso todas nuestras fantasías serán refrenadas y cautivadas, lo que sería declarado luego, pero en forma más completa.

Ahora, aquí dice especialmente: "Ciñe como varón valiente tus lomos" para significar que cuando todo el mundo haya reunido sus fuerzas, y las haya exhibido, ello no será absolutamente nada. Es por eso, entonces, porque Dios desafía aquí a Job diciendo, "Que se equipe, y que venga con armadura y armado como un gigante, o como el hombre más ágil que se pueda encontrar."

Con ello se expresa aún mejor lo que hemos dicho, esto es, que cuando los hombres son condenados en las Escrituras, ello no está dirigido simplemente a los vulgares, y aquellos que son despreciables, que carecen de crédito y dignidad; sino que se extiende a los más grandes, a aquellos que suponen tocar las nubes. Y así entonces, aunque los hombres piensen tener alguna apariencia en sí mismos para recibir honor; que sepan que esto no es nada con respecto a Dios.

Como por ejemplo: aquellos que son excelentes cuando se comparan a sí mismos con sus semejantes, es cierto que concebirán alguna opinión propia y estarán satisfechos consigo mismos; cuando una persona sea reputada sabia, de buen entendimiento, con gracia - bien, la misma será apreciada a los ojos de aquellos que no tienen las mismas cualidades; una persona puede ser rica, investida de virtudes grandes y dignas de alabanza - a los ojos de quienes pasan.

Eso entonces, bien podría capacitarnos para sentirnos muy anchos (como ellos dicen) para recomendarnos a nosotros mismos cuando tengamos tales virtudes especiales; pero cuando nos acerquemos a Dios es preciso que todo sea vaciado. Entonces, no hay ninguno tan robusto y galante que tenga una sola gota de fuerza; aquí ya no queda ninguna santidad, ya no queda ninguna sabiduría, no queda nada en absoluto. De manera entonces, que todo el mundo sepa que todo su equipamiento de nada aprovechará delante de Dios; en cambio, tenemos que ser totalmente vaciados, Dios tiene que anularnos, a efectos de no dejar ninguna gota de virtud' en nosotros, excepto aquello que tomemos de él, como prestado, sabiendo que todo procede de su pura bondad. Ahora vemos lo que implica la palabra "varón valiente"; es para significar que, aunque tengamos ciertas virtudes especiales, ello no debiera darnos ocasión para enorgullecemos delante de Dios.

Además también dice que "Job envolvió (u oscureció) el consejo con palabras sin sabiduría." Con ello Dios declara que, habiendo tratado sus secretos, ciertamente debiéramos pensar en nosotros mismos, a efectos de proceder aquí sobriamente y en todo temor; porque con la palabra "consejo" Dios quiere significar las cosas elevadas de las que Job había estado hablando. Nosotros bien podemos disputar acerca de muchas tonterías menores, y podemos disputar deliberadamente - bien, nuestras proposiciones serán vanas y frívolas sin embargo, no habrá blasfemias, y el nombre de Dios no será profanado en absoluto. Pero cuando venimos a la doctrina de salvación, cuando entramos a las obras de Dios, y cuando disputamos acerca de su providencia y de su voluntad; no es propio que vengamos tan apresuradamente; porque envolvemos o entregamos el consejo en proposiciones sin conocimiento.

Entonces vemos para qué es que Dios amonesta a Job; es decir, por el hecho de haber hablado demasiado pronto de cosas que están más allá de su comprensión; porque si bien tenía dones excelentes, no obstante, tenía que haberse humillado siempre, reconociendo su debilidad; y también debía haberse refrenado cuando realmente hubo llegado al final de sus sentidos, y que sólo debía haber pensado en los juicios de Dios; y, viéndose turbado de esa manera, debía haber considerado la debilidad de su espíritu; y conociéndose a sí mismo como hombre mortal, debía haber dicho: "Ciertamente, sólo hay ignorancia y necedad en mí." Entre tanto también tendría que haber considerado la inestimable majestad de Dios y su consejo incomprensible; ello lo debía haber humillado. Job no hizo ni una cosa ni la otra. De manera entonces, aunque no se extravió del camino correcto, sino que siempre aspiró al verdadero fin no obstante vemos aquí que es amonestado por la boca de Dios.

Ahora, este pasaje debería advertirnos de la reverencia que Dios quiere que tengamos ante sus grandes misterios, y por aquello que concierne a su reino celestial. Si disputamos acerca de nuestros asuntos - muy bien - no necesitamos proceder con cautela tan extrema; porque estas son cosas que pasan: pero siempre y toda vez que se trate de hablar de Dios, de sus obras, de su verdad, de aquello que está contenido en su palabra, vengamos a ello con temor y solicitud, no tengamos la boca abierta, para aspirar todo aquello que nos venga a la imaginación; que ni siquiera tengamos nuestras mentes demasiado abiertas para inquirir en aquello que no nos atañe y que no nos es lícito; en cambio, refrenemos nuestra mente, pongamos rienda a nuestra lengua.

¿Y por qué? Porque es el consejo de Dios, es decir, estas cosas son demasiado oscuras para nosotros, y demasiado elevadas. Entonces, no tenemos que presumir de venir a ellas a menos que Dios quiera instruirnos por medio de su pura bondad. Y quiera Dios que estas cosas puedan ser practicadas correctamente y que no tengamos los combates que hay en todas partes del mundo.

