viernes, 9 de junio de 2017

¿PUEDE UN CRISTIANO PERDER LA SALVACIÓN?


 Antes de responder a  esta pregunta debemos considerar lo que es ser un  “cristiano.” Un cristiano no es una persona que haya hecho  una oración, o pasado al frente ante un llamado, o que haya crecido en una familia cristiana. Tampoco lo es aquel  que lleva una Biblia bajo el brazo, o asiste con regularidad a cultos, conferencias y estudios bíblicos. Tampoco el hecho de cursar estudios teológicos es sinónimo de ser cristiano. Mientras que cada una de estas cosas  son  parte de la experiencia cristiana, no son éstas las que “hacen” a uno cristiano.
 Un cristiano es una persona que ha recibido por fe a Jesucristo y ha confiado totalmente en Él como su único y suficiente Salvador (Juan 3:16; Hechos 16:31; Efesios 2:8-9).
Así que, con esta definición en mente, ¿puede un cristiano perder la salvación? Quizá la mejor manera de responder a esta importante y crucial pregunta es examinando lo que la Biblia dice que ocurre en la salvación, y entonces estudiar lo que implicaría perder la salvación.
 Estos son algunos ejemplos que encontramos en la Palabra de Dios:

Un cristiano es una nueva criatura.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Cristo no ha de ser "conocido" (estimado, considerado) a base de consideraciones carnales. Aunque en la carne sea judío, o sea gentil, sea libre o sea esclavo, en Cristo es nueva criatura, con todas las consideraciones hechas nuevas en la vista de Dios. Las normas carnales no han de ser aplicadas a las criaturas espirituales, a los hijos de Dios. Que una de éstas sea judío, o sea gentil, no tiene nada que ver.   La nueva criatura ahora anda en "vida nueva" (Romanos 6:4), busca las cosas de arriba (Colosenses 3:1-4), se ocupa en las buenas obras preparadas por Dios (Efesios 2:10), y se encuentra en la única relación que vale, que es la nueva creación (Gálatas 6:15).   Las cosas viejas (consideraciones y normas carnales, prejuicios e discriminaciones, y sobre todo la relación que el pecador sostenía con Dios) ya pasaron.
Estos versículos  hablan de una persona que se ha convertido enteramente en una nueva criatura, como resultado de estar “en Cristo.” Para que un cristiano perdiera la salvación, la nueva creación tendría que ser revertida y cancelada.

Un cristiano es redimido.
 “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” (1 Pedro 1:18-19).
El evangelio de Cristo no impone ninguna cultura en los demás; dirige solamente al que quiera ser salvo al abandonar la vana manera de vivir recibida de los padres, para andar en la santidad de Dios.
   La palabra “redimido” se refiere a una compra que ha sido hecha, a un precio que ha sido pagado. El precio de redención fue más grande en valor que el valor del oro y de la plata corruptibles. Como el cautivo redimido amará muchísimo al que le rescata, así los cristianos debemos amar con todo nuestro corazón al que nos redimió del pecado con el precio de su sangre, y hacer su voluntad, viviendo en santidad.
Para que un cristiano perdiera la salvación, Dios tendría que revocar su compra con  la que pagó con la preciosa sangre de Cristo. 

Un cristiano es justificado.
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 5:1). “Justificar” significa “declarar justo.” Todos los que reciben a Jesucristo como Salvador son “declarados justos” por Dios. Para que un cristiano perdiera la salvación, Dios tendría que desdecirse de lo dicho en su Palabra y retractarse de lo que Él declaró previamente. 

A un cristiano se le promete la vida eterna.
 “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:16). La salvación que Dios provee es condicional. Dios provee la salvación y el hombre la acepta. El hombre no podía ni puede hacer lo que Dios ha hecho, proveer la salvación, y Dios no puede hacer por el hombre lo que éste tiene que hacer por sí mismo (aceptar la salvación). La salvación es condicional. Todo aquel que en él cree es todo aquel que le obedece, como dice el versículo 36, "el que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él" (La Biblia de las Américas). Por eso, la palabra creer en este texto (y en muchos otros) significa obedecer. Toda la humanidad está dividida en solamente dos grupos: obedientes (salvos) y desobedientes (condenados).
El amor de Dios es tan ancho como para abarcar a toda persona que jamás ha vivido, que vive ahora y que ha de vivir. La vida eterna es una promesa de vida para siempre en el Cielo con Dios. Dios hace esta promesa - “cree, y tendrás vida eterna.” Para que un cristiano perdiera la salvación, la vida eterna tendría que ser retirada. Si a un cristiano se le ha prometido vivir para siempre, ¿cómo entonces puede Dios romper esta promesa, quitándole la vida eterna?

A un cristiano se le garantiza la glorificación.
 “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” (Romanos 8:30). El hombre es antes conocido (aprobado de antemano). Es aprobado (conocido) según su obediencia a Dios. Este hombre, así aprobado, es predestinado a ser hecho, después de la resurrección, conforme a la imagen de Cristo. Este hombre, así predestinado, es llamado por el evangelio (2Tesalonicenses 2:14). Obediente al evangelio este hombre llamado, es justificado o sea, perdonado por la sangre de Cristo. Este es el hombre que en el día final será glorificado. Todas las cosas ayudan al bien del cristiano para que este glorioso propósito de Dios en él se realice finalmente.
 Como vemos en Romanos 5:1, la justificación es declarada al momento por  la fe en Cristo. De acuerdo a Romanos 8:30, la glorificación está garantizada para todos aquellos a quienes Dios justifica. La glorificación se refiere a un cristiano recibiendo un  cuerpo perfecto y glorificado en el Cielo. Si un cristiano pudiera perder la salvación, entonces Romanos 8:30 sería un error, porque Dios no puede garantizar la glorificación para todos aquellos a quienes Él predestinó, llamó, y justificó. 

Podríamos compartir muchas más ilustraciones de lo que ocurre en la salvación. Sin embargo, aún estas pocas hacen de forma abundante y clara  que un cristiano no puede perder la salvación. La mayor parte, sino todo lo que la Biblia dice que ocurre a una persona cuando recibe a Jesucristo como Salvador, sería invalidado si la salvación pudiera perderse. La salvación no puede ser revertida. Un cristiano no puede ser des-creado como nueva criatura. La redención no puede ser deshecha. La vida eterna no puede perderse y seguir considerándose como eterna. Si un cristiano perdiera la salvación, Dios tendría que retractarse de su Palabra y cambiar de parecer – dos cosas que la Escritura nos dice que Dios jamás hace. 

