viernes, 19 de marzo de 2021

LA VERDADERA CONTAMINACIÓN

  

Mar 7:1   Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido de Jerusalén;

Mar 7:2  los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban.

Mar 7:3  Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen.

Mar 7:4  Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos.

Mar 7:5  Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas?

Mar 7:6  Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito:

 Este pueblo de labios me honra,  Mas su corazón está lejos de mí.

Mar 7:7  Pues en vano me honran,  Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.

Mar 7:8  Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.

Mar 7:9  Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.

Mar 7:10  Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.

Mar 7:11  Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte,

Mar 7:12  y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre,

Mar 7:13  invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas.

Mar 7:14  Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended:

Mar 7:15  Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre.

Mar 7:16  Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Mar 7:17  Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le preguntaron sus discípulos sobre la parábola.

Mar 7:18  Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar,

Mar 7:19  porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos.

Mar 7:20  Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre.

Mar 7:21  Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios,

Mar 7:22  los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.

Mar 7:23  Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.

 

Vemos el comienzo de este pasaje cuan difícilmente comprenden los hombres las cosas espirituales. "Escuchadme" dice nuestro Señor al pueblo,  "escuchadme cada uno de vosotros, y comprended" "¿Estáis así desprovistos de inteligencia?" Dice a los discípulos, ¿No percibís? La corrupción de la naturaleza humana es una enfermedad universal; no solamente afecta el corazón, la voluntad y la conciencia del hombre, sino su espíritu,  su memoria y su inteligencia. La misma persona que es lista y avisada en cosas mundanas, dejará muchas veces de comprender por completo las más simples  verdades del cristianismo; no le será posible aceptar los más sencillos razonamientos del Evangelio. No le encontrará sentido a los propios más claros que la  doctrina evangélica, que le sonarán como necios o misteriosos. Los escuchará como quien oye hablar una lengua extranjera y comprende alguna que otra  palabra, pero no el todo de la conversación. "El mundo no conoce a Dios por medio de la sabiduría" 1 Cor.1.21 Oye, pero no entiende.

Debemos pedir diariamente al Espíritu Santo que nos enseñe si queremos hacer progresos en el conocimiento de las cosas divinas. Sin Él, muy poco nos hará  avanzar, la inteligencia más poderosa y el más fuerte raciocinio. Cuando leemos la Biblia y oímos sermones, todo depende de la manera con que leemos y  oímos. Una disposición del espíritu humilde, infantil, ansioso de aprender, es el gran secreto del éxito. Feliz aquel que dice a menudo con David, "Enséñame  tus estatutos" Salmo 119.64 ese comprenderá tan bien como oye.

Vemos, en segundo lugar, por este pasaje, que el corazón es la fuente principal de la corrupción y de la impureza a los ojos de Dios. La pureza moral no  depende de lavarse o de no lavarse, de tocar ciertas cosas o de no tocarlas, de comer algo o de no comerlo, como enseñaban los escribas y los fariseos. "No  hay nada fuera del hombre que entrando en el pueda contaminarlo, sino lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre.”

Hay en estas palabras una verdad profunda que con frecuencia pasa desapercibida. Rara vez tomamos en cuenta como se debe nuestra pecabilidad original y  nuestra inclinación natural al mal. Se atribuye, en general, la maldad del hombre a los malos ejemplos, a las malas compañías a tentaciones especiales o a los  lazos que tiende el diablo. Parece olvidarse que cada hombre lleva consigo un manantial de maldades. No necesitamos que las malas compañías nos enseñen,  ni que el diablo nos tiente, para sumirnos en el pecado. Llevamos en nuestro interior la simiente de todos los pecados.

Debemos recordar esto en la disciplina y educación de los niños; no olvidemos en nuestro manejo de ellos, que en sus corazones existen las semillas de la  maldad. No es bastante tener a los muchachos en casa y alejarlos de toda tentación externa, pues llevan en sus pechos un corazón dispuesto a pecar y mientras  ese corazón no se muda, no están seguros, hagamos lo que queramos. Cuando los niños cometen una falta, es práctica común atribuir toda la culpa a las malas  compañías; pero hacerlo así es ignorancia, ceguedad y tontería. No hay duda que las malas compañías es un gran mal que debe evitarse lo más que sea  posible. Pero ningún mal compañero enseña a un muchacho ni la mitad de los pecados que le sugiere su propio corazón, si no está renovado por el Espíritu.

Dentro llevamos el principio de toda maldad. Si los padres fueran tan diligentes en orar por la conversión de sus hijos como lo son en guardarlos de malas  compañías, sus hijos saldrían mejores de lo que son.

Vemos, por último, en este pasaje, que catálogo tan negro de males encierra el corazón humano. "Del corazón del hombre" dice nuestro Señor, "proceden  malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, asesinatos, robos, codicia, envidia, blasfemia, orgullo, necedad; todas estas cosas malas salen de dentro".

Comprendamos bien, al leer estas palabras, que nuestro Señor está hablando del corazón humano en general. No se refiere tan solo al libertino conocido, ni al  criminal que está en una cárcel; habla del género humano. Todos nosotros, nobles o pecheros, ricos o pobres, amos o siervos, viejos o jóvenes, sabios o  ignorantes, todos, por naturaleza, tenemos el corazón que Jesús describe en este pasaje. Las simientes de todos los males que aquí menciona, yacen escondidas  en nuestro interior. Quizás permanezcan inertes toda nuestra vida, quizás el miedo de las consecuencias, la restricciones de la opinión pública, el  temor de la publicidad, el deseo de parecer respetables y sobre todo, la gracia omnipotente de Dios, las ahoguen y las contengan en su desarrollo. Pero todo  hombre lleva en si la raíz de todos los pecados.

 

Aunque no nos lo parezca, este pasaje, cuando se dijo por primera vez, debió de ser casi el más revolucionario del Nuevo Testamento. Jesús había estado discutiendo con los expertos legales acerca de diversos aspectos de la ley tradicional. Había mostrado la irrelevancia de los lavatorios elaborados. Había mostrado que la adherencia rígida a la ley tradicional podía conducir realmente a la desobediencia a la Ley de Dios. Pero aquí dice algo aún más alucinante. Declara que nada que entre en el cuerpo desde el exterior puede contaminarla, porque el cuerpo tiene un proceso natural y normal para deshacerse de ello. Ningún judío creyó eso nunca, ni hasta nuestros días. Levítico 11 tiene una larga lista de animales que son inmundos, y por tanto no se pueden comer. Hasta qué punto esto se tomaba en serio se puede ver en muchos de los incidentes de los tiempos de los Macabeos. En aquel tiempo, en rey sirio Antíoco Epífanes estaba decidido a erradicar la fe judía. Una de las cosas que les exigía a los judíos era que comieran cerdo; pero ellos estaban dispuestos a morir a centenares antes que hacer eso. «Sin embargo, muchos de Israel estaban plenamente decididos y firmes en sí mismos a no comer ninguna cosa inmunda. Por tanto, elegían antes morir que contaminarse con comidas, para no quebrantar el pacto santo; así es que morían» (1 Macabeos 1: 62s). 4 Macabeos 7 cuenta la historia de una viuda y sus siete hijos. Se les exigió que comieran carne de cerdo. Ellos se negaron. Al primero, le arrancaron la lengua, le cortaron los extremos de sus miembros, y luego le asaron vivo en una gran caldera; al segundo, le arrancaron el pelo y el cuero cabelludo; así los torturaron a todos uno tras otro hasta la muerte mientras su anciana madre los miraba y los animaba a ser fieles. Murieron antes que comer una carne que era para ellos inmunda.

En ese contexto Jesús hizo esta afirmación revolucionaria de que nada que entre en el cuerpo de una persona puede hacerla inmunda. Estaba borrando con un solo gesto las leyes por las que los judíos habían sufrido y dado la vida. No nos sorprende que los discípulos estuvieran alucinados.

