jueves, 6 de febrero de 2025

NUESTRO CARÁCTER DEPENDE DEL ESTADO DEL CORAZÓN (XV)

 

  Proverbios 4:23

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida”.

 

Tiempos que requieren un cuidado especial del corazón

 

12. El tiempo de una enfermedad mortal

El último tiempo que mencionaremos en el que es necesario guardar el corazón con toda diligencia, es cuando la enfermedad nos advierte que nuestra hora está cerca.

Cuando un hijo de Dios se acerca a la eternidad, el adversario realiza su último esfuerzo, y, como no puede ganar el alma que está en Dios porque no puede destruir la ligadura que une el alma a Cristo, su gran plan es despertar el temor a la muerte, llenar la mente con aversión y horror ante el pensamiento de ser separados del cuerpo.

Es por eso que en el pueblo de Dios se puede observar que hay mucho temor a tomar la mano fría de la muerte, una falta de disposición a marcharse. Pero de la misma manera en que hemos de vivir como santos, así hemos de morir.

Ofreceremos varias consideraciones pensadas para ayudar al pueblo de Dios en el tiempo de enfermedad, para mantener sus corazones libres de todos los objetos terrenales, y dispuestos a morir con contentamiento.

 

En primer lugar, la muerte es algo inocuo para el pueblo de Dios. Sus flechas no dejan la punta clavada. ¿Por qué tener temor de que nuestra enfermedad pueda ser para muerte? Si fuésemos a morir en nuestros pecados, si la muerte fuese a reinar sobre nosotros como un tirano, si fuese a alimentarse de nosotros como un león de su presa, si la muerte fuese un precursor del infierno, entonces podríamos asustarnos con razón y encogernos ante ella desmayando con terror. Pero si nuestros pecados han sido borrados y Cristo ha vencido a la muerte en nuestro favor, de forma que lo único con lo que nos encontraremos es con dolor corporal, y posiblemente ni siquiera eso, si la muerte es la que nos trae el cielo ¿por qué habríamos de preocuparnos? ¿Por qué no darle la bienvenida? No nos puede hacer daño, es liviana e inocua. Es como quitarnos la ropa o irnos a descansar.

 

En segundo lugar, puede que sirva de ayuda para que nuestro corazón no se atemorice el considerar que la muerte es necesaria para prepararnos para el pleno disfrute de Dios.

Ya sea que estemos dispuestos a morir o no, ciertamente no hay otro modo de completar la felicidad de nuestra alma. La muerte debe hacernos el oficio de quitarnos este velo de carne, esta vida animal que nos separa de Dios, antes de que lo podamos ver y disfrutar plenamente.

"Entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor" (2 Corintios 5:6) ¿Quién no estaría dispuesto a morir por el disfrute perfecto de Dios? Deberíamos gemir como un prisionero a través de los barrotes de esta mortalidad: "¡Oh, si tuviese alas como una paloma, entonces volaría y descansaría".

Cierto es que la mayoría de los hombres necesitan paciencia para morir, pero un santo, que entiende a qué lo introducirá la muerte, más bien necesita paciencia para vivir. En su lecho de muerte debería mira afuera y escuchar la venida de su Señor, y cuando percibe que su partida está cerca debería decir: "¡La voz de mi amado! He aquí él viene Saltando sobre los montes, Brincando sobre los collados" (Cantares 2:8)

 

En tercer lugar, consideremos que la felicidad del cielo comienza inmediatamente después de la muerte.

Esa felicidad no será pospuesta hasta la resurrección, sino que tan pronto como la muerte haya pasado sobre nosotros, nuestra alma será sorbida por la vida. Cuando hayamos soltado amarras de esta costa, seremos rápidamente impulsados hasta las orillas de una eternidad gloriosa.

¿No podremos decir entonces: "Deseo partir y estar con Cristo"? Si el alma y el cuerpo muriesen juntos, o durmiesen hasta la resurrección como algunos han imaginado, hubiese sido una necedad por parte de Pablo desear partir para disfrutar de Cristo, porque habría disfrutado más en el cuerpo de lo que hubiese podido hacerlo fuera de él.

