martes, 15 de abril de 2025

CÓMO MEDITAR EN LA PASIÓN DE CRISTO

 

Formas equivocadas de meditar en la pasión de Cristo

 

Algunas personas meditan en la pasión de Cristo y se enojan con los judíos. Cantan y hablan mucho sobre Judas también. Sólo hacen lo de siempre. Les gusta quejarse de los demás. Pasan todo su tiempo condenando a sus enemigos. Supongo que es una meditación de cierta clase, pero no es una meditación sobre el sufrimiento de Cristo, sino sólo una meditación sobre la maldad de los judíos y de Judas.

 

Otros a quienes les gusta hablar del beneficio de meditar en la pasión de Cristo no entienden de que se trata. Algo que puede ser muy engañoso: Pensar en la pasión es mejor que ayunar todo el año o rezar los salmos todos los días. Algunos ciegamente lo siguen, toman su comentario en el sentido literal, y luego actúan contrariamente a la pasión de Cristo. Sólo buscan sus propios intereses, tratando de evitar hacer otras cosas. En forma supersticiosa se adornan con imágenes y libritos, cartas y crucifijos. Otros hasta imaginan que haciendo estas cosas se están protegiendo contra ahogarse, quemarse, la espada y toda clase de peligros. Tratan de usar los sufrimientos de Cristo para evitar que algún sufrimiento venga a su vida, lo cual, por supuesto, es totalmente contrario a como es la vida en realidad.

 

Además hay la gente a quien le gusta simpatizar emocionalmente con Cristo. Lloran y derraman lágrimas sobre él porque fue tan inocente. Son como las mujeres que siguieron a Cristo en el camino desde Jerusalén. ¡Él las reprendió! Les dijo que deberían llorar por ellas mismas y por sus hijos. Entran en la estación de la pasión pensando que reciben un gran beneficio pensando profundamente en cómo Jesús salió de Betania, o en los dolores y penas que sufrió la virgen María. Meditan en estas cosas durante horas y horas, pero nunca avanzan. De alguna forma, no llegan realmente a meditar en el verdadero sufrimiento y muerte de Cristo. Sólo Dios sabe si hacen esto más bien para dormir que para vigilar y esperar con Cristo. Esta clase de gente incluye a los fanáticos que tratan de enseñar  a la gente que reciben una gran bendición sólo asistiendo a la celebración de la Santa Cena, parándose allí y viendo que se celebre. Tratan de convencer a la gente que sólo presentarse y estar en un culto automáticamente obra la bendición por el acto mismo de hacerlo. Quisieran llevar a la gente a creer que la Cena del Señor no tiene nada que ver con la fe en la promesa de la Santa Cena, ni de ser digno para recibir la Santa Cena. La cena no fue instituida para su propio beneficio, como si el propósito fuera sólo celebrarla. Se dio con el fin de meditar en la pasión de Cristo. Si no lo hacemos, convertimos la Santa Cena en una obra humana. La hacemos algo inútil, no importa que tan buena sea en sí misma. ¿De qué te sirve que Dios sea Dios, si no lo es para ti? ¿Qué utilidad tiene comer y beber si no te beneficia a ti? Debemos tener miedo de pensar que nos haremos mejores sólo porque celebramos mucho la Santa Cena, mientras que al mismo tiempo no recibimos su verdadero beneficio.

 

La manera correcta de pensar en la pasión de Cristo

 

Cuando meditamos correctamente en la pasión de Cristo, vemos a Cristo y nos aterramos por el espectáculo. Nuestra conciencia se hunde en la desesperación. Este sentimiento de terror necesita ocurrir para que comencemos a reconocer plenamente cuán grande es la ira de Dios contra el pecado y los pecadores. Entendemos esto cuando vemos que Dios libra a los pecadores sólo porque su muy querido Hijo — su Hijo único — pagó un rescate tan costoso por nosotros, como dice Isaías 53:8: “por la rebelión de mi pueblo fue herido”.

 

¿Qué sucede cuando vemos al querido Hijo de Dios fulminado en esta forma? Reconocemos cuán indecible, hasta insoportable, es el compromiso total del Hijo con la salvación de los pecadores. ¿De qué otra forma podemos sentirnos cuando reconocemos que una persona tan grandiosa como Cristo salió para enfrentar este destino, sufriendo y muriendo por los pecadores? Si reflexionas verdadera y profundamente en el hecho de que el Hijo de Dios, la Sabiduría eterna de Dios, sufre, te llenarás de terror. Entre más reflexionas en esto, más terror sentirás.

 

Debes creer profundamente, y nunca dudar, que en verdad eres tú el que mató a Cristo. Tus pecados le hicieron esto a él.  Pedro aterró los corazones de los judíos cuando dijo en Hechos 2:36-37: “vosotros [lo] crucificasteis”. Tres mil personas se llenaron de tanto terror que temblando de miedo, clamaron a los apóstoles: “Hermanos, ¿qué haremos?” Así, cuando mires los clavos penetrando sus manos, cree firmemente que es obra tuya. ¿Ves su corona de espinas? Estas espinas son tus malos pensamientos.

 

¡Mira! Cuando una espina traspasa a Cristo, debes saber que más de mil deberían traspasarte a ti. Deberían traspasarte por toda la eternidad en una forma aun más dolorosa que traspasaron a Cristo. Cuando veas los clavos traspasar las manos y los pies de Cristo, date cuenta que tú debes estar sufriendo esto por toda la eternidad, con clavos aun más dolorosos. Todo el que mira los sufrimientos de Cristo y los olvida, pensando que no valen nada, sufrirá tal destino por toda la eternidad. La pasión de Cristo es un espejo de lo que viene. Este espejo no es ninguna mentira ni broma. Todo lo que Cristo dice que pasará, en efecto sucederá.

