sábado, 8 de mayo de 2021

LA SAL DE LA VIDA CRISTIANA

 Mar 9:49  Porque todos serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal.

Mar 9:50  Buena es la sal; mas si la sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros.

 

          Estos dos versículos se encuentran entre los más difíciles del Nuevo Testamento. Los comentaristas aportan docenas de interpretaciones diferentes. La interpretación resultará más fácil si recordamos algo que ya hemos tenido oportunidad de advertir. Jesús dejaba caer a menudo dichos agudos que se grababan en la memoria de los oyentes de una manera indeleble. Pero a menudo, aunque se recordaban los dichos, no se recordaba la ocasión en que se dijeron. El resultado es que tenemos a menudo una serie de dichos aislados de Jesús que se han puesto juntos porque así quedaron en la memoria del autor.

Aquí tenemos un ejemplo de eso. No descubriremos el sentido de estos dos versículos a menos que reconozcamos que aquí tenemos tres dichos de Jesús totalmente independientes, que no tienen ninguna relación entre sí. El compilador los agrupó en este orden porque todos contienen la palabra sal. Son una pequeña colección de dichos de Jesús en los que se menciona la sal de diversas maneras como metáfora o ejemplo. Es decir, que no debemos tratar de encontrar ninguna relación remota entre estos dichos; debemos tomarlos independientemente, e interpretar cada uno por sí.

(i)                          Cada uno debe ser salado con fuego.

Según el Antiguo Testamento, había que echar sal a todos los sacrificios antes de ofrecerlos a Dios en el altar Lev_2:13). La sal de los sacrificios se llamaba la sal del pacto Num_18:19; 2 Crónicas 13). Era la adición de aquella sal lo que hacía el sacrificio aceptable a Dios, y la ley del pacto la establecía como necesaria. Este dicho de Jesús querrá decir entonces: " Antes de que una vida cristiana llegue a ser aceptable a Dios debe ser tratada con fuego de la misma manera que se sazona cualquier sacrificio con sal." El fuego es la sal que hace la vida aceptable a Dios.

¿Qué quiere decir esto? En el lenguaje corriente del Nuevo Testamento el fuego se relaciona con dos cosas.

(a) Se relaciona con la purificación. Es el fuego lo que purifica los metales bajos de ley; se les separan las aleaciones, y se deja el metal puro. Así que el fuego querrá decir cualquier cosa que purifica la vida: la disciplina, por la que una persona conquista su pecado; las experiencias de la vida, que purifican y fortalecen los nervios del alma. En este caso, esto querrá decir: «La vida que es aceptable a Dios es la que ha sido limpiada y purificada mediante la disciplina de la obediencia y de la aceptación de la dirección de Dios."

(b) El fuego se relaciona con la destrucción. En este caso, este dicho tendría que ver con la persecución. Querrá decir que la vida que ha sufrido las pruebas y los peligros de la persecución es la que es aceptable a Dios. El que se ha enfrentado voluntariamente con el peligro de la destrucción de sus bienes y aun de su propia vida a causa de su lealtad a Jesucristo es el que Dios quiere.

Podríamos tomar este primer dicho de Jesús en el sentido de que la vida que se purifica mediante la disciplina, y que se ha enfrentado con el peligro de la persecución a causa de su lealtad es el sacrificio que es precioso para Dios.

 

(ii)    La sal es buena; pero, si pierde su sabor, ¿cómo se le devolverá?

Este es un dicho todavía más difícil de interpretar. No diríamos que no haya otras interpretaciones posibles, pero la que proponemos es la siguiente. La sal tiene dos virtudes características. La primera es que presta sabor a las cosas. Un huevo sin sal es una cosa insípida. Cualquiera sabe lo desagradables que son muchos platos cuando no se les ha echado la sal necesaria. Segundo, la sal fue el primero de todos los conservantes. Para evitar que una cosa se eche a perder, se le pone sal. Los griegos solían decir que la sal actuaba como una nueva alma en un cuerpo muerto. La carne muerta se echa a perder; pero sazonada con sal conserva su frescura. La sal parece que le infunde una especie de vida. La sal defiende de la corrupción.

Ahora bien, el cristiano es enviado a una sociedad pagana para hacer algo por ella. La sociedad pagana tenía dos características:

 La primera, estaba aburrida y hastiada. Los mismos lujos y excesos del mundo antiguo eran una prueba de que en su agotamiento aburrido estaba buscando alguna emoción auténtica en una vida de la que habían desaparecido todas las emociones. A ese mundo aburrido y agotado vino el Cristianismo, y la tarea del cristiano era impartir un nuevo sabor y un nuevo encanto a la sociedad, como hace la sal cuando se usa con los alimentos.

Segunda, ese mundo antiguo estaba corrompido. Nadie lo sabía mejor que los mismos antiguos. Juvenal comparaba a Roma con una atarjea asquerosa. La pureza había desaparecido, y la castidad era desconocida. A aquel mundo corrompido llegó el Cristianismo, y la tarea del cristiano era aportar un antiséptico al veneno de la vida, una influencia limpiadora a toda esa corrupción. Exactamente lo mismo que la sal derrota la corrupción que ataca inevitablemente la carne muerta, así había de atacar el Cristianismo la corrupción del mundo.

Así que en este dicho Jesús le está presentando un desafío al cristiano. «El mundo -le decía- necesita el sabor y la pureza que solamente el cristiano puede aportar. Y si el mismo cristiano ha perdido el encanto y la pureza de la vida cristiana, ¿de dónde podrá sacar el mundo estas cosas?" A menos que el cristiano, por el poder de Cristo, derrote la fatiga y la corrupción del mundo, estas florecerán sin reservas.

 

(iii)                      Haya sal en vuestra vida para vivir en paz unos con otros.

 Aquí debemos tomar la sal en el sentido de pureza. Los antiguos declaraban que no había nada en el mundo más puro que la sal, porque esta procedía de las dos cosas más puras: el sol y el mar. La misma blancura resplandeciente de la sal era una señal de pureza. Así es que esto querría decir: «Haya en vuestra vida la influencia purificadora del Espíritu de Cristo; sed purificados del egoísmo y de la codicia, de la amargura y de la ira y del rencor; sed limpiados de la irritabilidad y del mal genio y del egocentrismo, y entonces, y solamente entonces, podréis vivir en paz con vuestros semejantes.» En otras palabras, Jesús está diciendo que es solamente la persona que ha sido limpiada del egoísmo y está llena de Cristo la que puede vivir en verdadera comunión con los demás.

