lunes, 11 de julio de 2016

CARTA A LOS HEBREOS


Carta inspirada de las Escrituras Griegas Cristianas. Se cree que la escribió el apóstol Pablo a los cristianos hebreos de Judea alrededor del año 61 E.C. El apóstol Pablo tuvo el privilegio de escribir la mayor parte de los libros de las Escrituras Griegas Cristianas. Recibió visiones sobrenaturales (2Co 12:1-5), y habló muchas lenguas extranjeras mediante la acción del espíritu santo. (1Co 14:18.)
 Pablo nació en Tarso, importante ciudad de Cilicia. (Hch 21:39; 22:3.) Sus padres eran hebreos, probablemente de la rama farisaica del judaísmo. (Hch 23:6; Flp 3:5.) Era ciudadano romano de nacimiento (Hch 22:28), tal vez porque a su padre se le había concedido la ciudadanía por servicios prestados. Su padre debió enseñarle el oficio de hacer tiendas de campaña. (Hch 18:3.) Después recibió instrucción del sabio fariseo Gamaliel en Jerusalén, lo que da a entender que Pablo tenía todo el conocimiento de la cultura judía del A.T para escribir la CARTA A LOS HEBREOS. (Hch 22:3; 5:34.) Estaba versado por lo menos en los idiomas griego y hebreo. (Hch 21:37-40
 Para esos cristianos hebreos la carta fue muy oportuna. Habían transcurrido unos veintiocho años desde la muerte y resurrección de Jesucristo, y en la primera parte de ese período los líderes religiosos judíos desencadenaron una persecución severa contra los judíos cristianos de Jerusalén y Judea, que resultó en que algunos de ellos muriesen y en la dispersión de la gran mayoría. (Hch 8:1.) Los que habían sido esparcidos siguieron activos, declarando las buenas nuevas por dondequiera que iban. (Hch 8:4.) Los apóstoles permanecieron en Jerusalén y mantuvieron unida la congregación que había quedado en esta ciudad, una congregación que había crecido aun con oposición tenaz. (Hch 8:14.) Después, la congregación comenzó a disfrutar de un período de paz. (Hch 9:31.) Más tarde, Herodes Agripa I hizo matar al apóstol Santiago, el hermano de Juan, y maltrató a otros miembros de la congregación. (Hch 12:1-5.) Algún tiempo después, los cristianos de Judea se vieron necesitados de ayuda material, circunstancia propicia para que los de Acaya y Macedonia (aproximadamente en 55 E.C.) demostraran su amor y unidad enviándoles ayuda. (1Co 16:1-3; 2Co 9:1-5.) Es obvio que la congregación de Jerusalén había sufrido muchas dificultades.

El propósito de la carta.
 La congregación de Jerusalén se componía casi enteramente de judíos y de antiguos prosélitos de la religión judía. Muchos de estos habían llegado a conocer la verdad después del período de persecución enconada. Para cuando se escribió la carta a los Hebreos, la congregación disfrutaba de una relativa paz, puesto que Pablo les dijo: “Ustedes todavía no han resistido hasta la sangre”. (Heb 12:4.) Sin embargo, el que la abierta persecución física hasta la muerte disminuyera no atenuó la pertinaz oposición de los líderes religiosos judíos. Los nuevos miembros de la congregación tuvieron que enfrentarse a la oposición tal como lo habían hecho los demás. Otros aún eran inmaduros; no habían progresado hacia la madurez como deberían haberlo hecho en vista del tiempo (5:12). La oposición diaria de los judíos puso a prueba su fe; tuvieron que cultivar la cualidad del aguante (12:1, 2).
A Jerusalén se le estaba acabando el tiempo. Ni el apóstol Pablo ni los de la congregación de Jerusalén sabían cuándo llegaría la predicha desolación, pero Dios sí lo sabía. (Lu 21:20-24; Da 9:24, 27.) La situación requeriría que todos aquellos cristianos estuvieran alerta y mostraran fe a fin de huir de Jerusalén cuando la viesen cercada de ejércitos acampados. La congregación necesitaba fortalecerse para afrontar esos trascendentales acontecimientos. Según la tradición, solo cinco años después de escribirse esta carta las tropas de Cestio Galo atacaron la ciudad y luego se retiraron. Cuatro años más tarde, los romanos comandados por el general Tito arrasaron Jerusalén y su templo. Sin embargo, Jehová había dado a sus siervos con antelación el consejo inspirado que necesitaban.

Oposición de los judíos.
Valiéndose de la difamación, los líderes religiosos judíos habían hecho todo lo posible por agitar el odio contra los seguidores de Cristo. Su determinación de luchar contra el cristianismo con toda arma a su alcance quedó demostrada por sus acciones, según se registra en Hechos 22:22; 23:12-15, 23, 24; 24:1-4; 25:1-3. Tanto ellos como sus apoyadores hostigaban constantemente a los cristianos con argumentos que tenían como objetivo quebrantar su lealtad a Cristo. Atacaban al cristianismo con lo que a un judío le podría parecer razonamiento de peso y difícil de rebatir.
En ese tiempo el judaísmo tenía mucho que ofrecer en lo referente a cosas materiales, tangibles, y ornato exterior. Estas cosas —dirían los judíos— demostraban que el judaísmo era superior y que el cristianismo era una simpleza. Habían llegado a decirle a Jesús que la nación tenía por padre a Abrahán, a quien le habían sido dadas las promesas. (Jn 8:33, 39.) Moisés, a quien Dios habló “boca a boca”, fue el gran siervo y profeta de Dios. (Nú 12:7, 8.) Los judíos tenían la Ley y las palabras de los profetas desde el principio. ¿No identificaba esta mismísima antigüedad al judaísmo como la religión verdadera?, argüían los judíos. En la inauguración del pacto de la Ley, Dios había hablado por medio de ángeles, pues la Ley fue transmitida mediante ángeles a través del mediador Moisés. (Hch 7:53; Gál 3:19.) En esa ocasión, Dios efectuó una impresionante demostración de poder al hacer temblar el monte Sinaí con el fuerte sonido del cuerno, humo, truenos y relámpagos. (Éx 19:16-19; 20:18; Heb 12:18-21.)
Además de todos estos antecedentes, aún permanecía el magnífico templo con su sacerdocio instituido por Jehová, que desempeñaba sus deberes diariamente con muchos sacrificios. Junto a estas cosas estaban la riqueza de las vestiduras sacerdotales y el esplendor de los servicios que se realizaban en el templo. ‘¿No había ordenado Jehová que los sacrificios por el pecado se llevasen al santuario? ¿Y no entraba el sumo sacerdote, el descendiente de Aarón, el propio hermano de Moisés en el Santísimo el Día de Expiación, con un sacrificio por los pecados de toda la nación? En esta ocasión, ¿no se acercaba de manera representativa a la mismísima presencia de Dios?’, quizás argumentaran los judíos. (Le 16.) ‘Además, ¿no era el reino la posesión de los judíos, con aquel (el Mesías que aún tenía que venir, según ellos) que se sentaría sobre el trono en Jerusalén para gobernar?’
Si la carta a los Hebreos se escribió para proporcionar a los cristianos respuestas a objeciones reales que planteaban los judíos, esto quería decir que aquellos enemigos del cristianismo argüían en los siguientes términos: ¿Qué tenía esta nueva “herejía” que pudiera señalarse como prueba de su autenticidad y del favor de Dios? ¿Dónde estaban su templo y su sacerdocio? De hecho, ¿dónde estaba su líder? ¿Fue este —Jesús, un galileo, hijo de un carpintero, sin ninguna educación rabínica— de alguna importancia entre los líderes de la nación durante su vida? ¿Y no había muerto una muerte ignominiosa? ¿Dónde estaba su reino? ¿Y quiénes eran sus apóstoles y seguidores? Simples pescadores y recaudadores de impuestos. Por otra parte, ¿a quiénes atraía mayormente el cristianismo? A las personas pobres y humildes de la tierra, y aún peor, a gentiles incircuncisos, que no eran de la descendencia de Abrahán. ¿Por qué debería alguien confiar en este Jesús, que había sido ejecutado por blasfemo y sedicioso? ¿Por qué escuchar a sus discípulos, hombres iletrados y del vulgo? (Hch 4:13.)