 

Estoy tan aterrado por los sufrimientos de Cristo que dije: “En un tiempo pensaba que estaba seguro. No sabía nada acerca del juicio que se había pronunciado sobre mí en el cielo, hasta que vi que el Hijo eterno de Dios tuvo misericordia de mí. Vi que él se adelantó y se ofreció en mi beneficio, recibiendo mi juicio y tomando mi lugar. Ya no puedo sentirme tan despreocupado cuando reconozco cuán serios son los sufrimientos de Cristo”. Por eso mandó Cristo a las mujeres: “no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas” (Lucas 23:28).

 

Es como si Jesús dijera: “Aprende de mi muerte lo que has ganado y lo que mereces recibir”. Es como matar a un perro pequeño para asustar al perro grande. Por eso el profeta dijo: “Todas las generaciones harán lamentación por él”. No dice que lo lamentan a él. Lamentan su propio destino. Esto explica por qué la gente se llenó de terror en Hechos 2:37, como ya lo mencioné, y dijo a los apóstoles: “Hermanos, ¿qué haremos?” La iglesia canta: “Esto pensaré con diligencia y mi alma se marchitará”.

 

Se debe considerar este punto con cuidado. El beneficio de los sufrimientos de Cristo depende totalmente de que se llegue a conocer bien  a sí mismo y se llene de terror hasta el punto de morir. Si no se llega a este punto, los sufrimientos de Cristo realmente no lo beneficiarán. Los sufrimientos de Cristo en realidad hacen a todas las personas iguales. Así como Cristo muere en forma horrible en su cuerpo y alma por nuestros pecados, nosotros, como él, tenemos que morir en nuestra conciencia por causa de nuestro pecado. Esto no sucede con muchas palabras, sino meditando y reconociendo profundamente nuestros pecados. Permite que ilustre mi punto. Digamos que una persona mala mata al hijo de un príncipe o rey sin molestarte a ti, y sigues cantando y jugando como si fueras totalmente inocente. Luego te arrestan y te convencen que por tu causa el niño fue asesinado. ¡Te daría horror! Tu conciencia te afligiría profundamente. Así debes estar aun más afligido cuando consideres los sufrimientos de Cristo. Los judíos que mataron a Cristo, y que ahora han sido juzgados y exiliados por Dios, sólo fueron los siervos de tus pecados. En verdad tú eres el que estranguló y crucificó al Hijo de Dios por medio de tus pecados.

 

Si alguien es tan frío e insensible que no se aterra cuando ve los sufrimientos de Cristo, debe temblar de terror. Debes llegar a ser como las imágenes del sufrimiento de Cristo. No puede ser de otra manera. O aquí en el tiempo y en el infierno por toda la eternidad. Al momento de tu muerte, si no antes, tendrás que llenarte de terror, temblar y agitarte con temor, y experimentar todo lo que Cristo sufrió en la cruz. Es terrible esperar hasta el momento de la muerte para hacer esto. Pide a Dios y ruega que él suavice tu corazón ahora para que puedas meditar en los sufrimientos de Cristo en una forma que lleve fruto. Es imposible meditar en los sufrimientos de Cristo por nuestra propia habilidad y poder. Dios tiene que implantar estos sufrimientos en nuestro corazón. Esta meditación en el sufrimiento de Cristo, como sucede con todas las doctrinas divinas, no se te da para que puedas salir y hacer con ella lo que te dé la gana. No, siempre primero debes buscar la gracia de Dios y anhelarla. Por ti mismo, no puedes hacer nada. Todo depende de la gracia de Dios. Los que nunca ven correctamente los sufrimientos de Cristo son  los que nunca invocan a Dios para pedir que los ayude. En lugar de eso, tratan de considerar el sufrimiento de Cristo por sí solos, y terminan considerando los sufrimientos de Cristo en una forma sólo humana y sin fruto.

 

Permite que diga esto en forma clara y abierta, para que todos lo oigan. Todo el que medita en los sufrimientos de Cristo en la forma correcta por un día, una hora, aun por quince minutos, está haciendo algo mucho mejor que ayunar por todo un año, rezar los salmos todos los días, o escuchar cien sermones. La meditación correcta en el sufrimiento cambia el carácter de la persona. Como en la regeneración, la persona nace de nuevo con esta meditación. Entonces los sufrimientos de Cristo logran su obra verdadera, natural y noble. Matan el viejo Adán. Eliminan de nosotros toda lascivia, placer y seguridad que tal vez pensemos que una criatura de Dios nos podría dar, así como Cristo fue abandonado por todos, inclusive por Dios.

 

Necesitamos reconocer que sentir que nacemos de nuevo no es algo que depende de nosotros. Puede ser que a veces oremos por ello, pero no lo recibimos en el momento. No debemos desesperarnos, sino seguir orando. A veces viene cuando no estamos pidiéndolo. Dios sabe lo que necesitamos. Hará lo que más nos conviene. Es libre y sin límites. Puede ser que cuando nuestra conciencia nos causa angustia y estamos profundamente insatisfechos con nuestra vida y lo que hemos hecho, no lo reconocemos, pero la pasión de Cristo está haciendo esto en nosotros. Por otro lado, algunos pueden pensar que están meditando en la pasión de Cristo, pero se enredan tanto en pensar en ellos mismos que no pueden encontrar la salida. El primer grupo realmente medita en la pasión de Cristo, los otros sólo presentan un espectáculo que resulta falso.