Las Escrituras hablan solo de dos maneras en las que el alma puede vivir: Por fe y por vista. Estas dos formas comprenden la existencia presente y la futura.

Ahora bien, si cuando la fe falta, la vista no continúa inmediatamente, ¿qué sería del alma?

Pero la verdad sobre este asunto está claramente revelada en las Escrituras.

Miremos en Lucas 24:3 y Juan 14:3. ¡Qué bendito cambio hará la muerte en nuestra condición! ¡Levántate, santo moribundo, y regocíjate! Deja que la muerte haga su trabajo, que los ángeles conduzcan tu alma al mundo de la luz.

 

En cuarto lugar, reflexionar en el hecho de que mediante la muerte Dios evita a su pueblo grandes problemas y tentaciones puede mejorar nuestra disposición a morir.

Cuando una calamidad extraordinaria viene sobre el mundo, Dios a veces quita a sus santos del camino del mal. Así murió Matusalén en el año antes del diluvio, Agustín un poco antes del saqueo de Hipona, Pareus justo antes de la toma de Heidelberg. Lutero observa que todos los apóstoles murieron antes de la destrucción de Jerusalén, y Lutero mismo murió antes de que las guerras estallasen en Alemania.

Puede ser por tanto que la muerte nos haga escapar de una dura prueba, que no podríamos ni necesitamos soportar. Pero si no hay ningún problema extraordinario que fuese a venir en caso de que nuestra vida fuese prolongada, puede que aun así Dios quiera librarnos de los innumerables males y cargas que son inseparables de nuestro estado actual.

Seríamos librados del pecado que aún queda en nuestro interior, que es el mayor problema. Seríamos librados de todas las tentaciones de cualquier tipo, de los problemas y vergüenzas corporales, y de todas las aflicciones y tristezas de esta vida. Los días de nuestro lamentar terminarían, y Dios enjugaría todas las lágrimas de nuestros ojos ¿Por qué entonces no tendríamos prisa por marcharnos?

 

En quinto lugar, si todavía nos resistimos a marchar, como Lot en Sodoma ¿cuál es nuestro ruego y preferencia por una vida más larga? ¿Por qué estamos poco dispuestos a morir?

Puede que estemos preocupados por el bienestar de las personas cercanas a nosotros. Si es así, y estamos preocupados por su sustento temporal, permitamos que la Palabra de Dios nos satisfaga: "Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas" (Jeremías 49:11). Lutero decía en su última voluntad: "Señor, tú me has dado una esposa e hijos, no tengo nada que dejarles, pero te los encomiendo a ti. Oh, padre de los huérfanos y defensor de viudas, susténtalos, guárdalos, y enséñalos".

Pero ¿estamos preocupados por el bienestar espiritual de nuestras personas cercanas? Recordemos que no podemos convertirlas ni aun si siguiésemos viviendo; y Dios puede hacer que nuestras oraciones y consejos sean efectivas después de muertos.

Quizás es que deseamos servir a Dios durante más tiempo en este mundo.

Pero si Él no tiene nada más para que hagamos aquí, ¿Por qué no decir junto con David "aquí estoy, haga de mí lo que bien le pareciere" (2 Samuel 15:26)?

Él nos está llamando a lo alto, a servir en el cielo, y puede cumplir con otras manos lo que deseamos hacer aquí.

¿Es que nos sentimos demasiado imperfectos para ir al cielo? Pensemos que hemos de ser imperfectos hasta la muerte, nuestra santificación no puede completarse hasta que lleguemos al cielo.

"Pero", se podría decir, "quiero estar seguro; si pudiera tener seguridad podría morir con facilidad". Consideremos entonces que, una disposición del corazón por dejarlo todo en el mundo y ser libres del pecado y estar con Dios, es la forma directa de la seguridad que se desea; ninguna persona carnal estaría dispuesta a morir en base a eso.

miércoles, 5 de febrero de 2025

NUESTRO CARÁCTER DEPENDE DEL ESTADO DEL CORAZÓN (XIV)

 

  Proverbios 4:23

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida”.

