lunes, 10 de noviembre de 2025

Biografía de: Merle d'Aubigné (I)

 

Somos una generación afortunada, ya que el internet de las cosas nos permite acceder, de forma gratuita, a multitud de libros que nos ayudan a entender la historia pasada y descubrir que no hay nada nuevo bajo el sol. A. Sobrino


Jean Henri Merle d'Aubigné nació en 1794, en el cantón de Ginebra, vástago de una familia francesa célebre. Cuando Luis XIV revocó el Edicto de Nantes (que dio protección a los protestantes) en 1685, y miles de hugonotes fueron expulsados de Francia, su bisabuelo paterno, Jean Louis Merle, se había movido de Nimes a Ginebra. A mediados del siglo siguiente, Francisco, el hijo de Jean Merle, se casó con Elizabeth d'Aubigné, descendiente del famoso poeta e historiador Theodore Agripa d'Aubigné. Los hijos de Elizabeth conservaron el apellido de su madre de soltera, y eran conocidos como Merle d'Aubigné. Aime Robert, el hijo de Francisco y Elizabeth, y padre de nuestro historiador, realizó una misión comercial a Constantinopla durante los difíciles años después de la Revolución Francesa de 1789. De regreso a Ginebra a través de Viena, le salió al encuentro en el camino cerca de Zurich una compañía de soldados rusos que recientemente habían sido derrotados por el general francés Massena, y fue cruelmente asesinado. Por ese tiempo su segundo hijo, Jean Henri, no era más que un niño de cinco años de edad. La viuda sobrevivió durante casi medio siglo.

Jean Henri pronto mostró un gusto por las actividades académicas, ingresó a la Academia de su ciudad natal (más tarde llamada Universidad de Ginebra) completando lo que ahora se llama un curso de bachillerato en artes, y luego ingresó a la Facultad de Teología.

Desgraciadamente los profesores de la Facultad estaban fuertemente inclinados hacia el unitarismo, y la doctrina evangélica había sido abandonada en gran medida. Era el año de 1816, aproximadamente. Frederic Monod, quien fue compañero de estudios de Merle d'Aubigné, ha dejado constancia de que "el unitarismo, con toda su influencia escalofriante, y todos sus apéndices que destruyen el alma, era la única doctrina enseñada por nuestros profesores. Para mí, durante los cuatro años que asistí a la Facultad de Teología de Ginebra, como parte de mis estudios, no leí un solo capítulo de la Palabra de Dios, con la excepción de unos salmos exclusivamente con a fin de aprender hebreo, y no recibí una sola lección de exégesis del Antiguo Testamento o del Nuevo".

Afortunadamente para Ginebra, y, cabe añadir, por suerte también para Francia, llegó un escocés para arar y sembrar el campo estéril. En 1816, como un instrumento especialmente escogido de Dios para la obra, llegó a Ginebra, sin invitación de la Facultad, un profesor de teología cuya doctrina era idéntica a la del propio Juan Calvino. Robert Haldane, aunque nacido en Londres, era de ascendencia escocesa, y en todos los aspectos un verdadero "escoceses de buena cepa". El impacto que tuvo en la ciudad de Ginebra fue tan notable que Merle d'Aubigné, en años posteriores, solía señalar hacia el edificio de apartamentos Haldane (al tiempo que bajaba la mirada hacia el lago y los Alpes Saboya) diciendo: "Esa es la cuna de la segunda Reforma ginebrina".

Unos veinte o treinta estudiantes de teología, uno de los cuales era d'Aubigné, respondieron a la invitación de Haldane a reunirse con él en su apartamento, en el que había dispuestas sillas a ambos lados de una larga mesa cubierta con copias de las Escrituras en francés, inglés, alemán y otros idiomas modernos, además del Antiguo y Nuevo Testamentos en hebreo y griego, respectivamente. Uno de los profesores tomó por su cuenta hacer rondines bajo las sombras de los árboles de la avenida en el momento en que los estudiantes se reunían, dejando en claro su gran disgusto por esas reuniones y tomando nota de los nombres de los asistentes en su cuaderno de bolsillo.

