"Entonces
respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo: ¿quién es ése que oscurece
el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te
preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
Házmelo saber, si tienes inteligencia" (Job 38:1-4).
En
la publicación anterior hemos visto que Eliú, queriendo amonestar a Job, afirmó
que él mismo también era un hombre mortal, para que Job no pudiera quejarse de
ser tratado por un poder demasiado alto. Luego mostró que Dios quería que
procediera por medio de la razón y con dulzura; como también la usa con
nosotros; porque nos protege, haciendo que su palabra nos sea predicada por hombres
semejantes a nosotros, de manera que podamos acercarnos con más familiaridad a
lo que él propone; la doctrina es masticada para nosotros.
Vemos entonces que Dios ha tenido piedad de
nosotros cuando ordena a hombres como ministros de su palabra, y a aquellos que
nos enseñan en su nombre y por su autoridad. Porque él sabe lo que podemos
llevar, y puesto que somos débiles, pronto seríamos tragados por su majestad, y
abatidos por su gloria. Y por eso es que condesciende a nuestra pequeñez cuando
nos instruye por medio de hombres. Sin embargo, también es preciso que nosotros
seamos tocados a efectos de rendirle la reverencia que él merece; porque sin
esto abusaríamos de su bondad, y finalmente, al acercarse a nosotros, sería como
que le hiciéramos compañía. Esto es lo que ahora se nos narra, que Dios viendo
que Job no fue suficientemente sumiso a las proposiciones y razones presentadas
por Eliú, le hace experimentar su grandeza desde un torbellino; para que, siendo
atemorizado así, pudiera reformarse por el reconocimiento de sus faltas, y que
pudiera obedecer enteramente lo que le es presentado.
Así
vemos que Dios se acomoda de todos los modos posibles a nosotros, a efectos de ganarnos.
Porque por un lado él mismo se humilla. ¿Y por qué? Porque ve que nosotros
somos demasiado crudos y groseros para ascender a él. Sin embargo, puesto
que hay un orgullo demasiado grande en nuestras mentes, es preciso que los
experimentemos a él tal como es, a efectos de aprender a temerle y de oír su
palabra en toda humildad y solicitud. Este es un punto que tenemos que
observar bien; porque por este medio vemos el amor que tiene a nuestra salvación.
Porque ciertamente tiene que estar preocupado por nosotros para transfigurarse
de tal manera por así decirlo, que no se conforma a hablar en términos iguales;
en cambio, viendo que es bueno y propicio para nosotros, él nos implora; y
luego, viendo que semejante bondad no puede volvernos de nuestro desprecio, él
se levanta y se magnifica en la medida que le es propia a él; para que nosotros
podamos conocer nuestra condición a efectos de sujetarnos enteramente a él. Y,
tanto más debiéramos desear ser enseñados en su palabra viendo que ella ha sido
conformada a la medida de nuestro entendimiento y que Dios no ha olvidado nada
de lo que se requería y de lo que era útil para nuestra salvación. Viendo entonces
que nuestro Dios estaba dispuesto a descender a nuestro nivel y que, sin
embargo, asciende para reformarnos de modo que le obedezcamos, tomemos tanto
más coraje para escucharle cuando habla. Y no usemos la frívola excusa
de que la palabra de Dios es demasiado elevada y oscura para nosotros, o que quizá
sea demasiado aterradora, o quizá demasiado simple. Porque cuando cada cosa
ha sido evaluada y reducida, es cierto que nuestro Señor nos propone una
majestad en su palabra, que hará temblar a toda criatura; también hay una
simpleza para que pueda ser recibida por el más ignorante y necio; hay una
claridad tan grande en ella que podemos recibirla sin haber ido a la escuela,
con tal de estar dispuesto a ser enseñados; porque no es sin motivo que él sea
llamado "Maestro" por los humildes y pequeños.
Esto
es lo que hemos de notar en primer lugar de este pasaje; es decir, cuando
Dios nos habla por boca de hombres, es para que nos acerquemos a él con mayor
libertad, que recibamos lo que él nos presenta de su parte con mayor facilidad
y que no nos asombremos en medida excesiva; pero puesto que estamos endurecidos
más allá de toda esperanza, y no le rendimos el honor que él merece, nos hace
experimentar cómo él es, y se eleva en majestad, para que ello pueda inducirnos
a rendirle homenaje.
