viernes, 15 de noviembre de 2024

EL PODER DE DIOS ES JUSTO

 

 

 

"Porque sus ojos están sobre los caminos del hombre, y ve todos sus pasos. No hay tinieblas ni sombra de muerte donde se escondan los que hacen maldad. No carga, pues, él al hombre más de lo justo, para que vaya con Dios ajuicio. El quebrantará a los fuertes sin indagación, y hará estar a otros en su lugar. Por tanto, él hará notorias las obras de ellos, cuando los trastorne en la noche, y sean quebrantados. Como a malos los herirá en lugar donde sean vistos" (Job 34: 21-26).

 

En la anterior publicación hemos visto que si Dios quiere castigar a los hombres, no tiene que hacer grandes preparativos, ni armar a la gente, no tomar fuerzas prestadas de ninguna parte; porque con su sola mirada podría destruir todo. Por eso no tiene necesidad de servirse de la mano del hombre. Es cierto que muchas veces lo hace, pero es para mostrar cómo todas las cosas están sujetas a él, y que no hay criatura que no le esté sujeta a servirle, en efecto, para ejecutar los castigos que él quiere que se realicen. Sin embargo no necesita prepararse de antemano para castigarnos. Con esto se nos advierte a humillarnos bajo su mano poderosa, sabiendo que no tenemos forma en este mundo de estar armados si él está contra nosotros, sino que él puede ejecutar sobre nosotros todo lo que haya determinado en su propio consejo. Entonces, en vano se exaltan los hombres en su orgullo, porque al final sentirán que no está en ellos resistir a Dios.

Ahora, siguiendo la declaración que ya hemos discutido, Eliú agrega que Dios no hace estas cosas con poder absoluto, sino porque conoce todos los caminos del hombre, y considera todos sus pasos. De modo entonces, si ocurren estos grandes castigos, como cuando un pueblo poderoso es vencido en batalla, y un reino es conquistado, sepamos que Dios no exhibe semejante poder sin causa alguna, sino que lo hace en razón de su justicia. Y aunque quizá no percibamos las razones por las cuales Dios usa semejante severidad refiramos a él el conocimiento de todas las cosas puesto que cada cosa le pertenece, y démonos por satisfechos con saber lo que aquí se nos muestra: es decir, que los caminos de los hombres le son conocidos.

¿Por qué es que frecuentemente comenzamos a disputar con respecto a los juicios de Dios y que estos nos parezcan extraños? Es porque nosotros no vemos con tanta claridad como él. Sin embargo, puesto que es oficio suyo juzgar los caminos de los hombres, concordemos con él, y aunque no veamos el por qué de las cosas, sepamos que su caso siempre es bueno y justo, y que no sólo debiera castigar a personas individuales, sino también a pueblos y naciones enteras. La expresión Dios conoce los pasos de los hombres es tomada en dos sentidos en las escrituras. A veces está referida a la providencia de Dios, porque él tiene cuidado de nosotros al gobernarnos.

Pero en este texto (como en muchos otros también) se dice que Dios conoce nuestros pasos porque nada es ajeno a su conocimiento, sino que toda nuestra vida le tiene que rendir cuentas.

Entonces, aprendamos a andar como a la vista de Dios, puesto que nos será imposible ocultarnos, como también agrega Eliú, no hay tinieblas ni sombra de muerte donde se escondan los que hacen maldad. Esto no se agrega sin causa. Nosotros vemos que si bien toda persona confiesa que Dios ve todos nuestros trabajos y que necesariamente será nuestro Juez, sin embargo, los hombres hacen la vista gorda y no tienen en cuenta que él los percibe. En efecto, no es en vano que en el Salmo diga que los malvados dan la impresión de que Dios no ve absolutamente sus obras y malicia. También son reprendidos por el profeta Isaías de cavarse cuevas en la tierra para esconderse delante de Dios. . Isaías 2:19 Y se ha inclinado el hombre, y el varón se ha humillado; por tanto, no los perdones.

Puesto entonces, que la hipocresía enceguece de tal manera a los hombres, es necesario notar esta declaración: no hay tinieblas tan espesas que los malvados se puedan ocultar de la vista de Dios. Y para comprender esto mejor, tenemos que recordar primero lo que he discutido antes: es decir que los hombres, aunque convencidos de que algún día tienen que venir ante el trono de juicio de Dios, no dejan de buscar subterfugios, para luego dormirse en sus escondites como que con ello pudieran engañar a Dios.

Vean cuál es nuestra hipocresía. Consecuentemente observemos que los hombres están equivocados al estar tan alejados de Dios; cuando ya no se acuerdan de él creen que él también les ha dado las espaldas y olvidado sus malas obras. No nos dejemos atrapar por semejantes fantasías. Porque si bien por algún tiempo quizá disfrace las cosas, al final mostrará que no se ha olvidado de su oficio que es el de juzgar a todo el mundo; y no solamente traerá a luz las obras de todos, sino cada uno de sus pensamientos más profundos, conforme a su derecho de escudriñar el corazón de los hombres; y no es en vano que pretenda este título.

Entonces, hay dos puntos que tenemos que deducir de este pasaje:

(1) Uno es que debiéramos considerar el pecado tan profundamente arraigado en nosotros: es decir, no debiéramos pensar que escaparemos de la mano de Dios por medio de nuestros subterfugios; ni que, conforme a nuestra ebriedad en pecados, nos parezca que Dios ha cerrado sus ojos o se los ha vendado, o que tiene una cortina delante suyo, de modo de no percibir lo que estamos escondiendo.

(2) Sin embargo, por otra parte, en cuanto al segundo punto, notemos lo que se ha dicho de que toda nuestra tiniebla será expuesta delante de él cuando él quiera; y, consecuentemente, consideremos la advertencia de no creer que hemos hecho mejor negocio meramente porque los hombres no han conocido nuestras iniquidades; porque precisamente la causa por la que muchos van a destrucción, es que los tales pasan por buenas personas, o al menos le pueden tapar la boca a aquellos que podrían conocer su vileza; de esa manera entonces triunfan y se atreven a provocar a Dios mismo. Sepamos que con engañar al mundo no hemos ganado nada; porque no importa cuan hermosa sea la apariencia que presentemos, al final tenemos que presentarnos delante del Juez celestial, y él abrirá los libros que previamente fueron cerrados; él hará venir su gran día para que toda tiniebla que ahora mantienen confusas las cosas, sea traída a luz. Es por eso que las Santas Escrituras lo mencionan tantas veces. No es en un solo sitio, ni una sola vez que se dice que no hay tinieblas delante de Dios. Pero, ¿por qué se repite tantas veces esta afirmación? Es porque no se nos puede persuadir de ella. Porque cuando hemos evitado la vergüenza delante de los hombres ya pensamos que Dios debiera dejar de revolver nuestras inmundicias ni mucho menos descubrirlas; pero sepamos que él las hará conocer inclusive en el cielo. Puesto entonces, que no se nos puede persuadir de ello, no está demás que el Espíritu Santo afirme con tanta frecuencia que Dios juzgará distinto que en la actualidad los hombres. Por eso aquí se dice deliberadamente que los pecadores no se ocultarán; es como si Eliú dijera que todos los días los ojos de los hombres se entenebrecen, que confunden sus vicios con virtudes; en efecto, que son tan maliciosos que les resulta sencillos ser adulados; como también vemos que cuando el mal está de moda los pecados ya no son condenados, sino que cada unos los aprueba. De manera entonces, puede ocurrir (como hemos visto por experiencia) que los pecados prevalezcan, y que habrá tal inundación de iniquidad, que todas las cosas serán sometidas a confusión entre los hombres, y que ya no habrá habilidad de juzgar o discriminar; sin embargo, es preciso que esta circunstancia sea cambiada delante de Dios. De modo entonces, aprendamos a elevar nuestros ojos por encima del mundo, y contemplar en fe el juicio de Dios que actualmente se oculta de nosotros, sabiendo que entonces todas las cosas serán expuestas tal como se dice en Daniel, (Daniel 7:10 Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos) esto es, que los libros serán abiertos, que en ese momento se nos presentarán los registros. ¿Qué clase de registros? No de papel ni pergamino, sino que las conciencias tendrán que responder, de manera que cada uno de ellas traerá su propia acusación, no en forma escrita, sino tan profundamente grabada que ya no habrá posibilidad de disfrazar nada. Entonces allí estará Dios en la persona de su Hijo con tal luz que todas las cosas serán conocidas, incluso las que ahora están en las profundidades. Entonces todas estas cosas serán vistas por los ángeles del paraíso y por todas las criaturas. Recordemos esto para andar con un temor diferente a efectos de librarnos de toda hipocresía; puesto que no podemos aumentar nuestra dignidad adulándonos a nosotros mismos. Finalmente aprendamos a no hacer nuestras cuentas sin nuestro Señor, sino que cada vez que se trate de examinar nuestra vida cada uno se presente por sí mismo ante el rostro de Dios, reconociendo lo que se dice aquí, que siendo oficio suyo escudriñar el corazón de los hombres, e incluso sus pensamientos más profundos; carece totalmente de sentido que hoy seamos absueltos por el mundo, ya que de esa manera no escaparemos de sus manos.

