} EL CAMINO: LA SALVACIÓN ES POR FE EN JESUCRISTO

viernes, 13 de mayo de 2016

LA AGONÍA DE JESÚS


El Monte de los Olivos estaba localizado al este de Jerusalén. Jesús fue a un monte que se hallaba al suroeste, un olivar llamado Getsemaní, que significa "lagar de aceite".
El Huerto de Getsemaní, en la falda occidental del monte, hacia la ciudad; era un huerto enclavado sobre la parte baja de la ladera occidental del monte de los Olivos, a 1 km del muro oriental de Jerusalén.

Cotejándo los relatos de los Evangelios de esta escena misteriosa,vemos cada descripción que dan los evangelistas de la disposición mental con que nuestro Señor enfrenta este conflicto, prueba la terrible naturaleza del ataque, y el perfecto conocimiento anticipado de sus terrores que poseía el manso y humilde Jesús. Las escenas podríamos resumirlas en:
(1) Mandó que nueve de los Doce quedasen “aquí”, mientras él iba y oraba “allí”.  ¿Eran “nueve” los discípulos que quedaban más lejos? ¿Dónde estaba Judas en aquellos momentos? Parece que él estaba más lejos todavía, con las autoridades judías. 
 (2) El “toma consigo a Pedro y a Jacobo y a Juan, y comenzó a atemorizarse, y a angustiarse. Y les dice: Está muy triste mi alma, hasta la muerte”: “Me siento como si la naturaleza se hundiese bajo esta carga, como si la vida fuese menguando, y la muerte viniera antes de su tiempo”, “quedaos aquí, y velad conmigo”; no, “Testificad de mí”, sino “Acompañadme.”. Parece que le hacía bien tenerlos a su lado.
(3) Pero pronto ellos fueron demasiada carga para él: El tuvo que estar solo. “Y él se apartó de ellos como un tiro de piedra”; aunque bastante cerca para que ellos fuesen testigos competentes; y se arrodilló, pronunciando aquella oración impresionante, (Marcos 14:36): “que si fuese posible,… traspasa de mi este vaso (de su próxima muerte) empero no lo que yo quiero, sino lo que tú”; dando a entender que en sí era tan completamente repugnante, que únicamente el hecho de que era la voluntad del Padre, le persuadiría a gustar de él, pero que en aquel aspecto de él, él estaba perfectamente preparado a beberlo. No es una lucha entre una voluntad poco dispuesta y una voluntad sumisa, sino entre dos aspectos de un solo acontecimiento, un aspecto abstracto y otro aspecto relativo de él, en uno de los cuales fue repugnante, en el otro aceptable. Dando a entender cómo se sentía en un aspecto, revela su hermosa unidad con nosotros en la naturaleza y sentimiento; expresando cómo lo consideraba a la luz del otro, revela su absoluta sujeción obediente a su Padre.
 (4) En esto, teniendo un alivio momentáneo, porque se le venía, nos imaginamos por oleadas, él vuelve a los tres, y hallándolos durmiendo, les habla con cariño, especialmente a Pedro,  Marcos 14:37-38.
(5) Entonces vuelve, no a arrodillarse ahora, sino a caer sobre su rostro en la tierra, pronunciando las mismas palabras, mas esta vez: “Si no puede este vaso pasar”, etc. (Mateo 26:42); quiere decir: “Sí; comprendo este silencio misterioso (Salmo 22:1-6); no puede pasar; he de beberlo, y quiero beberlo”; “sea hecha tu voluntad.”
(6) Otra vez, aliviado por el momento, vuelve y los halla durmiendo “de tristeza”; les advierte como antes, pero pone en ello una interpretación cariñosa, separando entre el “espíritu presto” y la “carne enferma”.
(7) Volviendo una vez más a su lugar solitario, las oleadas surgen más alto, lo sacuden más tempestuosamente, y parecen hundirlo. Para fortalecerlo en esto, “le apareció un ángel del cielo confortándole” no para proveer luz y consuelo (él no había de tener nada de esto, y los ángeles no hacían falta, ni eran capaces de comunicarlo)  sino solamente para sostener y vigorizar la naturaleza deprimida para una lucha todavía más violenta y más feroz. Y ahora “está en agonía, y ora más ardientemente (aun la oración de Cristo, parece, permitía y ahora exigía tal aumento) y su sudor fue como si fueran grandes gotas (literalmente coágulos) de sangre que caían sobre la tierra”. ¿Qué fue esto? No su ofrenda propia de sacrificio, aunque esencial para ella. Fue sólo la lucha interna, apaciguándose aparentemente antes, mas ahora surgiendo de nuevo, convulsionando su hombre interior todo, y afectando esto de tal manera su naturaleza animal, que el sudor manaba de todos los poros en espesas gotas de sangre que caían a tierra. La naturaleza temblorosa y la voluntad indómita luchaban juntas. Pero una vez más el grito: “Si tiene que ser, hágase tu voluntad”, sale de sus labios, y todo termina. “La amargura de la muerte ya pasó”. El había previsto, y ensayado para su conflicto final, y ganado la victoria, ahora en este teatro de una voluntad invencible, como luego en la arena de la cruz. “Quiero sufrir”, es el gran resultado de Getsemaní: “¡Consumado es!” es el grito que resuena desde la cruz. La Voluntad sin el Hecho habría sido en vano; pero su obra fue consumada cuando llevó la Voluntad ahora manifestada al Hecho palpable, “en la cual voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez” (Hebreos 10:10).
 (8) Al final de toda la escena, hallándolos todavía dormidos (agotados por la continua tristeza y ansiedad que los afligía), les manda, con una ironía de profunda emoción: “Dormid ya, y descansad: basta, he aquí ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; he aquí ha llegado el que me ha entregado.” Y mientras hablaba, se acercó Judas con una banda armada. Ellos se habían mostrado “consoladores miserables”, cañas cascadas; y así en toda su obra estaba solo, y “del pueblo nadie estaba con él.”
No hay enemigos que sean tan aborrecibles como los discípulos profesos que traicionan a Cristo con un beso.
Dios no necesita nuestros servicios, mucho menos nuestros pecados, para realizar sus propósitos. Aunque Cristo fue crucificado por debilidad, fue debilidad voluntaria; se sometió a la muerte. Si no hubiera estado dispuesto a sufrir, ellos no lo hubiesen vencido.