La superioridad del sistema de cosas cristiano.
Algunos de los cristianos inmaduros posiblemente habían descuidado su salvación mediante Cristo. (Heb 2:1-4.) O puede que los judíos incrédulos que los rodeaban hubieran influido en ellos. El apóstol Pablo acudió en su ayuda con un argumento magistral, y haciendo uso de las Escrituras en las que los judíos afirmaban creer, mostró de manera irrefutable la superioridad del sistema de cosas cristiano y del sacerdocio y la gobernación real de Jesucristo. Demostró bíblicamente que Jesucristo es el Hijo de Dios, que es mayor que los ángeles (1:4-6), Abrahán (7:1-7), Moisés (3:1-6) y los profetas (1:1, 2). De hecho, es el heredero nombrado de todas las cosas, coronado de gloria y honra, y nombrado sobre las obras de las manos de Jehová (1:2; 2:7-9).
El sacerdocio de Cristo es muy superior al aarónico de la tribu de Leví. No depende de una herencia pecaminosa, sino de un juramento divino. (Heb 6:13-20; 7:5-17, 20-28.) ¿Por qué, entonces, soportó tales dificultades y tuvo una muerte dolorosa? Porque, según se había predicho, esto sería esencial para la salvación de la humanidad y lo capacitaría para ejercer de sumo sacerdote y ser la persona a quien Dios sujetaría todas las cosas (2:8-10; 9:27, 28; compárese con Isa 53:12). A fin de emancipar a todos aquellos que por temor a la muerte estaban en esclavitud, tenía que llegar a ser carne y sangre, y morir. Por medio de su muerte puede reducir a la nada al Diablo, algo que ningún sacerdote humano podía hacer (2:14-16). Debido a que ha pasado por estos sufrimientos, ha llegado a ser un sumo sacerdote probado en todo respecto que puede condolerse de nuestras debilidades y auxiliarnos (2:17, 18; 4:15).
Además, arguye el apóstol, este Sumo Sacerdote “[pasó] por los cielos” y compareció ante la mismísima presencia de Dios, no en una simple tienda terrestre o edificio que solamente era un símbolo de realidades celestiales. (Heb 4:14; 8:1; 9:9, 10, 24.) Solo tuvo que comparecer una vez con su sacrificio perfecto, sin pecado, y no vez tras vez (7:26-28; 9:25-28). No tiene sucesores, como los sacerdotes aarónicos, sino que vive por siempre a fin de salvar completamente a aquellos a los que ministra (7:15-17, 23-25). Cristo es Mediador del pacto mejor que Jeremías predijo, gracias al cual se consigue un verdadero perdón de los pecados y una conciencia limpia, algo que la Ley nunca pudo lograr. Las Diez Palabras, las leyes básicas del pacto de la Ley, se escribieron sobre piedra, la ley del nuevo pacto, sobre corazones. Esta palabra profética de Jehová pronunciada por Jeremías hizo que el pacto de la Ley quedase obsoleto, un pacto que se desvanecería con el tiempo (8:6-13; Jer 31:31-34; Dt 4:13; 10:4).
Es verdad, continúa diciendo el escritor de Hebreos, que en Sinaí se produjo una sobrecogedora manifestación de poder, que demostraba que Dios aprobaba el pacto de la Ley. Sin embargo, Dios dio un testimonio aún más convincente cuando se inauguró el nuevo pacto, con señales, portentos y obras poderosas y la distribución de espíritu santo a todos los miembros de la congregación que se hallaban reunidos. (Heb 2:2-4; compárese con Hch 2:1-4.) Respecto a la gobernación real de Cristo, explica que su trono está en los cielos, mucho más alto que el de los reyes de la línea de David que se sentaban sobre el trono de la Jerusalén terrestre. (Heb 1:9.) Dios es el fundamento del trono de Cristo, y su reino no puede ser sacudido como lo fue el reino de Jerusalén en el año 607 a. E.C. (1:8; 12:28). Además, Dios ha reunido a su pueblo, los cristianos ungidos, ante algo mucho más imponente que la manifestación milagrosa que hubo en el monte Sinaí, el monte Sión celestial, y no solo pondrá en conmoción la Tierra, sino también el cielo (12:18-27).
La carta a los Hebreos es de un gran valor para los cristianos. Sin ella no estarían claras muchas de las realidades concernientes a Cristo que estaban prefiguradas en la Ley. Por ejemplo, gracias a las Escrituras Hebreas, los judíos sabían que cuando el sumo sacerdote entraba en el Santísimo del santuario a favor del pueblo, les representaba delante de Jehová. Pero nunca se enfrentaron a esta realidad: algún día el verdadero Sumo Sacerdote comparecería en persona en los cielos ante la mismísima presencia de Jehová. Además, si solo leyésemos las Escrituras Hebreas, ¿cómo podríamos entender el profundo significado que tiene el relato del encuentro de Abrahán con Melquisedec o lo que tipificó este rey-sacerdote? Por supuesto, estos son solo dos ejemplos de las muchas realidades que se perciben al leer esta carta.
La fe que esta carta inspira ayuda a los cristianos a asirse de su esperanza sobre la base de “la demostración evidente de realidades aunque no se contemplen”. (Heb 11:1.) En un tiempo en el que muchas personas confían en sus antecedentes históricos, en la riqueza material y el poder de las organizaciones humanas, en el esplendor de los ritos y de las ceremonias, y buscan la sabiduría de este mundo en vez de la de Dios, la carta a los Hebreos es una ayuda estimable que hace al hombre de Dios ‘enteramente competente y equipado para toda buena obra’. (2Ti 3:16, 17.)

Escritor; cuándo y dónde se escribió.
La carta a los Hebreos suele atribuirse al apóstol Pablo; en este sentido se expresaron algunos escritores del siglo I E.C. El Papiro de Chester Beatty núm. 2 (P46) (de aproximadamente 200 E.C.) contiene la carta a los Hebreos entre nueve de las cartas de Pablo, y se la menciona entre las “catorce cartas de Pablo el apóstol” en “El canon de Atanasio”, del siglo IV E.C.
El escritor de Hebreos no menciona su nombre en la carta; en cualquier caso, aunque todas las demás cartas de Pablo lo llevan, el que no figure en esta no lo descarta como escritor. El contenido de la carta señala fehacientemente a Pablo como su escritor y a Italia —probablemente Roma—, como el lugar donde la escribió. (Heb 13:24.) Pablo estuvo en prisión por primera vez en Roma seguramente durante los años 59 a 61 E.C. Timoteo estuvo con él, y el apóstol lo menciona en sus cartas a los Filipenses, a los Colosenses y a Filemón, todas ellas escritas desde Roma durante ese período. (Flp 1:1; 2:19; Col 1:1, 2; Flm 1:1.) Esta circunstancia concuerda con la observación que se hace en Hebreos 13:23 respecto a la puesta en libertad de Timoteo y al deseo del escritor de visitar pronto Jerusalén.
La carta se escribió antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70 E.C., pues el templo todavía existía y, según se ve por el argumento de la carta, aún estaba en uso. El comentario de Pablo respecto a la liberación de Timoteo permite determinar que se escribió unos nueve años antes, es decir, en 61 E.C., cuando se cree que Pablo fue puesto en libertad de su primera reclusión. (Heb 13:23.)

PUNTOS SOBRESALIENTES DE HEBREOS
Excepcional tratado que fortaleció a los cristianos hebreos y los preparó para ayudar a sus coterráneos sinceros durante los últimos años del sistema judío
Debió escribirla el apóstol Pablo menos de una década antes de la destrucción de Jerusalén en 70 E.C.

La exaltada posición del Hijo de Dios (1:1–3:6)
Él es el único Hijo, heredero nombrado, representación exacta del mismo ser del Padre, mediante quien se sustentan todas las cosas
En comparación con el Hijo, los ángeles solo son siervos. El Padre llama “mi hijo” únicamente a él, el Primogénito a quien incluso los ángeles rinden homenaje; de él, no de los ángeles, puede decirse que su gobernación real descansa en Dios, quien es su trono; su permanencia supera la de los cielos y la Tierra, que fueron hechos mediante él, y está a la diestra del Padre
Si la Ley entregada mediante ángeles no podía desobedecerse impunemente, lo que Dios ha hablado mediante su Hijo, que es superior a los ángeles, merece atención extraordinaria
Aunque Jesucristo fue inferior a los ángeles mientras vivió como hombre, después fue ensalzado y se le concedió autoridad sobre la tierra habitada por venir
Moisés fue un servidor en la casa de Dios, pero Jesucristo está sobre toda la casa

Aún es posible entrar en el descanso de Dios (3:7–4:13)
Debido a la desobediencia y falta de fe, los israelitas que salieron de Egipto no entraron en el descanso de Dios
Los cristianos pueden entrar en ese descanso si evitan la desobediencia de Israel y se esfuerzan por seguir un proceder de fidelidad
La palabra viva, que promete la entrada en el descanso de Dios, es más aguda que una espada y divide (por cómo se responde a ella) lo que la persona aparenta como alma, de lo que realmente es en su espíritu

