Hacia el final del siglo III tuvo lugar la salvaje persecución del emperador Diocleciano, que puede haber causado que algunos cristianos británicos huyeran hacia las remotas e inaccesibles tierras del norte, donde, sin duda, fortalecieron la obra de los pocos discípulos que ya se encontraban allí. Los nombres de tres de los mártires de Diocleciano han sobrevivido:
Albano de Verulam (San Albano), que fue ejecutado con toda probabilidad en la colina donde ahora se ubica la abadía de la iglesia del mismo nombre; Aarón, un cristiano no muy conocido; y Julio de Caerleón. Estamos muy escasos de datos sobre las vidas de estos honrosos discípulos del Señor.
En 305 Constancio Cloro sucedió a Diocleciano en el trono de los Césares, y pronto puso fin a la persecución. En el siglo IV, los representantes de la iglesia de Gran Bretaña asistieron a los concilios en el continente, y es más que probable que los cristianos británicos aceptaron como verdad el credo de Atanasio con el que se combatió las herejías de la época. Está claro que la fe cristiana estaba firmemente cimentada en la Bretaña romana antes de la salida de las legiones a principios del siglo V, pero la información acerca de las comunidades cristianas más allá de las fronteras romanas es escasa en extremo.
Después de las extraordinarias manifestaciones del Espíritu Santo, que se había producido y distinguido en la era apostólica, la iglesia había dejado el poder interno de la Palabra y del Consolador. Pero los cristianos generalmente no comprendieron la vida espiritual a la que fueron llamados. Dios se había complacido en darles una religión divina, y esta poco a poco fue asimilada cada vez más a las religiones de origen humano. En vez de decir: en el espíritu del Evangelio, la Palabra de Dios en primer lugar, y a través de ella la doctrina y la vida, y a través de la doctrina y de la vida, las formas; ellos decían: las formas primero y la salvación por estas formas. Ellos comenzaron a atribuir a los obispos un poder que sólo pertenece a la Sagrada Escritura. En vez de ministros de la Palabra, ellos querían tener sacerdotes; en vez de un sacrificio interior, un sacrificio ofrecido en el altar, y templos costosos en lugar de una iglesia viva. Comenzaron a buscar en los hombres, en las ceremonias y en los lugares sagrados, lo que podían encontrar solamente en la Palabra y en la fe viva de los hijos de Dios. De esta manera la religión evangélica gradualmente dio lugar al catolicismo, y por la degeneración gradual con el correr de los años el catolicismo dio a luz al papismo.
Esta lamentable transformación tuvo lugar en particular en el Oriente, en África y en Italia. Al principio, Gran Bretaña estuvo relativamente exenta. Al mismo tiempo que los salvajes pictos y escoceses salían presurosos de sus hogares paganos, devastando al país y sembrando el terror por todas partes, mientras que la población era reducida a la esclavitud, descubrimos aquí y allá algunas humildes cristianos recibiendo salvación, no por un a sacramentalismo clerical, sino por la obra del Espíritu Santo en los corazones. A finales del siglo IV, nos encontramos con un ilustre ejemplo de este tipo de conversiones. En este período, en la aldea cristiana de Bannavern, un pequeño niño de corazón tierno, alegre temperamento y de actividad infatigable, pasó los primeros días de su vida.