Aprendamos entonces, a examinarnos de esta manera; además permitamos que nuestra oscuridad sea iluminada por la palabra de Dios, viendo que este oficio también es adecuadamente atribuido a él. En este pasaje se dice que no hay tinieblas de muerte ni oscuridad tan densa que pueda ocultar a aquellos que obran Iniquidad. Por eso el apóstol a los hebreos testifica que así como Dios conoce el corazón de los hombres, así también quiere que su palabra sea como una espada filosa que penetra nuestros pensamientos y sentimientos; en efecto, que entre hasta la médula para exponer lo que se oculta en nosotros.  Y el apóstol Pablo dice en Romanos 10:15-16 (¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! 16  Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?) y en 1 Tesalonicenses 2:13 (Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.). que cuando es predicada la palabra de Dios tenemos que ser amonestados, como que todos los cargos se hayan escrito contra nosotros y toda nuestra vida fuese expuesta ante nosotros; tenemos que ser convencidos y derribados totalmente para glorificar a Dios, reconociendo cuan culpables somos delante de él. Por eso, no nos presentemos solamente ante el trono de Dios, para corregir todo engaño, sino que cada vez que su palabra toque nuestras llagas y amoneste nuestros pecados, recibámoslo pacientemente sin la presunción de ser obstinados. Porque, ¿qué ganaremos con ello? En el día de hoy vemos a muchas personas que se enojan y rezongan cuando sus pecados les son mencionados; porque quieren ser eximidos. Es como si quisieran que Dios ya no tenga ninguna autoridad sobre ellas y que ya no sea su Juez. Si considerasen adecuadamente lo que dice aquí ya no serían tan estúpidas de estar siempre preguntando, "¿qué?" cuando una persona les muestra algo que es de conocimiento común se vuelven insolentes en extremo. ¿Y por qué? Porque nunca sintieron el valor de la doctrina que afirma que no hay oscuridad ante los ojos de Dios; en cambio, se engañan a si mismos bajando sus hocicos como puercos, estando dormidos al extremo de parecerles que todos sus pecados no son nada, aunque sean tantos que parecieran estar adobados en ellos. Pero no sienten la hediondez de su podredumbre porque están infectados con ella. Por eso les correspondería pensar un poco en esta doctrina. Entonces se callarían un poco más cuando los hombres les muestran sus vicios. Y es asombroso que, aunque la iniquidad de muchos es notoria a todos, y aunque incluso los niñitos pueden ser jueces de ella, sin embargo, se levanten contra Dios y lo desprecian y no soportan ser amonestados. Y ¡qué vergonzoso! No hablo de cosas desconocidas; no se trata aquí de examinar los pensamientos de los hombres o de buscar debajo de la tierra lo que les es desconocido, sino que el desbordante mal consiste en que lamentablemente sea tan notorio. El aire mismo está apestado de él; y sin embargo, estos buenos católicos que quieren ser considerados como buenos cristianos, que siempre tienen el evangelio a flor de labios (en efecto, para morderlo como perros engordados y enloquecidos) quieren que los hombres aun lo disfracen; y creen que se les hace mucho daño al dejar expuesta su lascivia, la cual (a decir verdad) no es expuesta por nosotros, sino solamente mencionada, puesto que todos la conocen.

De todos modos, aquellos que en el día de hoy no pueden soportar que Dios exponga sus corrupciones, para poder avergonzarse de ellas, y arrepentirse, al final sentirán que tienen que venir ante el trono de juicio donde ya no habrá oscuridad ni tinieblas.

De modo entonces, sepamos que nos es en gran manera provechoso que hoy Dios nos mande su palabra para iluminarnos y que así podamos pensar adecuadamente en nuestros pecados. En efecto, si estos por un tiempo nos han sido desconocidos, nos vienen a la memoria y practicamos lo que he mencionado de San Pablo, es decir, de postrarnos y avergonzarnos delante de Dios y de condenarnos, sintiendo nuestra maldad demasiado arraigada en nosotros. Así es entonces, digo como Dios procura nuestra salvación; es cuando sentimos tal poder y tal eficacia en su palabra que nos esforzamos en examinar toda nuestra vida a fondo, para estar disgustados con nosotros mismos. Pero aquellos que son obstinados y desprecian a Dios y vienen como hombres enloquecidos para combatir contra él sin soportar ninguna advertencia, Dios tiene que remitirlos, como a personas carentes de razón, a aquel día del cual habla Eliú, en el cual no habrá oscuridad ni lugar tan tenebroso para ocultarse, en el cual serán expuestas todas las cosas, en efecto, a la vista de todas las criaturas. No soportan que Dios los avergüence para sepultar definitivamente sus pecados; pero aunque crujan los dientes, tanto los ángeles, como los hombres y los diablos tienen que conocer su maldad y que en todas partes tienen que ser difamados por el poder de esta luz que revelará todos los secretos. Es así como debiéramos aplicar este pasaje a nuestra instrucción. Porque, seguramente, cuando el Señor nos amenaza con el gran día, es a efectos de que nos preparemos para él; y de esa manera el remedio estará preparado para nosotros. Dios no espera hasta que aparezcamos ante él para acusarnos, sino que mediante el evangelio ejecuta su jurisdicción todos los días, como también lo dice nuestro Señor Jesucristo: "Cuando venga el Espíritu juzgará a este mundo." Por eso, cuando el evangelio es predicado Dios ejecuta jurisdicción soberana no solamente sobre los cuerpos de los hombres tal como se encuentra hoy, sino también sobre sus almas, queriendo que con ello seamos condenados para nuestra salvación. De manera entonces, puesto que Dios nos advierte tantas veces que al final tendremos que presentarnos ante esta gran luz, no cerremos hoy deliberadamente nuestros ojos, no seamos voluntariamente enceguecidos cuando él nos envía su palabra para exponer nuestra inmundicia y hacernos sentir que no podemos ocultarnos en su vista. De manera que, aprovechemos usando los medios que hoy se nos dan. Pero si queremos hacernos las bestias salvajes, y siempre buscar guaridas de zorros, al final sentiremos, sabiéndonos malditos, que no en vano se ha dicho que no hay oscuridad delante de Dios. Porque él hará que contemplemos aquellas cosas en presencia de su rostro y de su gloriosa majestad; las cosas que ahora estamos dispuestos a ver en el espejo de su palabra.