La superioridad del sacerdocio de Cristo y del nuevo pacto (4:14–10:31)
Debido a que Jesucristo fue probado en todos los respectos y permaneció sin pecado, como sumo sacerdote puede condolerse de los pecadores y tratarlos con compasión
Es sacerdote por nombramiento divino a la manera de Melquisedec, cuyo sacerdocio fue mayor que el levítico
A diferencia de los sacerdotes levitas de la familia de Aarón, Jesucristo posee una vida indestructible, por lo que no necesita sucesores para continuar su obra salvadora; como no tiene pecado, no tiene que ofrecer sacrificios por sí mismo; ofreció su propio cuerpo, no el de animales, y entró, no en un santuario terrestre, sino en el cielo mismo, con el valor de su sangre derramada, y de este modo dio validez al nuevo pacto
El nuevo pacto, mediado por Jesús, es superior al de la Ley porque los que se hallan bajo él tienen las leyes de Dios en su corazón y gozan de un verdadero perdón de pecados
El agradecimiento por estos beneficios impulsará a los cristianos a hacer declaración pública de su esperanza y a reunirse con asiduidad

La fe es esencial para agradar a Dios (10:32–12:29)
Jehová no se complace en los que no tienen fe y se retraen de Él en vez de aguantar para recibir lo que ha prometido
La fe ejemplar de quienes mantuvieron integridad desde Abel en adelante anima a aguantar en la carrera cristiana, al mismo tiempo que se considera con sumo cuidado el ejemplo intachable de Jesucristo bajo sufrimiento
El sufrimiento que Dios permite que padezcan los cristianos fieles puede considerarse como una forma de disciplina, que produce el fruto pacífico de la justicia

Exhortaciones para mantener un proceder de fidelidad (13:1-25)
Manifiesten amor fraternal, sean hospitalarios, recuerden a los creyentes que sufren, mantengan honorable el matrimonio y estén contentos con las cosas presentes, confiados en la ayuda de Jehová imiten la fe de aquellos que llevan la delantera y no sucumban a enseñanzas falsas
Estén dispuestos a soportar vituperio como Cristo; ofrezcan siempre a Dios sacrificio de alabanza mediante él
Sean obedientes a los que llevan la delantera



EL AGUANTE O PERSEVERANCIA


El verbo griego hy·po·mé·no, que significa literalmente “permanecer o quedarse bajo”, se ha traducido ‘permanecer atrás’ en Lucas 2:43 y Hechos 17:14. Asimismo, llegó a tener el sentido de “quedarse en un lugar sin abandonarlo; perseverar; permanecer firme”, y por lo tanto también se traduce ‘aguantar’. (Mt 24:13.) El nombre hy·po·mo·ne por lo general denota “aguante” valeroso, firme y paciente, un aguante que no pierde la esperanza aun a pesar de obstáculos, persecución, pruebas o tribulaciones.
Por qué es necesario.
 Es posible que los cristianos tengamos que encararnos a la indiferencia de otros, al oprobio, a ser representados falsamente, a hostilidad intensa, al odio de familiares allegados, maltrato, encarcelamiento e incluso a la muerte. (Mt 5:10-12; 10:16-22; 24:9, 10, 39; Mr 13:9, 12, 13; Rev 13:10.) Esto exige aguante, ya que sin esta cualidad esencial es imposible llegar a obtener la vida eterna. (Ro 2:7; Heb 10:36; Rev 14:12.) Esto se debe a que lo importante no es lo bien que una persona haya comenzado su discipulado cristiano, sino cómo lo termina. Jesucristo se expresó al respecto del siguiente modo: “El que haya aguantado hasta el fin es el que será salvo”. (Mt 24:13.) “Mediante el aguante de parte de ustedes adquirirán sus almas.” (Lu 21:19.)
Las personas que aceptan con rapidez “la palabra de Dios”, pero solo de modo superficial, carecen de aguante. Se rinden pronto si tienen que aguantar tribulación o persecución, de modo que pierden la aprobación y la bendición de Dios. Por el contrario, los que cultivan aprecio profundo por “la palabra de Dios” aguantan con firmeza. “Llevan fruto con aguante”, y aun cuando tengan que soportar dificultades, sufrimiento o desánimo, continúan proclamando con fidelidad el mensaje de Dios. (Lu 8:11, 13, 15.)
Cómo se mantiene.
El meditar en el excelente ejemplo que han puesto los siervos de Dios —como los profetas de tiempos precristianos, Job, los apóstoles Pablo y Juan y muchos otros— y observar el resultado de su fidelidad, puede ser un estímulo para continuar aguantando en tiempos de tribulación. (2Co 6:3-10; 12:12; 2Te 1:4; 2Ti 3:10-12; Snt 5:10, 11; Rev 1:9.) Sobre todo debe tenerse presente en todo momento el aguante perfecto de Jesucristo. (Heb 12:2, 3; 1Pe 2:19-24.)
También es importante no perder de vista la esperanza cristiana de vida eterna sin pecado, una esperanza que ni siquiera la muerte a manos de los perseguidores nos puede arrebatar. (Ro 5:4, 5; 1Te 1:3; Rev 2:10.) Todo el sufrimiento que se haya tenido que soportar en el presente parecerá insignificante cuando se compare con el cumplimiento de esa magnífica esperanza. (Ro 8:18-25.) Desde la perspectiva que proporciona la eternidad, cualquier sufrimiento, por intenso que parezca en el momento, resulta ‘momentáneo y liviano’. (2Co 4:16-18.) El recordar la naturaleza transitoria de las pruebas y adherirse a la esperanza cristiana puede evitar que se deje lugar a la desesperación o a la infidelidad a Jehová Dios.
El aguante cristiano no depende de la fortaleza personal.
 Es el Altísimo quien sostiene y fortalece a sus siervos por medio de su espíritu y el consuelo de las Escrituras. Jehová “suministra aguante” a los que confían plenamente en Él, y por eso es apropiado que los cristianos oremos pidiéndole ayuda, incluida la sabiduría necesaria para hacer frente a una prueba en concreto. (Ro 15:4, 5; Snt 1:5.) Jehová nunca permitirá que nadie se vea sometido a una prueba que le sea imposible soportar. Si una persona acude a Él por ayuda y no pierde la fe, sino que confía por completo en Él, el Todopoderoso le proporcionará una salida que le permitirá aguantar. (1Co 10:13; 2Co 4:9.)
No existe límite alguno a la fortaleza que los cristianos podemos obtener mientras sufrimos tribulación. El apóstol Pablo oró por los colosenses para que fuesen “hechos poderosos con todo poder al alcance de la gloriosa potencia de  Dios  para que aguanten plenamente y sean sufridos con gozo”. (Col 1:11.) Un ejemplo de cómo actúa esta “gloriosa potencia” es la resurrección de Jesucristo para ser ensalzado a la derecha del Padre. (Ef 1:19-21.)
Jehová Dios y su Hijo desean que todos los cristianos se mantengan fieles. Esta afirmación se desprende del estímulo que Jesucristo dio con relación al aguante a las congregaciones cristianas de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. (Rev 2:1-3, 8-10, 12, 13, 18, 19; 3:4, 5, 7, 10, 11, 14, 19-21.)
Actitud apropiada hacia las pruebas.
Los cristianos no debemos temer las pruebas y tribulaciones, pues sabemos que nuestro futuro eterno depende de nuestro aguante y que podemos confiar en la ayuda divina. Tampoco hemos de resentirnos por ellas ni quejarnos, amargarnos o compadecernos de nosotros mismos. El apóstol Pablo instó: “Alborocémonos estando en tribulaciones, puesto que sabemos que la tribulación produce aguante”. (Ro 5:3.) Las pruebas que se sobrellevan con paciencia y firmeza gracias a la ayuda divina muestran que un cristiano posee la cualidad necesaria del aguante, algo que no había manera de saber o probar con certeza antes del comienzo de la tribulación.
El aguante tendrá “completa su obra” si se deja que la prueba siga su curso sin que se quebranten los principios bíblicos con objeto de ponerle fin en seguida. Entonces la fe se habrá probado y refinado, y su poder sustentador se habrá puesto de manifiesto. Puede que también hayan quedado expuestas ciertas debilidades, de modo que el cristiano podrá apreciarlas y efectuar los cambios necesarios. Las pruebas que se aguantan con fidelidad moldean a una persona y pueden lograr que sea más paciente, compasiva, bondadosa y amorosa en el trato con sus semejantes. Por eso, al dejar que “el aguante tenga completa su obra”, la persona no tendrá “deficiencia en nada” de lo que Jehová busca en sus siervos aprobados. (Snt 1:2-4.)



EL GOZO

Es un sentimiento de alegría o placer que se experimenta al poseer o esperar algún bien; felicidad; júbilo. Las palabras hebreas y griegas que se usan en la Biblia para referirse a gozo, júbilo, regocijo y alegría, expresan diversos matices y grados de gozo. Los verbos empleados denotan tanto los sentimientos internos como la manifestación externa de gozo, y pueden tener gran variedad de significados, como “estar gozoso; regocijarse; gritar de alegría; saltar de alegría”, entre otros.

