sábado, 13 de mayo de 2017

NO SEAMOS COMO LA IGLESIA DE LAODICEA



Apocalipsis 3; 14-22 Y escribe al ángel de la Iglesia de los laodicenses: He aquí, el que dice Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios;
   Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni hirviente. ¡Bien que fueses frío, o hirviente!
   Mas porque eres tibio, y no frío ni hirviente, yo te vomitaré de mi boca.
   Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un desventurado y miserable y pobre y ciego y desnudo;
   Yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.
   Yo reprendo y castigo a todos los que amo: sé pues celoso, y enmiéndate.
   He aquí, que yo estoy parado a la puerta y llamo; si alguno oyere mi voz, y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
   Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.
   El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.
(La Biblia de Casiodoro de Reina 1569)


Laodicea de Frigia, junto al Lico, desde su fundación hacía unos cuatrocientos años, se había convertido en un rico centro comercial e industrial. Los tejidos de lino y lana representaban la principal actividad; los institutos bancarios habían alcanzado renombre hasta en Roma; allí había también una escuela especial de medicina y farmacia. Después del terremoto del año 60 d.C. la ciudad misma había llevado a cabo su reconstrucción con sus propios medios sin ayuda del Estado. En esta última carta se utilizan con especial abundancia las peculiaridades locales para dar forma a las imágenes. Laodicea era la ciudad más opulenta de las siete que había en Asia. Se le conocía por su banca industrial, la manufactura de lana y la escuela de medicina que producía un medicamento para los ojos. Pero la ciudad siempre tuvo un problema con el suministro de agua. En cierta oportunidad se construyó un acueducto para transportar agua a la ciudad desde manantiales de agua caliente. Pero cuando el agua llegaba a la ciudad, no estaba ni caliente ni fría, solo tibia. La iglesia había llegado a ser tan insípida como el agua tibia que llegaba a la ciudad.

La iglesia de Laodicea es la única a la que no se dice una buena palabra; es una comunidad por la que se preocupaba ya el apóstol Pablo (Colosenses_2:1), a la que había escrito también una carta (Colosenses_4:16) y que, algunos decenios después falla completamente según el juicio de Cristo, y ello debido a su tibieza religiosa, de resultas de su falsa orientación hacia el mundo. Y sin embargo, tampoco a ella dirige el Señor sólo palabras de condenación; al final de la carta se hallan, como en ninguna otra de las siete cartas, las más tiernas palabras de amorosa solicitud.

Cristo se designa con el término hebraico de encarecimiento, «el Amén» (Isaías_65:16), personificado, que a continuación se explica como «el testigo fiel y veraz» (cf. 1,5): su palabra es absolutamente de fiar. él es también el primer principio de la creación entera (Juan_1:3), al que por tanto está también referido siempre todo lo creado (Colosenses_1:16 s); en él, pues, hallan los cristianos de Laodicea, cuando buscan el mundo, el verdadero acceso a éste, y el mundo mismo en su forma más primigenia.

  El agua tibia es desagradable. La iglesia de Laodicea se había vuelto tibia y por lo tanto era desagradable y repugnante. Los creyentes no adoptaban una posición firme. La indiferencia los había conducido a la ociosidad. Al dejar de hacer algo por Cristo, la iglesia se había endurecido y estaba satisfecha de sí misma. Estaba destruyéndose. No hay nada más desagradable que un cristiano solo de nombre que es autosuficiente. No se conforme con seguir a Dios a medias. Permita que Cristo avive su fe, y póngala en acción.

El hecho de que los laodiceos ensayen un compromiso entre ser cristianos y ser mundanos, los hace tan falsos y tan repugnantes para su Señor como un vaso de agua tibia; vienen ganas de vomitarlo. Nada a medias y nada del todo, un cojear de los dos lados (l Reyes 18,21), ni contra Dios ni contra el mundo (Mateo_6:24; Mateo_12:30), así siempre y en todas partes se arregla uno en el mundo con todos; sin embargo, tal cristianismo irresoluto es a juicio de Cristo más insulso que el verdadero paganismo, un cristiano sin carácter tiene para él menos valor que un pagano con firmeza de carácter. La veracidad y la fidelidad son su misma esencia; quien quiera ser de él tiene que congeniar con él a este respecto.
Algunos creyentes suponían equivocadamente que la abundancia de bienes materiales eran indicio de la bendición espiritual de Dios. Laodicea era una ciudad rica y la iglesia también lo era. Pero lo que la iglesia pudo ver y comprar llegó a ser más valioso para ellos que lo que no se ve y es eterno. La riqueza, el lujo y la comodidad pueden convertir a las personas en confiadas y satisfechas de sí mismas. Pero por mucho que usted tenga, no tiene nada si no posee una relación vital con Cristo. ¿De qué forma influye su nivel económico actual en su vida espiritual? En vez de concentrarse en la comodidad y el lujo, busque su verdadera riqueza en Cristo.

  A los de Laodicea se les conocía por su gran riqueza, pero Cristo les dijo que debían comprar oro de El (el verdadero tesoro espiritual). La ciudad estaba orgullosa de su ropa e industrias de tintorería, pero Cristo les dijo que debían comprar vestiduras blancas de El (su justicia). Los cristianos de Laodicea son ricos de bienes de la tierra, por lo cual también la comunidad resplandece al exterior: vista desde fuera, no le falta nada; puede satisfacer todas las necesidades y obligaciones, hasta las caritativas, por ejemplo, y realmente lo hace. Es bien vista en el consorcio civil porque ha logrado la integración en el mundo; ahora bien, precisamente por esto los cristianos de esta ciudad no dan escándalo ni testimonio en este contorno (Mateo_5:13). Porque, cegados como están, no pueden ya ver esta misión que tienen para con el mundo, se ilusionan y llegan a juzgar de sí mismos que pueden hacer buena figura no sólo ante los hombres, sino también ante Dios. Con tal presunción de justicia procede el Señor en su juicio con el mayor rigor; con cinco adjetivos pone en claro el estado verdaderamente lastimoso de su iglesia de Laodicea.