 

Que las palabras con que terminó su discurso nuestro Señor resuenen en nuestros oídos, al concluir este pasaje. "Tened sal  en vosotros mismos, y paz unos con otros." Tengamos la seguridad de poseer en nuestros corazones la gracia salvadora del  Espíritu Santo, que santifica, purifica y preserva todo el hombre interno le la corrupción. Conservemos vigilantes la gracia  que diariamente se nos otorga, y pidamos a Dios que nos salve del descuido y del pecado, no sea que incurramos en faltas  que manchen nuestras conciencias y desacrediten nuestra profesión cristiana. Vivamos sobre todo en paz con los demás,  no buscando grandes cosas, ni intrigando por preeminencia, sino revestidos de humildad, y amando sinceramente a todos  los que aman a Cristo. Todo esto es muy sencillo, pero su cumplimiento acarrea grandes mercedes.

jueves, 6 de mayo de 2021

LA META QUE VALE CUALQUIER PENA

Mar 9:43  Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado,

Mar 9:44  donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.

Mar 9:45  Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado,

Mar 9:46  donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.

Mar 9:47  Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno,

Mar 9:48  donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.

 

                 Este pasaje establece gráficamente a la manera característica del Oriente la verdad fundamental de que hay una meta en la vida por la que hay que sacrificar cualquier cosa. En las cuestiones naturales puede que una persona tenga que sacrificar un miembro o una parte del cuerpo para conservar la vida. La amputación de un miembro o la escisión quirúrgica de alguna parte del cuerpo es a veces la única manera de conservar la vida. En la vida espiritual puede suceder la misma clase de cosa.

Los rabinos judíos tenían dichos basados en la manera en que las distintas partes del cuerpo se pueden prestar al pecado. «Los ojos y el corazón son los dos agentes del pecado.» «El ojo y el corazón son las dos criadas del pecado.» «Las pasiones moran solamente en aquel que ve.» " ¡Ay de aquel que va donde le llevan sus ojos, porque los ojos son adúlteros!» Hay ciertos instintos humanos y ciertas partes de la constitución física de la persona que sirven al pecado. Este dicho de Jesús no ha de tomarse literalmente, pero es una manera gráfica oriental de decir que hay una meta en la vida a la que vale la pena sacrificarlo todo.

En este pasaje se hacen repetidas referencias a la guéenna. En el Nuevo Testamento se habla de la guéenna en Mat_5:22; Mat_5:29-30 ; Mat_10:28 ; Mat_18:9 ; Mat_23:15; Mat_23:33 ; Luk_12:5 ; Stgo_3:6 . Esta palabra se traduce generalmente por infierno. Es una palabra con historia. Deriva del hebreo de Antiguo Testamento, donde aparece como gué-hinnom, que quiere decir el valle de Hinnom, que era un torrente en las afueras de Jerusalén. Había tenido un pasado deplorable.

Fue el valle en el que Acaz, en la antigüedad, había instituido el culto del fuego y los sacrificios de niños en el fuego. «Quemó también incienso en el valle de los hijos de Hinom, e hizo pasar a sus hijos por fuego conforme a las abominaciones de las naciones que el SENOR había arrojado de delante de los israelitas» (2Cr_28:3 ). Manasés siguió este terrible culto pagano (2Cr_33:6 ). El valle de Hinnom, por tanto, fue la escena de una de las más terribles recaídas de Israel en las costumbres paganas. En sus reformas, Josías lo declaró lugar inmundo. «Asimismo profanó el Tofet, que está en el valle de los hijos de Hinom, para que ninguno pasara a su hijo o a su hija por fuego como una ofrenda a Moloc» (2Rey_23:10 ).

Cuando el valle se declaró inmundo y se profanó, se dedicó a basurero e incinerador de basuras de Jerusalén. En consecuencia, se convirtió en un lugar inmundo y asqueroso, en el que unos gusanos repulsivos se criaban en la basura, y que estaba siempre ardiendo y echando humo como un gran incinerador. La frase concreta acerca del gusano que nunca muere y del fuego que nunca se apaga viene de una descripción del destino de los enemigos de Israel en Isa_66:24 .

A causa de todo esto, la guéenna (en español gehena, D R.A E.) se había convertido en una especie de figura o símbolo del infierno, el lugar donde las almas de los malvados serían torturadas y destruidas. Así se usa en el Talmud: «El pecador que se resiste a las palabras de la Ley acabará por heredar la Guéenna." Así que guéenna representa el lugar del castigo, y la palabra sugeriría a las mentes de todos los israelitas las ideas más tenebrosas y terribles.

Pero, ¿cuál era la meta por la que valía la pena sacrificarlo todo? Se describe de dos maneras. Dos veces se la llama la vida, y una vez el Reino de Dios. ¿Cómo podemos definir el Reino de Dios? Podemos encontrar nuestra definición en la Oración Dominical. En esa oración encontramos dos peticiones en paralelo. «Venga Tu Reino. Hágase Tu voluntad en la Tierra como en el Cielo." El recurso literario más característico del estilo hebreo es el paralelismo. En él se colocan dos frases juntas, la segunda de las cuales, o repite lo de la otra o lo amplía, explica y desarrolla. Cualquier versículo de los Salmos puede servirnos de ejemplo. Así pues, podemos considerar que en la Oración Dominical una petición es la explicación y ampliación de la otra. Cuando las colocamos juntas obtenemos la definición de que "el Reino del Cielo es una sociedad en la Tierra en la que la voluntad de Dios se hace tan perfectamente como en el Cielo." De ahí podemos pasar a decir sencillamente que el hacer perfectamente la voluntad de Dios es ser ciudadanos del Reino del Cielo. Y si lo tomamos así y lo aplicamos al pasaje que estamos estudiando ahora, querrá decir que vale la pena cualquier sacrificio y cualquier disciplina y cualquier autonegación el hacer la voluntad de Dios. Y solamente haciendo esa voluntad se posee la vida verdadera y una paz definitiva y que satisface plenamente.