Ahora,
se dice específicamente que "el Señor habló a Job desde un
torbellino"; que no fue suficiente con darle una señal de su presencia,
sino que estuvo allí semejante a un torbellino.
Muchas
veces encontramos en las escrituras que Dios se movía así mediante el estrépito
de truenos queriendo hablar a sus creyentes; pero, especialmente aquí, tenemos
que evaluar la circunstancia de que Job todavía no estaba totalmente en jaque
mate, y que Dios tuvo que mostrarle una fuerza terrible. Por este motivo
entonces, tronó y se movió en un torbellino, a efectos de que Job pudiera saber
con qué maestro se las tenía que ver. En general se dice que Dios realmente
habita en una nube oscura, o quizá que esté rodeado de claridad; sin embargo,
es algo que no podemos captar; si queremos contemplar a Dios nuestros sentidos
se marean, de manera que hay una oscuridad muy especial. Entonces se describe
correctamente, en términos generales, la gloria de Dios, a efectos de que no
queramos inquirir demasiado en sus consejos que para nosotros son imposibles de
captar; sino que de esa manera podamos gustar lo que a él le agrade revelarnos,
y que, entre tanto, sepamos que todos nuestros sentidos son indignos, a menos que
él se complazca en acercarnos a nosotros, o quizá de elevarnos hacia él; pero
para una consideración aun diferente, es decir, debido a nuestra rebelión Dios
tiene que mostrarse en forma aterradora. Es cierto que tal vez él no quiera
otra cosa que acercarnos a él con dulzura; y vemos que usa modos amorosos,
cuando los hombres están dispuestos a someterse a él, que él nos invita con
tanto sentido de humanidad como es posible; pero cuando percibe alguna dureza de
corazón, tiene que abatirnos en el comienzo mismo. Porque de otra manera, ¿de
qué aprovechará que nos hable? Su palabra será despreciada por nosotros, o tal
vez ni siquiera entre en nuestro corazón. Es por eso que, publicando su ley se
movía en torbellinos, para que las trompetas sonaran en el aire, para que cada
uno temblase, que la gente estuviese atemorizada por ello, como diciendo,
"Que no nos hable el Señor, de lo contrario todos seremos muertos, seremos
abatidos." ¿Por qué es que Dios movió así toda la tierra, y que su voz
haya resonado en forma tan aterradora? ¿Acaso quería alejar tanto a su pueblo
que éste ya no pudiera escucharlo? Al contrario, está dicho, "No en vano
dio su ley," pero quiso dar ciertas instrucciones a su pueblo, es decir,
el camino de vida.
De
manera entonces, no era para atemorizar que moviese a los estruendos y
tempestades del aire; no fue esa, digo, su intención; pero esto ser vio como
preparación para hacer descender la altivez de la gente; ésta jamás habría
obedecido a Dios o a su palabra, jamás habría conocido siquiera la autoridad de
aquel que habla sin estas señales que fueron agregadas. Entonces notemos bien
que no es una cosa superflua que Dios haya hablado así desde un torbellino. Y
si un hombre tan santo, que había aplicado todo su estudio al propósito de
honrar a Dios, tenía que ser refrenado de tal manera, ¿qué de nosotros?
Comparémonos con Job.
Aquí
hay un espejo de santidad angelical. Hemos visto las protestas que presentó
aquí abajo; y si bien fue afligido hasta el límite, a pesar de murmurar, y
aunque se le escaparon expresiones extravagantes; con todo ello siempre retuvo
el principio de adorar a Dios, y de humillarse bajo su majestad; en general cumplió
con esto, aunque en parte cayó.