No, un cristiano no puede perder la salvación. 

Nada puede separar a un cristiano del amor de Dios (Romanos 8: 38-39).  Nada puede  arrebatar a un cristiano de la mano de Dios (Juan 10:28-29). Dios quiere y tiene el poder para garantizar y mantener la salvación que Él nos ha dado. Judas 24-25 dice, “Y Aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.”
¡Maranatha!


domingo, 4 de junio de 2017

ENSAYOS SOBRE LA VIDA


Eclesiastés 1; 1-18

Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
   Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.
   ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?
   Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.
   Y sale el sol, y se pone el sol, y con deseo retorna a su lugar donde vuelve a nacer.
   El viento va al mediodía, y rodea al norte; va rodeando de continuo, y por sus rodeos vuelve el viento de nuevo hasta completar su ciclo .
   Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.
   Todas las cosas andan en trabajo más de lo que el hombre pueda decir; los ojos nunca se sacian de ver, ni los oídos de oír.
   ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.
   ¿Hay algo de que se pueda decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.
   No hay memoria de los primeros, ni tampoco de los postreros habrá memoria en los que serán después.
   Yo el Predicador fui rey sobre Israel en Jerusalén.
   Y di mi corazón a inquirir y buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo (este penoso trabajo dio Dios a los hijos de los hombres, en que se ocupen).
   Yo miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.
   Lo torcido no se puede enderezar; y lo falto no puede contarse.
   Hablé yo con mi corazón, diciendo: He aquí yo me he engrandecido, y he crecido en sabiduría sobre todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; y mi corazón ha percibido mucha sabiduría y ciencia.
   Y di mi corazón a conocer la sabiduría, y la ciencia; y las locuras y los desvaríos conocí al fin que aun esto era aflicción de espíritu.
   Porque en la mucha sabiduría hay mucha tristeza; y quien añade ciencia, añade dolor.                                                             (La Biblia Casiodoro de Reina 1569)

  El autor, Salomón, el "rey sobre Israel, en Jerusalén",  se refiere a sí mismo como el Predicador, o líder de la asamblea. Estaba tanto reuniendo a la gente para escuchar el mensaje, como recopilando dichos sabios (proverbios). Que el autor se preguntara por el sentido de la vida le da al libro un toque de actualidad que siempre ha sido apreciado por todos los que meditamos en la Palabra de Dios en la Biblia.  Todo lo que podría interesarnos, tales como fecha y lugar de composición, debemos deducirlas del contenido general de la obra Salomón, una persona de la Biblia que lo tuvo todo (sabiduría, poder, riquezas, honor, reputación, favor de Dios), fue el que habló sobre el vacío final de todo lo que este mundo tiene para ofrecer. Trató de destruir la confianza que la gente tenía en sus propios esfuerzos, habilidades y rectitud, y dirigirla hacia el compromiso con Dios como la única razón para vivir.

  Salomón tenía una razón para escribir en forma escéptica y pesimista. Cerca del final de su vida analizó todo lo que había hecho, y casi todo parecía sin sentido (vanidad). Era una creencia común que sólo los buenos prosperaban y que sólo los malos sufrían, pero esta demostró ser falsa en su experiencia. Salomón escribió este libro después de que lo intentó todo y de que logró mucho, sólo para descubrir que nada aparte de Dios lo había hecho feliz. Quería evitarles a sus lectores esta misma búsqueda sin sentido. Si tratamos de encontrar significado en nuestros logros en vez de encontrarlos en Dios, nunca estaremos satisfechos, y todo lo que tratemos de lograr se volverá tedioso y molesto.
 Vanidad de vanidades y todo vanidad es el pensamiento con que el Eclesiastés abre su libro, el que irá aplicando a lo largo del libro a aquellas cosas que prometen al hombre la felicidad, y con el que pondrá punto final a su obra. “Si los poderosos los que gozan de autoridad, comprendieran la verdad que esta sentencia del sabio encierra, lo escribirían en todas las paredes y en sus mismos vestidos; en las portadas de sus casas la harían grabar. Porque son muchas las meras apariencias, las imágenes falsas que engañan a los incautos, es preciso recordar cada día este verso saludable, y en los banquetes y en las reuniones susurrarlo cada uno a su prójimo y escucharlo con gusto de él, porque realmente vanidad de vanidades y todo es vanidad

  El reino de Salomón, Israel, estaba en su época de oro, sin embargo Salomón quería que el pueblo viera que el éxito y la prosperidad no duran mucho (Salmo 103:14-16; Isaías_40:6-8; Santiago_4:14). Todos los logros humanos desaparecerán algún día, y debemos mantener esto en nuestra mente para poder vivir con sabiduría. Si no lo hacemos, nos podemos volver soberbios y autosuficientes cuando tengamos éxito o profundamente desilusionados cuando fracasemos. La meta de Salomón era mostrar que las posesiones terrenales y los logros a la larga carecen de sentido. Sólo la búsqueda de Dios nos proporciona verdadera satisfacción. Debemos incluirlo en todo lo que digamos, pensemos y hagamos.
¿Qué provecho...?  Significa “ganancia” o “excelencia”, y aparece unas diez veces en el texto de Eclesiastés. Es una pregunta retórica cuya respuesta es: “¡Ningún provecho!” Debajo del sol es una expresión característica del libro y aparece unas treinta veces. De uso generalizado en las culturas antiguas, entre ellas la griega, podríamos traducirla como “en este mundo