Eliú agrega inmediatamente que: No carga, pues, al hombre más de lo justo, para que vaya con Dios ajuicio. Este pasaje es expuesto de diversas maneras. Algunos lo toman diciendo que Dios no impondrá más cargas al hombre de las que debe, y de las que puede soportar. Pero si el tema principal del texto es adecuadamente considerado encontramos que, siendo que es asunto de los juicios de Dios, Eliú sostiene que él no aflige al hombre al extremo de darle ocasión de disputar con él. Siempre tenemos que considerar la intención de una proposición. Si alguien quiere saber el significado de una declaración, considere de qué trata la misma, considere el tema expuesto, y las implicaciones de todo. Luego, si todo ha sido considerado, el tema principal de este pasaje es que, ciertamente, los hombres pueden murmurar contra Dios, pero al final se verán turbados. Y, ¿por qué? Porque si bien hoy Dios aparentemente nos trata con demasiada severidad, no obstante, cuando las cosas sean cabalmente conocidas nos callaremos y Dios sera glorificado como lo dice el Salmo 51.8 Hazme oír gozo y alegría, Y se recrearán los huesos que has abatido. Notemos bien entonces, que aquí se nos muestra que aunque seamos capaces de hacer mucho pleito a Dios, al final nuestro caso se habrá perdido. Y, ¿por qué? Porque se verá que Dios no nos ha tratado injustamente ni nos ha sometido a una carga demasiado pesada, es decir, no nos ha afligido sin razón. Porque si bien a veces golpea a los hombres con azotes más pesados de los que pueden soportar, sin embargo, nunca es más de lo justo ni más de lo que han merecido. De esta manera somos advertidos en cuanto al orgullo, o más bien, en cuanto a la furia que hay en nosotros, que nos impulsa a murmurar contra Dios.

Porque, ¿cómo le hacemos pleito? Nos parece tener algún juez o arbitro por quien él debiera ser juzgado. Si Dios tuviera que rendir cuentas, ¿no seríamos de todos modos, demasiado osados para provocarlo cuando las cosas no son como quisiéramos y cuando no nos trata según nuestro agrado?

Aprendamos entonces, que aquí los hombres son condenados por el diabólico orgullo que los incita a ir contra Dios. Sin embargo, tenemos que considerar bien que Dios no se detendrá a respondernos si lo emplazamos a presentarse ante la ley; siendo así no aparecerá como nuestro contrario. Vendrá, de eso no hay duda. Pero, ¿con qué propósito? Para expresar lo que nos es dicho aquí, esto es, aunque tuviéramos el poder de emplazar a Dios, y él tuviera que responder, de manera de tener que rendir cuentas de todos sus actos, y si pudiéramos abrir nuestras bocas para hablar contra él; aun así no sería ventaja para nosotros; porque al final cuando todas las cosas sean añadidas y puestas en el balance se verá que Dios no nos ha sometido a una carga demasiado pesada o más allá de lo razonable. ¿Y por qué? Porque nuestros pecados le son conocidos, y conocidos de tal manera que él puede decir la medida del castigo que merecemos.

Pero nuestro orgullo se debe a que queremos ser nuestros propios jueces a efectos de justificarnos. ¿Y quién nos ha dado tanta autoridad? He aquí, el juicio ha sido dado a nuestro Señor Jesucristo; por eso tenemos que venir delante de él con toda humildad y reverencia para oír y recibir lo que él pronuncie sobre nosotros sin ninguna contradicción. Pero cada uno de nosotros pretende ser creído en su propio caso; por eso no atribuimos tanto al Dios viviente como a los hombres mortales. Porque en la justicia humana aquel que se sienta en el asiento de justicia no tiene que ser Juez y parte, y sin embargo, frecuentemente dará sentencias injustas, porque los nombres son corruptibles. Pero, aun por todo ello los hombres no cambian en ese respecto referido al orden externo que Dios ha establecido. Y entonces, ¿qué haremos cuando vengamos ante su gloriosa majestad? Vemos pues como los hombres son llevados, más allá de toda razón cuando murmuran contra Dios; y también vemos que la causa de la cual procede esto es lo que he discutido, es decir, estimamos a nuestras obras conforme a nuestra propia fantasía. Sin embargo, ustedes ven aquí, que Dios se reserva el juicio. "Me corresponde a mí," dice Dios, "considerar vuestros pasos. Yo los observo y escudriño, incluso interiormente. No les corresponde entremeterse en este asunto. Porque todo aquel que se toma la libertad de querer juzgar usurpa lo que no le pertenece." ¿Qué hay que hacer entonces? Cuando nuestro Señor nos aflige, refiramos nuestro caso a él, sabiendo que él ve muchos pecados en nosotros que están ocultos ante nuestros ojos. "He aquí Señor, es cierto que no percibo ni siquiera una centésima parte de mis faltas. ¿Por qué es eso? Porque soy ciego, o porque estoy empapado del mal y es como si el mal me hubiera embrujado. Entonces, Señor, que en primer lugar yo sea capaz de percibir mejor las iniquidades que he cometido delante ti, y declararme culpable; luego, puesto que no soy un juez competente para reconocer mis propias faltas, no obstante, ya que tú me has honrado constituyéndote a ti mismo como mi justo Juez, pongo mi caso en tus manos, sabiendo que tú ves lo que a mí me es desconocido." Por eso es que este pasaje dice expresamente, que aunque fuésemos ante la corte con Dios, aun así él no estaría en deuda con nosotros.

Guardémonos entonces de la presunción de querer venir en pleito contra él. Porque no importa cuan hermosa sea la pretensión que tengamos ante los hombres, porque cuando vengamos delante de Dios seremos turbados en todo lo que hemos pretendido. Así ustedes ven, en resumen, lo que Eliú quiso decir en este pasaje.

A esto agrega que Dios quebrantará a los fuertes, ciertamente, sin indagación, y pondrá a otros en su lugar. ¿Y por qué? Porque traerá sus obras a la luz y trastornará la noche para quebrantarlos. Cuando Dios dice que quebrantará a los fuertes sin indagarlos es para hacernos sentir mejor la majestad que tan osadamente despreciamos por causa de nuestra estupidez. Es cierto que algunos interpretan la palabra indagación como número; como si se dijera, "aunque los fueres sean infinitos en número, no por eso dejará Dios de quebrantarlos." Pero, palabra por palabra, es así: él quebrantará los poderes o multitud de hombres: porque la palabra implica ambos significados; y entonces, no habrá indagación. Puesto que la palabra "indagación" está allí y realmente significa "escudriñar" o "inquirir," sin duda Eliú quiso decir que Dios no tiene necesidad de inquirir nada como la tienen los jueces de la tierra. Puesto que son criaturas hay ignorancia en ellos; por eso tienen que valerse de esos medios ya que no pueden adivinar las cosas. Puesto que ante Dios todas las cosas están abiertas, él juzgará a los hombres sin ningún procedimiento como los que vemos en la policía de este mundo. Sin embargo, aun hay más al respecto, y es que Eliú quería indicar que Dios no siempre nos dejará saber por qué ejecuta sus juicios, sino que en ese sentido seremos ciegos. Esta indagación entonces, de la que habla, está referida realmente a Dios castigando a los hombres; como diciendo, cuando los jueces pronuncien una sentencia se la discutirá y se observará su forma y estilo, de manera que los hombres conozcan los detalles; luego la sentencia será publicada para que los hombres conozcan los crímenes del mal hecho y de qué manera aquel fue condenado. Pero no tenemos que medir el poder y la autoridad de Dios por medio de estas leyes de los hombres. ¿Y por qué? Porque él quebrantará sin indagar, es decir, sin mostrarnos el por qué. No siempre publicará su sentencia; los crímenes de un hombre no siempre serán enumerados como para que descifremos por qué nos castiga; es algo que nos quedará oculto; no obstante, entre tanto, no dejará de ejecutar sus veredictos. Vemos ahora el sentido natural de este pasaje.

Pero, sin embargo, agrega que esto no se hace injustamente, "Porque Dios" dice, "hará notorias sus obras." Aunque, entonces, Dios castiga sin indagación (es decir, sin observar las formalidades que son requeridas por la policía humana) y, sin embargo, hace todas las cosas con razón y rectitud. Y si esto no se percibe el primer día, esperemos hasta que todas las cosas sean descubiertas, y hasta que él traiga a luz lo que ahora está confuso y turbado. Aquí tenemos que exhortarnos a nosotros mismos, de no adularnos como hemos estado acostumbrados a hacerlo.