Ahora nosotros somos carnales a más no poder,
y nuestras vanidades nos extravían de tal manera que, por así decirlo, estamos
embriagados; difícilmente consideramos que existe un juez en el cielo; y cuando
nos es propuesta su palabra somos más crudos incluso que los asnos. Entonces,
¿acaso no es necesario que nuestro Señor nos haga experimentar su majestad, y
que seamos conscientemente afectados por ella? Ahora, es cierto que Dios no
levanta tempestades a efectos de que conozcamos que es él quien habla; pero él
tiene que usar otros medios para que nos dispongamos a venir a él, como también
vemos que lo hace. Entonces, cuando alguien tenga algunos escrúpulos, y algunos
problemas de conciencia, cuando otro sea afligido por enfermedad, y otro tenga
otras adversidades, sepamos que es Dios quien nos llama a sí mismo viendo que
no venimos a estas cosas por nuestra libre voluntad, que no nos acercamos para
oír su palabra; él refrena esa dureza de corazón tal como se requiere para que
nuestros espíritus puedan ser doblegados a la correcta obediencia.
Entonces,
Dios ve esa rebelión en nosotros; él se ve precisado a usar estos modos y medios
que ya he mencionado para acercarnos a él y ganarnos para sí mismo; para que
nosotros podamos oírle él tiene que hablarnos desde un torbellino; no es que
así sea con todos; porque vemos a algunos que dan coces contra el aguijón, y
actúan como caballos salvajes, y aunque Dios los cuide, ellos no ganan nada así.
¿A cuántos de estos tipos malogrados se ve, a quienes Dios habrá castigado de
tantas maneras, a quienes habrá golpeado en la cabeza con fuertes martillazos,
de manera que, por muy duros que sean, tendrían que haberse ablandado? Sin
embargo, nunca dejan de castañetear sus dientes. Se ve que no pueden moverse
sin mostrar que están llenos de orgullo y rebelión contra Dios, y que lo
desprecian a más no poder.
De
manera entonces, es muy necesario que aquellos y quienes Dios castiga tendrían
que estar dispuestos a acercarse a él; porque esa es su intención.
Entonces, seamos sabios para no frustrar a nuestro Dios; siempre y cada vez
que nos envíe alguna adversidad, aprendamos a ir corriendo a él, como si
hablase con truenos, y como si nos ocurrieran a nosotros, a efectos de hacernos
oír. Sepamos esto, y sepámoslo de tal manera que nuestro espíritu sea
realmente refrenado debajo de él, y que no pretendamos otra cosa sino
humillarnos totalmente en obediencia a él. Eso es lo que tenemos que recordar
en este pasaje. Además sepamos que, aunque actualmente Dios no truene desde
los cielos, todas las señales que han sido dadas en tiempos antiguos prueban
que su palabra debiera servirnos hoy. Cuando nos es predicada la ley de
Dios tenemos que agregarle lo que nos es narrado en el capítulo 19 de Éxodo; esto
es, que la ley ha sido debidamente ratificada y que nuestro Señor le ha dado
plena autoridad al enviar truenos y relámpagos del cielo lo cual hizo para
traer a la memoria la aparición de trompetas; que todo esto fue para que su ley
fuese recibida hasta el fin del mundo en toda reverencia.
Así
es en este pasaje. Porque cuando dice que "Dios apareció en un torbellino,"
hemos de saber que quiso ratificar lo que está contenido en este libro; y no
solamente eso; sino que tenemos que extender esta autoridad a través de todo su
mundo. Aún existe esta consideración, que si Dios comenzó de un modo amable a
llamarnos a él, y si al final se mostró rudo y amargo, ello no debe parecemos de
ninguna manera extraño; más bien examinemos nuestras vidas para saber si le
hemos obedecido; y de esa manera sepamos que su bondad es de una sola pieza, y
entonces sabremos que es muy necesario que él use esta segunda forma para ganarnos
cuando ve que no ha aprovechado nada mediante la gracia que nos había mostrado.
Ejemplo:
A veces el Señor puede ser bueno hacia nosotros cuando quiere tenernos como propios
y miembros de los suyos; sin enviarnos ninguna aflicción, él nos propondrá su
palabra. O quizá nosotros veamos que es su voluntad y estemos de acuerdo con
ella. Sin embargo, no la aprovechamos al tener la debida seguridad de su
bondad, renunciado a nuestros deseos malvados, olvidando al mundo, y entregándonos
enteramente a él. Él nos soporta por un tiempo; pero al final, cuando ve que
somos tan indiferentes, comienza a golpear. Mediante esto ciertamente
debiéramos experimentar que no habla sin causa como desde un torbellino, porque
no le hemos oído cuando quiso enseñarnos con gracia, y de modo humano y
paternal. Entonces, es necesario que Dios nos hable con esa vehemencia, puesto
que él ve que nunca nos acercaríamos hasta no habernos preparado de esa manera.