 ¡Maranatha!




jueves, 12 de mayo de 2016

LA VERDADERA SANTIDAD


 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 1 Juan 1:9 

En el tiempo en que Juan escribió esta epístola, el cristianismo ya existía por más de una generación. Había enfrentado y sobrevivido persecuciones severas. El problema principal que enfrentaba la iglesia en ese momento era la pérdida de consagración. Muchos creyentes se conformaban a las normas de este mundo, no se mantenían firmes por Cristo y transigían en su fe. Los falsos maestros eran numerosos y aceleraron el deslizamiento de la iglesia, alejándola así de la fe cristiana.
Juan escribió esta carta para poner a los cristianos otra vez en el camino, mostrándoles la diferencia entre la luz y las tinieblas (la verdad y el error), y animando a la iglesia a crecer en amor genuino para Dios y los demás. También escribió para asegurarles a los creyentes verdaderos que poseían vida eterna y para ayudarles a conocer que su fe era genuina, de modo que pudieran disfrutar de todos los beneficios de ser hijos de Dios.

Los falsos maestros que se habían introducido en las congregaciones no solo negaban que el pecado quebraba la relación con Dios (1.6) y que ellos tenían una naturaleza no pecaminosa (1.8), sino que, sin importar lo que hicieran, no cometían pecado (1.10) Esta es una mentira que pasa por alto una verdad fundamental: todos somos pecadores por naturaleza y por obra. Al convertirnos, son perdonados todos nuestros pecados pasados, presentes y futuros. Más aun después de llegar a ser cristianos, todavía pecamos y debemos confesar. Esa clase de confesión no es ganar la aceptación de Dios sino quitar la barrera de comunión que nuestro pecado ha puesto entre nosotros y El. Sin embargo, es difícil para muchos admitir sus faltas y negligencia, aun delante de Dios. Requiere humildad y sinceridad reconocer nuestras debilidades, y la mayoría de nosotros pretende en cambio ser fuerte. No debemos temer revelar nuestros pecados a Dios; El ya los conoce.
El no nos apartará, no importa lo que hagamos. Por el contrario, apartará nuestro pecado y nos atraerá hacia sí.