Generación va y generación viene. Se suceden las generaciones: una generación muere; otra nace, pero el mundo natural  siempre permanece idéntico. Se compara la estabilidad del mundo físico con las mudanzas en las generaciones humanas y se sugiere la fragilidad de la vida humana: el sol... el viento... los ríos, tres figuras tomadas de la naturaleza que se muestra idéntica a sí misma en un constante movimiento. Es más una figura poética que ciencia física: el caso del sol no es el mismo que el de los vientos y los ríos, pero en apariencia, por lo que se ve, el poeta tiene razón. Volviendo a su figura, pareciera que el sol, el viento y los ríos, repiten continuamente sus movimientos.
El hombre no alcanza a comprender ese incesante movimiento. Las cosas en su movimiento desafían la comprensión humana que no se cansa de oír y ver ese incesante fluir. ¿Hay algo de lo que se pueda decir...? Del mundo de la naturaleza se pasa al mundo del hombre. También aquí hay mucho movimiento pero poca variación, en realidad ninguna. La historia se repite.  No sólo que las generaciones humanas son pasajeras sino que no habrá memoria de su existencia y de los hechos. Si le preguntáramos al Predicador: ¿qué sucede entonces con la historia?, es probable que nos diría que la historia registra sólo los hechos de los notables y que son incontables los que han vivido en el pasado y de los cuales nada sabemos.
No sólo que el hombre es un ser transitorio sino que además está condenado al olvido por lo que sólo puede contar con el presente. Esta es una idea clave del Predicador

  Mucha gente se siente intranquila e insatisfecha. Se pregunta:
(1) si estoy dentro de la voluntad de Dios, ¿por qué me siento tan cansado e insatisfecho?
 (2) ¿Cuál es el significado de la vida?
 (3) Cuando mire hacia atrás, ¿me sentiré feliz con mis logros?
(4) ¿Por qué me siento consumido, desilusionado, seco?
(5) ¿Qué será de mí?
Salomón pone a prueba nuestra fe, al retarnos para que encontremos el significado verdadero y perdurable únicamente en Dios. Si tú que lees esto echas un vistazo severo a tu vida, como lo hizo Salomón, verás cuán importante resulta el servicio a Dios sobre las otras opciones. Quizá Dios te está pidiendo que pienses una vez más en su propósito y dirección en la vida como lo hizo Salomón en Eclesiastés.

  "Lo torcido no se puede enderezar" se refiere a la perplejidad y confusión final que tenemos por todas las preguntas acerca de la vida no contestadas. Salomón, al escribir acerca de su propia vida, descubrió que ni sus logros ni su sabiduría lo hicieron feliz. La verdadera sabiduría se encuentra en Dios y la verdadera felicidad viene cuando le agradamos a Él.
Yo, el Predicador. Pareciera que el Predicador defendiera la validez de su argumentación con dos argumentos: es un rey, supuestamente ilustrado y capaz. Por lo tanto, lo que dice es resultado de su experiencia personal. Habla, como sabio que es, de las experiencias propias, no de lo que otros puedan decir.  
La idea es que todo en la vida es un trabajo inútil. Lo torcido no se puede enderezar. Posiblemente es un refrán popular que afirma las razones del autor, que es imposible corregir lo malo o lo incorrecto. Aún esto es conflicto de espíritu... quien añade conocimiento añade dolor. Es un melancólico final del primer intento de hallar sentido a la vida. La sabiduría nos enseña a apreciar las cosas en su justa medida, con esto se logra ver lo que realmente son: conflicto de espíritu. La sabiduría halla el sinsentido de la vida antes que su sentido.  
Predicador de la divina sabiduría, que lleva la palabra en la asamblea o congregación.  
Salomón pone énfasis en dos tipos de sabiduría en el libro de Eclesiastés: (1) el conocimiento, razonamiento o filosofía humanos y (2) la sabiduría que proviene de Dios. En estos versículos Salomón está hablando acerca del conocimiento humano. Cuando el conocimiento humano deja fuera a Dios, sólo saca a relucir nuestros problemas debido a que no puede proporcionar las respuestas sin una perspectiva y una solución eternas de Dios.


 Mientras más entendimiento tengamos, experimentaremos más sufrimiento y más dificultades. Por ejemplo, mientras más sepamos o conozcamos de la Palabra de Dios en la Biblia, más imperfecciones veremos en nosotros mismos y a nuestro alrededor. Y mientras más observemos, la maldad se hará más evidente. Cuando, como Salomón, queramos encontrar el significado de la vida, deberemos estar listos para sentir más, pensar más, cuestionar más, sufrir más y hacer más. ¿Estamos listos para pagar el precio que exige la sabiduría?


¡Maranatha!

sábado, 3 de junio de 2017

EL PODER DE LA PALABRA DE DIOS



Hebreos 4:12-13  Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos; y que alcanza hasta partir el alma y el espíritu, y las coyunturas, y los tuétanos; y que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
   Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos, de lo cual hablamos.
(Biblia Casiodoro de Reina 1569)