 

Tiempos que requieren un cuidado especial del corazón

 

11. El tiempo de los sufrimientos por la fe

Otro tiempo en el que el corazón ha de guardarse con toda diligencia es cuando se ponen sobre nosotros sufrimientos por nuestra fe. Bendito es el hombre que en este tiempo no se ofende en Cristo.

Sea cual sea el tipo o grado de nuestros sufrimientos, si son por causa de Cristo y del Evangelio, no escatimemos ninguna diligencia para guardar nuestro corazón. Si nos vemos tentados a encogernos o vacilar bajo ellos, permitamos que las siguientes consideraciones nos ayuden a repeler y a superar la instigación:

En primer lugar, ¡Cuánto reproche pondríamos sobre el Redentor y la fe si lo abandonamos en un tiempo como este! Estaríamos proclamando al mundo cuánto nos hemos jactado de las promesas, que cuando somos puestos a prueba, en medio de las mismas no nos atrevemos a arriesgar nada sobre la fe. Y esto daría a los enemigos de Cristo ocasión para blasfemar.

¿Adornaremos de tal manera los triunfos de los incircuncisos?

Ah, si valorásemos el nombre de Cristo tanto como los hombres impíos valoran sus propios nombres, no dejaríamos que el suyo fuese expuesto al desprecio de esta manera. ¿Acaso las orgullosas cenizas y el polvo no temen la muerte y el infierno más que ver desgraciados sus nombres? ¿Y nosotros no soportaremos nada por mantener el honor de Cristo?

 

En segundo lugar, ¿Nos atreveremos a violar nuestra conciencia dando gusto a nuestra carne y sangre? ¿Quién nos consolará cuando nuestra conciencia nos acuse y condene? ¿Qué felicidad puede haber en la vida, en la libertad o en los amigos cuando la paz interior es arrebatada? Consideremos bien lo que hacemos.

 

En tercer lugar, ¿no es el interés público de Cristo una causa mucho más importante que cualquier interés propio, y no preferiremos su gloria y la prosperidad de su reino antes que cualquier otra cosa? ¿Debería un sufrimiento temporal, o cualquier sacrificio que nos veamos llamados a hacer entrar en competición con el honor de su nombre?

 

En cuarto lugar, ¿Es que el Redentor descuidó nuestros intereses y pensó poco en nosotros cuando por nuestro bien soportó sufrimientos que no tienen comparación con los nuestros? ¿Se echó atrás Él? No: "Sufrió la cruz, menospreciando el oprobio" (Hechos 12:2). ¿Soportó Él esto por nosotros con paciencia y constancia inquebrantable, y nos encogeremos por un sufrimiento temporal por su causa?

 

En quinto lugar, ¿es que podemos abandonar tan fácilmente la comunidad de creyentes y los privilegios de los santos y volvernos al lado del enemigo?

¿Estamos dispuestos a retirar nuestro apoyo a aquellos que se han propuesto perseverar, y poner nuestra influencia en la balanza en contra de ellos? Preferible sería que nuestro cuerpo y alma se deshicieran. "Si retrocediere, no agradará a mi alma" (Hebreos 10:38)

 

En sexto lugar, ¿Cómo podremos mantenernos frente a Cristo en el día del juicio si lo abandonamos ahora? "Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. " (Marcos 8:38)

Solo un poco más, y el Hijo del hombre vendrá en las nubes del cielo, con poder y gran gloria, para juzgar el mundo. Se sentará en el trono de juicio, y todas las naciones serán puestas delante de Él. Imaginemos que estamos viendo lo que sucederá aquel día. Contemplemos a los impíos, a los apóstatas, y escuchemos la sentencia consumadora que se pronuncia sobre ellos, y veamos cómo se hunden en el pozo de la desgracia infinita y eterna.

¿Abandonaremos a Cristo ahora, dejaremos su causa para librarnos de un poco de sufrimiento o por promover una infructuosa vida en la tierra? ¿Nos exponernos al destino de un apóstata?

