Causas mundanas y usuales
de la depresión
Sin embargo, es típico que otras causas den lugar a
la enfermedad de la melancolía (excepto en individuos propensos a ella). Por
consiguiente, antes de abordar su cura, hablaré más de sus causas. Entre las
causas más comunes están la impaciencia, el descontento y la preocupación
pecaminosas derivadas de una devoción indebida a algún interés temporal y de la
incapacidad de someterse a la voluntad de Dios, de confiar en Él y de
considerar seriamente al cielo como una recompensa satisfactoria.
Es necesario
utilizar muchas palabras para comunicar la naturaleza verdaderamente complicada
de esta enfermedad de las almas. Los nombres escogidos insinuarán que
representa la confluencia de muchos pecados, los cuales, al considerarlos
individualmente, no son cánceres pequeños. Si fueran estos la inclinación y el
hábito predominantes del corazón y de la vida, serían señales de un estado sin
la gracia de Dios. Sin embargo, debido a que estos pecados son odiados y no son
mayores que la gracia, y a que nuestra porción celestial es más valiosa e
intencionalmente escogida que la prosperidad terrenal, podemos creer que la
misericordia de Dios, a través de Cristo, perdonará esos pecados y nos librará
finalmente de todos ellos. No obstante, es apropiado que incluso un pecador
perdonado permanezca consciente de la grandeza de su pecado para que él no
pueda ser ni parcial ni malagradecido por el don del perdón.
Discutiré explícitamente los aspectos de este pecado
que hace que muchos sean llevados a la depresión funesta. Se da por sentado que
Dios prueba a sus siervos a través de varios sufrimientos en esta vida, y que
Cristo quiere que llevemos nuestra cruz y lo sigamos con paciencia sumisa.
Algunos son probados a través de enfermedades dolorosas; otros, por medio del
maltrato en manos de enemigos; algunos, a través de la maldad de amigos; y
otros más, por medio de familiares y vecinos difíciles y provocativos. Otros
sufren difamación, a veces con persecución verdadera, y muchos sufren pérdidas,
decepciones y pobreza.
Las tendencias de la carne
1. Muchas
veces, la impaciencia es la semilla de la condición pecaminosa. Por
naturaleza, somos demasiado propensos a velar por la carne y, por consiguiente,
demasiado débiles para soportar cargas pesadas. La pobreza les añade a esas
pruebas un peso que las personas confortablemente adineradas no experimentan;
tampoco sienten lástima de quienes lo sufren. Dos situaciones son
particularmente agravantes:
a. Una es
cuando los hombres son responsables, no solo de sí mismos, sino también de su
esposa y sus hijos.
b. La otra es cuando tienen deudas. Esta es una
carga pesada para el prestatario no sofisticado, aunque los prestamistas
inescrupulosos actúan como si fuera un problema pequeño. Cuando se enfrentan a
tales restricciones y pruebas, los hombres tienden a estar muy conscientes de
la carga y de la impaciencia subyacente. Cuando ven que su familia carece de alimento,
ropa, calefacción y otras necesidades, y no ven con claridad cómo suplirlas, y
cuando los propietarios y otros acreedores los acosan para que paguen las
deudas que simplemente no pueden atender, es difícil no desanimarse y de verdad
difícil de soportar con una sumisión obediente a Dios. Esto puede ser
particularmente difícil para las mujeres y otras personas vulnerables a las
emociones fuertes.
2. La impaciencia se convierte en un
descontento fijo y un espíritu inquieto, lo que afecta al cuerpo en sí y
pesa todo el día como una carga o una molestia ininterrumpida en el corazón.
3. La
impaciencia y el descontento atormentan los pensamientos de uno con tristeza y
preocupaciones continuas. Los que están muy afectados pueden pensar
poco en otra cosa, y estas preocupaciones devoran el alma y le son a la mente
lo que una fiebre consumidora al cuerpo.
4. El principio o la causa escondida de
todo esto es la mayor parte del pecado, el cual es amor excesivo por el cuerpo
y por este mundo. Si no amáramos algo en exceso, no tendría poder para
atormentarnos. Si no estuviéramos tan preocupados por la comodidad y la salud,
hallaríamos al dolor y a la enfermedad menos difíciles de soportar. Si nuestro
amor por los hijos y los amigos no fuera tan grandemente desproporcionado, su
muerte no nos abrumaría con una tristeza exorbitante. De la misma manera, si no
pusiéramos demasiado énfasis el bienestar físico y la riqueza y la prosperidad
del mundo, podría ser más fácil soportar las circunstancias duras, el trabajo
difícil y las carencias, no solo de lujos y conveniencias, sino también de
aquellas cosas necesarias para la salud o incluso la vida misma, si Dios así lo
desea. Evitar el amor excesivo por estas cosas debería, por lo menos, ayudarnos
a evitar irritaciones, descontentos, preocupaciones y una sensación exorbitante
de tristeza y pérdida de paz.