  La confesión tiene el propósito de librarnos para que disfrutemos de la comunión con Cristo. Esto debiera darnos tranquilidad de conciencia y calmar nuestras inquietudes. Pero muchos cristianos no entienden cómo funciona eso. Se sienten tan culpables que confiesan los mismos pecados una y otra vez, y luego se preguntan si habrían olvidado algo. Otros cristianos creen que Dios perdona cuando uno confiesa sus pecados, pero si mueren con pecados no perdonados podrían estar perdido para siempre. Estos cristianos no entienden que Dios quiere perdonarnos. Permitió que su Hijo amado muriera a fin de ofrecernos su perdón. Cuando acudimos a Cristo, El nos perdona todos los pecados cometidos o que alguna vez cometeremos. No necesitamos confesar los pecados del pasado otra vez y no necesitamos temer que nos echará fuera si nuestra vida no está perfectamente limpia. Desde luego que deseamos confesar nuestros pecados en forma continua, pero no porque pensemos que las faltas que cometemos nos harán perder nuestra salvación. Nuestra relación con Cristo es segura. Sin embargo, debemos confesar nuestros pecados para que podamos disfrutar al máximo de nuestra comunión y gozo con El.
La verdadera confesión también implica la decisión de no seguir pecando. No confesamos genuinamente nuestros pecados delante de Dios si planeamos cometer el pecado otra vez y buscamos un perdón temporal. Debemos orar pidiendo fortaleza para derrotar la tentación la próxima vez que aparezca.

  Si Dios nos ha perdonado nuestros pecados por la muerte de Cristo, ¿por qué debemos confesar nuestros pecados? Al admitir nuestro pecado y recibir la limpieza de Cristo:
(1) acordamos con Dios en que nuestro pecado es de veras pecado y que deseamos abandonarlo.
 (2) nos aseguramos de no ocultarle nuestros pecados, y en consecuencia no ocultarlos de nosotros mismos.
 (3) reconocemos nuestra tendencia a pecar y nuestra dependencia de su poder para vencer el pecado.


Todos debiéramos recibir jubilosos un mensaje del Señor Jesús, el Verbo de vida, el Verbo Eterno. El gran Dios debe ser representado a este mundo oscuro como luz pura y perfecta. Como esta es la naturaleza de Dios, sus doctrinas y preceptos deben ser tales. Como su perfecta felicidad no puede separarse de su perfecta santidad, así nuestra felicidad será proporcional a la santidad de nuestro ser. Andar en tinieblas es vivir y actuar contra la fe. Dios no mantiene comunión o relación celestial con las almas impías. No hay verdad en la confesión de ellas; su práctica muestra su necedad y falsedad.
 La vida eterna, el Hijo eterno, se vistió de carne y sangre, y murió para lavarnos de nuestros pecados en su sangre, y procura para nosotros las influencias sagradas por las cuales el pecado tiene que ser sometido más y más hasta que sea completamente acabado. Mientras se insiste en la necesidad de un andar santo, como efecto y prueba de conocer a Dios en Cristo Jesús, se advierte con igual cuidado en contra del error opuesto del orgullo de la justicia propia. Todos los que andan cerca de Dios, en santidad y justicia, están conscientes de que sus mejores días y sus mejores deberes están contaminados con el pecado. Dios ha dado testimonio de la pecaminosidad del mundo proveyendo un Sacrificio eficaz y suficiente por el pecado, necesario en todas las épocas; y se muestra la pecaminosidad de los mismos creyentes al pedirles que confiesen continuamente sus pecados y recurran por fe a la sangre del Sacrificio. Declarémonos culpables ante Dios, humillémonos y dispongámonos a conocer lo peor de nuestro caso. Confesemos honestamente todos nuestros pecados en su plena magnitud, confiando totalmente en su misericordia y verdad por medio de la justicia de Cristo, para un perdón libre y completo y por nuestra liberación del poder y la práctica del pecado.

