jueves, 2 de agosto de 2018

2 Agosto: Estudiando la Palabra de Dios en la Biblia.




 Eclesiastés 12; 1

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento;

¡Buscar a Dios en la plenitud de la vida!, este es el consejo del sabio.
La humanidad debe mirar no sólo a la vida de alegría sino también a su Creador. En la segunda parte de este versículo 1 lleva a una sentencia sencilla que contiene una descripción pintoresca de la ancianidad y la muerte.  Una vida sin Dios produce una persona vieja amargada, solitaria y sin esperanza. Una vida centrada en Dios es plena, hace que los "años malos" -cuando las incapacidades, las enfermedades y los impedimentos pueden ser barreras que nos impiden disfrutar de la vida- nos satisfagan debido a la esperanza de la vida eterna. Ser joven es emocionante. Pero la emoción de la juventud puede convertirse en un obstáculo para acercarse a Dios si hace que la gente joven centre su atención en los placeres pasajeros en lugar de en los valores eternos. Ponga sus capacidades al servicio de Dios cuando todavía sean suyas: durante la juventud. No las desperdicie en actividades malas o sin significado que pueden volverse malos hábitos y hacerlo insensible. Busque a Dios ahora.

Los días malos... los años de los cuales digas: “No tengo en ellos contentamiento”. Ya no hay alegría en el vivir, queda sólo la carga de la vida. Si en estas circunstancias se busca a Dios se lo busca para la muerte y no para la vida.

Isaías 55; 3
Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David.

Estas palabras extienden la invitación a un plano totalmente personal, comprometiendo a la mente y a la voluntad y atrayendo a los oyentes al pacto, para participar en la misión universal del Mesías. Las misericordias firmes a David: define el pacto eterno de Dios en términos de lealtad divina al pacto de David. El pacto que hizo Dios con el rey David fue la promesa de una tierra permanente para los israelitas, donde no habría ninguna amenaza de naciones paganas, ni guerra (2Sa_7:10-11). Pero Israel no cumplió con su parte del pacto de obedecer a Dios y permanecer apartados de los ídolos. Aun así, Dios estaba dispuesto a renovar su pacto una vez más. ¡El es un Dios perdonador!
David ha quedado como un testimonio para las gentes, en cuanto simboliza a su pueblo, objeto de las bendiciones divinas, que aquí se prometen como eternas, y a la vez es prototipo del futuro Mesías, nacido de su dinastía
 Pablo aplica esto al vivir en Cristo (Hch_13:34)

¡Maranata!¡Ven pronto mi Señor Jesús!

EXAMEN DE NUESTRO ARREPENTIMIENTO




Después de todo lo escrito, leído, reflexionado, meditado y rumiado, examinemos nuestro arrepentimiento para darnos cuenta si ha sido genuino, o no.

Thomas Watson (c. 1620-1686)

Si alguno dice que se ha arrepentido, le insto a probarse seriamente a sí mismo por los siete… efectos del arrepentimiento que el Apóstol consigna en 2 Corintios 7:11:

1. Solicitud: La palabra griega significa solícita diligencia o cuidadoso rechazo de toda tentación a pecar. El verdadero arrepentido huye del pecado como lo hizo Moisés de la serpiente.

2. Defensa: La palabra griega es apología. El sentido es este: aunque seamos muy solícitos, sin embargo, por el poder de la tentación, podemos caer en pecado. Aquí en este caso, el alma arrepentida no permitirá que el pecado se quede como una llaga purulenta en su conciencia, más bien se juzga a sí misma por su pecado. Derrama lágrimas delante del Señor. Implora misericordia en el nombre de Cristo y nunca se conforma hasta recibir su perdón. Aquí es quitada la culpa de su conciencia y puede presentar una apología de sí misma contra Satanás.

3. Indignación: El espíritu del que se arrepiente del pecado hierve, como le hierve la sangre cuando se encuentra con alguien que aborrece con todo su ser. La indignación es estar angustiado de corazón por el pecado. El arrepentido está disgustado consigo mismo. David se denomina a sí mismo… torpe y bestia (Sal. 73:22). Dios nunca está más contento con nosotros que cuando estamos disgustados con nosotros mismos por nuestro pecado.