 Laodicea se enorgullecía de su ungüento precioso para los ojos que curaba muchos problemas de la vista, pero Cristo les dijo que compraran medicina de El para curar sus ojos a fin de que vieran la verdad (Juan_9:39). Cristo les estaba mostrando a los de Laodicea que los verdaderos valores no radican en los bienes materiales sino en una buena relación con Dios. Sus posesiones y logros no tenían valor, comparados con el futuro eterno del reino de Cristo.

  Dios castigaría a esta iglesia tibia a menos que se apartara de su indiferencia y se volviera a Él. Su propósito al disciplinar no es castigar sino atraer a la gente hacia Él. ¿Eres tú tibio en tu devoción a Dios? Tal vez Dios te discipline para ayudarte a salir de tu indiferencia; pero lo hará porque te ama. Tú puedes evitar la disciplina de Dios buscándole una vez más mediante la confesión, la oración, la adoración y el estudio de su Palabra. Así como la chispa de amor puede volver a encenderse en el matrimonio, de igual modo el Espíritu Santo puede reavivar nuestro fervor por Dios cuando le permitimos obrar en nuestro corazón.

Lo que una vez había dicho el Señor acerca del pastor que habiendo perdido una oveja fue en su busca y no paró hasta encontrarla (Lucas_15:4), Él mismo lo hace en Laodicea; Él mismo se ofrece para ayudarla. De Él pueden ellos comprar oro de ley, que conserva su valor incluso en el cielo (Mateo_6:20) y ya en la tierra remedia su pobreza delante de Dios; sólo adornados con la justicia conferida por gracia (Romanos_1:17) podrán presentarse como conviene delante de Dios, como también la gracia de Cristo les da vista suficiente para conocerse de veras. Aquí es también digna de consideración la circunstancia de que el Señor ofrece todavía su gracia; queda salvaguardada la libertad del que ha de aceptarla y puede rechazarla. Las tres imágenes con que el Señor sensibiliza y ofrece su gracia necesaria están por lo demás en estrecha relación con las circunstancias locales de los bancos, telares y de la escuela superior de medicina y farmacia.
La iglesia de Laodicea era rica y se sentía satisfecha de sí misma, pero no contaba con la presencia de Cristo. Él estaba llamando a la puerta del corazón de los creyentes, pero ellos estaban tan ocupados disfrutando de los placeres mundanos que ni se daban cuenta de que El intentaba entrar. Los placeres de este mundo -dinero, seguridad, bienes materiales- pueden ser peligrosos porque su satisfacción temporal nos puede volver indiferentes al ofrecimiento de Dios de darnos satisfacción eterna. Si descubres que eres indiferente, a Dios o a la Biblia, has empezado a sacar a Dios de su vida. Siempre déjale abierta a Dios la puerta de su corazón, y así te oirá cada vez que Le llames. Dejar que entre es tu única esperanza de satisfacción total.

La llamada a la conversión en la carta a Laodicea va seguida de unas palabras de solicitación amorosa. Con personas tan seguras de sí y tan convencidas de su propia justicia se alcanza más con un ruego amoroso que con una orden imperiosa. Así ruega el Señor como uno que, hallándose con la puerta cerrada, pide que se le deje entrar de nuevo en Laodicea, después que de antemano había en cierto modo excusado como expresión de su amor especial la gran dureza con que había debido tratarlos; en efecto, con un amor indulgente y condescendiente no se presta el menor servicio; en todo caso, Dios corrige y castiga a los que ama. La cena que el Señor piensa celebrar cuando logre entrar de nuevo volverá a sellar la amistad que había sido traicionada.  Jesucristo está llamando a la puerta de nuestro corazón cada vez que sentimos que debemos volver a Él. Desea tener amistad con nosotros y quiere que le abramos la puerta. Él es paciente y persiste en su intento de llegar a nosotros, sin irrumpir y entrar, sino llamando. Nos permite decidir si le entregamos o no la vida a Él. ¿Mantiene su poder y presencia transformadora intencionalmente al otro lado de la puerta?

 La promesa para el vencedor, con la indicación de que Jesús mismo hubo de conquistar con lucha su gloria e imperio en el trono del Padre (Lucas_24:26), se promete la participación en el señorío final de Dios sobre todas las cosas a aquellos que no se entregan al mundo, sino que a ejemplo suyo (Juan_16:33) lo vencen con la fuerza de su fe  1Juan_5:4).
 Al final de cada carta a estas iglesias se exhorta a los creyentes a que escuchen y tomen en serio lo que se les había escrito. Aunque el mensaje dirigido a cada iglesia es diferente, contiene advertencias y principios para todos.
Si has leído hasta aquí, permíteme que te pregunte: ¿Cuál de las cartas habla más directamente a tu iglesia? ¿Cuál tiene el mayor énfasis en tu propia condición espiritual en este momento? ¿Cómo reaccionarás tú?
¡Maranatha!






