jueves, 22 de septiembre de 2016

¿QUÉ ES LA VIDA?


 Se define la vida como el estado de actividad. Existencia animada de un ser o duración de esa existencia. Las formas de vida terrestres por lo general poseen la facultad de crecer, metabolizar, responder a estímulos externos y reproducirse. La palabra hebrea de la que se traduce vida en las Escrituras es jai·yím, y la griega, zo·e. También se utiliza el término hebreo né·fesch y el griego psy·kje —ambos significan “alma”— para hacer referencia a la vida, no en sentido abstracto, sino a la vida como persona o animal.   La vegetación tiene vida en el sentido de que posee la facultad de crecer, reproducirse y adaptarse, pero no tiene vida como alma. En lo que respecta a la creación inteligente, la vida en el sentido pleno equivale a existencia en estado perfecto y el derecho a disfrutarla.

Jehová Dios es la fuente.

 La vida siempre ha existido porque Jehová Dios es el Dios vivo, la Fuente de la vida, y su existencia no tiene ni principio ni fin. (Jer 10:10; Dan 6:20, 26; Juan 6:57; 2Co 3:3; 6:16; 1Tes 1:9; 1Tim 1:17; Sal 36:9; Jer 17:13.)  Su Hijo unigénito dio vida a la primera de sus creaciones, la Palabra. (Juan 1:1-3  Lo que Jesús enseñó y lo que hizo están ligados en forma inseparable con lo que Él es. Juan muestra a Jesús como totalmente humano y totalmente divino. A pesar de que Jesús tomó por completo nuestra humanidad y vivió como un hombre, nunca dejó de ser el Dios eterno que siempre existió, el creador y sustentador de todas las cosas, la fuerza que une la creación y la fuente de la vida eterna. Esta es la verdad acerca de Jesús y el fundamento de la verdad. Si no podemos o no creemos esta verdad básica, no tendremos la fe suficiente para confiarle nuestro destino eterno. Por eso Juan escribió su Evangelio: para edificar la fe y la confianza en Jesucristo, al grado que creamos que El en realidad era y es el Hijo de Dios. Juan escribió a los creyentes en todo lugar, sean o no judíos (gentiles). Como uno de los doce discípulos, Juan fue un testigo presencial, de manera que su historia es confiable. Su libro no es una biografía (como el libro de Lucas), sino una presentación temática de la vida de Jesús. Muchos de los oyentes originales tenían un trasfondo griego. La cultura griega estimulaba la adoración de muchos dioses mitológicos cuyas características sobrenaturales eran tan importantes para los griegos como las genealogías para los judíos. Juan mostró que Jesús no solo era diferente de sus dioses mitológicos, sino superior a ellos. ¿Qué quiere decir Juan con el Verbo? El Verbo era una expresión usada por teólogos y filósofos, judíos y griegos por igual, de muchas maneras diferentes. En las Escrituras hebreas, el Verbo era un agente de creación (Sal_33:6), la fuente del mensaje de Dios a su pueblo por medio de sus profetas (Hos_1:2) y la ley de Dios, su norma de santidad (Sal_119:11). En la filosofía griega, el Verbo era el principio de la razón que gobernaba al mundo o el pensamiento que estaba aún en la mente, mientras que en el pensamiento hebreo el Verbo era otra forma de decir Dios. La descripción de Juan muestra claramente que se refiere a Jesús; un ser humano que conocía y amaba, pero que era a la vez el Creador del universo, la suprema revelación de Dios, la imagen viviente de la santidad de Dios, y "todas las cosas en El subsisten" (Col_1:17). Para los lectores judíos, "el Verbo era Dios" era una blasfemia. Para los lectores griegos, "aquel Verbo fue hecho carne" (Col_1:14) era impensable. Para Juan, este nuevo entendimiento del Verbo era el evangelio, las buenas nuevas de Jesucristo. ; Col 1:15.) Por medio de este Hijo, creó otros hijos angélicos. (Job 38:4-7; Col 1:16, 17.) Más tarde llegó a existir el universo físico (Gén 1:1, 2), y en el tercero de los “días” creativos de la Tierra aparecieron las primeras formas de vida física: la hierba, la vegetación y los árboles frutales. En el quinto día creó las primeras almas vivientes: los animales marinos y las criaturas voladoras aladas. En el sexto día llegaron a existir los animales terrestres y, finalmente, el hombre. (Gén 1:11-13, 20-23, 24-31; Hech 17:25)
Por consiguiente, la aparición de la vida en la Tierra no tuvo que esperar a que se produjera una combinación fortuita de elementos químicos en ciertas condiciones idóneas. Tal cosa no se ha observado jamás y, de hecho, es imposible. La vida en la Tierra vino a la existencia como resultado de un mandato directo de Jehová Dios, la Fuente de la vida, y por la acción directa de su Hijo al llevar a cabo ese mandato. Solo la vida puede engendrar vida. El relato bíblico dice en todos los casos que lo creado produjo prole a su semejanza o “según su género”. (Gén 1:12, 21, 25; 5:3.) Los científicos se han dado cuenta de que verdaderamente existen marcadas divisiones entre los diferentes “géneros”, y, además de la cuestión de su origen, este ha sido el principal obstáculo a su teoría de la evolución.

Fuerza de vida y aliento.

En las criaturas terrestres o “almas” se conjugan la fuerza activa de vida, o “espíritu” que las anima, y el aliento que sustenta esa fuerza de vida. Tanto el espíritu (fuerza de vida) como el aliento son provisiones de Dios; Él puede destruir la vida quitando cualquiera de estas dos cosas. (Sal 104:29; Isa 42:5.) En el tiempo del Diluvio, los animales y los humanos se ahogaron; su aliento cesó y la fuerza de vida se extinguió. “Todo lo que tenía activo en sus narices el aliento de la fuerza de   a saber, cuanto había en el suelo seco, murió

Organismo.

 Todo lo que tiene vida, sea espiritual o carnal, posee un organismo o cuerpo. La vida en sí misma es impersonal e incorpórea, y simplemente constituye el principio vital. Al hablar de la clase de cuerpo con el que volverían las personas resucitadas, el apóstol Pablo explica que en la creación hay diferentes clases de cuerpos, en función del ambiente para el que hayan sido creados. Dice en cuanto a los que viven en la Tierra: “No toda carne es la misma carne, sino que hay una de la humanidad, y hay otra carne del ganado, y otra carne de las aves, y otra de los peces”. También menciona que “hay cuerpos celestes, y cuerpos terrestres; mas la gloria de los cuerpos celestes es de una clase, y la de los cuerpos terrestres es de una clase diferente”. (1Col 15:39, 40.)
La Encyclopædia Britannica (edición de 1942, vol. 14, pág. 42) dice con respecto a la diferencia de la carne de los diversos cuerpos terrestres: “Otra característica es la individualidad química que se manifiesta en todas partes, pues cada tipo distinto de organismo parece tener alguna proteína propia y distintiva, y un ritmo o tasa de metabolismo que le caracteriza. Así que, considerando la cualidad general de la persistencia en el metabolismo continuo, hay tres hechos fundamentales: 1) la síntesis de proteínas que compensa la descomposición de las mismas, 2) la aparición de dichas proteínas en un estado coloidal y 3) su carácter específico entre los diferentes tipos”. 

La transmisión de la fuerza de vida.

 Jehová dio origen a la fuerza de vida de las primeras criaturas de cada “género” (por ejemplo: de la primera pareja humana), fuerza de vida que podría transmitirse después a la prole por medio de la reproducción. Tras la concepción, los mamíferos le aportan oxígeno y otros nutrientes a la criatura hasta el momento de su nacimiento, cuando esta ya empieza a respirar por sí misma, lactar y, finalmente, comer.
Cuando Dios creó a Adán, formó su cuerpo, que necesitaba tanto el espíritu (fuerza de vida) como la respiración para poder vivir y mantenerse vivo. En Génesis 2:7 se dice que Dios procedió a “soplar en sus narices el aliento [forma de nescha·máh] de vida, y el hombre vino a ser alma viviente”. La expresión “aliento de vida” debe referirse a algo más que el mero hecho de respirar. Dios puso en Adán el espíritu o germen de vida, así como el sistema respiratorio para sostenerla. Fue entonces cuando Adán se convirtió en persona viviente y pudo dar expresión a las características de su personalidad, como también demostrar mediante la facultad del habla y sus acciones que era superior a los animales, que era un “hijo de Dios”, hecho a Su imagen y semejanza. (Gén 1:27; Luc 3:38.)
La vida del hombre y de los animales depende de la fuerza de vida iniciada en el primer ejemplar de cada especie y de la función de la respiración, esencial para sostenerla. La ciencia biológica da testimonio de este hecho por la distinción que hace entre muerte somática o real (también llamada muerte clínica), que es el cese absoluto de las funciones del cerebro, sistema circulatorio y respiratorio (el cuerpo como una unidad organizada está muerto), y la muerte de los tejidos (también llamada muerte biológica o muerte absoluta), que significa la desaparición de toda actividad biológica en los tejidos y células del cuerpo. Así que aunque se haya producido la muerte somática, la fuerza de vida todavía subsiste en las células de los tejidos del cuerpo, hasta que finalmente toda célula muere por completo (muerte de los tejidos).