Porque, esta es la causa por la cual, siendo aparentemente protegidos por Dios, siempre seguimos nuestro propio camino, pensando que somos libres para hacer el mal, ya que no somos castigados. Es que cuando Dios comienza a castigarnos de manera común no lo percibimos, sino que nos preocupamos por estupideces y por la seguridad carnal. Y luego, cuando viene con gran rudeza nos atemorizamos tanto que no sabemos adonde estamos; tan pronto como él truena repentinamente, cosa que él hace cuando bien le parece. Porque habiéndose ocultado por mucho tiempo, sólo necesita levantar su mano y los hombres perecerán en un minuto, tal como dice aquí. Por eso, para que cada uno de nosotros sea solícito, tanto a la noche como a la mañana, recordemos este pasaje, en el cual se dice que Dios no conducirá un juicio prolongado para castigarnos, ni que se atará a ley alguna. Consideremos que siempre tenemos que estar dispuestos y preparados; y no esperemos hasta que nos golpee, más bien, anticipemos cuidadosamente sus juicios, como está dicho, " Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios; Mas el que endurece su corazón caerá en el mal." Proverbios 28:14 Además recordemos también la horrible amenaza, " Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz. Jeremías 6:14. De manera entonces, entiendan los fieles que cuando a Dios le agrada castigarlos no necesita comenzar en cierto punto para luego proseguir y luego demorar, como hacen los mortales, debido a los impedimentos que tienen. ¿Y por qué? El condenará y ejecutará la sentencia al mismo tiempo; no necesita afligirse por conducir largos juicios contra nosotros; no tendremos tiempo ni aliento para padecer angustiados hasta ser totalmente arruinado por su mano; en cambio, seremos turbados rápidamente, como si el cielo nos cayera en la cabeza. Entonces, si no queremos ser abrumados por la horrible venganza de Dios procedamos a sentir nuestras propias faltas. Además, cuando las sintamos, sepamos que también tenemos con qué consolarnos en él, siempre y cuando estemos apenados por ellos, no tratando de ocultar el mal sino de exponerlo delante de nuestro Dios, y si gemimos para ser recibidos en misericordia. Porque está dicho que él absuelve a los que se condenan y sepulta los pecados de aquellos que los tienen ante sus propios ojos y que no pretenden otra cosa sino confesarlos. Salmo 10:11 (Dice en su corazón: Dios ha olvidado; Ha encubierto su rostro; nunca lo verá.) Por eso, no dudemos de que Dios borrará todas nuestras faltas si ve que las confesamos voluntariamente. Ciertamente, no obstante, es preciso que también pasemos por este camino; es decir, recordar la declaración, "Dios castiga sin indagar" para que cada uno de nosotros pueda hacer su tarea de entrar a sí mismo y examinar cabalmente su vida, para que seamos avergonzados y nos humillemos.

Ahora dice que Dios habiendo quebrantado así a los grandes y poderosos pone a otros en su lugar. Y nuevamente, por otra parte, dice, él los castiga a la vista de todos y, ciertamente, que los castiga como ofensores. Y he dicho que cuando dice que Dios hace notarías sus obras y que los castiga de esa manera, es para que siempre temamos la justicia de Dios y no vayamos a imaginar que usa alguna tiranía o crueldad. Por eso guardémonos de pensar que Dios exhibirá sin razón semejante poder. Es cierto que la razón que él tiene nos es desconocida, y tenemos que contentarnos con su única y simple voluntad como la única regla de rectitud; y pase lo que pasare, no imaginemos con malicia que Dios anda torcida u oblicuamente o que juzga con algo distinto que la razón; al contrario, estemos totalmente persuadidos de que si bien sus juicios nos parecen extraños, no obstante, están ordenados conforme a la mejor regla posible, es decir, conforme a su voluntad que sobrepasa toda justicia. Esto es lo que Eliú declara en este pasaje. El mismo debe servirnos principalmente a nosotros. Luego, si alguna persona es afligida en su propio cuerpo, siempre debiera considerar que Dios es justo, a efectos de arrepentirse de sus faltas; porque nunca tendremos auténtico arrepentimiento, si no sabemos que Dios nos aflige justamente; tampoco podemos glorificar a Dios ni confesar que él es justo, a menos que nos hayamos condenado nosotros mismos. Ustedes ven entonces, cómo tenemos que aplicar a nosotros mismos esta doctrina, de que Dios expone las obras de los hombres y las trae a luz cuando los castiga. En efecto, aunque no examinemos palabra por palabra, los pecados y ofensas que hemos cometido, no obstante, el castigo que Dios nos manda, debería sernos de provecho como tal.

Por eso dice que Dios los castiga en lugar de los malvados, es decir, de tal manera de indicar con ello que nada podrán ganar con sus réplicas, que no puedan decir que son justos, si no aparecen así incluso ante los nombres. Suficiente para este punto. El otro es que dice, él pone a otros en su lugar. Esto es para que sepamos la causa de los cambios que frecuentemente ocurren en el mundo, como también lo dice el Salmo 107, que nos es una exposición correcta de esta oración. Nos extraviarnos de asombro cuando vemos que una plaga barre la población de un país o si viene el hambre o si la tierra que ha sido fértil se convierte en árida, como si se hubiera sembrado con sal, o si todas las cosas están tan angustiadas por guerras que un país quede despojado, o los príncipes del mismo son cambiados. Cuando vemos cualquiera de estas cosas nos asombramos. ¿Y por qué? Porque no conocemos la providencia de Dios que reina sobre todos los medios del mundo; tampoco pensamos en los hombres. Porque si considerásemos cómo se gobiernan los hombres, no nos parecería extraño que Dios haga cambios y alteraciones.

Así ustedes ven por qué se dice expresamente que Dios pone a otros en su lugar, es decir, al ver que las cosas cambian en el mundo no pensemos que es algo nuevo. ¿Y por qué? Porque de esa manera Dios se revela como Juez. No lo atribuyamos a la fortuna; pero sepamos que nuestro Señor exhibe su brazo, porque los hombres no pueden mantener la posesión de los beneficios que él les ha concedido. En consecuencia, consideremos cuan ingratos somos, a efectos de corregirlo.

Porque tan pronto el Señor nos ha engordado y nos ha hecho bien, nos volvemos contra él dando coces como caballos que reciben un trato demasiado bueno. ¿Es de asombrarse que Dios ponga su mano sobre nosotros cuando somos tan orgullosos e ingratos? Notemos cuál es la modestia de los hombres hoy en día. ¿Acaso, cuando Dios les da algún bien, ellos se gobiernan como para poseerlos mucho tiempo? No; al contrario, se indignan con Dios, de modo que él debiera despojarlos inmediatamente. Viendo entonces que el orgullo y la ingratitud son tan villanos no debemos murmurar viendo el cambio de las cosas o en vista del gran número de resoluciones ¿Y por qué? Porque provocamos a Dios a traerlas sobre nosotros. Sin embargo, no es suficiente saber que Dios quita a un pueblo y pone a otro en su lugar y pone habitantes nuevos en un país removiendo así a los hombres. No es suficiente conocer estas cosas, en efecto, y que las hace con justicia; sino que aun estando en las mejores condiciones oremos a él de concedernos la gracia de disfrutar sus beneficios de tal manera que aun podamos poseerlos y ser guiados por ellos a la herencia que nos es preparada en los cielos. Así ustedes ven cómo debemos usar esta frase; y en cuanto al resto, quedará para mañana.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

AUTORIDAD Y REVERENCIA QUE DEBEMOS A LA PALABRA DE DIOS

 

"Por tanto, Job, oye ahora mis razones, y escucha todas mis palabras. He aquí yo abriré ahora mi boca, y mi lengua hablará en mi garganta. Mis razones declararán la rectitud de mi corazón, y lo que sabe mis labios, lo hablarán con sinceridad. El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida. Respóndeme si puedes; ordena tus palabras, ponte en pie. Heme aquí a mí en lugar de Dios, conforme a tu dicho; de barro fui yo también formado. He aquí, mi terror no te espantará, ni mi mano se agravará sobre ti (Job 33:1-7).