En realidad, Jesús estaba diciendo que las cosas no pueden ser limpias o inmundas en un sentido religioso. Solamente lo pueden ser las personas; y lo que contamina a una persona son sus propias acciones, que son el producto de su propio corazón. Esto era una nueva doctrina, y de lo más sorprendente. Los judíos tenían, y todavía tienen, todo un sistema de cosas que son limpias o inmundas. Con un pronunciamiento definitivo, Jesús declaró toda la cuestión irrelevante, y que la inmundicia no tenía nada que ver con lo que una persona comiera, sino con todo lo que le saliera del corazón.

Veamos las cosas que Jesús lista que proceden del corazón humano y hacen inmundas a las personas.

Empieza por las malas intenciones (dialoguismoi). Cualquier pecado externo procede de una decisión interior; por tanto, Jesús empieza por los malos pensamientos de los que se deriva toda mala acción.

Luego vienen los deseos sexuales incontrolados (porneíai); a continuación incluye en la lista acciones adulteras (moijeíai); pero la primera palabra es la más general, y quiere decir cualquier clase de tráfico en el vicio sexual. Siguen los robos (klopai). En griego hay dos palabras para ladrón -kléptés y léstés. Léstés es un bandolero; Barrabás era un léstés (Jn_18:40 ), y un bandolero puede ser muy valiente, aunque esté fuera de la ley. Kléptés es un ladrón; Judas era un kléptés, que sisaba de la caja (Jn_12:6 ). Un kléptés es un ratero vulgar, engañoso, cobarde, sin ni siquiera la cualidad positiva del bandolero audaz de las viejas historias. Los asesinatos (fonoi) y los adulterios vienen a continuación, y su significado está claro.

Luego vienen las ansias (pleonexíai). Pleonexía viene de dos palabras griegas que quieren decir tener más. Se ha definido como un deseo maldito de poseer. También como «el espíritu que se apropia de lo que no tiene ningún derecho a poseer,» "la funesta hambre de lo que pertenece a otros.» Es el espíritu que arrebata cosas, no para atesorarlas como un avaro, sino para gastarlas en lujos y excesos desmedidos.

Cowley lo definía como "un apetito voraz de ganancias, no por sí mismas, sino por el placer de malgastarlas inmediatamente por vías de lujo y orgullo.» No es meramente el deseo de dinero o de cosas; incluye también el de poder, la insaciable codicia de la naturaleza humana caída. Platón decía: "El deseo de una persona es como una criba o un recipiente con un agujero, que no se puede llenar nunca por mucho que se intente.»

 Pleonexía es la codicia de poseer que tiene en el corazón el que busca la felicidad en las cosas en vez de en Dios.

Siguen las malas acciones. En griego hay dos palabras para malo: kakós, que describe una cosa que es mala en sí, y ponérós, que describe a una persona o cosa que es activamente mala. Ponéríai es la palabra que se usa aquí. El hombre que es ponérós es aquel en cuyo corazón hay un deseo de dañar. Está, como decía Bengel, " entrenado en toda clase de crimen, y totalmente equipado para infligir mal a cualquier otra persona.»

Jeremy Taylor definía esta ponéría como «aptitud para jugar malas pasadas, para deleitarse en desgracias y tragedias; complacencia en causar problemas y en complicar la vida. Irritación, perversidad y retorcimiento en nuestras relaciones.» Ponéría no solamente corrompe al que la practica, sino también a los demás. Ponérós -el Maligno- es el título de Satanás. El peor de los hombres, el que hace la obra de Satanás, es el que, siendo malo en sí mismo, hace a otros tan malos como él.

A continuación viene dolos, que traducimos como la astucia. Viene de una palabra que quiere decir el cebo; se usa con astucia y engaño; por ejemplo, en una ratonera. Cuando los griegos estaban sitiando Troya, no pudiendo ganar una entrada, les enviaron a los troyanos el regalo de un gran caballo de madera como señal de buena voluntad. Los troyanos abrieron sus puertas y lo metieron dentro; pero el caballo estaba lleno de griegos, que salieron por la noche y sembraron la muerte y la destrucción en Troya. Eso es exactamente dolos. Es una traición inteligente, astuta y engañosa.

Lo siguiente en la lista es la maldad desmadrada (asélgueia). Los griegos definían asélgueia como "la actitud del alma que rechaza toda disciplina,» como "el espíritu que no acepta restricciones, que lo arriesga todo para conseguir su capricho e insolencia desmadrada.» La gran característica de la persona que es culpable de asélgueia es que ha perdido todo sentido de vergüenza y decencia. Uno que es malo puede que oculte su pecado; pero el que tiene asélgueia peca sin remordimientos y no vacila en escandalizar a sus semejantes. Jezabel fue el ejemplo clásico de asélgueia cuando construyó un altar pagano en la santa ciudad de Jerusalén.

 

La envidia se traduciría literalmente por el mal ojo, el ojo que mira el éxito y la felicidad de otro como si quisiera echarle una maldición si pudiera. La palabra siguiente es blasfemia. Cuando se usa en relación con las personas quiere decir calumnia; cuando se usa en relación con Dios es la blasfemia. Quiere decir insultar a las personas o a Dios.

Sigue en la lista el orgullo (hyperéfanía). La palabra griega quiere decir literalmente «ponerse uno por encima de los demás.» Describe la actitud de la persona «que siente desprecio hacia todo lo que no sea ella misma.» Lo interesante de esta palabra como la usaban los griegos es que describe una actitud que puede que nunca se manifieste públicamente. Puede que en lo más íntimo de su corazón uno se esté siempre comparando con los demás. Podría ser que se presentara hipócritamente humilde, y sin embargo fuera orgulloso de corazón. Algunas veces, por supuesto, el orgullo es autoevidente.

Los griegos tenían una leyenda sobre este orgullo. Decían que los gigantes, los hijos de Tártaro y de Gué, trataron en su orgullo de asaltar el Cielo, pero Hércules los echó otra vez abajo. Eso es hyperéfanía. Es ponerse contra Dios; es «invadir las prerrogativas de Dios.» Eso es lo que se ha llamado "el Everest de todos los vicios,» y por lo que «Dios resiste a los soberbios» (Stg_4:6 ).

Por último viene la locura (afrosyné). No quiere decir la necedad debida a la falta de sensatez o de cabeza, sino la locura moral. Describe, no al que es un estúpido insensato, sino al que se hace el tonto para salirse con la suya.

Es una lista verdaderamente terrible de las cosas que salen del corazón humano la que nos presenta Jesús. Cuando la examinamos, sentimos un escalofrío. Sin embargo, es un desafío, no a evitar tales cosas por vergüenza, sino a examinar honradamente nuestros corazones.

¡Cuán humildes no deberíamos ser al leer estos versículos" "Todos somos inmundos" a los ojos de Dios. Isaías 64.6 Descubre en cada uno males sin cuento,  que el mundo nunca ve, porque El lee en nuestros corazones. De todos los pecados a que estamos sujetos de seguro que el más impropio es el de creernos  justos en virtud de un poder que no sea personal.

 

¡Cuán agradecidos no debemos estar por el Evangelio, cuando leemos estos versículo" El Evangelio encierra una provisión completa para todas las  necesidades de nuestras pobres y corrompidas naturalezas. La sangre de Cristo puede "limpiarnos de todo pecado". El Espíritu Santo puede transformar  nuestros corazones pecadores y mantenerlos limpios, después de transformados. El hombre que no se gloría en el Evangelio, sabe muy poco de la letra que  abriga en su interior.

¡Qué vigilantes deberíamos estar, cuando recordamos estos versículos! ¡Qué guardia tan cuidadosa no deberíamos hacer  para refrenar nuestra imaginación, nuestra lengua, y nuestra conducta diaria! A la cabeza de la negra lista del contenido de  nuestros corazones, se encuentran "los malos pensamientos". No lo olvidemos nunca.

 

 

 

CRISTO CALMA NUESTRAS TEMPESTADES

 

 

Mar 6:45  En seguida hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a Betsaida, en la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud.

Mar 6:46  Y después que los hubo despedido, se fue al monte a orar;

Mar 6:47  y al venir la noche, la barca estaba en medio del mar, y él solo en tierra.