 

El consuelo del sufrimiento de Cristo

 

Hasta este punto en nuestra discusión, es como si estuviéramos en la Semana de la Pasión y el Viernes Santo. Ahora llegamos a la Pascua y la resurrección de Cristo. Cuando alguien, con la conciencia llena de terror, entiende de esta forma sus pecados, necesita cuidarse para que sus pecados no se queden en su conciencia, porque entonces no resultaría nada sino sólo la duda. Así como nuestros pecados fluyeron a Cristo y nos hicimos conscientes de ellos, debemos volver a derramarlos sobre él y librar nuestra conciencia. Cuídense de no morderse y devorarse unos a otros con los pecados en el corazón, corriendo aquí y allá con sus propias buenas obras, tratando de hacer satisfacción por ellos, intentando obrar la liberación de su pecado mediante indulgencias. ¡Es imposible! Desgraciadamente, todavía muchos, en muchas partes, piensan que encuentran un refugio en estas satisfacciones y peregrinajes.

 

Toma tus pecados y échalos sobre Cristo. Cree con un espíritu gozoso que tus pecados son sus heridas y sufrimientos. Él los lleva y hace satisfacción por ellos, como dice Isaías 53:6: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Pedro dice en 1 Pedro 2:24: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. En 2 Corintios 5:21 Pablo dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él”. Debes confiar en versículos como éstos en la Biblia con toda tu fuerza, aun más cuando tu conciencia trate de matarte. Nunca hallarás la paz si pierdes esta oportunidad para tranquilizar tu corazón. Tendrás tantas dudas que te desesperarás. Si pensamos demasiado en nuestros pecados, repasándolos una y otra vez en nuestra conciencia, manteniéndolos en nuestro corazón, pronto serán demasiados para que los podamos manejar y vivirán para siempre.

 

Pero cuando vemos nuestros pecados puestos en Cristo y lo vemos triunfar sobre ellos con su resurrección, y sin temor lo creemos, nuestros pecados están muertos y se desaparecen. No quedan sobre Cristo, sino son tragados por su resurrección. Ahora no ves ninguna herida, ningún dolor, ningún pecado en absoluto en él. Por eso Pablo dice en Romanos 4:25 que Jesús “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación”. En su sufrimiento Cristo hizo conocer nuestros pecados y fue crucificado por ellos. Por su resurrección nos hace justos y libra de todo pecado. Si no lo puedes creer, pide a Dios la fe. Esto depende totalmente de Dios. A veces él da la fe en una forma muy dramática y abierta, en otras ocasiones en forma secreta y tranquila.

 

Por tanto, esto es lo que debes hacer. Primero, deja de mirar los sufrimientos de Cristo ya. Han hecho su obra y te han aterrado. Sigue adelante a través de todas las dificultades y mira su corazón amistoso. Ve cuán lleno de amor está el corazón de Dios hacia ti. Este amor lo motivó a sobrellevar la pesada carga de tu conciencia y tu pecado. Si haces esto, tu corazón se llenará de dulce amor hacia él. La seguridad de tu fe se fortalecerá. Asciende más alto a través del corazón de Cristo al corazón de Dios y verás que Cristo no podría haberte amado si Dios no habría querido esto con su amor eterno. Cristo es obediente a este amor, y así te ama. En el corazón de Dios hallarás un corazón divino, bondadoso, paternal. Como dice Cristo, serás atraído al Padre por medio de Cristo. Entonces entenderás lo que Cristo quería decir cuando dijo en Juan 3:16: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”. Así conocemos a Dios como él quiere que lo conozcamos. No lo conocemos por su poder y sabiduría, que nos aterran, sino por su bondad y amor, Allí nuestra fe y confianza están inamovibles. Así la persona realmente nace de nuevo en Dios.

 

Cuando tu corazón está puesto en Cristo, eres un enemigo del pecado, por causa del amor y no porque temes el castigo. Los sufrimientos de Cristo deben ser un ejemplo para toda tu vida. Debes meditar en ellos de otra forma. Hasta ahora hemos considerado la pasión de Cristo como un sacramento que obra en nosotros. Ahora queremos considerarla de otra forma, como algo que obra en nosotros cuando sufrimos. Cuando llegue el día en que la enfermedad y el dolor pesen sobre ti, piensa cuán poco monto es en comparación con las espinas y los clavos de Cristo. Si tienes que hacer algo que no quieres, o no puedes hacer algo que quieres, piensa cómo Cristo fue conducido por otros, atado como prisionero. ¿Te hiere el orgullo? Piensa cómo el Señor fue burlado y avergonzado en compañía con los asesinos. ¿Te llegan pensamientos sexuales impuros y lascivia, imponiéndose en ti? Piensa en qué amargo fue para Cristo que se le rompiera su tierna carne, fuera lacerado y azotado, una y otra vez. ¿Hay odio y envidia luchando en ti, o buscas vengarte? Recuerda cómo Cristo oró por ti, y por todos sus enemigos, con muchas lágrimas y gritos. ¡Él tuvo más razón que tú para buscar la venganza! Si algún problema o adversidad te molesta en cuerpo o alma, ¡ten ánimo! Di: “Por qué no debo yo también sufrir un poco, puesto que mi Señor sudó sangre en el huerto a causa de su angustia y dolor? Sería un siervo flojo y vergonzoso si sólo quisiera acostarme en mi cama mientras mi Señor tiene que batallar con una muerte dolorosa”.