Es cierto que a algunos los ganará por la simple palabra; pero cuando ve que
otros son displicentes, les envía algún problema, alguna aflicción.
En
efecto, hay muchos que jamás habrían venido al evangelio, que jamás habrían
sido tocados correctamente en sus corazones para obedecer a Dios, si no fuera
por alguna señal que él les envió indicando que quería castigarlos. Además
de esto, cuando experimentaron, por las aflicciones, que sólo hay miserias en
este mundo, fueron constreñidos a estar descontentos consigo mismos y a cortar
las delicias en las que previamente estaban sumergidos.
Así
es entonces cómo Dios acerca de diversas maneras a los hombres a sí mismo.
Pero, aprovechemos siempre los medios que usa con nosotros; además cuando no
habla desde un torbellino, procedamos nosotros, por nuestra parte, a familiarizarnos
con él, y permitamos ser gobernados por él como ovejas y corderos; porque si él
ve cierta dureza en nosotros quizá tenga que refrenarnos con alguna maldición;
y si por algún tiempo nos deja correr como caballos desbocados; aun así, al
final experimentaremos su terrible majestad para ser atemorizados por ella, en
efecto, si le complace darnos su gracia; porque es un beneficio especial que
Dios nos da, cuando nos despierta de esa manera y truena con su voz, a efectos
de que nos entre por los oídos y que podamos estar profundamente apenados por
su causa. Ese, digo, es un beneficio que no concede a cualquiera. Además,
cuando truena contra los incrédulos es demasiado tarde; porque ya no hay
ninguna esperanza de que puedan volver a él. Dios los convoca para que escuchen
la condenación. Además, debiéramos recibir apaciblemente esta ayuda que Dios
nos da, cuando levanta a algún torbellino para refrenar todas las rebeliones de
nuestra carne; es decir, nos hace experimentar su majestad.
Esto
es en resumen, lo que tenemos que recordar de este pasaje.
Ahora
venimos a lo que dice aquí, "¿Quién es ése que
oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos;
yo te preguntaré, y tu rne contestarás." Aquí, en primer lugar,
Dios se mofa de Job, ya que este era rebelde, y el parecía que mediante
argumentos ganaría su caso. Es por eso que dice, "¿Y tú quién eres?"
Y ahora, cuando la escritura nos muestra quiénes somos, es para vaciarnos de
todo orgullo. Es cierto que los hombres se estiman demasiado, haciéndose creer
que hay alguna gran dignidad en ellos. Ahora, bien pueden valorarse ellos
mismos, pero Dios solamente los conoce en olor y hediondez, él los rechaza; en efecto,
los considera detestables. Y así, aunque nosotros podamos ser tan necios, y
aunque seamos presuntuosos pensando en glorificarnos a nosotros mismos en
nuestra propia imaginación, pensando que tenemos poder y sabiduría; sin embargo,
Dios para vaciarnos y entregarnos turbados, solamente usa la palabra, "Y
tú, hombre, quién eres?" Cuando esto es pronunciado, realmente es para
despojarnos completamente de toda ocasión para gloriarnos.
Porque sabemos que no hay una sola
gota de bien en nosotros; y entonces ya no tenemos ocasión de ninguna clase
para recomendarnos.
Y
eso es por qué Dios también agrega, "ciñe como varón tus lomos," es
decir, "vístete como te plazca, convéncete a ti mismo de que realmente
eres un gigante, equípate bien, ármate de la cabeza a los pies. Muy bien, ¿al
final qué ganarás con ello, cuando yo me oponga a ti, pobre criatura? ¿Piensas
subsistir de alguna manera? ¿Qué tienes?" Aquí vemos entonces la intención
de Dios. Porque esta necedad de preciarnos
a nosotros mismos presumiendo que valemos algo está tan arraigada en nosotros que
es muy difícil llevarnos al conocimiento correcto de nuestra pobreza, de manera
de quedar libres de todo orgullo y presunción. Además, entonces, tenemos
que notar bien los pasajes de la Escritura, en los cuales se nos muestra que no
hay valor alguno en nosotros. Y esto pensémoslo bien; porque ello no se dice
únicamente de una parte del mundo, sino de la humanidad en general.