Muerte y envejecimiento.

Tanto la vida vegetal como animal son transitorias. Sin embargo, para los científicos subsiste un interrogante: ¿por qué envejece y muere el hombre?
Cierto sector de la ciencia supone que toda célula tiene una duración de vida determinada genéticamente. En apoyo de esta idea se remiten a experimentos realizados con células cultivadas artificialmente cuya mitosis se detuvo después de la quincuagésima división. No obstante, hay científicos que afirman que dichos experimentos no explican por qué envejece todo el organismo. Aun se barajan otras explicaciones, como, por ejemplo, la teoría de que el cerebro libera hormonas que desempeñan un importante papel en el proceso de envejecimiento y muerte.  
Cuando se analizan los descubrimientos y conclusiones a las que llega la ciencia, se puede ver que la mayoría de los científicos no atribuyen el origen de la vida al Creador, y esperan descubrir por sus propios medios el secreto del envejecimiento y de la muerte con la intención de prolongar la esperanza de vida indefinidamente. Pasan por alto que fue el propio Creador quien sentenció a muerte a la primera pareja humana e hizo que esa sentencia se cumpliese de un modo que al hombre no le es posible comprender plenamente. De manera parecida, Dios reserva el premio de la vida eterna a todo aquel que ejerza fe en su Hijo. (Gén 2:16, 17; 3:16-19; Juan 3:16.)

Adán perdió la vida para sí mismo y para su prole.

 Cuando Dios creó a Adán, puso en el jardín de Edén el “árbol de la vida” (Gén 2:9.) El fruto de este árbol no tenía ninguna cualidad intrínseca que impartiese vida; más bien, representaba la garantía de vivir “hasta tiempo indefinido” que Dios otorgaría a aquel que recibiese su permiso para comer del fruto. Como Dios colocó el árbol en el jardín con algún propósito, a Adán sin duda se le hubiese permitido comer de su fruto una vez que hubiera demostrado su fidelidad hasta un grado que Dios considerara satisfactorio y suficiente. Después que Adán transgredió, se le impidió comer del árbol. Jehová dijo: “Ahora, para que no alargue la mano y efectivamente tome fruto también del árbol de la vida y coma y viva hasta tiempo indefinido...”. Seguidamente hizo valer su palabra; no permitiría que alguien indigno de la vida viviese en el jardín que había sido creado para personas justas y comiese del árbol de la vida. (Gén 3:22, 23.)
Adán, que había disfrutado de vida perfecta —cuya continuidad estaba condicionada a su obediencia a Jehová (Gén 2:17; Deut 32:4) —, experimentó entonces la operación del pecado y su fruto: la muerte. Sin embargo, seguía teniendo gran energía vital. Incluso en su triste situación, aislado de Dios y de la verdadera espiritualidad, vivió novecientos treinta años antes de que lo abatiese la muerte. Mientras tanto, pudo transmitir a sus descendientes una medida de vida, no su plenitud, que permitió a muchos de ellos vivir de setecientos a novecientos años. (Gén 5:3-32.) Santiago, el medio hermano de Jesús, explica el proceso que se dio en Adán: “Cada uno es probado al ser provocado y cautivado por su propio deseo. Entonces el deseo, cuando se ha hecho fecundo, da a luz el pecado; a su vez, el pecado, cuando se ha realizado, produce la muerte”. (Sant 1:14, 15.)

Lo que el hombre necesita para vivir.

La inmensa mayoría de los investigadores científicos no solo pasan por alto la razón por la que muere la humanidad, sino, lo que es más importante, desconoce cuál es el requisito principal para alcanzar la vida eterna. Si bien es necesario que el cuerpo humano se alimente con regularidad, respire, beba y coma, hay algo mucho más importante para la conservación de la vida. Jehová hizo referencia a esto en su Palabra al decir: “No solo de pan vive el hombre, sino que de toda expresión de la boca de Jehová vive el hombre”. (Deut 8:3.) Jesucristo repitió este mismo principio y dijo además: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra”. (Juan 4:34; Mat 4:4.) En otra ocasión dijo: “Así como me envió el Padre viviente y yo vivo a causa del Padre, así también el que se alimenta de mí, sí, ese mismo vivirá a causa de mí”. (Juan 6:57.)
Cuando Dios creó al hombre, lo hizo a su imagen, según su semejanza. (Gén 1:26, 27.) Como es natural, no a Su imagen y semejanza física, pues Dios es un espíritu y el hombre es de carne. (Gén 6:3; Juan 4:24.) Es decir, el hombre, a diferencia de los “animales irracionales” (2Ped 2:12), podía ejercer la facultad de la razón, tendría atributos como los de Dios: amor, sentido de justicia, sabiduría y poder. Podía entender el porqué de su existencia y lo que el Creador requería de él. Por consiguiente, a diferencia de los animales, tenía capacidad espiritual, podía expresar su aprecio por el Creador y adorarlo. Esta capacidad creó una necesidad en Adán: necesitaba algo más que alimento físico; necesitaba sustento espiritual. Y para poder disfrutar de bienestar mental y físico, tenía que ejercitar su espiritualidad.
De manera que no puede haber una continuidad indefinida de la vida independientemente de Jehová Dios y sus provisiones espirituales. Jesús dijo sobre vivir para siempre: “Esto significa vida eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el único Dios verdadero, y de aquel a quien tú enviaste, Jesucristo”. (Juan 17:3.)

Regeneración o nuevo nacimiento

Con el fin de que el hombre pueda recuperar la perfección corporal y la perspectiva de vivir para siempre, Jehová ha provisto la verdad, “la palabra de vida”. (Juan 17:17; Filip 2:16.) El seguir la verdad proporcionará un conocimiento de la provisión que Dios ha hecho de Jesucristo, que se dio a sí mismo “en rescate en cambio por muchos”. (Mat 20:28.) Únicamente a través de esta provisión se puede restablecer al hombre a la plenitud en sentido espiritual y físico. (Hech 4:12; 1Co 1:30; 15:23-26; 2Co 5:21)
Por lo tanto, la regeneración a la vida viene por medio de Jesucristo. Se dice que Él es “el último Adán [...] un espíritu dador de vida”. (1Co 15:45.) Se le llama proféticamente “Padre Eterno” (Isa 9:6), y se le identifica como el que “derramó su alma hasta la mismísima muerte” y que la ‘puso como ofrenda por la culpa’. Como tal “Padre”, puede regenerar a la humanidad, dando así vida a los que son obedientes y ejercen fe en la ofrenda de su alma. (Isa 53:10-12.)

La esperanza de los hombres de tiempos antiguos.