Jehová Dios y Jesucristo. A Jehová se le llama el “Dios feliz”. (1Ti 1:11.) Su creación y Su trabajo le producen gozo a Él y a sus criaturas. Jehová se regocija en sus obras. (Sl 104:31.) De igual manera, desea que sus criaturas disfruten de las obras que Él hace para provecho de ellas y que disfruten de su propio trabajo. (Ec 5:19.) Ya que es la Fuente de todas las cosas buenas (Snt 1:17), el llegar a conocerle es lo que más regocija a todas las criaturas inteligentes, tanto humanos como ángeles. (Jer 9:23, 24.) Por eso el rey David dijo: “Sea placentera mi meditación acerca de él. Yo, por mi parte, me regocijaré en Jehová”. (Sl 104:34.) También se expresó en canción: “Y el justo se regocijará en Jehová y verdaderamente se refugiará en él; y todos los rectos de corazón se jactarán”. (Sl 64:10.) Y el apóstol Pablo animó a los cristianos a derivar gozo en todo momento de su conocimiento de Jehová y de Sus tratos con ellos cuando escribió: “Siempre regocíjense en el Señor [Jehová, en varias versiones]. Una vez más diré: ¡Regocíjense!”. (Flp 4:4.)
Jesucristo, el más cercano a Jehová, es quien lo conoce mejor (Mt 11:27), y puede darlo a conocer a sus seguidores. (Jn 1:18.) Por lo tanto, está gozoso, y se le llama “el feliz y único Potentado”. (1Ti 6:14, 15.) Debido al amor que tiene a su Padre, está ansioso de hacer siempre las cosas que le agradan. (Jn 8:29.) Por consiguiente, cuando se le presentó la misión de venir a la Tierra, sufrir y morir con el fin de vindicar el nombre de Jehová, “por el gozo que fue puesto delante de él aguantó un madero de tormento, despreciando la vergüenza”. (Heb 12:2.) También sentía un gran amor por la humanidad y se deleitaba en ella. Por eso, las Escrituras, que lo personifican en su existencia prehumana como la sabiduría, ponen en su boca las palabras: “Entonces llegué a estar   lado  de Jehová como un obrero maestro, y llegué a ser aquella con quien él estuvo especialmente encariñado día a día, y estuve alegre delante de él todo el tiempo, pues estuve alegre por el terreno productivo de su tierra, y las cosas que fueron el objeto de mi cariño estuvieron con los hijos de los hombres”. (Pr 8:30, 31.)
Jesús deseaba que sus seguidores disfrutaran del mismo gozo. Por eso, les dijo: “Estas cosas les he hablado, para que mi gozo esté en ustedes y su gozo se haga pleno”. Los ángeles también se regocijaron cuando se creó la Tierra. (Jn 15:11; 17:13; Job 38:4-7.) Asimismo, ven el derrotero del pueblo de Dios y se alegran de su proceder fiel. Especialmente se regocijan cuando una persona se vuelve de sus caminos pecaminosos y se adhiere a la adoración pura y al servicio a Dios. (Lu 15:7, 10.)

Cómo alegrar el corazón de Jehová.
 Los siervos de Jehová pueden alegrar Su corazón siéndole fieles y leales. Satanás el Diablo ha desafiado constantemente la legitimidad de la soberanía de Dios y la integridad de todos los que le sirven. (Job 1:9-11; 2:4, 5; Rev 12:10.) A ellos les aplican las palabras: “Sé sabio, hijo mío, y regocija mi corazón, para que pueda responder al que me está desafiando con escarnio”. (Pr 27:11.) En la Tierra, el pueblo de Jehová también puede hacer que Dios se regocije apegándose a un proceder de fidelidad y lealtad. (Isa 65:19; Sof 3:17.)

Un fruto del espíritu.
Como Jehová es la Fuente del gozo y desea que su pueblo esté gozoso, el gozo es un fruto de su espíritu santo. En Gálatas 5:22, 23 aparece inmediatamente después del amor. Asimismo, el apóstol escribió a los cristianos de Tesalónica: “Ustedes llegaron a ser imitadores de nosotros y del Señor, puesto que aceptaron la palabra bajo mucha tribulación con gozo de espíritu santo”. (1Te 1:6.) De igual manera, en sus consejos a los cristianos de Roma, Pablo dijo que el reino de Dios “significa justicia y paz y gozo con espíritu santo”. (Ro 14:17.)
El gozo verdadero es una cualidad del corazón, y puede beneficiar a todo el cuerpo. El sabio escritor de Proverbios dice que “un corazón gozoso tiene buen efecto en el semblante” y “un corazón que está gozoso hace bien como sanador [o: “hace bien al cuerpo”]”. (Pr 15:13; 17:22, nota.)

El gozo en el servicio de Dios.
 Lo que Jehová pide de sus siervos no es gravoso. (1Jn 5:3.) Él desea que le sirvan con gozo. Su pueblo Israel tenía que disfrutar de las fiestas periódicas que Él les había estipulado, y debían regocijarse en otros aspectos de su vida y de su adoración a Dios. (Le 23:40; Dt 12:7, 12, 18.) Tenían que hablar de Dios de manera gozosa. (Sl 20:5; 51:14; 59:16.) El que no sirvieran con gozo significaba que algo iba mal en su corazón y que no apreciaban la bondad amorosa de Jehová. Por lo tanto, les advirtió lo que sucedería si se hacían desobedientes y no sentían gozo al servirle: “Y todas estas invocaciones de mal ciertamente vendrán sobre ti porque no escuchaste la voz de Jehová tu Dios ni guardaste sus mandamientos y sus estatutos. Y estas tienen que continuar sobre ti y tu prole debido al hecho de que no serviste a Jehová tu Dios con regocijo y gozo de corazón por la abundancia de todo”. (Dt 28:45-47.)
Igualmente el cristiano debería disfrutar de su servicio a Dios. En caso contrario, significaría que su aprecio de corazón es deficiente. (Sl 100:2.) “El gozo de Jehová es su plaza fuerte”, dijo uno de los siervos fieles de Dios. (Ne 8:10.) Las buenas nuevas que proclama el cristiano fueron anunciadas por el ángel de Dios como “buenas nuevas de un gran gozo que todo el pueblo tendrá”. (Lu 2:10.) El llevar el nombre de Jehová como sus testigos y el conocer la verdad según se halla en la Biblia ciertamente debería ser motivo de gozo. Jeremías dijo al respecto: “Tu palabra llega a ser para mí el alborozo y el regocijo de mi corazón; porque tu nombre ha sido llamado sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos”. (Jer 15:16.)
Por otra parte, las rectas y justas decisiones judiciales de Jehová puestas en vigor en la congregación cristiana y en la vida de los cristianos son una causa de gozo, especialmente en un tiempo en que el mundo ha despreciado la rectitud y la justicia. (Sl 48:11.) La maravillosa esperanza que tienen es asimismo una razón de peso para tener gozo. (“Regocíjense en la esperanza”; Ro 12:12; Pr 10:28.) Su salvación es una base para tener gozo. (Sl 13:5.) Además, está el gozo que siente el siervo de Dios por causa de aquellos a quienes ayuda a conocer y servir a Jehová. (Flp 4:1; 1Te 2:19.) El reunirse y el trabajar junto con el pueblo de Dios es uno de los mayores gozos. (Sl 106:4, 5; 122:1.)

La persecución, motivo de gozo.
 Para el cristiano que protege su corazón, incluso la persecución, que no es en sí misma motivo de gozo, debería aceptarse gozosamente, pues el aguantarla con integridad es una victoria. Dios ayuda al que es fiel. (Col 1:11.) Además, la persecución demuestra que se tiene la aprobación de Dios. Jesús dijo que cuando el cristiano experimentara persecución y vituperio, debería “[saltar] de gozo”. (Mt 5:11, 12; Snt 1:2-4; 1Pe 4:13, 14.)

Otras fuentes de gozo provistas por Dios.
Jehová ha provisto muchas otras cosas de las que la humanidad puede disfrutar de día en día. Algunas de estas son: el matrimonio (Dt 24:5; Pr 5:18), el tener un hijo justo y sabio (Pr 23:24, 25), el alimento (Ec 10:19; Hch 14:17), el vino (Sl 104:14, 15; Ec 10:19) y sus numerosas obras creativas. (Snt 1:17; 1Ti 6:17.)

El gozo falso que no perdura.
Jesús habló de algunos que escucharían la verdad y la recibirían con gozo, pero sin obtener el verdadero sentido de ella. Esas personas no cultivan la palabra que se ha implantado en su corazón, por lo que en seguida pierden el gozo, pues tropiezan cuando surge tribulación o persecución por causa de la palabra. (Mt 13:20, 21.) El gozo basado en el materialismo es un gozo falso, engañoso y de poca duración. Además, el que se regocija por la calamidad de otro, aunque sea la de alguien que le odia, debe rendir cuentas a Jehová por su pecado. (Job 31:25-30; Pr 17:5; 24:17, 18.) Si un joven cree que el dar lugar a “los deseos que acompañan a la juventud” trae gozo, demuestra ser insensato. (2Ti 2:22; Ec 11:9, 10.) De manera similar, el amar las diversiones acarrea malos resultados. (Pr 21:17; Ec 7:4.) Incluso el cristiano que se alboroza al compararse con otros está equivocado. Más bien, debería probar lo que es su propia obra y así tendría motivo para “alborozarse respecto de sí mismo solo”. (Gál 6:4.)

