Gen 49:3 Rubén, eres tú mi primogénito, mi fuerza y primicias de mi vigor, henchido de orgullo y pletórico de fuerza,
Gen 49:4 desbordante como las aguas: no tendrás la primacía, porque subiste al lecho de tu padre; y, al hacerlo, profanaste mi tálamo..
Génesis 49:3-4.
El término se adapta bien tanto para expresar la desenfrenada ilegalidad de la conducta de Rubén al dejarse llevar por sus pasiones, como el efecto que tuvo en él, despojándolo repentina e irremediablemente de su derecho de nacimiento. La fuerza de una gran corriente de agua, cuando se eliminan las barreras que la contenían, es irresistible. Tal es la fuerza de la corrupción en los hombres desprovistos de principios religiosos; sin embargo, nada es más débil que el agua en pequeñas cantidades: carece de coherencia o estabilidad. Tal es la debilidad de los hombres que se dejan llevar por sus propios deseos.
LA BENDICIÓN DE RUBÉN
Parece que en este pasaje, como en otros, encontramos palabras de maldición más que de bendición. Sin embargo, en Gen_49:28, las palabras de Jacob acerca de sus hijos se denominan «bendiciones». Pronuncia palabras de reproche, reprende severamente, pero no maldice a las personas, aunque denuncia el pecado. No abandona a sus hijos: ellos permanecen entre las tribus de Israel. En cuanto a Rubén, consideremos:
I. Sus privilegios.
Era el primogénito, las primicias de la virilidad de su padre, «la excelencia de la dignidad y la excelencia del poder». Esto le daba derecho a:
1. Ocupar el primer lugar entre sus hermanos.
2. Liderar las tribus.
3. Recibir una doble porción de la herencia. (Deuteronomio. 21:17 sino que reconocerá como primogénito al hijo de la mujer aborrecida, al que entregará doble porción de cuanto le pertenece, porque de este hijo, primicia de su vigor, es el derecho de primogenitura.). Tales eran sus altos privilegios.
II. La pérdida de sus privilegios.
Jacob le recuerda sus privilegios, solo para contrastarlos con su estado actual. Le hará ver lo que podría haber sido. Se habían depositado grandes expectativas en él y no las había cumplido. Porque no son los privilegios los que nos hacen buenos o grandes, sino el uso que hacemos de ellos. Rubén perdió sus privilegios:
1. Por un pecado grave. Jacob se detiene en él con todas las agravantes que lo convirtieron en el más atroz y aborrecible. Se aparta de Rubén (y dirigiéndose a sus otros hijos como en una súplica conmovedora), diciendo: «Subió a mi lecho».
2. Por su inestabilidad de carácter. Era «inestable como el agua», que a veces es fiera y tempestuosa, y siempre dócil y traicionera. Era ese hombre de doble ánimo descrito por Santiago, cuya verdadera imagen en la naturaleza es el mar inquieto, juguete de los vientos inconstantes (Santiago 1:6 Pero pida con fe, sin ninguna duda pues el que duda es semejante al oleaje del mar, agitado por el viento y llevado de una parte a otra; Santiago 1:8 Es un indeciso, inconstante en todos sus caminos).
3. Por una vida de sensualidad. Esto resultó en ese defecto inveterado de su carácter: la inestabilidad. Sus pasiones eran ardientes y furiosas, como agua hirviendo. Eran ingobernables. No podía gobernarse a sí mismo y, por lo tanto, no podía influir en los demás. No era apto para el poder ni para ocupar cargos. El único pecado que lo hizo infame surgió de su carácter, confirmándolo y afianzándolo cada vez más en el mal. El pecado no es simplemente cometido y olvidado. El daño causado a nuestra alma permanece en sus efectos.
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