Hechos 16; 25-32
Pero a medianoche,
orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.
Entonces sobrevino
de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron
todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. Despertando el
carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que
los presos habían huido. Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues
todos estamos aquí. El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies
de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor
Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su
casa.
Existen millares de hombres sagaces y previsores en
todo cuanto se refiere a sus intereses en éste mundo, pero que tratándose de
los intereses eternos parecen afectados de ceguera. A pesar del infinito amor
de DIOS hacia los pecadores, manifestado en el Calvario; a pesar de su
declarado aborrecimiento al pecado; a pesar de la evidente brevedad de la vida
del hombre y de la terrible probabilidad de encontrarse después de la muerte
con un remordimiento insoportable en el infierno, al otro lado de aquella sima
que separa los salvados de los perdidos; a pesar, digo, de todo esto, el hombre
corre descuidado a su triste fin, como si no existiera ni DIOS, ni muerte, juicio,
cielo o infierno. Si tú, lector de este blog, fueses uno de tantos, ruego a
DIOS que tenga misericordia de ti, y que en éste mismo momento te abra los ojos
para reconocer tu peligrosísima situación, al permanecer en la resbaladera
orilla de una infelicidad sin fin.
Mi estimado lector, tanto si lo crees, como si no, tu
situación es sumamente crítica. No dejes para otro día los asuntos de la
Eternidad. La dilación es un arma de Satanás para engañarte y perder tu alma,
portándose en esto, en su verdadero carácter no solo como un ladrón, si no
también como un homicida. Cuán verdadero es el refrán que dice: “El camino de
más tarde conduce a la ciudad de nunca.” Deseo, mi estimado, que no sigas tu
viaje por este camino, pues “ahora es el
día de la Salvación”.
Acaso alguno que lea dirá: “yo no permanezco
indiferente a los intereses de mi alma, pero es el caso que me da la más viva
angustia por causa de la INCERTIDUMBRE; pudiera ser, siguiendo el símil, que
estoy entre los viajeros de Segunda clase.”
Pue bien, amigo
lector; tanto la indiferencia como la incertidumbre son hijas de una misma
madre, que es la incredulidad. La indiferencia procede de la incredulidad en lo
tocante al pecado y a la rutina en que el hombre yace. La incertidumbre procede
de la incredulidad tocante al infalible remedio que DIOS ofrece. Estas
publicaciones en el blog, van dirigidas especialmente a aquellos que, como tú,
desea tener la complete e inequívoca certeza de su salvación. Me explico tu ansiedad,
también pasé por ese estado, y estoy convencido de que cuanto más sinceramente
te sientas interesado en este tema de importancia suma, mayor será tu avidez,
hasta que tengas la certeza de que, en realidad, estás salvado para siempre.
Porque “¿Qué aprovechará al hombre si
ganare todo el mundo y perdiere su alma?”
Supongamos el siguiente caso: El hijo único de un
padre amoroso está navegando, cuando llegan noticias de que el buque ha
naufragado en una costa lejana. ¿Quién será capaz de describir la angustia que
la incertidumbre produce en el corazón de aquel padre, hasta que puede
asegurarse, por testimonio veraz y fehaciente, de que su hijo está sano y
salvo?
O supongamos este otro caso: Estás muy lejos de tu
casa, en noche oscura y borrascosa. E ignoras el camino por donde andas. Llegas
a un sitio donde el camino que seguías se divide en dos, y pregunta a un
transeúnte, cuál de los dos caminos es el que conduce a la población a la que
te diriges, y aquel te contesta: “Supongo que será éste, y tomándolo espero que
llegará a la población que usted ha nombrado. ¿Te dejaría satisfecho una
contestación tan vaga? Seguro que no; te es preciso saber con certeza, que ese,
y no otro, es el camino que buscas; de lo contrario, a cada paso que des
avanzando hacia él, aumentarán tus dudas. No debe sorprendernos, pues, que haya
hombres y mujeres que no pueden comer ni dormir tranquilos en tanto que el
problema de la salvación de sus almas queda por resolverse.
Triste es perder los bienes:
Perder la salud, aún más;
Perdiendo el alma ¡Oh pecador!
Ya sin remedio estás
Ahora bien, estimado lector, con el auxilio del
Espíritu Santo, deseo exponer a tu consideración tres asuntos que, empleando el
lenguaje de la Palabra de Dios en la Biblia, los denominaremos como sigue:
1º.- El Camino de la Salvación
2º.- El Conocimiento de la Salvación
3º,- El Gozo de la Salvación.