Gozo eterno.
Jehová prometió restaurar a su pueblo Israel después de su cautiverio en Babilonia. Les llevó de regreso a Jerusalén en 537 a. E.C. y ellos se regocijaron en gran manera cuando se colocó el fundamento del templo. (Isa 35:10; 51:11; 65:17-19; Esd 3:10-13.) Pero la profecía de Isaías (65:17) tiene un cumplimiento mayor en la instauración de “un nuevo cielo y una nueva tierra” que hará que toda la humanidad tenga gozo para siempre bajo la “Nueva Jerusalén”. (Rev 21:1-3.)

La iniquidad, la enfermedad y la muerte impiden que en la actualidad las personas tengan un gozo pleno. Pero en armonía con la regla bíblica: “El rey sabio dispersa a los inicuos”, Jesucristo, en calidad de rey, pondrá fin a todos los enemigos de Dios y de la justicia. (Pr 20:26; 1Co 15:25, 26.) De esta manera desaparecerán todos los obstáculos que impiden que se disfrute de un gozo completo, pues incluso “la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor”. (Rev 21:4.) El sentir pesar por los que han muerto habrá terminado por completo; habrá sido erradicado por medio de la resurrección de los muertos. Este conocimiento consuela a los cristianos incluso en la actualidad, y por esta causa no se   apesadumbran  como lo hacen también los demás que no tienen esperanza”. (1Te 4:13, 14; Jn 5:28, 29.)

sábado, 9 de julio de 2016

JESUCRISTO EL ÚNICO MEDIADOR ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES


Mediador es alguien que se interpone entre dos o más partes en desacuerdo a fin de reconciliarlas; intercesor; agente intermediario o medianero. En las Escrituras el término se aplica a Moisés y a Jesucristo, mediadores del pacto de la Ley y del Nuevo Pacto, respectivamente. (Gál 3:19; 1Ti 2:5.)

Sangre para dar validez a los pactos.

El escritor inspirado de la carta a los Hebreos considera dos pactos principales, el pacto de la Ley y el nuevo pacto, y se refiere a Cristo como el mediador de este último. (Heb 9:15.) Sus palabras de Hebreos 9:16 han sido objeto de controversia entre los eruditos bíblicos. Por ello el texto se ha traducido de diferentes maneras: “Pues donde hay testamento se requiere que conste la muerte del testador”. “Para que un testamento surta efecto es preciso comprobar que ha muerto quien lo otorgó”. “Porque donde hay un pacto, necesario es que sea causada la muerte del que lo hizo”. “Porque donde hay un pacto, es necesario que se suministre la muerte del humano que hace el pacto”. “Porque donde hay pacto, es necesario que intervenga la muerte de la víctima mediadora que lo ratifica”. “Porque donde hay pacto, muerte hay necesidad de ser reportada de lo pactado”. “Para que un pacto entre en vigor, tiene que comprobarse primero la muerte de la persona que lo hizo”.
El texto griego dice al pie de la letra: “Donde pues pacto, muerte necesidad de ser traída del que ha pactado para sí”. (Heb 9:16) “Porque donde un pacto es, una muerte es necesaria que sea introducida del que concierta el pacto.”
La traducción de di·a·the·ke por “pacto” expresa con exactitud el significado del término original. La traducción “testamento”, que utilizan muchas versiones, no es consecuente con el uso del término en la Septuaginta griega y en muchos lugares de las Escrituras Griegas Cristianas. (Lu 1:72; Hch 3:25; 7:8; Ro 9:4; 11:27; Heb 8:6-10; 12:24.) La palabra “testamento” tampoco concuerda con el contexto, pues Pablo considera el pacto de la Ley y el nuevo pacto, ninguno de los cuales eran “testamentos”.
En Hebreos 9:16 el apóstol Pablo explica que los pactos entre Dios y el hombre (no entre seres humanos) exigen sacrificios. Debe notarse, además, que, en particular en el caso de los hebreos, el acercamiento a Dios y los pactos con Él normalmente se basaban en sacrificios, y a las víctimas a veces se las cortaba en pedazos con motivo de la validación de un pacto. Es obvio que el pacto de la Ley y el nuevo pacto necesitaron del derramamiento de sangre para su validación ante Dios. De otro modo Él no hubiera reconocido su validez ni hubiera mantenido con los implicados una relación basada en pacto. (Heb 9:17.) Para dar validez al pacto de la Ley, se utilizaron víctimas animales —toros y cabras— que tomaron el lugar de Moisés, el mediador. (Heb 9:19.) Para validar el nuevo pacto, se sacrificó la vida humana de Jesucristo.  

El mediador del pacto de la Ley.

Moisés era el mediador del pacto de la Ley entre Jehová Dios y la nación de Israel. Jehová habló con él “boca a boca” (Nú 12:8), aunque en realidad fue el ángel de Jehová quien habló en representación de Dios. (Hch 7:38; Gál 3:19; Heb 2:2.) Moisés fue para Israel un vocero intermediario de Jehová. (Éx 19:3, 7, 9; 24:9-18.) En su calidad de mediador, tenía “confiada a él toda [la] casa” de Jehová. (Nú 12:7.) Al mediar el pacto de la Ley, ayudó a la nación de Israel a guardar el pacto y recibir sus beneficios.

Validación del pacto de la Ley.

El apóstol Pablo dice: “Ahora bien, no hay mediador cuando se trata de una sola persona, mas Dios es uno solo”. (Gál 3:20.) En el pacto de la Ley, Dios era uno de los pactantes y la nación de Israel el otro. Debido a su condición pecaminosa, los israelitas no podían pactar por sí solos con Dios, sino que necesitaban un mediador. Esta carencia se manifestó en su petición a Moisés: “Habla tú con nosotros, y escuchemos nosotros; pero no hable Dios con nosotros, por temor de que muramos”. (Éx 20:19; Heb 12:18-20.) Por consiguiente, como expresión de su misericordia, Jehová designó a Moisés mediador del pacto de la Ley y dispuso que se sacrificasen animales con el fin de dar validez al pacto. Por supuesto, Moisés también era imperfecto y pecador, pero tenía el reconocimiento de Dios, como lo había tenido Abrahán tiempo atrás.  Con motivo de la inauguración del pacto, Moisés supervisó el sacrificio de los animales. Acto seguido, roció la sangre sobre el rollo o el “libro del pacto”, leyó el libro al pueblo, expuso los términos recogidos en el pacto y el pueblo accedió a obedecer. Posteriormente, Moisés roció al pueblo (lógicamente a los ancianos que lo representaban) con la sangre, diciendo: “Aquí está la sangre del pacto que Jehová ha celebrado con ustedes tocante a todas estas palabras”. (Éx 24:3-8; Heb 9:18-22.)

Inauguración del sacerdocio.

Los sacerdotes designados de la casa de Aarón no podían empezar a ejercer sus funciones como sacerdotes por su cuenta. Tenían que tomar posesión de su puesto bajo la dirección del mediador de Dios, Moisés. Cuando esto tuvo lugar, del 1 al 7 de Nisán de 1512 a. E.C., Moisés ungió el tabernáculo, su mobiliario y utensilios, así como a Aarón, con un aceite de composición especial. Después de llenar las manos de Aarón y sus hijos con ofrendas, meció sus manos llenas ante Jehová a fin de consagrarlos o ‘llenar sus manos de poder’ para el sacerdocio. Luego los salpicó con el aceite de la unción y la sangre del altar. De modo que una función de Moisés como mediador fue dirigir la instalación y entrada en vigor del sacerdocio, uno de los aspectos del pacto de la Ley.  
Moisés también desempeñó un papel importante el 8 de Nisán de 1512 a. E.C. en relación con los primeros servicios del sacerdocio recién instalado, pues dirigió los actos y, junto con Aarón, bendijo al pueblo. (Le 9.) En la institución de todo lo relacionado con el pacto de la Ley, Moisés actuó en calidad oficial de mediador.

Otros trabajos de mediador.

Por medio de Moisés se le dio a Israel un código de más de 600 leyes, que incluían también los estatutos sacerdotales. Moisés ejecutó muchos milagros a favor del pueblo por el poder de Dios. Además, intercedió por ellos, suplicando a Jehová que los librase por causa de Su nombre. (Éx 32:7-14; Nú 14:11-20; 16:20-22; 21:7; Dt 9:18-20, 25-29; 10:8-11.) El interés principal de Moisés era el nombre de Jehová y el pueblo, lo que incluso estaba por encima de la preocupación por su propio bienestar. (Éx 32:30-33; Nú 11:26-29; 12:9-13.)

Semejanzas entre dos mediaciones.