 

  En la publicación anterior comencé explicando la afirmación de Eliú, de haber hablado rectamente sin consideración de los mortales; una persona que quiere hablar rectamente, conforme a Dios tiene que tener los ojos cerrados en cuanto a la complacencia de los hombres. Porque si somos guiados ya sea por odio o por favor, no habrá buenos principios en nosotros, no habrá sino problemas.

Sobre todo si se trata de enseñar en el nombre de Dios, tenemos que estar bien instruidos para apartarnos de todo sentimiento carnal. Y Eliú dijo de manera especial que Dios podía desarraigarlo, si daba importancia a la grandeza de los hombres. Ahora, a primera vista, parecería duro que Dios destruya a alguien por el solo hecho de magnificar alguna grandeza humana. Pero antes que nada notemos que cuando Dios nos concede la gracia de hablar en su nombre, nos corresponde dar autoridad a su palabra y recomendarla. Si nos distraemos mirando a las criaturas al extremo de no poder hablar con la debida libertad, ¿acaso no estamos deshonrando a Dios? Si una persona enviada por un príncipe terrenal, permite que otros hombres se burlen de ella, y desatiende su misión, y ella no se atreve a entregar el mensaje encomendado, ¿acaso ello no es una cobardía imperdonable? Dios nos recibe en su servicio, incluso a nosotros que somos solamente polvo en su presencia, que somos totalmente inútiles; nos da una misión honrosa de llevar su palabra, y quiere que sea entregada con toda autoridad y reverencia. Luego alguna persona nos hace temblar de manera que disfrazamos la verdad de Dios transformándola en mentira, o bien la llevamos de tal manera que ya no tendrá su derecho natural. Les pregunto, ¿no es eso un reproche tan grave que no se podría hacer otro mayor a Dios? Entonces, si la palabra de Dios no es llevada tan abierta y tan libremente que los hombres puedan honrar a Dios, no hay que asombrarse que haya un castigo preparado tal como lo describe Elifaz. De manera entonces, vamos a deducir una doble lección de este pasaje.

(1) Una es para aquellos que predican la palabra de Dios, que están en el oficio para enseñar como pastores. Estos tienen que tener una disposición tan firme que no se dobleguen ante nada ni nadie, como se dice en Jeremías, que en la lucha tiene que ser tan fuerte como el metal;  porque al mundo nunca le faltará gran testarudez, y los que son llevados a alguna posición de dignidad u honor, no se dejan cautivar por la obediencia a Dios, sino que siempre levantan sus cuernos contra él. Cuando los hombres se olvidan de ellos mismos, al extremo de no poder sujetarse a aquel que los ha creado y formado, nos corresponde tener una constancia invencible, reconociendo que enfrentaremos enemistades y disgustos por el hecho de cumplir nuestra tarea; sin embargo, soportémoslo sin doblegarnos. Ustedes ven lo que nosotros, que somos ordenados como pastores para predicar la palabra de Dios, tenemos que recordar.

(2) A la gente también le corresponde recibir instrucciones generales. Por eso cuando venimos para escuchar un sermón, no traigamos aquí esa soberbia de enojarnos con Dios si somos amonestados por nuestros pecados. No traigamos ninguna amargura, como para estar enojados cuando nos ponen la mano en la llaga. No seamos tan necios y presuntuosos de pensar que Dios tendría que mantener su paz con nosotros; no pidamos ser eximidos con el pretexto de tener algunas cualidades buenas. Incluso si somos reyes y príncipes, nos corresponde inclinar nuestras cabezas para recibir el yugo de Dios; porque toda soberbia tiene que ser deshecha, como dice San Pablo.   Porque el evangelio es predicado para que tanto grandes como chicos se sometan a Dios y se dejen gobernar por él. Esto no es posible si no deponemos nuestra soberbia (como lo dice San Pablo en ese lugar) que se exalta a sí misma contra la majestad de nuestro Señor Jesucristo. No tenemos que esperar hasta ser forzados o impelidos a obedecer a Dios, sino que cada uno tiene que hacerlo voluntariamente. Que aquellos que están en posiciones encumbradas sepan que aunque fuesen más que reyes debieran humillarse ante la predicación de la verdad de Dios. ¿Y por qué? Porque tienen que ser conscientes de esto. ¿Qué señor o patrón ha enviado al que predica? Es precisamente aquel que tiene dominio soberano sobre toda la humanidad y a quien todos debieran estar sujetos. Si somos de condición humilde, les pregunto, ¿acaso no es necia furia querer que los hombres nos sustenten ocultando y cubriendo nuestras faltas, que, en efecto, la palabra de Dios sea falsificada en favor nuestro? ¿Acaso se puede transfigurar a Dios? ¡No! El quiere que su palabra sea su imagen viviente. Ahora, si queremos ser adulados es como pretender que Dios cambie su naturaleza despojándose a sí mismo a efectos de complacernos. ¿Y acaso es no es una temeridad diabólica? Luego vengamos para escuchar la palabra de Dios con toda humildad y modestia, sabiendo que en este sentido nuestra obediencia tiene que ser probada, y que ninguno debe ser eximido, sino que las faltas sean expuestas con toda libertad, tal como corresponde.

Ahora venimos a lo que agrega Elíu. "Job," dice, "oye ahora mis razones, y escucha todas mis palabras. He aquí, yo abriré ahora mi boca, y mi lengua hablará en mi garganta. Mis razones declararán la rectitud de mi corazón y lo que saben mis labios lo hablarán con sinceridad." Vean ustedes la declaración de Eliú a efectos de ser escuchado, es decir, que no hablará con fingimiento, ni como hombre de doble intención, sino que presentará las cosas con pureza, de acuerdo a cómo las conocía, y cómo las mismas le habían sido reveladas. Ese es el primer punto. En segundo lugar agrega, "He aquí, yo soy con respecto a Dios como eres tú," o "conforme a tu boca." La palabra que realmente usa significa "boca," pero a veces se la interpreta como "medida." Ahora, hemos visto anteriormente, que Job pedía a Dios que no le viniera con ningún terror como el que estaba sintiendo. "Si Dios fuese como yo," dice Job, "yo podría responderle; y aunque él tuviese completa autoridad sobre mí, sin embargo, yo podría defender mi caso." Vean cómo habló Job. Entonces esta expresión podría ser expuesta así: "He aquí, yo soy conforme a tu propia boca," es decir, "conforme a lo que tú has pedido," o también: "He aquí yo soy conforme a tu medida," es decir, con respecto a Dios "yo soy semejante a ti." Sin embargo, la intención siempre será la misma; por eso no tenemos que insistir demasiado en esta palabra. Consideremos siempre adonde quiere llegar Eliú, esto es, que él no es Dios como para atemorizar a Job, sino que es hecho de barro igual que Job, es decir, él también es una criatura mortal y frágil que no tiene fuerza propia. Porque "es," dice, "el Espíritu de Dios el que me ha formado, y el soplo del Omnipotente me ha dado vida." En resumen, vemos que Eliú le dice a Job que le hablará con tales razonamientos que quedará convencido de ellos. "Ya no debes alegar," dice, "que Dios te atemoriza, que su gloria te es terrible, y que no puedes obtener justicia de su mano; no debes decir eso. ¿Porque quién soy yo? He aquí soy un pobre tipo de tierra y barro. Es cierto que tengo aliento y vida, pero provienen de Dios, no obstante, soy tan frágil como tú. De modo que solamente la razón ha de prevalecer entre nosotros dos, y seguirás turbado." En resumen, vemos los dos puntos contenidos aquí. El primero es que Eliú declara que sus palabras son la rectitud de su corazón, y que no hablará ninguna cosa sino lo que ha pensado o concebido en su interior. Esto bien vale la pena de ser notado; porque consecuentemente deduciremos la disposición que debe tener aquel que lleva la palabra de Dios, es decir, que no debe balbucear con el extremo de su lengua, ni hacer comentarios ligeros, ni aun hablar por hablar; sino que, de acuerdo a lo que le ha sido enseñado por Dios eso debiera comunicar a los que están a su cargo, esto es lo que ha sido grabado en su interior. De manera entonces, ¿queremos servir a Dios con pureza en nuestro oficio? Sobre todo debemos controlar nuestra lengua, para que no hable nada sino lo que está grabado en nuestro corazón. En efecto, oímos lo dicho por David y citado por San Pablo (éste lo aplica a todos los ministros de la palabra de Dios), "He creído y por eso he hablado." Salmo 116:10 Creí; por tanto hablé, Estando afligido en gran manera. ; 2 Corintios 4:13 Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos . Ciertamente, esto es en general para todos los cristianos e hijos de Dios; pero principalmente debiera ser observado por aquellos a quienes Dios ha ordenado como instrumentos de su Espíritu Santo. Siempre que hablamos Dios quiere ser oído por medio de nuestras personas. Puesto que nos ha hecho un honor tan grande, al menos debiéramos tener su doctrina grabada en nosotros, y allí debiera echar raíces, y luego nuestra boca debiera testificar que la conocemos. Dicho brevemente, nos corresponde haber sido enseñados por Dios antes que podamos ser señores y maestros. Especialmente cuando predicamos, que no sólo le prediquemos a otros; sino que nos incluyamos en el número de la compañía. Eso, digo, es lo que tenemos que observar.