Recordemos que aunque podamos silenciar las reconvenciones de nuestra conciencia ahora, no podremos evitar luego la sentencia del juez. Guardemos nuestro corazón por estos medios, para que no se aparte del Dios viviente.

martes, 4 de febrero de 2025

NUESTRO CARÁCTER DEPENDE DEL ESTADO DEL CORAZÓN (XIII)

 

  Proverbios 4:23

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida”.

 

Cuando hemos digerido bien las verdades desarrolladas hasta ahora, si seguimos con dudas y angustia, consideremos lo siguiente:

 

¿Sentimos que no tenemos parte en el favor de Dios porque nos hemos visto visitados por alguna aflicción extraordinaria?

 

Si ese es el caso, ¿Estamos concluyendo de ello que las grandes pruebas son signos del odio de Dios? ¿Es eso lo que enseñan las Escrituras? ¿Nos atrevemos a pensar lo mismo de aquellos que han sido afligidos tanto o más que nosotros? Si el argumento es bueno en nuestro caso, también debería serlo en la aplicación al caso de ellos, y hasta más concluyente, ya que, en proporción, sus pruebas son mayores que las nuestras. Si es así, entonces ¡Ay de David, Job, Pablo y todos los que han sido afligidos como lo fueron ellos!

Pero si hubiésemos estado en quietud y prosperidad, si Dios hubiese retenido esas disciplinas con las que ordinariamente visita a su pueblo, ¿no tendríamos más razones para dudar y angustiarnos de las que tenemos ahora?

 

¿Estamos concluyendo precipitadamente que el Señor no nos ama porque ha retirado la luz de su rostro?

 

Si estamos considerando que nuestro estado es desesperado porque es oscuro e incómodo, mejor no nos precipitemos a formar esa conclusión. Si cualquiera de las dispensaciones de Dios para su pueblo puede ser considerada como favorable o dura, ¿por qué no habría de ser considerada en el mejor sentido? ¿No es posible que Dios tenga un designio de amor en lugar de uno de odio en la situación de la que nos estamos lamentando? ¿No es posible que se esté apartando un tiempo sin apartarse para siempre?

No somos los primeros que hemos confundido el designio de Dios al apartarse: "Sion dijo: Me dejó el Señor, y el Señor se olvidó de mí" (Isaías 49:14). Pero ¿fue así en realidad? ¿Cuál es la respuesta de Dios? "¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?" (Isaías 49:15) Y sin embargo ¿nos hundimos bajo la idea de que las evidencias de un abandono final y completo son claras en lo que experimentamos? ¿Hemos acaso perdido la sensibilidad consciente con respecto al pecado? ¿Nos sentimos inclinados a abandonar a Dios?

Si es así, tenemos motivos para sentirnos alarmados. Pero si nuestra conciencia está viva, si estamos dispuestos a aferrarnos al Señor, si el lenguaje de nuestro corazón es "no puedo abandonar a Dios, no puedo vivir sin su presencia aunque me mate, aun así seguiré confiando en Él", entonces tenemos razón al esperar que nos visite de nuevo. Es mediante estos ejercicios que Él mantiene su interés en nosotros. Una vez más ¿el sentido y los sentimientos son adecuados para juzgar las dispensaciones de Dios en ello? ¿Se puede confiar de manera segura en su testimonio? ¿Podemos decir: "si Dios tiene algún amor por mi alma, debería sentirlo ahora al igual que lo sentía antes, pero no puedo sentirlo, por tanto se ha ido"? ¿Podríamos concluir de la misma forma que cuando el sol no es visible para nosotros, ha dejado de existir?

Si no hay nada en el trato divino con respecto a nosotros que sea una base razonable para estar abatidos y angustiados, preguntémonos qué motivos hay en nuestra propia conducta por los cuales nos podemos sentir tan deprimidos.