Todos haríamos bien en seguir el consejo  de Cristo “No se turbe vuestro corazón”. Puede turbarse cuando no le damos importancia a nuestros fallos, debilidades, pecados  y errrores por tratarlos con ligereza, y quedar sin arrepentirnos de ellos. De este modo negamos al Señor Jesús la posibilidad de “lavar nuestros pies del polvo del camino” y limpiarnos de la suciedad adquirida. Al ocultarlos nos lleva a mayores fracasos y a la falta de frutos.
Pero tampoco podemos caer en el otro extremo que nuestra mente queda atrapada por una sensación de continua derrota por nuestros pecados, abrumada por los fracasos, debilitando así nuestro ya endeble espíritu. Satanás aprovecha esta actitud para conducirnos a la desesperanza, la falta de gozo y mayores derrotas. Obedezcamos el mandato. Entendiendo bien esto: que la verdadera santidad nos lleva al arrepentimiento y confesión de los pecados, y luego a descansar en la seguridad del perdón de Dios.

¡Maranatha!

miércoles, 11 de mayo de 2016

REFLEXIONES PERSONALES

Cuando recibimos la fe por gracia de Dios, ¿Qué ocurre? Pues se produce un doble lavamiento:
La sangre de Jesucristo limpia nuestra conciencia de la culpa del pecado y nos consigue la justificación delante de Dios (Juan1; 29) y recibimos el lavamiento por el agua, símbolo del poder del Espíritu Santo, nos limpia de la contaminación del pecado, proporcionándonos vida nueva y haciéndonos santos. (Marcos 1; 8)
La fe personal en el Señor Jesús es la condición indispensable del lavamiento de la regeneración por el Espíritu Santo.
Si hemos puesto nuestra fe en Cristo y hemos nacido "desde arriba", Cristo nos garantiza con toda su autoridad divina que, a los ojos de Dios, estamos completamente limpios. Es una operación que se produce por la gracia de Dios, que jamás se habrá de repetir. El resultado no se puede deshacer. La parte más importante de nuestra santificación ya se ha producido. Tratándose de una operación efectuada entera y exclusivamente por la gracia de Dios podemos regocijarnos con absoluta seguridad.
Es la mejor noticia que un ser humano puede recibir.
 Pero algunas personas cometen el error de intentar llevar una vida de santidad cristiana sin haber experimentado jamás el "nuevo nacimiento" o "regeneración" por la gracia de Dios por la fe en Jesucristo. Pueden durante mucho tiempo imitar el comportamiento, la actitud y credo de un cristiano. Pero como su naturaleza no ha sido cambiada, cuando aparezca un lodazal, acabarán metidos en él.
Los hay tan persistentes que "parecen" cristianos, aplican sus dotes naturales al máximo en la presencia de otros, para que "se note su espiritualidad"; los hay que su intelecto les permite memorizar discursos enfocados a repercutir en el estado emocional de los oyentes, para ser manipulados e influenciados. Se centran en exponer sus logros, exaltan su ego, les gusta ser el centro de atención, centran en ellos sus miradas, en sus proyectos humanistas, en su visión de cómo llevar el control y cómo hacer las cosas. Su afan de protagonismo siempre les delata, es su señal de identidad, su tarjeta de presentación. 
Si conoces alguien así, ora por esa persona. Pon tus oraciones delante del Señor para que en Su Misericordia toque esa alma descarriada por el pecado, y pueda ser salvada de la condenación del infierno.
Cada día millones de personas reciben y disfrutan lo que Dios da, la salud, la vida, el aire, el agua etc, pero no tienen ni amor ni lealtad hacia Dios. Tratan a Dios el Creador con desprecio, toman lo que reciben sin muestras de agradecimiento.
Por todas partes la Naturaleza nos enseña multitud de cosas buenas, para deleitar nuestro sentidos, para que disfrutemos de ellas.
Pero la vida es mucho más que lo bello y relajante que nos pueda ofrecer la Naturaleza.
Detrás de ella, palpita el corazón amoroso de un Creador personal, y todas las bondades de aquella, son una invitación por parte de Dios Creador para que le busquemos a Él y la amistad que Él desea tener con cada ser creado a su imagen.
Millones de personas reciben los dones y las bendiciones, pero rechazan que procedan de Dios, y los atribuyen a sus conocimientos, logros, méritos, o a su religiosidad.
No dan muestra del menor gesto de amor, ni lealtad hacia Dios. Pasan de Él. Lo ignoran.
Pero lo que es peor es que ocurra dentro del "mundo cristiano". Muchos que se dicen creyentes, van tras Dios para recibir pero no dan; otros piden prosperidad material, mejor posición en la sociedad o más aceptación dispuestos a "pagar dinero" para lograrlo. Muchas personas están dispuestas a vender, como Judas, al Hijo de Dios y renunciar a la fe con tal de lograr sus propósitos.
Todo lo dicho, que para muchos sería su estilo de vida, es ni más ni menos que la esencia de la impiedad, la ausencia de la santidad.
Para ser impio no necesitas asesinar, ni robar, ni abusar, ni violar, ni ser corrupto. Lo único que necesitas es aceptar todo lo que Dios te regala cada día y al mismo tiempo renunciar a amar a Dios; obedecer a Dios; agradar a Dios; rechazar a Su Hijo. Recibiendo pero sin renunciar a tu manera de vivir.
Dentro de las iglesias abundan este tipo de personas. ¿Te parece imposible? Pues si. Y la Palabra de Dios en la Biblia nos abre los ojos espirituales para discernir quienes son. No para señalarlas pero si para confrontarlas con amor y que el Espíritu Santo las convenza de su error.
Judas Iscariote vivió con Jesús, comió, predicó, fue su discípulo, recibió de Jesús amor hasta el último momento en que le entregó un trozo de pan en señal de amistad, pero Judas nunca amó a Jesús, tenía otras prioridades en su vida.
Tú que lees esto me permito preguntarte ¿Cuál es la mayor prioridad de tu vida?
Reflexiona por un momento. Medita en esto: que pasaría si ahora mismo que lees esto te murieras. ¿Dónde irás, al cielo o al infierno?
Una simple decisión varía el destino de tu vida eterna. No tardes en arrepentirte, recibe a Jesús como tu Salvador y Señor, cree en su Obra de Redención, para ser justificado delante de Dios.
¡ Maranatha!