Con respecto a los que son introducidos en el nuevo pacto, hallamos una situación similar a la del antiguo Israel. Los cristianos también son pecadores. Como la sangre de animales en realidad no puede quitar los pecados (Heb 10:4), es necesario un sacrificio mejor. Jesucristo es ese sacrificio mejor. (Heb 10:5-10.) El escritor de Hebreos lo explica de la siguiente manera. Después de mencionar los sacrificios ofrecidos bajo la Ley, dice: “¿Cuánto más la sangre del Cristo, limpiará nuestra conciencia de obras muertas para que rindamos servicio sagrado al Dios vivo? Por eso él es mediador de un nuevo pacto, para que, habiendo ocurrido una muerte para la liberación de ellos por rescate de las transgresiones bajo el pacto anterior, los que han sido llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay un pacto, es necesario que se suministre la muerte del humano que hace el pacto. Porque el pacto es válido sobre víctimas muertas, puesto que no está en vigor en ningún tiempo mientras vive el humano que ha hecho el pacto”. (Heb 9:11-17.)
Pablo continúa señalando que el pacto anterior no se inauguró sin sangre. Cuando Moisés ofició en este pacto, se encargó de que se hiciesen los sacrificios y roció la sangre sobre el “libro del pacto”. (Heb 9:18-28.) De igual manera, Jesucristo, el mediador de Dios para el nuevo pacto, compareció ante Jehová con el valor de su sangre después de su sacrificio. Otra semejanza es que del mismo modo que el pacto de la Ley se hizo con una nación, no con personas (Éx 24:7, 8), así el nuevo pacto se hizo con la “nación santa” de Dios, “el Israel de Dios”. (1Pe 2:9; Gál 6:15, 16.)

Beneficiarios de la mediación de Cristo.

El apóstol Pablo dice que hay “un solo mediador entre Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se dio a sí mismo como rescate correspondiente por todos”, tanto judíos como gentiles. (1Ti 2:5, 6.) Él sirve de mediador del nuevo pacto entre Dios y aquellos a quienes se introduce en este pacto: la congregación del Israel espiritual. (Heb 8:10-13; 12:24; Ef 5:25-27.) Cristo llegó a ser el Mediador para que los llamados “reciban la promesa de la herencia eterna” (Heb 9:15); presta ayuda, no a los ángeles, sino a la “descendencia de Abrahán”. (Heb 2:16.) Ayuda a los que han de ser introducidos en el nuevo pacto a ser ‘adoptados’ en la casa de Jehová, compuesta por sus hijos espirituales, quienes finalmente estarán en el cielo como hermanos de Cristo y llegarán a formar parte con él de la descendencia de Abrahán. (Ro 8:15-17, 23-25; Gál 3:29.) Les ha transmitido el prometido Espíritu Santo, con el que se les sella y se les ha dado una prenda de lo que ha de venir, su herencia celestial. (2Co 5:5; Ef 1:13, 14.) En Revelación 7:4-8 se da a conocer que la cantidad total de los que al fin son sellados de manera permanente asciende a 144.000 personas.

Inauguración del nuevo pacto.

Después de su muerte y resurrección, Jesús entró en el cielo para comparecer ante la persona de Dios con el fin de presentar su ofrenda, de la que se benefician primero los que han sido introducidos en el Nuevo Pacto. (Heb 9:24.) Luego intervino como Sumo Sacerdote y Mediador. En armonía con la pauta que se siguió en la inauguración del pacto de la Ley, Jesucristo presentó el valor de su sacrificio ante Jehová en el cielo (tal como Moisés roció la sangre sobre el libro de la Ley [pues Dios no estaba allí en persona]). En el día del Pentecostés de 33 E.C., Jesús derramó el Espíritu Santo de Dios sobre los primeros a los que se introdujo en el nuevo pacto, unas 120 personas. Más tarde, en aquel mismo día, unos 3.000 judíos y prosélitos fueron añadidos a la congregación. (Hch 1:15; 2:1-47; Heb 9:19.) Y tal como Moisés leyó la Ley al pueblo, así Jesucristo enuncia claramente las condiciones del nuevo pacto y sus leyes a los que tienen parte en él. (Éx 24:3-8; Heb 1:1, 2; Jn 13:34; 15:14; 1Jn 5:1-3.)
Como Mediador y Sumo Sacerdote, Jesucristo, siendo inmortal, siempre está vivo y puede abogar a favor de los miembros del Israel espiritual que se acercan a Dios por medio de Él, de manera que puede mediar el nuevo pacto hasta que las personas que reciben su ayuda como mediador se salven completamente. (Heb 7:24, 25.) Puede dirigir los asuntos para que el nuevo pacto consiga todos sus objetivos. A los que tienen parte en el pacto finalmente se les instala en el sacerdocio celestial como sacerdotes con Cristo, su gran Sumo Sacerdote. (Rev 5:9, 10; 20:6.)

Bendiciones para toda la humanidad.

Aunque el papel de mediador de Jesús únicamente va dirigido hacia los que están en el Nuevo Pacto, también es el Sumo Sacerdote de Dios y la Descendencia de Abrahán. Al cumplir con sus responsabilidades en estas dos últimas posiciones, bendecirá a otras personas de la humanidad, puesto que todas las naciones tienen que ser bendecidas por medio de la descendencia de Abrahán. Los que están en el nuevo pacto son bendecidos primero por Cristo, la Descendencia principal (Gál 3:16, 29), y se les introduce como miembros asociados de la descendencia. Constituidos reyes y sacerdotes en virtud del nuevo pacto que él media, participarán en administrar las bendiciones del sacrificio de Jesús y de su gobernación real a todas las naciones de la Tierra. Una vez realizado su propósito al introducir al “Israel de Dios” en esta posición, el papel mediador de Cristo resulta por tanto en beneficios y bendiciones para toda la humanidad. (Gál 6:16; Gé 22:17, 18.)
Además de los 144.000 “sellados”, hay otros que también oran a Jehová Dios en el nombre de Cristo y ponen fe en el mérito de su sacrificio de rescate. Este sacrificio no es solo para aquellos por quienes Jesucristo media el nuevo pacto, sino también para toda la humanidad que expresa fe en Cristo. (1Jn 2:2.) Estas personas que no han sido introducidas en el nuevo pacto también reconocen que “no hay otro nombre debajo del cielo que se haya dado entre los hombres mediante el cual tengamos que ser salvos”. (Hch 4:12.) También consideran a Jesucristo como su gran Sumo Sacerdote celestial, mediante quien pueden acercarse a Dios y mediante cuyos servicios pueden conseguir el perdón de sus pecados. (Heb 4:14-16.) Apocalipsis 21:22-24 dice que ‘las naciones andarán en la luz de la Nueva Jerusalén’, ciudad que tiene a Jehová Dios como su luz y al Cordero Jesucristo como su lámpara.


LA MEDITACIÓN


Es la acción de aplicar con intensidad el pensamiento y la reflexión al conocimiento y consideración de una cosa, bien experiencias del pasado, asuntos del presente o posibles acontecimientos futuros.
A fin de meditar debidamente, es necesario estar libre de distracciones, estar a solas con los pensamientos. Por ejemplo, al caer la tarde, Isaac salió a pasear solo con el fin de meditar, posiblemente sobre su inminente matrimonio con Rebeca. (Gé 24:63.) Durante la soledad de las vigilias nocturnas, el salmista meditó sobre la grandeza de su magnífico Creador. (Sl 63:6.) La meditación del corazón debe dirigirse hacia cosas beneficiosas, como el esplendor y las obras de Jehová y las cosas que le agradan a Él (Sl 19:14; 49:3; 77:12; 143:5; Flp 4:8), no hacia los ardides de los inicuos. (Pr 24:1, 2.)
La meditación provechosa evita las respuestas necias. Supone pensar seriamente en los asuntos de importancia para dar respuestas desde el corazón que no haya que lamentar más tarde. (Pr 15:28.)
Cuando a Josué se le puso al frente de la nación de Israel, se le mandó que hiciese una copia de la ley de Jehová, y se le dijo (como leen muchas traducciones de la Biblia) que meditara en ella día y noche. (Jos 1:8) El término hebreo para “meditar” en este texto es ha·gháh. Significa básicamente “emitir sonidos inarticulados”, y se traduce ‘aullar’, ‘gruñir’, ‘chirriar’ y ‘hablar entre dientes’. (Isa 16:7; 31:4; 38:14; 59:3.) Ha·gháh también significa ‘proferir en voz baja’ y ‘meditar’. (Sl 35:28; Pr 15:28.)  
 La lectura en voz baja grabaría en la mente de manera más indeleble el objeto de la meditación  “Estrictamente, hablar con uno mismo, susurrando en voz baja, como suelen hacer los que meditan”.  
El apóstol Pablo le dijo a Timoteo que debería reflexionar o meditar en su conducta, ministerio y enseñanza. Como superintendente, debería asegurarse de que enseñaba la doctrina sana y de que su modo de vivir era ejemplar. (1Ti 4:15.)