 Los fieles de la antigüedad tenían la esperanza de vivir. El apóstol Pablo hace notar este hecho. Se remonta al tiempo de la prole de Abrahán antes de que se diera la Ley y habla de sí mismo, un hebreo, como si estuviese vivo entonces, en el sentido de que era un descendiente en potencia de sus antepasados. Dice: “Yo estaba vivo en otro tiempo aparte de ley; mas cuando llegó el mandamiento, el pecado revivió, pero yo morí. Y el mandamiento que era para vida, este hallé que fue para muerte”. (Rom 7:9, 10) Hombres como Abel, Enoc, Noé y Abrahán esperaban en Dios. Creían en la “descendencia” o simiente que magullaría la cabeza de la serpiente, lo que significaría liberación (Gén 3:15; 22:16-18); esperaban que llegase el Reino de Dios, la “ciudad que tiene fundamentos verdaderos”, y creían en una resurrección de los muertos. (Heb 11:10, 16, 35.)
Jehová dijo cuando dio la Ley: “Tienen que guardar mis estatutos y mis decisiones judiciales, los cuales, si el hombre los hace, entonces tendrá que vivir por medio de ellos”. (Lev 18:5.) Seguramente, cuando los israelitas recibieron la Ley, la aceptaron como una vía que abría ante ellos la esperanza de la vida. La Ley era ‘santa y justa’, y todo aquel que pudiese cumplir a plenitud sus normas quedaría marcado como persona absolutamente justa. (Rom 7:12.) No obstante, en lugar de dar vida, puso de manifiesto la condición imperfecta y pecaminosa de los israelitas, así como de la humanidad en general. Además, la Ley condenaba a muerte a los judíos. (Gál 3:19; 1Tim 1:8-10.) Pablo dijo: “Cuando llegó el mandamiento, el pecado revivió, pero yo morí”. Por consiguiente, la Ley no podía dar vida.
El apóstol razona: “Si se hubiera dado una ley capaz de dar vida, la justicia realmente habría sido por medio de ley”. (Gál 3:21.) Entonces, como la Ley había condenado a los judíos, estos ya no solo eran pecadores como prole de Adán, sino que también estaban bajo una incapacidad adicional. Por esta razón Cristo murió en un madero de tormento. Pablo dijo: “Cristo, por compra, nos libró de la maldición de la Ley, llegando a ser una maldición en lugar de nosotros, porque está escrito: ‘Maldito es todo aquel que es colgado en un madero’”. (Gál 3:13.) Al remover este obstáculo (la maldición que se acarrearon los judíos por quebrantar la Ley), Jesucristo quitó de delante de los judíos la barrera que les impedía alcanzar la vida, dándoles así la oportunidad de conseguirla. De este modo, su rescate podía beneficiarles a ellos y también a otras personas.

La vida eterna: recompensa de Dios.

En todo el registro bíblico se manifiesta que la esperanza de los siervos de Jehová ha sido la de recibir vida eterna de Su parte. Esta esperanza los ha animado a mantener fidelidad. No es una expectativa egoísta. El apóstol escribe: “Además, sin fe es imposible serle de buen agrado, porque el que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que llega a ser remunerador de los que le buscan solícitamente”. (Heb 11:6.) Dios es remunerador, y esa es una de las cualidades por las que merece la plena devoción de sus criaturas.

Inmortalidad, incorrupción, vida divina.

La Biblia dice que Jehová es inmortal e incorruptible. (1Tim 1:17.) Su Hijo ha sido la primera criatura a la que Él ha concedido estos dones. Cuando el apóstol Pablo escribió a Timoteo, Cristo era el único que había recibido la inmortalidad. (1Tim 6:16.) No obstante, también se les ha prometido a los hermanos espirituales de Cristo. (Ro 2:7; 1Co 15:53, 54.) Ellos también llegan a ser partícipes de la “naturaleza divina”, partícipes con Cristo en su gloria. (2Pe 1:4.) Los ángeles son criaturas celestiales, pero no son inmortales, pues los que se vuelven demonios serán destruidos. (Mt 25:41; Lu 4:33, 34; Rev 20:10, 14)

Vida terrestre sin corrupción.

¿Con qué esperanza cuenta el resto de la humanidad que no recibe vida celestial? Jesús dijo: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna”. (Juan 3:16.) En la parábola de las ovejas y las cabras, las personas de las naciones que han sido juzgadas como ovejas y separadas a la diestra de Jesús parten “a la vida eterna”. (Mat 25:46.) Pablo habla de los “hijos de Dios” y “coherederos con Cristo”, y dice que “la expectación anhelante de la creación aguarda la revelación de los hijos de Dios”. Luego pasa a decir: “La creación misma también será libertada de la esclavitud a la corrupción y tendrá la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. (Rom 8:14-23.) Cuando Adán fue creado como humano perfecto, era un “hijo de Dios”. (Luc 3:38.) La visión profética de Apocalipsis 21:1-4 señala al tiempo en el que existirá “un nuevo cielo” y “una nueva tierra”, y promete que entonces “la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor”. Como esta no es una promesa para las criaturas celestiales, sino específicamente para “la humanidad”, da la garantía de que habrá una nueva sociedad humana terrestre que vivirá bajo el “nuevo cielo” y experimentará el restablecimiento de la mente y el cuerpo hasta tener salud completa y vida eterna como “hijos de Dios” terrestres.
En el mandato que Dios dio a Adán estaba implícito que Adán no moriría si obedecía. (Gén 2:17.) Lo mismo es cierto de la humanidad obediente; cuando su último enemigo, la muerte, sea reducida a la nada, no habrá en el cuerpo de la persona obediente ningún pecado que obre en él para ocasionarle la muerte. Vivirá hasta tiempo indefinido. (1Co 15:26.) La muerte será reducida a la nada al final del reinado de Cristo, que, según el libro de Apocalipsis, durará mil años. En este libro se dice que los que serán reyes y sacerdotes con Cristo ‘llegarán a vivir, y reinarán con el Cristo por mil años’. “Los demás de los muertos”, que no llegarán a vivir ‘hasta que se terminen los mil años’, tienen que ser los que sigan con vida al fin de los mil años, pero antes de que Satanás sea liberado del abismo y traiga la prueba decisiva para la humanidad. Al fin de los mil años, las personas de la Tierra habrán alcanzado la perfección humana y estarán en la misma condición en que se hallaban Adán y Eva antes de pecar. Entonces podrá decirse que verdaderamente tienen vida en perfección. Los que después pasen la prueba, cuando Satanás sea soltado por un corto período de tiempo, podrán disfrutar de esa condición de vida para siempre. (Apoc 20:4-10.)

El camino a la vida.

 Jehová, la Fuente de la vida, ha revelado cuál es el camino de la vida por medio de su Palabra de verdad. El Señor Jesucristo “ha arrojado luz sobre la vida y la incorrupción mediante las buenas nuevas”. (2Tim 1:10.) Dijo a sus discípulos: “El espíritu es lo que es dador de vida; la carne no sirve para nada. Los dichos que yo les he hablado son espíritu y son vida”. Un poco después, preguntó a sus apóstoles si le iban a dejar como ya habían hecho otros. Pedro respondió: “Señor, ¿a quién nos iremos? Tú tienes dichos de vida eterna”. (Juan 6:63, 66-68.) El apóstol Juan llamó a Jesús “la palabra de la vida”, y dijo: “Por medio de Él era vida”. (1Juan 1:1, 2; Juan 1:4.)
Las palabras de Jesús hacen patente que los esfuerzos humanos por prolongar la vida de manera indefinida son fútiles, al igual que las teorías de que ciertas dietas o regímenes traerán vida a la humanidad. Como máximo, pueden mejorar la salud temporalmente. El único camino a la vida es la obediencia a las buenas nuevas, es decir, a “la palabra de vida”. (Filp 2:16.) Para conseguir vida, la persona debe mantener su mente fija “en las cosas de arriba, no en las cosas sobre la tierra”. (Col 3:1, 2.) Jesús dijo a sus oyentes: “El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna, y no entra en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida”. (Juan 5:24; 6:40.) Ya no son pecadores condenados que están en el camino de la muerte. El apóstol Pablo escribió: “Por lo tanto, no tienen condenación los que están en unión con Cristo Jesús. Porque la ley de ese espíritu que da vida en unión con Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte”. (Rom 8:1, 2.) Juan dice que un cristiano sabe que ha “pasado de muerte a vida” si ama a sus hermanos. (1Juan 3:14.)
El que busca la vida debe seguir a Cristo, pues “no hay otro nombre debajo del cielo que se haya dado entre los hombres mediante el cual tengamos que ser salvos”. (Hech 4:12.) Jesús mostró que hay que tener conciencia de la necesidad espiritual y tener hambre y sed de justicia. (Mat 5:3, 6.) No solo debe oír las buenas nuevas, sino que también ha de ejercer fe en Jesucristo e invocar el nombre de Jehová por medio de él. (Rom 10:13-15.) Siguiendo el ejemplo de Jesús, tal persona debe bautizarse en agua. (Mat 3:13-15; Efe 4:5.) Luego tiene que seguir buscando el Reino y la justicia de Jehová. (Mat 6:33.)