La exposición de Haldane sobre el Verbo causó una impresión imborrable en Monod (quien más tarde sería el líder fundador de las Iglesias Libres de Francia) y él registró su experiencia de este modo: "Lo que más me sorprendió, y lo que nos llamó la atención de todos, fue la solemnidad del estilo del señor Haldane. Era evidente que él hablaba muy en serio de nuestras almas y de las almas de los que podrían ser puestos bajo nuestro cuidado pastoral, y tales sentimientos eran nuevos para nosotros. Era también notable su mansedumbre y la paciencia incansable con que escuchaba nuestros sofismas, nuestras objeciones ignorantes, nuestros intentos para avergonzarlo de vez en cuando con preguntas difíciles inventadas a propósito, y sus respuestas a todos y cada uno de nosotros. Pero lo que me asombró y me hizo reflexionar más que cualquier otra cosa, fue su indiscutible conocimiento de la Palabra de Dios y la fe implícita en su autoridad divina… Nunca habíamos visto algo como esto. Incluso después de este lapso de años, todavía tengo presente en mi mente su figura alta y varonil, rodeada por los estudiantes. Su Biblia en inglés en la mano, como si empuñara como única arma la Palabra que es la espada del Espíritu; satisfaciendo cada objeción, eliminando todas las dificultades, respondiendo a todas las preguntas con una pronta referencia a varios pasajes bíblicos, por lo que todas las objeciones, dificultades y preguntas eran contestadas con bastante precisión. Él nunca perdió el tiempo argumentando en contra de nuestros supuestos razonamientos, pero a la vez señalaba con el dedo a la Biblia, añadiendo palabras simples como: ‘Mira aquí, esto que lees sigue estando escrito por el dedo de Dios.’ Él era, en el sentido pleno de la palabra, una concordancia viviente.... Nos expuso la Epístola a los Romanos, que varios de nosotros probablemente nunca habíamos leído, y que ninguno de nosotros entendía. . . . Creo que uno de mis mayores privilegios es haber sido su intérprete. . . siendo casi el único que sabía Inglés lo suficientemente bien como para ser recompensado honrosamente”.

Merle d'Aubigné quedó profundamente impresionado como Monod por lo que oyó. "Un día me encontré con Robert Haldane –le dijo a un amigo1–, y escuché que leía en su Biblia inglesa un capítulo de Romanos sobre la corrupción natural del hombre, una doctrina de la que nunca antes había escuchado. De hecho yo estaba muy sorprendido al oír que el hombre es corrupto por naturaleza. Recuerdo que le dije al señor Haldane: ‘Ahora veo esa doctrina en la Biblia.’ –‘Sí–respondió–, ¿pero también la ves en tu corazón?’ Aunque esa parecía una simple pregunta, se anidó en mi conciencia. Era la espada del Espíritu. Y desde ese momento vi que mi corazón estaba corrompido, y supe por la Palabra de Dios que yo pedía ser salvado por gracia solamente. Así que, si Ginebra dio mucho a Escocia en la época de la Reforma y si comunicó la luz a John Knox, también Ginebra recibió mucho de Escocia por medio de la bendita labor de Robert Haldane.”

Habiendo completado su curso académico en Ginebra, Merle d'Aubigné continuó sus estudios en las universidades de Leipzig y Berlín. En esta última ciudad "se sentó a los pies" de Neander, teólogo cristiano e historiador de iglesia, hijo de un comerciante ambulante judío, cuyas conferencias causaron una profunda impresión en el estudiante en cierne. A diferencia de los historiadores cuyo interés radicaba principalmente en las instituciones, el interés principal de Neander radicaba en las personas, y se convirtió en su objetivo, en su estudio de la historia de la iglesia para descubrir en ella "la interpenetración de la vida humana por la divina." No hay duda de que d'Aubigné poseía un genio particular como historiador derivado de esta fuente. El interés en las personas en lugar de las instituciones, que es el común denominador de los volúmenes de su Historia reimpresos aquí, es la prueba de que él fue un fiel aprendiz de Neander.