Pero, ¿por qué existen? Es evidente que muy pocos son afectados por la majestad de Dios.

Cuando uno discute su palabra y la doctrina de nuestra salvación, y toda la Santa Escritura, cada uno tendrá su propio camino; cada uno que habla de ella a la sombra de una lámpara, querrá despedirse de ella. Estas son cosas que sobrepasan todo entendimiento humano; sin embargo, se ve que debemos ser más osados para discutir tan elevados misterios de Dios - los cuales deberían llenarnos de asombro, y deberíamos adorarlos con toda solicitud - para balbucear de ellos debemos ser, digo, más osados que discutiendo una transacción por cinco euros, y no sé qué.

¿Y cuál es la causa de esto sino que los hombres no han considerado que Dios se oculta de nosotros y oscurece su consejo y que en las Escrituras nos ha expuesto su voluntad a la cual tenemos que estar sujetos? Por un lado vemos a los papistas que blasfeman contra Dios, que trastornan, falsifican, depravan y corrompen la totalidad de las Sagradas Escrituras, de manera que no les cuesta nada burlar a Dios y a toda su palabra. ¿Y por qué? Porque nunca gustaron el significado de la palabra "consejo." Entre nosotros se ven personas ebrias que también sujetarían a Dios a sus fantasías. Aunque fuesen los más ágiles del mundo, los más experimentados en las Santas Escrituras, tendrían que llegar a esta conclusión: El consejo de Dios es superior a nosotros. Pero aquellos son estúpidos y totalmente embrutecidos; no tienen sentido ni razón, el vino los gobierna como a puercos; y sin embargo, querrán ser teólogos, y trastornar las cosas de tal manera que si actualmente les creyéramos, tendríamos que construir y forjar un evangelio totalmente nuevo.

Pero recordemos todavía que aquí se nos muestra que cuando hablamos de Dios no tenemos que tomarnos la licencia de charlar y balbucear lo que nos parezca bien; en cambio, sepamos que él nos ha revelado su consejo en su Santa Escritura, para que tanto grandes como chicos puedan someterse y adorarlo. Y esto es lo que se dice acerca de "palabras sin sabiduría." Entonces Dios muestra aquí que siempre y toda vez que hablamos de él, y de sus obras, es una doctrina de consejo, una doctrina elevada. Y contrariamente, lo que podamos presentar, y lo que podamos concebir en nuestras mentes, ¿qué es? Proposiciones sin sabiduría.

Que los hombres mismos se pongan en la balanza, y se hallará que son más livianos que la vanidad, tal como dice en el Salmo 62; 9 (Por cierto, vanidad son los hijos de los hombres, mentira los hijos de varón;  Pesándolos a todos igualmente en la balanza, Serán menos que nada.). Entonces, además tenemos que notar bien esta doctrina, que en nosotros no habrá sabiduría, para saber cómo discutir las obras de Dios, a menos que él nos haya instruido. Es así como seremos sabios, siendo gobernados por el Espíritu de Dios y por su palabra. Sin embargo, cuando no hallemos en la palabra de Dios lo que queremos conocer, sepamos que hemos de seguir ignorantes; y luego, después de ello tenemos que mantener cerrada nuestra boca; porque tan pronto queramos decir una palabra, faltará la sabiduría; solamente habrá decepción en nosotros. Esta es entonces la acusación que Dios presenta contra Job.

Además Dios dice: "Responde a todas mis preguntas; ciertamente, si tienes sabiduría me puedes responder aquello que yo quiero saber de ti." Aquí Dios persiste en burlarse de la necia presunción de los hombres, cuando piensan ser tan sutiles como para poder disputar y pleitear contra él. Entonces Dios dice, "Muy bien, es cierto que ustedes son muy ingeniosos; a ustedes les parece al hablar que yo les doy rienda suelta; pero voy a tener mi turno, y voy a hablarles un poco, y ustedes me tienen que responder y seguramente verán su engaño." ¿Cuál es la causa entonces de que los hombres sean tan temerarios para avanzar tan neciamente contra Dios? Es porque ellos mismos se toman la libertad de hablar, y de ocupar el lugar, y les parece que Dios no tiene respuesta. Ahora, aquí está el remedio que nos da Dios para abatir la necia temeridad que hay en nosotros; esto es, que pensemos en aquellos que él pueda preguntarnos. Si Dios comienza a interrogarnos, ¿qué vamos a responder? Si nos acordásemos de esto, ¡oh! es cierto que nos refrenaríamos totalmente; y aunque tuviéramos mentes muy vivarachas, y aunque pareciera que podemos mover todo el mundo, realmente seríamos puestos en nuestro lugar siguiendo sencillamente aquello que nuestro Señor nos ha mostrado; siempre y cuando, digo, que supiéramos pensar: "¡Ciertamente! Y si venimos delante de Dios, acaso no tiene abierta su boca, y acaso no tiene la autoridad y maestría para interrogarnos? ¿Y qué vamos a responderle?"