El pueblo de Israel durante el éxodo cayó muerto en el desierto y no entraron en el reposo de Canaán, porque no prestaron atención a la palabra de Dios. Nadie debe, pues, tener en poco la Palabra de Dios.   No piense nadie que Dios no cumplirá con las promesas de su Palabra, ni que no castigará al desobediente o incrédulo. Es tan viva como Dios; por eso cumplirá según declara. ¡Es poderosa su Palabra para cumplir!
Dios habló antes por los profetas, ahora ha hablado por su Hijo. Que nadie tenga en poco Su Palabra considerándola como mera palabra y no como obra. ¿A un mundo que, por cierto, no puede quejarse por falta de palabras ,incluso, y sobre todo, de palabras hermosas, buenas, elevadas y devotas, no tiene Dios otra cosa que ofrecerle que su palabra? Cierto que Dios no se ha contentado sólo con hablar: calló en la muerte de su propio Hijo, pero este callar sangriento «habla más elocuentemente que la sangre de Abel, y así se nos remite de nuevo a la palabra, flaca e impotente desde el punto de vista humano.
Sólo la fe sabe qué fuerza, qué vida reside en la Palabra de Dios, y sabe que esta palabra es el poder decisivo de este mundo. Aunque mil veces sea desoída, ignorada, no se le haga el menor caso y se cometan acciones que la dejen en mal lugar, alguna vez llega para cada cual la hora de la verdad, cuando la palabra humillada y despreciada viene a pedirle cuentas.
La Palabra está llena de energía y poder de Dios, para llevar a cabo sus declaraciones. ¿Cómo puede el hombre creer que está sujeta la Palabra de Dios a sus opiniones y puntos de vista? La espada denota el poder de la Palabra de Dios para descubrirle al hombre su caso verdadero y castigarle completamente si no se arrepiente.
 El alma es la vida que el espíritu da al cuerpo, mientras van juntos los dos. Es la vida animal, la sede de lo que pertenece y concierne a la vida en la carne. El espíritu es el principio vital que anima al cuerpo; es la parte inmortal del hombre, dada por Dios. Pablo, en 1Ts_5:23, hace esta distinción. En 1Co_2:14-15 vemos que el hombre natural  se distingue del hombre espiritual. La Palabra de Dios expone lo más interior de nuestra vida terrestre y la condición de nuestro espíritu. Todo nuestro ser es expuesto por la Palabra de Dios y ella declara la condición de él. Nos revela el hombre natural y también el espiritual.
La Palabra de Dios penetra a los rincones más íntimos e interiores del hombre. Es en vano tratar de escondernos de la investigación de la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios no es simplemente la colección de palabras suyas, un medio de comunicar ideas; es viviente, cambia la vida y es dinámica al obrar en nosotros. Con la agudeza del bisturí de un cirujano, revela lo que somos y lo que no somos. Penetra la médula de nuestra moral y vida espiritual. Discierne lo que está dentro de nosotros, tanto lo bueno como lo malo. No solo debemos oír la Palabra sino que también debemos permitir que moldee nuestra vida.
La Palabra de Dios juzga nuestros pensamientos y propósitos de corazón. El verbo discierne, en el texto griego, es más bien un adjetivo que describe a la Palabra. Dice el texto que la Palabra es kritikos. En español tenemos la palabra crítico. ¡La Palabra de Dios critica! ¡Tomen nota de esto, los que "critican" a la iglesia de Cristo de no hacer nada sino criticar! En realidad, la palabra criticar quiere decir, no hablar mal de otro, sino juzgar o discernir. Muchos, para escapar el juicio de este Juez (la Palabra de Dios), tratan de destronarle. Niegan la autenticidad de la Biblia (la revelada Palabra de Dios) y la desacreditan todo lo posible. Pero esa Palabra vive y permanece (1Pe_1:23), y será la base del Juicio Final (Jn_12:48; Apo_20:12).
Como es poderosa la Palabra para juzgar, también la es para prever y penetrar con omnisciencia. La aplicación aquí es que es imposible que el hombre se esconda de Dios y del escrutinio de su Palabra. Los versículos 12 y 13 de este capítulo recuerdan al lector de lo serio del caso, pues toda incredulidad y resistencia a la Voluntad de Dios es cosa bien sabida por él y no escapará de su juicio y castigo.
Nada puede ocultarse de Dios. El ve todo lo que hacemos y tiene conocimiento de todo lo que pensamos. Aun cuando estemos pasando por alto su presencia, Él está allí. Cuando procuramos ocultarnos de Dios, Él nos ve. No podemos tener secretos para El. Es consolador saber que, aunque nos conoce íntimamente, sigue amándonos.

La Palabra de Dios es efectiva. Es uno de los Hechos innegables de la Historia que siempre que se ha tomado en serio la Palabra de Dios han empezado a suceder cosas, ha transformado vidas. Así sucedió en Europa en el siglo XVI: no tenemos más que abrir un libro de Historia para darnos cuenta de lo que sucedió cuando se descubrió la Palabra de Dios que había estado oculta. Y en una época mucho más cercana a nosotros, los grandes cambios que se notan tienen sin duda una relación íntima con la publicación de la Biblia en la lengua del pueblo y el florecimiento de los estudios bíblicos. Cuando tomamos en serio la Palabra de Dios nos damos cuenta en seguida de que no es solamente un libro que se puede leer y estudiar, sino una Palabra viva que hay que poner por obra, obedecerla para que limpie nuestra mente y la transforme al agrado de Dios Padre.
¡Maranatha!



EL CULTO QUE OFENDE A DIOS



Malaquías 1:10-11  ¿Quién también hay de vosotros que cierre las puertas o atiende el fuego de mi altar de balde? Yo no recibo contentamiento en vosotros, dijo el SEÑOR de los ejércitos, ni de vuestra mano me será agradable el presente.
   Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, mi Nombre es grande entre los gentiles; y en todo lugar se ofrece a mi Nombre perfume, y presente limpio; porque grande es mi Nombre entre los gentiles, dice el SEÑOR de los ejércitos.
(La Biblia Casiodoro de Reina 1569)

Dios acusó a los sacerdotes de no haberlo honrado y no haber dado buenos ejemplos espirituales al pueblo. El templo había sido reconstruido en el año 516 a.C., y la adoración se llevaba a cabo allí, pero los sacerdotes no adoraban a Dios de manera adecuada. Esdras, el sacerdote, había llevado a cabo un gran avivamiento, pero en los tiempos de Malaquías, muchos años después de la muerte de Esdras, el sacerdocio estaba en decadencia. La adoración a Dios había perdido su vitalidad y se había vuelto más un negocio para los sacerdotes que una adoración sincera. Los sacerdotes, representantes y guías del pueblo, sin darse cuenta demostraban por medio de sus ofrendas y sacrificios la vileza de su vida. En la degradación de sus ofrendas, ellos mostraban qué tan bajo habían llegado. Ellos en realidad eran los “ciegos”, los “cojos” y los “enfermos” (Mateo_23:1-36). ¡Cómo podían entender lo que estaban haciendo! La estrechez y miopía de su propia manera de ver y juzgar no les permitía mirar las cosas desde la perspectiva de Dios.

 La Ley de Dios requería que se sacrificaran animales vivos y sin defectos (Levítico_1:3). Pero estos sacerdotes estaban ofreciendo animales ciegos, cojos y algunos ya muertos. Dios acusó a Israel de deshonrarlo al ofrecer sacrificios imperfectos.
Nuestras vidas deben ser sacrificios vivos a Dios (Romanos_12:1). Si damos a Dios solo el tiempo, el dinero y la energía que nos sobran, repetiremos el mismo pecado de estos adoradores que no querían entregar nada valioso a Dios. Lo que entregamos refleja nuestra verdadera actitud hacia Él.