Ha de salvaguardarse el corazón.

 La persona que se hace discípulo de Jesucristo debe mantenerse en el camino de la vida. De hecho, se le advierte: “El que piensa que está en pie, cuídese de no caer”. (1Cor 10:12.) Además, se le aconseja: “Más que todo lo demás que ha de guardarse, salvaguarda tu corazón, porque procedentes de él son las fuentes de la vida”. (Pro 4:23.) Jesús explicó que del corazón emanan razonamientos inicuos, adulterios, asesinatos y otras malas inclinaciones, tendencias que podrían culminar en muerte. (Mat 15:19, 20.) La persona puede salvaguardarse de esa clase de razonamientos si procura llenar el corazón con alimento espiritual vivificante —la verdad de la Fuente pura de la vida— y así protegerlo de una inclinación impropia que podría resultar en que se apartase del camino de la vida. (Rom 8:6)
Salvaguardar la vida protegiendo el corazón incluye tener la lengua controlada, pues “muerte y vida están en el poder de la lengua, y el que la ama comerá su fruto”. (Pr 18:21.) Jesús dio la explicación al decir: “Las cosas que proceden de la boca salen del corazón, y esas cosas contaminan al hombre”. (Mat 15:18; Sant 3:5-10.) No obstante, el que da buen uso a la lengua, para alabar a Dios y hablar sobre cosas constructivas, podrá mantenerse en el camino de la vida. (Sal 34:12-14; 63:3; Pro 15:4.)

La vida presente.

 El rey Salomón probó todo lo que esta vida le podía ofrecer en cuanto a riquezas, casas, jardines y otros placeres, y tras ello llegó a la conclusión: “Odié la vida, porque el trabajo que se ha hecho bajo el sol era calamitoso desde mi punto de vista, porque todo era vanidad y un esforzarse tras viento”. (Ecle 2:17.) Salomón no odió la vida en sí, pues es una ‘dádiva buena y don perfecto de arriba’. (Sant 1:17.) Lo que odió fue la vida calamitosa y vana que resulta de vivir como lo hace el mundo sujeto a futilidad. (Rom 8:20.) En la conclusión de su libro, dio la exhortación de temer al Dios verdadero y guardar sus mandamientos, que es el camino a la verdadera vida. (Ecl 12:13, 14; 1Tim 6:19.) El apóstol Pablo dijo de sí mismo y de sus compañeros cristianos que si, después de su vigorosa predicación, en la que dieron testimonio acerca de Cristo y de la resurrección, ‘solo en esta vida habían esperado en Cristo, de todos los hombres eran los más dignos de lástima’. ¿Por qué? Porque habrían confiado en una esperanza falsa. “Sin embargo —continuó Pablo—, ahora Cristo ha sido levantado de entre los muertos.” “Por consiguiente, amados hermanos míos, háganse constantes, inmovibles, siempre teniendo mucho que hacer en la obra del Señor, sabiendo que su labor no es en vano en lo relacionado con el Señor.” (1Cor 15:19, 20, 58.)

Árboles de la vida.

Además de la referencia al árbol de la vida que hubo en Edén (Gén 2:9), del que ya se ha tratado anteriormente, la expresión “árbol[es] de la vida” aparece en varias ocasiones en las Escrituras, y siempre en un sentido figurado o simbólico. Se dice que la sabiduría es “árbol de vida a los que se sujetan de ella”, por cuanto les suministrará lo que necesitan —no solo para disfrutar de la vida presente, sino también de la vida eterna—, es decir, conocimiento de Dios, discernimiento y buen juicio para obedecer sus mandamientos. (Pro 3:18; 16:22.)
“El fruto del justo es un árbol de vida, y el que está ganando almas es sabio”, dice otro proverbio. (Pro 11:30.) El justo gana almas por su habla y ejemplo, es decir, que las personas que le escuchan consiguen alimento espiritual, se las conduce a servir a Dios y reciben la vida que Él provee. De manera similar, “la calma de la lengua es árbol de vida, pero el torcimiento en ella significa un quebrantamiento del espíritu”. (Pro 15:4.) El habla calmada de la persona sabia ayuda y reconforta el espíritu de los que le oyen, fomenta en ellos buenas cualidades y les ayuda a proseguir en el camino de la vida; pero la torcedura de la lengua es como un fruto podrido, trae problemas y desánimo, y daña a los que escuchan lo que dice.
Proverbios 13:12 dice: “La expectación pospuesta enferma el corazón, pero la cosa deseada es árbol de vida cuando sí viene”. El cumplimiento de un deseo que se ha esperado por mucho tiempo es fortalecedor y reconfortante, y renueva las energías.
El glorificado Jesucristo promete al cristiano que venza que le concederá comer del “árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios” (Apoc 2:7), y en los últimos versículos del libro de Revelación leemos de nuevo: “Y si alguien quita algo de las palabras del rollo de esta profecía, Dios le quitará su porción de los árboles de la vida y de la santa ciudad, cosas de las cuales se ha escrito en este rollo”. (Apoc 22:19.) En el contexto de estos dos pasajes bíblicos, Cristo Jesús está hablando a los que vencen, a aquellos que no ‘recibirán daño de la muerte segunda’ (Apoc 2:11), a quienes se dará “autoridad sobre las naciones” (Apoc 2:26), se hará una “columna en el templo de mi Dios” (Apoc 3:12) y que se sentarán con Cristo en su trono celestial. (Apoc 3:21.) Por lo tanto, el árbol o los árboles no pueden ser literales, pues los que venzan y coman de dichos árboles son participantes del llamamiento celestial (Heb 3:1) y tienen lugares reservados para ellos en el cielo. (Juan 14:2, 3; 2Ped 1:3, 4.) De modo que deben simbolizar la provisión de Dios para vida ininterrumpida, en este caso, la vida celestial e inmortal que se concede a los fieles como vencedores con Cristo.
En Apocalipsis 22:1, 2 se habla de “árboles de vida” en un contexto diferente. Se muestra que las naciones comen las hojas de los árboles con propósitos curativos. Estas personas se encuentran a lo largo del río que fluye del templo-palacio de Dios, donde está su trono. Ese cuadro aparece después de verse establecer el nuevo cielo y la nueva tierra y oírse la declaración de que “la tienda de Dios está con la humanidad”. (Apoc 21:1-3, 22, 24.) Este sería, pues, un simbolismo de las provisiones curativas y sustentadoras de la vida para la humanidad a fin de que esta finalmente pueda vivir para siempre. Estas provisiones proceden del trono real de Dios y del Cordero Jesucristo.
Se hacen varias referencias al “rollo de la vida” o al “libro” de Dios, en el que deben hallarse los nombres de todos aquellos que debido a su fe pueden esperar que se les conceda el premio de la vida, bien en el cielo o sobre la Tierra. Contiene los nombres de todos los siervos de Jehová “desde la fundación del mundo”, el mundo de la humanidad redimible. Parece ser que el nombre de Abel fue el primero en escribirse. (Apoc  17:8; Mat 23:35; Luc 11:50, 51.)

¿Qué significa el que el nombre de una persona se escriba en el “libro” o “rollo de la vida” de Dios?

El que el nombre de una persona se escriba en “el libro de la vida” no significa que esa persona queda predestinada a la vida eterna. Para que su nombre permanezca escrito, la persona tiene que ser obediente. De ahí que Moisés rogara a Jehová a favor de Israel, diciendo: “Pero ahora si perdonas su pecado..., y si no, bórrame, por favor, de tu libro que has escrito”. Jehová respondió: “Al que haya pecado contra mí, lo borraré de mi libro”. (Éxd 32:32, 33.) De modo que la lista habría de experimentar ciertos cambios debido a la desobediencia de algunos, por lo que sus nombres serían ‘borrados’ o ‘tachados’ del “libro”. (Apoc 3:5.)
En la escena de juicio que aparece en Apocalipsis 20:11-15 se ve que durante el reinado milenario de Cristo se abre “el rollo de la vida” para que se apunten nuevos nombres en él, y también se abren otros rollos que contienen instrucciones. Aquellos que vuelven a la vida gracias a la ‘resurrección de los injustos’ tendrán entonces la oportunidad de conseguir que sus nombres sean escritos en “el libro de la vida”, siempre y cuando cumplan obedientemente con las instrucciones que se hallan escritas en los rollos. (Hech 24:15.) Como cabe esperar, los siervos fieles de Dios que vuelvan en la ‘resurrección de los justos’ ya tendrán sus nombres escritos en “el rollo de la vida”. Su obediencia leal a las instrucciones divinas hará posible que sus nombres permanezcan escritos en él.
¿Cómo puede lograr una persona que su nombre sea inscrito permanentemente en “el libro de la vida”? Aquellos cuya esperanza es la vida celestial consiguen la inscripción permanente de sus nombres ‘venciendo’ al mundo mediante su fe y demostrando fidelidad “hasta la misma muerte”. (Apoc 2:10; 3:5.) En cambio, quienes tienen esperanza de vivir sobre la Tierra deberán demostrar su lealtad a Jehová durante la prueba final y decisiva que tendrá lugar al fin del reinado milenario de Cristo. (Apoc 20:7, 8.) Una vez conseguido, habrán logrado que Dios retenga sus nombres permanentemente en “el libro de la vida”, lo que significará que Jehová habrá reconocido que son justos en todo sentido y merecedores del derecho a la vida eterna sobre la Tierra. (Rom 8:33.)