Entonces,
grandes y chicos, aprendan a avergonzarse; puesto que Dios incluye todo, realmente
como si fuera en una gavilla, cuando dice que la sabiduría del hombre sólo es
necedad y vanidad, que en lugar de poder sólo hay debilidad, que en lugar de
justicia solamente hay impureza y suciedad. Porque cuando Dios habla en
estos términos, no es para dos o tres personas, sino para cada uno en general.
Aprendamos entonces desde el más grande
hasta el más insignificante, a humillarnos, sabiendo que todas nuestras glorias
solamente son vergüenza y confusión delante de Dios. De esa manera,
pensemos en la palabra "¿Quién es él?" No la tomemos como referida
únicamente a la persona de Job, más bien tomémosla como refiriéndose a todas
las criaturas mortales; como si nuestro Señor dijera; "¿Por qué?"
¿Acaso hay tal audacia en una persona, siendo solamente un vaso frágil de
barro, y en una persona que es menos que nada, que exista semejante audacia de
disputar contra mí y de querer inquirir tanto? ¿Adónde va a parar esto? ¿Quién
eres tú, hombre?" Como también vemos que San Pablo nos amonesta mediante
esta palabra (Romanos 9:20 ), " Mas antes, oh
hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al
que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?"
Cuando
ha establecido las objeciones que los hombres suponen eficaces para disputar de
alguna manera con Dios diciendo, "¿Y por qué perderá Dios a los que ha
creado? Y que sin razón alguna pueda discernir uno del otro; para que uno sea
llamado a salvación, rechazando a otro; ¿por qué es esto?" Entonces,
cuando San Pablo dijo esto, aunque los hombres se complazcan con tales objeciones,
dice, "Oh hombre, ¿quién eres tú para dirigirte así contra Dios?"
Esto es lo que tenemos que notar de la palabra "¿Quién es él?"
Entonces, que cada uno, siempre y toda vez que sea tentado con orgullo, piense
así de sí mismo, "Pero, ¿en realidad, quién eres?" No es aquí cuestión
de entrar en combate contra criaturas que son nuestros semejantes, y contra
aquellos que sin iguales a nosotros; pero si queremos ser tan osados como para
inquirir en los secretos de Dios; si soltamos las riendas a nuestras fantasías
y a nuestras lenguas para imaginar cosas inútiles, o hablar contra Dios y su
honor, debemos pensar,
"Ciertamente,
;,y yo quién soy?" Cuando cada uno haya mirado a su propio interior, y considerado
su propia debilidad cuando, en resumen, haya conocido que en sí no es nada en absoluto;
entonces seremos suficientemente amonestados, todo este cacareo que hayamos concebido
previamente será silenciado; incluso todas nuestras fantasías serán refrenadas
y cautivadas, lo que sería declarado luego, pero en forma más completa.
Ahora,
aquí dice especialmente: "Ciñe como varón valiente tus lomos" para
significar que cuando todo el mundo haya reunido sus fuerzas, y las haya exhibido,
ello no será absolutamente nada. Es por eso, entonces, porque Dios desafía aquí
a Job diciendo, "Que se equipe, y que venga con armadura y armado como un
gigante, o como el hombre más ágil que se pueda encontrar."
Con
ello se expresa aún mejor lo que hemos dicho, esto es, que cuando los hombres
son condenados en las Escrituras, ello no está dirigido simplemente a los
vulgares, y aquellos que son despreciables, que carecen de crédito y dignidad;
sino que se extiende a los más grandes, a aquellos que suponen tocar las nubes.
Y así entonces, aunque los hombres piensen tener alguna apariencia en sí mismos
para recibir honor; que sepan que esto no es nada con respecto a Dios.
Como
por ejemplo: aquellos que son excelentes cuando se comparan a sí mismos con
sus semejantes, es cierto que concebirán alguna opinión propia y estarán
satisfechos consigo mismos; cuando una persona sea reputada sabia, de buen
entendimiento, con gracia - bien, la misma será apreciada a los ojos de
aquellos que no tienen las mismas cualidades; una persona puede ser rica,
investida de virtudes grandes y dignas de alabanza - a los ojos de quienes
pasan.