Orígenes tomaba esto simbólicamente. Decía que puede que sea necesario cortar algún hereje o alguna mala persona de la comunión de la Iglesia a fin de mantener la pureza del Cuerpo de Cristo. Pero este dicho ha de aplicarse personalmente. Quiere decir que puede que sea necesario cortar algún hábito, abandonar algún placer, renunciar a alguna amistad, cortar y excluir alguna cosa que nos ha llegado a ser muy querida, a fin de ser totalmente obedientes a la voluntad de Dios. Esta no es una cuestión que ninguno puede tratar de aplicarle a otro. Es solamente un asunto de la competencia individual de cada persona; y quiere decir que si hay algo en nuestra vida que está interponiéndose entre nosotros y la perfecta obediencia a la voluntad de Dios, aunque haya llegado a ser parte de nuestra vida por hábito o costumbre, debe ser desarraigada. El desarraigo puede que sea tan doloroso como una operación quirúrgica, puede parecerse a cortar una parte de nuestro propio cuerpo, pero si hemos de conocer la vida real, la verdadera felicidad y la verdadera paz, hay que renunciar a aquello. Esto puede que suene serio y sombrío, pero en realidad consiste simplemente en enfrentarnos con los Hechos de la vida.

               Vemos además en estos versículos la necesidad en que estamos de renunciar a todo lo que se atraviesa entre nosotros y la salvación de nuestras almas. La  "mano" y el "pié" deben ser cortados y el " ojo " sacado, si ofenden, o son ocasiones de pecar. Debemos renunciar a todo lo que nos es querido, como los ojos,  los pies y las manos, y alejarlo de nosotros si daña nuestras almas, cualquiera que sea el sacrificio o el dolor que nos cause.

Es una ley esta que parece a primera vista dura y severa en extremo, pero no sin causa la promulga nuestro amoroso Maestro. Cumplir con ella es  absolutamente necesario, puesto que el infringirla es caminar de seguro al infierno. Nuestros sentidos corporales son los canales por donde se introducen en  nosotros las tentaciones más formidables. Nuestros miembros son instrumentos dispuestos al mal, aunque lentos para el bien. El ojo, el pié, y la mano son  siervos buenos cuando están bien dirigidos, pero preciso es vigilarlos de continuo, pues si no, nos conducen al pecado.

Decidámonos con la gracia de Dios a hacer uso práctico de la orden solemne que en este pasaje nos da nuestro Señor. Considerémosla como la prescripción  de un médico sabio, el consejo de un padre tierno, o el apercibimiento de un amigo. Aunque los hombres nos ridiculicen por lo estricto y cumplidos que  seamos, sea en nosotros un hábito "crucificar nuestra carne con sus afectos y concupiscencias." Neguémonos todo goce antes de exponernos al peligro de  pecar contra Dios. Sigamos las huellas de Job, cuando dice: "He hecho un pacto con mis ojos." Job 31.1. Recordemos a Pablo; dice, "Sujeto mi cuerpo, y lo  pongo en servidumbre; no sea que predicando a los otros, no me vea yo mismo reprobado." 1 Cor. 9.27.

Vemos, finalmente, en estos versículos, la realidad, el horror, y la eternidad del castigo futuro. El Señor Jesús habla tres veces del "infierno." Menciona tres  veces el "gusano que nunca muere." Tres veces dice que " el fuego no se apagará."  Estas son expresiones terribles, que invitan a reflexionar más que a explicar. Medítenlas, considérenlas y recuérdenlas todos los que profesan ser cristianos.

Poca diferencia hace que las tomemos por figuradas o emblemáticas; si lo son, una cosa por lo menos es muy clara, que el gusano y el fuego son emblemas de  realidades; que hay un infierno verdadero, y un infierno que es eterno. No es mostrar misericordia el no tocar ante los hombres la cuestión del infierno; por lo  mismo que es tan horrible y tan tremendo, debemos imprimirla en todas las almas como una de las grandes verdades del Cristianismo. Nuestro Salvador que  es tan amoroso habla frecuentemente de él, y el apóstol Juan lo describe más de una vez en el libro de la Revelación; así es que los siervos de Dios no deben  en nuestros días avergonzarse de confesar que en él creen. Si no hubiera en Cristo una misericordia infinita para todos los que en El creen, podríamos con  razón evitar la consideración de tan horrible idea. Si no tuviéramos la sangre preciosa de Cristo que lava todos nuestros pecados, bien podríamos guardar  silencio respecto a la ira venidera. Pero hay misericordia para todo el que la pide en nombre de Cristo; hay una fuente abierta para todo pecado. Aseguremos  pues franca y decididamente que hay infierno, y supliquemos a los hombres que huyan de él, antes que sea muy tarde. "Conociendo los terrores del Señor," el  gusano, y el fuego, "persuadamos a los hombres." 2 Cor. 5.11. Posible es que no se hable bastante de Cristo, pero sí es posible que se diga poco del infierno.

RECOMPENSA Y CASTIGO

Mar 9:42  Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar.

 

 La enseñanza de este pasaje es sencilla e indiscutible y saludable.

(i) Declara que cualquier amabilidad que se tenga, cualquier ayuda que se otorgue a los que son de Cristo no quedará sin su recompensa. La razón de ayudar es que la persona necesitada pertenece a Jesús. Cualquier persona en necesidad tiene un derecho a nuestra atención, porque Le es querida a Cristo. Si Jesús estuviera todavía aquí corporalmente, ayudaría a esa persona de la manera más práctica, y ahora nos ha transferido a nosotros el deber de ayudarla. Nótese lo simple que es la ayuda. Lo que se da es un vaso de agua fresca. No se nos pide que hagamos grandes cosas por los demás, cosas que estén más allá de nuestras posibilidades. Se nos dice que demos las cosas sencillas que puede dar cualquiera.

Una misionera cuenta una historia preciosa. Le había contado a una clase de alumnos de primaria en África esto del vaso de agua fría en nombre de Jesús. Estaba la misionera sentada en su terraza, y vio que llegaba a la aldea una compañía de cargueros nativos con unos bultos muy pesados. Estaban cansados y sedientos, y se sentaron a descansar un poco. Eran de otra tribu, y si le hubieran pedido a los nativos corrientes no cristianos que les dieran agua les habrían contestado que se fueran a buscarla por sí mismos, porque existe una barrera entre las tribus. Pero mientras los hombres estaban sentados allí, cansados, la misionera vio salir de la escuela una fila de chiquillas africanas diminutas, llevando en sus cabecitas cántaros de agua. Tímida y vergonzosamente se fueron acercando a los cansados cargueros, se arrodillaron y les ofrecieron sus cantarillos de agua. Sin poder casi reponerse de la sorpresa, los cargueros tomaron los cántaros, y bebieron, y se los devolvieron, y las chiquillas echaron a correr hacia la misionera. «¡Les hemos dado a los hombres sedientos agua fresca -dijeron en nombre de Jesús!» Habían tomado y cumplido la historia y la obligación literalmente.