viernes, 6 de mayo de 2016

RAZONES POR LAS QUE NO SE PIERDE LA SALVACIÓN (3 PARTE)

    

18. Cuando Cristo murió, murió por todos los pecados, aun aquellos que el cristiano cometería en su vida de cristiano - 1 Pedro 2:24
Cristo murió por nuestros pecados, en nuestro lugar, para que no tuviéramos que sufrir el castigo que merecíamos. A esto se le llama sacrificio expiatorio.

19. El cristiano se convierte en hijo de Dios al aceptar a Cristo; un hijo de Dios no puede perderse -
Juan 1:12.
Todos los que aceptan a Cristo como Señor de sus vidas renacen espiritualmente y reciben nueva vida de Dios. A través de la fe en Cristo, este nuevo nacimiento nos cambia desde adentro, reacondicionando nuestras actitudes, deseos y motivos. El nacimiento hace que uno esté vivo físicamente y permite ser parte de la familia. Al nacer de Dios, formamos parte de su familia. ¿Ha pedido que Cristo le haga una nueva persona? Este nuevo comienzo está a disposición de todo aquel que cree en Cristo.

20. El pecado interrumpe la comunión con el Padre, pero no la relación; así como la desobediencia de un hijo aquí en la tierra no termina su relación con su padre - Salmo 51:12 (Entendamos qué David pidió de nuevo el gozo de su salvación, no su salvación).
¿Te has sentido estancado en su fe alguna vez, como si todo lo hiciera automáticamente? ¿Acaso ha establecido el pecado una brecha entre tu y Dios, haciéndolo parecer distante? David se sentía así. Pecó con Betsabé y el profeta Natán acababa de confrontarlo. En su oración a Dios suplicó: "Vuélveme el gozo de tu salvación". Dios quiere que estemos cerca de El y que experimentemos su vida plena y completa. Pero el pecado inconfesado hace que esa intimidad sea imposible. Confiesa tu pecado a Dios. Aun así tendrás que enfrentarte a las consecuencias terrenales, como lo hizo David, pero Dios te devolverá el gozo de andar con El.