 

De esta forma hallas fortaleza en Cristo y te consuelas cuando luchas con toda clase de vicio y malas costumbres. Así se debe meditar en la pasión de Cristo. Éste es el fruto de su sufrimiento. Por eso el que medita en la pasión de Cristo de esta forma realmente hace algo mejor que oír la lectura de toda la historia de la pasión, o leer toda clase de cometarios bíblicos. Las personas que hacen la vida y el nombre de Cristo parte de su propia vida con toda razón reciben el nombre de cristianos, como dice Pablo en Gálatas 5:24: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. Tenemos necesidad de meditar en la pasión de Cristo, no con muchas palabras o con una exhibición impresionante, sino usándola debidamente en nuestra vida. Pablo nos amonesta en Hebreos 12:3: “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar”. Pedro dice en 1 Pedro 4:1: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento”. Pero esta clase de meditación en la pasión de Cristo no se usa mucho. Es muy excepcional, aunque las epístolas de Pablo y Pedro están llenas de ella. Hemos cambiado la esencia de la meditación en la pasión de Cristo en un espectáculo, y sencillamente hemos pintado la meditación de la pasión de Cristo en letras y en las paredes.

 

¡A Dios solo sea la gloria!

domingo, 13 de abril de 2025

RICHARD BAXTER (1)

 

 

La naturaleza humana no cambia, pero sí los tiempos y las épocas, y todos los seres humanos son hijos de su propia era en una medida mayor de lo que ellos, o quienes ven hacia atrás, ya sea para elogiar o culpar, tienden a dares cuenta. Esto es notablemente cierto de los grandes comunicadores cristianos del pasado: Agustín, Luther, Bunyan, Whitefield, Wesley, Spurgeon, y similares. Con razón, reconocemos como héroes a nuestros hermanos de sangre en la fe, y al hacerlo, fallamos en verlos en terminus de su propio mundo. Richard Baxter es otro de ellos. Aunque trascendió a su época en muchas maneras, él era parte de ella, y deberíamos empezar nuestro relato observando algunos factores clave sobre la historia y la cultura a la que pertenecía.

En su vida adulta, a Baxter se le identificaba como puritano, un término despectivo, pero que él aceptaba, aunque cada vez más, él se refería a sí mismo como “simple cristiano” un amigo prudente de las iglesias de todo credo y sus seguidores, aunque demostrando no estar comprometidocon alguna de ellas. Sin embargo, “puritano” era un término que lo identificaba como estando involucrado en unmovimiento reformista de izquierda, a veces impaciente e imprudente, que había estado causando problemas en Inglaterra desde que empezó el reinado de Elizabeth.

Se había desarrollado en dos direcciones: política y pastoral. El ala política exigía, sin éxito, la radicalización del acuerdo isabelino en varias formas. De sus filas habrían de venir los revolucionarios que, provocados más allá de lo soportable, por la autocracia y mala fe de Carlos I, finalmente pelearon y lo ejecutaron y establecieron un territorio autónomo bien intencionado, pero de poca duración. Por otro lado, los puritanos pastoralmente orientados se entregaron a la predicación, enseñanza y a lo que nosotros llamaríamos evangelismo. Su objetivo era la conversión de toda Inglaterra a la fe vital bíblica y reformada. Para este fin, ellos produjeron un caudal constante de literatura sobre catecismo, homilía y devocional. Este era el principal campo de ministerio propio de Baxter; aunque incursionaba en asuntos políticos, su contribución principal era como uno de los escritores más talentosos de material devocional didáctico del puritanismo, tal como veremos.

El propósito pastoral puritano puede enfocarse como el fomento de un estilo reformado de la devoción agustina, empezando con una conversión regeneradora (fe en Cristo, arrepentimiento ante Dios, afirmación de la aceptación justificante y la adopción en la familia de Dios, comunión en adoración con el Padre y el Hijo y la obediencia diaria a la ley de Dios por medio del poder del Espíritu Santo). La vida cristiana como tal tomaría la forma de amor y servicio (buenas obras) en la familia, la iglesia y la sociedad; monitoreada por la búsqueda consciente de sus dos preocupaciones. La preocupación número uno era discerner el deber, eso es, las acciones específicas para cada día según la voluntad de Dios bíblicamente revelada. La preocupación número dos era el autoexamen o la autobúsqueda, la revisión regular de los motivos y las acciones de uno para estar seguro de que uno estaba viviendo como un creyente real y no como un “evangélico hipócrita” autoengañado, tal como a veces se les llamaba a los legalistas calienta-bancas. Los puritanos visualizaban la vida como un paisaje entrecruzado por muchos senderos, de los cuales uno tenía siempre que buscar discernir y seguir el que más honraba a Dios, el cual sería el más sabio y mejor para los demás y para uno mismo. Casuística era el nombre puritano para el estudio de los principios para tomar esta decisión cada vez, y conflicto con el mundo, la carne y el diablo se entendía que estaba involucrado en hacerlo. Baxter era un maestro experto con relación a todas estas preocupaciones, y cerca de la mitad de los dos mil adultos que habitaban Kidderminster se convirtieron en puritanos bajo su instrucción.

 

Richard Baxter vivió de 1615 a 1691. Aunque enfermizo desde finales de su adolescencia, él nunca careció de energía mental e iniciativa. Vivió la Guerra Civil como un capellán del ejército, el Commonwealth como un pastor urbano, la Restauración como pastor rechazado, la persecución posterior como uno que, después de muchos años evadiendo el arresto por predicar sin autorización, finalmente pasó dos años en prisión, y la Ley de Tolerancia en 1689, posterior a la Revolución, dándole libertad total para el ministerio durante los últimos dos años de su vida.