Estos tres asuntos, no obstante de estar tan
íntimamente relacionados, tienen, cada uno de ellos, una base propia, de tal
manera que puede darse el caso de que una persona conozca el camino de la
Salvación sin tener la seguridad personal de estar salvada; como también se
puede dar el caso de que sepa que está salvada, y a pesar de ello no tener de
una manera constante el gozo que debe acompañar a este conocimiento.
Trataré, pues, en primer término del Camino de la
Salvación.
El Antiguo Testamento abunda en figuras o sombras de
cosas espirituales. El Apóstol Pablo las emplea también muchas veces en sus
cartas, como por ejemplo: en la primera Carta a los Corintios capítulo 9, versículo
9 dice: “No pondrás bozal al buey que trilla”, deduciendo a continuación la
lección espiritual que encierra. Veamos, pues, una de estas figuras.
En el Libro
del Éxodo capítulo 13, verso 13, leemos las palabras siguientes, salidas de la
boca de Yahvéh: “Mas todo primogénito de asno redimirás
con un cordero; y si no lo redimieres, le degollarás: asimismo redimirás todo humano
primogénito de tus hijos”.
Ahora imaginemos una escena ocurrida hace tres mil
años. Ved a dos hombres que están en animada conversación, el uno u Sacerdote
de Dios, y el otro un israelita muy pobre. Acerquémonos y escuchemos lo que
dicen. Pronto comprenderemos que el asunto de que tratan es de importancia, y
que se ocupan de un borriquillo que se ve junto a ellos.
“He venido a preguntar”, dice el israelita, “ si no
se podría hacer una excepción compasiva en favor de mi, por esta sola vez. Esta
bestezuela es la primogénita de una asna que tengo y aunque estoy enterado de
lo que la ley demanda en tales casos, confio que se le perdonará la vida. Yo
soy muy pobre en Israel, y me vendría muy mal perder es borriquito”.
El sacerdote contesta con firmeza: “ Pero la ley de Dios
es mu clara, y no admite dudas: todo primogénito de
asno redimirás con un cordero; y si no lo redimieres, le degollarás. Trae
pues el cordero.”
-“¡Ah señor!, ¡no tengo ningún cordero!”
-“Entonces ve, compra uno y vuelve, o de lo
contrario, el asno habrá de ser muerto. O el asno ha de morir o el cordero en
su lugar.”
-“¡Triste de mi” contesta el israelita, “entonces
todas mis esperanzas se desvanecen porque soy demasiado pobre para comprar un
cordero”.
Mas, he aquí, que durante el curso de esta
conversación. Una tercera persona se une a ellos y después de enterada del
triste relato del pobre hombre se vuelve hacia él, y bondadosamente le dice: ”No
te desanimes; yo puedo suplir tu necesidad”, y añade: “Tengo en cas, en este
cerro cercano, un cordero, criado en nuestro mismo hogar, que no
tiene mancha ni defecto alguno; jamás tampoco se descarrió, y es muy
querido de cuantos están en casa: voy por él”. Al poco tiempo esta de vuelta,
trayendo el cordero, que momentos después está junto al borriquillo.
Entonces el corderillo es atado al altar, es
inmolado, y sus sangre derramada, y por fin es consumido del fuego. El justo
sacerdote se vuelve al pobre israelita, y le dice: “Llévate el borriquillo a
casa y está seguro de que desde ahora no hay que degollarse. El corderito ha
muerto en lugar del asno, y por lo tanto, éste, en justicia, debe ir libre,
gracias a tu generoso amigo”.
Ahora bien, mi estimado lector: ¿No ves en este
relato la enseñanza que Dios nos da de
la salvación de un pecador? Su justicia exige por tus pecados “ la degollación”
es decir, el justo castigo tuyo. La única alternativa es la muerte de un
sustituto aprobado por Dios”.
El hombre jamás hubiese hallado lo que necesitaba
para salir de su desesperada situación: mas Dios encontró en la persona de Su Hijo.
Dios mismo ha proveído el CORDERO. Juan Bautista
dijo a sus discípulos, mientras se fijaba las miradas en JESÚS: “ He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1;29)
Y, en efecto, JESÚS subió al Calvario, “ llevado como un Cordero al matadero” y allí “padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos,
para llevarnos a Dios” (1ª Pedro 3; 18) “El cual
fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación”
(Romanos 4; 25) De modo que Dios no cede una tilde de sus justas y santas
reclamaciones contra el pecado cuando justifica, es decir, cuando absuelve de
toda culpa al impío que cree en JESÚS. ( Romanos 3; 26)
¡Bendito se DIOS por tal SALVADOR, y por tal SALVACIÓN!
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