A esto pues debemos llegar. Es lo que debemos recordar de este pasaje a efectos de obtener correcta instrucción de él. Luego, que no seamos demasiado apresurados para hablar; es decir, que por naturaleza tengamos el vicio de entremeternos en más cosas de las que nos corresponden. Aprendamos a mantener la boca cerrada. Pues, por qué es que inmediatamente abrimos la boca para vomitar lo que no conocemos? Es porque no pensamos que nuestro oficio sea más bien el de responder a Dios que el de adelantarnos para hablar. Porque, ¿acaso no es para trastornar el orden de la naturaleza, que el hombre mortal que no es nada se anticipe a su Creador y le obligue a dar audiencia, y que entre tanto Dios guarde silencio? ¿Adónde irá esto? Sin embargo, eso es lo que hacemos siempre y cada vez que murmuramos contra Dios, cuando rompemos en pedazos su palabra, cuando moldeamos proposiciones a voluntad, diciendo: "Esto es lo que me parece." ¿Cuál es la causa de esto excepto que queramos que Dios guarde silencio ante nosotros, y que seamos escuchados con más atención que él? ¿No es esto pura locura?

Entonces, para corregir esta arrogancia que hay en nosotros, aprendamos a no tener la presunción de responder a Dios; sabiendo que al presentarnos ante él, él tendrá la autoridad de examinarnos - ciertamente, conforme a nuestra condición; y cuando él nos haya cerrado la boca, y cuando él haya comenzado a hablar, nosotros seremos más que turbados; aprendamos a humillarnos, de manera que seamos enseñados por él; y cuando hayamos sido enseñados que él nos haga contemplar su resplandor en medio de las sombras de este mundo.

Entre tanto, aprendamos también a servirle y a adorarle en todo y por todo. Porque es así también cómo habremos aprovechado la escuela de Dios; será cuando hayamos aprendido a magnificarle, y a atribuirle tal gloria que pueda parecemos bien todo aquello que procede de él. Entre tanto, que también seamos sabios para estar disgustados con nosotros mismos, a efectos de correr a él para hallar el bien que nos falta. Y más allá de ello, que se complazca en gobernarnos de tal manera por su Santo Espíritu que, siendo llenos de su gloria, tengamos con qué glorificarnos a nosotros, no en nosotros mismos, sino solamente en él.  

Recuerde el hombre que su principal tarea aquí no es cuestionar, sino glorificar a su Creador. Porque en el tiempo en que se escribió este libro, la verdad yacía aquí; y aquí yace incluso para nosotros, y aquí yace para quienes vengan después de nosotros. En estos días, a menudo se olvida. La ciencia cuestiona, la filosofía investiga las razones de lo que ha sido y es, los hombres se pierden en laberintos en cuyos extremos más lejanos esperan encontrar algo que haga la vida inexpresablemente grande, fuerte o dulce. E incluso la teología y la crítica de la Biblia caen ocasionalmente en el mismo error de imaginar que investigar y saber son las cosas principales, que aunque la investigación y el conocimiento no siempre ayudan al servicio del Altísimo, pueden promover la vida. Después de los coloquios y controversias, Job y sus amigos son llamados a su verdadero deber, que es reconocer la eterna majestad y gracia del Dios Invisible, confiar en Él y hacer Su voluntad.

sábado, 16 de noviembre de 2024

EL USO OPORTUNO DE LA ANGUSTIA

 

 

"No otorgará vida al impío, pero a los afligidos dará su derecho. No apartará de los justos sus ojos; antes bien con los reyes los pondrá en trono para siempre, y serán exaltados. Y si estuvieren prendidos en grillos, y aprisionados en las cuerdas de aflicción, él les dará a conocerla obra de ellos, y que prevalecieron sus rebeliones. Despierta además el oído de ellos para la corrección y les dice que se conviertan de la iniquidad. Si oyeren, y le sirvieren, acabarán sus días en bienestar, y sus años en dicha. Pero si no oyeren, serán pasados a espada, y perecerán sin sabiduría. Mas los hipócritas de corazón atesoran para sí la ira y no clamarán cuando él los atare. Fallecerá el alma de Ellos en su juventud, y su vida entre los sodomitas" (Job 36:6-14).

 

Después que Eliú dijo en términos generales que Dios aparta los ojos de los justos sino que cuida de ellos, y que, por el contrario, no vivifica a los malvados; agrega, particularmente para probar mejor la providencia de Dios, que da derecho a los afligidos. Porque si un pobre hombre que está totalmente destituido de ayuda, un paria en el mundo, sin embargo, es librado de la aflicción y persecución, es preciso que ello proceda de Dios, en efecto, es algo que tiene que ser atribuido a Dios. Porque si no recibimos ayuda del mundo e incluso tenemos enemigos fuertes y poderosos, ¿qué se dirá sino que estamos perdidos no habiendo ya esperanza para nuestra vida?

Si luego somos restaurados, es manifiesto que Dios ha estado obrando. Entonces, no es sin causa que Eliú establezca premeditadamente estas expresiones para probar que Dios gobierna todas las cosas aquí abajo.