Él nació y fue criado en el área rural de Shropshire, en la región central de Inglaterra; era hijo de un caballero de la villa, en el sentido de esa palabra en el siglo XVII, eso es, tenía una propiedad, a pequeña escala en este caso. El padre de Baxter después de haber perdido mucha riqueza en el juego, se volvió un cristiano serio. Un día, le compró a un vendedor ambulante un devocional puritano, escrito por Richard Sibbes Reed and Smoking Flax (1630);  su hijo Richard lo leyó, y fue esto más que cualquier otra cosa lo que llevó a Richard Baxter a ser un cristiano comprometido serio en algún momento de su adolescencia. Él fue brillante en la escuela, pero su padre lo desvió imprudentemente de la universidad; sin embargo, habiendo tomado la decision sobre el ministerio pastoral como carrera, él obtuvo la ordenación en 1638.

Después de un año de ser profesor, se convirtió en un “profesor numerario” (predicador suplente, sostenido con fondos privados) primero en Bridgnorth de Shropshire y, luego, en el pueblo de tejedores Kidderminster, en la zona central de Inglaterra, donde, como pastor principal desde 1647, disfrutó su gran éxito.

Alto y delgado, alerta y amigable, Baxter era un pensador rápido, un disertante elocuente, un predicador apasionado, un polemista formidable y un escritor muy veloz sobre una amplia variedad de temas. Pronto se volvió conocido por su productividad extraordinaria; Carlos I lo conocía y se refería a él como “el garabato Dick”. Él empezó a toda marcha con su primer libro devocional, con más de 800 páginas del tamaño de un cuarto de carta, llamado The Saints’ Everlasting Rest (1650), el cual se convirtió rápidamente en uno de los más vendidos y se reimprimió anualmente en los primeros 10 años de su existencia. Durante su pastorado, estuvo produciendo constantemente sobre varios temas, y después de ser expulsado del pastorado de la Iglesia de Inglaterra, bajo la ley de uniformidad de 1662, él consideró el escribir como la tarea primordial que Dios le dio en su reino; por lo tanto, durante las últimas tres décadas de su vida, Baxter trabajó arduamente en ello, convirtiéndose en el escritor teológico, inglés, más grande de todos los tiempos. Lo más significativo pastoralmente fue la finalización de una serie ya empezada para el discipulado de la gente de la iglesia desde sus primeros pasos en la edad adulta hacia la fe y la devoción personal para la totalidad de su vida cristiana. Una vez, el arzobispo Usher lo había animado para que lo intentara, y Baxter llegó a sentir que era un mandato de Dios. Los títulos en estas series hasta su artículo final eran como sigue:

El método correcto para una paz de conciencia

establecida y el consuelo espiritual (1653)

Un tratado de la conversión (1657)

Un llamado al inconverso para cambiar y vivir (1658)

Indicaciones y persuasiones para una convicción sólida (1658)

La crucifixión del mundo por la cruz de Cristo (1658)

Unidad cristiana (1659)

Un tratado de autonegación (1660)

La religión vana del hipócrita formal detectada (1660)

Las jugarretas de la autoignorancia y los beneficios del autoconocimiento (1662)

Ahora o nunca (1662)

Santo o bestia (1662)

La vida divina (1664)

Indicaciones para los cristianos débiles y trastornados (1669)

La vida de fe (1670)

sábado, 5 de abril de 2025

BENEFICIOS DE LA LECTURA DE LA BIBLIA (final)

 

Las Escrituras y El Amor

En las publicaciones anteriores hemos procurado indicar algunas de las maneras en que podemos discernir si nuestra lectura y estudio de las Escrituras ha sido de bendición o no para nuestras almas. Muchos se engañan en este asunto, confundiendo un deseo para adquirir conocimiento con un amor espiritual de la Verdad (2ª Tesalonicenses 2:10), no dándose cuenta de que la adición de conocimiento no es lo mismo que el crecimiento de la gracia. Gran parte depende del objetivo que nos proponemos cuando nos dirigimos a la Palabra de Dios. Si es simplemente el familiarizarnos con su contenido para estar mejor versados en sus detalles, es muy probable que el jardín de nuestras almas permanezca sin flores; pero si es el deseo, en oración, de ser corregidos y enmendados por la Palabra, de ser escudriñados por el Espíritu, de ser conformados en nuestro corazón por sus santos requerimientos, entonces podemos esperar una bendición divina.

En esas publicaciones precedentes nos hemos esforzado para indicar las cosas vitales por medio de las cuales podemos descubrir qué progreso estamos haciendo en nuestra piedad personal. Se han dado varios criterios, los cuales han de ser usados por el autor y por el lector sinceramente, para medirse con ellos. Hemos insistido en pruebas como: ¿Crece en mí el aborrecimiento al pecado, y la liberación práctica de su poder y contaminación? ¿Estoy progresando en la intensidad el conocimiento de Dios y de Jesucristo? ¿Es mi vida de oración más sana? ¿Son mis buenas obras más abundantes? ¿Es mi obediencia más fácil y alegre? ¿Vivo más separado del mundo y sus afectos y caminos? ¿Estoy aprendiendo a hacer un uso recto y provechoso de las promesas de Dios, me deleito en El, y es su gozo mi fuerza cada día? A menos que pueda decir que estas cosas son mi experiencia, por lo menos en cierta medida, es de temer que mi estudio de las Escrituras no me beneficia poco ni mucho.