‘El rollo del Cordero.’ “El rollo de la vida del Cordero” es un rollo aparte. Parece ser que solo contiene los nombres de los que acompañan al Cordero, Jesucristo, aquellos con quienes Él comparte su gobierno del Reino, lo que incluye a los que aún están en la Tierra a la espera de su herencia celestial.   Se dice que los que tienen sus nombres en el ‘rollo del Cordero’ entran en la santa ciudad, la Nueva Jerusalén, y llegan a formar parte del Reino mesiánico celestial. (Apocalipsis21:2, 22-27.) Sus nombres se hallan tanto en ‘el rollo del Cordero’ como en “el libro de la vida” de Dios. (Filipenses 4:3; Apocalipsis 3:5.)

El río de agua de vida.

En la visión registrada en el libro de Revelación, Juan vio “un río de agua de vida, claro como el cristal, que fluía desde el trono de Dios y del Cordero” por en medio del camino ancho de la santa ciudad, la Nueva Jerusalén. (Apocalipsis 22:1, 2; 21:2.) El agua es esencial para la vida. La visión nos traslada a un tiempo posterior al establecimiento de “un nuevo cielo y una nueva tierra; porque el cielo anterior y la tierra anterior habían pasado”. (Apocalipsis 21:1.) El contexto sitúa el fluir de este río después de la destrucción del presente sistema de cosas. La visión muestra que a lo largo del río hay árboles que producen fruto y cuyas hojas son para la curación de las naciones. De modo que estas aguas vivificantes deben ser las provisiones para la vida que Jehová ha hecho por medio del Cordero, Jesucristo, a favor de todos los que recibirán vida.
Después de explicar otros detalles de la revelación inspirada, Juan escribió: “Y el espíritu y la novia siguen diciendo: ‘¡Ven!’”, y añadió que dicho espíritu ordenaba a todo aquel que oyese, que dijera “¡Ven!”. Además, en el mismo relato se extiende la invitación a cualquiera que tenga sed para “[tomar] gratis el agua de la vida”. Aun antes de que este inicuo sistema de cosas llegue a su fin, el espíritu y la novia invitan a la gente a empezar a beber de las provisiones de Dios para conseguir vida eterna por medio del Cordero de Dios, pero, además, también pueden esperar beber del río de agua de vida para su curación completa, mediante los servicios del Cordero y su novia, tras la destrucción de este viejo sistema. (Apocalipsis 22:17.)

‘La humedad de la vida.’

 En el Salmo 32:1-5, David muestra la felicidad que se experimenta cuando hay perdón, aunque también revela la angustia que se siente antes de confesar a Jehová las transgresiones y recibir Su perdón. Antes de su confesión mientras intentaba ocultar su error, al salmista le remordió la conciencia y dijo: “La humedad de mi vida se ha cambiado como en el calor seco del verano”. Le agotó intentar reprimir una conciencia culpable, y la angustia debilitó su vigor tal como un árbol puede perder su humedad vivificante durante una sequía o en el intenso calor seco del verano. Las palabras de David pueden indicar sufrimiento mental y físico, o, al menos, la pérdida de gozo en la vida por no haber confesado su pecado. El perdón y el alivio solo vendrían como resultado de confesar su pecado a Jehová. (Proverbios 28:13.)

“La bolsa de la vida.”

 Cuando Abigail suplicó a David que no se vengase de Nabal y de este modo le libró de incurrir en culpa de sangre, le dijo: “Cuando se levante un hombre para ir en seguimiento de ti y para buscar tu alma, el alma de mi señor ciertamente resultará estar envuelta en la bolsa de la vida con Jehová tu Dios; pero, en cuanto al alma de tus enemigos, la lanzará como de dentro del hueco de la honda”. (1Samuel 25:29-33.) Tal como una persona envuelve algo valioso para protegerlo y conservarlo, la vida de David estaba en las manos del Dios vivo, quien lo salvaría de sus enemigos si esperaba en Él y no intentaba conseguir la salvación por sus propios medios. Por otra parte, Dios desecharía el alma de los enemigos de David.


¡Maranatha!

miércoles, 21 de septiembre de 2016

LAS ENCRUCIJADAS DE LA VIDA


Mateo 7:13-14
Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;  porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.

La vida tiene siempre una cierta cualidad dramática; porque, como se ha dicho: «Todas las posibilidades se concentran en las encrucijadas.» En cualquier instante de la vida, la persona se enfrenta con una alternativa; y no puede nunca evitar el tener que elegir, porque no se puede quedar parado. Tiene que seguir un camino u otro. Por eso, siempre ha sido una de las supremas misiones de las grandes personalidades de la Historia el confrontar a las gentes con la elección inevitable. Cuando se le acercaba el fin, Moisés le dijo al pueblo: «Fíjate que te he puesto delante hoy la vida y el bien, y la muerte y el mal... escoge la vida, para que podáis vivir tú, y tu descendencia» (Deuteronomio 30:15-20). Cuando Josué estaba deponiendo su liderato de la nación al final de su vida, les presentó la misma alternativa: «Escoged hoy a quién vais a servir» (Josué 24:15). Jeremías oyó la voz de Dios que le decía: "Y a este pueblo dirás: Así dice el Señor: Mirad, Yo os presento el camino de la vida, y el camino de la muerte» (Jeremías 21:8).

Esta es la alternativa que Jesús nos presenta en este pasaje. Hay un camino espacioso y fácil, y son muchos los que lo siguen; pero acaba en desgracia. Hay otro camino, estrecho y difícil, y son pocos los que lo recorren; pero su destino es la vida. Cebes, el discípulo de Sócrates, escribe en Tabula: « ¿Ves una puertecita, y un camino al otro lado de la puerta que no está muy transitado, sino con pocos viajeros? Ese es el que conduce a la verdadera instrucción.» Examinemos las diferencias entre los dos caminos.
(i) Hay una diferencia entre el camino difícil y el camino fácil. No hay camino fácil que conduzca a la grandeza; la grandeza es siempre el resultado del esfuerzo.  Cuando muchos están jugando a ser cristianos, recuerda que el sacrificio, tesón, constancia en la oración, la humildad  y la obediencia no se logran de la noche a la mañana. Aun cuando se hace algo con una apariencia de facilidad, esa facilidad es el producto de una labor concentrada y constante. La habilidad del maestro al piano, o del campeón en el campo de golf no se adquirió sin sudor y lágrimas. No ha habido nunca otro camino a la grandeza que el del trabajo y el esfuerzo, y lo que prometa un camino más fácil es una fantasía y una red. Lo que recomienda el camino ancho es la facilidad con que es transitado, y la abundancia de acompañantes que han de hallarse en él. Es como navegar con viento lindo y marea favorable. Porque las inclinaciones naturales no son contrariadas, y los temores del resultado, si no son fácilmente acallados, con el tiempo son eficazmente dominados. La única desventaja de este camino es su fin: “lleva a la perdición”. Lo dice el gran Maestro, y lo dice “como quien tiene autoridad”. A la aparente injusticia o severidad de este castigo, el Maestro nunca hace referencia. El deja que saquemos la inferencia de que tal curso termina justa, natural y necesariamente así. Pero sea que los hombres vean esto o no, aquí el Señor asienta la ley del reino, y la deja con nosotros. En cuanto al camino angosto, la desventaja de él consiste en su estrechez y soledad. El primer paso en este camino encierra una revolución en todos nuestros propósitos y planes para la vida, y una rendición de todo lo que es caro a la inclinación natural, mientras que todo lo que sigue no es sino una repetición del primer gran acto de sacrificio propio. No hay que extrañar, pues, que pocos lo hallen y pocos sean hallados en él. Pero este camino tiene una ventaja: “lleva a la vida”.
(ii) Hay una diferencia entre el camino largo y el corto. Rara vez surge nada completo y perfecto en un abrir y cerrar de ojos, pero mucho más a menudo la grandeza es el resultado de una larga labor y una constante atención al detalle.  Nadie ha llegado jamás a una obra maestra por un atajo. En este mundo tenemos que enfrentarnos constantemente con el camino corto, que promete resultados inmediatos, y el camino largo, cuyos resultados están en la lejanía. Pero las cosas duraderas nunca se hacen de prisa; el mejor camino resulta ser el más largo.
(iii) Hay una diferencia entre el camino disciplinado y el indisciplinado. Nada se ha conseguido nunca sin disciplina, y muchos atletas y otras personas no han llegado a nada porque han abandonado la disciplina y se han ido ablandando  Nadie ha llegado nunca a la eminencia, y si la ha alcanzado no la ha mantenido, sin disciplina. La puerta a la vida eterna (Juan 10:7-9) es "estrecha". Esto no significa que sea difícil ser cristiano. Significa que hay muchas maneras de vivir la vida, pero un solo camino para vivir eternamente con Dios. Creer en Jesús es el único camino al cielo, porque solo El murió por nuestros pecados y nos hizo justos delante de Dios. Vivir a su manera puede no ser fácil, pero es bueno y correcto.