21. El castigo de Dios a sus hijos por el pecado, no es quitándoles la salvación, sino disciplina paternal -
Hebreos 12:5-7.
Nunca es agradable ser corregido y disciplinado por Dios, pero su disciplina es un indicio de su amor profundo por nosotros. Cuando Dios le corrige, tómelo como una prueba de su amor y pídale que le muestre lo que está tratando de enseñarle.

22. Al aceptar a Cristo somos hijos de Dios y coherederos con Cristo. Cristo es nuestro hermano mayor. Ni tal participación en la herencia, ni la relación con el Hermano mayor se interrumpen jamás; por ningún motivo -
Romanos 8:17.
Pablo toma la adopción para ilustrar la nueva relación del creyente con Dios. En la cultura romana, la persona adoptada perdía todos sus derechos en su familia anterior y ganaba los derechos de un hijo legítimo en su nueva familia. Se convertía en heredero de las posesiones de su nuevo padre. Asimismo, cuando uno acepta a Cristo, gana todos los privilegios y responsabilidades de un hijo en la familia de Dios. Uno de estos privilegios notables es recibir la dirección del Espíritu Santo (Galatas 4:5-6). Quizás no sintamos siempre que pertenecemos a Dios, pero el Espíritu Santo es nuestro testigo. Su presencia en nosotros nos recuerda quiénes somos, y nos anima con su amor divino (Galatas 5:5).

23. Porque invalidaría la obra intercesora de Cristo. Si el cristiano se puede perder, entonces Cristo no es un buen abogado - 1 Juan 2:1.
A las personas que se sienten culpables y condenadas Juan les ofrece confianza. Ellas saben que han pecado, y Satanás (llamado "acusador de nuestros hermanos" en Apocalipsis 12:10) está exigiendo la pena de muerte. Cuando  te sientas de esa manera, no pierdas la esperanza. El mejor abogado defensor del universo está a cargo de tu causa. Jesucristo, nuestro defensor, es el Hijo del Juez. Ya sufrió el castigo en su lugar. Tu no debes intentarlo otra vez porque ya su nombre no está en la lista de los encausados. Unido con Cristo, estás tan seguro como El. No temas pedirle que se haga cargo de tu caso; El ya obtuvo la victoria

24. Porque entonces Dios no sería omnipotente, pues no sería poderoso para guardarnos sin caída – 2 Timoteo 1:12; Judas 24.
Pablo estaba preso pero esta circunstancia no detuvo su ministerio. Lo llevó adelante por medio de otros, como Timoteo. Pablo había perdido todas sus posesiones materiales, pero nunca perdería su fe. Confió en que Dios lo usaría sin importar las circunstancias. Si su situación se presenta sombría, entregue sus preocupaciones a Cristo. El protegerá su fe y guardará seguro todo lo que usted le ha confiado hasta el día de su regreso.
Estos cristianos habían escuchado el evangelio, al parecer de Juan mismo. Sabían que Cristo era el Hijo de Dios, que murió por sus pecados y que resucitó para darles nueva vida, y que regresaría para establecer su Reino en forma completa. Pero ahora estaban infiltrados por los maestros que negaban las doctrinas fundamentales de la fe cristiana, y algunos de los creyentes estaban en peligro de sucumbir a los argumentos falsos. Juan los anima a aferrarse a la verdad cristiana que escucharon desde el principio de su andar con Cristo. Es más importante crecer en nuestro conocimiento del Señor que depender de nuestra comprensión obtenida mediante un cuidadoso estudio, y enseñar esas verdades a los demás. Sin embargo, por mucho que sepamos, nunca debemos abandonar las verdades fundamentales acerca de Cristo. Jesucristo siempre será el Hijo de Dios, y su sacrificio por nuestros pecados es permanente. No hay verdad que pueda contradecir estas enseñanzas bíblicas.

           
¡Maranatha!