5. Siempre hay pecado adicional en lo
profundo de todos nosotros que demuestra que nuestra voluntad permanece
demasiado egocéntrica y todavía no está debidamente sometida a la voluntad de
Dios. Realmente, preferiríamos ser nuestro propio dios, hacer lo que
elijamos y tener lo que deseamos. Carecemos de una renuncia apropiada de
nosotros mismos y de nuestras preocupaciones ante Dios, y en vez de confiar
como niños y ser completamente dependientes de él por nuestro pan diario,
estamos en cambio más conscientes de una necesidad de aferrarnos a nuestro
sentido de independencia.
6. Esta actitud demuestra que no hemos sido
adecuadamente humillados por nuestros pecados. De otro modo, estaríamos
agradecidos incluso por la situación más pequeña, y la reconoceríamos como
mejor de lo que realmente deseamos.
7. Evidentemente,
el descontento y la preocupación angustiante reflejan una gran cantidad de
desconfianza e incredulidad hacia Dios. Somos capaces de confiar en
Dios tanto como confiamos en nosotros mismos o en un amigo fiel, o como un niño
confía en su padre, ¡cuán calmadas se volverían nuestras mentes al estar
conscientes de la sabiduría de Dios, de su suficiencia absoluta y de su amor!
8. La
incredulidad tiene consecuencias peores que las dificultades temporales.
Demuestra que la gente no acepta realmente el amor de Dios y la gloria del
cielo como suficiente. A menos que obtenga lo que desea o desearían tener para
su cuerpo mientras está en este mundo, y ser libres de pobreza y cargas,
irritaciones, lesiones y dolor, ¡entonces, qué desastre! Pues luego todo lo que
Dios le ha prometido, tanto ahora como en el más allá, será inadecuado. Cuando
Dios, Cristo y el cielo son insuficientes para calmar la mente de uno, entonces
uno está en pobreza desesperada de fe, esperanza y amor, que son más
importantes que la comida y la ropa
Pecado oscuro y deliberado
Una causa adicional de una mente afligida es la
culpa verdadera de algún pecado grande y deliberado. La consciencia es
redargüida, sin embargo, el alma no está convertida. El pecado es tanto
apreciado como temido; la ira de Dios aterra, pero no tanto como para que el
pecador deliberado venza al pecado. Algunos continúan en fraude y malversación secreta,
muchos otros en borracheras o pornografía, de una o de otra forma, y sus vicios
relacionados, así como también en inmoralidad sexual evidente. Aunque se dan
cuenta de que son “cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de
desobediencia”, la furia del apetito y la lujuria prevalece para que luego se
desesperen y pequen. Aunque las chispas del infierno caen sobre su consciencia,
esto no cambia su corazón y tampoco su vida. Hay más esperanza para la
recuperación de estos que para los que tienen un corazón muerto o para los
pecadores no creyentes, que ejercen su comportamiento vulgar con una especie de
codicia que supera al arrepentimiento y son tan ciegos que defienden sus
delitos y debaten contar la obediencia a Dios. La crueldad no es tan mala como
la maldad diabólica. Sin embargo, estas no son las personas de quienes hablo en
mi texto. Su dolor no es excesivo, sino muy pequeño, siempre y cuando no pueda
disuadirlos de pecar. Sin embargo, si Dios convierte a estas mismas personas,
los pecados en los que ahora viven (felizmente) pueden subsecuentemente,
después de reflexionar, hundir sus almas en una tristeza tan profunda como para
abrumarlos.
De manera similar, cuando quienes se han convertido
verdaderamente coquetean con la tentación del pecado y renuevan las heridas de
su conciencia por medio de sus lapsos, no es de sorprenderse cuando vuelvan sus
tristezas y temores. Los pecados oscuros se han apoderado de la conciencia de
muchos y los han arrojado en una depresión incurable y perturbadora.