 

Motivos propios para el abatimiento

1. Recaída en pecados anteriores

¿Hemos caído en pecados de los que ya nos habíamos recuperado con vergüenza y dolor? Puede que concluyamos de eso que estamos pecando con consentimiento y con frecuencia, y que nuestra oposición al pecado era hipócrita. Pero no demos todo por perdido apresuradamente.

¿Acaso no se renueva nuestro arrepentimiento y el cuidado que ponemos en no pecar con la misma frecuencia que pecamos? ¿Acaso no es el pecado en sí mismo lo que nos preocupa, y acaso no es verdad que, cuanto más pecamos, más nos angustiamos?

Esto no sucede cuando se peca de forma normal. Es excelente lo que Bernard dice de esto: "Cuando un hombre acostumbrado a contenerse peca abultadamente, se le hace insoportable. Es como si descendiese vivo al infierno. Con el tiempo no parece insoportable, sino pesado, y entre insoportable y pesado la diferencia no es pequeña. Luego, el pecar se vuelve ligero, su conciencia apenas lo golpea y la persona no presta atención a los reproches de esta. Después ya no solo es insensible a la culpa, sino que aquello que le resultaba amargo y desagradable se convierte en algo dulce y placentero en cierta medida. Aún después se hace costumbre, y no solo agrada, sino que lo hace habitualmente. A su debido tiempo la costumbre se convierte en naturaleza, y la persona no puede ser disuadida de la misma, sino que la defiende y ruega por ella".

Así es el pecado habitual y permitido. Ese es el camino del impío. Pero ¿no es nuestro camino contrario a esto?

1.     Disminución de nuestros afectos por Dios

¿Sentimos un declinar de nuestros sentimientos por Dios y los temas espirituales? Puede que siga habiendo esperanza aunque este sea el caso.

Pero es posible que haya una equivocación respecto a esto. Hay muchas cosas que aprender, y la experiencia cristiana tiene relación con una gran variedad de temas. Puede que en esta experiencia estemos aprendiendo algo que es muy necesario que sepamos como cristianos.

¿Y qué si no somos tan sensibles y tan vivos en nuestras emociones, o no tenemos las mismas visiones arrebatadoras que teníamos al principio? ¿Es que no puede estar creciendo nuestra piedad en solidez y consistencia, y adaptándose mejor a propósitos prácticos? ¿Acaso puede deducirse del hecho de que no siempre estemos en la misma disposición mental o de que los mismos objetos no nos emocionen igual en todo tiempo, que nuestra fe no es verdadera? Quizás nos engañamos a nosotros mismos al mirar hacia delante a lo que seremos, en lugar de contemplar lo que somos comparado con lo que fuimos una vez.

2.     Aumento de nuestro amor por disfrutes terrenales

Si la base para tomar conclusiones desesperadas con respecto a nosotros mismos es la fuerza de nuestro amor por los disfrutes terrenales, quizás estemos argumentando de la siguiente forma: "Temo que amo las creaciones más que a Dios, y si es así, no tengo verdadero amor por Dios. A veces tengo sentimientos más fuertes por los consuelos terrenales que por los celestiales, por tanto, mi alma no es recta"

Si verdaderamente amamos lo creado por sí mismo, si lo convertimos en nuestro objetivo y nuestra fe solo es un medio para obtenerlo, entonces la conclusión anterior es la correcta, porque esto es incompatible con el amor supremo a Dios.

Pero una persona puede amar a Dios más ardientemente de lo que ama cualquier otra cosa, y aun así, cuando Dios no es el objeto directo de sus pensamientos, puede ser sensible a un amor más fuerte por lo creado que el que tiene por Dios en ese instante. Del mismo modo que la maldad enraizada indica un odio más fuerte que una emoción repentina más violenta, hemos de juzgar nuestro amor, no por un movimiento impetuoso del mismo de vez en cuando, sino por la profundidad de su raíz y lo constante de su ejercicio.

Quizás nuestra dificultad viene como resultado de probar nuestro amor con una prueba extraña e impropia.