¡Ojalá lo hiciéramos más! Es un gesto de simple amabilidad lo que se necesita. un trago de agua, el sonreír al hermano -eso también es caridad.»

(ii) Pero lo opuesto también es cierto. Ayudar es ganar una recompensa eterna. El ser la causa de que tropiece un hermano débil es ganarse un castigo eterno. El pasaje es serio a propósito. La piedra de molino que se menciona es una piedra muy grande. Había dos clases de molinos en Palestina. Estaba el molino de mano, que usaban las mujeres en la casa; y estaba el molino cuya piedra era tan grande que requería un asno para hacerla dar vueltas.

La piedra de molino que se menciona aquí es literalmente una piedra de molino de asno. El que le tiraran a uno al mar con una piedra así al cuello era no tener la más mínima esperanza de salir con vida. Este era de hecho un castigo y una forma de ejecución tanto en Roma como en Palestina.

Josefo nos cuenta que, cuando algunos galileos tuvieron éxito en una revuelta " apresaron a los que eran del partido de Herodes, y los ahogaron en el Mar» El historiador romano Suetonio nos cuenta que Augusto, " porque el tutor y los que estaban al servicio de su hijo Gayo se aprovecharon de la enfermedad de su amo para cometer actos de arrogancia y codicia en la provincia, los mandó tirar al río con grandes pesos alrededor del cuello.»

Pecar es terrible; pero inducir a otro a pecar es infinitamente peor.

O'Henry tiene una historia en la que nos cuenta que una chiquilla había perdido a su madre, y su padre solía llegar a casa del trabajo, y sentarse, y quitarse la chaqueta, y abrir el periódico, y encender la pipa, y poner los pies en la repisa de la chimenea. La chiquilla entraba, y le, pedía que jugara con ella un poquito, porque estaba solita. Él le decía que estaba cansado, que le dejara en paz, que se fuera a jugar a la calle. Ella se iba a jugar a la calle, y así se acostumbró a estar en la calle. Pasaron los años, y murió. Su alma llegó al Cielo. Pedro la vio, y Le dijo a Jesús: «Maestro, aquí hay una chica que ha sido mala. Supongo que la mandaremos derechita al infierno.» "No -dijo Jesús tiernamente-, que entre, déjala entrar. -Y entonces se Le puso la mirada seria-: Pero buscad a un hombre que se negaba a jugar con su chiquilla y la mandaba a la calle, y mandadle a él al infierno.» Dios no es duro con el pecador, pero sí es severo con la persona que hace más fácil para otros el pecar, y cuya conducta, ya sea aposta o sin querer, pone un tropiezo en el camino de un hermano más débil.

EL QUE NO ESTÁ EN CONTRA DE NOSOTROS ESTÁ A FAVOR DE NOSOTROS

 

Mar 9:38  Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía.

Mar 9:39  Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí.

Mar 9:40  Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.

Mar 9:41  Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

 

               

           Tenemos en estos versículos la opinión de Cristo respecto a la gran cuestión de tolerancia religiosa. El apóstol Juan le dijo, "Maestro, vimos a uno que lanzaba  demonios en tu nombre, y no nos sigue: y se lo vedamos, porque no nos sigue." Esa persona estaba sin duda haciendo una buena obra; es incuestionable que  militaba bajo la misma bandera de los apóstoles; pero eso no satisfacía á Juan, porque no trabajaba en su compañía, ni combatía con ellos en el mismo cuerpo  de ejército; por tanto, Juan se lo prohibió. Escuchemos ahora lo que decide sobre este particular la gran Cabeza de la iglesia. "Jesús le dijo, No se lo impidas;  porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre que pueda hablar mal de mí. Pues que el que no está contra nosotros, con nosotros está...

Más preocupados por la posición en su grupo que por liberar a los atormentados por los demonios, los discípulos sintieron celos de un hombre que sanaba en el nombre de Jesús. Hoy en día, muchas veces hacemos lo mismo al no participar en causas dignas porque:

 (1) no son miembros de nuestra denominación,

 (2) no se relacionan con la clase de gente con la que nos sentiríamos bien,

(3) no hacen las cosas como nosotros las haríamos,

(4) nuestros esfuerzos no reciben suficiente reconocimiento.

La buena teología es importante, pero eso nunca será excusa para evitar ayudar a los que padecen necesidad.

Esta es una regla preciosa, de que está en mucha necesidad la humana naturaleza, y que con harta frecuencia se olvida. Muy dispuestos están a imaginarse los  miembros de las diferentes ramificaciones de la iglesia de Cristo que ningún bien puede hacerse en el mundo, si no lo hace su propio partido o su  denominación especial. Tienen miras tan estrechas, que no pueden concebir ni aun la posibilidad de trabajar de otra manera sino siguiendo el modelo o el  sistema que se han trazado. Convierten en un ídolo la organización eclesiástica a que pertenecen, y no pueden encontrar ningún mérito en otra alguna. Son  como el que clamaba cuando El-dad y Medad profetizaban en el campamento, "Señor Moisés, prohíbeselos...

Debemos a este espíritu intolerante algunas de las páginas más negras de la historia de la iglesia. Cristianos han perseguido repetidamente a otros cristianos  por ninguna otra razón más fuerte que la que aquí da Juan. Han dicho en realidad a sus hermanos, "nos seguís, o no trabajáis por Cristo de ninguna manera...