Aunque d' Aubigné no había llegado todavía a Berlín, sin embargo, ya se había formado en su mente el proyecto de escribir la historia de la Reforma. Su viaje desde Ginebra a Berlín le llevó a través del país de Lutero, y ha de haber visitado Eisenach y el castillo de Wartburg, famosos en la historia de la vida del reformador alemán. Esta visita resultó ser una inspiración para toda la vida, y la formación que más tarde recibió de Neander sólo confirmó su resolución de dar a conocer las cosas que Dios había hecho durante la época del siglo XVI. Su estudio de los grandes reformadores que ahora comenzaba no cesaría hasta que, después de medio siglo de trabajo, legó a su generación y a la posteridad los trece volúmenes que constituyen una importante contribución a la comprensión de la época de Lutero, Calvino, Cranmer, y Knox.

Las labores ministeriales de Merle d'Aubigné, propiamente dichas, comenzaron en la iglesia protestante que había sido fundada en Hamburgo por hugonotes franceses que huyeron de su patria durante la persecución de Luis XIV. Después de pasar cinco años en la ciudad alemana fue invitado por Guillermo, rey de los Países Bajos, para convertirse en pastor de una iglesia francesa recién formada en Bruselas. Este cargo lo desempeñó hasta la revolución de 1830 que condujo a la separación de Bélgica de Holanda.

 

Continuará... 

jueves, 6 de noviembre de 2025

ESTUDIO LIBRO GÉNESIS 5: 18-32

 

   

 

Gen 5:18  Vivió Jared ciento sesenta y dos años, y engendró a Enoc.

Gen 5:19  Y vivió Jared, después que engendró a Enoc, ochocientos años, y engendró hijos e hijas.

Gen 5:20  Y fueron todos los días de Jared novecientos sesenta y dos años; y murió.

Gen 5:21  Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén.

Gen 5:22  Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas.

Gen 5:23  Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años.

Gen 5:24  Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.

Gen 5:25  Vivió Matusalén ciento ochenta y siete años, y engendró a Lamec.

Gen 5:26  Y vivió Matusalén, después que engendró a Lamec, setecientos ochenta y dos años, y engendró hijos e hijas.

Gen 5:27  Fueron, pues, todos los días de Matusalén novecientos sesenta y nueve años; y murió.

Gen 5:28  Vivió Lamec ciento ochenta y dos años, y engendró un hijo;

Gen 5:29  y llamó su nombre Noé, diciendo: Este nos aliviará de nuestras obras y del trabajo de nuestras manos, a causa de la tierra que Jehová maldijo.

Gen 5:30  Y vivió Lamec, después que engendró a Noé, quinientos noventa y cinco años, y engendró hijos e hijas.

Gen 5:31  Y fueron todos los días de Lamec setecientos setenta y siete años; y murió.

Gen 5:32  Y siendo Noé de quinientos años, engendró a Sem, a Cam y a Jafet.

 

 

  Tres cosas resultan extrañas en la historia de Enoc. Es curioso que se hable tan poco de él. Los versículos que hemos leído abarcan todo nuestro conocimiento fiable sobre él. Es cierto que existe un libro que lleva su nombre, un libro que, aunque quizá tan antiguo como las Epístolas, es evidentemente apócrifo y, por lo tanto, no es fiable. También se le menciona en el Eclesiástico, un libro que, si bien está incluido en algunas Biblias, no tiene cabida en los escritos canónicos. Cabría esperar que un hombre que vivió tantos años, con una vida tan divina y útil, tuviera una historia más extensa en el Libro de Dios. Otro aspecto que nos llama la atención en la historia de este hombre es la relativa brevedad de su estancia en la tierra. Es cierto que vivió trescientos sesenta y cinco años, un período que, si bien abarca el equivalente a diez de nuestras generaciones, no llega ni a la mitad de la edad de muchos de sus contemporáneos. Cabría esperar que hubiera vivido más que los malvados que lo rodeaban. Otro aspecto que nos llama la atención en la historia de este hombre es la singularidad manifiesta de su vida.

En la Biblia, además de sus personajes comunes y corrientes, y de hombres extraordinarios como David, Salomón o Isaías, existe otro orden aún más interesante, en torno al cual se cierne un halo de misterio y lo sobrenatural. Tales son Melquisedec, Elías, Moisés y Enoc.

 

I. Consideremos la vida de Enoc. Él «caminó con Dios». Estas palabras parecen implicar que Enoc poseía una notable semejanza con Dios en su excelencia moral; que percibía la presencia divina y disfrutaba de su comunión de manera extraordinaria, y que públicamente se declaraba del lado de Dios, siendo casi el único en hacerlo.