  El pueblo ofrecía sacrificios impropios a Dios al: (1) pensar solo en lo que les convenía: ser lo más barato posible, (2) ser negligentes: no les importaba lo que ofrecían en sacrificio, y (3) desobedecer totalmente, ofreciendo sacrificios a su manera y no como Dios se los había ordenado. Estos métodos que utilizaban al ofrecer sacrificios mostraban su verdadera actitud hacia Dios. Mejor no ofrecer sacrificios, que ofrecer sacrificios vanos (Isaías_1:11-15). Era el deber de algunos de los sacerdotes estar a las puertas del patio del altar de las ofrendas encendidas, para excluir las víctimas defectuosas. Hasta traían al altar, como ofrenda, lo robado y lo defectuoso.

Las demandas divinas no son, como algunos comentaristas han dicho, una puerta hacia el legalismo y el ritualismo. Son, en realidad, una invitación a la fidelidad a todo nivel de la vida humana. En esta sección Malaquías nos enseña que si no somos fieles en lo menos, no podremos serlo en lo más.
 Como intermediarios entre Dios y el pueblo, los sacerdotes tenían la responsabilidad de reflejar las actitudes de Dios y su carácter. Al aceptar sacrificios impuros, estaba llevando al pueblo a creer que Dios aceptaba esos sacrificios también.
Como cristianos, a menudo estamos en la misma posición de estos sacerdotes debido a que reflejamos a Dios en nuestras familias y con nuestros amigos. ¿Cómo refleja nuestro carácter y actitud la imagen de Dios? Si  aceptamos el pecado a la ligera, estamos siendo como estos sacerdotes de los tiempos de Malaquías.

  Un tema escuchado a lo largo del Antiguo Testamento se reafirma en este libro: "Porque grande es mi nombre entre las naciones". Dios tenía un pueblo escogido, los judíos, a través de los cuales había planeado salvar y bendecir al mundo entero. Puesto que vosotros, sacerdotes y pueblo judío, “despreciáis mi nombre” , yo encontraré a otros que me engrandezcan (Mateo_3:9). No penséis que no tendré adoradores porque no os tenga a vosotros; porque desde el oriente hasta el occidente mi nombre será grande entre las gentes (Isaías_66:19-20), esos mismos pueblos que vosotros despreciáis como abominable.
En la actualidad, Dios todavía quiere salvar y bendecir al mundo por medio de su pueblo, pero ahora su pueblo son todos los que creen en El: judíos y gentiles. Los cristianos son ahora su pueblo escogido, y nuestro sacrificio agradable al Señor es nuestra nueva vida en Cristo (2Co_2:14-15). ¿Estamois a la disposición de Dios para ser utilizados para engrandecer su nombre ante las naciones? Esta misión comienza en nuestra casa y en nuestra comunidad.

  Muchas personas piensan que seguir a Dios debe hacer la vida más fácil o más cómoda. Están buscando a Dios por conveniencia. La verdad es que a menudo se requiere de un trabajo arduo para vivir de acuerdo con los duros requerimientos de Dios, y sólo con el auxilio del Espíritu Santo somos capacitados para lograrlo. Quizá nos llame a vivir en la pobreza o en el sufrimiento. Sin embargo, si el servir a Dios es más importante para nosotros que cualquier otra cosa, todas las cosas a las que renunciemos tienen poca importancia comparadas con lo que obtenemos: vida eterna con Dios. Un culto sacrílego no puede agradar a Dios, sino más bien enojarle
 En este sentido se puede admitir la referencia a la Cena del Señor, sostenida por muchos de los padres; ella, como la oración, es una ofrenda espiritual, aceptada por medio de la ofrenda literal del “Cordero sin tacha,” muerto una vez por todas. En la “mesa” hay referencia al mismo sostén de los sacerdotes; ellos no decían literalmente que la mesa del Señor era despreciable; pero sus actos virtualmente lo decían. No obraban como para guiar al pueblo a la reverencia y a ofrecer lo mejor suyo sobre el altar del Señor. El pueblo estaba pobre, y apartaba para Dios las peores ofrendas. Los sacerdotes permitían que lo hiciesen por temor de ofenderlos y así perder toda ganancia de parte de ellos.

Los que viven en negligente descuido de las santas ordenanzas, los que asisten a ellas sin reverencia, y se van de ellas sin preocupación, dicen en efecto: La mesa de Jehová es despreciable. Ellos despreciaron el nombre de Dios en lo que hicieron. Evidente es que éstos no entendieron el significado de los sacrificios, como sombras del inmaculado Cordero de Dios; ellos reclaman por el gasto, pensando que todo era desperdicio si no les daba ganancia. Si adoramos a Dios con ignorancia y sin entendimiento, ofrecemos animal ciego como sacrificio; si lo hacemos despreocupadamente, si somos fríos, torpes y muertos en esto, llevamos la enferma; si nos apoyamos en el ejercicio corporal y no lo hacemos obra de corazón, llevamos el cojo; y si toleramos que se alojen en nosotros vanos pensamientos y distracciones, llevamos al despedazado. ¿Y esto no es malo? ¿No es una gran afrenta a Dios y un gran mal y lesión para nuestra propia alma? Para la aceptación de nuestras acciones por parte de Dios, no basta hacer lo bueno sólo por hacerlo, sino que debemos hacerlo por un principio bueno, en la manera buena y para un fin bueno. Nuestras constantes misericordias de parte de Dios, empeoran la pereza y tacañería de nuestra respuesta de deber a Dios. Será establecida la adoración espiritual. Se ofrecerá incienso al nombre de Dios, lo que significa oración y alabanza. Y ser una ofrenda pura.
Cuando llegó la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y en verdad, entonces se ofrendó el incienso, la ofrenda pura.
Podemos reposar en la misericordia de Dios por el perdón para lo pasado, pero no como indulgencia para el pecado en el futuro. Si hay una mente dispuesta, será aceptada, aunque esté defectuosa pero si hay un engañador dedicando lo mejor suyo a Satanás y a sus lujurias, está bajo maldición. Ahora los hombres profanan el nombre del Señor, aunque en manera diferente, contaminan su mesa, y muestran desprecio por su adoración.