También establece un segundo ejemplo de la providencia de Dios, es decir, de gobierno por medio de príncipes y de hombres que se sientan en el trono de justicia, en lo cual percibimos que Dios es justo y que no quiere que las cosas estén fuera de orden. Si bien no hay una equidad permanente, sin embargo, cuando vemos que hay algo de orden en el mundo ello nos permite ver, como en un espejo, que Dios no ha soltado las riendas para reinar dejándolo librado a la confusión, que todavía no deja de darnos alguna señal y ejemplo de su justicia. En efecto, si el hombre considera por una parte, cuál es la naturaleza del hombre, y por otro lado cómo los gobernadores y magistrados y aquellos que en su mano tienen la espada de justicia se eximen a sí mismos; verá y discernirá fácilmente que es un milagro de Dios que haya cierto bienestar común entre nosotros y que, ciertamente, tenemos que conocerlo y percibirlo. Digo que la naturaleza de los hombres es tal que cada uno sería dispuesto a estar sujeto. Si, entonces, nuestro Señor no permite que los fuertes prevalezcan, sino que exista cierto temor y obediencia hacia aquellos que están en preeminencia; en ello se ve que Dios no solamente frena sino que también encadena la naturaleza de los hombres para que este orgullo no se pueda levantar al extremo de que el gobierno público ya no pueda estar sobre él. Después vemos que todos los hombres están dados al mal y que sus pasiones hierven tanto que cada persona quisiera tener la completa licencia y que nadie esté sujeto a corrección. Por eso es preciso incluir que el orden de la justicia proviene de Dios, y que con ello demuestra que él ha creado a los hombres para que se gobiernen honesta y modestamente. En cuanto al segundo punto vemos cómo los reyes y príncipes y aquellos que son de condición inferior se comportan cuando Dios los ha equipado con la espada de justicia y cómo es que trastornan todas las cosas, de manera que parecieran querer desafiar a Dios y destruir lo que él ha ordenado. Ahora, si aquellos que debieran mantener apaciblemente el orden constituido por Dios se esfuerzan en trastornarlo y luchan deliberadamente para poner las cosas en confusión, y si a pesar de todo el gobierno sigue en el mundo, y que las cosas no están tan totalmente confundidas al extremo de no existir marca alguna de lo que Dios ha establecido. ¿Acaso no se ve en ello que Dios es doblemente justo?

Por eso no es sin causa que Eliú, habiendo hablado del alivio de los afligidos, inmediatamente agrega un ejemplo consistente en que Dios establece a los reyes, y no solamente por un día, sino para que el mismo orden permanezca continuamente en el mundo. Es cierto que se harán muchos cambios de un lado y del otro y que habrá grandes revoluciones entre principados y señoríos, pero en ello Dios también muestra que es oficio suyo el abatir al orgulloso. No obstante, aun a pesar de los hombres y de toda su furia, algún orden permanecerá aquí abajo, incluso con respecto a los tiranos. Si un rey gobierna injustamente, de manera de despreciar a Dios, y si se llena de crueldad, violencia y codicia insaciable; sin embargo, y a pesar de ello tiene que haber cierta sombra y apariencia de justicia, y no puede ir más allá de ella. ¿De dónde proviene esto, sino que Dios se declara a sí mismo en ello? Por eso, aprendamos a aprovechar de tal manera por lo que se ven en este mundo que Dios pueda ser glorificado en sus criaturas conforme a lo que él merece; y, sobre todo, cuando vemos que libra a los pobres oprimidos, que ya no pueden hacer nada, y que no tienen ni esperan ninguna ayuda de los hombres, percibamos allí su poder y su bondad, y estemos dispuestos a rendirle la alabanza debida a él. Esto es lo que tenemos que observar. Sin embargo, para probar que somos hijos de Dios, seamos sabios para extender nuestra mano hacia aquellos que son perseguidos injustamente, conforme a los medios que Dios nos da para ayudar a los que son pisoteados y que no tienen medios con los cuales vengarse o sostenerse ellos mismos. Tenemos que ocuparnos y conscientemente ejercitarnos en esta obra. En segundo lugar, cuando vemos que los hombres que gobiernan son tan perversos y malvados y que, sin embargo, Dios no permite que se salgan de los límites, humillémonos a nosotros mismos para honrar su providencia, y sepamos que si él no frenara su maldad, nosotros seríamos abrumados con una horrible inundación y todas las cosas serían tragadas y ahogadas inmediatamente. Por eso Dios tiene que ser magnificado cuando vemos que prevalece cierto residuo de justicia y de buen orden, aunque aquellos que gobiernan y sostienen la espada en sus manos son totalmente malvados y dados al mal. Entonces, sepamos esto, y sostengamos, tanto como podamos, el orden de justicia, viendo que es un beneficio soberano que Dios concede a la humanidad, y que de esa manera quiere que también su providencia sea conocida. Y cuando vemos que los príncipes y magistrados y todos los oficiales de la justicia son tan perversos, sintamos pena viendo tan profanado el orden que Dios ha dedicado a la salvación de los hombres; y no solamente debemos detestar a los enemigos de Dios y a los que resisten el orden del gobierno que él puso sobre ellos, sino que sepamos que ellos son los frutos de nuestros pecados para que nos imputemos a nosotros mismos la culpa y causa de todo el mal. Así ustedes ven lo que tenemos que recordar de este pasaje. Ahora vengamos a lo que agrega Eliú. Dice que si los hombres buenos o también los hombres grandes de los que había hablado, a los que Dios exaltó a una condición y dignidad elevada sobre el resto del mundo, a veces son puestos en el cepo; si a veces son destituidos incluso en vergüenza, de modo que los hombres los ponen en prisión y en el cepo y son atados con sogas para su turbación, y si Dios no los abandona en tal necesidad, sino que les hace sentir sus pecados, les dice las faltas que han cometido, es para que, habiéndolas conocido, se puedan corregir volver al buen camino; Dios les abre los oídos para que puedan pensar más correctamente en sí mismos y conocerse. Entonces Eliú muestra aquí que cuando nos parece que Dios cierra los ojos y que ya no tiene consideración del gobierno de los hombres, tiene buenos motivos para ellos; y, aunque nos parezca extraño, tenemos que reconocer que él es justo y equitativo en todo lo que hace y que nosotros tenemos ocasión de glorificarle. Es cierto que lo que hemos discutido antes hay que recordarlo siempre; es decir, que las cosas en este mundo no son gobernadas de una manera uniforme y que Dios reserva una gran parte de los juicios que se propone ejecutar para el día final, para que nosotros siempre estemos en suspenso, esperando la venida de nuestro Señor Jesucristo. Para nosotros debiera ser suficiente tener algunas señales mediante las cuales percibir lo que aquí se nos dice.