Notamos especialmente la serenidad y la naturalidad de su caminar con Dios. La vida de David o de Job se asemejaba a un tormentoso día de primavera, con tempestades arremolinadas, oscuras y repentinas ráfagas de sol; la de Enoc es un suave mediodía gris de otoño, con una tenue bruma de luz que cubre la tierra y el cielo.

Se nos dice que Enoc «agradó a Dios», no mediante experiencias o esfuerzos sobrehumanos especiales, sino de una manera que todos podemos imitar. Consideremos:

La necesidad de agradar a Dios. En la Epístola a los Hebreos se habla de Dios como «Aquel con quien tenemos que tratar». Nuestra relación mutua es insignificante en comparación con nuestra relación con Él. Si Dios no se complace en nosotros, no podemos tener razón.

Los resultados de agradar a Dios serán múltiples y muy buenos. (1) De esta manera nos complaceremos a nosotros mismos más que de cualquier otra forma. (2) Si agradamos a Dios, tendremos gozo en la vida y en el mundo. (3) Pase lo que pase en esta vida, una cosa es segura: «Él recompensa a quienes lo buscan con diligencia».

Pocas palabras bastan para describir las características más destacadas de la mayoría de las vidas humanas. No es necesario escribir un libro entero para decir si un hombre ha vivido una vida noble o una vida desperdiciada. Un trazo de pluma, una sola palabra, puede ser suficiente.

a. He aquí una vida truncada repentina y prematuramente; pues aunque Enoc vivió 365 años, no alcanzó ni la mitad de la esperanza de vida habitual de los hombres de su época.

b. La vida de Enoc transcurrió en medio de la maldad. Que se pueda seguir a pesar de la prevalencia del pecado. La época en que vivió Enoc fue, probablemente, la más oscura que el mundo haya conocido. Se había alejado de Dios en pensamiento, propósito, adoración y vida. Era totalmente degenerada. Tenemos una descripción divina de ella: 

1. La lujuria se convirtió en la base del matrimonio. Los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas las que quisieron. 

2. La longevidad del hombre propiciaba el pecado. «Dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años». 

3. La violencia abundaba entre los hombres. «Había gigantes en la tierra en aquellos días». «Y vio Dios que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y y que toda imaginación de los pensamientos de su corazón era continuamente maldad.” 

Esta es la descripción que Dios hace de la era en la que Enoc fue llamado a vivir. Él era una estrella en medio de la oscuridad. Él era un rayo de luz en la terrible tormenta del mal. Él era una flor en aquel jardín descuidado. Él era un oasis en el desierto de la maldad. Su vida contrastaba sublimemente con todo lo que lo rodeaba. Él era el profeta de la época. Él era el guía de la época. Él era el benefactor de la época. Esto demuestra la fuerza intrínseca de un espíritu piadoso, en la medida en que puede repeler el pecado que lo rodea y mantener su propia conciencia pura. 

Esto demuestra tres cosas: 

(1) Que el hombre puede ser bueno a pesar de la depravación natural de su corazón.

(2) A pesar de la maldad de sus compañeros. El hombre no es criatura de las circunstancias. No tiene por qué pecar porque esté rodeado de pecado. Puede repelerlo en el hogar, en el taller, sean cuales sean las desventajas de su condición. Su entorno no es excusa para obrar mal. El alma puede elevarse por encima de él hacia lo celestial. Camino de comunión con Dios.

 (3.) Que el hombre puede ser bueno a pesar de la dificultad de la vida cristiana. No es fácil ser cristiano. No es natural que el hombre sea bueno. La bondad es una lucha. Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la senda de la rectitud moral. Pero esto no debe impedir el progreso espiritual del alma en los caminos de Dios, ni siquiera en los tiempos más degenerados. La oscuridad clama por la luz, y la maldad necesita piedad en medio de ella, aunque solo sea para evitar su ruina total y para orar por su reforma.

c. Fue una vida en comunión con Dios. Esta expresión, «caminó con Dios», tiene una fuerza muy particular. En ella se percibe una gran perseverancia y determinación. También se percibe progreso.

d. La vida de Enoc fue un testimonio noble.