(iv) Hay una diferencia entre el camino meditado y el improvisado. Aquí llegamos al corazón de la cuestión. Nadie tomaría el camino fácil, corto e indisciplinado... si simplemente se lo pensara un poco. Cualquier cosa de este mundo tiene dos aspectos: lo que parece al momento, y lo que parecerá en el tiempo por venir. El camino fácil puede que parezca muy seductor al momento, y el camino difícil, descorazonador. La única manera de tener claros nuestros valores es ver, no el principio, sino el fin del camino; ver las cosas, no a la luz del tiempo, sino de la eternidad. La puerta y el camino. La vida cristiana supone decisiones valientes en algunos momentos de crisis o de conversión, y luego la perseverancia en un estilo de vida más exigente conforme al Autor de la Salvación, a Jesucristo.
La imagen de los dos caminos es antigua. Se usa con frecuencia en los salmos para describir y diferenciar el camino que siguen en su vida el malvado y el justo. Aquí se han juntado las dos imágenes: la puerta, que puede ser estrecha o ancha, y el camino, que puede ser amplio o angosto. Ambas dicen algo que tiene validez: el camino es imagen del curso de la vida. La vida está implicada en el fluir del tiempo y es una peregrinación sin descanso hasta alcanzar un término. Se designa este término con la segunda imagen: la puerta, la cual alude a tres hechos concretos: la muerte, el juicio, y el cese y nuevo principio. Las dos imágenes juntas ilustran el sentido de nuestra vida. Jesús las emplea aquí con palabras sombrías, francamente pesimistas. La perdición es la única posibilidad de la amplia puerta y del cómodo y confortable camino, la vida es la otra posibilidad de la puerta estrecha y del camino molesto y angosto. La perdición y la vida están una enfrente de la otra. Una de ellas alude a la ruina, al horror del infierno; la otra alude a la salvación, a la gloria de estar redimidos. Con la palabra «vida» se hace alusión a algo perfecto: la duración interminable, la felicidad de todo el hombre con cuerpo y alma por obra de Dios. No hay una tercera posibilidad. Pero lo más terrible es la proporción numérica. Muchos van por la puerta ancha a la perdición, y pocos son los que dan con la puerta estrecha.
Aquí tocamos uno de los enigmas más torturantes de la vida humana: el de la predestinación. « ¿Son pocos los que se salvan?» (Lucas 13:23). ¿Quién se salva y quién no se salva? ¿Los ha predestinado Dios? ¿Y con qué eficacia? Estos dos versículos en primer lugar declaran algo del tiempo presente -aproximadamente con este sentido: el camino cómodo de la mediocridad, incluso del pecado y del vicio, es muy transitado-. En cambio de hecho son pocos los que encuentran la senda angosta, que señala directamente hacia Dios, en pocas palabras: el camino del sermón de la montaña. Así lo ha experimentado el mismo Jesús y, después de él, la Iglesia primitiva; así también parece que nos lo enseñe también nuestro propio conocimiento. Pero todo el peso recae en la exhortación contenida al principio de este versículo: Entrad por la puerta estrecha. Es decir, esforzaos por encontrar el verdadero camino y la verdadera puerta. No es de vuestra incumbencia especular cuántos se salvan o no se salvan. A vosotros os incumbe hallar la verdadera entrada, que conduce a la vida.

El Señor nos previene de una manera general acerca del camino que siguen los muchos en materias religiosas. No siempre es lo más  recomendable pensar como otros piensan y obrar como otros obran; o adoptar las opiniones de moda y nadar con la corriente. Jesús nos dice que el camino  que conduce a la vida perdurable es angosto y que pocos son los que lo siguen; en tanto que el camino que conduce a la perdición eterna es ancho, y los que lo  transitan son muchos. Estas verdades son terribles, y debieran impulsar a todo el que las lee a hacer un detenido examen de conciencia, y a preguntarse a sí mismo: "¿Cuál de estas  sendas es la que yo sigo?" Todos nos encontramos en una de las dos.
Razón tendremos para temblar y sobrecogernos de temor si nuestra fe es la que profesa la muchedumbre. Si lo único que podemos alegar en nuestro  favor es que vamos a donde los demás van, y rendimos culto donde los demás lo rinden, y que tenemos esperanza de que no nos quedaremos en zaga de los  demás, pronunciamos así nuestra propia condenación. ¿Qué es esto sino seguir el "camino ancho"? ¿Qué es esto sino andar en la senda que conduce a la  perdición? No tenemos razón para desalentarnos y abatirnos, si la fe que profesamos no es popular y si pocos son los que convienen con nosotros. El  arrepentimiento, la fe en Jesucristo y la santidad de vida no han estado jamás de moda: el verdadero rebaño de Cristo ha sido siempre pequeño. Ni debemos  sorprendernos si se nos considera singulares y excéntricos en cuanto a nuestra conducta, y fanáticos y mezquinos en cuanto a nuestras ideas. Es a la verdad  mejor entrar a la vida eterna con unos pocos, que descender al infierno en medio de un numeroso concurso.
 Cristo vino a enseñarnos, no sólo lo que tenemos que saber y creer, sino lo que tenemos que hacer; no sólo para con Dios, sino para con los hombres; no sólo para con los que son de nuestro partido y denominación, sino para con los hombres en general, con todos aquellos que nos relacionemos. Debemos hacer a nuestro prójimo lo que nosotros mismos reconocemos que es bueno y razonable. En nuestros tratos con los hombres debemos ponernos en el mismo caso y en las circunstancias que aquellos con quienes nos relacionamos, y actuar en conformidad con ello.
No hay sino dos caminos: el correcto y el errado, el bueno y el malo; el camino al cielo y el camino al infierno; todos vamos caminando por uno u otro: no hay un lugar intermedio en el más allá; no hay un camino neutro. Todos los hijos de los hombres somos santos o pecadores, buenos o malos.
Fijaos en que el camino del pecado y de los pecadores que la puerta es ancha y está abierta. Podéis entrar por esta puerta con todas las lujurias que la rodean; no frena apetitos ni pasiones. Es un camino ancho; hay muchas sendas en este; hay opciones de caminos pecaminosos. Hay multitudes en este camino. Pero, ¿qué provecho hay en estar dispuesto a irse al infierno con los demás, porque ellos no irán al cielo con nosotros? El camino a la vida eterna es angosto. No estamos en el cielo tan pronto como pasamos por la puerta angosta. Hay que negar el yo, mantener el cuerpo bajo control, y mortificar las corrupciones. Hay que resistir las tentaciones diarias; hay que cumplir los deberes. Debemos velar en todas las cosas y andar con cuidado; y tenemos que pasar por mucha tribulación. No obstante, este camino nos invita a todos; lleva a la vida; al consuelo presente en el favor de Dios, que es la vida del alma; a la bendición eterna, cuya esperanza al final de nuestro camino debe facilitarnos todas las dificultades del camino. Esta simple declaración de Cristo ha sido descartada por muchos que se han dado el trabajo de hacerla desparecer con explicaciones pero, en todas la épocas el discípulo verdadero de Cristo ha sido mirado como una personalidad singular, que no está de moda; y todos los que se pusieron del lado de la gran mayoría, se han ido por el camino ancho a la destrucción. Si servimos a Dios, debemos ser firmes en nuestra fe. —¿Podemos oír a menudo sobre la puerta estrecha y el camino angosto y que son pocos los que los hallan, sin dolernos por nosotros mismos o sin considerar si entramos al camino angosto y cuál es el avance que estamos haciendo ahí?