Nació por el año 385 DC, de una familia británica, y fue llamado Succat. Su padre era Calpurnio, diácono de la iglesia de Bannavern, un hombre piadoso de corazón sencillo. Sin duda que sus padres trataron de inculcar en su corazón las doctrinas del cristianismo, pero Succat no les entendía. Le gustaba el placer, y disfrutaba en ser el líder de sus jóvenes compañeros. Entonces le vino una terrible calamidad. Un día, mientras estaba jugando cerca de la orilla del mar con dos de sus hermanas, unos piratas irlandeses comandados por O'Neal los llevaron a sus barcos, y los vendieron en Irlanda al cacique de un pequeño clan pagano. Succat fue enviado al campo a apacentar cerdos. Fue en estos pastos solitarios, sin sacerdote y sin templo, que al joven esclavo le vino a la memoria las lecciones divinas que sus padres piadosos le habían leído tantas veces. Las faltas que había cometido le atormentaban fuertemente día y noche en su alma. Gimió en su corazón y lloró. Se volvió arrepentido hacia el humilde Salvador de quien sus padres le habían hablado tan a menudo, e imaginándose que sentía los brazos de un padre que levantaba al hijo pródigo, cayó de rodillas en aquella tierra pagana. Fue así que Succat nació de nuevo solamente por un agente espiritual e invisible del cual "nadie sabe de dónde viene ni a dónde va”. El evangelio fue escrito por el dedo de Dios en las tablas de su corazón." Más tarde él diría: “Yo tenía dieciséis años y no conocía al verdadero Dios, pero en esa extraña tierra fue que el Señor me abrió los ojos incrédulos, y, aunque tarde, reconocí que era pecador y me convertí con todo mi corazón al mi Dios y mi Señor, quien, a pesar de mi bajeza, se apiadó de mi juventud y de mi ignorancia, y me consoló como un padre consuela a sus hijos.”
Palabras como éstas salidas de los labios de un criador de cerdos en los verdes pastos de Irlanda establecen claramente ante nosotros que muchas almas se convirtieron al cristianismo en las islas británicas durante los siglos cuarto y quinto.
Años después, Roma estableció el dominio del sacerdocio y la salvación a través de formas, independientemente de las disposiciones del corazón; pero la religión primitiva de estas islas célebres fue ese cristianismo vivo cuya sustancia es la gracia de Jesucristo, y cuyo poder es la gracia del Espíritu Santo. El pastor de Bannavern fue entonces sometido a las experiencias que muchos cristianos evangélicos en Gran Bretaña fueron sometidos posteriormente. Como él mismo dijo: "El amor de Dios se incrementó más y más en mí con fe y temor a su nombre. El Espíritu me constriñó a tal grado que hacía unas cien oraciones en un día. Incluso durante la noche, en los bosques y en las montañas donde cuidaba mi manada, la lluvia, la nieve, el hielo y los sufrimientos que pasaba me animaban a buscar a Dios. En ese momento no sentí la indiferencia que ahora siento: el Espíritu fermentado en mi corazón”. La fe evangélica ya entonces existía en las islas británicas en la persona de este esclavo, y de unos pocos cristianos nacidos de nuevo, como él.
Dos veces cautivo y dos veces rescatado, Succat, después de regresar a su familia, sintió una irresistible inquietud en su corazón. Sentía que era su deber de llevar el evangelio a los paganos irlandeses entre los que había encontrado a Jesucristo. Sus padres y sus amigos trataron en vano de disuadirlo, pero el mismo deseo ardiente lo perseguía en sus sueños. Durante las vigilias silenciosas de la noche le parecía oír voces que lo llamaba desde los oscuros bosques de Erín: "Ven, niño santo, y camina una vez más entre nosotros." Se despertaba llorando y su pecho se llenaba de una viva emoción. Hasta que logró zafarse de los brazos de sus padres, y salió corriendo, no como lo hacía antes con sus compañeros de juego cuando iban a subir a la cima de alguna colina, sino con el corazón lleno del amor de Cristo. "No lo hice con mis propias fuerzas, fue Dios quien se sobrepuso a todos", dijo. Succat, posteriormente conocido como San Patricio, y a cuyo nombre se le han atribuido muchas supersticiones, como a San Pedro y otros siervos de Dios, regresó a Irlanda, pero sin visitar Roma, como lo ha afirmado un historiador del siglo XII. Siempre activo, rápido e ingenioso, reunió en el campo a las tribus paganas mediante el toque de un tambor y enseguida les narró en su propia lengua la historia del Hijo de Dios. En poco tiempo sus predicaciones sencillas ejercieron un poder divino en aquellos duros corazones, y muchas almas se convirtieron, no por los sacramentos externos o por el culto a las imágenes, sino por la predicación de la Palabra de Dios. El hijo de un cacique, a quien Patricio llamó “Benigno”, aprendió de él a anunciar el Evangelio, y estaba destinado a ser su sucesor. El bardo de la corte, Dubrach Mar Valubair, ya no cantaba himnos druidas, sino cánticos dirigidos a Jesucristo.