En efecto, cuando una persona habla la palabra de Dios sin sentir ella misma un poder, ¿qué otra cosa está haciendo sino mera palabrería? Y ¡qué sacrilegio es eso! ¡Qué corrupción de la palabra de Dios! De modo entonces, pensemos diligentemente en nosotros mismos; y, cada vez que vayamos al púlpito meditemos bien en la lección que aquí se nos da, es decir, que la rectitud de nuestro corazón se manifieste en nuestra lengua. Por eso si vemos que la doctrina es recta, y que la persona que habla está tratando de edificarnos, sepamos que somos ingratos y completamente rebeldes contra Dios, si no escuchamos con toda humildad lo que él nos propone.

Ahora bien, Eliú al hacer este prefacio, no está hablando humanamente, sino mostrando como Dios quiere sujetarnos a sí. ¿De qué manera? "Atiéndanme," dice, escúchenme, porgue no hay sino rectitud en mis declaraciones." Es como si en el nombre de Dios estableciera una regla, es decir, si la doctrina que se presenta es santa, y nosotros estamos convencidos de que lo es, pero luego no nos rendimos con toda reverencia para conformarnos a ella, no seremos culpables de haber resistido al hombre que nos habló, sino de haber provocado simplemente al Dios viviente.

De modo entonces, que cada uno esté atento cuando es predicada la palabra de Dios; y puesto que es tanta su gracia con nosotros que nos levanta hombres para declararnos individualmente su voluntad, no seamos tan salvajes con él, más bien estemos dispuestos a ser enseñados en las cosas que sabemos que proceden de él. Y puesto que la ley, los profetas y el evangelio nos han sido comunicados por hombres cuya rectitud es suficientemente conocida y testificada, observemos que todo aquel que no se sujeta a esta doctrina ya no necesita otro juicio para ser condenado. En resumen, notemos que nuestro Señor ha autorizado a sus profetas y apóstoles para que la doctrina que nos dieron ya no sea puesta en duda, sino aceptada como una decisión irrevocable. Suficiente con esto para un tema. Al mismo tiempo se nos advierte que los fieles no tienen que ser deliberadamente tan estúpidos de recibir todo lo que se les dice, que, en cambio, examinen si la doctrina proviene de Dios o no. Y por eso es que se nos manda a probar los espíritus. Y esto tiene que ser notado cuidadosamente. Porque vemos que los pobres papistas se dejan llevar sin discreción alguna, y la fe que tienen no es más que pura estupidez, porque tienen que cerrar sus ojos y no razonar más. Al contrario, Dios quiere que pensemos y que tengamos la prudencia para no ser engañados ni seducidos por las doctrinas falsas que la gente nos trae.

¿Cómo ocurrirá eso? Ciertamente no tenemos que presumir de juzgar la verdad de Dios conforme a nuestro juicio e imaginación, más bien nuestro razonamiento y entendimiento tienen que estar sujetos a él, como lo muestran las escrituras. No obstante, tenemos que orar a Dios que quiera darnos prudencia para así discernir si lo que se nos propone es o no bueno y recto.

Además, que con toda humildad no pretendamos otra cosa que ser gobernados por él, y estar bajo su mano, con la certeza de que de esta manera seremos capaces de saber si hay rectitud o no en las declaraciones que se nos proponen.

Eso también es lo que alega nuestro Señor Jesús cuando quiere que recibamos sus dichos.

"No busco mi propia gloria" dice, "sino la gloria de aquel que me ha enviado."^ Entonces, tenemos que inquirir siempre en la intención del hombre que habla. Porque si vemos que el fin perseguido es que Dios sea glorificado y que tenga dominio sobre todos los nombres, ya no debe haber disputas al respecto; tenemos que darnos por totalmente satisfechos. Pero si contrariamente su doctrina tiende a oscurecer la gloria de Dios, de apartarnos de su servicio, de aumentar la ambición y vanidad, de manera que no seamos edificados para ser verdaderos templos de Dios; si con su doctrina no somos establecidos como para someternos totalmente a Dios invocándole con pureza, confiando y descansando en su gracia y en su bondad paternal; entonces, ciertamente, debemos notar que no hay rectitud. Es cierto que si en primer lugar Dios no nos hubiera mostrado lo que es la verdadera rectitud, ahora estaríamos seriamente incapacitados, pero teniendo los principios que él nos ha dado, será error nuestro si fallamos. He aquí, Dios dice que quiere ser exaltado y que los hombres reconozcan que toda bondad proviene de él; nuevamente, también quiere tener todo el señorío y gobierno sobre nuestra vida, y de esa manera tenernos de tal modo bajo su control que seamos gobernados por él, conforme a su buena voluntad. El quiere que los nombres queden totalmente despojados y exentos de la confianza en su propia justicia, sabiduría y fuerza; quiere que saquemos el agua de nuestro señor Jesucristo como de la fuente de toda bondad; quiere que le invoquemos con pureza; quiere que los sacramentos por él ordenados sean recibidos como testimonios de su gracia, y como medios y auxilios que nos invitan a servirle con un corazón tanto más libre y sincero. Estas son cosas en las cuales no puede haber sombra, ni ninguna oscuridad ni dificultad. De modo entonces, tengamos siempre esta piedra de toque cuando venimos para probar alguna doctrina. Entonces sabremos si es recta o torcida, verdadera o falsa, pura o corrupta y mezclada, conforme a la verdadera rectitud que Dios nos ha mostrado. Digo, ya no tenemos que estar rodeados de dudas sobre este asunto; solamente abramos nuestros ojos y luego oremos a Dios que quiera guiarnos mediante su Espíritu Santo; porque sin ello estaremos yendo de un lado a otro incapaces de discernir, como los niñitos; según dice San Pablo " alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, " Efesios 1:18 de lo contrario nunca comprenderemos los secretos de Dios. Estos son espirituales en tanto que nosotros, por naturaleza, somos carnales y terrenales, y nosotros siempre estamos doblados hacia abajo. Pero si Dios nos ilumina por su Espíritu Santo, nosotros juzgaremos la doctrina y discerniremos de tal manera que no podremos ser engañados por ninguna de todas las tentaciones de Satanás. Y aunque no envíe seductores, y levante muchos autores de discordias, que tratan de trastornar todas las cosas, no obstante, eso no podrá vencernos, siempre y cuando el Espíritu de Dios sea nuestra luz. Además, aunque a veces Dios hable por boca de los malvados (como se ha dicho que a veces el reino de nuestro Señor Jesucristo será avanzado accidentalmente, que los hipócritas o gente que no tiene temor de Dios, gente que, en cambio, es motivada por vanagloria y otras vanidades, podrán servirle por un tiempo, y Dios recomendará su doctrina para salvación de los elegidos, aunque ello sea para mayor condenación de aquellos) aunque entonces, esto pueda ocurrir a veces, sin embargo, no es lo común. Porque cuando Dios quiere que seamos edificados en él, inmediatamente levanta a hombres que hablan de todo corazón y claramente y,en efecto, les da tal unción a la palabra que sale de sus bocas que los hombres pueden reconocer el poder de su Espíritu Santo, como también San Pablo lo dice. Y es por eso que quienes están en el oficio de predicar la palabra de Dios tienen que practicar tanto mejor lo que he dicho, es decir, de ser instruidos ellos mismos antes de exponer algo, de manera que su corazón hable antes que sus bocas. Para hacer esto, pidan a Dios que quiera tocarlos de tal manera en lo más íntimo, que puedan tener su palabra bien arraigada en el alma, que puedan ser capaces de servir a sus semejantes y percibir que no están avanzando inadvertidamente por ellos mismos, sino que son competidos por el Espíritu Santo. Entonces ustedes ven lo que tenemos que recordar en este pasaje.