Mar 6:48  Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento les era contrario, cerca de la cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando sobre el mar, y quería adelantárseles.

Mar 6:49  Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma, y gritaron;

Mar 6:50  porque todos le veían, y se turbaron. Pero en seguida habló con ellos, y les dijo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!

Mar 6:51  Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento; y ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban.

Mar 6:52  Porque aún no habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus corazones.

Mar 6:53  Terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret, y arribaron a la orilla.

Mar 6:54  Y saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció.

Mar 6:55  Y recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que estaba.

Mar 6:56  Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o campos, ponían en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos.

 

 El primer acontecimiento que se relata en estos versículos, es un bello emblema de la condición en que nos encontraremos todos los creyentes, antes de la segunda venida de Jesucristo. Como los discípulos, somos juguete de las borrascas y no gozamos de la presencia visible de nuestro Señor; y como los discípulos,  veremos otra vez cara a cara a nuestro. Señor. Como los discípulos, veremos tiempos mejores, cuando nuestro Maestro venga a nosotros; no seremos azotados  por las tormentas y gozaremos de calma perfecta.

Nada hay de fantástico en la aplicación del pasaje. No debemos dudar que hay una profunda significación en todos los pasos de su vida, y que era "Dios  manifiesto en la carne". Por ahora, sin embargo, limitémonos a presentar las enseñanzas claras y prácticas que contienen estos versículos.

Notemos, el primer lugar, como nuestro Señor fija sus miradas en las angustias de su pueblo creyente, y los socorre en debido tiempo. Leemos, que cuando "la  barca estaba en medio del mar, y El solo estaba en la tierra, vio a sus discípulos afanados remando" se dirigió a ellos caminando sobre el mar, y los animó  con estas graciosas palabras, "Soy Yo, no temáis", cambiando la tempestad a bonanza.

¡Cuántos motivos de consuelo no hay en estas palabras para todos los verdaderos creyentes! En donde quiera que nos encontremos, y cualesquiera que sean las  circunstancias que nos rodean, el Señor Jesús nos ve. Solos o acompañados, en salud o enfermedad, por tierra o por mar, expuestos a peligros en las ciudades o  en los desiertos, los mismos ojos que vieron a los discípulos sacudidos por las olas en el lago, nos están de continuo contemplando. Nunca estamos fuera del  alcance de su cuidado, nuestros pasos no se le ocultan, sabe el sendero que tomamos y aún puede socorrernos. Quizás no venga a nuestra ayuda en el  momento que más deseamos, pero no permitirá que sucumbamos por completo. El que marchó sobre las olas no cambia nunca; llegará siempre en el tiempo  oportuno para sostener a su pueblo. Aunque se demore, esperemos con paciencia. Jesús nos ve y no nos abandonará.

Notemos, en segundo lugar, los terrores de los discípulos, al ver por primera vez a NuestroSeñor caminar sobre el mar. Se nos dice que "suponían  que era un espíritu, y comenzaron a gritar; pues todos ellos lo vieron y se amedrentaron.

En cuanto Jesús vio a Sus amigos en dificultad, puso a un lado Sus propios problemas; el momento de la oración había pasado; había llegado el momento de la acción; Jesús Se olvidó de Sí mismo, y acudió a ayudar a Sus amigos. Así era, y es, Jesús. Para Él, el clamor de la necesidad humana tenía prioridad sobre todos los otros compromisos. Sus amigos Le necesitaban, y tenía que acudir.

Lo que sucedió físicamente no lo sabemos, ni tal vez lo sepamos nunca. La historia está revestida de un misterio que excluye toda explicación. Lo que sí sabemos es que Jesús se acercó adonde ellos estaban, y su tormenta se convirtió en calma. Con Él a su lado nada podía angustiarlos.

Cuando Agustín estaba escribiendo acerca de este incidente dijo: " Vino hollando las olas; y así pone bajo Sus pies todos los tumultos de las marejadas de la vida.

¡Qué pintura tan fiel de la naturaleza humana nos presentan estas palabras! ¡Cuántos millares de personas, si vieran al presente lo que vieron los discípulos, se  manejarían de la misma manera! ¡Cuán pocos se mantendrían tranquilos, y libres de temor, si estando a bordo de un buque vieran de repente en una noche  tempestuosa a una persona marchando sobre las aguas y acercándose al bajel! Dejad que algunos se rían, si así les place, de los temores supersticiosos de sus  discípulos ignorantes. Encarezcan, si ese es su deseo, la marcha de la inteligencia y los progresos de los conocimientos de nuestros días. Pocos hay, lo  aseguramos con toda confianza, que colocados en la misma situación de los apóstoles, hubieran manifestado más valor que ellos. Los escépticos más audaces  han resultado ser los más grandes cobardes, al ver de noche objetos que no podían explicarse.

La verdad es, que hay un sentimiento instintivo en el hombre que lo hace apartarse con disgusto de todo lo que al parecer pertenece a otro mundo. Tenemos la  conciencia, que muchos se empeñan en vano ocultar con afectada indiferencia, de que hay seres invisibles así como visibles, y que la vida que ahora vivimos  en la carne no es la única existencia que tiene el hombre. Las historias vulgares de apariciones y duendes son, a no dudarlo, necias y supersticiosas; podemos  casi siempre encontrar su origen en las ilusiones y los terrores de personas débiles e ignorantes. Sin embargo, es un hecho que merece estudiarse la aceptación  y circulación que tales cuentos obtienen en todo el mundo. Es una prueba indirecta de la creencia latente en lo invisible, de la misma manera que la moneda  falsa es una evidencia que la hay buena. Forma un testimonio muy peculiar que el incrédulo encontrará difícil refutar, porque prueba que hay algo en el  hombre, que testifica que hay un mundo más allá de la tumba, y que lo aterra cuando lo siente.

Deber es del cristiano proveerse de un antídoto que lo preserve de los terrores de ese gran mundo invisible. Ese antídoto es la fe en un Salvador invisible y  estar en comunión constante con El. Armados con ese antídoto, y mirando al que invisible, no tenemos por qué temer. Estamos en viaje dirigiéndonos al  mundo de los espíritus, y aun ahora nos vemos rodeados de muchos peligros, pero teniendo a Jesús por nuestro Pastor, no hay por qué alarmarnos; estamos  seguros si Él es nuestro Escudo.

Notemos, al concluir con este capítulo, que brillante ejemplo tenemos de nuestros deberes mutuos. Se nos dice que cuando nuestro Señor llegó a tierra de  Genesaret, el pueblo "recorrió toda aquella región" y le llevó en lechos "a los que estaban enfermos" Leemos que "en dondequiera que entraba, en aldeas, o  ciudades o heredades, ponían a los enfermos en las calles, y le suplicaban que les permitiera tocar aunque fuera la orla de su vestido.

Que en esto veamos un ejemplo para nosotros. Hagamos lo mismo; tratemos de llevar a Jesús, el gran Médico, para que  cure a todos los que en torno nuestro necesitan medicina espiritual. Almas hay que mueren de continuo, y las  oportunidades pasan rápidamente, y la noche viene cuando nadie puede trabajar. No perdonemos esfuerzos en despertar en todos los conocimientos de Jesucristo, para que puedan salvarse. Es una idea consoladora saber que "todos los que lo tocan  quedan sanos.

lunes, 1 de marzo de 2021

POCO ES MUCHO EN LAS MANOS DE JESÚS


Mar 6:30  Entonces los apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado.

Mar 6:31  Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer.

Mar 6:32  Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto.

Mar 6:33  Pero muchos los vieron ir, y le reconocieron; y muchos fueron allá a pie desde las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se juntaron a él.

Mar 6:34  Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas.

Mar 6:35  Cuando ya era muy avanzada la hora, sus discípulos se acercaron a él, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya muy avanzada.

Mar 6:36  Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren pan, pues no tienen qué comer.

Mar 6:37  Respondiendo él, les dijo: Dadles vosotros de comer. Ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer?

Mar 6:38  El les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo. Y al saberlo, dijeron: Cinco, y dos peces.