Patricio no estaba completamente libre de los errores de la época, tal vez él creía en los milagros piadosos, pero en términos generales, no vemos más que el evangelio en los primeros días de la iglesia británica.
Poco antes de la evangelización de Patricio en Irlanda, un británico llamado Pelagio, después de haber visitado Italia, África y Palestina, comenzó a enseñar una doctrina extraña.
Deseoso de combatir la indiferencia moral en la que la mayoría de los cristianos en esos países habían caído y que parece haber estado en fuerte contraste con la austeridad británica, negaba la doctrina del pecado original, exaltaba la doctrina del libre albedrío, y sostenía que, si el hombre echa mano de todos los poderes de su naturaleza puede alcanzar la perfección. No vemos que él haya enseñado esas doctrinas en su propio país, pero desde el continente donde las difundió, pronto alcanzaron a la Gran Bretaña. Las iglesias británicas se negaron a recibir esta "perversa y blasfema doctrina contra la gracia de Jesucristo”, dice el historiador Beda. Parece que ellos no sostenían la doctrina estricta de San Agustín. Creían, en efecto, en la necesidad de un cambio interno que sólo el poder divino puede efectuar, y aparentemente, aceptaban que debía de haber algo de nuestra fuerza natural en la obra de la conversión, pero Pelagio, al parecer con buena intención, fue todavía más lejos. Como quiera que sea, estas iglesias, extrañas a la controversia, estaban familiarizadas con todas sus sutilezas. Dos obispos galos, Germán de Auxerre y Lupus de Troyes, vinieron en su ayuda, y parecen haber silenciado a los herejes en San Albano.
Poco después de esto, eventos de gran importancia tuvieron lugar en Gran Bretaña, y la luz de la fe desapareció en medio de una profunda oscuridad. En 449, Hengist y Horsa, con sus seguidores sajones, siendo invitados por los desdichados habitantes para que les ayudaran contra los estragos crueles de los pictos y los escoceses, pronto volvieron sus espadas contra el pueblo al que habían venido a ayudar. El cristianismo fue obligado a volverse con los británicos a las montañas de Gales y a los páramos salvajes de Cumberland y Cornwall. Muchas familias británicas quedaron en medio de los conquistadores, pero sin ejercer ninguna influencia religiosa entre ellos. Conforme los conquistadores se fueron estableciendo en París, Ravena o Toledo, abandonando gradualmente su paganismo y costumbres salvajes, las costumbres bárbaras de los sajones prevalecieron sin modificación a través de los reinos de la Heptarquía, y una cuarta parte de los templos dedicados a Thor resurgieron por encima de las iglesias en las que Jesucristo había sido adorado. Galia y el sur de Europa, que todavía mostraban a los ojos de los bárbaros los últimos vestigios de la grandeza romana, solo tenían el poder de inspirar un cierto grado de respeto, y de la transformación de su fe a los formidables invasores. A partir de este período, los griegos y los latinos, e incluso los godos convertidos, miraban a esta isla con pavor indescriptible. Decían que su suelo estaba cubierto de serpientes; que el aire era denso por las exhalaciones mortíferas; que las almas de los difuntos eran transportadas hasta allí a media noche desde las costas de la Galia. Los Balseros, hijos de Erebo (dios de las sombras) y Nix (diosa de la noche), admitían estas sombras invisibles en sus barcos y escuchan estremecidos sus misteriosos suspiros. Inglaterra, donde un día llegó la luz para ser esparcida por sobre la faz de la tierra habitable, ahora era una horrible morada de muerte. Y sin embargo, el cristianismo de las islas británicas no iba a ser aniquilado por estas invasiones bárbaras, sino que poseía una fuerza que la hacía capaz de resistir enérgicamente.