viernes, 12 de mayo de 2017

SIEMBRA, COSECHA Y SIEGA ESPIRITUAL



Juan 4:35-38  ¿No decís vosotros que aún hay cuatro meses y la siega viene? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos, y mirad el campo, porque ya están blancas para la siega.
   Y el que siega, recibe salario, y allega fruto para vida eterna; para que el que siembra también goce, y el que siega.
   Porque en esto es el dicho verdadero: Que uno es el que siembra, y otro es el que siega.
   Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.
(La Biblia de Casiodoro de Reina 1569)

La salvación de almas es la recompensa de la cual Jesús habla. "El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre" (Mateo_13:37) y la estaba sembrando ese mismo día en Samaria. Su salario era el fruto que cosechaba. Podemos leer en Mateo_18:15, "ganar" al hermano (¿habrá ganancia que valga más que esta?) Pablo exhortó a los filipenses a que siguieran fieles, "asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado" (Filipenses_2:16). "Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados" (Filipenses_4:1). "Porque, ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida. Vosotros sois nuestra gloria y gozo" (1Tesalonicenses_2:19-20)
Todo lo que estaba sucediendo en Samaria Le había dado a Jesús la visión de un mundo listo para ser cosechado para Dios. Cuando dijo: «Todavía faltan cuatro meses para que llegue la siega» no tenemos que pensar que estaba refiriéndose a la época del año que era entonces en Samaria. Si hubiera sido así, habría sido hacia el mes de enero. No habría hecho aquel calor agotador; y no habría habido escasez de agua; no se habría necesitado un pozo para encontrarla, porque habría sido la estación lluviosa, y habría habido abundancia de agua.

Lo que Jesús está haciendo es citar un refrán. Los judíos dividían el año agrícola en seis partes, cada una de las cuales duraba dos meses: siembra, invierno, primavera, cosecha, verano y calor extremo. Jesús está diciendo: " Tenéis un proverbio: después de sembrar tenéis que esperar por lo menos cuatro meses hasta que llega la siega.» Y entonces Jesús eleva la mirada.
 Sicar está en medio de una región que sigue siendo famosa por sus cereales. La buena tierra para la agricultura no abundaba en la pedregosa y rocosa Palestina; casi en ninguna otra parte del país podía uno levantar la mirada y ver los campos ondulantes de cereales. Jesús recorrió aquellos campos con la mirada, señalándolos con la mano. «¡Fijaos! -les dijo a Sus discípulos-. Los campos ya están blancos y listos para la siega. Lo normal es que la cosecha tarde cuatro meses en crecer y madurar; pero en Samaria ya podéis ver que está lista para la siega.»
En este caso Jesús está pensando en el contraste que hay entre la naturaleza y la gracia. En la cosecha natural, había que sembrar y esperar; pero en Samaria todo había sucedido con tal divina celeridad que se había sembrado la Palabra y al momento ya estaba lista la cosecha.   Y entonces Jesús dijo: "¡Mirad los campos! ¡Fijaos cómo están ahora! ¡Están blancos para la siega!» La multitud que venía con sus ropas blancas era la cosecha que Jesús estaba deseando recoger para Dios.