El papel de la ignorancia y el error
Sin embargo, entre quienes sí temen a Dios, se ve
aun otra causa de depresión y tristeza excesiva: la ignorancia y los errores en
asuntos esenciales para su paz y comodidad. Daré detalles sobre algunos:
1. Un error es una ignorancia respecto al
significado en sí del evangelio, o pacto de la gracia, como los
representan los libertinos (a veces denominados antinomianistas). Estos les
aseguran peligrosamente a las personas que Cristo ha llevado a cabo el
arrepentimiento y la creencia por ellas, y que no deben dudar más de su propia
fe y arrepentimiento de lo que dudarían de la justicia de Cristo. Por
consiguiente, muchos cristianos genuinos no logran entender que el evangelio
trae un gozo indescriptible para todos los que creen en él y que Cristo y la
vida se ofrecen gratuitamente para cualquiera que los reciba. Además, ningún
pecado por grande o numeroso, está excluido del perdón para quien, sin
pretensión ni reserva, reciba el perdón. Todo el que desee beber del agua de
vida puede hacerlo, y todo el que esté cansado y sediento está invitado a venir
a Cristo para recibir consuelo y descanso. Sin embargo, algunos parecen
incapaces de entender los términos del perdón, que no son otra cosa más que
aceptar el pacto salvador y perdonador del bautismo.
2. Muchos de estos también están
equivocados respecto a cómo utilizar la tristeza por el pecado, y acerca de la
naturaleza de la dureza del corazón. Ellos creen que si su tristeza no
es muy vehemente como para resultar en lágrimas y en gran preocupación, ellos
no deben ser susceptibles del perdón. Aunque aceptan el pacto del perdón, no se
dan cuenta de que Dios recompensa, no la tristeza por el pecado en sí, sino la
destrucción del orgullo. Lo que Dios requiere de cualquiera para que sea salvo
en sus propios términos, según se expresa en su pacto es una sensación de
pecado, peligro y miseria, suficiente para engendrar una humildad que lo haga a
uno consciente de su necesidad de Cristo y la misericordia que lo lleva a uno a
aceptar sinceramente ser su discípulo.
En cuanto a la duración de una tristeza piadosa,
algunos son de la opinión que las punzadas del nuevo nacimiento deben ser
extendidas. Sin embargo, tal como leemos en la Escritura, los pecadores
penitentes recibieron el evangelio rápida y gozosamente como el regalo de
Cristo y el perdón y la vida eterna. Sí, la humildad y el disgusto con el
pecado deben continuar y aumentar, pero nuestro gran remordimiento inicial
sobre ello, bien puede ser consumido por la gratitud y el gozo santos.
Con relación a la dureza de corazón: La Escritura lo
usa para describir una obstinación rígida y rebelde que no se apartará del
pecado en obediencia a cualquiera de los mandamientos o las amenazas de Dios.
Muchas veces se le llama tendón de hierro o cuello rígido, pero nunca se usa
para describir una simple falta de lágrimas o de tristeza vehemente en alguien
que está dispuesto a obedecer. Más bien, los de corazón duro son los que no se
arrepienten. La tristeza, incluso por el pecado, puede ser excesiva; y una
persona emotiva podría fácilmente dolerse y llorar por el pecado que él o ella
no va a abandonar. Por otro lado, la obediencia no puede ser excesiva.
3. Un gran
número de almas están desanimadas por la falta de autoconocimiento, al desconocer
la sinceridad que Dios les ha dado. En esta vida, la gracia es débil
incluso en el mejor de nosotros, y una pequeña cantidad de gracia frágil no se
percibe muy fácilmente. Tal gracia en acción es débil e inestable, y es
evidente solo por sus acciones. De manera similar, se encuentra invariablemente
que la gracia reside junto con una tendencia muy poderosa hacia el pecado.
Cualquier pecado en el corazón y en la acción no concuerda con la gracia y la
oscurece. Tales personas poseen muy poco conocimiento y se sienten como
extrañas en su casa, por así decirlo, e ineptas para analizar y proteger su
propio corazón y hacerse responsables de sí mismas. Entonces, ¿cómo podría
cualquiera de esas personas, bajo tales impedimentos, mantener una seguridad
sólida de su propia sinceridad? Si, con gran esfuerzo, adquieren alguna
seguridad, el descuido posterior de la responsabilidad o la falta de intensidad
en ella o ceder a la tentación o incluso la inconsistencia en los esfuerzos por
una obediencia rigurosa provocará de inmediato que cuestionen todo y censuren
todos sus esfuerzos como simple hipocresía. Un estado de ánimo triste y abatido
está siempre listo para concluir lo peor y difícilmente puede lograr ver algo
bueno que pueda ser reconfortante.
4. En tal
caso, muy pocos pueden obtener consuelo de simples probabilidades áridas.