4. Temor: Un corazón tierno es siempre un corazón tembloroso. El arrepentido ha sentido la amargura del pecado. Esta avispa le ha picado y ahora, teniendo la esperanza de que está reconciliado con Dios, no se acerca más al pecado. El alma arrepentida está llena de temor. Teme perder el favor de Dios, lo cual es mejor que la vida misma. Tiene temor de que le falte diligencia, que no alcance salvación. Tiene miedo de que después de que su corazón se ha ablandado, las aguas del arrepentimiento se congelen y vuelva a endurecerse en el pecado: “Bienaventurado el hombre que siempre teme” (Prov. 28:14)…

 La persona arrepentida teme y no peca; la persona sin la gracia salvadora peca y no teme.

5. Ardiente afecto: En el griego original, esta expresión tiene la connotación de un “fuerte deseo”. Así como una salsa agria abre el apetito, las hierbas amargas del arrepentimiento agudizan el deseo. Pero, ¿qué desea el arrepentido? Desea más poder contra el pecado y ser librado de él.
Es cierto, se ha librado de Satanás, pero anda como un prisionero que se ha escapado de la cárcel con cadenas en los pies. No puede caminar con libertad y rapidez en los caminos de Dios. Desea, pues, que las cadenas del pecado le sean quitadas. Quiere ser libre de corrupción. Clama con Pablo:
“¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24). En pocas palabras, desea estar con Cristo, y que todo gire alrededor de él.

6. Celo: Es apropiado que deseo y celo se coloquen juntos para mostrar que el deseo ardiente se plasma en labores realizadas con celo. ¡Cómo se ocupa el arrepentido del tema de la salvación! ¡Cómo toma el reino de los cielos por fuerza (Mat. 11:12)! El celo impulsa a buscar la gloria. El celo, al encontrarse ante alguna dificultad, se hace más audaz ante la oposición y pisotea el peligro. El celo hace que el alma arrepentida persista con dolor espiritual contra todo desaliento y oposición, vengan de donde vengan. El celo eleva al hombre más allá de sí mismo para gloria de Dios. Pablo, antes de su conversión, actuaba enfurecido en contra de los santos (Hch. 26:11).
Después de su conversión lo juzgaban como un loco por Cristo: “Estás loco,
Pablo” (Hch. 26:24). Pero lo suyo era celo, no locura. El celo anima al espíritu y al deber. Causa fervor en la religión, lo cual es para la religión lo que el fuego es para sacrificio (Rom. 12:11). Así como el temor es un freno para el pecado, el celo es una espuela para la responsabilidad.

7. Vindicación: El verdadero arrepentido persigue sus pecados con santa malicia. Quiere la muerte de ellos como Sansón se vindicó de los filisteos por la pérdida de sus ojos. Usa sus pecados como los judíos usaron a Cristo. Les da hiel y vinagre para beber. Crucifica sus lascivias (Gál. 5:24).
El verdadero hijo de Dios busca vindicarse sobre todo de aquellos pecados que han deshonrado más a Dios… David, por pecado, mancilló su lecho; después, arrepentido, regó su lecho con lágrimas. Israel había pecado por su idolatría, y después hasta profanaron a sus ídolos: “Entonces profanarás la cubierta de tus esculturas de plata” (Isa. 30:22)… Las mujeres israelitas que se habían estado vistiendo durante horas y habían abusado de sus espejos dominadas por su orgullo, ofrecieron sus espejos para el uso y servicio del tabernáculo de Dios (Éxo. 38:8). Entonces, esos conjuradores que usaban curiosas artes o magia… en cuanto se arrepentían, traían sus libros, y para su vindicación, los quemaban (Hch. 19:19).
Estos son los frutos y productos benditos del arrepentimiento. Si podemos encontrar uno de estos en nuestra alma, hemos alcanzado aquel arrepentimiento del cual nunca hay que arrepentirse (2 Cor. 7:10).

miércoles, 1 de agosto de 2018

LOS FRUTOS DEL ARREPENTIMIENTO

¿Cuántos creyentes creen que son salvos porque hace X tiempo tomaron un decisión? ¿De dónde salió esa enseñanza? No existe en la Palabra de Dios en la Biblia un versículo que dé pie a esa herejía.

Si no tienes frutos de arrepentimiento, examínate a la luz del Evangelio de Cristo y rebelará tu verdadera condición. 


Arthur W. Pink (1886-1952)

Con el fin de ayudar al lector preocupado a identificar el verdadero arrepentimiento, consideremos los frutos que demuestran un arrepentimiento según Dios.