No parecería apropiado terminar este tema sin dedicar uno a la consideración del amor cristiano. La extensión en la cual cultivo esta gracia espiritual me ofrece todavía un modo de medir hasta qué punto mi lectura de la Palabra de Dios me ha ayudado espiritualmente. Nadie puede leer las Escrituras con un poco de atención sin descubrir lo mucho que tienen que decir sobre el amor, y por tanto nos corresponde a cada uno el discernir, con cuidado y en oración, si hay en nosotros realmente amor espiritual, y si su estado es sano y es ejercido propiamente.

El tema del amor cristiano es demasiado extenso para que lo podamos considerar en sus varias fases dentro del espacio de una publicacion en este blog. Deberíamos empezar, propiamente contemplando el ejercicio de nuestro amor hacia Dios y hacia Cristo, pero esto ya lo hemos tocado, por lo menos, en los capítulos precedentes, y no vamos a insistir. Se puede decir mucho, también, acerca de la naturaleza del amor natural que debemos a lo que pertenecen a la misma familia que nosotros pero, hay menos necesidad de hablar de esto que de otro tema, o sea, el del amor espiritual a lo hermanos, los hermanos en Cristo.

 

1. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando percibimos la gran importancia del amor cristiano. En ninguna parte se hace más énfasis sobre esto que en el capítulo trece de 1ª Corintios. Allí el Espíritu Santo nos dice que aunque un cristiano profeso pueda hablar con elocuencia de las cosas divinas, si no tiene amor, es como un címbalo que retiñe, o sea un ruido, sin vida. Que aunque pueda profetizar, comprender los misterios y tener sabiduría, y tenga fe para obrar milagros, si carece de amor, espiritualmente es como si no existiera. Es más, si con altruismo diera todas sus posesiones para alimentar a los pobres, si entregara su cuerpo a una muerte de mártir, con todo, si no tiene amor, no le aprovecha para nada. ¡Cuán alto es el valor que se pone sobre el amor, y cuán esencial para mí es el poseerlo!

Dijo nuestro Señor: «En esto conocerá el mundo que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros» (Juan 13:35). Por el hecho de que Cristo hiciera del amor la marca distintiva del discipulado cristiano podemos darnos cuenta de la gran importancia del amor. Es una prueba esencial de autenticidad en nuestra profesión: no podemos amar a Cristo a menos que amemos a los hermanos, porque todos estamos atados en el mismo « Aunque alguien se haya levantado para perseguirte y atentar contra tu vida, con todo, la vida de mi señor será ligada en el haz de los que viven delante de Jehová tu Dios, y él arrojará la vida de tus enemigos como de en medio de la palma de una honda.» (1ª Samuel 25:29) con El.

El amor a aquellos que El ha redimido es una evidencia segura del amor espiritual y sobrenatural al Señor Jesús mismo. Donde el Espíritu Santo ha obrado el nacimiento sobrenatural, El sacará esta naturaleza para que se ejercite, producirá en los corazones, vida y conducta de los santos las gracias sobrenaturales, una de las cuales es amar a los que son de Cristo, por amor a Cristo.

 

2. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando discernimos las distorsiones del amor cristiano. Como el agua no puede levantarse por sí sola del nivel en que se encuentra, el hombre natural es incapaz de comprender, y aún menos apreciar, lo que es espiritual (1ª Corintios 2:14 Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente ). Por tanto no debernos sorprendernos cuando hay profesores no regenerados que confunden el sentimentalismo humano y los placeres de la carne con el amor espiritual. Pero, es triste ver que algunos del pueblo de Dios viven en un plano tan bajo que confunden la amabilidad y afabilidad humanas con la reina de las gracias cristianas. Aunque es verdad que el amor espiritual se caracteriza por la mansedumbre y la ternura, sin embargo es algo muy diferente y muy superior a la cortesía y delicadezas de la carne.

¡Cuántos padres que idolatraban a sus hijos les han evitado la vara de la corrección, bajo la falsa idea de que el afecto real y el disciplinarlos eran algo incompatible! ¡Cuántas madres imprudentes han desdeñado el castigo corporal y proclamado que el «amor» es la norma de su hogar! Una de las experiencias más tristes del autor, en sus extensos viajes, ha sido el pasar algunos días en lugares en que los hijos eran mimados hasta el absurdo. Es una nociva perversión de la palabra «amor» el aplicarla a la flojedad y laxitud moral por parte de los padres. Pero, esta misma perniciosa idea rige en la mente de muchas personas en otros aspectos y relaciones. Si un siervo de Dios reprime los caminos de la carne y del mundo, si insiste en los derechos estrictos de Dios, se le acusa de «carecer de amor». ¡Oh, cuán terrible que haya multitudes engañadas por Satán en este importante punto!

 

3. Nos hemos beneficiado de la Palabra, cuando nos ha enseñado la verdadera naturaleza del amor cristiano. El amor cristiano es una gracia espiritual que permanece en las almas de los santos junto con la fe y la esperanza (1ª Corintios 13:13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.). Es una santa disposición obrada en los que han sido regenerados (1ª Juan 5:1 Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él.). No es nada menos que el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Romanos 5:5 y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado). Es un principio de rectitud que busca el mayor bien posible para los otros. Es exactamente lo opuesto al principio del egoísmo y la indulgencia en favor de uno mismo. No es sólo una mirada afectuosa a todos los que llevan la imagen de Cristo, sino también un deseo poderoso de fomentar su bienestar. No es un sentimiento frívolo que se ofende fácilmente, sino una fuerza dinámica que «las muchas aguas» de la fría indiferencia, ni las «avenidas» de los ríos no podrán apagar ni ahogar (Cantares 8:7 Las muchas aguas no podrán apagar el amor, Ni lo ahogarán los ríos.  Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor,  De cierto lo menospreciarían.).