Meditación incorrecta.
Después que el capitán del templo detuvo a los apóstoles Pedro y Juan, y los gobernantes judíos los amenazaron y les ordenaron que no hablasen más sobre la base del nombre de Jesús, los apóstoles regresaron a donde se hallaban los otros discípulos. Allí oraron a Dios, aludiendo a las palabras proféticas de David: “‘¿Por qué se pusieron tumultuosas las naciones, y los pueblos meditaron cosas vacías?’ De veras, pues, tanto Herodes como Poncio Pilato con hombres de naciones y con pueblos de Israel realmente fueron reunidos en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, a fin de hacer cuantas cosas tu mano y consejo habían predeterminado que sucedieran”. (Hch 4:1-3, 18, 21, 23-28.)
El contexto muestra que las “cosas vacías” de las que se habla en este pasaje no son las que buscan las personas habitualmente en la vida, sino aquellas desprovistas de toda bondad, como pensamientos, habla y acciones en contra de Jehová y de sus siervos, empeños completamente vanos. (Hch 4:25.)
El rey David dijo de los que le odiaban e intentaban matarle: “Siguen hablando engaños entre dientes todo el día”. (Sl 38:12.) Estas meditaciones no eran simples pensamientos pasajeros. Estaban profundamente arraigadas en el corazón y orientadas hacia iniciativas inicuas. El escritor de Proverbios dice en cuanto a tales hombres: “Despojo violento es lo que su corazón sigue meditando, y gravoso afán es lo que sus propios labios siguen hablando”. (Pr 24:2.)
Jesús dijo a aquellos que le odiaban: “¿Por qué razonan estas cosas en sus corazones?”. (Mr 2:8.) De todos los que “suprimen la verdad de un modo injusto”, el apóstol Pablo dice: “Se hicieron casquivanos en sus razonamientos, y se les oscureció su fatuo corazón”. (Ro 1:18, 21.)


viernes, 8 de julio de 2016

LA EXPIACIÓN


En la Biblia se usa este término con referencia a cubrir los pecados. En las Escrituras Hebreas son comunes los términos relacionados con la expiación, sobre todo en los libros de Levítico y Números. La palabra hebrea para expiar es ka·fár, y probablemente significaba en un principio “cubrir” o, según piensan algunos, “borrar”.

El hombre necesita expiación.

El hombre tiene necesidad de que se le cubran o expíen los pecados debido al pecado heredado (1Re 8:46; Sl 51:5; Ec 7:20; Ro 3:23), del que solo él es responsable, no Dios. (Dt 32:4, 5.) Adán perdió la vida eterna en perfección, y transmitió el pecado y la muerte a su prole (Ro 5:12), de modo que todos sus descendientes llegaron a estar condenados a muerte. Para que la humanidad pudiera recuperar la oportunidad de disfrutar de vida eterna, y en armonía con el principio legal que más tarde Jehová incorporaría en la ley mosaica, a saber, el de igual por igual, tenía que hacerse expiación con algo que equivaliera exactamente a lo que Adán había perdido. (Dt 19:21.)
La idea primaria que transmite la palabra “expiación” en la Biblia, es “cubrir” o “cambiar”, y lo que se da como cambio por otra cosa tiene que tener el mismo valor. Ningún ser humano imperfecto podía suministrar tal expiación para restaurar la vida humana perfecta a la humanidad en general ni a nadie en particular. (Sl 49:7, 8.) Para hacer expiación por lo que Adán había perdido, tenía que proveerse una ofrenda por el pecado que tuviera el valor exacto de una vida humana perfecta.
Jehová Dios instituyó un modo de hacer expiación en el pueblo de Israel que tipificó una provisión mayor de expiación. Jehová, no el hombre, es quien debe recibir el crédito por determinar y revelar los medios de expiación para cubrir el pecado heredado y suministrar liberación de la resultante condena de muerte.

Sacrificios de expiación.

 Dios mandó a los israelitas que ofrecieran sacrificios como ofrendas por el pecado para hacer expiación. (Éx 29:36; Le 4:20.) De particular importancia era el Día de Expiación anual, cuando el sumo sacerdote de Israel ofrecía sacrificios de animales a favor de sí mismo, de los demás levitas y de las tribus no sacerdotales de Israel. (Le 16.) Los sacrificios de animales tenían que ser inmaculados, lo que indicaba que su antitipo debía ser perfecto. Además, el que se diera la vida de la víctima y se derramara su sangre muestra el valor que tenía la expiación. (Le 17:11.) Las ofrendas por el pecado que hacían los israelitas y los diferentes rasgos del Día de Expiación anual debieron impresionar en ellos la gravedad de su estado pecaminoso y lo necesitados que estaban de una expiación completa. Sin embargo, los sacrificios de animales no podían expiar por completo el pecado humano, porque la creación animal es inferior al hombre, a quien se dio el dominio sobre ella. (Gé 1:28; Sl 8:4-8; Heb 10:1-4
Cumplimiento en Cristo Jesús.

 Las Escrituras Griegas Cristianas relacionan sin ambages la expiación completa de los pecados humanos con Jesucristo. En él se cumplen los tipos y sombras de la ley mosaica, ya que es a quien señalan los diferentes sacrificios de animales. Como humano perfecto, sin pecado, fue la ofrenda por el pecado de todos los descendientes de Adán que con el tiempo serán liberados del pecado y la muerte heredados. (2Co 5:21.) Cristo “ofreció un sacrificio por los pecados perpetuamente” (Heb 10:12), y no hay duda de que es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. (Jn 1:29, 36; 1Co 5:7; Rev 5:12; 13:8; compárese con Isa 53:7.) El perdón depende del derramamiento de sangre (Heb 9:22), y a los cristianos que andan en la luz se les asegura que “la sangre de Jesús su Hijo [los] limpia de todo pecado”. (1Jn 1:7; Heb 9:13, 14; Rev 1:5.)
La vida humana perfecta de Jesús ofrecida en sacrificio es la ofrenda por el pecado antitípica. Es el elemento valioso con el que se compra a la humanidad, redimiéndola del pecado y la muerte heredados. (Tit 2:13, 14; Heb 2:9.) Cristo mismo afirmó: “El Hijo del hombre no vino para que se le ministrara, sino para ministrar y para dar su alma en rescate  en cambio por muchos”. (Mr 10:45) Su sacrificio fue el pago exacto por lo que había perdido el pecador Adán, ya que Jesucristo era perfecto y, por lo tanto, igual que Adán antes de su pecado. (1Ti 2:5, 6; Ef 1:7.)

Se hace posible la reconciliación.

El pecado causa una división entre el hombre y Dios, pues Jehová no aprueba el pecado. La relación entre el hombre y su Creador solo podía restablecerse si se satisfacía el requisito de una verdadera expiación del pecado. (Isa 59:2; Hab 1:13; Ef 2:3.) Jehová Dios ha hecho posible la reconciliación entre sí mismo y la humanidad pecaminosa mediante el hombre perfecto Cristo Jesús. Por ello, el apóstol Pablo escribió: “También nos alborozamos en Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, mediante quien ahora hemos recibido la reconciliación”. (Ro 5:11) Por consiguiente, para conseguir el favor de Dios, es necesario aceptar la mediación de Jesucristo: la provisión de Dios para la reconciliación. Solo por este medio es posible llegar a estar en una posición comparable a la de Adán antes de su pecado. Dios manifiesta su amor al hacer posible esta reconciliación. (Ro 5:6-10.)

La propiciación satisface la justicia.

Todavía tenía que satisfacerse la justicia. Aunque el hombre había sido creado perfecto, perdió esta condición cuando pecó, y tanto él como sus descendientes llegaron a estar bajo la condenación de Dios. La justicia y la fidelidad a los principios de rectitud requerían que Dios ejecutara la sentencia de su ley contra el desobediente Adán. No obstante, el amor movió a Dios, a proporcionar un modo de satisfacer la justicia para que, sin violarla, la descendencia arrepentida del pecador Adán pudiera ser perdonada y consiguiera la paz con Dios. (Col 1:19-23.) Por lo tanto, Jehová “envió a su Hijo como sacrificio propiciatorio por nuestros pecados”. (1Jn 4:10; Heb 2:17.) La propiciación mueve a la consideración propicia o favorable. El sacrificio propiciatorio de Jesús elimina la razón por la que Dios tiene que condenar a los hombres y hace posible que les extienda favor y misericordia. Esta propiciación elimina el cargo de pecado y la condena de muerte resultante en el caso del Israel espiritual y de todos los demás que se valgan de ella. (1Jn 2:1, 2; Ro 6:23.)
La idea de la sustitución sobresale en ciertos textos bíblicos relativos a la expiación. Por ejemplo, Pablo observó que “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras” (1Co 15:3), y que “Cristo, por compra, nos libró de la maldición de la Ley, llegando a ser una maldición en lugar de nosotros, porque está escrito: ‘Maldito es todo aquel que es colgado en un madero’”. (Gál 3:13; Dt 21:23.) Pedro comentó: “Él mismo cargó con nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, para que acabáramos con los pecados y viviéramos a la justicia. Y ‘por sus heridas ustedes fueron sanados’”. (1Pe 2:24; Isa 53:5.) Pedro también escribió: “Cristo murió una vez para siempre respecto a pecados, un justo por injustos, para conducirlos a ustedes a Dios”. (1Pe 3:18.)