Mar 6:39  Y les mandó que hiciesen recostar a todos por grupos sobre la hierba verde.

Mar 6:40  Y se recostaron por grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta.

Mar 6:41  Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y repartió los dos peces entre todos.

Mar 6:42  Y comieron todos, y se saciaron.

Mar 6:43  Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que sobró de los peces.

Mar 6:44  Y los que comieron eran cinco mil hombres.         

       

Marquemos en este pasaje la conducta de los apóstoles cuando volvieron de su primera misión como predicadores. Leemos que "se juntaron con Jesús, y le  dijeron todas las cosas que habían hecho, y lo que habían enseñado".

Estas palabras son muy instructivas: deben servir de guía a todos los ministros del Evangelio y a todos los que trabajan en hacer bien a las almas. Todos ellos  deben hacer diariamente lo que los apóstoles en esta ocasión. Deben referir todo lo que hagan a la gran Cabeza de la iglesia; presentar toda su obra a Cristo, y  pedirle consejos, dirección, fuerza y ayuda.

La plegaria es el gran secreto del éxito en esas empresas espirituales; conmueve al que pone en movimiento el cielo y la tierra; hace descender la prometida  ayuda del Espíritu Santo, sin quien, los mejores sermones, la enseñanza más luminosa, y el trabajo más diligente, son completamente vanos. No son los que  tienen las dotes más eminentes los que logran más éxito al trabajar por Dios, sino los que se mantienen en comunión más íntima con Cristo y son más  constantes en la oración. Los que claman con el profeta Ezequiel, "Ven de los cuatro puntos cardinales, Oh aliento, y sopla sobre estos muertos para que  vivan". Ezeq. 37.9. Los que siguen con más exactitud el modelo apostólico, y "se consagran a la plegaria y al ministerio de la palabra". Hech.6.4. ¡Feliz la  iglesia que tiene ministros que saben orar lo mismo que predicar! La pregunta que debemos hacer respecto a un nuevo ministro, no es solamente "¿Sabe  predicar bien?" sino también "¿Ora mucho a favor de su pueblo y de su obra?.

Aquí vemos lo que podríamos llamar el ritmo de la vida cristiana. La vida cristiana es un constante entrar en la presencia de Dios desde la presencia de la sociedad, y salir de la presencia de Dios a la presencia de nuestros semejantes. Es como el ritmo del descanso y el trabajo. No podemos trabajar a menos que tengamos un tiempo de descanso; y el sueño no nos vendrá a menos que hayamos trabajado hasta cansarnos.

Hay dos peligros en la vida. El primero es el peligro de una actividad demasiado constante. Ninguna persona puede trabajar sin descansar; y ninguna persona puede vivir la vida cristiana a menos que se tome tiempo con Dios. Bien pudiera ser que todos los problemas de nuestras vidas estuvieran en que no Le damos a Dios la oportunidad de hablarnos, porque no sabemos estarnos quietos y escuchar; no Le damos tiempo a Dios para recargar nuestras energías y fuerza espiritual, porque no apartamos un tiempo para esperar en Él. ¿Cómo podremos asumir las cargas de la vida si no tenemos contacto con el Que es el Señor de toda la vida? ¿Cómo podremos hacer la obra de Dios a menos que sea con las fuerzas que Dios da? ¿Y cómo podremos recibir esas fuerzas si no buscamos en tranquilidad y a solas la presencia de Dios?.

Segundo, existe el peligro de retirarnos demasiado. La devoción que no desemboca en la acción no es la verdadera devoción. La oración que no desemboca en las obras de servicio no es la verdadera oración. No debemos nunca buscar la comunión con Dios a fin de evitar la comunión con nuestros semejantes, sino para prepararnos mejor para ella. El ritmo de la vida cristiana es el encuentro alternativo con Dios en el lugar secreto y con nuestros semejantes en los diversos campos de la actividad humana.

 

Pero el descanso que Jesús buscaba para Sí mismo y para Sus discípulos no tendría lugar. Las multitudes vieron marcharse a Jesús y a Sus hombres.

Estas palabras están llenas de una tierna consideración. Nuestro Señor sabe bien que sus siervos son carne así como espíritu, y que tienen cuerpos lo mismo  que almas. Sabe que los mejores tienen un tesoro encerrado en vasos de tierra y están sujetos a muchas flaquezas. Les hace ver que no espera de ellos más que  lo que su fuerza corporal permite. Nos exige lo que podemos hacer, no lo imposible. "Apartaos" les dice, "y descansad un poco.

Estas palabras están llenas de profunda sabiduría. Nuestro Señor sabe que sus siervos tienen que atender a sus almas así como atender a las de los demás. Sabe  que dedicar una atención constante a una obra pública puede hacernos olvidar los intereses privados de nuestras almas y que mientras cuidemos de las viñas  ajenas, corremos peligro de descuidar la Nuevo Testamento. Cant.1.6. nos recuerda que es bueno que los ministros se retiren algunas veces de sus trabajos  públicos y se examinen. "Apartaos", les dice, "a un lugar desierto.

Desgraciadamente hay poco en la iglesia de Cristo que necesitan estas amonestaciones; hay pocos en peligro de trabajar demasiado y de dañar sus cuerpos y  sus almas por ocuparse con exceso de los demás. La gran mayoría de los que se llaman cristianos es indolente y perezosa, y nada hace en bien del mundo que  los rodea; pocos hay que necesiten de la brida tanto como del acicate; estos pocos, sin embargo, deben atesorar en sus corazones las enseñanzas que se  desprenden de este pasaje. Deben economizar su salud como un capital, y no malgastarlo como jugadores; deben contentarse con gastar la renta diaria de  fuerza que poseen, y no girar contra el principal destinadamente; deben recordar que hacer poco y hacerlo bien, es el medio de hacer más al cabo. Sobre todo  no deberían olvidarse nunca de vigilar del continuo sus corazones y proporcionarse de una manera metódica tiempo para examinarse y para meditar con  calma. El éxito del ministerio de una persona y de los buenos resultados de sus trabajos públicos está íntimamente enlazado con la buena condición de su  alma; muy útil le es el retirarse de cuando en cuando.

En este lugar determinado, el lago no tiene más que seis kilómetros de ancho yendo en barca, y quince kilómetros por tierra, rodeando el lago por la parte superior. En un día sin viento, o con viento contrario, se podría necesitar un cierto tiempo para cruzar en barca, y una persona que anduviera deprisa podría rodear el lago a pie y llegar antes que la barca. Eso fue lo que sucedió aquel día; y cuando Jesús y Sus hombres desembarcaron al otro lado, la misma multitud de la que se habían querido retirar para estar tranquilos un tiempo los estaba esperando allí.

Cualquier persona corriente se habría molestado mucho. El descanso que Jesús deseaba y necesitaba y se había ganado con creces se Le negaba. Le invadían Su intimidad. Cualquier persona normal se habría enfadado, pero Jesús Se conmovió de misericordia: por la condición lastimosa de la multitud. Fijemos la atención en los sentimientos que manifiesta nuestro Señor Jesucristo respecto a las personas que se les unieron. Leemos "que sintió por  ellas gran compasión, porque estaban como ovejas sin pastor". No tenían maestros que los enseñaran, y sus guías eran los escribas y fariseos que estaban  ciegos, sin recibir otro alimento espiritual que las tradiciones humanas. Millares de almas inmortales estaban allí, en presencia de nuestro Señor, ignorantes,  desvalidas, marchando por el ancho camino de la perdición. El bondadoso corazón de nuestro Señor Jesucristo se conmovió. "Sintió compasión por ellos, y  empezó a enseñarles muchas cosas.