Aunque en un grado menos elevado es en esencia el mismo amor del que leemos: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13:1).

No hay una manera más segura de formarse un concepto claro de la naturaleza del amor cristiano que estudiándolo en su perfecto ejemplo, en Cristo y por Cristo. Cuando decimos un «estudio concienzudo» queremos decir que hacemos un reconocimiento de todo lo que los cuatro Evangelios nos dicen de El, y no nos limitamos a unos pocos pasajes o incidentes predilectos.

Cuando hacemos esto nos damos cuenta que este amor no sólo era benevolente y magnánimo, dulce y cuidadoso, generoso y dispuesto al sacrificio, paciente e inmutable, sino que había aún muchos otros elementos en él. Era amor que podía negar una petición urgente (Juan 11:6 Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba), reprender a su madre (Juan 2; 4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer?), echar mano de un azote (Juan 2: 15 Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas;), regañar severamente a sus discípulos que dudaban (Lucas 24:25 Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!), apostrofar a los hipócritas (Mateo 23:13-33 ). Era amor severo a veces (Mateo 16:23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.), incluso airado (Marcos 3:5 Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.). El amor espiritual es algo sagrado: es fiel a Dios; no hace componendas con nada malo.

 

4. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando descubrimos que el amor cristiano es una comunicación divina: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos» 1ª Juan 3:14). «El amor a los hermanos es el fruto y efecto de un nacimiento nuevo y sobrenatural, obrado en nuestras almas por el Espíritu Santo, es una bendita evidencia de que hemos sido escogidos en Cristo por el Padre Celestial, antes que el mundo fuese. El amar a Cristo y a los suyos, nuestros hermanos en El, es congruente con lo que la divina naturaleza que ha hecho que seamos partícipes de su Santo Espíritu.

 Este amor a los hermanos debe ser un amor peculiar, tal, que sólo los regenerados pueden participar en él, y que sólo ellos pueden ejercitar, pues de otro modo el apóstol no lo habría dicho así de un modo particular; es tal que aquellos que no lo tienen no han sido aún regenerados; de lo que se sigue que «el que no ama a su hermano no vive en Cristo.

El amor a los hermanos es muchísimo más que el encontrar agradable la compañía de aquellos cuyos temperamentos son similares a los nuestros y con los cuales nos avenimos. Pertenece no ya a la mera naturaleza, sino que es algo espiritual, sobrenatural. Es el corazón que, es atraído hacia aquellos en los cuales percibimos haber algo de Cristo. Por ello es mucho más que un espíritu de congregación o compañía; abarca a todo! aquellos en los que vemos la imagen del Hijo de Dios. Por tanto, es amarlos por amor de Cristo por lo que vemos en ellos de Cristo. Es el Espíritu Santo que me atrae para juntarme con los hermanos y hermanas en los que Cristo vive.

De modo que el amor cristiano real no es sólo un don divino, sino que depende totalmente de Dios para su vigor y ejercicio. Hemos de orar diariamente para que el Espíritu Santo lo ponga en acción y manifestación, hacia Dios y hacia su pueblo, este amor que él ha derramado en nuestro corazón.

 

5. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando ponemos en práctica rectamente el amor cristiano.

Esto se hace no tratando de complacer a los hermanos o congraciándonos con ellos, sino cuando verdaderamente procuramos su bien. «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos » (1ª Juan 5:2). ¿Cuál es la prueba real de mi amor personal a Dios? El guardar sus mandamientos (Juan 14:15 Si me amáis, guardad mis mandamientos., 21 El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.  24 El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió ; Juan 15: 10 Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.).

 

La autenticidad y la fuerza de mi amor a Dios no han de ser medidas por mis palabras, ni por lo robusto y sonoro de mis cánticos de alabanza, sino por la obediencia a su Palabra. El mismo principio es válido en mis relaciones con mis hermanos.

«En esto se conoce que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos.» Si estoy haciendo comentarios sobre las faltas de mis hermanos y hermanas, si estoy andando con ellos en un curso en que trato de darles satisfacción, esto no significa que «los amo». «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado» (Levítico 19:17). El amor ha de ser practicado de una manera divina, y nunca a expensas de mi amor a Dios; de hecho, sólo cuando Dios tiene el lugar apropiado en mi corazón puede ser ejercido el amor espiritual hacia los hermanos. El verdadero amor no consiste en darles satisfacción, sino en agradar a Dios y ayudarlos; y sólo puedo ayudarlos en el camino de los mandamientos de Dios.

El halagar a los hermanos no es amor fraternal; el exhortarse uno a otro, instando a proseguir adelante en la carrera que tenemos delante, las palabras que animan a «mirar a Jesús» (corroboradas por el ejemplo de nuestra vida diaria) son de mucha más utilidad. El amor fraternal es algo santo, no un sentimiento carnal o una indiferencia en cuanto al camino que siguen. Los mandamientos de Dios son expresiones de su amor, así como de su autoridad, y el no hacer caso de ellos, aun cuando sea por cariño o afecto al otro, no es «amor» en absoluto. El ejercicio del amor ha de conformarse estrictamente a la voluntad de Dios revelada. Hemos de amar « El anciano a Gayo, el amado, a quien amo en la verdad.» (3 Juan l).