 

Guardémonos de este sentimiento, pues está muy cerca de la superficie de nuestros corazones. Empeñémonos en practicar el espíritu tolerante que  Jesús nos recomienda en este pasaje, y agradezcamos toda buena obra cualquiera que sea la persona que la haga y el lugar en que se realiza. Espiemos en  nosotros mismos la más ligera inclinación a paralizar y detener a otros en sus trabajos, tan solo porque no han preferido adoptar nuestros planes, ni trabajar  con nosotros. Permitido nos es considerarlos errados en algunos particulares; creer que mucho más podría hacerse por Cristo, si se hubieran unido a nosotros,  y todos trabajáramos de consuno; lamentar los males que ocasionan las luchas y divisiones religiosas; pero esto no debe ser un obstáculo a que nos  regocijemos de que las obras del demonio sean destruidas y de que las almas se salven. ¿Está mi prójimo guerreando contra Satanás? ¿Está realmente  trabajando por Cristo? Esta es la gran cuestión. Mejor es cien mil veces que otras manos hagan el trabajo antes que quede por hacer. Feliz aquel que siente en  sí el espíritu de Moisés cuando dijo: " Ojalá que todos los miembros del pueblo de Dios fueran profetas," Núm. 11.29; y el de Pablo cuando este dice: "Si  Cristo es predicado, me regocijo, sí, y me regocijaré." Filip. 1:16.

jueves, 29 de abril de 2021

LA VERDADERA AMBICIÓN

  

Mar 9:33  Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?

Mar 9:34  Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor.

Mar 9:35  Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.

Mar 9:36  Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo:

Mar 9:37  El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió.

 

           En estos versículos, la ambición y amor de preeminencia que los apóstoles manifiestan, "Durante el camino disputaban entre  ellos cual sería el más grande...

¡Qué extrañas suenan estas palabras! ¿Quién hubiera pensado que unos pocos pescadores y publícanos pudieran estar movidos por el espíritu de emulación y  el deseo de supremacía? ¿Quién hubiera esperado que hombres pobres, que todo lo habían abandonado por amor de Cristo, se vieran turbados por luchas y  disensiones respecto al lugar y a la precedencia que cada uno de ellos merecía? Y, sin embargo, así sucedió, y este hecho ha quedado registrado para nuestra  enseñanza. El Espíritu Santo ha hecho que se escriba para guía perpetua de la iglesia de Cristo. Cuidemos que no se haya escrito en vano.

Es una verdad dolorosa, ya la aceptemos o no, que el orgullo es uno de los pecados más comunes de la humana naturaleza. Todos nacemos fariseos; todos por  naturaleza pensamos de nosotros mejor de lo que debemos. Todos nos imaginamos naturalmente que merecemos más de lo que tenemos. Es un pecado muy  antiguo. Empezó a mostrarse en el Edén, cuando Adán y Eva creyeron que no poseían todo aquello a que sus merecimientos los hacían acreedores. Es un  pecado muy sutil; gobierna y rige muchos corazones sin que se le descubra, y aun puede vestirse con el sayal de la humildad. Es el pecado que más arruina el  alma, porque se opone al arrepentimiento, y mantiene al hombre lejos de Cristo, ahoga el amor fraterno, y agosta en flor las ansias espirituales. Pongámonos  en guardia contra él, y vigilémoslo. De todos los trajes con que podemos vestirnos, ninguno es tan gracioso, ninguno sienta tan bien, y ninguno es más raro,  que la verdadera humildad.

Fijémonos, en el modelo especial de verdadera grandeza que nuestro Señor presenta a sus discípulos. Les dice, "Si alguno desea ser el primero,  deberá ser el último de todos, y siervo de todos...

Estas palabras son muy instructivas. Nos muestran que las máximas de este mundo están en oposición directa con las ideas de Cristo. La idea que el mundo  tiene de la grandeza es gobernar, pero la grandeza cristiana consiste en servir; es ambición del mundo recibir honores y atenciones, pero el deseo del cristiano  debería ser dar más bien que recibir, y servir a los demás en lugar de ser servido por ellos. En una palabra, aquel que más se empeña en servir a sus  semejantes, y ser útil a los hombres de su generación, es el hombre más grande que imaginarse puede a los ojos de Cristo.

Empeñémonos en aplicar de una manera práctica esta máxima profunda. Tratemos de hacer el bien a nuestros prójimos, y mortificar esa tendencia al placer y a la satisfacción personal que tanto nos domina. ¿Podemos servir en algo a nuestros semejantes? ¿Podemos manifestarles de algún modo nuestra bondad,  ayudándolos y promoviendo su felicidad? Si así es, hagámoslo sin tardanza. Qué gran bien seria para la cristiandad que fuese menos frecuente las protestas  de ortodoxia y obediencia a la iglesia, y más común la práctica de las virtudes que en este pasaje nos inculcan las palabras de nuestro Señor.

Pocos son en general los hombres que quieran ser los últimos, y por amor a Cristo, los siervos de todos; y, sin embargo, esos son los que hacen bien, los que  destruyen las preocupaciones, y convencen a los infieles de la realidad del Cristianismo.

Notemos, finalmente, como el Señor nos estimula a ser bondadosos con los más pequeños y humildes de los que creen en su nombre. Nos da esta lección de  una manera muy interesante; tomó a un niño en sus brazos, y dijo a sus discípulos, " Cualquiera que reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe;  y todo el que me recibe, recibe a Aquel que me envió...

El principio que aquí se establece es una continuación del que hemos venido meditando. Para el hombre natural es una locura; la carne y la sangre no  encuentran otros caminos a la grandeza, lino coronas, rango, riquezas, y posición elevada en la sociedad El Hijo del hombre declara que el camino que a ella conduce es el sacrificarnos a cuidar de los más débiles y de los más humildes del rebaño. Esfuerza su  declaración acompañándola de palabras que nos llenan de maravilla, y que leemos y oímos sin fijar en ellas nuestras almas. Nos dice que el que "recibe a un  niño en su nombre, recibe a Cristo, y que recibir a Cristo es recibir a Dios...

Cuanto no deben animar estas palabras a los que se consagran a la obra caritativa de hacer bien a las almas que se ven  abandonadas. Cuanto no deben estimular a los que trabajan por volver a introducir en la sociedad a un paria, por levantar al  caído, por recoger a los niños harapientos de quienes nadie se cuida, por sacar de una vida pecaminosa a los peores  caracteres, como se sacan los tizones de una hoguera, por conducir a los extraviados al hogar paterno. Consuélense todos  los que lean estas palabras; quizás sus trabajos son duros y se sienten con frecuencia desalentados; quizás se burlen de  ellos, y los ridiculicen, y los presentan al escarnio del mundo. Pero sepan que el Hijo de Dios va marcando a todos los que  así obran, y en ellos se complace. Piense el mundo lo que quiera, a esos será a quienes Jesús se deleitará en honrar cuando  llegue el ultimo día.