¡Maranatha!

sábado, 17 de septiembre de 2016

LA OBRA DE CRISTO: JESÚS, LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA (Willian B.)




Juan 11; 17-27

   Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro.
   Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios;
   y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano.
   Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa.
   Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.
   Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.
   Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
   Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.
   Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
   Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
   Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.

Para visualizar esta escena tenemos que ver primero cómo era un duelo judío. Por lo general en Palestina, debido al clima, se enterraban los muertos lo antes posible. Hubo un tiempo cuando un entierro era sumamente caro: se usaban para ungir el cuerpo los mejores perfumes y especias; el cadáver se vestía con ropas de lujo, y se le enterraba con toda clase de objetos de valor. A mediados del siglo I, todo esto se había convertido en un gasto insoportable. Naturalmente, en esos casos nadie quería ser menos que los vecinos; y eso hacía que los envoltorios y ropas y tesoros que se dejaban en la tumba costaran cada vez más. El asunto llegó a convertirse en una carga que nadie quería alterar, hasta que el famoso rabino Gamaliel le dejó dispuesto que le enterraran envuelto en un sudario de la tela más, sencilla, y así contribuyó a poner fin al despilfarro de los funerales. Hasta hoy en día se bebe una copa en los entierros judios a la memoria de rabí Gamaliel II, que rescató a los judíos
aquellas ostentaciones funerarias. Desde su tiempo, el cadáver se envolvía en una mortaja de hilo, que a veces recibía el bonito nombre de «traje de viaje».
Todos los que podían asistían al funeral. Los más posibles se suponía que, por cortesía o por respeto, se sumaban a la comitiva hasta el cementerio. Una curiosa costumbre era que las mujeres iban delante; se decía que, como había sido una mujer la que con su primer pecado había traído la muerte al mundo, debían ser ellas las que dirigieran el cortejo fúnebre hasta la tumba. Al pie de la tumba se hacían a veces discursos en memoria de la persona difunta. Se esperaba de todos que expresaran su profunda condolencia y, al retirarse de la tumba, se formaban dos filas largas por entre las que pasaban los familiares más próximos. Pero había esta norma tan prudente: no había que fastidiar a los que estaban de duelo con conversaciones vanas e intempestivas. Se los dejaba en paz, en su trance, con su dolor.
En la casa de duelo se observaban ciertas costumbres. Mientras estaba el cadáver allí, estaba prohibido comer carne o beber vino, ponerse las filacterias o dedicarse a ninguna clase de estudio. No se preparaba comida en la casa; y no se podía comer nada en presencia del cadáver. Tan pronto como este se sacaba, se ponían al revés todos los muebles, y los que estaban de duelo se sentaban en el suelo o en taburetes.
Al volver de la tumba se servía una comida que habían preparado los amigos de la familia. Consistía en pan, lentejas y huevos duros, que, por su forma, simbolizaban la vida que va rodando hacia la muerte.
El duelo duraba siete días, de los que los tres primeros se pasaban llorando. Durante los siete días estaba prohibido ungirse, ponerse zapatos, dedicarse a ninguna clase de estudio o de negocios y ni siquiera lavarse. A la semana de duelo seguían treinta días de luto riguroso.
Así es que, cuando Jesús se sumó a los que había en la casa de Betania, encontró lo que se esperaría en una casa en duelo. Era un deber sagrado ir a expresar condolencia a los familiares y amigos del difunto. El Talmud dice que el que visite a los enfermos librará su alma de la gehena; y Maimónides, el gran polígrafo Judeoespañol de la Edad Media, declaró que visitar a los enfermos es la más importante de todas las buenas obras. Las visitas de simpatía a los enfermos y a los que estaban de duelo eran una parte esencial de la religión judía. Cierto rabino, explicando el texto de Deu_13:4: "En pos del Señor vuestro Dios andaréis,» dijo que ese texto nos manda imitar las cosas que la Escritura dice que Dios hace. Dios vistió a los desnudos (Gen_3:21 ); visitó a los enfermos (Gen_18:1 ); consoló a los que estaban de duelo (Gen_25:11 ); y enterró a los muertos (Deu_34:6 ). En todas estas acciones debemos imitar a Dios.
El respeto a los muertos y la condolencia con los que están de duelo eran algo esencial para los judíos. Al marcharse de la tumba, se volvían y decían: «¡Ve en paz!»; y nunca mencionaban el nombre del difunto sin decir: «Que en paz descanse.» Hay algo muy conmovedor en la manera que tenían los judíos de mostrar condolencia con los afligidos. Fue a una casa llena de gente así a la que llegó Jesús aquel día.
En esta historia, también, Marta es todo un personaje. Cuando Lucas nos habla de Marta y María (Luc_10:38-42 ), nos presenta a Marta como la mujer de acción, y a María como la que más bien se sentaba tranquila. Así aparecen aquí. Tan pronto como les anunciaron que Jesús venía de camino, Marta salió a Su encuentro, porque no podía estarse quieta; pero María se quedó esperándole.
Cuando Marta llegó adonde estaba Jesús, el corazón se le salía por los labios. Aquí tenemos una de las expresiones más humanas de toda la Biblia; porque Marta habló, en parte con un reproche que no se podía guardar para sí, y en parte con una fe que nada podía hacer vacilar. "¡Señor -Le dijo-, si hubieras estado aquí no se habría muerto mi hermano!» En sus mismas palabras podemos leer su pensamiento. Marta habría querido decir: «Cuando recibiste nuestro recado, ¿por qué no viniste en seguida? Lo has dejado para demasiado tarde.» Pero tan pronto como se le escaparon esas primeras palabras, las siguieron otras que eran las de la fe, una fe que desafiaba los Hechos y la experiencia. «Aun a pesar de todo -dijo movida por una esperanza desesperada-, aun a pesar de todo, yo sé que Dios Te dará lo que Le pidas.» "Tu hermano resucitará» -le dijo Jesús. "Sí, ya lo sé -le contestó Marta- que resucitará en la resurrección general el Día del Juicio.»
Ahora bien: ésa era una cosa extraordinaria. Una de las cosas que más nos extrañan de la Escritura es el hecho de que los santos del Antiguo Testamento no tenían prácticamente ninguna fe en una vida real después de la muerte. En los primeros tiempos, los Hebreos creían que el alma de una persona, buena o mala, iba al Seol, que a veces se traduce erróneamente por infierno; pero no era un lugar de tortura, sino la tierra de las sombras. Todos iban a parar allí, donde llevaban una especie de vida vaga, sombría, sin fuerza ni alegría. Esta es la creencia que se refleja en la mayor parte del Antiguo Testamento. «Porque en la muerte no hay memoria de Ti; en el Seol, ¿quién Te alabará?» (Sal_6:5 ). "¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará Tu fidelidad?» (Sal_30:9 ). El salmista habla de «los asesinados que yacen en la tumba, como aquellos de los que ya ni Te acuerdas más, porque Te los arrebataron de las manos» (Sal_88:5 ). "¿Será contada en el sepulcro Tu misericordia -pregunta-, o Tu fidelidad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas Tus maravillas, y Tu justicia en la tierra del olvido?» (Sal_88:10-12 ). "No alabarán los muertos al Señor, ni cuantos descienden al silencio» (Sal_115:17 ). El Predicador dice lúgubremente: «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría» (Ecl_9:10 ). La creencia pesimista de Ezequías es que "El Seol no Te exaltará, ni Te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán en Tu fidelidad» (Isa_38:18 ). Después de la muerte estaba la tierra del silencio y del olvido, donde la sombras de los que vivieron están separadas tanto de la humanidad como de Dios. Como escribió J. E. McFadyen: «Hay pocas cosas más maravillosas que está en la larga historia de la religión: que a lo largo de los siglos ha habido personas que han vivido vidas nobles, cumpliendo con sus obligaciones y soportando sus aflicciones, sin esperar ninguna recompensa futura.»
Muy de tarde en tarde en el Antiguo Testamento, alguien dio un arriesgado salto de fe. El salmista clama: "Mi cuerpo también mora seguro. Porque Tú no me entregas al Seol, ni dejas a tu piadoso ver el hoyo. Tú sí me muestras el sendero de la vida; en Tu presencia hay plenitud de gozo, a Tu diestra hay placeres para siempre» (Sal_16:9-11 ). «Yo estoy constantemente contigo; Tú me sostienes firmemente la mano derecha. Tú me guías con Tu consejo, y después me recibirán en la gloria» (Sal_73:23-24 ). El salmista estaba convencido de que ni siquiera la muerte podía deshacer una relación real con Dios. Pero en esa etapa era un desesperado salto de fe más que una convicción firme.
Finalmente, en el Antiguo Testamento encontramos en Job el Everest que pocos consiguieron escalar. En medio de todos sus desastres, Job exclama:
Y, como fiador, yo veré... ¡a Dios!; a Quien mis ojos verán, y no los de un extraño.
(Job_14:7-12).
Aquí está la auténtica semilla de la fe en la inmortalidad. La historia de los judíos está llena de desastres, cautiverios, esclavitud y derrota. Sin embargo, el pueblo judío tenía la convicción inconmovible de ser el pueblo escogido de Dios. Esta Tierra no lo había presenciado nunca, ni lo presenciaría; inevitablemente, por tanto, invocaban al nuevo mundo para deshacer los entuertos del viejo. Llegaron a ver que, si se había de realizar plenamente el propósito de Dios, y de cumplir Su justicia, si Su amor habría de satisfacerse alguna vez, se necesitaban otro mundo y otra vida. Como dice Galloway, al que cita McFadyen: «Los enigmas de la vida se volverían un poco menos abrumadores si pudiéramos descansar en la convicción de que este no es el último acto del drama humano.» Fue precisamente ese sentimiento el que condujo a los Hebreos a la convicción de que había otra vida por venir.
Es verdad que, en los días de Jesús, los saduceos todavía se negaban a creer en ninguna vida después de la muerte. Pero los fariseos y la gran mayoría de los judíos sí creían. Decían que, en el momento de la muerte, los dos mundos, el del tiempo y el de la eternidad, se encontraban y se besaban. Decían que los que morían veían a Dios, y se negaban a llamarlos los muertos; los llamaban los vivos. Cuando Marta contestó a la pregunta de Jesús, dio testimonio de la cima más elevada de la fe que había escalado su nación.
Cuando Marta declaró su fe ortodoxa judía sobre la vida por venir, Jesús dijo de pronto algo que le daba a esa fe una nueva realidad y un nuevo significado. «Yo soy la Resurrección y la Vida -le dijo Jesús-. El que crea en Mí, vivirá aunque haya muerto; y todos los que estén vivos y crean en Mí, no morirán nunca.» ¿Qué quería decir exactamente? El pensamiento de toda una vida no bastaría para revelar todo su contenido; pero debemos intentar captar todo lo que podamos.
Una cosa está clara, y es que Jesús no estaba pensando en términos de la vida física; porque, hablando humanamente, no es verdad que los que creen en Jesús no se mueren nunca. Los cristianos experimentan la muerte física tanto como los que no lo son. Debemos buscar un significado más que físico.
(i) Jesús estaba pensando en la muerte del pecado. Estaba diciendo: «Aunque una persona esté muerta en el pecado; aunque, por sus pecados, haya perdido todo lo que hace que la vida merezca llamarse vida, Yo puedo hacer que vuelva a estar viva otra vez.» Es un hecho que eso es totalmente cierto.
 A. M. Chirgwin cita el ejemplo de Tokichi Ishii, que tenía un expediente criminal casi sin paralelo. Había matado a hombres, mujeres y niños con una crueldad bestial. Eliminaba sin piedad a todos los que se interpusieran en su camino. Por fin, se encontraba en la cárcel esperando la ejecución. Allí le visitaron dos señoras canadienses que trataron de hablarle a través de las rejas, pero él se limitaba a mirarlas con el ceño de una fiera enjaulada. Por último tuvieron que abandonar; pero le dejaron una biblia. Él empezó a leerla; y, una vez que empezó, ya no pudo parar. Siguió leyendo hasta que llegó al relato de la Crucifixión, y a las palabras de Jesús: " ¡Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen!»; y esa oración del Señor le quebrantó el empedernido corazón. «Me detuve -contó después- con el corazón atravesado peor que si hubiera sido con un clavo de cinco pulgadas. ¿Diré que fue por el amor de Cristo? ¿O por Su compasión? No sé cómo llamarlo; lo único que sé es que creí, y que desapareció la dureza de mi corazón.» Más tarde, cuando el condenado fue al patíbulo, ya no era el endurecido hosco animal que había sido antes, sino un hombre radiante y sonriente. El asesino había nacido de nuevo; Cristo le había dado una nueva vida.
No es imprescindible que suceda de una manera tan dramática. Una persona puede volverse tan egoísta que esté muerta para las necesidades de los demás. Uno puede llegar a ser tan insensible que esté muerto para los sentimientos de otros. Se puede llegar a estar tan involucrado en la falta de honradez y de dignidad que se está muerto para el honor. Hay quienes se sumen de tal manera en la inercia que están espiritualmente muertos. Pero Jesucristo puede resucitarlos. El testimonio de la Historia es que ha resucitado a millones y millones de personas así, y Su toque no ha perdido su antiguo poder.
(ii) Jesús estaba pensando también en la vida venidera. Él trajo la certeza de que la muerte no es el final. Las últimas palabras de Eduardo III el Confesor fueron: "No lloréis. Yo no me voy a morir. Al dejar la tierra de los que mueren, confío en ver las bendiciones del Señor en la tierra de los que viven.» Llamamos a este mundo da tierra de los vivientes; pero sería más correcto llamarlo la tierra de los murientes. Por Jesucristo sabemos que vamos de camino, no hacia el ocaso, sino hacia el amanecer; sabemos que la muerte es una puerta en el firmamento, como ha dicho Mary Webb. En el sentido más auténtico, no vamos de camino hacia la muerte, sino hacia la vida.