1. Un aborrecimiento auténtico por el pecado como pecado, no meramente por sus consecuencias. Un aborrecimiento no solo por este o aquel pecado, sino por todo pecado, y particularmente por la raíz misma: contumacia. “Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones” (Eze.14:6). El que no aborrece el pecado, lo ama. La demanda de Dios es: “y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis” (Eze. 20:43). El que realmente se ha arrepentido puede decir honestamente: “He aborrecido todo camino de mentira” (Sal. 119:104). El mismo que en el pasado creía que vivir una vida santa era una cosa lúgubre, piensa muy distinto ahora. El que anteriormente considerara una vida de autocomplacencia como atractiva, ahora la detesta y se ha propuesto dejar todo pecado para siempre. Este es el cambio de manera de pensar que Dios requiere.

2. Un dolor profundo por haber pecado. El arrepentimiento de tantos, que no salva, es principalmente una angustia ocasionada por una aprensión de la ira divina. En cambio, el arrepentimiento evangélico produce un dolor profundo que nace del sentido de haber ofendido a un Ser tan infinitamente excelente y glorioso como lo es Dios. El uno es el efecto del temor, el otro del amor. El uno es solo por poco tiempo, el otro es una práctica habitual para toda la vida. Muchos están llenos de pesar y remordimiento por una vida desaprovechada, pero aun así no tienen un dolor agudo en el corazón por su ingratitud y rebelión contra Dios. En cambio, el alma regenerada se duele hasta el alma por haber hecho caso omiso y haberse opuesto a su gran Benefactor y legítimo Soberano. Este es el cambio de corazón que Dios requiere.
“Fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios..., porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Cor. 7:9-10). Tal contrición es producida en el corazón por el Espíritu Santo y tiene a Dios como su objeto. Es dolor por haber despreciado a un Dios tal, por haberse rebelado contra su autoridad y haber sido indiferente hacia su gloria. Es esto lo que causa que lloremos “amargamente” (Mat. 26:75). El que no se ha entristecido por el pecado siente placer en él. Dios requiere que
“aflijamos” nuestra alma (Lev. 16:29). Su llamado es: “Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente” (Joel 2:12-13). Solo esa aflicción por el pecado es auténtica causando que crucifiquemos “la carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24).

3. Confesión de pecado. “El que encubre sus pecados no prosperará” (Prov. 28:13). Es “segunda naturaleza” del pecador negar sus pecados, directa o indirectamente, restarles importancia o excusarlos. Eso hicieron Adán y Eva en el principio. Pero cuando el Espíritu Santo obra en un alma, sus pecados son expuestos a la luz, y él, a su vez, los reconoce ante Dios. No hay alivio para el corazón quebrantado hasta que lo hace: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos. En mi gemir todo el día.
Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Sal. 32:3-4). Reconocer francamente y con corazón contrito nuestros pecados es imperativo si hemos de mantener en paz nuestra conciencia. Este es el cambio de actitud que Dios requiere.

4. Dejar definitivamente el pecado. “Seguramente no habrá nadie aquí tan aturdido por el láudano de una indiferencia infernal como para imaginar que puede deleitarse en sus lascivias y después usar las vestiduras blancas de los redimidos en el Paraíso. Si se imaginan ustedes que pueden ser partícipes de la sangre de Cristo, y a la vez beber de la copa de Belial; si se imaginan que pueden ser miembros de Satanás y a la vez miembros de Cristo, tienen menos inteligencia de la que parecen tener. No, ustedes saben que la mano derecha tiene que ser amputada y el ojo derecho arrancado —que tienen que renunciar a los pecados más queridos— si van a entrar en el reino de Dios”.  
El Nuevo Testamento usa tres palabras griegas para presentar diferentes fases del arrepentimiento:
Primero, metanoeo, que significa “un cambio en la manera de pensar” (Mat. 3:2; Mar. 1:15, etc.).
Segundo, metanolomai, que significa “un cambio en la manera de sentir” (Mat. 21:29, 32; Heb. 7:21).
Tercero, metanoia, que significa “un cambio en la manera de vivir” (Mat. 3:8; 9:13; Hch. 20:21). 