Tal como está, no tienen ninguna sensación de seguridad como resultado de las
ofertas de gracia y salvación, aunque están ansiosos de recibirlas. Si nadie
pudiera obtener consuelo alguno, excepto quienes tienen una seguridad total de
su sinceridad y salvación, ¡entonces la desesperación engulliría el alma de la
mayoría de los creyentes más auténticos!
5. Un desconocimiento de las faltas de
los cristianos “exitosos” aumenta los temores y el pesar por parte de los demás.
Ellos piensan que, debido a que nuestra predicación o escritos, somos mucho
mejores personas que ellos. Luego, se imaginan no teniendo gracia porque no
alcanzan nuestras supuestas virtudes. Sin embargo, si vivieran cerca de nosotros
y vieran nuestras faltas, o nos conocieran tan bien como nos conocemos a
nosotros mismos, o pudieran leer todos nuestros pensamientos pecaminosos y
conocer nuestras tendencias mezquinas, ¡estarían liberados de este error!
6. Los
maestros (de las Escrituras) no calificados causan dolor y confusión para
muchos. Algunos no pueden explicarles a sus oyentes la intensidad del
pacto de la gracia. Otros, no están familiarizados con ningún consuelo
espiritual ni celestial. Algunos carecen de santidad personal o renovación por
el Espíritu Santo y no conocen el significado de la sinceridad. Ellos no pueden
distinguir entre una persona piadosa y un pecador no arrepentido. Siendo ellos
mismos engañadores malvados, nublan la distinción entre el bien y el mal, e incluso
pueden confundir lo mejor por lo peor. Otros, repito, no calificados en asuntos
espirituales, ponen énfasis excesivo en las cosas que ni siquiera son
deberes, como lo hacen los católicos romanos en sus muchos inventos y
supersticiones, al igual que muchas sectas a través de sus opiniones insensatas.
Algunos describen grosera e incorrectamente el estado de gracia y pretenden
decir con precisión hasta qué punto puede parecer que un hipócrita camina en la
fe sin estar realmente convertido, y al hacerlo, desalienta y confunde a los
cristianos más débiles. Aquellos maestros que no pueden corregir los errores de
sus publicaciones, ni los de sus propios mentores. Algunos provocan que la
paz de los hombres, si no su verdadera salvación, dependa de controversias que
están por encima de su entendimiento, y denuncian audazmente como heréticos y
anatema asuntos que ellos no comprenden. Incluso en el mismo mundo cristiano ha estado
dividido en facciones por mucho tiempo debido a disputas imprudentes sobre
textos e interpretaciones en competencia. ¿Acaso es de extrañar que hoy en día
los oyentes de dichas controversias se hallen confundidos?
La cura para la tristeza excesiva
Habiendo
descrito las causas de la tristeza excesiva, ahora describiré su cura. Sin
embargo, la cura es más fácil de describir que de lograr. Empezaré donde creo
que la enfermedad comienza y le diré tanto lo que el paciente en sí debe hacer
y lo que deben hacer por él los amigos y los colegas:
1. Primero, no considere el pecado
asociado con su condición ser ni más grande ni menor de lo que es en realidad.
a. Demasiadas
personas piensan que sus sufrimientos y tristezas les dan derecho a recibir
solamente compasión. Por lo tanto, prestan poca atención a cualquier pecado
que puedan haber provocado esos sufrimientos o que ellos aún cometen. Los
amigos y pastores poco sofisticados podrían solamente ofrecer consuelo, cuando,
de hecho el descubrimiento y la reprensión por su pecado serían la mejor parte
para curarlos. Si estuvieran más conscientes de cuán pecaminoso es
sobrevalorara al mundo, fallar en confiar en Dios, tener pensamientos amargos y
exiguos sobre Él, pensamientos profanos sobre su bondad y devaluar la gloria
del cielo (lo que debería darles algún consuelo incluso en el estado más
desesperado), así como ser frecuentemente impacientes, preocupados y
descontentos, y negar la misericordia o gracia previamente recibida, esto los
beneficiaría más que las palabras de consuelo. En cambio, cuando hablan como
Jonás “Mucho me enojo, hasta la muerte”, y pensar que negar la gracia y
distraer y discutir contra el amor y la misericordia de Dios son su
responsabilidad, entonces, es tiempo de hacerles saber cuán pecadores son.
b. Por otro lado, si se imaginan tontamente
que todos estos pecados demuestran que están desprovistos de la gracia y que
Dios contará las tentaciones del diablo como sus pecados personales,
condenándolos por exactamente las mismas cosas que aborrecen, y consideran su
misma enfermedad de depresión como un crimen, estas nociones deben ser refutadas
y descartadas. De lo contrario, podrían erróneamente deleitarse en sus
emociones y sufrimientos desordenados.