Esta provisión amorosa promueve la fe.


Dios y Cristo han ejemplificado su amor en esta provisión de expiación completa de los pecados heredados del hombre. (Jn 3:16; Ro 8:32; 1Jn 3:16.) Sin embargo, para beneficiarse de ella, la persona tiene que arrepentirse de verdad y ejercer fe. Jehová no se complacía en los sacrificios de Judá cuando se ofrecían sin la actitud apropiada. (Isa 1:10-17.) Dios envió a Cristo “como ofrenda para propiciación mediante fe en su sangre”. (Ro 3:21-26.) Los que con fe aceptan la provisión de Dios para expiación mediante Jesucristo pueden obtener la salvación; los que la desprecian, no. (Hch 4:12.) Y para cualquiera que ‘voluntariosamente practique el pecado después de haber recibido el conocimiento exacto de la verdad, no queda ya sacrificio alguno por los pecados, sino que hay cierta horrenda expectación de juicio’. (Heb 10:26-31.)

jueves, 7 de julio de 2016

LA CONCIENCIA



Esta palabra se traduce del griego sy·néi·de·sis, de syn (con) y éi·de·sis (conocimiento), de modo que significa con conocimiento, o conocimiento con uno mismo. 
La conciencia es la capacidad de la persona de mirarse a sí misma y enjuiciarse, de darse testimonio a sí misma. El apóstol Pablo expresa el funcionamiento de su conciencia de la siguiente manera: “Mi conciencia da testimonio conmigo en Espíritu Santo”. (Ro 9:1.)
La conciencia es inherente al ser humano; Dios la hizo parte de la persona. Es un sentido interno de lo correcto y lo incorrecto, sentido que excusa o acusa al individuo. Siendo así, la conciencia dicta juicio. Los pensamientos y las acciones, las creencias y las reglas que el estudio y la experiencia implantan en la mente humana también pueden educarla. La conciencia compara este conocimiento con la acción que se emprende o que se piensa emprender, y da una advertencia cuando las normas de la persona entran en conflicto con la acción que piensa llevar a cabo, a menos que violaciones continuas de sus advertencias la hayan “cauterizado” o insensibilizado. La conciencia puede ser un mecanismo moral de seguridad, ya que da satisfacción o le hace sentir dolor por el comportamiento bueno o malo de la persona.
El hombre ha tenido una conciencia desde el mismo principio. Adán y Eva así lo mostraron, pues se escondieron tan pronto como quebrantaron la ley de Dios. (Gé 3:7.) En Romanos 2:14, 15 leemos: “Porque siempre que los de las naciones que no tienen ley hacen por naturaleza las cosas de la ley, estos, aunque no tienen ley, son una ley para sí mismos. Son los mismísimos que demuestran que la sustancia de la ley está escrita en sus corazones, mientras su conciencia da testimonio con ellos y, entre sus propios pensamientos, están siendo acusados o hasta excusados”. Por lo tanto, se puede ver que la facultad de la conciencia no se había perdido, ni siquiera entre los no creyentes. Esta facultad pasó de Adán y Eva a toda la humanidad. Muchas leyes de las naciones están en armonía con la conciencia cristiana, aunque es posible que el cristianismo no haya influido en manera alguna en tales naciones y legisladores. Las leyes se promulgaron según los dictados de sus propias conciencias. Todas las personas tienen la facultad de la conciencia, y es a esta a la que los cristianos apelan por su predicación y su modo de vivir. (2Co 4:2.)
La conciencia puede convertirse en una guía insegura, y como tal, puede engañarnos, a menos que se la eduque según normas justas, de acuerdo con la verdad de la Palabra de Dios en la Biblia. El ambiente, las costumbres, la adoración y los hábitos pueden educar erróneamente la conciencia. Al amparo de estas normas o valores erróneos, la conciencia podría equivocarse al juzgar lo correcto o incorrecto de un asunto. Un ejemplo que lo ilustra aparece en Juan 16:2, donde Jesús predijo que los hombres matarían incluso a los siervos de Dios pensando que le estaban rindiendo un servicio. Saulo (más tarde el apóstol Pablo) partió con propósitos criminales contra los discípulos de Cristo, convencido de que estaba sirviendo a Dios con celo. (Hch 9:1; Gál 1:13-16.) Los judíos, notablemente extraviados, lucharon contra Dios debido a su falta de aprecio por Su Palabra. (Ro 10:2, 3; Os 4:1-3; Hch 5:39, 40.) Tan solo una conciencia educada de manera adecuada por la Palabra de Dios puede evaluar y rectificar con corrección los asuntos de la vida. (2Ti 3:16; Heb 4:12.) Para este fin hemos de tener normas rectas y estables: las normas de Dios.

Buena conciencia.
La persona debe acercarse a Jehová con una conciencia limpia. (Heb 10:22.) El cristiano ha de esforzarse constantemente por mantener una conciencia honrada en todas las cosas. (Heb 13:18.) Cuando Pablo declaró: “Me ejercito continuamente para tener conciencia de no haber cometido ofensa contra Dios ni contra los hombres” (Hch 24:16), quiso decir que continuamente dirigía y corregía su derrotero en la vida de acuerdo con la Palabra de Dios y las enseñanzas de Cristo, porque a la postre el juez definitivo es Dios, no su propia conciencia. (1Co 4:4.) No obstante, el proceder según una conciencia educada bíblicamente puede resultar en persecución, pero Pedro aconseja de manera confortadora: “Porque si alguno, por motivo de conciencia para con Dios, sobrelleva cosas penosas y sufre injustamente, esto es algo que agrada”. (1Pe 2:19.) El cristiano debe “ tener una buena conciencia” frente a la oposición. (1Pe 3:16.)
La Ley y sus sacrificios de animales no podían perfeccionar a una persona de tal modo que su conciencia la considerase libre de culpa. No obstante, aquellos que ponen fe en la aplicación del sacrificio de Cristo pueden llegar a tener una conciencia limpia. (Heb 9:9, 14.) Pedro indica que para conseguir la salvación hay que tener una conciencia buena, limpia y recta. (1Pe 3:21.)

Consideración por la conciencia de los demás.
En vista de que la conciencia debe ser educada de manera completa y exacta por la Palabra de Dios en la Biblia para que pueda hacer evaluaciones correctas, una conciencia no educada puede ser débil, es decir, puede ser suprimida fácil e imprudentemente, o a la persona pueden ofenderla las acciones o palabras de otros, incluso en ocasiones en las que no existe ninguna acción incorrecta. Pablo dio ejemplos relativos al comer y al beber, así como al modo de juzgar ciertos días. (Ro 14:1-23; 1Co 8:1-13.) Al cristiano que tiene conocimiento y una conciencia bien educada se le manda que sea considerado y tolerante con el que tiene una conciencia débil, y que no use toda su libertad ni insista en todos sus “derechos” personales para siempre obrar como le plazca. (Ro 15:1.) Aquel que hiere la conciencia débil de un compañero cristiano está “pecando contra Cristo”. (1Co 8:12.) Pablo da a entender que así como él no deseaba hacer algo por lo que un hermano débil se ofendiera y le juzgara, el débil, por su parte, ha de tener consideración por su hermano y esforzarse por alcanzar madurez obteniendo más conocimiento e instrucción, de manera que su conciencia no se ofenda con facilidad y vea de modo equivocado a los demás. (1Co 10:29, 30; Ro 14:10.)

Mala conciencia.
Cuando se desatienden repetidas veces los dictados de la conciencia, se llega al extremo de contaminarla e insensibilizarla, de modo que ya no provee advertencias ni guía segura. (Tit 1:15.) En tal caso, es el temor a ser descubierto y al castigo lo que llega a controlar la conducta, más bien que una buena conciencia. (Ro 13:5.) Cuando Pablo habla de una conciencia que está marcada como por hierro de marcar, da a entender que sería como la carne cauterizada de una cicatriz, que carece de terminaciones nerviosas y por lo tanto es insensible. (1Ti 4:2.) Las personas con una conciencia así no pueden distinguir lo bueno de lo malo. No aprecian la libertad que Dios les ofrece y se rebelan, de modo que acaban siendo esclavos de una mala conciencia. Es fácil contaminar la propia conciencia. El deseo de todo cristiano tiene que ser el que se manifiesta en Hechos 23:1: “Varones, hermanos, yo me he portado delante de Dios con conciencia perfectamente limpia hasta este día”.
¡Maranatha! ¡Sí, ven Señor Jesús!