Tienen que darse los tres para que haya un arrepentimiento auténtico. Muchos experimentan un cambio en su manera de pensar: son educados y saben la diferencia entre el bien y el mal, pero siguen desobedeciendo a Dios. Algunos hasta se sienten inquietos o les remuerde la conciencia, pero siguen en pecado. Algunos se reforman, pero no por amor a Dios y aborrecimiento por el pecado. Tienen que darse los tres.
“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). El que no lo anhela de todo corazón y deja, cada vez más, sus malos caminos en su diario vivir, no se ha arrepentido. Si yo realmente aborrezco el pecado y me duelo por él, ¿acaso no lo abandonaré? ¡Fíjese cuidadosamente en la frase “en otro tiempo” de Efesios 2:2 y el “éramos” de Tito 3:3! “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia” (Isa. 55:7). Este es el cambio en la manera de vivir que Dios requiere.

5. Acompañado de restitución donde es necesario y posible. Ningún arrepentimiento puede ser auténtico si no va acompañado por una transformación total de la vida. La oración del alma auténticamente arrepentida es: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:10). Y cuando uno realmente anhela estar bien con Dios, anhela estarlo también con sus prójimos. Aquel que en su vida pasada ha agraviado a alguien, y ahora no hace todo lo que esté dentro de su alcance para reparar el mal que hizo, ¡por cierto no se ha arrepentido! John G. Paton cuenta cómo después de que cierto sirviente se convirtió, ¡lo primero que hizo fue devolverle a su amo todos los artículos que le había robado!

6. Estos frutos son permanentes. Porque el verdadero arrepentimiento va precedido por una comprensión de la hermosura y excelencia del carácter divino y una aprehensión por lo extremadamente grave del pecado de haber tratado con desprecio a un Ser tan infinitamente glorioso, la contrición y el aborrecimiento hacia toda impiedad permanecen. Al ir creciendo en la gracia y en el conocimiento del Señor, y de nuestra deuda y responsabilidades para con él, nuestro arrepentimiento se profundiza, nos juzgamos a nosotros mismos más a fondo, y asumimos un lugar cada vez más bajo ante él. Cuanta más sed tiene el corazón por un andar más íntimo con Dios, más descartaremos todo lo que lo impide.

7. No obstante, el arrepentimiento nunca es perfecto en esta vida.
Nuestra fe nunca es tan completa como para llegar al punto en que el corazón ya no es acosado por las dudas. Y nuestro arrepentimiento nunca es tan puro como para estar totalmente libre de la dureza del corazón. El arrepentimiento es un acto de por vida. Tenemos que orar diariamente pidiendo un arrepentimiento más profundo.
En vista de todo lo dicho, confiamos que ahora le sea muy claro a todo lector imparcial de que aquellos predicadores que repudian el arrepentimiento son, para las almas perdidas, “médicos que no valen nada”. Los que omiten de su predicación el arrepentimiento están predicando “un evangelio diferente” (Gál. 1:6) que el que Cristo (Marc. 1:15; 6:12) y sus apóstoles (Hch. 17:30; 20:21) proclamaron. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, aunque no se puede confiar en ella porque no contribuye nada para salvación. Los que nunca se han arrepentido siguen estando engañados por el diablo (2 Tim. 2:25 26) y están atesorando para sí ira para el día de ira (Rom. 2:4-5).
“Si, por lo tanto, los pecadores han de tomar el camino más sabio a fin de ser más aptos para el uso de los medios de gracia, tienen que procurar seguir los designios de Dios y las influencias del Espíritu, y esforzarse por ver y sentir su estado pecaminoso, culpable y perdido. Para este fin tienen que renunciar a las malas compañías, desistir de sus pasatiempos desmedidamente mundanos, abandonar todo lo que tiende a mantenerlos en pecado y que apaga las acciones del Espíritu, y hacia estos fines tienen que leer, meditar y orar; comparándose con la Ley santa de Dios, tratando de verse a sí mismos como Dios los ve, y emitirse el mismo juicio que él les emite, a fin de estar capacitados para aprobar de la Ley y admirar la gracia del evangelio, de juzgarse a sí mismos y apelar humildemente a la gracia de Dios a través de Jesucristo para todas las cosas, y por medio de él, volver a Dios”.

Un resumen de lo antedicho puede ser provechoso para algunos:
1. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, y ningún predicador merece ser considerado siervo de Cristo si guarda silencio sobre el tema (Luc. 24:47).

2. El arrepentimiento es requerido por Dios en esta dispensación (Hch. 17:30) al igual que en todas las anteriores.

 3. El arrepentimiento de ninguna manera constituye un mérito, no obstante, sin él no se puede creer para salvación (Mat. 21:32; Mar. 1:15).