 

6. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos enseña las manifestaciones variadas del amor cristiano. El amar a los hermanos y manifestarles el amor en su variadas formas es nuestro deber.

Pero, en ningún momento podemos hacer esto de modo más verdadero y efectivo, y con menos afectación y ostentación que cuando tenemos comunión con ellos en el trono de la gracia. Hay hermanos y hermanas en Cristo en los cuatro costados de la tierra, de cuyas tribulaciones, conflictos, tentaciones y penas, yo no sé nada; a pesar de ello puedo expresar mi amor hacia ellos, y derramar mi corazón ante Dios en favor suyo, mediante la súplica y la intercesión. De ninguna otra manera puede el cristiano manifestar su cuidado y afecto hacia sus compañeros de peregrinación mejor que usando todos sus intereses en el Señor Jesús en favor suyo, suplicando su misericordia en favor de ellos.

«Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1ª Juan 3:17, 18). Muchos hijos de Dios son muy pobres en bienes de este mundo. Algunas veces se preguntan por qué es así; es una gran prueba para ellos. Una razón por la que Dios permite esto es que otros de sus santos puedan tener compasión de ellos y ministrar a sus necesidades temporales de la abundancia de la que Dios les ha provisto a ellos. El amor real es intensamente práctico; no considera ninguna tarea demasiado baja; ninguna faena humillante, si por medio de ella puede aliviar los sufrimientos del hermano. ¡Cuando el Señor del amor estaba en la tierra, pensaba en el hambre física de las multitudes y en la comodidad de los pies de los discípulos!

Pero hay algunos de los hijos de Dios que son tan pobres que no pueden compartir lo poco que tienen con nadie. ¿Qué pueden, pues, hacer éstos? ¡Pueden hacerse cargo de las preocupaciones espirituales de todos los santos; interesarse en favor de ellos delante del trono de la gracia!

Conocemos por cuenta propia los sentimientos, aflicciones y quejas de que otros santos se quejan, por haber atravesado sus mismas circunstancias. Sabemos por experiencia propia cuán fácil es dar lugar al espíritu de descontento y de murmuración. Pero también sabemos, que cuando hemos clamado al Señor que ponga su mano calmante sobre nosotros, y cuando nos ha recordado alguna preciosa promesa, ¡qué paz y sosiego ha venido a nuestro corazón! Por tanto pidamos a Dios que dé su gracia también a todos su santos en aflicción. Procuremos hacer nuestras sus cargas, llorar con los que lloran, así como gozarnos con los que se gozan. De esta manera expresaremos nuestro amor real por sus personas en Cristo, rogando al Señor suyo y nuestro que se acuerde de ellos en su misericordia sempiterna.

Esta es la manera en que el Señor Jesús manifiesta ahora su amor por sus santos: «Viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25). Cristo hace de la causa de ellos la suya, y ruega al Padre en favor suyo. Cristo no olvida a nadie: toda oveja perdida se halla cargada en el corazón del Buen Pastor. Así, expresando nuestro amor a los hermanos en oraciones diarias suplicando por sus varias necesidades, somos llevados a la comunión con nuestro Sumo Sacerdote. No sólo esto, pero también sus santos se nos harán más queridos por ello: nuestro mismo rogar por ellos como amados de Dios, aumentará nuestro amor y nuestra estima en favor de los tales. No podemos llevarlos en nuestro corazón ante el trono de la gracia sin tener en lo profundo de nuestro corazón un afecto real por ellos. La mejor manera de vencer el espíritu de amargura contra un hermano que nos ha ofendido es ocuparnos en orar por él.

 

7. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos enseña la manera apropiada de cultivar el amor cristiano. Sugerimos dos o tres reglas para ello:

 Primero: reconocer desde el principio que tal como hay en ti (en mí) mucho que ha de ser una prueba severa para el amor de los hermanos, habrá también mucho en ellos que va a hacer difícil nuestro amor a ellos. «Soportándoos con paciencia los unos a los otros con amor» (Efesios 4:2) es una gran amonestación sobre este tema que ninguno de nosotros debería olvidar. Es sin duda singular que la primera cualidad del amor espiritual que se menciona en 1ª Corintios 13; 1- 8   Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. 2  Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. 3  Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. 4  El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; 5  no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 6  no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. 7  Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 8  El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.

Segundo: la mejor manera de cultivar cualquier virtud o gracia es ejercitarla. El hablar teorizar sobre ella no sirve para mucho, a menos que se ponga en acción. Muchas son las quejas que se oyen hoy en día sobre la escasez de amor evidente en muchos lugares: ¡ésta es una razón más para que procuremos nosotros dar un mejor ejemplo! Que la frialdad y desinterés de los otros no diluyan tu amor, sino «vence con el bien el mal» (Romanos 12:21). Considera en oración 1ª Corintios 13 por lo menos una vez cada semana.

Tercero: por encima de todo procura que tu propio corazón se recree en la luz y calor del amor de Dios. Cuanto más te ocupes del amor de Cristo para ti, invariable, incansable, insondable, más se sentirá tu corazón atraído en amor a aquellos que son suyos. Una hermosa ilustración de esto se halla en el hecho que el apóstol particular que escribió más acerca del amor fraternal fue el que reclinó su cabeza sobre el pecho del Maestro. El Señor conceda la gracia necesaria al lector y al autor (que tiene de ello más necesidad que nadie), de observar estas reglas, para la alabanza y gloria de su gracia, y para el bien de su pueblo.

 

Que Dios bendiga vuestra lectura. ¡¡Maranatha!!