Jesús siguió diciéndoles que lo increíble había tenido lugar: el sembrador y el segador se podían alegrar al mismo tiempo. Era algo que nadie podía esperar. Para los judíos la siembra era triste y laboriosa; era la siega la que era alegre. «¡Que los que siembran con lágrimas sieguen con gritos de alegría! El que sale llorando, llevando la preciosa simiente, volverá a casa dando gritos de alegría, trayendo sus gavillas» (Salmo_136:5). Este es el plan divino y es muy alentador. Según este plan todo obrero del Señor participa de la gloriosa siega. La cosecha no pertenece solamente al segador, sino también al sembrador; no hay competencia entre el sembrador y el segador, porque los dos están perfectamente unidos en la obra y ante los ojos de Dios, el sembrar es tan importante como el segar y los dos se gozarán (serán recompensados).
       Normalmente el sembrar es trabajo laborioso como dice el Salmo_126:5-6, "Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas", pero en el campo espiritual el sembrador se goza con el segador.  
Aquí hay algo escondido bajo la superficie. Los judíos soñaban con la edad de oro, la era por venir, la edad de Dios, cuando el mundo sería todo de Dios, cuando habrían desaparecido el pecado y el dolor, y Dios reinaría supremo. Amós pintaba el cuadro de la siguiente manera: "He aquí vienen días, dice el Señor, en que el que ara alcanzará al segador, y el pisador de las uvas al que lleve la simiente» (Amos_9:13). «Vuestra trilla alcanzará a la vendimia, y la vendimia alcanzará a la sementera» Levítico_26:5). Era parte del sueño de la edad dorada el que la siembra y la siega, la sementera y la recolección estarían tan próximas que se pisarían los talones. Habría tal fertilidad que los viejos largos días de espera se habrían terminado. Podemos advertir lo que Jesús está apuntando gentilmente. Sus palabras no son ni más ni menos que la proclamación de que, con Él, la edad dorada ha amanecido; el esperado tiempo de Dios está presente: el tiempo en que se anuncia la Palabra y se siembra la semilla y la cosecha está lista para la recolección.
Había otra enseñanza en aquella situación, y Jesús la conocía bien: «Hay otro proverbio -les dijo- que es igualmente cierto: «Uno siembra y otro siega.»» Y de allí procedió a hacer dos aplicaciones prácticas.
  Les dijo a Sus discípulos que recogerían una cosecha que se habría producido sin su colaboración. Quería decir que Él estaba sembrando la semilla; que en Su Cruz, por encima de todo, se sembraría la semilla del amor y del poder de Dios, y que llegaría el día cuando Sus discípulos salieran por el mundo a recoger la cosecha que Su vida y muerte habrían sembrado.
  Les dijo a Sus discípulos que llegaría el día cuando ellos sembrarían y otros recogerían. Llegaría el día en que la Iglesia Cristiana enviaría evangelistas; ellos no verían la cosecha; algunos morirían mártires; pero la sangre de los mártires sería la semilla de la Iglesia. Es como si dijera: «Algún día labraréis, y no veréis el resultado. Algún día sembraréis y desapareceréis de la escena antes que haya granado la cosecha. ¡No tengáis miedo! ¡No os desaniméis! La siembra no será en vano, ni se perderá la semilla. Otros verán la cosecha que no se os concedió ver a vosotros.»
Así que en este pasaje hay dos cosas.
  Se hace notar una oportunidad. La cosecha está esperando que la recojan para Dios. Hay momentos de la Historia en los que la gente está extraña y curiosamente sensible a Dios; o en que «Dios está a la vista». ¡Qué tragedia sería que la Iglesia de Cristo dejara de recoger Su cosecha en ese tiempo!
 Se hace notar un desafío. A muchos se les concede sembrar, pero no segar. Muchos ministerios tienen éxito, no porque tengan fuerza ni mérito, sino por alguna persona que vivió y predicó y murió y dejó una influencia que se hizo mayor en su ausencia que en su presencia. Muchos tienen que trabajar sin ver el resultado de sus labores.
Una vez me enseñaron una finca de Cica Revoluta en la Alcudia (Valencia) que es famosa por este tipo de palmera. El dueño, se llamaba Miguel, las amaba y conocía cada planta por su nombre. Me enseñó algunas semillas que tardarían veinticinco años en germinar. Él tenía cerca de setenta y cinco años, y no vería su belleza, pero otras personas sí.
 Ningún trabajo ni ninguna empresa que se emprenden para Cristo será un fracaso. Si nosotros no vemos el resultado de nuestros esfuerzos, otros lo verán. No cabe el desánimo en la vida cristiana.
La conclusión de la misión de Jesús en Samaria se ve en un ejemplo específico de cosecha espiritual. Esto ocurrió en dos etapas. Muchos creyeron por lo que la mujer había dicho, pero aun más por medio del testimonio del mismo Jesús. Debemos asumir que la fe de los primeros estaba necesariamente limitada por la experiencia de la mujer. Su testimonio se relacionaba con la notable percepción de Jesús, pero el contacto personal con él debe haber profundizado su fe. El hecho de que los samaritanos querían que Jesús se quedara con ellos era extraordinario ya que se trataba de un judío, pero mostraba el despertar de su convicción de que él era un Salvador, no sólo de los judíos sino del mundo.
Algunas veces los cristianos nos excusamos para no testificar a familiares o amigos diciendo que estos no están listos para creer. Jesús, sin embargo, aclara que alrededor de nosotros hay una cosecha continua que espera la siega. No esperemos que Jesús nos encuentre excusándonos. Miremos a nuestros alrededor. Hallaremos gente lista a oír la Palabra de Dios.
La mujer samaritana contó de inmediato su experiencia a otros. Sin importarles su reputación, muchos aceptaron su invitación y fueron al encuentro de Jesús. Tal vez haya pecado en nuestro pasado del que estamos avergonzados, pero Cristo nos cambia. Cuando la gente ve estos cambios, la mueve la curiosidad. Usemos estas oportunidades para presentarles a Cristo.
¡Maranatha!


viernes, 5 de mayo de 2017

DIOS ES AMOR



1Juan 3:10  En esto son manifiestos los hijos de Dios, y los hijos del diablo; cualquiera que no hace justicia, y que no ama a su Hermano, no es de Dios.
 (La Biblia de Casiodoro de Reina 1569)

El versículo 10 ofrece la confirmación definitiva de esta interpretación. Nos permite reconocer claramente que se trata de la cuestión de la certeza de la salvación.
(«En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo») muestra que aquí se trata de la respuesta a la pregunta: ¿Cómo reconoceremos nuestra salvación, nuestra vida eterna?
 «Quien no practica la justicia, no es de Dios, y tampoco quien no ama a su hermano»
«La vida revela a los hijos de Dios.» No hay manera de decir qué clase de árbol es uno más que por sus frutos, y no hay manera de decir qué es una persona aparte de su conducta. Juan establece que cualquiera que no obre con integridad, demuestra que no es de Dios. Aunque Juan es un místico, tiene una mentalidad muy práctica; y, por tanto, no deja la integridad como algo vago e indefinido. Alguien podría decir: «Muy bien, acepto el hecho de que la única cosa que prueba que una persona pertenece a Dios es la integridad de su vida; pero, ¿qué es integridad?" La respuesta de Juan es clara y contundente: Ser íntegro es amar a nuestros hermanos. Eso, dice Juan, es un deber que no deja lugar a dudas. Y pasa a aportar varias razones por las que ese mandamiento es tan central y tan vinculante.
La ética cristiana se puede resumir en una palabra, amor, y desde el momento que una persona se rinde a Cristo se compromete a hacer del amor la línea central de su vida.
Por esa misma razón, el hecho de que una persona ame a sus hermanos es la prueba definitiva de que ha pasado de muerte a vida. La vida sin amor es muerte. Amar es estar en la luz; aborrecer es continuar en la oscuridad. No necesitamos más pruebas que mirarle a la cara a una persona que esté enamorada, y a otra que esté llena de odio; mostrarán la gloria o la negrura de su corazón.