 4. El arrepentimiento es una comprensión dada por el Espíritu de lo extremadamente grave del pecado y de ponerse del lado de Dios y en contra de sí mismo.

 5. El arrepentimiento presupone una aprobación total de la Ley de Dios y un consentimiento pleno de sus requerimientos justos, los cuales se resumen todos en: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...”

 6. El arrepentimiento va acompañado de un auténtico aborrecimiento y dolor por el pecado.

 7. El arrepentimiento se evidencia por la renuncia al pecado.

8. El arrepentimiento se reconoce por su permanencia, tiene que haber un rechazo continuo del pecado y dolor por él cada vez que uno cae.

9. El arrepentimiento, aunque permanente, nunca es completo ni perfecto en esta vida.

 10. El arrepentimiento debe buscarse como un don de Cristo (Hch. 5:31).


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.



PECADO, PECADORES Y ARREPENTIMIENTO


-Ojalá en nuestras congregaciones se predicara como lo hacían antaño estos hombres de Dios. ¿Qué ocurre? ¿Qué tanta doctrina ligth?-

John Gill (1697-1771)

 PRIMERO. EL OBJETO DEL ARREPENTIMIENTO ES EL PECADO.

     Por lo tanto, se denomina “arrepentimiento de obras muertas” (Heb. 6:1), lo cual son los pecados. De esto, la sangre de Cristo limpia la conciencia del pecador arrepentido y le da paz y perdón (Heb. 9:14). Y:
(1) Primero, es necesario arrepentirse no solo de los pecados más terribles, sino también de los más pequeños. Existen diferencias en los pecados. Algunos son mayores, otros menores (Juan 19:11). De ambos hay que arrepentirse. Los pecados contra la primera y la segunda tabla de la Ley: pecados más directamente contra Dios, y pecados contra los hombres.
Algunos contra los hombres son más atroces y enormes que otros, al igual que los que son contra Dios, como ser: adorar a los demonios e ídolos de oro y plata, etc., y homicidios, brujerías, fornicaciones y robos… Y no solo eso, sino también de pecados menores hay que arrepentirse, hasta de los pensamientos pecaminosos, porque “el pensamiento del necio es pecado” (Prov. 24:9)… El pecador tiene que arrepentirse de sus pensamientos y apartarse de ellos, tal como el impío de sus caminos, y volverse al Señor.
No solo hay que arrepentirse de pensamientos impuros, soberbios, maliciosos, envidiosos y vengativos, sino aun de los pensamientos que buscan justificación1 ante Dios sobre la base de la justicia del hombre, a lo cual puede estar refiriéndose el texto (Isa. 55:7).
(2) Segundo, es necesario arrepentirse no solo de los pecados públicos sino también de los privados. Algunos pecados son cometidos de un modo muy público, a la luz de día, y todos los conocen. Otros son más secretos.
El verdadero pecador sensible  de sus pecados… se arrepiente de ellos con todo su ser, hasta de los pecados desconocidos por todos, excepto Dios y su propia alma. Esto es una prueba de la autenticidad de su arrepentimiento.

(3) Tercero, existen pecados de omisión al igual que de comisión de los cuales hay que arrepentirse. Cuando alguien excluye las cuestiones más importantes de la fe y solo se ocupa de las menores, cuando debió haber hecho lo primero sin haber dejado de hacer lo segundo; y debido a que Dios perdona ambos (Isa. 43:22-25), de ambos hay que arrepentirse.
Sentir su gracia perdonadora impulsará al pecador sensato a hacerlo.

(4) Cuarto, existen pecados que son cometidos en el culto más solemne, serio, religioso y santo del pueblo de Dios, de los cuales hay que arrepentirse. No existe justo que haga lo bueno y que no peque en eso bueno que hace. Hay no solo una imperfección, sino una impureza en la mejor rectitud y justicia de los santos las cuales son sus propias acciones y por lo tanto se las llama “trapo de inmundicia” (Isa. 64:6)…

(5) Quinto, existen pecados del diario vivir de los cuales hay que arrepentirse. Nadie vive sin pecado. Aun el mejor de los hombres los comete cotidianamente. Todos ofendemos de muchas maneras, y también en todas las cosas. Así como necesitamos orar y somos guiados a orar diariamente pidiendo el perdón de los pecados, necesitamos arrepentirnos de ellos diariamente… Tiene que ser algo practicado continuamente por los creyentes, debido a que pecan continuamente contra Dios con el pensamiento, las palabras y las acciones.