2.
Es de particular importancia no ceder a un hábito de impaciencia obstinada. Aunque es un amor egoísta, y aunque los pecados
contra Dios y su gloria son peores, la impaciencia no puede disfrazarse como
inocencia. ¿No contó con sufrir y llevar su cruz cuando se entregó a Cristo? ¿Y
ahora le parece extraño? Anticipe y prepárese diariamente para cualquier prueba
que Dios pueda poner en su camino. Entonces, no será sorprendido ni abrumado. Prepárese
para la pérdida de hijos y amigos, para la pérdida de los bienes mundanos, y
para la pobreza y la necesidad; prepárese para las calumnias, los accidentes o
las toxinas, junto con enfermedad, dolor y muerte. Es no estar preparado lo que
hace que parezca tan insoportable. Recuerde que no es más que un cuerpo en
deterioro que sufre, uno del que usted siempre ha sabido que morirá y volverá
al polvo. No importan quiénes son la vía de su sufrimiento, es Dios quien lo
prueba por medio de ellos. Así que cuando piense que es infeliz solo con las
personas, no es inocente de murmurar contra Dios. De lo contrario, su
influencia dominante lo persuadiría a usted a la sumisión paciente. Haga que
sea un objetivo de su consciencia evitar un disgusto arraigado. ¿Acaso no está
mejor de lo que merece? ¿Ha olvidado cuántos años ha disfrutado una
misericordia inmerecida? El disgusto es una resistencia permanente a la
voluntad preparada de Dios, e incluso un grado de rebelión en contra de esta,
donde su propia voluntad se levanta contra la de Dios. Es ateísmo en
práctica pensar que sus sufrimientos no son parte de la providencia de Dios.
¿Se atreve a quejarse contra Dios y luego continúa reclamando? ¿A quién más le
toca determinar sus circunstancias, así como las de todo el mundo? Y cuando
experimente desesperación para ser libertado, recuerde que esto no es confiar
en Dios. Atienda su responsabilidad verdadera y obedezca su mandato, pero
deje que Él se haga cargo de lo que deba sucederle. La preocupación
tormentosa solamente aumenta sus sufrimientos; es una gran misericordia de Dios
que Él prohíba este tipo de inquietud y prometa cuidarlo. Su Salvador la ha
prohibido personalmente en gran medida y le ha dicho cuán pecaminosas e
inútiles son esas preocupaciones, y que su Padre saber lo que usted necesita.
Si Él lo niega, es por una causa justa, y si es oportuno corregirlo, eso sigue
siendo para su bien. Si usted se sujeta a Él y acepta su regalo, Él le dará
cosas mejores de las que le quita: a Cristo y la vida eterna.
3. Decídase
más diligentemente que nunca a vencer el amor excesivo por el mundo. Si
puede hacerlo, esto aprovechará sus problemas, por así decirlo, sígalos hasta
su punto de origen y aprenda qué es lo que no puede soportar y, por
consiguiente, lo que sobrevalora. Dios es muy celoso, incluso en su amor,
contra todo ídolo al que se le demuestre demasiado afecto, y con cualquier
parte de ese amor que le pertenece a Él. Si los quita y los arranca de nuestras
manos y corazones, Él es misericordioso y también justo. No digo esto a
quienes están preocupados solo por la falta de fe, santidad y comunión con Dios
y la seguridad de la salvación. Estas aflicciones podrían traer mucho
consuelo si esas personas preocupadas entendieran correctamente su fuente y su
significado. De la misma manera en que la preocupación impaciente bajo las
pruebas temporales demuestra que una persona ama demasiado al mundo, así la
inquietud impaciente sobre carecer de más santidad y comunión con Dios
establece que una persona ama la santidad y a Dios. El amor por algo precede al
deseo y a la tristeza por eso mismo. Cualquier cosa que el ser humano ame, se
deleitará en poseerlo, se dolerá al no tenerlo y deseará obtenerlo. El amor
dirige a la voluntad, y a nadie le molesta la falta de algo que, para empezar,
no quiere. Sin embargo, lo que más comúnmente precipita la depresión es
inicialmente alguna insatisfacción y preocupación temporal. Ya sea anhelos o
pruebas, el temor de sufrirlos o la sensación de injusticia y la naturaleza
agravante de ellos, o quizá caer en desgracia o conformismo, cualquiera de
estos puede inducir a una insatisfacción. Cuando uno no puede soportar que se
le esté negando lo que uno desea y cuando la carencia de ello ha enturbiado y
sesgado tanto el pensamiento de la persona, se abre la puerta a las tentaciones