Asimismo, partiendo de esto, nos damos cuenta de que el v. 7 es también respuesta a la pregunta de cómo podemos tener la alegre seguridad de la salvación. La exclamación que tanto llama nuestra atención: «Hijitos, que nadie os extravíe», así como la frase que nos habla de algo en que se manifiestan los hijos de Dios y los hijos de Satán, en el v. 10a, señalan que ahora tenemos ya la norma para conocer la salud y la perdición. En el v. 10a se nos dice: A los hijos del diablo se los reconoce por el pecado. Y a los hijos de Dios se los reconoce porque no cometen pecado (es decir, no cometen el pecado contra el amor).

En nuestra carta, podemos encontrar también toda una serie de ulteriores confirmaciones de esto mismo: muchas que únicamente se descubren como tales, después de una larga contemplación, pero también algunas que, por su tenor literal, corresponden ya obviamente a la interpretación que acabamos de dar. Tan sólo vamos a mencionar ahora otra confirmación, que encontramos también en el capítulo 4: «Quien ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios».

  El autor quiere decirnos con ello: El «pecado» al que en lo sucesivo me refiero, es la maldad diabólica, que se dirige precisamente contra el mandamiento de Cristo, mandamiento que 1Jn y el Evangelio de Juan califican siempre de el mandamiento por excelencia. Ese pecado es la negación del amor.

Por consiguiente, el autor quiere decirnos: En esta última hora (el tiempo decisivo de la salvación) la lucha no se cifra ya en torno a cosas periféricas, sino que ahora se concentra todo sobre lo supremo y más esencial. Por tanto, para Dios y para su Cristo lo que se trata ahora es de manifestarse como amor, es decir, de actuar como amor. Y, por tanto, para Satán lo que se trata es de no dejar que Dios pueda manifestarse en los suyos como amor: en los suyos, es decir, en la vida concreta, en el amor fraterno de los cristianos. Esto precisamente es la quintaesencia de la maldad diabólica, que se había predicho para los últimos tiempos.

En lo que se refiere al conjunto, habría que considerar y acentuar mucho más intensamente de lo que suele hacerse en los comentarios, hasta qué punto la «plasmación de la vida conforme a la voluntad de Dios»  es entendida concretamente como amor fraterno, y hasta qué punto el amor fraterno pertenece esencialmente al ser del cristiano.


De ahí se sigue todavía otro paso en este razonamiento bien trabado. Alguien puede que diga: «Reconozco la obligación de amar, y trataré de cumplirla; pero no sé lo que implica.» La respuesta de Juan: "Si quieres ver lo que es este amor, mira a Jesucristo. En Su muerte por los hombres en la Cruz se despliega plenamente.» En otras palabras, la vida cristiana es la imitación de Cristo. «Haya esta actitud entre vosotros que tenéis en Jesucristo» (Flp_2:5). «Nos dejó Su ejemplo para que sigamos Sus pisadas» (1Pe_2:21). No hay nadie que pueda mirar a Cristo y decir que no sabe en qué consiste la vida cristiana.

Las indicaciones que se dan en 3,4-10 (la significación de las palabras «pecado» y «maldad»), que eran al principio difíciles de entender para nosotros, no fueron tan difíciles de captar para los primeros lectores de la carta, porque ellos tenían el conocimiento previo, que tan necesario es, de que todo hay que comprenderlo a partir de la verdad de que «Dios es amor». Es un conocimiento que nosotros sólo podemos adquirir por la exégesis de la carta en su totalidad y por la visión conjunta de los distintos enunciados que en ella se hacen. Pero que los primeros lectores conocían por la predicación oral del apóstol y de sus discípulos.

  El pasaje de 1Jn_3:10a  es el paralelo joánico de aquella sentencia de los sinópticos "Por sus frutos los conoceréis» (Mat_7:16 ss y principalmente Luc_6:43s).

  Podemos ver también la asociación intensa del amor con el ser de cristiano en Flp_2:6 ss,  Flp_4:1-6) y en Mar_8:10.


También esta sección, lo mismo que todas, está al servicio de la finalidad de consolidar la gozosa seguridad de la salvación. Más aún: lo que los versículos 3,4-10 nos decían sobre este asunto, se desarrolla ahora en cuanto a sus consecuencias, al mismo tiempo que se recalza bien en sus cimientos.

a) La exhortación a que «nos amemos los unos a los otros» (de que a los «que han nacido de Dios» se les ha dado graciosamente el amor recíproco, y de que ellos deben ejercitarlo).

b) El sombrío contraste del amor fraterno: el odio como homicidio; aquí se incluye, en los   una declaración sobre la seguridad de salvación que tienen los cristianos (los cuales, ciertamente, están seguros de que «han pasado de la muerte a la vida» por la experiencia que tienen del odio por parte del «mundo» y en contraste con el «pecado» de este mundo).

c) El amor fraterno como entrega de la vida.
 