(6) Sexto, no solo hay que arrepentirse de pecados reales y transgresiones del pensamiento, las palabras y las acciones, sino también del pecado Original  que mora en nosotros. Por eso David, cuando cometió pecados terribles y fue llevado a un auténtico sentimiento de sincero arrepentimiento por ellos, no solo los confesó en el salmo de arrepentimiento que escribió en esa ocasión, sino que fue guiado a notar, reconocer y lamentarse de la corrupción original de su naturaleza. De esto se originaban todas sus acciones pecaminosas: “He aquí, en maldad he sido formado” (Sal. 51:5)…
Ahora bien, cuando un pecador sensible confiesa, lamenta y sufre por la corrupción original de su naturaleza y del pecado que mora en él, es una indicación clara de que su arrepentimiento es auténtico y sincero…

EN SEGUNDO LUGAR, EL TEMA DEL ARREPENTIMIENTO GIRA
ALREDEDOR DE LOS PECADORES Y SOLO TALES.

Adán, en un estado de inocencia, no estaba sujeto al arrepentimiento. No habiendo pecado, no tenía ningún pecado del cual arrepentirse. Los tales, que en su propia opinión son perfectamente justos y sin pecado, no necesitan arrepentirse.
Por lo tanto, Cristo dice: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores,
al arrepentimiento” (Mat. 9:13; Luc. 15:7). Ahora bien:
(1) Todos los hombres son pecadores, todos descendientes de Adán. Toda su posteridad, estando seminalmente  en él y representada por él cuando pecó, peca en él. A todos les es imputado  su pecado y de él derivan una naturaleza corrupta. Por lo tanto, son transgresores desde la matriz y son todos culpables de pecados y transgresiones concretos. Por lo tanto, todos necesitan arrepentirse, aun los que se creen que son justos y desprecian a los demás como menos santos que ellos mismos. Estos creen que no necesitan arrepentirse, pero sí necesitan hacerlo. Y no solo ellos, sino los que son justos en el mejor sentido de la palabra necesitan arrepentirse cotidianamente, dado que continuamente pecan en todo lo que hacen.

(2) Los hombres de todas las naciones, judíos y gentiles, deben arrepentirse. Todos pecan, se encuentran bajo el poder del pecado, son culpables de él y por él les corresponde ser castigados. Dios mandó “a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30).
Durante el tiempo de Juan el Bautista y de nuestro Señor sobre la tierra, la doctrina del arrepentimiento era predicada solo a los judíos. Pero después de su resurrección, Cristo instruyó y ordenó a sus apóstoles “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). En consecuencia, los apóstoles primero exhortaron a los judíos y luego a los gentiles que se arrepintieran. Y particularmente el apóstol Pablo testificó “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios”, al igual que “de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21).

(3) Los hombres son el tema del arrepentimiento solo en la vida presente. Cuando esta vida se acabe, acaba la dispensación del evangelio, y cuando Cristo vuelva, la puerta del arrepentimiento, al igual que la de la fe, se cerrará. No se encontrará ningún lugar para hacerlo, ninguna oportunidad, ningún medio, ni nadie capaz de hacerlo. En cuanto a los santos en el cielo, no lo necesitan, ya que están completamente sin pecado.
En cuanto a los impíos en el infierno, se encuentran en total desamparo y sin la capacidad de arrepentirse para vida… porque aunque allí hay llanto y lamentos, no hay arrepentimiento. Es por eso que el rico en el infierno estaba tan ansioso de que Lázaro fuera enviado a sus hermanos en vida, con la esperanza de que se arrepentirían si alguien ya muerto les llegara para advertirles acerca del lugar de tormento. Él sabía que nunca lo harían, si no en la vida presente, antes de llegar al lugar donde él estaba.
Por lo tanto, el arrepentimiento no debe dejarse para mañana.

 
John Gill (1697-1771): Pastor, teólogo y erudito bíblico bautista; nacido en Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.

 Justificación – La justificación es un acto de la gracia de Dios, por la cual perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos delante de él solo por la justicia de Cristo imputada a nosotros y recibida solo por fe (Catecismo de Spurgeon, P 32).

  Sensible – vivificado; consciente intelectual o emocionalmente; consciente.