Ahora, la intención de Eliú es anticipar la piedra de tropiezo que los hombres puedan concebir cuando personas buenas y justas son pisoteadas y expuestas por Dios a la tiranía de los malvados, siendo atormentados sin causa, de modo que sin haber hecho daño a nadie, aun así no dejan de ser molestadas. Porque cuando vemos esto nos parece que Dios no piensa en el mundo, que su mirada no se extiende hasta nosotros, y que dé el gobierno librado a la fortuna. Vean cómo nuestra vista es inmediatamente confundida al ver las cosas fuera de orden, y no hay nada más fácil para nosotros que tropezar en esto. Por esta causa Eliú muestra aquí que, aunque los hombres buenos sean perseguidos, o que también aquellos que fueron puestos en el poder son destituidos como si Dios confundiera la tierra con el cielo, no por eso tenemos que atemorizarnos demasiado en nuestras mentes. ¿Y por qué? Porque Dios tiene razones justas que nosotros no podemos percibir a primera vista pero esperemos con paciencia y veremos que Dios hará que tales aflicciones son para nuestro bien y que apuntan a un buen fin. ¿Y por qué? "Porque entonces" dice, "Dios anuncia a los que así son atormentados sus pecados, les hace sentir lo que son para guiarlos a una adecuada corrección. " Aquí vemos, en primer lugar, que no tenemos que estimar las cosas conforme a la apariencia exterior, sino escudriñar más a fondo y buscar la causa que mueve a Dios a hacer lo que a primera vista nos parece extraño. Parece contrario a toda razón que un buen hombre sea perseguido así y que todos lo atropellen; pero Dios sabe por qué lo hace. Por eso tenemos que mirar hacia el resultado, y no apresurarnos demasiado en pronunciar el veredicto, como aquellos que juzgan descuidadamente. ¿Cuál es el propósito de nuestras aflicciones? Es para hacernos sentir nuestros pecados; y este es un punto sumamente digno de ser notado, del cual podemos deducir una doctrina de poderosa utilidad. Es cierto que muchas veces oímos que se habla de ella; sin embargo, nunca será suficiente; porque sabemos que las aflicciones nos son tediosas, que cada uno de nosotros se enfurece tan pronto siente el ardor de la vara en la mano de Dios, sin que podamos consolarnos a nosotros mismos ni mantenernos con paciencia. Por eso, tanto más nos corresponde notar bien la doctrina de que cuando Dios permite que seamos atormentados, incluso injustamente, con respecto a los hombres, aun entonces él está procurando nuestra salvación queriendo hacernos sentir nuestros pecados y mostrarnos lo que somos. Porque en tiempos de prosperidad somos ciegos; en efecto, no sabremos correctamente lo que está contenido aquí, a menos que Dios nos lo acerque mediante sus castigos. ¿Estamos bien, y en delicias? Cada uno de nosotros se duerme y se adula a sí mismo en sus pecados, de manera que nuestra prosperidad es semejante a la ebriedad que adormece a las almas. Y, lo que es peor, cuando Dios nos deja solos, en paz, aunque le hayamos ofendido mil veces, todavía no dejamos de aplaudirnos a nosotros mismos, y nos parece que Dios nos es propicio y que nos ama por el hecho de perseguirnos. Ustedes ven entonces, que los hombres son incapaces de sentir sus pecados a menos que sean llevados por la fuerza a conocerse ellos mismos. Por eso, viendo que la prosperidad nos embriaga de tal manera, y que cuando estamos en paz cada uno se adula en sus pecados; tenemos que sufrir pacientemente las aflicciones de Dios. Porque la aflicción es la auténtica maestra que lleva los hombres al arrepentimiento para que se condenen ellos mismos delante de Dios y, siendo condenados, aprendan a odiar a aquellos pecados en los que anteriormente se bañaban. Por eso, cuando hemos conocido el fruto de los castigos que Dios nos manda, los llevaremos con mayor tranquilidad y con coraje más pacífico que el que ahora tenemos. Pero es penoso ver cuan indiferentes somos.

Porque no sabemos que Dios al afligirnos procura nuestra salvación. Además notemos bien que no tenemos necesidad de mirar la mano visible de Dios soltar las riendas de los hombres de manera que seamos perseguidos por ellos, aun injustamente, no habiéndoles hecho daño alguno.

Sin embargo, aun en ese caso tenemos que aprender que Dios nos llama a su escuela. Porque cuando deja de castigarnos con su mano y nos pone en manos malvadas, es para domarnos y humillarnos mejor; y para avergonzarnos más. Entonces, cuando los malvados tienen el control de manera de tener los medios para atormentarnos, y cuando nos hacen las peores cosas que pueden hacernos, es como si Dios nos declarase que no somos dignos de ser castigados por su propia mano, y que de esa manera quiere avergonzarnos.