Muchas personas temieron que cuando fueran sometidas a una gran prueba renunciarían a Cristo y se aferrarían a lo creado; pero cuando la prueba vino,

Cristo lo fue todo, y el mundo no fue nada en su estima. Ese fue el temor de algunos mártires cuya victoria fue completa. Pero solo podemos esperar la ayuda divina en el tiempo y proporción de nuestra necesidad. Si queremos probar nuestro amor, miremos si estaríamos dispuestos a renunciar a Cristo en este mismo momento.

4. Falta de emoción en la devoción en privado

Las dudas y miedos podrían venir de una carencia de emoción en privado que si encontramos en los ejercicios públicos. Consideremos entonces si hay alguna circunstancia al atender a la devoción en público que está particularmente calculada para despertar nuestros sentimientos y elevar nuestra mente, y que no puede afectarnos en privado. Si es así, nuestra comunión secreta, si está siendo realizada con fidelidad y de manera adecuada, puede ser provechosa aunque no tenga todas las características de la que hacemos en público.

Si pensamos que tenemos ensanchamiento y deleite espiritual en el ejercicio público mientras descuidamos los tiempos con Dios en privado, sin duda nos engañamos. Ciertamente, si estamos descuidando la devoción privada o no nos importa la misma, hay grandes razones para temer. Pero si las realizamos con regularidad y fidelidad, no se puede concluir que sean vanas e inútiles o que no tengan gran valor solo porque no sean atendidas con tanta emoción como a veces encontramos en público.

¿Y qué si al Espíritu le agrada más favorecerte con su influencia llena de gracia en un lugar y momento que en otro? ¿Debería eso ser motivo para la murmuración y la incredulidad, o más bien un motivo para agradecer?

5. Las sugerencias del enemigo

Las sugerencias blasfemas y viles de Satanás a veces causan gran confusión y angustia. Parecen poner un abismo de corrupción en el corazón y decirnos que no hay gracia en él. Pero puede haber gracia en un corazón en el que tales pensamientos se inyectan, aunque no en un corazón que consiente y disfruta de esos pensamientos.

Preguntémonos si aborrecemos y nos oponemos a esos pensamientos, si nos negamos a abandonarnos a su influencia, y si luchamos por mantener pensamientos reverentes y santos acerca de Dios y de todas las cosas de la fe.

Si es así, tales sugestiones son involuntarias, y no son evidencia contra nuestra piedad.

6. La falta de respuesta a la oración

¿Es la aparente falta de respuesta a la oración motivo de nuestro abatimiento? ¿Estamos dispuestos a decir: "Si Dios tuviese algún tipo de preocupación por mi alma habría escuchado mis peticiones antes; pero no tengo respuesta de Él, y por tanto no hay interés"?

Esperemos un momento. Aunque el hecho de que Dios aborrezca y finalmente rechace la oración es evidencia de que rechaza a la persona que ora, ¿nos atrevemos a concluir que Él nos ha rechazado porque una respuesta a nuestra oración se retrasa o porque no hemos descubierto que ya está concedida? "¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?" (Lucas 18:7) Otros han tropezado en el mismo sitio que nosotros: "Cortado soy de delante de tus ojos; Pero tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba" (Salmos 31:22)

¿Acaso no hay algo en nuestra experiencia que indique que nuestras oraciones no son rechazadas, aunque la respuesta a las mismas se retrase? ¿No estamos dispuestos a continuar orando aunque no veamos una respuesta? ¿No estamos dispuestos a adscribir rectitud a Dios mientras consideramos la causa de su silencio como algo que está dentro de nosotros? Así lo hizo David: "Dios mío, clamo de día, y no respondes; Y de noche, y no hay para mí reposo. Pero tú eres santo" (Salmos 22:2-3)

Preguntémonos si el retraso de la respuesta a nuestra oración nos incita a examinar nuestro corazón y probar nuestros caminos para que podamos eliminar la dificultad. Si es así, tenemos motivo para sentirnos humildes, pero no para desesperar.

 

domingo, 2 de febrero de 2025

NUESTRO CARÁCTER DEPENDE DEL ESTADO DEL CORAZÓN (XII)

 

  Proverbios 4:23

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida”.