espirituales. Entonces, lo que empezó estrictamente como sufrimientos
temporales termina tratándose de la fe y la consciencia, o solamente del pecado
y la falta de gracia. ¿Por qué no pudo soportar con paciencia las palabras, las
injusticias y las cruces que le sobrevinieron? ¿Por qué le da tanta importancia
a estos asuntos físicos y transitorios? ¿Acaso no es porque los amaba
demasiado? ¿No fue con toda sinceridad cuando una vez los llamó vanos y
prometió dejarlos a la voluntad de Dios? ¿Le pediría a Dios que lo dejara en
paz en un pecado tan grande como es amar al mundo o darles a las criaturas el
crédito que a Él le corresponde? Si Dios fallara en enseñarle lo que debe amar
y a lo que debe aferrarse, y lo sanara de una condición tan peligrosa como lo
es una actitud sensual y terrenal, Él habría fallado en santificarlo y
prepararlo para el cielo. Las almas no van al cielo como si fueran flechas
disparadas hacia arriba, es decir, contra sus inclinaciones; más bien, así como
el fuero tiende a elevarse naturalmente y la tierra, a caer, —del mismo modo—
sucede cuando los seres humanos santos mueren, sus almas tienen una inclinación
natural hacia arriba. Es su amor el que las inclina: estas aman a Dios,
al cielo, a la compañía santa, y a sus viejos amigos piadosos, las obras santas
y el amor mutuo, y las alabanzas gozosas a Dios. Este espíritu y amor son
como una naturaleza en llamas que las eleva al cielo. Los ángeles las llevan,
no a la fuerza, sino como una novia al altar, quien es acompañada, durante todo
el trayecto, por el amor. Por otro lado, las almas de los seres humanos
malos tienen una inclinación sensual, mundana; y no aman las cosas celestiales,
ni la compañía celestial, y no hay nada en ellas que las lleve a Dios. Más
bien, ellas aman la basura mundana, y los placeres sensuales, bestiales, aunque
no puedan disfrutarlos realmente. No es de sorprenderse que las almas malvadas
se congreguen con los demonios en los lugares espirituales más bajos mientras
están en la tierra, y que estas últimas, si Dios se los permite, se manifiesten
ante las primeras como apariciones. No es de sorprenderse si las almas santas
no están sujetas a tal descenso. El amor es la forma y la energía del alma, y
este lleva las almas hacia abajo o hacia arriba según corresponda. Así que,
acabemos con el amor terrenal, básico. ¿Cuánto tiempo vivirá usted aquí, y qué
harán la tierra y las cosas insignificantes por usted? Hasta aquí, podría
avanzar en santidad y el cielo, Dios no les negará nada a sus hijos sumisos.
Sin embargo, amar algo desproporcionadamente es apartarse de Dios. Este es
un padecimiento peligroso de las almas y la actitud que las arrastra cielo
abajo. Si usted hubiera aprendido a abandonarlo todo por Cristo y a considerar
todo lo demás como pérdida y rechazo como lo hizo Pablo, podría soportar más
fácilmente el deseo por algo. ¿Ha escuchado alguna vez de alguien que estaba
insatisfecho y distraído por la depresión, la pena y la preocupación por la
falta de alguna bobería, o cualquier baratija? entonces Dios hará que usted lo
vea de otra manera para su tristeza.
4. Si no
está satisfecho con que solo Dios, solo Cristo, solo el cielo sea suficiente
para usted en términos de felicidad y contentamiento, entonces profundice en el
asunto: usted podría llegar a convencerse. Vaya, revise su catequismo y
los fundamentos de la fe. Entonces, aprenderá a acaparar tesoro en el cielo y
no aquí, en la tierra. Sabrá que es mejor estar con Cristo, y que la muerte
—que destruye toda la gloria del mundo e iguala a ricos y pobres— no es sino la
puerta común para entrar al cielo o al infierno. Más allá de esa puerta, su
consciencia no preguntará si vivió o no en comodidad o en dolor, en riquezas o en
pobreza, sino “¿viviste para Dios o para ti mismo, para el cielo o para la
tierra?”. Y “¿qué ha tenido el lugar principal en tu corazón y en tu vida?”. Si
hubiera vergüenza en el cielo, usted sería avergonzado allá por haber llorado y
haberse quejado por la falta de cualquier placer físico en la tierra, y de que
haya ido al cielo lamentándose porque su cuerpo sufrió aquí en la tierra. Concéntrese
más en cómo vivir por fe y esperanza y enfóquese en la promesa invisible de la
gloria de Cristo, y soportará con paciencia cualquier sufrimiento en el camino.