Eso
entonces, bien podría capacitarnos para sentirnos muy anchos (como ellos dicen)
para recomendarnos a nosotros mismos cuando tengamos tales virtudes especiales;
pero cuando nos acerquemos a Dios es preciso que todo sea vaciado. Entonces, no
hay ninguno tan robusto y galante que tenga una sola gota de fuerza; aquí ya no
queda ninguna santidad, ya no queda ninguna sabiduría, no queda nada en absoluto.
De manera entonces, que todo el mundo sepa que todo su equipamiento de nada
aprovechará delante de Dios; en cambio, tenemos que ser totalmente vaciados,
Dios tiene que anularnos, a efectos de no dejar ninguna gota de virtud' en nosotros,
excepto aquello que tomemos de él, como prestado, sabiendo que todo procede de
su pura bondad. Ahora vemos lo que implica la palabra "varón valiente";
es para significar que, aunque tengamos ciertas virtudes especiales, ello no
debiera darnos ocasión para enorgullecemos delante de Dios.
Además
también dice que "Job envolvió (u oscureció) el consejo con palabras sin sabiduría."
Con ello Dios declara que, habiendo tratado sus secretos, ciertamente
debiéramos pensar en nosotros mismos, a efectos de proceder aquí sobriamente y
en todo temor; porque con la palabra "consejo" Dios quiere significar
las cosas elevadas de las que Job había estado hablando. Nosotros bien podemos
disputar acerca de muchas tonterías menores, y podemos disputar deliberadamente
- bien, nuestras proposiciones serán vanas y frívolas sin embargo, no habrá
blasfemias, y el nombre de Dios no será profanado en absoluto. Pero cuando venimos a la doctrina de
salvación, cuando entramos a las obras de Dios, y cuando disputamos
acerca de su providencia y de su voluntad; no es propio que vengamos tan
apresuradamente; porque envolvemos o entregamos el consejo en proposiciones sin
conocimiento.
Entonces
vemos para qué es que Dios amonesta a Job; es decir, por el hecho de haber
hablado demasiado pronto de cosas que están más allá de su comprensión; porque
si bien tenía dones excelentes, no obstante, tenía que haberse humillado
siempre, reconociendo su debilidad; y también debía haberse refrenado cuando
realmente hubo llegado al final de sus sentidos, y que sólo debía haber pensado
en los juicios de Dios; y, viéndose turbado de esa manera, debía haber
considerado la debilidad de su espíritu; y conociéndose a sí mismo como hombre
mortal, debía haber dicho: "Ciertamente, sólo hay ignorancia y necedad en
mí." Entre tanto también tendría que haber considerado la inestimable
majestad de Dios y su consejo incomprensible; ello lo debía haber humillado.
Job no hizo ni una cosa ni la otra. De manera entonces, aunque no se extravió
del camino correcto, sino que siempre aspiró al verdadero fin no obstante vemos
aquí que es amonestado por la boca de Dios.
Ahora,
este pasaje debería advertirnos de la reverencia que Dios quiere que tengamos
ante sus grandes misterios, y por aquello que concierne a su reino celestial. Si
disputamos acerca de nuestros asuntos - muy bien - no necesitamos proceder con
cautela tan extrema; porque estas son cosas que pasan: pero siempre y toda vez
que se trate de hablar de Dios, de sus obras, de su verdad, de aquello que está
contenido en su palabra, vengamos a ello con temor y solicitud, no tengamos la
boca abierta, para aspirar todo aquello que nos venga a la imaginación; que ni siquiera
tengamos nuestras mentes demasiado abiertas para inquirir en aquello que no nos
atañe y que no nos es lícito; en cambio, refrenemos nuestra mente, pongamos
rienda a nuestra lengua.
¿Y
por qué? Porque es el consejo de Dios, es decir, estas cosas son demasiado
oscuras para nosotros, y demasiado elevadas. Entonces, no tenemos que presumir
de venir a ellas a menos que Dios quiera instruirnos por medio de su pura
bondad. Y quiera Dios que estas cosas puedan ser practicadas correctamente y
que no tengamos los combates que hay en todas partes del mundo.
Pero,
¿por qué existen? Es evidente que muy pocos son afectados por la majestad de
Dios.