No olvidemos nunca que nuestro Señor es el mismo ayer, hoy y eternamente, que jamás cambia y que en el cielo, a la diestra de Dios, contempla compasivo a  los hijos de los hombres; se compadece aún del ignorante y de los que están extraviados y aún está dispuesto a "enseñarles muchas cosas". Aunque siente un  amor especial por las ovejas que oyen su voz, siente también un amor inmenso y universal por el género humano entero, amor compasivo y lleno de  misericordia. Es una teología muy estrecha la que enseña que Cristo se ocupa tan solo de los creyentes. Apoyándonos en la Escrituras podemos asegurar a los  pecadores más endurecidos, que Jesús los compadece, que se ocupa de sus almas; que Jesús desea salvarlos y los invita a creer y a encontrar su salvación. Los miró; iban desesperadamente en serio; querían tanto lo que Él solo les podía dar; Le parecían como ovejas que no tuvieran pastor. ¿Qué quería decir con eso?

(i) Una oveja son pastor no puede encontrar el camino. Dejados a nosotros mismos, nos perdemos en la vida. El doctor Caims hablaba de personas que se sienten como " chiquillos en la lluvia.» Dante tiene un verso en el que dice: " Me desperté en medio del bosque, y estaba oscuro, y no se veía ningún camino.» La vida puede llenarnos de confusión. Puede que nos encontremos en un cruce de caminos, y no sepamos cuál tomar. Es solamente cuando Jesús nos guía y nosotros Le seguimos cuando podemos encontrar el camino:

(ii) Una oveja sin pastor no puede encontrar pastos ni agua. En esta vida tenemos que buscar sustento. Necesitamos fuerzas para seguir adelante; necesitamos inspiración para elevarnos por encima de nosotros mismos. Cuando buscamos estas cosas en otro sitio, nuestra mente sigue insatisfecha, nuestro corazón inquieto, nuestra alma en ayunas. Sólo podemos obtener las fuerzas para la vida del Que es el Pan de la Vida.

(iii) Una oveja sin pastor no tiene defensa frente a los peligros que la acechan. No se puede defender ni de los ladrones ni de las fieras. Si la vida nos ha enseñado algo es que no podemos vivir solos. Nadie se puede defender a sí mismo de las tentaciones que le asedian y del mal del mundo que le ataca. Sólo en la compañía de Jesús podemos caminar por el mundo y librarnos del mal. Sin Él no tenemos defensa; con Él estamos a salvo.

 Preguntémonos si comprendemos el espíritu de Cristo y lo sentimos en nosotros. ¿Nos interesamos  como El por las almas de los inconversos? ¿Nos compadecemos, como El, profundamente a todos los que están como ovejas  sin pastor? ¿Nos cuidamos de los impenitentes y de los impíos que están a nuestra puerta? ¿Nos cuidamos de los paganos,  de los judíos, de los mahometanos, de los católicos romanos que habitan en remotas tierras? ¿Empleamos todos los medios  que están a nuestro alcance y damos con placer nuestro dinero, para esparcir el Evangelio por el mundo? Estas son  preguntas muy graves, y que exigen graves respuesta. El que no se cuida de las almas de los demás no es como Jesucristo.

Puede muy bien ponerse en duda si está convertido, y si conoce el valor de su misma alma.

Es un hecho indudable que ningún milagro de Jesús parece haberles hecho tanta impresión a los discípulos como este, porque es el único que nos cuentan los cuatro evangelios. Ya hemos visto que el evangelio de Marcos realmente incorpora los materiales de la predicación de Pedro. El leer esta historia, tan sencilla pero también tan dramáticamente contada, es leer algo que suena al relato de un testigo presencial. Notemos algunos de sus detalles peculiares y realistas.

La multitud se sentó en la hierba verde. Es como si Pedro estuviera viendo otra vez toda la escena con los ojos de la memoria. Resulta que esta breve frase descriptiva nos provee de un montón de información. La única parte del año cuando la hierba estaría verde sería al final de la primavera, al final de abril. Así es que sería por entonces cuando tuvo lugar este milagro. En esa época, el sol se pone hacia las seis de la tarde; así es que esto tiene que haber sucedido algo antes de esa hora.

Marcos nos dice que se sentaron en secciones de cien o de cincuenta. La palabra que se usa para secciones (prasíai) es una palabra muy pictórica. Es el término griego normal para lechos de plantas en una huerta o de flores en un jardín. Mirando a esos pequeños grupos, sentados ordenadamente, parecerían como bancales de plantas en una huerta.

Al final recogieron doce cestas de pedazos sobrantes. Ningún judío ortodoxo viajaba nunca sin su cesta característica (kofinos). Los autores latinos nos han dejado chistes que se hacían de los judíos con sus cestas. Había dos razones para llevar esa cesta, que estaba hecha de mimbre y tenía un cuello estrecho que se iba ensanchando hacia abajo. La primera era que un judío ortodoxo tenía que llevar sus provisiones de comida para estar seguro de comer alimentos permitidos por la Ley. Segunda, muchos judíos iban por la vida de pordioseros profesionales, y metían lo que les daban en su cesta. La razón de que hubiera doce cestas es sencillamente que los apóstoles eran doce. Fue en sus propias cestas donde recogieron ahorrativamente los trozos sobrantes para que no se perdiera nada.

Lo más maravilloso de esta historia es que por toda ella discurre el contraste implícito entre la actitud de Jesús y la de Sus discípulos.

(i) Nos muestra dos reacciones a la necesidad humana. Cuando los discípulos vieron lo tarde que era y lo cansada y hambrienta que estaba la gente, dijeron: " Despídelos para que puedan encontrar algo de comer.» Lo que equivalía a decir: «Estas personas están cansadas y hambrientas. Líbrate de ellas, y que sea otro el que se preocupe de ellos.» Pero Jesús dijo: «Dadles vosotros algo de comer.» Lo que Jesús estaba diciendo de hecho era: «Estas personas están cansadas y hambrientas. Tenemos que ayudarlas.» Siempre hay personas que se dan perfecta cuenta de que hay otras que tienen dificultades y problemas, pero que quieren pasarle la responsabilidad de hacer algo para ayudarlos a algún otro; y hay algunas personas que, cuando ven que alguien está pasando apuros, se sienten impulsados a ayudarle por sí mismos. Hay algunos que dicen: «Que se encarguen otros.» Y hay quienes dicen: "La necesidad de tú hermano es mi responsabilidad.»

(ii) Nos muestra dos reacciones a los recursos humanos. Cuando Jesús les pidió a Sus discípulos que le dieran a la gente algo de comer, insistieron en que doscientos denarios no bastarían para comprar solamente el pan. La palabra que usan casi todas las versiones es denario. Esta era una moneda de plata que representaba el salario diario de un obrero. Lo que los discípulos estaban diciendo realmente era: "Lo que ganara un obrero en seis meses no bastaría para darle a cada uno de estos el pan de una comida.» Realmente querían decir: "Lo que nosotros podamos tener es totalmente insuficiente.»

Jesús les preguntó: "¿Cuánto tenéis?» Tenían cinco panes. No serían hogazas grandes, sino más bien panecillos. Juan (6:9) nos dice que eran panecillos de cebada, que eran el alimento de los más pobres de los pobres. El pan de cebada era el más barato y áspero de todos. También tenían dos pescados, que serían probablemente del tamaño de sardinas. Teriquea -que quiere decir " el pueblo del pescado salado»- era un lugar muy conocido en las proximidades del lago, del que se mandaba pescado salado a todo el mundo. Los pescaditos salados se comían con delicia con los panecillos secos.

No parecía gran cosa. Pero Jesús lo tomó en Sus manos, e hizo maravillas con ellos. En las manos de Jesús, poco es siempre mucho. Puede que creamos que tenemos poco talento o pocos medios que ofrecerle a Jesús. Esa no es razón para un pesimismo derrotista como el de los discípulos. Lo único fatal es decir: «Para lo que yo puedo hacer, no vale la pena intentarlo.» Si nos ponemos en manos de Jesucristo, está por ver lo que Él puede hacer con nosotros y por medio de nosotros.

LA VENGANZA DE UNA MENTE DEPRAVADA

 

Mar 6:14  Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.

Mar 6:15  Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de los profetas.(E)

Mar 6:16  Al oír esto Herodes, dijo: Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos.

Mar 6:17  Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan, y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer.

Mar 6:18  Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.(F)

Mar 6:19  Pero Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía;

Mar 6:20  porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana.