En una de las iglesias formadas por la predicación de Succat, surgió alrededor de dos siglos después de él, un hombre piadoso llamado Columba, hijo de Feidlimyd, y éste a su vez hijo de Fergus. Valorando más la cruz de Cristo que la sangre real que corría por sus venas, resolvió dedicar su vida al Rey del cielo. "Iré y predicaré la Palabra de Dios en Escocia,", dijo un día. Porque la Palabra de Dios y no una jerarquía eclesiástica era entonces el medio de las conversiones. El nieto de Fergus compartió el celo que lo animaba con varios compañeros cristianos. Ellos se dispusieron a trabajar a la orilla del mar, y cortando ramas flexibles de mimbre, construyeron una frágil embarcación, que cubrieron con pieles de animales. En este rústico bote se embarcaron por el año 563; y después de naufragar en medio del océano, el pequeño grupo misionero llegó a las aguas de las islas Hébridas. Columba desembarcó cerca de las escolleras de Mull, al sur de las cavernas basálticas de Staffa, y fijó su residencia en una pequeña isla conocida luego como Iona o Icolmkill, "la celda de la isla de Columba." Algunos cristianos de la sociedad de los culdees, expulsados por las disensiones entre los pictos y los escoceses, ya habían encontrado un refugio en ese mismo recóndito lugar. Ahí, los misioneros erigieron una capilla, cuyos muros, se dice, todavía existían entre las ruinas majestuosas de una época posterior.
Algunos autores han puesto a Columba en un primer plano después de los apóstoles. Es cierto que no encontramos en él la fe de un Pablo o de un Juan, pero él vivió su vida ante los ojos de Dios, mortificó la carne y durmió en el suelo con una piedra por almohada. En medio de este escenario solemne, y entre rudas costumbres, la forma del misionero, iluminada por una luz del cielo, brilló con el amor y manifestó la alegría y serenidad de su corazón. Aunque sujeto a las mismas pasiones que nosotros, él luchó contra su debilidad, y aprovechaba cada momento para la gloria de Dios. Él oró y leyó, escribió y enseñó; predicó y aprovechó bien el tiempo. Con incansable actividad fue de casa en casa, y de un reino a otro. Brude, rey de los pictos, se convirtió, como también lo hicieron muchos de su pueblo; manuscritos preciosos fueron llevados a Iona; se fundó allí una escuela de teología en donde se estudiaba la Palabra, y fueron muchos los que recibieron la salvación por fe que es en Cristo Jesús. En poco tiempo el espíritu misionero sopló sobre esta roca del océano, justamente llamada "la luz del mundo occidental."
El sacerdotalismo judaico que comenzaba a extenderse en la iglesia cristiana no encontró apoyo en Iona. Tenían formas, pero no les dirigían a buscar la vida. Fue el Espíritu Santo, que hizo de Columba un siervo de Dios. Cuando los jóvenes de Caledonia se reunía alrededor de los ancianos en las costas salvajes o en sus humildes capillas, estos ministros del Señor les decían: "Las Sagradas Escrituras son la única regla de fe. Hagan a un lado el mérito de las obras, y busquen la salvación por la gracia de Dios solamente. Guardaos de una religión que consiste en observancias exteriores. es mejor para guardar puros su corazones delante de que abstenerse de alimentos. Una sola es la cabeza de la iglesia: Jesucristo. Los obispos y los presbíteros son iguales; deben ser maridos de una sola mujer, y tenga a sus hijos en la sujeción".
Los sabios de Iona no sabían nada de la transubstanciación, o de la abstención de la copa en la Cena del Señor, o de la confesión auricular, o de las oraciones a los muertos, o de cirios, o inciensos; y celebraban la Pascua en una fecha diferente a la de Roma. Las asambleas sinodales regían los asuntos de la iglesia, y la supremacía papal era desconocida. El sol del Evangelio brilló sobre aquellas costas salvajes y lejanas. Años más tarde Gran Bretaña tuvo el privilegio de recuperar con un brillo más puro el mismo sol y el mismo evangelio.
Continuará…
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