 

Tiempos que requieren un cuidado especial del corazón

 

10. El tiempo de duda y de oscuridad espiritual.

Estos son tiempos en los que es muy difícil guardar el corazón. Cuando la luz y el consuelo de la divina presencia se retiran, cuando el creyente, por la prevalencia del pecado dentro de él, se dispone en una u otra manera a renunciar a sus esperanzas, a inferir conclusiones desesperadas con respecto a sí mismo, a considerar el consuelo que tuvo como un engaño vacío y su profesión como hipocresía. En tales tiempos se necesita mucha diligencia para guardar el corazón del abatimiento.

La angustia del cristiano proviene de la comprensión de su estado espiritual, y en general argumenta contra sí mismo que no posee una verdadera fe, ya sea porque ha recaído en los mismos pecados de los que se había recuperado con vergüenza y pena, o porque siente que sus afectos por Dios están declinando, o porque se ha fortalecido su deseo hacia los deleites mundanos, o por su prosperidad en público a la vez que con frecuencia se ve confinado y desierto en sus devociones privadas, o por alguna sugerencia horrible de Satanás con la que su alma ha quedado enormemente confundida, o por último, debido al silencio de Dios y la aparente negación de sus largas oraciones.

Para conseguir establecer y apoyar el corazón bajo tales circunstancias, es necesario que estemos familiarizados con algunas verdades generales que tienen tendencia a calmar el alma dubitativa y temblorosa, y que seamos instruidos correctamente con respecto a las causas de inquietud anteriormente mencionadas.

 

En primer lugar, no toda demostración de hipocresía en una persona demuestra que sea un hipócrita.

Hemos de distinguir con cuidado entre las manifestaciones y una hipocresía predominante. Hay restos de engaño hasta en los mejores corazones.

Esto es algo que vemos en el ejemplo de David y Pedro, pero la disposición que prevalecía en sus corazones era la de ser rectos, y no fueron llamados hipócritas por su conducta.

 

En segundo lugar, hemos de considerar lo que puede decirse en nuestro favor así como lo que puede decirse en contra nuestra.

En ocasiones es un pecado de las personas rectas el ejercer una severidad irrazonable contra ellos mismos. No consideran de manera imparcial el estado de sus almas.

Hacer parecer que su estado es mejor de lo que es en realidad es ciertamente un pecado condenable de los hipócritas que se alaban a sí mismos, y hacer parecer su estado peor de lo que es realmente, es el pecado y necedad de algunas personas buenas. Pero ¿por qué habríamos de convertirnos en enemigos de nuestra propia paz? ¿Por qué leer de pasada las evidencias del amor de Dios en nuestra propia alma, como los hombres que leen superficialmente un libro que tratan de refutar? ¿Por qué habríamos de estudiar nuestras faltas y apagar aquellos consuelos que son legítimamente nuestros?

 

En tercer lugar, cada cosa que pueda ser motivo de tristeza para el pueblo de Dios, no es una base suficiente para cuestionar la realidad de su fe.

Hay muchas cosas que son tribulaciones, pero que no deben hacernos tropezar. Si en cada ocasión nos cuestionamos todo lo que se ha hecho a través de nosotros, nuestra vida estará formada de dudas y temores, y nunca podremos conseguir esa paz interior asentada en la que vivimos esa vida de alabanza y gratitud que el Evangelio requiere.

 

En cuarto lugar, el alma no está siempre en una disposición adecuada para hacer de sí misma un juicio correcto, y está particularmente poco calificada para hacerlo en tiempos de abandono o tentación. Estos tiempos deberían emplearse más bien para vigilar y resistir, y no para juzgar y determinar.

 

En quinto lugar, sea cual sea la raíz de nuestra angustia, nos debería llevar a Dios, no a alejarnos de Él. Supongamos que hemos pecado en cierta manera, o que hemos estado abatidos y tristes durante un largo tiempo. No tenemos derecho para concluir que debemos estar desanimados, como si no hubiese ayuda para nosotros en Dios.