Mar 6:21  Pero venido un día oportuno, en que Herodes, en la fiesta de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y tribunos y a los principales de Galilea,

Mar 6:22  entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré.

Mar 6:23  Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino.

Mar 6:24  Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista.

Mar 6:25  Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista.

Mar 6:26  Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla.

Mar 6:27  Y en seguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan.

Mar 6:28  El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre.

Mar 6:29  Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro.

        

        Estos versículos narran la muerte de uno de los más eminentes santos de Dios; describen el asesinato de Juan el Bautista. De todos los evangelistas ninguno  refiere esa triste historia tan minuciosamente como S. Marcos.

Esta historia tiene toda la sencillez de las grandes tragedias.

Primero, veamos la escena. Fue en el castillo de Maqueronte, que se elevaba en un acantilado solitario, entre torrentes terribles, mirando al lado oriental del Mar Muerto. Era una de las fortalezas más solitarias, hoscas e inexpugnables. Hasta este día se conservan las mazmorras, y los viajeros pueden ver todavía los grillos y los ganchos de hierro en las paredes donde Juan estuvo encarcelado. Fue en aquella fortaleza inhóspita y desolada donde tuvo lugar el último acto de la vida de Juan.

Segundo, veamos los caracteres. Los líos matrimoniales de la familia de Herodes son realmente increíbles, y sus entrecruces son tan complicados que casi no se pueden desenredar. Cuando nació Jesús, el rey era Herodes el Grande. Fue el que mandó matar a los niños de Belén (Mat_2:16-18 ). Herodes el Grande se casó muchas veces. Hacia el final de su vida se volvió locamente suspicaz, y asesinó a miembro tras miembro de su propia familia hasta que llegó a decirse: " Está más a salvo un cerdo en casa de Herodes que un hijo de Herodes.»

Primero se casó con Doris, de la que le nació su hijo Antípatro, al que más tarde asesinó. También se casó con' Mariamne la Asmonea, de la que tuvo dos hijos, Alejandro y Aristóbulo, a los que también asesinó. Herodías, la villana de este drama, era la hija de Aristóbulo. Herodes el Grande se casó también con otra Mariamne llamada la Betusiana. De ella tuvo un hijo, Herodes Felipe, que se casó con Herodías, la hija de su hermanastro Aristóbulo, que era, por tanto, su sobrina. De Herodías, Herodes Felipe tuvo una hija llamada Salomé, que es la joven que bailó ante Herodes de Galilea en nuestro pasaje. Herodes el Grande se casó también con Maltake, de la que tuvo dos hijos: Arquelao, y Herodes Antipas, que es el de nuestro pasaje, el gobernador de Galilea. El Herodes Felipe que fue el primer marido de Herodías y el padre de Salomé, no heredó ninguno de los dominios de Herodes el Grande. Vivió como un ciudadano privado rico en Roma. Herodes Antipas le visitó allí. Allí sedujo a Herodías, y la persuadió para que abandonara a su marido y se casara con él.

 

Fijémonos en quién era Herodías: (a) Era la hija de Aristóbulo, hermanastro de Herodes, y por tanto sobrina de este; y (b) había sido la mujer de Herodes Felipe, hermanastro de Herodes, y por tanto cuñada de este. Anteriormente, Herodes Antipas había estado casado con la hija del rey de los nabateos, un país árabe. Ella se volvió huyendo con su padre, que invadió el territorio de Herodes para vengar el honor de su hija, y derrotó duramente a Herodes. Para completar este cuadro sorprendente, Herodes el Grande se había casado por último con Cleopatra de Jerusalén, de la que había tenido un hijo que se llamó el tetrarca Felipe. Este Felipe se casó con Salomé, que era al mismo tiempo (a) la hija de Herodes Felipe, su hermanastro, y (b) la hija de Herodías, que era hija de Aristóbulo, otro de sus hermanastros. Salomé era por tanto al mismo tiempo la sobrina y la sobrina nieta de su marido. Al casarse con Herodías, la mujer de su hermano, Herodes había quebrantado la ley judía (Lev_18:16 ; Lev_20:21 ) y había ofendido las leyes de la decencia y de la moralidad.

Por este matrimonio adulterino y por la deliberada seducción de su cuñada, Juan reprendió a Herodes públicamente.

Veamos qué lecciones prácticas para nuestras almas contiene este pasaje.

 

Descubrimos, en primer lugar, el poder maravilloso que la verdad ejerce sobre la conciencia. Herodes "teme" a Juan el Bautista mientras este vive, y su  recuerdo lo conturba después de su muerte. Un pecador solitario y sin amigos, no usando otra arma que la verdad de Dios, perturba y aterra a un rey.

Todo hombre tiene conciencia, y ese es el secreto del poder que ejerce un ministro fiel. Por eso Félix "tembló" y Agripa quedó "Casi persuadido", cuando  Pablo, que era un prisionero, habló en su presencia. Dios ha encerrado un testigo suyo en el corazón de los inconversos. Aunque el hombre es un ser caído y  corrompido, sus pensamientos lo acusan o lo excusan, según es su vida, pensamientos que no se pueden ahogar, y que inquietan y espantan aún a los reyes  como Herodes.

Nadie tiene que recordar esto más que los ministros y los maestros. Si predican y enseñan la verdad de Cristo, pueden estar seguros que su trabajo no es vano.

Podrán ser los niños desatentos en la escuela, los oyentes en las congregaciones descuidados; pero en uno y otro caso, el efecto producido en la conciencia es a  menudo mucho más grande de lo que vemos. Se ven brotar semillas y dar fruto, después que el sembrador, como Juan Bautista, ha muerto o partido.

 

Vemos, en segundo lugar, cuan adelantados pueden estar en religión algunas personas y no salvarse con todo por ceder a un pecado que los domina.

El rey Herodes fue más lejos que muchos: "temía a Juan;" "sabía que era un justo y un santo;" lo "observaba;" lo "escuchaba, y hacía muchas cosas" de las  que recomendaba; hasta "lo oía con gusto". Pero Herodes no quería dejar de hacer una cosa: no quería cesar en su adulterio; no quiso abandonar a Herodías; y  por eso condenó su alma por una eternidad.

Que el caso de Herodes sea para nosotros un apercibimiento. No nos reservemos nada, no nos adhiramos a ningún vicio favorito no tengamos consideración  con nada que se interponga entre nosotros y nuestra salud eterna. Examinemos nuestro interior hasta estar seguros que no hay ninguna concupiscencia  favorita, ninguna trasgresión acariciada, que como otra Herodías, esté matando nuestras almas. Prefiramos cortarnos la mano derecha y sacarnos el ojo  derecho, a descender al fuego del infierno. No nos contentemos con ir a admirar a predicadores de fama, ni oír con gusto sermones evangélicos; no  descansemos hasta que no podamos repetir con David, "Estimo justos todos tus mandamientos, respecto a todas las cosas, y aborrezco los falsos manejos"  Salmo 119.128

 

Vemos en tercer lugar, con qué valor un fiel ministro de Dios debe reprochar el pecado. Juan Bautista habló muy francamente a Herodes de la maldad que  cometía. No se excusó de hacerlo so pretexto que decírselo pudiera ser imprudente, impolítico, inoportuno o inútil. No lo trató con suavidad, ni intentó paliar  la maldad del rey empleando palabras blandas para describir su falta. Dijo a su real oyente la verdad sencilla sin mirar a las consecuencias: "No es justo que  tengas a la mujer de tu hermano".

He aquí un ejemplo que todos los ministros deberían imitar. En público y en privado, desde el púlpito y en sus visitas domiciliarias, deben reprochar todo  pecado conocido, y apercibir a todos los que viven en él. Quizás incomode; quizás se haga impopular; pero no debe ocuparse de ello; cumplan con su deber y  dejen a Dios las consecuencias.