Tanto más debiéramos sentirnos motivados a pensar en nuestras faltas y sentirnos apenados por ellas, y entonces observar lo que agrega Eliú, que entonces Dios abre nuestros oídos. En las escrituras esta expresión significa dos cosas. Porque a veces significa simplemente hablarnos; y a veces significa tocar nuestro corazón de tal manera que oigamos lo que se nos dice. Por eso Dios abre nuestros oídos cuando nos envía su palabra y haciendo que la misma nos sea declarada; y luego abre nuestros oídos los descubre (porque ese es el significado propio de la palabra hebrea) cuando no permite que seamos sordos a su doctrina, sino que le da entrada para que la recibamos y seamos movidos por ella, y que su poder sea demostrado. Vean las dos formas de abrir nuestros oídos que percibimos diariamente y que Dios emplea con nosotros.

También abre los oídos de aquellos a quienes aflige dándoles alguna señal de su ira a efectos de enseñarles a pensar más correctamente acerca de sí mismos de lo que hicieron antes. Si un hombre pregunta: "¿Entonces qué? Acaso no nos habla Dios cuando estamos en prosperidad?" Sí, seguramente, lo hace; pero su voz no puede llegarnos; porque ya estamos preocupados con nuestras propias delicias y afectos mundanales. En efecto, vemos que, cuando las personas tienen abundancia para que podamos volver a nuestros sentidos. De modo que las aflicciones en general debieran servirles de instrucción a aquellos que las reciben, de modo que pueden causar un acercamiento a Dios, de quien habían estado previamente alejados. Suficiente con esto en cuanto a un punto. No obstante, los hombres todavía no se dejan gobernar por Dios hasta que él no haya suavizado sus heridas mediante su Espíritu Santo y abierto el pasaje para las advertencias que él da y punzado los oídos de los hombres para que se puedan ocupar de su servicio y obediencia, tal como está dicho en el Salmo 40:6 (Sacrificio y ofrenda no te agrada; Has abierto mis oídos; Holocausto y expiación no has demandado.). Esto es lo que tenemos que observar. Por eso, cuando somos afligidos, primero recordemos que es Dios quien se dirige en persona a nosotros y nos muestra nuestros pecados a efectos de llevarnos al arrepentimiento. Pero puesto que somos duros para el remordimiento y, lo que es peor, somos totalmente testarudos y sordos a todas las advertencias que él nos hace, tenemos que orar a él para que abra nuestros oídos y nos haga tan abiertos a sus instrucciones que las mismas nos sean provechosas y que no permita que meramente haya estruendos en el aire sin que nuestros corazones sean tocados, sino que seamos movidos para venir a volver a él. De otra manera sepamos que no haremos nada sino provocarlo y rechazar sus no permitamos que nos entren por un oído y nos salgan por el otro; pero obedezcamos, es decir, rindamos una obediencia a Dios como la que debemos rendirle, y no busquemos ninguna otra cosa sino el en marcarnos totalmente en él. ¿Qué sigue? No tenemos que asombrarnos si los hombres languidecen de dolor, en efecto, si diariamente son arrojados a profundidades de miserias cada vez mayores. Porque ¿quién de ellos escucha a Dios cuando él habla? Es evidente que siendo tantos los afligidos y atormentados en la actualidad, las varas de Dios están ocupadas en todas partes. ¿Pero, cuántos piensan en ellas? Ustedes verán a todo un pueblo oprimido por guerras, hasta no poder sostenerse ya; sin embargo, difícilmente hallarán una docena de hombres entre cien mil que oyen hablar a Dios. He aquí el chasquido de su látigo suena y hace eco en al aire; en todas partes hay horribles lloros y lamentos; los hombres exclaman "¡Eh!" Pero, entre tanto, no miran la mano que los castiga; como el reproche del Profeta a los obstinados que, aunque sienten los azotes no reconocen la mano de Dios. Lo mismo vemos en tiempos de pestilencia y hambre. Por eso, entonces, ¿es de asombrarse que Dios envíe heridas incurables haciendo lo dicho por el profeta Isaías 1:16 (Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo;).esto es, que desde la planta del pie hasta la cabeza no haya en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga en este pueblo de manera que todos están podridos e infectados y sus llagas son incurables? ¿Acaso es para asombrarnos que actualmente los hombres sean tan ingratos para con Dios que le cierran la puerta están dispuestos a escucharle a efectos de obedecerle? De manera entonces, toda vez que seamos castigados por la mano de Dios aprendamos a venir rápidamente a él y a escuchar la advertencia que nos da para que sintamos nuestros pecados y estemos disgustados con ellos. Habiendo hecho eso seamos tocados en lo más profundo para que a él le plazca tener piedad de nosotros. Si procedemos de esta manera, Dios no olvidará su oficio de instruir y liberarnos de todas nuestras adversidades.

Pero, ¿queremos pasar por caballos salvajes? Entonces seguramente nos desdeñará como se dice aquí: "Seremos pasados a espada, y pereceremos sin sabiduría" es decir, en nuestra necedad.