Juan resuelve otra posible objeción más. Alguien podría decir: « ¿Cómo puedo yo seguir las pisadas de Cristo? El dio Su vida en la Cruz. Si me dicen que yo debería dar mi vida por mis hermanos; pero esas oportunidades tan dramáticas no se dan corrientemente en la vida. ¿Qué tengo que hacer entonces?» La respuesta de Juan es: "Es cierto. Pero cuando veas a tu hermano en necesidad, y tú tengas bastante, el darle de lo que tienes es seguir a Cristo. El cerrarle el corazón y las manos es demostrar que el amor de Dios que se manifestó en Jesucristo no tiene lugar para ti.» Juan insiste en que podemos encontrar innumerables oportunidades para demostrar el amor de Cristo en la vida de todos los días.
 Pero la vida no es siempre tan trágica; y sin embargo el mismo principio de conducta se debe aplicar siempre. Puede movernos sencillamente a gastar algún dinero que hubiéramos podido gastar para nosotros mismos para aliviar la necesidad de otro más necesitado. Es, después de todo, el mismo principio de acción, aunque a un nivel más bajo de intensidad: es estar dispuestos a rendir algo que tiene valor para nuestra propia vida para enriquecer la de otro. Si tal mínima respuesta a la Ley del Amor que nos llega en una situación diaria y normal está ausente, entonces es inútil pretender que formamos parte de la familia de Dios, el reino en el que el amor es operativo como el principio y la señal de la vida eterna.»
Las palabras bonitas nunca ocuparán el lugar de las buenas obras; y ninguna cantidad de palabras sobre el amor cristiano ocupará el lugar de una acción amable, que implique algún sacrificio propio, a una persona en necesidad; porque en esa acción vuelve a estar operativo el principio de la Cruz.
Dondequiera que esté el cristiano, aunque no diga palabra, actúa como conciencia de la sociedad; y por esa misma razón el mundo le aborrecerá a menudo.
En la antigua Atenas, el noble Arístides fue condenado a muerte injustamente; y, cuando le preguntaron a uno del jurado cómo había sido capaz de dar su voto en contra de tal hombre, su respuesta fue que estaba harto de oír llamar a Arístides " el Justo.»
El odio del mundo al cristiano es un fenómeno ubicuo, y se debe al hecho de que el mundano ve en el cristiano su propia condenación: lo que él no es y lo que en lo más íntimo de su corazón sabe que debería ser; y, como no quiere cambiar, trata de eliminar al que le recuerda su bondad perdida.


¡Maranatha!

jueves, 4 de mayo de 2017

LA CENA O MESA DEL SEÑOR


1 Corintios 11:23-27  Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó el pan;
   y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.
   Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el Nuevo testamento en mi sangre; haced esto todas las veces que bebiereis, en memoria de mí.
   Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.
   De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.
 (La Biblia  Casiodoro de Reina 1569)

El «congregarse en común» no se entendía sólo en el sentido de una reunión exterior o también, evidentemente, en una habitación lo más amplia posible de una casa privada. Se entendía asimismo en el sentido de un acuerdo íntimo de los reunidos, mientras que hoy, para nosotros, todo está ordenado, en el espacio, hacia adelante, y en el contenido hacia arriba. Sólo ahora, en nuestro más inmediato presente, comenzamos a experimentar, concebir y plantear de otra manera los espacios de las iglesias o congregaciones.  

Que tampoco una más fuerte acentuación de lo horizontal sea ya por sí sola una garantía de la realización de una auténtica imagen de la Iglesia es algo que el presente capítulo de corintios enseña de manera más que clara y expresiva. Su motivo se encuentra justamente en este nivel, es decir, en el fallo de la comunidad en lo referente a la fraternidad.

En cierto modo el Apóstol no se extraña de que en la comunidad aparezcan abusos tan funestos. Por la profecía sabe de las cosas que precederán al juicio. A través de este género de tentaciones «conviene» que se manifieste la sólida virtud de los cristianos auténticos. Es un serio «conviene», por el cual el Apóstol no se siente muy consolado, pero que le ayuda a soportar la prueba con resignación. En la posterior historia de la Iglesia se ha tenido que recordar muchas veces esta palabra. Pero nadie puede consolarse fácilmente con ella y dejar que siga habiendo divisiones. Tampoco lo hace así el Apóstol, sino que batalla por la unidad de la comunidad, de la Iglesia.

Una vez que Pablo ha pronunciado su más enérgica reprensión contra el modo de celebrar sus solemnidades los corintios, quiere mostrarles ahora positivamente en qué estilo, sentido y espíritu deben celebrar estas reuniones. Para ello, busca un apoyo en la misma institución de la cena del Señor. A tal fin, necesita sólo recordar el texto exacto de la liturgia de la institución, bien conocido de los corintios y recitado en cada solemnidad. De aquí deducirá luego todo lo demás. Propiamente hablando, en las palabras de Jesús y en el hecho que indican, se encierra todo.

No hay ningún otro pasaje en todo el Nuevo Testamento que tenga tanto interés como este. Entre otras cosas, es la base para el acto de culto más sagrado de la Iglesia Cristiana, la Santa Cena; y también, como esta carta es anterior a los primeros evangelios, este es de hecho el primer reportaje que tenemos, no sólo de la institución de la Santa Cena, sino de ninguna palabra del Señor Jesús.
La Santa Cena no querrá decir nunca lo mismo para dos personas diferentes; pero no tenemos que entenderla totalmente para recibir bendición. Como ha dicho alguien, " no tenemos que entender la composición química del pan para digerirlo y asimilarlo y alimentarnos de él.» Pero, a pesar de eso, haremos bien en intentar entender por lo menos algo de lo que quería decir Jesús cuando habló así del pan y del vino.

  Esa comida común de los corintios pervertía la Cena del Señor. No tenía autorización alguna, ni aun estando libre de abusos. Después de condenar aquello, ahora Pablo pasa a recordarles de cómo debe ser celebrada la Cena del Señor. Así se ve claramente el contraste entre lo carnal de la comida de los corintios y lo espiritual de la Cena del Señor.
            No les dice nada nuevo, sino resume la institución de la Cena. Les recuerda que lo que les había entregado cuando estaba con ellos en el principio es exactamente lo mismo que él había recibido del Señor directamente por inspiración. Es cierto que no estuvo presente en la institución de la Cena, pero su información acerca de ella la recibió de parte de Cristo mismo.
             