Ahora bien, en segundo lugar, Eliú afirma ser un hombre transitorio y frágil de manera que no puede atemorizar a Job, y que no quiere ganar el argumento excepto mediante la razón y la verdad. Antes de llegar al punto principal tenemos que observar de paso el tipo de discurso que utiliza: que el Espíritu de Dios lo ha creado, y que el soplo del Omnipotente le ha dado vida; y, además, que él solo es barro y cieno. Esto es digno de ser notado por todos los hombres. Porque si pudiéramos recordar adecuadamente lo que aquí se nos muestra, sin lugar a duda todo orgullo en nosotros sería sepultado. Porque, ¿por qué se glorifican los hombres a sí mismos y por qué son tan presuntuosos, cuando, en primer lugar no saben reconocer su origen, y en segundo lugar no saben cómo ser totalmente conscientes de que cuántos bienes tienen los tienen de parte de Dios y que no es herencia sino que tanto la vida como todo lo demás les pertenece porque a Dios le agrada preservarlo? Si entonces los hombres pudieran recordar primero de dónde vienen, y en segundo lugar, que todo el bien que hay en ellos lo tienen únicamente por la gracia de Dios, ciertamente se humillarían de verdad. Por eso dice que somos hechos de tierra y cieno. Ahora bien, podemos j acatarnos y recomendarnos todo lo que queramos, pero no podemos cambiar nuestra naturaleza. Por eso, si una persona se ve tentada por el orgullo y quiere elevarse demasiado, que se examine a sí misma y considere: "¿De dónde provengo? ¿De dónde me tomó Dios? " Basta con que nuestros pies estén embarrados para creernos indignos. Basta con que la suciedad toque nuestros zapatos para que nos parezca estar sucios. Sin embargo, somos completamente hechos de barro. Por eso no debemos olvidar nunca nuestro origen, es decir, "no eres más que tierra y barro." Es cierto que este dicho es suficientemente popular y que toda persona lo confiesa, pero entre tanto, nadie lo reconoce. Un reconocimiento así nos purgaría de todo nuestro orgullo. ¿Qué es la impertinente presunción que hay en los hombres, sino viento porque se hinchan de arrogancia, y se olvidan de ellos mismos? Tanto más entonces, debemos pesar bien este discurso en el cual se dice, "somos creados de barro y cieno." Es cierto que habría alguna dignidad y excelencia en nuestra naturaleza digna de ser recomendada si fuésemos sinceros, pero no nos sería lícito enorgullecemos de ello. Puesto que así como somos estamos corrompidos en Adán; es cierto, debiéramos estar doblemente avergonzados. ¿Y por qué?

Fuimos creados a la imagen de Dios. ¿Y cómo está esa imagen ahora? La imagen está desfigurada; estamos tan pervertidos que la marca que Dios ha puesto en nosotros para ser glorificado por medio de ella, se ha vuelto para vergüenza suya; y todos los dones de gracia que nos fueron concedidos son otros tantos testigos para declararnos culpables delante de Dios, porque nosotros los corrompemos; y mientras continuemos en nuestra naturaleza, no hacemos sino abusar de los beneficios que hemos recibido aplicándolos al mal. De esa manera ustedes ven que nuestra confusión siempre aumenta con los dones que Dios nos ha comunicado. Pero supongamos que fuésemos libres de corrupción como nuestro padre Adán al principio. ¿Y acaso por eso hemos de presumir de nosotros mismos bajo el pretexto de haber sido ennoblecidos por Dios? Cuánto tenemos proviene de él. ¿Qué nos separa de las bestias brutas y nos hace más excelentes? ¿Acaso lo hemos adquirido por nuestra propia capacidad? Lo hemos adquirido por nuestra propia fuerza? ¿Lo tenemos por herencia de nuestros ancestros? ¡De ninguna manera! Lo tenemos porque Dios nos lo ha dado en su propia libre bondad. De modo entonces, ¿qué queda por hacer, sino humillarnos?

Ustedes ven en general, lo que tenemos que recordar de este pasaje, donde Eliú confiesa ser hecho de barro, y que se lo debe a Dios el tener vida y aliento, ya que estos le fueron comunicados por la mera bondad de Dios. Sin embargo, aquellos que Dios quiere que le sirvan en puestos de honor deben recordar tanto más esta lección. Porque cuando Dios extiende su mano a los hombres y los pone en cierto grado de honor, no es para que se exalten, sino más bien para que reconozcan cuánto están obligados a él, para ser motivados tanto más para honrarlo, y que debieran agudizar y aplicar todo su ingenio y todos sus sentidos a ello para que Dios sea honrado por ellos; como está escrito que un candelabro no tiene que ser escondido, sino puesto sobre la mesa, o sobre una mesada, para que pueda iluminar toda la casa. Aquellos entonces, a quienes Dios ha mostrado el favor de exaltarlos a algún llamamiento más elevado, o más digno, tendrían que ser tanto más encendido para iluminar a sus semejantes y darles un ejemplo tal de que la gracia que han recibido realmente no sea estrangulada. Esto es lo que tenemos que observar aquí en segundo lugar. En cuanto a esto observemos, en términos generales, que los hombres no pueden atribuir a Dios la gloria debida, a menos que se despojen totalmente de sí mismos. Porque mientras pretendemos reservar una pequeña parte, en esa misma medida disminuimos la gloria de Dios. ¿Qué hay que hacer entonces? Cuando hayamos analizado cuidadosamente el bien que hay en nosotros, contemos lo que hemos recibido y reconozcamos que tenemos nada por nosotros mismos que no hayamos recibido. De esta manera es como los hombres dejarán de despojar a Dios de su alabanza, es decir, cuando estudien para conocerse a sí mismos no dejando una sola gota de bondad propia, sino que cada detalle es puesto en un inventario de aquello por lo cual somos responsables delante de Dios. Además, cuando nuestros egos son aniquilados de esa manera, no perdemos nada; porque no dejaremos de ser vestidos nuevamente; en efecto, si estamos verdaderamente unidos a Dios tributándole la debida alabanza, seremos mucho más ricos que aquellos que están tan llenos de presunción, suponiendo poseer, no sé qué clase de herencia. De manera entonces, no tengamos miedo de toda gloria; porque nuestro

Señor no quiere que seamos privados de ningún bien; no obstante, es preciso que seamos turbados. Sin embargo, cuando sabemos que no podemos hacer hada, excepto aquello que nos es concedido desde lo alto, seamos sabios para aplicar todo lo que Dios pone en nosotros al uso por él indicado. Porque nuestro Señor no nos ha investido con los poderes de su Espíritu Santo excepto porque quiere que los mismos sean aplicados a un buen propósito; no deben permanecer sin uso. Por eso, seamos sabios para que lo recibido sea presentado y ofrecido a Dios como en sacrificio, y puesto que con ellos quiere promover la salvación de nuestros semejantes, tengamos, sobre todas las cosas, consideración de edificarnos los unos a los otros. Ustedes ven lo que tenemos que recordar aquí.