Cuando dice, "Seremos pasados a espada," él significado es que las heridas serán totalmente incurables, que ya no esperemos sanidad, que ya no habrá remedio para nosotros. Si no somos obstinados cuando Dios nos advierte nuestras faltas, él se revelará como un buen médico hacia nosotros purgándonos de todas ellas, al menos si no somos incorregibles. Pero si no hay razón ni enmienda en nosotros, de manera que mordamos los frenos sin sentir nuestros pecados para sentirnos apenados por ellos, sepamos que todas las aflicciones del mundo nos serán mortales. A menos que aprendamos a volver a Dios cuando él nos llama dándonos la oportunidad de arrepentirnos, es decir, a menos que vengamos en el momento correcto y entremos cuando la puerta nos es abierta; a menos que lo hagamos así, todos los castigos que nos fueron dados para nuestro provecho tienen que volverse para nuestra mayor condenación; dichos castigos tendrán que ser tantas otras advertencias de parte de Dios, de que en efecto, la acumulación de toda la miseria sobre nosotros tiene que cumplirse. Tanto más debiéramos pensar en nosotros mismos para no provocar premeditadamente semejante venganza de Dios sobre nosotros. Porque acaso es un asunto de poca importancia, ¿que esté dicho que los obstinados serán heridos por la mano de Dios; ciertamente, ya que los hombres le provocan a más no poder y no están dispuestos a someterse a él cuando les ha hecho el favor de advertirles dándoles entrada a su presencia? En efecto, cuando los hombres se oponen así, ¿acaso no es un desafío abierto a Dios? ¿No es pisotear su gracia bajo el pie? Dios no puede soportar semejante despecho; porque él jura por su majestad Salmo 20:4 (Te dé conforme al deseo de tu corazón, Y cumpla todo tu consejo.); Isaías 22:13 (y he aquí gozo y alegría, matando vacas y degollando ovejas, comiendo carne y bebiendo vino, diciendo: Comamos y bebamos, porque mañana moriremos.) que cuando los hombres hacen fiesta y dicen "comamos y bebamos" mientras Dios los llama al arrepentimiento, ello constituye un pecado que jamás será borrado. He aquí, Dios está tan irritado con ese pecado que jura que será registrado en su presencia para siempre. Tanto más entonces, ello debería incitarnos a humillarnos cuando Dios nos da algunas advertencias, sabiendo que en este punto procura nuestra salvación, para que no rechacemos su yugo cuando él quiere ponerlo sobre nosotros, y que no rechacemos los golpes de su vara los cuales nos da como golpeando sobre un yunque.

En forma específica dice que aquellos que no oyeren a Dios perecerán sin sabiduría, es decir, su propia necedad los consumirá. Esto se dice para que no les quede excusa a los hombres.

Es cierto que nos escudamos con la ignorancia cuando queremos minimizar nuestras faltas o bien borrarlas completamente. Decimos, "no he pensado en ello; no fui consciente." Pero aprendamos que cuando se hace alguna mención de la ignorancia de los hombres es para condenarlos porque se hicieron las bestias careciendo de razonamiento. Así también lo menciona el profeta  Isaías 5:13,14 (Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed. 14  Por eso ensanchó su interior el Seol, y sin medida extendió su boca; y allá descenderá la gloria de ellos, y su multitud, y su fausto, y el que en él se regocijaba.) "El mismo motivo," dice el Señor, "por el cual está abierto el infierno y por el cual el sepulcro se traga todo y por el cual todo mi pueblo es consumido, es que no tuvieron conocimiento." Allí Dios se queja de que los pecadores se arrojan voluntariamente a la destrucción. Sin embargo, dice que ello ocurre porque no tenían conocimiento; ciertamente, pero enseguida reprocha a los judíos por haberse embrutecido. Porque, por su parte, el Señor nos advierte suficientemente, de manera que es nuestra propia culpa si no somos bien enseñados ¿Cómo es posible? Dios es un buen maestro de escuela, pero nosotros somos estudiantes pobres; Dios habla pero nosotros somos sordos, o bien nos tapamos los oídos para no oírle. De modo entonces, la ignorancia de la que aquí habla Eliú es voluntaria, porque los hombres no pueden permitir que Dios les muestre su lección o les enseñe a venir a él, sino que más bien continuarían su sendero común, y por eso cierran sus ojos y se tapan los oídos. Así ustedes ven una ignorancia que está llena de malicia y rebelión. Ahora, es cierto que por un tiempo los malvados se agradan a sí mismos al no sentir la mano de Dios, pero es tanto peor para ellos, según los ejemplos que vemos cada día. Si una persona habla a estos embaucadores, dados a toda clase de mal, y los amenaza con la venganza de Dios, se limitan a menear sus cabezas, se burlan, y les parece que es solamente una broma.

Nuevamente, toman a los sermones para burla y vuelven toda la Santa Escritura en ridículo para que ya no tenga reverencia ni autoridad. Vemos esto delante de nuestros ojos. Siempre empeoran su condición, puesto que esta expresión no será frustrada, es decir, que todo aquel que no está dispuesto a oír a Dios en la aflicción tiene que perecer sin sabiduría; esto significa que la ignorancia en la cual están inmersos tiene que causarles una ruina peor y arrojarlos aun más a la maldición de Dios. Ahora, puesto que vemos esto, aprendamos a estar abiertos a la enseñaza, y tan pronto habla Dios prestémosle atención y estemos dispuestos a sujetarnos a su palabra, y que nada nos impida volver a él. Esto es lo que se nos enseña en este pasaje. Es cierto que de otra manera nuestra propia naturaleza siempre nos inducirá a oponernos a él, tal como se dice aquí.