Cuando
uno discute su palabra y la doctrina de nuestra salvación, y toda la Santa
Escritura, cada uno tendrá su propio camino; cada uno que habla de ella a la
sombra de una lámpara, querrá despedirse de ella.
Estas son cosas que sobrepasan todo entendimiento humano; sin embargo, se ve
que debemos ser más osados para discutir tan elevados misterios de Dios - los
cuales deberían llenarnos de asombro, y deberíamos adorarlos con toda solicitud
- para balbucear de ellos debemos ser, digo, más osados que discutiendo una
transacción por cinco euros, y no sé qué.
¿Y
cuál es la causa de esto sino que los hombres no han considerado que Dios se
oculta de nosotros y oscurece su consejo y que en las Escrituras nos ha
expuesto su voluntad a la cual tenemos que estar sujetos? Por un lado vemos a
los papistas que blasfeman contra Dios, que trastornan, falsifican, depravan y
corrompen la totalidad de las Sagradas Escrituras, de manera que no les cuesta
nada burlar a Dios y a toda su palabra. ¿Y por qué? Porque nunca gustaron el significado
de la palabra "consejo." Entre nosotros se ven personas ebrias que
también sujetarían a Dios a sus fantasías. Aunque fuesen los más ágiles del
mundo, los más experimentados en las Santas Escrituras, tendrían que llegar a
esta conclusión: El consejo de Dios
es superior a nosotros. Pero aquellos son estúpidos y totalmente
embrutecidos; no tienen sentido ni razón, el vino los gobierna como a puercos;
y sin embargo, querrán ser teólogos, y trastornar las cosas de tal manera que
si actualmente les creyéramos, tendríamos que construir y forjar un evangelio totalmente
nuevo.
Pero
recordemos todavía que aquí se nos muestra que cuando hablamos de Dios no
tenemos que tomarnos la licencia de charlar y balbucear lo que nos parezca
bien; en cambio, sepamos que él nos ha revelado su consejo en su Santa Escritura,
para que tanto grandes como chicos puedan someterse y adorarlo. Y esto es lo
que se dice acerca de "palabras sin sabiduría." Entonces Dios muestra
aquí que siempre y toda vez que hablamos de él, y de sus obras, es una doctrina
de consejo, una doctrina elevada. Y contrariamente, lo que podamos presentar, y
lo que podamos concebir en nuestras mentes, ¿qué es? Proposiciones sin
sabiduría.
Que
los hombres mismos se pongan en la balanza, y se hallará que son más livianos
que la vanidad, tal como dice en el Salmo 62; 9 (Por
cierto, vanidad son los hijos de los hombres, mentira los hijos de varón; Pesándolos a todos igualmente en la balanza,
Serán menos que nada.). Entonces, además tenemos que notar bien esta
doctrina, que en nosotros no habrá sabiduría, para saber cómo discutir las obras
de Dios, a menos que él nos haya instruido. Es así como seremos sabios, siendo
gobernados por el Espíritu de Dios y por su palabra. Sin embargo, cuando no
hallemos en la palabra de Dios lo que queremos conocer, sepamos que hemos de seguir
ignorantes; y luego, después de ello tenemos que mantener cerrada nuestra boca;
porque tan pronto queramos decir una palabra, faltará la sabiduría; solamente
habrá decepción en nosotros. Esta es entonces la acusación que Dios presenta
contra Job.