No hay duda que se necesita mucha gracia y mucho valor para manejarse así. No hay duda que un acusador, como Juan Bautista, debe trabajar con mucho  amor y mucha prudencia al cumplir con la comisión que ha recibido de su Maestro de reprochar a los malvados; pero es asunto en que su fidelidad y su  caridad están empeñadas. Si cree que una persona está perjudicando su alma, debe decírselo; si lo ama realmente, no debe dejar de advertirle que corre a su  ruina. Por grande que la ofensa parezca al principio, el acusador fiel al cabo será generalmente respetado. "El que reconviene a un hombre, encontrará después  más favor en él, que el que lo lisonjea con sus palabras" Prov. 28.23

 

Vemos, en cuarto lugar, cuan profundamente odian los hombre a los que los reconvienen cuando están determinados a continuar en sus pecados. Herodías, la  desgraciada cómplice de la iniquidad del rey, estaba al parecer más hundida en el abismo del pecado que Herodes. Con una conciencia endurecida y  cauterizada por la maldad, aborrecía a Juan Bautista por su franqueza y rectitud, y no paró hasta lograr su muerte.

No debemos maravillarnos; cuando los hombres han escogido su línea de conducta, y están resueltos a continuar por la senda del crimen en que han entrado,  miran mal a todo el que trata de sacarlos de ella. Quieren que los dejen tranquilos; se irritan con la oposición, y se enfurecen cuando se les dice la verdad. Se  dijo del profeta Elías que era un "hombre que revolvía a Israel". El profeta Miqueas fue odiado por Acab, "porque nunca profetizó de él bien, sino mal". Los  profetas y los predicadores fieles han sido tratados de la misma manera en todas épocas. Han sido aborrecidos al mismo tiempo que no creídos.

No nos sorprendamos, pues, cuando oigamos que se odian, que se injurian a algunos ministros fieles del Evangelio, y que se habla mal de ellos. Recordemos  que han sido ordenados para servir de testigos contra el pecado, el mundo, y el diablo, y que si son fieles, tienen que causar ofensas. No es una mancha en el  carácter de un ministro no agradar a los impíos y a los malvados; ni deben tener por un honor que todos hablen bien de ellos. Creemos que no se meditan  bastante estas palabras de nuestro Señor: "Ay de vosotros cuanto todos los hombres hablan bien de ustedes.

 

Vemos, en quinto lugar, cuanta influencia tienen en producir el pecado las fiestas y los banquetes. Herodes celebra su natalicio con un espléndido banquete;  pasa el día con los convidados en beber y danzar; y en un momento de excitación concede a una joven impía la petición que le hacer de ordenar la  decapitación de Juan Bautista. Es probable que el día siguiente se arrepintiera de su conducta; pero era ya tarde; lo hecho no tenía remedio.

Es una pintura fiel de las consecuencias que suelen tener las fiestas y las diversiones. Se hacen cosas en tales ocasiones, cuando las pasiones se encienden, que  se lloran después amargamente. ¡Felices los que se alejan de semejantes tentaciones, y evitan presentarle al diablo esas oportunidades! Nadie sabe lo que es  capaz de hacer una vez que se aventura lejos de los caminos seguros y conocidos. Muchos pueden considerar muy inocente permanecer hasta horas muy  avanzadas en salones llenos de turbas numerosas, gozando en fiestas espléndidas con la música y con la danza; pero el cristiano no debe olvidar nunca que  tomar parte en ellas es abrir ancha puerta a las tentaciones.

Vemos, finalmente, en estos versículos que premio tan escaso reciben en este mundo algunos de los mejores siervos de Dios. Una prisión injusta y una muerte  violenta fueron los frutos que recogió Juan Bautista de sus asiduas tareas. Como Esteba y Santiago y otros, de quienes el mundo no fue digno, fue llamado a  sellar su testimonio con sangre.

Historias como estas han sido escritas para recordarnos que cosas mejores están reservadas aun para los verdaderos  cristianos. Su descanso, su corona, su salario, su premio, están del otro lado de la tumba. Aquí, en este mundo, tienen que  marchar guiados por la fe, y no por la vista; y muy desconsolados se verán, si esperan obtener alabanzas de los hombres.

Aquí, en esta vida, tenemos que sembrar, trabajar, combatir y sufrir persecuciones; y si esperamos una gran recompensa en la  tierra, esperamos lo que no recibiremos. Pero esta vida no es todo: tiene que llegar el día de la retribución, el tiempo de la  cosecha de la Gloria, y el cielo compensará por todo. No, los ojos no han visto, ni los oídos han escuchado, las glorias que  Dios ha atesorado para todos los que lo aman. No se ha de medir el valor de la fe verdadera por lo que se ve, sino por  lo que no se ve. "Porque yo juzgo, que lo que en este tiempo se padece, no es digno de compararse con la Gloria venidera  que en nosotros ha de ser manifestada". Rom.8.18. "Porque nuestra leve tribulación, que no es sino por un momento, obra  por nosotros un peso de Gloria inconmensurablemente grande y eterno". Cor.4.17

 

 


SOMOS HERALDOS DEL REY DE REYES

 

Mar 6:7  Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.

Mar 6:8  Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto,

Mar 6:9  sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.

Mar 6:10  Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar.

Mar 6:11  Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad.

Mar 6:12  Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen.

Mar 6:13  Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban.          

 

       Estos versículos nos describen la manera con que fueron enviados la primera vez los apóstoles a predicar.

Entenderemos mejor todas las referencias que se hacen en este pasaje si sabemos cómo era la ropa de un judío de Palestina en tiempos de Jesús. Se componía de cinco artículos.

(i) La ropa interior era el jitón o sinddn, túnica. Era muy simple. No era más que una pieza larga de tela enrollada y cosida por un lado. Era lo suficientemente larga como para llegarle casi hasta los pies. Tenía agujeros por arriba para la cabeza y los brazos. Esa pieza se vendía corrientemente sin esos agujeros, como prueba de que no lo había usado nadie antes, y para que el comprador se hiciera el escote a su gusto. Por ejemplo: El escote era diferente para hombres y para mujeres. Llegaba más abajo en el caso de las mujeres para que pudieran darle el pecho a sus bebés. En su forma más sencilla era poco más que un saco con agujeros arriba y en las esquinas. Una forma más desarrollada se hacía con mangas, y algunas veces estaba abierto por delante y se podía abrochar.

(ii) La túnica exterior se llamaba himation. Se usaba como capa de día y como manta de noche. Estaba formado por un trozo de tela de dos metros de izquierda a derecha por uno y medio de arriba abajo. Medio metro a cada lado estaba remetido, y en el extremo superior de los dobleces se hacían los cortes para pasar los brazos. Así es que era casi cuadrado. Generalmente se hacía con dos tiras de tela, cada una de dos metros por menos de uno cosidas entre sí. La costura se ponía a la espalda. Pero un himation se podía tejer de una sola pieza, como la túnica de Jesús (Jn_19:23 ). Esta era la pieza principal de la ropa.

(iii) Estaba el cinturón. Se llevaba encima de las dos piezas ya descritas. Las faldas de la túnica se podían recoger hacia arriba del cinturón para trabajar o para correr, o para llevar cosas en el hueco de la ropa. El cinturón era corrientemente doble hacia la mitad de su longitud. La parte doblada formaba un bolsillo en el que se llevaba el dinero.

(iv) Estaba lo que cubría la cabeza. Era una pieza de algodón o de lino de un metro cuadrado. Podía ser blanco, o azul, o negro. Algunas veces se hacía de seda de colores. Se doblaba diagonalmente, y luego se colocaba en la cabeza de forma que protegiera la parte posterior del cuello, los pómulos y los ojos del calor y del deslumbramiento del sol. Se mantenía en posición con una rueda de una lana semielástica que se ponía alrededor de la cabeza.

(v) Estaban las sandalias. Eran simplemente unas suelas de cuero, madera o esparto. Tenían unas correas con las que se sujetaban a los pies.

La bolsa podía ser de dos clases.

(a) Podía ser un morral corriente de viaje. Se hacía muchas veces de piel de cabrito. Corrientemente se le quitaba la piel al animal entera, conservando toda su forma: ¡patas, rabo, cabeza y todo! Tenía una correa a cada lado, y se colgaba de los hombros. Allí llevaba el pastor, o el peregrino, o el viajero, pan y pasas y aceitunas y queso suficiente para dos días.