EL CAMINO A LA CRUZ


Mar 9:30  Habiendo salido de allí, caminaron por Galilea; y no quería que nadie lo supiese.

Mar 9:31  Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día.

Mar 9:32  Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle.

 

               Este pasaje marca un hito en el camino. Jesús había salido de las regiones del Norte, donde había estado a salvo, y estaba dando el primer paso hacia Jerusalén y la Cruz. Ahora no quería verse rodeado de multitudes. Sabía muy bien que, a menos que pudiera escribir Su mensaje en los corazones de Sus escogidos, había fallado. Cualquier maestro puede dejar a la posteridad una serie de proposiciones; pero Jesús sabía que eso no era suficiente. Tenía que dejar tras Sí un equipo de personas en las que estuvieran escritas esas proposiciones. Tenía que asegurarse antes de salir de este mundo en cuerpo, que había algunos que entendían, aunque fuera vagamente, lo que Él había venido a decir.

Marquemos, en estos versículos, que nuestro Señor renueva el anuncio de su próxima muerte, y de su resurrección. "Enseñó a sus discípulos, y les dijo, el  Hijo del hombre será entregado en manos da hombres, que lo matarán; y después que él sea muerto, resucitará al tercer día...

Aparente es una vez más la torpeza de los discípulos en comprender las cosas espirituales, tan pronto como se les hizo este anuncio. Algo de bueno había en la  noticia, así como también mal aparente; algo de dulce y de amargo, de vida y de muerte, de resurrección y de cruz. Pero todo eso fue oscuridad para los  confundidos discípulos. "No entendieron aquellas palabras, y tuvieron miedo de preguntar." Tenían aún la cabeza llena de ideas equivocadas respecto al reino  de su Maestro sobre la tierra. Creían que su reino terrenal iba a establecerse inmediatamente. Nunca nos cuesta más trabajo comprender como cuando  preocupaciones y opiniones preconcebidas oscurecen nuestros ojos.

Se descubre en este nuevo anuncio que hace la inmensa importancia de la muerte y de la resurrección de nuestro Señor. Por algo nos recuerda que tenía que  morir; deseaba hacernos comprender que su muerte era el gran objeto que se había propuesto al venir a este mundo. Quería recordarnos que con esa muerte  quedaría resuelto el gran problema, como Dios podría ser justo, y justificar al mismo tiempo a los pecadores. No vino a la tierra tan solo para enseñar, predicar  y hacer milagros; vino para dar satisfacción por el pecado con su propia sangre y sus sufrimientos en la cruz. No olvidemos esto nunca. La encarnación, el  ejemplo, y las palabras de Cristo, son de gran importancia; pero el gran objeto que demanda toda nuestra atención en la historia de su ministerio terrenal, es su  muerte en el Calvario.

Esta vez, la tragedia de Su advertencia es aún más punzante. Si la comparamos con el pasaje anterior, en el que El predijo Su muerte (Mar_8:31), vemos que aquí añade una frase: «El Hijo del Hombre es entregado en manos de hombres.» Había un traidor en la pequeña compañía, y Jesús lo sabía. Podía ver lo que se estaba fraguando en la mente de Judas. Puede que pudiera verlo mejor que el mismo Judas. Y cuando Él dijo: "El Hijo del Hombre es entregado en manos de hombres,» no estaba anunciando sólo un hecho y haciendo una advertencia, sino que estaba dirigiendo una última llamada al hombre en cuyo corazón se estaba formando el propósito traidor.

Pero todavía los discípulos no comprendían. Lo que no comprendían era el detalle de la Resurrección. Para entonces eran conscientes de la atmósfera de tragedia; pero hasta que llegó el final no captaron la seguridad de la Resurrección. Aquello era una maravilla demasiado grande para ellos; una maravilla que solamente captarían cuando llegara a ser un hecho consumado.

Aunque no entendían, tenían miedo de hacer más preguntas. Era como si supieran tanto que tuvieran miedo de saber más. Puede que una persona reciba el veredicto de su médico; que se dé cuenta de que el sentido general del veredicto es malo, pero no entiende todos los detalles, y tiene miedo de hacer preguntas por la sencilla razón de que tiene miedo de saber más. Los discípulos estaban en ese caso.

Algunas veces nos sorprende que no pudieran captar lo que se les decía tan claro. La mente humana tiene un mecanismo maravilloso de defensa para rechazar lo que no quiere saber. ¿Somos nosotros tan diferentes de ellos? Una y otra vez hemos escuchado el mensaje cristiano. Conocemos la gloria de aceptarlo y la tragedia de rechazarlo; pero muchos están tan lejos como siempre de darle su plena confianza y modelar sus vidas de acuerdo con él. Las personas todavía aceptamos las partes del mensaje cristiano que nos gustan y nos van bien, y nos resistimos a comprender el resto.

Esto nos muestra claramente lo lejos que estaban los discípulos de comprender el verdadero significado del mesiazgo de Jesús. Les había dicho repetidas veces lo que Le esperaba en Jerusalén, y ellos estaban todavía pensando en Su Reino en términos terrenales, y en sí mismos como los principales ministros del estado.

domingo, 25 de abril de 2021

LA CAUSA DEL FRACASO

 

 

Mar 9:14  Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos.

Mar 9:15  Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaron.

Mar 9:16  El les preguntó: ¿Qué disputáis con ellos?

Mar 9:17  Y respondiendo uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a ti mi hijo, que tiene un espíritu mudo,

Mar 9:18  el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron.

Mar 9:19  Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo.

Mar 9:20  Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba, echando espumarajos.

Mar 9:21  Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño.

Mar 9:22  Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.

Mar 9:23  Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.

Mar 9:24  E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad.

Mar 9:25  Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él.

Mar 9:26  Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió; y él quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto.

Mar 9:27  Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó.

Mar 9:28  Cuando él entró en casa, sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera?

Mar 9:29  Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno.