Además
Dios dice: "Responde a todas mis preguntas; ciertamente, si tienes
sabiduría me puedes responder aquello que yo quiero saber de ti." Aquí
Dios persiste en burlarse de la necia presunción de los hombres, cuando piensan
ser tan sutiles como para poder disputar y pleitear contra él. Entonces Dios
dice, "Muy bien, es cierto que ustedes son muy ingeniosos; a ustedes les parece
al hablar que yo les doy rienda suelta; pero voy a tener mi turno, y voy a
hablarles un poco, y ustedes me tienen que responder y seguramente verán su
engaño." ¿Cuál es la causa entonces de que los hombres sean tan temerarios
para avanzar tan neciamente contra Dios? Es porque ellos mismos se toman la
libertad de hablar, y de ocupar el lugar, y les parece que Dios no tiene
respuesta. Ahora, aquí está el remedio que nos da Dios para abatir la necia
temeridad que hay en nosotros; esto es, que pensemos en aquellos que él pueda
preguntarnos. Si Dios comienza a interrogarnos, ¿qué vamos a responder? Si
nos acordásemos de esto, ¡oh! es cierto que nos refrenaríamos totalmente; y
aunque tuviéramos mentes muy vivarachas, y aunque pareciera que podemos mover
todo el mundo, realmente seríamos puestos en nuestro lugar siguiendo
sencillamente aquello que nuestro Señor nos ha mostrado; siempre y cuando,
digo, que supiéramos pensar: "¡Ciertamente! Y si venimos delante de Dios, acaso
no tiene abierta su boca, y acaso no tiene la autoridad y maestría para
interrogarnos? ¿Y qué vamos a responderle?"
A
esto pues debemos llegar. Es lo que debemos recordar de este pasaje a efectos
de obtener correcta instrucción de él. Luego, que no seamos demasiado apresurados
para hablar; es decir, que por naturaleza tengamos el vicio de entremeternos en
más cosas de las que nos corresponden. Aprendamos a mantener la boca cerrada.
Pues, por qué es que inmediatamente abrimos la boca para vomitar lo que no
conocemos? Es porque no pensamos que nuestro oficio sea más bien el de
responder a Dios que el de adelantarnos para hablar. Porque, ¿acaso no es para trastornar
el orden de la naturaleza, que el hombre mortal que no es nada se anticipe a su
Creador y le obligue a dar audiencia, y que entre tanto Dios guarde silencio? ¿Adónde
irá esto? Sin embargo, eso es lo que hacemos siempre y cada vez que murmuramos
contra Dios, cuando rompemos en pedazos su palabra, cuando moldeamos proposiciones
a voluntad, diciendo: "Esto es lo que me parece." ¿Cuál es la causa
de esto excepto que queramos que Dios guarde silencio ante nosotros, y que
seamos escuchados con más atención que él? ¿No es esto pura locura?
Entonces,
para corregir esta arrogancia que hay en nosotros, aprendamos a no tener la
presunción de responder a Dios; sabiendo que al presentarnos ante él, él tendrá
la autoridad de examinarnos - ciertamente, conforme a nuestra condición; y
cuando él nos haya cerrado la boca, y cuando él haya comenzado a hablar,
nosotros seremos más que turbados; aprendamos a humillarnos, de manera que
seamos enseñados por él; y cuando hayamos sido enseñados que él nos haga contemplar
su resplandor en medio de las sombras de este mundo.
Entre tanto, aprendamos también a
servirle y a adorarle en todo y por todo. Porque es así también
cómo habremos aprovechado la escuela de Dios; será cuando hayamos aprendido a
magnificarle, y a atribuirle tal gloria que pueda parecemos bien todo aquello
que procede de él. Entre tanto, que también seamos sabios para estar
disgustados con nosotros mismos, a efectos de correr a él para hallar el bien
que nos falta. Y más allá de ello, que se
complazca en gobernarnos de tal manera por su Santo Espíritu que, siendo llenos de su gloria, tengamos con qué glorificarnos a nosotros,
no en nosotros mismos, sino solamente en
él.
Recuerde
el hombre que su principal tarea aquí no es cuestionar, sino glorificar a su
Creador. Porque en el tiempo en que se escribió este libro, la verdad yacía
aquí; y aquí yace incluso para nosotros, y aquí yace para quienes vengan
después de nosotros. En estos días, a menudo se olvida. La ciencia cuestiona,
la filosofía investiga las razones de lo que ha sido y es, los hombres se
pierden en laberintos en cuyos extremos más lejanos esperan encontrar algo que
haga la vida inexpresablemente grande, fuerte o dulce. E incluso la teología y
la crítica de la Biblia caen ocasionalmente en el mismo error de imaginar que
investigar y saber son las cosas principales, que aunque la investigación y el
conocimiento no siempre ayudan al servicio del Altísimo, pueden promover la
vida. Después de los coloquios y controversias, Job y sus amigos son llamados a
su verdadero deber, que es reconocer la eterna majestad y gracia del Dios
Invisible, confiar en Él y hacer Su voluntad.