5. Aprenda
a entender qué gran pecado es poner nuestras voluntades y deseos en oposición
insatisfecha a la sabiduría, la voluntad y la providencia de Dios, y poner
nuestra voluntad antes que la de Él como si nosotros mismos fuéramos dioses.
¿No se da cuenta de que un corazón que murmura en
secreto acusa a Dios? Toda acusación a Dios contiene un elemento de blasfemia.
Pues el acusador supone que Dios es digno de ser culpado; si usted no se
atrevería a acusarlo en voz alta, entonces no permita que el anhelo de su
corazón lo acuse. Esté consciente del grado al cual la religión y la santidad
consisten en traer esta voluntad propia rebelde a una renuncia, sumisión y
conformidad total a la voluntad de Dios. Hasta que pueda descansar en la
voluntad de Dios, nunca podrá tener descanso.
6. Considere cuidadosamente cuánta
responsabilidad es confiar en Dios y en nuestro bendito Redentor enteramente,
en alma y cuerpo, y con todo lo que poseemos.
¿Acaso no es digno de confianza el poder, la
sabiduría y la bondad? ¿Es el Salvador, quien vino del cielo en forma humana
para salvar pecadores por medio de actos de amor incomprensibles, digno de
confiarle lo que compró con tanto amor? ¿En quién más confiaría? ¿En usted
mismo, o en sus amigos? ¿Quién lo ha guardado toda su vida y hecho por usted
todo lo que se ha hecho? ¿Quién ha salvado todas las almas que ahora están en
el cielo? ¿Qué es nuestro cristianismo sino una vida de fe? ¿Y, se ha reducido
su fe a esto: a obsesionarse con ansiedad y preocupación si Dios no ajusta su
providencia para que llene sus expectativas? Busque primeramente su reino y
su justicia, y Él ha prometido que todas las demás cosas le serán dada, y ni un
cabello de su cabeza perecerá, pues cada uno está, por así decirlo, contado.
Un gorrión no puede caer al suelo fuera de la providencia de Dios, y ¿estará Él
menos atento de quienes desean complacerlo? Crea en Dios y confíe en Él, y
sus preocupaciones, temores y penas desaparecerán. Si tan solo comprendiera ¡qué
gran misericordia y consuelo es que Dios le pida que confíe en Él! Si Él no
le hubiera prometido nada, esto sería el equivalente a una promesa. Si le pide
que confíe en Él, puede estar seguro de que no traicionará su confianza. Si un
amigo fiel, quien puede ayudarlo, le pide que confíe en que él puede
auxiliarlo, usted no imaginaría que él lo engañaría. Sin embargo, tristemente,
he tenido amigos que se atrevieron a confiarme a mí sus posesiones, vidas y
almas, todo estaba bajo mi poder, y no tenían temor de que yo pudiera
destruirlos o dañarlos; sin embargo, estos mismos amigos no pueden confiarle al
Dios de bondad infinita esas mismas cosas, aunque Él les manda hacerlo y les
promete que nunca les va a fallar ni los va a abandonar.
Es este
refugio de la mente, que me da quietud en medio de mis temores, saber que Dios,
mi Padre y Redentor, me ha mandado confiarle a Él mi cuerpo, mi salud, mi
libertad y mis posesiones; y cuando una eternidad invisible y terrible se
avecina, ¡confiarle a Él mi alma transitoria! Dios sostiene y mantiene el cielo
y la tierra; ¿debería desconfiar de Él? Usted objeta: Él salvará solo a sus
hijos. Yo respondo: Cierto, y todos los que están verdaderamente dispuestos
a obedecerla y a complacerlo son sus hijos. Si usted está verdaderamente
dispuesto a ser santo y a obedecer sus mandamientos y a llevar una vida
piadosa, justa y sobria, entonces puede valientemente descansar en su
disposición y regocijarse en su voluntad gratificante y tolerante, pues el
perdonará todas nuestras debilidades a través de los méritos y la intercesión
de Cristo.
7. Si no quiere que la tristeza lo devore,
entonces no se trague las tentaciones del placer pecaminoso.