¡Maranatha!

jueves, 1 de junio de 2017

DESAFÍO A PERMANECER FIRMES EN LA FE



Judas 1:4  Porque algunos hombres han entrado encubiertamente sin temor ni reverencia de Dios; los cuales desde antes habían estado ordenados para esta condenación, convirtiendo la gracia de nuestro Dios en disolución, y negando a Dios que solo es el que tiene dominio, y a nuestro Señor Jesús, el Cristo.

(La Biblia Casiodoro de Reina 1569)

El autor se presenta como Judas, siervo de Jesucristo. Es apóstol de Cristo; por eso ya no se pertenece; pertenece a Jesucristo; se ha puesto a su servicio y a su disposición. Así se expresa la grandeza y la pequeñez del apóstol. Se presenta con autoridad suma, pero habla sólo en servicio de Jesús y con la autoridad de éste. Escuchando al apóstol se escucha a Jesucristo, que le ha enviado. «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha, y quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia» (Lucas_10:16). Judas es hermano de Santiago. Con esto quiere presentarse como hermano del «hermano del Señor», muy estimado en la Iglesia, que dirigía la Iglesia de Jerusalén. En los catálogos apostólicos del evangelista Lucas aparece un «Judas de Santiago» (Lucas_6:16; Hechos_1:13). En Marcos y Mateo no aparece; se menciona a Tadeo (Mateo_10:3; Marcos_3:18.

Santiago, el hermano del Señor, sufrió martirio el año 62 después de Cristo. Judas quiere continuar en esta carta la labor apostólica de su hermano. Con la triple denominación: Judas, hermano de Santiago, apóstol de Cristo, debe quedar claro que hay que recibir la carta con respeto. Detrás del autor está la Iglesia primitiva de Jerusalén, los doce apóstoles y el mismo Jesucristo. La carta de Judas quiere ser testimonio de la tradición que, a través de la Iglesia y de los testigos mediatos e inmediatos, se remonta a Jesucristo.

La carta está escrita a los llamados; vale para todos los cristianos; es una «carta universal». Va dirigida a todos nosotros. Nosotros somos los llamados y escogidos por Dios de entre los hombres. Dios ha tenido la iniciativa al escogernos y llamarnos a ser cristianos. Él es quien ha puesto los cimientos de la obra de nuestra salvación.

Lo que movió a Dios a llamarnos fue su amor. «Dios nos libertó y llamó con su santa vocación, no por nuestras obras, sino por su beneplácito y por la gracia que nos ha sido otorgada en Jesucristo antes de todos los siglos» (2Timoteo_1:9). Los cristianos son los amados de Dios. Desde la eternidad ha dirigido hacia ellos su amor y éste les protege continuamente. Como cristianos, estamos rodeados y protegidos por el amor paterno de Dios. Es la atmósfera en que vivimos y debemos vivir.

El fin de la vocación es guardarnos para Jesucristo. En orden a Cristo nos ha dado Dios su amor y nos ha llamado. Nos ha escogido para que obedezcamos a Jesucristo y nos ha predestinado para hacernos conformes a la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos. Él ha empezado en nosotros la obra salvadora: guardar incólumes y sin mancha nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo para la venida de nuestro señor Jesucristo (1Tesalonicenses_5:23), para trasladarnos al reino de su Hijo amado.

Lo decisivo de la obra salvadora ya lo ha hecho Dios. Ha dirigido hacia nosotros su amor y sigue amándonos; ha empezado a guardarnos para la plenitud y continúa guardándonos. Lo que Dios ha hecho ya en nosotros por Jesucristo nos da seguridad plena de que llevará a término lo que ha empezado. Nuestra vida está en tensión entre la donación del amor, hecha por Dios Padre desde la eternidad y el guardarnos para Jesucristo en el acontecer escatológico, entre el comienzo creador del Padre y la plenitud, obra de Cristo. Estamos, pues, doblemente cobijados.

La salvación se atribuye unas veces a Dios Padre y otras, a Jesucristo. Es obra del Padre y, por tanto, obra del Hijo. Porque Dios actúa en Jesucristo y por Jesucristo. En él se funda nuestra confianza en Dios. En él tenemos todas las riquezas, porque plugo al Padre hacer habitar en él toda la plenitud de Dios. Ya en una frase tan sucinta podemos entrever algo de esta riqueza.

Misericordia, paz y caridad son bienes que Dios da a los fieles. Judas reúne estos tres dones en forma original; designan la gran realidad de que habla la carta, realidad que es fundamental para el cristiano. La donación gratuita del Padre se manifiesta, ante todo, como misericordia. Nos ha elegido y llamado sin ningún mérito nuestro. Ha borrado los pecados y cancelado la culpa. Seguimos necesitando continuamente su misericordia, porque seguimos faltando siempre. La pedimos en cada padrenuestro; la esperamos, con confianza, en el juicio...

El don divino es también paz. La paz, que cada uno recibe y experimenta en sí mismo, es una participación en la «gran» paz que Dios ha firmado con el mundo mediante la obra reconciliadora de su Hijo. Cuando la culpa ha sido perdonada, estamos en paz. Todos han de llegar a ser partícipes de esta paz; por eso se nos desea con abundancia, con riqueza desbordante.

Pero el don mayor es el amor, pues es Dios mismo, se desborda de su corazón sobre el nuestro. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Romanos_5:5). Es la prenda poderosa de nuestra esperanza, el don de la plenitud ya «mientras peregrinamos», porque el amor permanece, mientras todo lo demás pasa.

La salvación nos ha sido ya dada, pero debe crecer continuamente. Es vida que pide desplegarse y fructificar. El crecimiento de la misericordia, de la paz y de la caridad proviene de Dios. El objetivo primero y más profundo de nuestro deseo y de nuestra oración es el aumento de estos bienes. ¡Que se nos dé abundancia de misericordia, paz y amor!



Aquí Judas expresa la circunstancia que le urgió escribir a los hermanos esta epístola  Quería aplicar toda su atención a escribir sobre la salvación común. La intención de Judas era escribir sobre nuestra salvación común; habiéndose introducido en la Iglesia falsos maestros, se ve obligado a hacérselo notar a los fieles; después les instruye sobre la forma de comportarse ante esa amenaza para la Iglesia.
En la Iglesia se han introducido falsos maestros. Pertenecían a la Iglesia, pero ahora van hacia la perdición. Se saca a la luz su actuación  y se los amenaza con la perdición en el juicio futuro.