Su “arrebatamiento” fue: (1) un recordatorio para los hombres de su época de que existía otro estado superior al presente; (2) una muestra de la recompensa final de los santos. La vida eterna que le fue dada a él se concederá, tarde o temprano, a todo hijo de Dios.

No se nos dice cómo llegó a tener este testimonio. No es necesario suponer que fue de forma milagrosa. Fue el testimonio de su conciencia. ¡Qué bendita sea tal conciencia! Una vida como la suya fue, sin duda, una vida de enseñanza. Así como la estrella guía parece brillar con mayor intensidad en el firmamento, cuanto más oscuras se vuelven las nubes que la rodean, así la vida de Enoc debió ser un poder luminoso en su época de profunda depravación. No hay enseñanza como la enseñanza de la vida. Toda enseñanza meramente verbal y profesional es como el tintineo de un címbalo ante esta verdadera trompeta de Dios. Es la enseñanza más inteligible. Los hombres pueden razonar contra tus hechos, pero no pueden razonar contra una buena vida. Es la enseñanza más constante. La enseñanza de letras y lógica es solo ocasional. Pero la enseñanza de la vida es constante. Su luz fluye a través de todos los actos y eventos de la vida cotidiana. No es el arroyo que murmura después de la lluvia y permanece en silencio en la sequía, sino el río perenne que fluye en todas las estaciones, bordeando su curso con vida y belleza, y reflejando en su seno los cielos de Dios.

II. Observemos la obra pública de protesta y profecía de Enoc. La Epístola de Judas nos aporta nueva información sobre su labor pública. No fue simplemente su caminar, sino su obra, lo que fue honrado con la traslación. No solo caracterizó su época y, por implicación, la condenó, sino que predijo la llegada del gran Juicio Final de Dios. Lo anunció como un acontecimiento glorioso y sobrecogedor; como un juicio concluyente y una demostración convincente.

Advirtió a sus contemporáneos del juicio venidero: «Acerca de estos hombres profetizó Enoc, en la séptima generación desde Adán, diciendo: “He aquí que Jehová viene con millares de sus santos, para ejecutar juicio sobre todos, y para condenar a todos los impíos por todas sus obras impías que han hecho impíamente, y por todas las duras palabras que los pecadores impíos han hablado contra él”» (Jueces 1:14-15). Dios le reveló esto a Enoc, pues siempre da a conocer sus pensamientos a quienes caminan con Él y le agradan.

Él enseñó al mundo con su traslación. «No fue hallado». La expresión «no fue hallado» sugiere que se le extrañaba y se le buscaba. Un hombre así sería extrañado. Sin duda, su época lo conocía bien. Cómo fue llevado al cielo es un misterio.

 Aprendemos: 1. Que la muerte no es una necesidad inherente a la naturaleza humana. Él no la experimentó. Hay quienes afirman que los hombres están hechos para morir; que, como todo cuerpo organizado, su disolución es inevitable; que la muerte, para ellos como para toda existencia animal, es una ley natural. Por lo tanto, sostienen que la doctrina de que los hombres mueren a causa del pecado es una mera ficción teológica. También se dice que Dios quiso que los hombres murieran, pues de otro modo no les habría permitido multiplicarse tan rápidamente sin darles un mundo inconmensurablemente mayor que este. La traducción del Libro de Enoc responde a todo esto. Demuestra que si la muerte es la ley de la naturaleza humana, Dios es más poderoso que la ley y puede anularla a su antojo. Si la tierra solo puede sustentar un número limitado de hombres, Dios podría haber abarcado mil generaciones del mismo modo.

 2. Que existe una esfera de existencia humana más allá de esta. Quizás los hombres de aquellos tiempos antediluvianos habían perdido toda noción de un estado futuro del ser. La traslación de Enoc les revelaría otra dimensión de la vida.

3. Que existe un Dios en el universo que aprueba la bondad.

4. Que el dominio del pecado es el camino hacia un destino grandioso. Así como el hombre vence el pecado y camina cerca de su Creador, es transformado.

Enoc «recibió testimonio de que antes de ser llevado al cielo, agradaba a Dios» (Hebreos 11:5). La razón es que camina con Él. Enoc camina con Dios porque está de acuerdo con Él (Amós 3:3). Dios quería caminar con Adán en el jardín (Génesis 3:8), pero el pecado lo impidió. Enoc creía en Dios y lo tenía presente en todo.