¿Cómo sucede esto? Sucede cuando creemos en Jesucristo. ¿Y qué quiere decir eso? Creer en Jesús quiere decir aceptar todo lo que ha dicho Jesús como la verdad absoluta; y jugarnos la vida con entera confianza en que es así. Cuando hacemos eso, entramos en dos nuevas relaciones.
(a) Entramos en una nueva relación con Dios. Cuando creemos que Dios es como nos ha dicho Jesús, llegamos a estar absolutamente seguros de Su amor, y de que es, por encima de todo, un Dios redentor. El miedo a la muerte se desvanece, porque morir es ir con el gran Amador de las almas humanas.
(b) Entramos en una nueva relación con la vida. Cuando aceptamos el camino de Jesús; cuando tomamos Sus mandamientos como nuestra ley, y cuando nos damos cuenta de que Él está siempre dispuesto a ayudarnos a vivir como Él nos manda, la vida se convierte en algo totalmente nuevo. Está revestida de un nuevo encanto, una nueva delicia, una nueva fuerza. Y cuando hacemos nuestro el camino de Jesús, la vida se convierte en una cosa tan preciosa que no podemos concebir que se acabe quedando incompleta.
Cuando creemos en Jesús, cuando aceptamos lo que Él nos dice acerca de Dios y acerca de la vida y nos jugamos el todo por el todo a que es verdad, resucitamos de veras, porque somos liberados del miedo que caracteriza a la vida sin Dios; somos liberados de la frustración que caracteriza a la vida sometida al pecado; somos liberados de la vacuidad de la vida sin Cristo. La vida se eleva de la muerte del pecado para llegar a ser algo tan auténtico que no puede morir, y que no encuentra en la muerte más que la transición a una vida superior.