La exhortación del apóstol procede del amor. Exhorta a los cristianos porque los ama. Los ama porque los cristianos son «amados» de Dios, que los ha elegido, de los demás cristianos, sus hermanos. El amor es el clima de la existencia y de la vida cristianas. A Judas y a la Iglesia los apremia anunciar la salvación que Dios nos ha preparado. La salvación es la liberación de todo lo que oprime al hombre: liberación de la enfermedad, de la miseria, de la culpa y de la muerte. Dios «enjugará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no existirá ya, ni llanto, ni lamentos ni trabajos existirán ya; porque lo anterior ya pasó» (Apocalipsis_21:4). Salvación es todo lo que hace feliz al hombre. Da «misericordia, paz y amor» y permite participar en todo lo que Dios dio a su Hijo cuando le ensalzó y le glorificó: resurrección, transfiguración del cuerpo, vida eterna y señorío eterno. «Acerca de esta salvación indagaron y escudriñaron los profetas, que predicaron la gracia a vosotros destinada. Ellos investigaban a qué tiempo y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo que estaba en ellos y que testificaba de antemano los padecimientos reservados a Cristo y la gloria que a ellos seguiría» (1Pedro_1:10s).  

La salvación nos es común. Dios, en su gracia, quiere salvar a todos los hombres, dar la salvación al «mundo» y renovar toda la creación. Su plenitud empezará cuando llegue «la nueva tierra y el nuevo cielo». La predicación cristiana es el mensaje de la salvación del mundo, que, inicialmente, se hizo real en Cristo y llegará a su plenitud al final de los tiempos. Nuestra concepción del cristianismo sería inexacta si no quisiéramos ver en el más que una proclamación de obligaciones morales, una sabiduría o una concepción filosófica del mundo. El cristianismo ofrece la salvación que ha sido dada en Jesucristo y que puede salvar a todo el hombre, en el presente y en el futuro.

Judas quiso escribir una meditación sobre la salvación, pero tuvo que redactar una carta contra los falsos maestros. Valdría la pena aplicar toda la diligencia en ahondar en el camino salvador de Dios. Pero contra la proclamación de la verdad se alza la propagación del error. La Iglesia de este mundo no puede ser sólo Iglesia contemplativa; debe ser Iglesia combatiente. La entrada en el reino de Dios, el servicio a Cristo, la vida cristiana exigen, sobre todo, lucha, no buscada, pero que se impone.

El campo en que hay que sostener la batalla es, ante todo, el de la fe, dada una vez para siempre, el de la verdad de fe recibida, el del tesoro precioso de la revelación de Dios. Este alto patrimonio ha sido entregado a los santos. Los santos son los cristianos. Dios los ha separado de los demás hombres, los ha librado del pecado, ha hecho de ellos hombres nuevos, los ha puesto a su servicio. Por la fe en Jesucristo forman el «nuevo Israel», al que Dios ha dado los privilegios que había prometido al antiguo Israel. Entre éstos se encuentra el de que su pueblo sea un pueblo santo, porque la santidad procede de la obediencia a la verdad de la Biblia.

No es casual que,  Judas en su carta, todo esté ordenado en tríadas. Los bienes de la salvación son: misericordia, paz y caridad; los grandes valores del cristiano: la oración en el Espíritu Santo, la perseverancia en el amor de Dios, la misericordia de nuestro señor Jesucristo; se concibe la eternidad como pasado, presente y futuro infinitos;  el Dios uno es trino; en la generación del desierto, la caída de los ángeles y la destrucción de Sodoma y Gomorra se dan juicios amonestadores de condenación; Caín, Balaam y Coré son figuras bíblicas de falsos maestros.
Este hombre, con su amor y su alegría por el «sagrado» patrimonio de la fe, se encontró frente a los maestros del error, los gnósticos. Los últimos estudios sobre la gnosis muestran su fuerza fascinadora y su acción disolvente cuando puede desplegarse en el seno de la comunidad cristiana. La carta de Judas resume el peligro en tres frases notables:
«Manchan la carne, desprecian la dignidad del Señor, insultan las glorias»  
 Lo santo ya no es considerado como tal. Las palabras de la profesión de fe recibida se desvirtúan, separando sutilmente las palabras. Se usan mal algunas expresiones difíciles de la teología paulina (psíquicos) (2Pedro_3:16). Se pone en ridículo a los creyentes sencillos.

 Dos exhibiciones de su impiedad se presentan para describir a estos impíos:
 (1) "convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios". La gracia de Dios es la salvación hecha posible por el evangelio (Efesios_2:8-9; Tito_2:11). Estos enseñaban que como cristianos, bajo la gracia de Dios, tenían licencia para prácticas carnales (2Pedro_2:18-19). A tal idea responde Pablo con la pregunta hallada en Romanos_6:1, y la condena en tales pasajes como Romanos_6:2-23; 1Corintios_6:9-18.
  (2) "niegan a Dios... Señor Jesucristo". Las doctrinas que éstos predicaban y practicaban eran en realidad y de hecho una denegación o rechazamiento de Dios y de Jesucristo, porque negaban lo que son y lo que han revelado en la Biblia.
En los contrarios había, junto con la falsedad de su doctrina, un extravío de las costumbres. Decían: todo está permitido; el pecado que se produce en la carne no toca al espíritu, antes bien, ofrece ocasión de hacer aparecer la grandeza y el esplendor de la gracia de Dios (Romanos_6:1). Se separan rigurosamente Dios y el mundo, el espíritu y la materia, el alma y el cuerpo. Así se explica el tono violento con que Judas condena la conducta moral de los falsos maestros. Se les reprocha, sobre todo, su codicia y su lujuria. En su «abandonarse a la libertad» no se preocupan por la ley moral. Llevan una vida desenfrenada e invierten el sentido de la «vida nueva» en Cristo. Esta postura se expone a la luz y se amenaza con el castigo de Dios, para causar un santo temor en los creyentes y servir a la verdad.
La carta de Judas es uno de los primeros documentos de una serie de escritos polémicos que luchan contra la gnosis no tanto con una confrontación y refutación cuanto repudiándola severamente. Probablemente con este método servía mejor a sus lectores. Esto sólo se entiende plenamente si se tienen en cuenta los grandes males que amenazaban la existencia de las comunidades. Se trataba de todo. Sin embargo, el autor de la carta no era un hombre que buscase la polémica. Nuestra carta no fue escrita para grandes teólogos, sino para cristianos sencillos que debían enfrentarse a los gnósticos. Amor se desprende de la instrucción que se da a los fieles sobre la forma de tratar a los que están en el error. No se abandona ni siquiera a los inaccesibles; también para ellos se pide amor.