 

  Esto era la clase de cosa que Pedro había querido evitar. En la cumbre de la montaña, en la presencia de la gloria, Pedro había dicho: "¡Qué estupendamente se está aquí!» Y había propuesto que hicieran tres cabañuelas para Jesús y Moisés y Elías, y se quedaran allí. ¡La vida era tanto mejor, tanto más cerca de Dios, allí en la cumbre! ¿Para qué volver a bajar? El contraste entre estos versículos y los precedentes es muy pronunciado. Del monte de la transfiguración pasamos á la narración de una historia melancólica,  obra del demonio. Descendemos de la visión de la gloria á una lucha con un poseído de Satanás. Dejamos la compañía bendita de Moisés y Elías para entrar  en lucha con los escribas incrédulos. Abandonamos el gusto anticipado de la gloria del milenio para volver á escenas de dolores, debilidades y miseria; para  encontrarnos con un muchacho en la agonía, con un padre loco de dolor, con una tropa pequeña de débiles discípulos de quienes Satanás se burla y que no  pueden aliviarlo. El contraste, como vemos, es grande; pero no es, sin embargo, sino pálido emblema del cambio de escena á que Jesús voluntariamente quiso  someterse, cuando, al despojarse de su gloria, vino á este mundo; y es también la vivida pintura de la existencia de todos los cristianos verdaderos

Pero es parte de la misma esencia de la vida que tenemos que bajar de la cumbre. Se ha dicho que en la fe cristiana debe haber soledad, pero no solitariedad. La soledad es necesaria para mantener contacto con Dios; pero, si una persona, en busca de la soledad esencial, se desconecta de sus semejantes, cierra los oídos a sus llamadas pidiendo ayuda, cierra su corazón al clamor de sus lágrimas, eso no es fe bíblica. La soledad no está diseñada para hacernos solitarios, sino para hacernos más capaces de salir al encuentro y atender a las demandas de la vida cotidiana.

Jesús descendió a una situación delicada. Un padre había traído a los discípulos a su hijo, que era epiléptico. Todos los síntomas estaban claros. Los discípulos habían sido totalmente incapaces de resolver el caso, y aquello les había ofrecido a los escribas una buena oportunidad. La incapacidad de los discípulos era una ocasión de primera para ridiculizarlos, no sólo a ellos, sino también a su Maestro. Eso era lo que hacía la situación tan delicada, y eso es lo que hace cualquier situación humana tan delicada para el cristiano: su conducta, sus palabras, su capacidad o incapacidad para resolver las exigencias de la vida, se usan como medida, no sólo para juzgarle a él, sino para juzgar a Jesucristo.

A. Victor Murray escribe en su libro sobre La educación cristiana: " Hay algunos que ponen los ojos en blanco cuando hablan de la Iglesia: Es una sociedad sobrenatural, el Cuerpo de Cristo, la Esposa impoluta, la Guardiana de los oráculos de Dios, la bendita Compañía de los redimidos, y otros cuantos títulos románticos más, ninguno de los cuales tiene nada que ver con lo que los de fuera pueden ver por sí mismos en la parroquia de Santa Ágata, o en la iglesia metodista de la calle Mayor.» No hacen al caso las profesiones altisonantes que pueda hacer uno, porque por lo que se le juzga es por sus acciones; y al juzgarle a él, se juzga a su Maestro. Esa era la situación en este pasaje.

 

Entonces llegó Jesús. Cuando la gente Le vio, se maravillaron. No tenemos que pensar que todavía Le quedara algo de la gloria de la Transfiguración. Eso habría sido una contradicción de Sus propias instrucciones de que aquello se mantuviera secreto. La multitud había pensado que El estaba muy lejos, en las solitarias laderas de Hermón. Habían estado tan enfrascados en la discusión que no se habían dado cuenta de que Se les estaba acercando; y ahora precisamente, en el momento oportuno, allí estaba Jesús entre todos ellos. Lo que les sorprendió fue Su llegada repentina, inesperada y oportuna.

Aquí aprendemos dos cosas acerca de Jesús.

(i) Estaba dispuesto a enfrentarse con la Cruz, y estaba dispuesto a enfrentarse con los problemas corrientes que se Le presentaran. Es una de las características de la naturaleza humana que podemos arrostrar los grandes momentos críticos de la vida con honor y dignidad, pero permitimos que las exigencias de la rutina cotidiana nos fastidien e irriten. Podemos arrostrar los golpes demoledores de la vida con un cierto heroísmo, pero dejamos que nos inquieten las pequeñas molestias. Muchas personas pueden encarar un gran desastre o una gran pérdida con tranquila serenidad, y sin embargo pierden los estribos si la comida no es de su gusto o el tren se retrasa. Lo maravilloso de Jesús es que podía encarar serenamente la Cruz, y con igual calma enfrentarse con las cosas normales de la vida día a día. La razón era que no Se reservaba a Dios sólo para las grandes crisis, como hacemos muchos; sino recorría con Él los senderos diarios de la vida.

(ii) Había venido al mundo para salvar al mundo; y, sin embargo, podía entregarse totalmente para ayudar a una sola persona. Es más fácil predicar el evangelio del amor a la humanidad que amar a los pecadores no tan amables. Es fácil sentir un afecto sensiblero hacia la raza humana, y encontrar demasiado molesto ayudar a uno de sus miembros individuales. Jesús tenía el don, y un don de categoría regia es este, de darse a Sí mismo totalmente a cada persona con quien estuviera en contacto en cada momento determinado.

Un grito que se Le escapó del corazón a Jesús. Había estado en la cumbre de la montaña, y había encarado la tremenda tarea que Le esperaba. Había decidido jugarse la vida por la redención del mundo; y ahora había descendido, para encontrarse con Sus seguidores más íntimos, Sus propios elegidos, derrotados y perplejos e inútiles e ineficaces. La situación, por un momento, debe de haber desalentado aun a Jesús. Debe de haberse dado cuenta repentinamente de lo que cualquier otro habría llamado una labor imposible. Por un momento casi desesperaría de conseguir cambiar la naturaleza humana, y hacer de los hombres del mundo hombres de Dios.

¿Cómo arrostró aquel momento de desesperación? "¡Traedme acá al muchacho!», dijo. Cuando no podemos resolver una situación límite, lo mejor que podemos hacer es resolver la situación inmediata. Era como si Jesús dijera: " No sé cómo llegar a cambiar a estos discípulos Míos; pero puedo de momento ayudar a este chico. Voy a empezar con la tarea presente, y no desesperarme por el futuro.»