Ahora vengamos a las proposiciones hechas aquí por Eliú, y a la médula de la misma. Eliú dijo, "El Espíritu de Dios me ha creado, y su aliento me ha dado vida. De manera entonces," dice, "no hay terror en mí para atemorizarte," sino que únicamente prevalecerá la razón. Aquí Eliú muestra cuál es la tarea de un buen maestro, es decir, que debe mirarse adecuadamente a sí mismo y contemplarse, antes de abrir su boca. ¿Y por qué? Porque aquellos que no han conocido su propia fragilidad no tendrán compasión de sus semejantes, y cuando quieran amonestar a aquellos que han fallado, lo hacen con tal violencia que los extraviados se extravían aun más, en vez de volver al buen camino. Cuando se trata de consolar, no tienen la habilidad para hacerlo; cuando se trata de enseñar lo hacen con desdén. Por eso, si queremos enseñar adecuadamente la palabra de Dios, comencemos conociendo nuestras propias debilidades. Y conociéndolas seremos motivados a tal modestia y benignidad que tendremos un buen espíritu para pronunciar la palabra de Dios. Es cierto que, habiendo muchos que están llenos de orgullo y rebelión, la palabra de Dios tiene que serles como un martillo para aplastar y quebrantar su dureza; de todos modos, en primer lugar, hemos de enseñar a aquellos que se manifiestan dóciles. ¿Y cómo vamos a hacerlo excepto que hayamos comprendido que debemos sufrir con ellos? Pero no podemos sufrir con ellos si no sentimos cuan frágiles somos nosotros mismos. Porque aquel que no conoce sus propias debilidades no tiene compasión para compartir los dolores de otros y de responder a ellos. De manera entonces, ¿queremos enseñar fielmente a los ignorantes? Tenemos que entender que no hay nada sino ignorancia en nosotros mismos y que con nosotros hubiera sido peor que con todos los demás, si Dios no nos hubiera dado lo que de él hemos recibido. Nuevamente, ¿queremos consolar a los angustiados y afligidos? Entendamos, en primer lugar, lo que significa estar afligido; hayamos arrevesado nosotros mismos ese camino, y hayamos sido tocados con aflicción y tristeza para poder consolarnos con aquellos que están sufriendo, y saber cómo sufrir con ellos. Si luego queremos amonestar a los que han fallado, no lo hagamos con demasiada violencia, más bien apiadémonos de su destrucción. Es cierto que algunas veces hay que unir inmediatamente la vehemencia, porque cuando vemos perecer las almas desgraciadas, no hay tiempo de estarlas lisonjeando; si los hombres son obstinados en su rebelión, no solamente tenemos que punzarlos sino herirlos en el más hondo. En efecto, pero anteriormente tenemos que haber hecho lo siguiente: es decir, tenemos que haber conocido nuestras propias debilidades y tiene que entristecernos el trato riguroso. Así también, aunque el padre castiga a sus hijos y usa palabras mucho más rudas con ellos que con extraños, no obstante, su corazón sangra al tener que transformarse así. Observemos entonces que una persona nunca será indicada como maestro, hasta no haber asumido un afecto paternal y haber conocido, en primer lugar, sus propias debilidades. Estas lo moldearán a ser suficientemente compasivo como para apiadarse de todos aquellos con quienes tiene que tratar. Esto es lo que se nos muestra aquí por medio de Eliú. Además, todos aquellos que han sido puestos en lugares de autoridad consideren bien que no deben abusar del poder ejerciendo tiranía mediante la opresión de sus inferiores. De lo contrario, tendrán que rendir doble cuenta delante de Dios si bajo el pretexto de la autoridad quieren que los hombres le teman y estén aterrorizados por ellos, sin buscar principalmente el honor de Dios y la salvación de aquellos que les han sido encomendados. Vean como Ezequiel habla de los malos pastores que con tiranía maltrataron al pueblo de Dios. Ezequiel 34:4 (No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia.). Dice que gobernaron con poder y con toda autoridad. Pero, por el contrario, se nos muestra aquí que todos aquellos que quieren conducirse realmente con Dios y con sus semejantes, al ser puestos en lugares más altos, no por eso deben exaltarse ellos mismos, sino más bien, saber que, si intentan ejercer el terror para atemorizar a la pobre gente, Dios tendrá que mostrarles que su intención no era la de poner bestias salvajes que aterroricen a su rebaño ni cabras que lo empujen con sus cuernos y enturbien sus aguas, como dice aquí este pasaje de Ezequiel 34:18(¿Os es poco que comáis los buenos pastos, sino que también holláis con vuestros pies lo que de vuestros pastos queda; y que bebiendo las aguas claras, enturbiáis además con vuestros pies las que quedan?) .Dios quiere mostrar entonces que aquellos a quienes ha dado la espada y el asiento de justicia, y aquellos a quienes ha puesto en el púlpito para enseñar su palabra, no están allí para ser cabras que pisoteen y opriman a las pobres ovejas.

Ustedes ven lo que tenemos que notar en este pasaje. En cuanto a esto Eliú muestra cómo debiéramos recibir la doctrina: esto es, si sabemos que es verdadera y recta, tenemos que aprobarla sin contradicción, aunque no seamos forzados ni compelidos.

Ustedes ven entonces lo que tenemos que recordar en cuanto a las circunstancias y al lugar de la proposición. Es decir, cuando nos es propuesta una doctrina, muy bien, el que habla solo es una persona mortal. Pero, ¿vemos que es recto y verdadero? Sepamos que replicándole no sólo combatimos a Dios sino también a nuestra propia conciencia, que es juez suficiente para condenarnos. De esto podemos deducir una advertencia útil: es que cada vez que la doctrina presentada es recta, ya no tiene que haber objeciones. Porque nada ganaremos discutiendo. Si es verdad, tenemos que someternos. Además, esto no debe impedirnos de poner la majestad de Dios delante de nuestros ojos, porque la doctrina que nos es propuesta no debe ser juzgada por nuestro propio ingenio y fantasía. Por eso es preciso combinar dos cosas. Una es que decidamos nuestra disposición de obedecer a Dios, haciendo esta conclusión: "Nuestro Creador tiene que tener toda majestad, y nosotros debiéramos estar sujetos a El." Esta es la preparación que hay que hacer.

Luego tenemos que juzgar, es decir, tenemos que examinar la doctrina, y no con orgullo, no pensando que somos suficientemente sabios por nosotros mismos, sino orando a Dios que él quiera gobernarnos mediante su Santo Espíritu, para que podamos seguir la doctrina que él nos ha mostrado. Ustedes ven entonces las dos cosas que tienen que ser combinadas. Y esta combinación no produce confusión. Porque aquel que está preparado para obedecer a Dios, no por eso dejará de abrir sus ojos para considerar cómo distinguir entre lo falso y lo verdadero. Sin embargo, aprendamos a no ser tan temerosos de no considerar al hombre que habla; reconozcamos en cambio que Dios nos hace un gran favor al complacerse en usar sus criaturas y a descender tanto a nosotros que nuestra ocasión de considerar su palabra sea mayor. Porque si viniera a nosotros en su majestad estaríamos perdidos; pero cuando se nos presenta por medio de hombres se acomoda a nuestras debilidades para que podamos conocer más convenientemente su verdad la cual él nos propone.

Ustedes ven entonces, en resumen, lo que hemos de recordar de este pasaje, y el resto quedará para la próxima publicación.

¡Maranatha!