Pecado original – Lo pecaminoso del estado en que cayó el hombre consiste de la culpabilidad del primer pecado de Adán, la falta de justicia original y la corrupción de toda su naturaleza, comúnmente denominada pecado original, junto con todas las transgresiones concretas que proceden de ella (Catecismo de Spurgeon P 17).

1 Agosto: Estudiando la Palabra de Dios en la Biblia.




Hechos 18;9-10

Entonces el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles;
porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.

Aquí tenemos una muestra de la clase de vida que hacía Pablo. Era un rabino, y la norma era que los rabinos tenían que tener un trabajo secular. No debían cobrar por predicar y enseñar, así es que tenían que ganarse la vida de otra manera. Los judíos honraban el trabajo. «Ama el trabajo -decían-. El que no le enseña un oficio a su hijo le hace un ladrón.» " El estudio de la Ley es excelente acompañado de un trabajo secular; porque la práctica de ambos hace que el hombre se olvide de la iniquidad; pero la mucha Ley sin trabajo acaba por fracasar y causar iniquidad.» Así es que sabemos de rabinos que practicaban toda clase de oficios. Eso quería decir que nunca se convertían en intelectuales distantes, sino que siempre sabían lo que era la vida de los trabajadores.
Pablo se nos describe como fabricante de tiendas de campaña. Tarso, su ciudad natal, estaba en Cilicia, en cuya provincia se criaban unas cabras de pelo muy apreciado, del que se hacía un paño o lona que se llamaba cilicium, cilicio, que se usaba para hacer lonas y cortinas. Es probable que ese fuera el oficio de Pablo, aunque la palabra griega quiere decir mucho más; como, por ejemplo, curtidor o trabajador de la piel. Y Pablo debe de haber sido un buen artesano, que siempre presumía de no haberle sido carga a nadie (1Te_2:9 ; 2Te_3:8 ; 2Co_11:9 ). Pero es probable que, cuando vinieron Silas y Timoteo, trajeron ayuda, tal vez de la iglesia de Filipos que tanto quería a Pablo, y eso le permitió dedicarse a la predicación a pleno tiempo. Fue en el año 49 d C. cuando Claudio desterró de Roma a todos los judíos, y sería por entonces cuando Aquila y Priscila vinieron a Corinto.
Cuando Pablo más lo necesitaba, Dios le habló. Debe de haberse sentido agobiado a veces por la tarea que le esperaba en Corinto. Era hombre intensamente emotivo, y a menudo tendría sus luchas. Pero cuando Dios le da a uno una tarea, le da también el poder para realizarla. Pablo encontró el valor y las fuerzas en la presencia de Dios.
Tomando en cuenta su experiencia en las otras ciudades posiblemente Pablo estaba pensando que el tiempo había llegado para despedirse de estos hermanos para buscar campos nuevos, pero el Señor tenía otros planes. No solamente no debería salir, tampoco debería callar el mensaje para evitar tantos problemas.
     Lucas no dice nada aquí acerca del temor de Pablo cuando estaba en Corinto, pero léase lo que Pablo mismo dijo en 1Co_2:3 y 2Co_7:5. El conocía perfectamente el odio y celo de los judíos porque había sido su víctima en Damasco, Jerusalén, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra, Derbe, Tesalónica, y Berea. Pidió que los tesalonicenses oraran por él "para que seamos librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe" (2Ts_3:1-2). Recordemos el ejemplo de Elías (1Re_19:4) y el de Jeremías (Jer_15:15).  Pablo era un hombre muy fuerte pero era simplemente un ser humano y él mismo habló de su debilidad (1Co_2:3). Por eso, esta visita del Señor era muy necesaria

El Señor habló a Pablo varias veces: Hch 9:4; 22:17; 16:9; 23:11; 27:23. Con razón Pablo dijo, "Yo sé a quién he creído" (2Ti_1:12). Es importante comentar que también Cristo había estado con Pablo en sus experiencias más difíciles en los días pasados, en Antioquía de Pisidia, en Filipos, en Tesalónica, etc.
         Pablo urgentemente necesitaba esa visión y el consuelo que le ofreció. Dios no quitó a los tres jóvenes hebreos del horno de fuego ardiendo, sino que les mandó un compañero: "He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses" (Dan_3:25). Dios no quitó a Daniel del foso de los leones, sino que envió a su ángel para cerrar la boca de las bestias. También le dijo a Eliseo (2Re_6:16-17), "No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos". Asimismo, Jesús sabía que podía pedir doce legiones de ángeles para ayudarle.