Una y otra vez, esa es la manera de evitar la desesperación. Si nos sentamos y nos ponemos a pensar en el estado del mundo, puede que caigamos en la depresión; así es que, pongámonos en acción en nuestro pequeño rincón del mundo. A veces puede que nos desesperemos de la iglesia; entonces, entremos en acción en nuestra pequeña parcela de la iglesia. Jesús no se sentó desanimado y paralizado por la lentitud mental de Sus hombres. Se encargó de la situación inmediata. La mejor manera de evitar el pesimismo y la desesperación es aplicarnos a lo que podemos hacer de momento -y siempre hay algo que se puede hacer.

Para el padre del muchacho, Jesús estableció las condiciones de un milagro. " Al que cree -le dijo Jesús- todas las cosas le son posibles.» Era como si Jesús dijera: «La curación de tu muchacho depende, no de Mí, sino de ti." Esta no es especialmente una verdad teológica, sino una verdad universal. El enfrentarnos con algo en un espíritu de desesperanza es convertirlo en un caso desesperado; el enfrentarnos con algo en un espíritu de fe es hacerlo posible. Cavour dijo una vez que lo que necesita por encima de todo un hombre de estado es "un sentido de las posibilidades.» La mayor parte de nosotros estamos asediados por un sentimiento de las imposibilidades, y por eso precisamente no suceden los milagros.

La actitud general del padre del muchacho es muy reveladora. Originalmente había venido buscando al mismo Jesús. Como Jesús estaba en la cumbre de la montaña, había tenido que tratar con los discípulos, y su experiencia con ellos había sido descorazonadora. Se le tambaleó tanto la fe, se le debilitó tanto que, cuando vino a Jesús, todo lo que pudo decir fue: «Ayúdame, si puedes.» Y entonces, cara a cara con Jesús, de pronto se le inflamó la fe otra vez. "¡Sí que creo! -Clamó-. Si hay todavía en mí algo de desaliento, todavía algunas dudas, quítamelas, y lléname de una fe inquebrantable.» Algunas veces sucede que se obtiene menos de lo que se esperaba de alguna iglesia o de algunos siervos de la iglesia. Cuando nos sucede eso, debemos ir más allá de la iglesia al Señor de la Iglesia, más allá del siervo de Cristo a Cristo mismo. La iglesia puede que a veces nos dé un chasco, y que los siervos de Dios en la tierra nos fallen; pero, cuando conseguimos llegar al mismo Jesucristo, Él nunca nos desilusiona.

Jesús debe de haber apartado de la gente al padre y al hijo. Pero la multitud, al oír los gritos, se les acercó corriendo, y Jesús tuvo que actuar deprisa. Hubo una lucha final que produjo un agotamiento total, y el muchacho quedó curado.

Cuando ya estaban solos, los discípulos Le preguntaron a Jesús por qué ellos no habían tenido éxito. Sin duda se acordaban de cuando Jesús los envió a predicar y a sanar y a echar demonios (Mar_3:14  s). Entonces, ¿por qué habían fracasado esta vez tan vergonzosamente? Jesús les respondió sencillamente diciéndoles que esa clase de cura exigía oración.

Les dijo en efecto: «No vivís suficientemente cerca de Dios.» Habían sido equipados con el poder; pero se necesitaba la oración para mantenerlo.

Aquí tenemos una lección profunda. Puede que Dios nos haya dado un don; pero, a menos que nos mantengamos en estrecho contacto con Él, ese don se nos puede secar y morir. Esto es cierto de cualquier don. Puede que Dios le dé a un hombre grandes dones naturales como predicador; pero a menos que se mantenga en contacto con Dios, puede que acabe siendo solamente un hombre de palabras, y no un hombre de poder. Puede que Dios le dé a una persona un don para la música y la canción; pero a menos que se mantenga en contacto con Dios, puede que se convierta en un mero profesional que use el don solamente para ganar dinero, lo cual es una cosa bien triste. Esto no es decir que una persona no debe usar un don profesionalmente. Todos tenemos derecho a capitalizar cualquier talento; pero quiere decir que, aun cuando lo esté usando así, debe encontrar en él un gozo, porque lo está usando también para Dios.

Se cuenta que la famosa soprano sueca Jenny Lind, antes de todas las representaciones, se ponía en pie sola en el camerino y oraba: " Dios, ayúdame a cantar de veras esta noche.»

A menos que mantengamos este contacto con Dios, perderemos dos cosas importantes.

(i) Perderemos vitalidad. Perderemos ese poder vivo, ese algo extra que produce la grandeza. La ejecución se convierte en una representación en vez de una ofrenda a Dios. Lo que debería ser vital, un cuerpo vivo, se convierte, si acaso, en un hermoso cadáver.

(ii) Perderemos humildad. Lo que debería usarse para la gloria de Dios se empieza a usar para la propia gloria, y desaparece su virtud. Lo que debería haberse utilizado para presentar a Dios a los demás se usa para presentarnos a nosotros mismos, y desaparece el aliento del encanto.

Aquí tenemos una seria advertencia. Los discípulos habían sido equipados con poder directamente por Jesús, pero ellos no habían alimentado ese poder con oración, y el poder se había desvanecido. Cualesquiera dones que Dios nos haya dado, los perderemos si los usamos para nosotros mismos. Los conservamos cuando los enriquecemos mediante un contacto continuo con el Dios Que nos los dio.

 

Tenemos en estas palabras una vivida pintura del corazón de muchos que son verdaderos cristianos. Pocos se encuentran de los creyentes, en quienes la  confianza y la duda, la esperanza y el temor no existan de consuno. Nada es perfecto en un hijo de Dios mientras permanece en el cuerpo. Su conocimiento, su amor, y su humildad, son más o menos defectuosos, y están más o menos mezclados de corrupción. Como con las otras gracias, así sucede con la fe cree y a  pesar de ello aún le queda un dejo de incredulidad.

¿Qué haremos con nuestra fe? Debemos hacer uso de ella; por débil, trémula y dudosa que sea, usémosla. No esperemos a que sea grande, perfecta y  poderosa, sino como el hombre de que nos ocupamos, sirvámonos de ella, y esperemos que será un día más fuerte. "Señor," dijo, " creo...

¿Qué deberemos hacer con nuestra incredulidad? Debemos resistirle, y orar contra ella. No debemos permitirle que nos aleje de Cristo. Presentémosla a Cristo,  como le llevamos todos nuestros pecados y nuestras debilidades, y clamemos a Él para que nos salve. Como el hombre que está ahora ante nosotros,  exclamemos, "Señor, ayuda mi incredulidad...