              El Señor mismo es quien instituyó la Cena, y lo hizo la noche que fue entregado (Mateo_26:14-56). Esta verdad subraya la asociación de la Cena del Señor con la muerte de él.
El pan que tomó fue el pan de la Pascua que estaba delante de él en la mesa, que era pan sin levadura (Mateo_26:17; Éxodo_12:15). «Tomó pan y, recitando la acción de gracias, lo partió y dijo.» " Esto es Mi cuerpo» -dijo del pan. Un hecho muy sencillo nos impide tomar estas palabras literalmente. Cuando Jesús estaba hablando, estaba todavía en Su cuerpo humano; y nada estaba más claro que el que Su cuerpo y el pan eran dos cosas bien diferentes y aparte. Pero tampoco dijo simplemente: " Esto representa Mi cuerpo.» En un sentido, eso es cierto: el pan que troceamos en el sacramento representa el cuerpo de Cristo; pero hace más que representar. Para la persona que lo toma en su mano y se lo lleva a la boca con fe y amor, es un medio no sólo de recuerdo sino de contacto vital con Jesucristo. Para uno que no fuera creyente no sería nada más que pan; para el que ama a Cristo es una manera de entrar en comunión con ÉL
 Jesús cumple, también en su comportamiento exterior, un ceremonial. Esto es importante a la hora de entender la recitación de acción de gracias. De acuerdo con su origen en el ritual judío, se trata aquí de la bendición de la mesa, que no se divide en una oración antes y otra acción de gracias después, sino que, al dar gracias a Dios por sus dones, consigue la bendición divina.
Agradecer y bendecir eran una misma cosa. El delgado pan se partía a fin de dar a cada uno de los comensales una parte del mismo. Pero también aquí se puede rastrear el deseo del Apóstol de hacer comprender a los corintios cuán poco se compagina con esto su propia conducta, que no reparte nada. Está bien claro lo que Jesús quiere decir con estas palabras: es el cuerpo que se entregará por ellos a la muerte muy pronto, en la terrible y tangible visión de la cruz, y ya ahora en el ocultamiento y en la significación del pan, partido en comida.
Sabemos lo que Dios quiere por lo que ha hecho. Jesús usó aquel pan, y no cualquier pan. No hay autorización bíblica alguna para el uso de pan con levadura en la Cena del Señor.
  Jesús tomó el pan (una torta sin levadura) y dio gracias por él. Aquí y en Lucas_22:19 el texto dice que Jesús dio gracias, mientras que en Mateo_26:26 y en Marcos_14:22 el texto dice que tomó el pan, lo bendijo, y luego lo partió.
De esto aprendemos que bendecir el pan equivale a dar gracias por él. Al decir en oración lo que representa el pan (así lo bendecimos), en seguida damos a Dios gracias por él.   Esto es lo que debemos hacer antes de comer el pan de la Cena del Señor.
 (Dar gracias a Dios por otras miles de cosas pertenece a otras ocasiones, y no a ésta).
              Obviamente Jesús no se refería a su cuerpo literal, pues estuvo presente en cuerpo cuando lo dijo, y los discípulos no comieron su cuerpo físico. Cuando terminaron de comer el pan, Cristo todavía estaba allí delante de ellos en cuerpo. Además, no es creíble que ellos bebieran la sangre literal de Cristo, pues al judío (y a todos) se le prohibía comer sangre (Levitico_17:10; Deuteronomio_12:16; Génesis_9:4).
            La doctrina católica romana de la “transubstanciación” (que la substancia de pan se cambia en la substancia de cuerpo físico y literal, y que la substancia de fruto de la vid se cambia en la substancia de sangre física y literal) es una invención humana, como también la doctrina luterana de la “consubstanciación” (que la substancia del cuerpo y de la sangre de Cristo están presentes juntamente con la substancia del pan y del fruto de la vid).
            Según el apóstol Pablo, ese pan era pan antes de la bendición, y después de ella. Lo que tomaron era pan, y lo que comieron era pan, no cuerpo.
            El pan de la Cena del Señor es su cuerpo en representación, exactamente como “él es Elías” (Mateo_11:14) quiere decir que Juan el Bautista era Elías en representación (Mateo_17:10-13), no en persona.
 Una cosa es símbolo, o representación, de la otra.
            Al decir Jesús, “Yo soy la puerta” (Juan_10:9), decía que él representaba la entrada al cielo. De igual manera en la Cena del Señor, la persona come del pan pensando en que Cristo sacrificó su cuerpo en la muerte de la cruz, y así lo conmemora.
            El pan es el cuerpo de Cristo como la copa (el fruto de la vid) es el nuevo pacto. Al tomar la copa (el jugo de uva) la persona participa de los beneficios del pacto y al comer el pan participa de los beneficios de la muerte de Cristo en la cruz.