(b) Se ha hecho una sugerencia muy interesante. La palabra griega, péra, quiere decir la bolsa de la colecta. A veces en el mundo griego, los sacerdotes y los piadosos salían con estas cestas para recoger ofrendas de la gente para su templo o para sus dioses. Se los describía como «ladrones piadosos cuyo botín iba creciendo de pueblo en pueblo.» Hay una inscripción en la que un hombre que se llamaba a sí mismo esclavo de una diosa siria dice que «traía setenta bolsas llenas en cada viaje que hacía para su señora.»

Si tomamos el primer significado, Jesús quería decir que Sus discípulos no debían llevar provisiones para el camino, sino confiar en Dios para todo. Si se toma en el segundo sentido, quiere decir que no tenían que ser rapaces como los sacerdotes paganos. Tenían que ir a todas partes dando, y no recibiendo.

Jesús, la gran Cabeza de la iglesia quiso probar a sus  ministros, antes de dejarlos solos en el mundo. Los enseñó a e ensayar el poder que tenían para comunicar su doctrina a los demás hombres y descubrir sus  deficiencias, mientras que Él estaba aun con ellos. Así podía, por una parte, corregir sus equivocaciones y por otra disciplinarlos para la obra que un día  tendrían que hacer, para que no estuvieran bisoños cuando tuvieran al fin que dejarlos. Sería un gran bien para la iglesia, que todos los ministros del Evangelio  se prepararan de la misma manera para cumplir con su deber, y no entraran en él, como tantas veces sucede, sin pruebas, sin ensayos y sin experiencia.

Notemos en estos versículos que nuestro Señor Jesucristo envía a sus discípulos de "dos en dos". S. Marcos es el único evangelista que menciona este hecho,  y merece especial atención.

No hay duda que este hecho tuvo por objeto enseñarnos las ventajas de la asociación cristiana entre todos los que trabajan por Cristo. El sabio tuvo mucha  razón en decir, "Mejor es ser dos que uno" Ecl.4.9. Dos hombres unidos hacen más trabajo que dos hombres aislados; se ayudan mutuamente con sus  observaciones y comenten menos errores. Se sostienen en las dificultades y no es tan fácil que fracasen en sus propósitos. Se excitan mutuamente cuando la  pereza se apodera de ellos y con menos frecuencia la indolencia o la indiferencia los domina. Se consuelan en las adversidades y así no se dejan abatir.

"Desgraciado del que está solo cuando cae; porque no tiene quien le ayude" Ecles.4.10 Probable es que en el día de hoy este principio no se recuerda, como fuera debido, en la iglesia de Cristo. No hay duda que la mies es abundante, tanto en la patria  como en países extraños, y que los labradores son pocos; que el nombre de hombres fieles es mucho menor que la demanda que de ellos existe. Es innegable  que las razones para enviar misiones uno a uno en las circunstancias presentes son fuertes y de mucho peso; pero, a pesar de todo, la conducta de nuestro  Señor en este caso es un hecho notable. Apenas hay un solo ejemplo en el libro de los Hechos, en que veamos a Pablo o a cualquier otro apóstol trabajando  enteramente solo, y esta es otra circunstancia muy digna también de consideración. Es casi imposible dejar de concluir que si la regla de viajar de "dos en dos"  hubiera sido observada más estrictamente, el campo de las misiones hubiera producido resultados más pingues que los que ha dado.

Una cosa, al menos es cierta, el deber de todos los que trabajan por Cristo de cooperar al mismo fin y ayudarse mutuamente siempre que puedan. "Como el  hierro afila el hierro, así el rostro de un hombre anima a su amigo". Los ministros, los misioneros, los visitadores de distritos rurales o urbanos, los maestros  de las escuelas dominicales deberían aprovechar todas las oportunidades que se les presentaran para reunirse y consultar entre sí. Las palabras siguientes de S.Pablo encierran una verdad que se olvida con demasiada frecuencia: "Y considerémonos los unos a los otros, para provocarnos a amor y a buenas obras; no  dejando nuestra congregación". Heb.10.24-25

Observemos, en segundo lugar, que palabras tan solemnes emplea nuestro Señor cuando se refiere a los que no reciben ni oyen a sus ministros. Dice: "más  tolerable será el castigo de Sodoma o de Gomorra en el día del juicio, que el de aquella ciudad.

Esta es una verdad que encontramos muy repetida en los Evangelios, y es doloroso ver como muchos la pasan por alto. Por lo que se ve, millares de personas  suponen, que si van a la iglesia, y no matan, ni roban, ni defraudan, ni violan abiertamente ninguno de los mandamientos de Dios, no están en gran peligro. Se  olvidan que se necesita algo más que abstenerse de esas irregularidades visibles para salvar su alma. No comprenden que uno de los más grandes pecados que  un hombre puede cometer a los ojos de Dios es oír el Evangelio de Cristo y no creer en Él, ser invitado a arrepentirse y a creer y permanecer sin embargo,  indiferente e incrédulo. En una palabra, rechazar el Evangelio es lo que hunde al alma en lo más profundo del infierno.

No concluyamos las lectura de un pasaje como este sin preguntarnos, ¿Qué es lo que hacemos con el Evangelio? Vivimos en un país cristiano, en nuestras  casas se ve la Biblia, durante el año oímos predicar con frecuencia la salvación que encontramos en el Evangelio. Pero ¿lo hemos recibido en nuestros  corazones? En una palabra ¿hemos abrazado la esperanza que así se nos ofrece cargando con la cruz y seguido las huellas de Cristo? Si así no obramos, somos  peores que los paganos que se prosternan ante leños y piedras; somos más criminales que los habitantes de Sodoma y Gomorra. Estos nunca oyeron predicar  el Evangelio, por tanto no lo rechazaron; pero nosotros lo oímos predicar, y sin embargo, no queremos creer en él. Examinemos nuestros corazones y tratemos  de no condenar nuestras almas.

Observemos, por último, cuál era la doctrina que los apóstoles de nuestro Señor predicaban: Leemos que "salieron y predicaron que los hombres debían  arrepentirse”.

La necesidad del arrepentimiento podrá parecer a primera vista una verdad muy simple y muy elemental; y, sin embargo, podrían escribirse volúmenes para  probar lo fundado de la doctrina y en adaptabilidad a todas las edades y épocas, y a todos los rangos y las clases de la sociedad. Está indisolublemente  enlazada con las nociones verdaderas respecto a Dios, la naturaleza humana, el pecado, Cristo, la santidad y el cielo. Todos han pecado y se han apartado de la  Gloria de Dios, todos necesitan que en ellos se despierte la convicción íntima de sus pecados, el dolor de haberlos cometido, el deseo y la voluntad de  renunciar a ellos, y hambre y sed de perdón. Todos, en una palabra, necesitan volver a nacer y acudir a Cristo. Este es el arrepentimiento que engendra la vida;  todo eso se requiera para la salvación de cualquier hombre; nada menos debe exigir de los hombres todo aquel que profese enseñar la fe de la Biblia.

Debemos apremiar a los hombres para que se arrepientan, si pretendemos seguir las huellas de los apóstoles y cuando se hayan arrepentido, debemos insistir  en que continúen arrepintiéndose hasta sus últimos momentos.

¿Nos hemos arrepentido? Esto es lo que más nos importa. Bueno es saber lo que los apóstoles enseñaron, muy bueno familiarizarse con todo el sistema de la  doctrina cristiana; pero es mucho mejor saber por experiencia propia lo que es el arrepentimiento y sentirlo en lo más profundo de nuestros corazones. No  descansemos hasta que sepamos y sintamos que nos hemos arrepentido. En el reino del cielo no entran los impenitentes; todos los que allí están, han sentido el  dolor del pecado, lo han lamentado, ha desistido de él y han pedido perdón. Así debemos obrar nosotros si queremos salvarnos.

¡Maranatha!