         -- y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal. -- Esto fue precisamente lo que los judíos pensaban hacer, pero éstos no harían en Corinto lo que habían hecho en otras ciudades. Jesús dijo a los apóstoles, "Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis" (Mat_10:30-31), pero al mismo tiempo les habló de muchas persecuciones (Mat_10:16-28). El pensamiento clave era que Jesús les ofrecía ayuda y protección, pero la ayuda principal era para llevar a cabo la obra del Señor. Lo mismo sucedió en el caso de Pablo: seguramente el Señor estaba con él, pero la ayuda principal era para llevar a cabo la obra del Señor. Esto se ve en varios textos: 1Co_4:9-13; 2Co_11:23-28; Flp_3:10; Col_1:24-25; como también aquí mismo en Hch_9:16; Hch_20:23; Hch_21:13.

         -- porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad. -- Dios no tenía "mucho pueblo" en Corinto en el sentido de la predestinación calvinista (1Ti_2:4; 2Pe_3:9; Apo_22:17) -- nadie se excluye de la salvación por un decreto de Dios -- sino en el sentido de Hch 15:14-18, "Simón ha contado como Dios visitó por primera vez a los gentiles (Cornelio y su casa) para tomar de ellos pueblo para su nombre", y en el sentido de Jn_10:16, "También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor". El punto clave es que algunos corintios "oirán mi voz", como Cornelio y el carcelero de Filipos oyeron su voz.
         Cuando Elías estaba desanimado y se sentía muy solo, Dios le dijo que había siete mil en Israel que no se habían hincando ante los baales (1Re_19:18). Dios conoce los corazones de todos y sabía que en Corinto había gente dispuesta a oír el evangelio y a aceptarlo. Este texto simplemente dice que en Corinto había mucha tierra buena (Luc_8:15). Dios conoce el corazón de todos y, por eso, sabe exactamente quiénes aceptarán el evangelio. Pensamos ¡qué bueno si Él nos dijera para que fuéramos directamente a ellos y no perder tanto tiempo con otros! pero el plan de Dios es que todos tengan la oportunidad de oír.
          
Mateo 9; 37

Entonces (Jesús) dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.

   Aquí tenemos también una de las verdades supremas y uno de los supremos desafíos cristianos. La cosecha no se siega sola, y hacen falta segadores que la sieguen. Es una de las verdades luminosas de la fe y de la vida cristiana que Jesucristo necesita personas. Cuando estaba en el mundo, podía alcanzar con Su voz a unos pocos. Nunca estuvo fuera de Palestina, y había todo un mundo que estaba esperando. Jesús sigue queriendo que la gente oiga la buena noticia del Evangelio, pero no podrán oírla a menos que haya quien se la dé. Quiere que todo el mundo oiga la Buena Noticia; pero nunca la oirá a menos que haya personas dispuestas a cruzar los mares y las montañas para llevársela.
La oración no es suficiente. Puede que alguien diga: " Voy a orar todos los días de mi vida para que venga el Reino de Dios.» Pero en esto, como en tantas otras cosas, la oración sin las obras es una cosa muerta. Martín Lutero tenía un amigo que pensaba como él acerca de la fe cristiana. Era otro fraile. Llegaron a un acuerdo: Lutero saldría al campo de batalla para que hubiera una Reforma, y su amigo se quedaría en el monasterio sosteniendo a Lutero en oración. Y así empezaron. Una noche, el amigo de Lutero tuvo un sueño: Vio un gran campo de trigo tan grande como el mundo, y a un solo hombre que estaba tratando de segarlo, una tarea imposible y descorazonadora. De pronto le vio la cara al segador solitario, y vio que era Martín Lutero. Y entonces el amigo se dio cuenta de todo. " Debo dejar la oración -se dijo- e ir a trabajar en el campo.»
Es el sueño de Cristo que todos y cada uno seamos misioneros y segadores. Hay algunos que no pueden hacer más que orar, porque la vida los ha dejado inútiles para ninguna otra cosa, y sus oraciones son la fuerza de los obreros. Pero esa no es la labor que nos corresponde a los más, los que tenemos fuerzas y salud física y mental. Ni siquiera el dar dinero es suficiente. Si se ha de segar la cosecha del mundo, cada uno de nosotros tiene que ser un segador, porque hay alguien a quien cada uno de nosotros puede -y debe- llevar a Dios.

¡Maranata!¡Ven pronto mi Señor Jesús!