              La Cena del Señor fue instituida en seguida de que comieron la Pascua (Mateo_26:26; Marcos_14:22; Lucas_22:20).
  Al decir “copa”, Jesús se refiere al fruto de la vid (el jugo de uva), pues esta “copa” ¡se bebe!. Ningún recipiente de líquidos se puede beber.
            Esta “copa” aquí referida es el nuevo pacto (en representación, o símbolo), y ¡seguramente ningún recipiente de materia es el (o, puede representar al) nuevo pacto de Cristo!
            El fruto de la vid representa el nuevo pacto porque representa la “sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo_26:28). Para que el nuevo pacto fuera ratificado, Jesús tuvo que derramar su sangre (Hebreos_9:15-17).
            Un pacto es una relación en la que entran dos personas. Había un Antiguo Pacto entre Dios y el pueblo de Israel que estaba basado en la Ley. En él Dios había elegido y se había acercado al pueblo de Israel, llegando a ser de una manera especial su Dios; pero había una condición: si esa relación había de durar, tenían que cumplir la Ley (Exodo_24:1-8). Con Jesús se ofrece a la humanidad una nueva relación que depende, no de la ley, sino del amor; no de la fidelidad con que el hombre cumpla la ley -porque no puede-, sino de la buena voluntad gratuita y generosa de Dios que nos la ofrece.
Bajo el Antiguo Pacto uno no podía hacer más que temer a Dios, porque estaba siempre en deuda con Él ya que no podía nunca cumplir perfectamente la ley; bajo el Nuevo Pacto uno acude a Dios como un hijo a su padre. Mírese como se mire, Le costó la vida a Jesús hacer posible esta nueva relación con Dios. «La sangre es la vida,» decía la ley Deuteronomio_12:23; costó la vida de Jesús, Su sangre, como diría un judío. Así que el vino rojo de la Comunión representa la sangre vital de Cristo, sin la cual el Nuevo Pacto, la nueva relación con Dios, no habría sido posible.

Este pacto es nuevo en calidad (Hebreos_8:8-13), reemplazando el otro pacto que se envejeció y fue quitado, clavado en la cruz (Hebreos_8:13; Colosenses_2:14). Fue establecido en base a la muerte de Cristo en la cruz. La sangre de Cristo es la razón por qué el cristiano puede gozar de las bendiciones del nuevo pacto.
  Aquí un pacto, o acuerdo, entre Dios y los hombres, por medio de Jesucristo, pero solamente Dios pone los términos del pacto.    Hebreos_9:11-22.
              La copa se bebe (pero no el recipiente). Por metonimia se presenta el contenido (el jugo) con el nombre del continente (la copa, o cáliz).
            Siempre que se bebe la copa, debe ser con el fin ahora estipulado; a saber, para recordar a Jesús en su muerte en la cruz.
            La Cena del Señor se celebraba regularmente, cada primer día de la semana. Tenemos un ejemplo apostólico de esto en Hechos 20:7. A esta verdad atestiguan los historiadores primitivos.
            Las iglesias protestantes tratan de dar a esta frase el sentido de que no hay regularidad en el tiempo de la observancia de la Cena. Pero la idea no es de qué tan a menudo hacerlo, sino de que siempre la observancia sea para recordar lo que ha hecho Cristo por nosotros. La frecuencia de tomar la Cena del Señor es determinada por el ejemplo apostólico.
             
Seguramente la Cena del Señor no es para satisfacer hambre física. Ella fue instituida “después” de la cena de la pascua que sí satisfizo hambre física. Cenas para el hambre física deben ser comidas en las casas de la gente, y no en la asamblea de la iglesia.

              El pan es comido y la copa es bebida. Obviamente, la copa  es el fruto de la vid, el jugo, y no el vaso o continente. Debe notarse que los discípulos no solamente comieron el pan, sino también bebieron la copa.

 El clero romano no da la copa a los feligreses, sino solamente el pan. Se argumenta que el pan, por ser el cuerpo de Cristo, y por contener el cuerpo sangre, basta para que la persona solamente coma el pan. Bueno, si su lógica tiene validez, el pan debe bastar ¡también para los sacerdotes! ¿Ellos nada más comen la “hostia”, sin tomar el vino?

              Cada primer día de la semana la iglesia de Cristo proclama a todo el mundo, con tomar la Cena del Señor, que Cristo murió por todos los hombres, y que su muerte es la razón por que Dios puede mostrar misericordia a los pecadores.
            La iglesia continuará haciendo esta proclamación (predicación) hasta que Cristo venga la segunda vez (Hebreos_9:28). Esta Cena proclama que Cristo murió por todos, reina ahora en los cielos, y de allí volverá en el día final. Ella mira tanto para atrás, como para delante. Cuando él venga la segunda vez, no habrá por qué continuar celebrando la Cena.  
  El texto griego emplea el tiempo presente, “sigan haciendo esto”. La Cena del Señor se observa cada primer día de la semana en obediencia a este mandamiento Hechos _20:7.
            Esta cena espiritual tiene por propósito conmemorar la muerte de Cristo por nosotros. Se revive la realidad del siglo primero que sucedió en la crucifixión de Jesucristo.  

     
 Pablo acaba de reprender a los que, con sus partidismos y diferencias de clases dividen la Iglesia; así es que esto quiere decir que el que come y bebe indignamente es el que no se ha dado cuenta de que toda la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y no está en armonía con su hermano. Toda persona en cuyo corazón hay odio, amargura, desprecio contra otro, al acercarse a la Mesa del Señor come y bebe indignamente. Así que comer y beber indignamente es no tener el
sentimiento de la grandeza de lo que se está haciendo, y hacerlo cuando no se está en armonía con el hermano por quien Cristo murió.
Pablo pasa a decir que las desgracias que han sobrevenido a la iglesia de Corinto ( y a las de hoy en día) puede que sean debidas al hecho de que se acercan a la Mesa del Señor cuando hay divisiones entre ellos; pero esas desgracias no son para destruirlos, sino para disciplinarlos y hacerlos volver al camino de Dios.
Debemos tener clara una cosa. La frase que prohíbe el que una persona coma y beba indignamente no excluye al que es pecador y lo sabe. Si la Mesa del Señor fuera sólo para los perfectos, ninguno podríamos acercarnos. El acceso no está nunca cerrado para el pecador arrepentido. Para el que ama a Dios y a sus semejantes, el camino está siempre abierto; y sus pecados, aunque sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos.

             
             
 ¡Maranatha!