La verdad de la fe está amenazada. Los nuevos apóstoles y maestros no fueron «llamados». Su trabajo es anónimo («algunos hombres»), se han infiltrado, vienen como ladrones. No están autorizados públicamente en la comunidad. Quien quiere enseñar en la Iglesia, debe ser llamado a su misión.

Pero Dios protege su revelación. Quien no habla por encargo suyo, sino que se infiltra como ladrón entre los maestros de la Iglesia, incurre en el juicio divino. Dios ha emitido de antemano en la Sagrada Escritura su veredicto sobre los falsos maestros.  Como impíos, les alcanza el veredicto de Dios sobre los impíos. Su condenación está determinada de antemano. No está determinado que sean impíos, sino que, porque son impíos, están destinados al juicio de condenación.

El núcleo de la frase lo constituye la palabra impíos. Quien anuncia como revelación de Dios lo que se opone a la verdad transmitida de la fe es un impío, porque no respeta la revelación que Dios ha hecho de sí mismo. No es Dios quien está en el centro de su vida, sino él mismo. No habla en nombre y por encargo de Dios, sino en nombre propio. Su vida es una negación práctica de Dios. Puesto que su vida fue sin Dios, su fin será también ser rechazado de la faz de Dios. La fe es obediencia y respeto a Dios, que se revela, y al depósito de la fe, que contiene esta revelación.

Los falsos maestros, cuya intromisión desenmascara Judas, convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje. ¡Qué desviación! Toman el perdón benévolo de Dios como ocasión de desenfreno sexual. Seguramente pensaban: «Hemos de permanecer en el pecado, para que la gracia sea copiosa». «Tenemos el favor de Dios; lo que hagamos desde el punto de vista sexual no puede arrebatarnos ese favor.» «Somos perfectos y tenemos el Espíritu; la carne no puede dañar al Espíritu, porque éste es más fuerte que la carne.» Su pasión ha trastocado e invertido la verdad.

La gracia que Dios nos da no nos autoriza al desenfreno, sino que nos obliga a una nueva vida, que esté de acuerdo con la gracia. El bautismo ha eliminado la culpa y nos ha procurado el favor y la gloria de Dios; por eso exige una vida que esté de acuerdo con la pureza radiante de ese nuevo comienzo. «Considerad que estáis realmente muertos al pecado y que vivís ya para Dios en Cristo Jesús» (Romanos_6:11).

Con el libertinaje, se niega prácticamente a Jesucristo como «único dueño y Señor». El que obra movido por la lujuria niega con sus acciones que Jesucristo sea el único Señor, aunque de palabra lo profese. Jesús ha adquirido derecho de propiedad sobre nosotros. El lujurioso abusa de lo que es propiedad de Cristo. El respeto al único Señor y dueño, Jesucristo, debe poner freno a nuestra pasión. Como Señor divino, Jesús debe guiar todas nuestras fuerzas y capacidades. Como Señor fuerte, da fuerza para que tomemos por las riendas nuestros apetitos desordenados.

La gnosis destruye la profesión de fe de la Iglesia. Quien quiera seguir siendo cristiano debe retener la verdad de fe recibida como patrimonio «sagrado» e intocable, dado de una vez para siempre, al que no se puede quitar ni añadir nada. La carta de Judas reconoce el gran valor del patrimonio de fe confiado a la Iglesia, que no es una filosofía ni una mitología, sino que el Cristo histórico ha confiado a sus apóstoles para que la conserven y la expliquen fielmente (1Timoteo_6:20; 2Timoteo_1:12.14). Así se condena todo cambio humano de la revelación dada por Dios a los hombres. El hombre debe aceptar en obediencia lo que Dios ha dicho y hecho y la forma en que lo ha dicho y hecho. Sólo quien ha renunciado a sí mismo puede tomar esta decisión.

Judas acusa a los maestros del error de ser ateos. Lo son, no porque no acepten ningún ser divino, sino porque no se inclinan ante Dios que se revela en la verdad de la fe. Aceptar con fe la manifestación de Dios no es un mero asentir intelectual a un conjunto de ideas, sino una entrega al Dios viviente que se manifiesta a los hombres mediante su actuación histórica. Sólo en esta obediencia a la fe sale el cristiano de su egocentrismo y llega a la verdadera entrega a Dios que es el fin. Si se reprocha a los maestros del error repetidas veces su lujuria y su codicia, esto quiere decir que no se han elevado por encima de su yo y por tanto no han sido capaces de llevar a cabo una verdadera entrega a Dios. Sólo reconocer humildemente la fe, tal como nos ha llegado, puede dirigir, proteger y robustecer la vida cristiana.

Algunos evitan estudiar la teología porque piensan que es árida y aburrida. Los que se niegan a aprender la doctrina correcta son susceptibles a las falsas enseñanzas porque no están lo bastante arraigados en la Palabra de Dios. Debemos entender las doctrinas fundamentales de nuestra fe a fin de que podamos reconocer las falsas doctrinas que socavan nuestra fe y perjudican a los demás.
Muchos falsos maestros del primer siglo enseñaron que los cristianos podían hacer todo lo que quisieran sin temor al castigo de Dios. Tomaron a la ligera la santidad y la justicia de Dios. Pablo rechazó esa clase de enseñanza falsa en Romanos_6:1-23.
Aun hoy, algunos cristianos minimizan lo escandaloso del pecado, creyendo que la forma en que viven tiene que ver muy poco con su fe. Pero lo que una persona cree se mostrará en sus actos. Los que de veras tienen fe la mostrarán mediante su profundo respeto a Dios y mediante su deseo sincero de vivir conforme a los principios en su Palabra en la Biblia.

¡Maranatha!