El hecho de que Enoc caminara verdaderamente con Dios se demuestra en que no guardó para sí la comunicación divina, sino que la transmitió a quienes lo rodeaban. «Enoc» significa «enseñó». Nosotros también hemos sido enseñados por Dios acerca de lo que hará con el mundo. ¿Nos lleva esto también a caminar con Dios y a predicar el juicio a quienes nos rodean para advertirles?

Enoc también representa a los miembros de la iglesia que viven en la tierra cuando el Señor Jesús regrese y que serán arrebatados por Él sin morir (1 Tesalonicenses 4:15-18). Enoc es llevado antes del juicio del Diluvio sobre el mundo. De la misma manera, la iglesia será arrebatada antes de que los juicios de Dios caigan sobre el mundo, como preludio al regreso del Señor Jesús a la tierra.

III. Consideremos ahora la traslación de Enoc. ¡Qué impactante en su sencillez la frase «¡No existía, porque Dios se lo llevó!»! Las circunstancias de su traslación se ocultan deliberadamente: «trasladado para que no viera la muerte». Muchos héroes han alcanzado la fama por enfrentarse a la muerte y vencer a su antiguo enemigo; pero la muerte jamás se atrevió a mirar a los ojos de Enoc, que se encendieron en la inmortalidad. Las razones por las que se le confirió este honor fueron probablemente (1) para mostrar su excelencia trascendente; (2) Para avergonzar a un mundo infiel; (3) Para demostrar que existía otro estado del ser y dar testimonio de él a todas las generaciones futuras.

Que se pueda practicar en la plenitud de la vida adulta. La vida de Enoc fue relativamente ajetreada; murió en la plenitud de su vida. Y, sin embargo, en ese momento fue célebre por su bondad moral. Algunos piensan que la piedad es muy buena para los niños pequeños, para las mujeres relativamente ociosas y para los ancianos; pero sugieren que para los hombres en la plenitud de la vida, en medio de sus quehaceres y que, por lo tanto, se enfrentan a una dura competencia, es mejor. Con el mundo, eso es un absurdo y una imposibilidad. Estos hombres esperan pronto amasar una fortuna y retirarse de la vida activa, y entonces comenzarán su período de devoción. ¿Quién puede calcular la insensatez y la inmoralidad de tal idea? La piedad es buena incluso para el hombre de negocios más activo. Enriquecerá su alma. Aliviará sus preocupaciones. Calmará su ansiedad. Renovará su alma. Le brindará la guía de un Padre Divino. Los hombres pueden ser honestos en los negocios. Muchos lo son. Son los que más prosperan. Si la época es pecaminosa, prefiere hacer negocios con un hombre confiable. Que los hombres de negocios de Inglaterra busquen entrar en el camino celestial que Enoc disfrutó con tanta alegría.

Para que pueda practicarse en medio de las preocupaciones y ansiedades domésticas. «Y Enoc caminó con Dios después de engendrar a Matusalén trescientos años, y engendró hijos e hijas». No era un simple ser de pasión. No era materialista en sus ideas. Caminaba con Dios en medio de las alegrías, los deberes y las preocupaciones de su familia. Muchas personas han perdido su fe por el aumento de las responsabilidades domésticas. Pero un alma piadosa puede caminar con Dios en la vida familiar y guiar a toda su descendencia por el mismo camino santo. Enoc instruía a sus hijos en el camino correcto. Oraba por ellos. Los encomendaba a su Divino Amigo. Dichoso el hogar donde un padre tan piadoso está a la cabeza.

 

Para que se prosiga hasta las mismas puertas del cielo y la dicha eterna. Enoc caminaba con Dios y un día entró directamente al cielo con Él. El cielo no es sino la continuación del camino santo en la tierra. Ir al cielo no implica un cese en el camino de la bondad moral. Con el hombre bueno, la vida en la tierra se abre naturalmente a la gloria de los cielos. Algunas personas imaginan que el cielo consistirá en un cambio milagroso obrado en el alma mediante el cual entrará en una esfera grandiosa e inexplicable de... No: El cielo es la comunión del alma con Dios en la tierra, una comunión más íntima y espiritual gracias a las condiciones de la nueva vida celestial. La comunión del alma con Dios es un progreso hacia la luz eterna. Que nuestra oración sea: «¡Oh, por una comunión más íntima con Dios,