Los temperamentos caldeados, la apatía y el descuido
de las responsabilidades cargan con sus propios grados de culpabilidad. Sin
embargo, el pecado que se disfruta es del tipo peligroso y que hiere
profundamente. Huya de las atracciones de la lujuria, el orgullo, la
ambición y la codicia, así como de la indulgencia excesiva en el alcohol y la
comida. Huya de ellas así como lo haría de la culpa, la pena y el terror.
Mientras más disfrute el pecado, más posibilidad hay de que la tristeza ocurra.
Mientras más claro tenga que es pecado y se deleite en él contra la consciencia
que le dice que Dios también se opone a eso, y aun así, usted continúa en el
pecado y anule a su consciencia, más agudas serán las punzadas posteriores de
la consciencia y más intensas será cuando despierte finalmente al
arrepentimiento. Cuando un alma humilde es perdonada por gracia y esta cree
que ha sido perdonada, aun así no se perdonara a sí misma fácilmente. El
recuerdo del pecado voluntario, la naturaleza oscura de la tentación que nos
venció y las misericordias y los buenos motivos que anulamos para satisfacer al
pecado hará que nos enojemos, y con razón, con nosotros mismos. La aversión
de nuestro corazón malvado no facilitará ni apresurará la reconciliación con
nosotros mismos. Ciertamente, cuando recordamos que pecamos contra el
conocimiento y que lo hicimos aun percibiendo que Dios nos veía, y que lo
ofendimos, tendremos dudas perdurables de la sinceridad de nuestro propio
corazón. Nos preguntaremos si no seguiremos teniendo un corazón hipócrita y
si, cuando se nos presenten esas tentaciones, volveremos a deleitarnos en ellas
como antes. Así que no espere ni paz ni gozo mientras continúe en el pecado
que es deliberado y amado. Esta espina debe ser quitada de su corazón antes
de que tenga alivio del dolor, a menos que Dios le dé un corazón insensible, y
Satanás le dé una paz falsa, lo cual sería solamente un preludio a una tristeza
mayor.
8. Sin embargo, si
sus tristezas no son el resultado de los pecados antes mencionados, sino que surgen solamente de la
confusión sobre temas espirituales, el estado de su alma, el temor a la ira de
Dios sobre pecados abandonados o, quizá, la duda de su propia sinceridad y
salvación, entonces las reprimendas mencionadas en el punto anterior no son
para usted.
En cambio, voy a describir el remedio apropiado para
usted, el cual es la cura de esa ignorancia y de esos errores que son la fuente
de sus problemas. Muchos están
confundidos por las controversias religiosas, y cada facción rival está
segura de sí misma y dice un montón de cosas, todo lo cual puede parecerle cierto al ignorante e irrefutable al oyente.
Cada facción asegura ser el único camino y amenaza con la condenación a quienes
no se unen a ella. Los papistas dicen:
“No hay salvación fuera de nuestra iglesia”, es decir, ninguna fuera de los asuntos del episcopado de Roma. Los griegos los condenan y exaltan su
propia iglesia, al igual que cada facción tiene su propio punto de vista.
De hecho, algunos procurarán la conversión a fuego y espada, diciendo: “Únanse
a nosotros o irán a la cárcel”. O hacen de su iglesia una prisión atrayendo hacia
ella a los incompetentes y a los renuentes.
Entre todas estas aseveraciones, ¿cómo puede el
ignorante decidir apropiadamente?
Respuesta: La situación es triste; pero no tanto
como lo es la situación con la mayor parte del mundo: permanecer calladamente
en el paganismo o la infidelidad, sin siquiera estar preocupados por la
religión, sino más bien sigue las costumbres y las leyes de su propio país para
que no sufran en lo personal. En realidad, es una prueba de respeto hacia Dios
y su salvación de que le moleste la religión y que procure cuidadosamente saber
cuál es el camino correcto. La
controversia es mejor que el ateísmo indiferente que va con lo que es
políticamente aceptable, sin importar qué pueda ser. Si le tira a los
cerdos bellotas o maíz, ellos pelearán por eso, así como lo hacen los perros
por la carne. Sin embargo, ni los cerdos ni los perros, pelearán por oro o por
joyas, sino que los pisarán en la tierra. Pero lánceles oro y joyas a las
personas, y ellas las recogerán con entusiasmo. Los abogados se pelean por la
ley y los gobernantes, por la autoridad. Los religiosos luchan por la religión,
aunque con un entendimiento imperfecto de ella. Sin embargo, si usted
siguiera estas instrucciones claras, las controversias en la religión no deben
alterar su paz.