Además, la necedad de los hombres es que, si bien no quieren ser considerados necios e ignorantes, sin embargo, se esfuerzan en excusarse con desatinos e ignorancia cuando se trata de rendir sus cuentas ante Dios. Lo peor es que todo ello nos les aprovechará de nada. Tanto más tenemos que tratar de humillarnos a tiempo y venir al consuelo de Dios cuando dice que nos enseña de doble manera. Porque por un lado él hace que su palabra nos sea predicada, y por el otro nos castiga con sus varas para que cada uno de nosotros seamos inducidos, para nuestro propio beneficio, a volver al buen camino. Por eso, tengamos abiertos los oídos para recibir la doctrina que en el nombre de Dios es puesta ante nosotros de modo que no se dirija a sordos ni a troncos de árboles. Entre tanto, también seamos pacientes para soportar las aflicciones que él nos manda; y si algo pasa distinto de lo que nosotros queremos, jamás dejemos por eso de magnificar a Dios y a su gracia, sabiendo que por esos medios nos hace sentir nuestros pecados para que no estemos confiados en ellos al extremo de perecer. Ustedes ven entonces, a menos que queramos provocar deliberadamente a Dios después de haber escuchado su palabra, también tenemos que entender su propósito cuando él nos castiga y nos manda algunas aflicciones de dondequiera que ellas vengan sobre nosotros; porque nunca nos ocurrirá nada que no provenga de su mano.

Inmediatamente Eliú agrega que los hipócritas de corazón atesoran para sí ira, y no clamarán cuando él los atare. Falseará el alma de ellos en su juventud, y su vida entre los sodomitas. Dice "hipócritas de corazón." ¿Por qué los llama así? Se refiere a los que confían en maldades y en el fondo tienen un sitio para ocultarse de Dios y no pueden ser traídos a ninguna cosa sana. Porque vemos a muchas pobres personas que pecan por omisión porque son inconstantes de manera que son fácilmente engañados, sin embargo, no hay malicia ni obstinación arraigada en ellos. Pero existen otros que son "hipócritas de corazón," es decir, que en su interior tiene la raíz de desprecio y de toda rebelión de manera que burlan a Dios y no tienen reverencia ante su palabra, sino que el diablo los ha embrujado de tal manera que condenan el bien y siguen al mal, o al menos lo aprueban y quisieran deleitarse y alimentarse de él. Por eso, notemos bien que cuando Eliú habla aquí de hipócritas de corazón se refiere a aquellos que están tan completamente abandonados a Satanás que no solamente pecan por omisión sino que están plenamente conformados al mal que se inclinan decididamente a ejecutarlo a burlar a Dios; y de tales personas son demasiados los ejemplos que se ven. Porque si alguien suma los inconstantes y a los que ofenden por debilidad a los malvados y a los que desprecian a Dios, el número de los mismos será mucho mayor. De manera entonces, notemos que no es sin causa que Eliú los llama hipócritas de corazón, o perversos de corazón, es decir, entregados a malicias extremas, de manera que en sus aflicciones ya no están de ninguna manera dispuestos a sujetarse a Dios, sino más bien de acumular ira. Y notemos bien la frase atesoran ira; porque es como encender más y más el fuego y echarle leña para aumentarlo. En efecto, ¿qué están haciendo los perversos cuando luchan y se oponen así a Dios? ¿Acaso mejoran su caso o condición? ¡Ay de ellos! Solamente atesoran más leña, y la ira de Dios tiene que arder más fuerte. Así que notemos entonces bien que si resistimos los castigos de Dios, pensando rechazarlos mediante nuestra malicia y obstinación, solamente la incrementaremos, y la maldición de Dios aumentará más y más hasta que seamos completamente consumidos por ella.

Ahora, cuando oímos esto, ¿qué vamos a hacer, sino orar a Dios que en primer lugar nos purgue de tal manera que no tengamos esta rebelión arraigada en nosotros y esta malicia oculta; pero, aunque hayamos fallado por debilidad, todavía podemos tener alguna raíz de temor a Dios en nosotros de manera que no nos hagamos completamente incorregibles. Además, seamos siempre sabios para conducirnos en sobriedad y con sinceridad de corazón para que no estemos tan envueltos en nuestros pecados que amemos a los mismos y los alimentos. Además, notemos bien que si queremos hacer astucias y artificios respecto de Dios ello no mejorará nuestra condición sino que más bien aumentaremos su ira contra nosotros.

Entonces, ustedes ven que los hombres debieran corregir adecuadamente sus malas obras, siendo que la maldición de Dios será incrementada tanto sobre ellos. Y aquí se hace expresa mención del aumento de la ira de Dios porque los hombres suponen haber escapado cuando Dios los libra de algún mal; les parece que lo peor ha pasado. Pero no pensamos en los medios que nos son ocultos; es decir, que luego Dios exhibirá nuevas varas, que desenvainará nuevas espadas, que tronará repentinamente sobre nosotros, cuando menos lo esperamos. Puesto entonces, que no somos suficientemente temerosos de la ira de Dios, se dice aquí premeditadamente que ella aumenta y nosotros la atesoramos más y más sobre nosotros, al extremo de tener que esperarnos cien mil muertes si hemos despreciado el mensaje que Dios envió para traernos de vuelta y conducirnos a la vida. Por eso, cuando hemos despreciado así las advertencias de Dios tenemos que sentir su horrible venganza sobre nosotros, por otra parte él afirma que siempre está listo para consolar a aquellos que se someten voluntariamente a su buena voluntad.