 

Debemos creer en la particularidad de la guía divina sobre los hombres. Cuando Dios se lleva a un hombre bueno: (1) Lo lleva a una bendición superior. (2) Ocupará su lugar como obrero cristiano en la tierra. (3) Capacita a los sobrevivientes para la autosuficiencia y el trabajo ejemplar. O, dicho de otro modo: 1. Dios lo llevó: la afirmación de un derecho soberano. 2. Dios lo llevó: una muestra del amor divino. 3. Dios lo llevó: una garantía de bienaventuranza eterna. 4. Dios lo llevó: una promesa de que todos los que sean como él serán asociados a él.  

 

El rey Jacobo I, durante su viaje a Inglaterra, fue hospedado en el castillo de Lumley, residencia del conde de Scarborough. Un pariente del noble conde se enorgulleció al mostrar y explicar a Su Majestad una genealogía inmensamente extensa. El linaje se remontaba mucho más allá de lo que la mayor credulidad permitiría, a lo que el ingenioso monarca comentó con calma que «antes no sabía que el nombre de Adán era Lumley».

«De todas las maravillas que la agitada vida del hombre presenta, ninguna parece tan extraña como esta: Que el hombre se enorgullezca de lo ajeno».  

 

  La vida nos lleva como la corriente de un río caudaloso. Nuestra barca se desliza por el estrecho cauce, entre el murmullo juguetón del arroyo y el serpenteo de sus orillas cubiertas de hierba. Los árboles agitan sus flores sobre nuestras jóvenes cabezas, y las flores en la orilla parecen ofrecerse a nuestras jóvenes manos; Nos alegramos con la esperanza y nos aferramos con avidez a las bellezas que nos rodean; pero la corriente sigue su curso y nuestras manos permanecen vacías. Nuestro camino en la juventud y la madurez transcurre en una corriente más amplia, entre objetos más llamativos y magníficos. Nos entusiasman las imágenes en movimiento del disfrute y el trabajo que nos desfilan; nos emociona alguna decepción pasajera.

La corriente nos arrastra, y tanto nuestras alegrías como nuestras penas quedan atrás. Podemos naufragar; no podemos demorarnos. Ya sea turbulenta o tranquila, el río se apresura a su destino, hasta que el vaivén de las olas se oculta bajo nuestros pies, la tierra se aleja de nuestra vista, las inundaciones se disipan a nuestro alrededor y nos despedimos de la tierra y sus habitantes hasta que de nuestro viaje no haya más testigo que el Infinito y Eterno.

 

¡Visión de fe! Las aves tienen la extraordinaria capacidad de cambiar el enfoque del cristalino de sus ojos, a voluntad e instantáneamente. De este modo, pueden percibir objetos distantes invisibles a la vista humana, como si estuvieran justo debajo de sus picos. El óptico no puede proporcionarnos unas gafas que permitan distinguir con igual claridad los objetos cercanos y lejanos. Sin embargo, las aves poseen esta capacidad. Y así, el cristiano posee esta doble visión espiritual. El profeta Enoc, sin aumentar ni disminuir su fe, fue capaz de hacer que la fe de su alma cambiara instantáneamente la forma globular del cristalino, aumentando así el poder de refracción. Con una mirada instantánea y despreocupada, podía ver los pecados cercanos y, a la vez, contemplar las grandiosas solemnidades del último juicio a lo lejos.

El emperador de Alemania visitaba un día una de las escuelas públicas de Prusia; y, deseando comprobar personalmente la inteligencia de los niños, levantó una piedra y preguntó a qué «reino» pertenecía. Tras recibir la respuesta de que era miembro del reino mineral, alzó una pequeña flor y repitió la pregunta a qué reino pertenecía. La respuesta inmediata fue que pertenecía al reino vegetal; entonces el veterano monarca, erguido, preguntó: "¿A qué reino pertenezco yo?". Para su grata sorpresa, una voz exclamó: "¡Al reino de los cielos!". Cierto en verdad para el anciano defensor del Reino de Cristo en la tierra; ¡ojalá pudiera decirse de cada ser humano: "¡Al reino de los cielos!"