RAZONES POR LAS QUE NO SE PIERDE LA SALVACIÓN. (2 PARTE)

  

10. Nada nos puede separar del amor de Dios - Romanos 8:35-39
Estos versículos contienen una de las promesas más reconfortantes de todas las Escrituras. Los creyentes siempre han tenido que enfrentar dificultades de diversas formas: persecución, enfermedad, prisión, aun muerte. Esto podría hacerles creer que Cristo los había abandonado. Pero Pablo exclama que es imposible que algo nos separe de Cristo. Su muerte a nuestro favor es prueba de su amor inquebrantable. Nada impedirá su presencia constante con nosotros. Dios nos dice cuán grande es su amor para que nos sintamos bien seguros en El. Si tenemos esta seguridad sorprendente, no temeremos.
11. Cuando se acepta a Cristo, la Trinidad viene a hacer morada en el creyente para siempre; no entran y salen del creyente por su comportamiento - Juan 14:17-18,23
Los siguientes capítulos enseñan estas verdades acerca del Espíritu Santo: estará con nosotros para siempre; el mundo en general no puede recibirlo; mora con nosotros y está en nosotros; nos enseña; nos recuerda las palabras de Jesús; nos convence de pecado, nos muestra la justicia de Dios y anuncia que Dios juzgará la maldad; nos guía a la verdad y nos comunica las cosas que vendrán; glorifica a Crist. El Espíritu Santo se ha mantenido activo entre las personas desde el principio de los tiempos, pero después de Pentecostés (Hechos 2) vino a vivir en todos los creyentes. Hay muchas personas que no se percatan de las actividades del Espíritu Santo; pero a quienes oyen las palabras de Cristo y entienden el poder del Espíritu, El les da una manera totalmente nueva de ver la vida.
 A veces la gente quisiera conocer el futuro a fin de prepararse para lo que ha de ser. Dios no ha querido darnos este conocimiento. Solo El sabe lo que sucederá, pero nos dice todo lo que tenemos que saber para prepararnos para el futuro. Cuando vivimos según sus normas, El no nos abandonará; vendrá a nosotros, estará en nosotros y se nos manifestará. Dios sabe lo que sucederá y, como El estará con nosotros en todo momento, no debemos temer. No es necesario que conozcamos el futuro para tener fe en Dios: debemos tener fe en El para estar seguros acerca del futuro.
12. El creyente verdadero tiene (no tendrá) vida eterna; no vida nada más mientras sea “fiel” - Juan 5:24
La "vida eterna" (vivir para siempre con Dios) comienza cuando uno acepta a Jesucristo como Salvador. En ese momento, se inicia la nueva vida dentro de uno (2Corintios 5:17). Constituye una obra total. Todavía uno ha de enfrentarse a la muerte física, pero cuando Cristo vuelva, nuestro cuerpo resucitará para vivir por siempre (1 Corintios 15).
13. Ya que todos los pecados son iguales para Dios, y no existen los pecados “grandes” y “pequeños”; si se perdiera la salvación por el pecado, ésta se perdería a cada momento por causa de cada mentira, o mal pensamiento, etc. - Romanos 3:23 “La paga del pecado [todo pecado] es muerte. . .”
Algunos pecados parecen ser mucho más grandes que otros porque sus consecuencias son mayores. El homicidio, por ejemplo, nos parece que es peor que el odio, y el adulterio al parecer es peor que la lujuria. Pero esto no significa que nos merecemos la vida eterna porque nuestros pecados son de menor envergadura. Cualquier pecado nos convierte en pecadores y nos aparta de nuestro Dios santo. Cualquier pecado, por lo tanto, conduce a la muerte (porque nos incapacita para vivir con Dios) por grande o pequeño que el pecado parezca. No minimice los pecados "pequeños" ni valore con exceso los "grandes". Todos nos separan de Dios, pero también todos pueden ser perdonados.
14. Si la salvación se pierde por “volver al pecado”, se crea incertidumbre porque ¿en qué momento se consideraría que una persona ha perdido su salvación? ¿Con cuántos pecados? y si “regresa”, ¿tiene que volver a “aceptar” a Cristo, o basta con simplemente pedir perdón?
15. La salvación no se pierde porque Cristo prometió un lugar junto a Él en el cielo, y cada lugar está preparado para un cristiano específico, y no solamente para “cualquiera” que se mantenga “fiel”. -
Juan 14:3
Las palabras de Jesús muestran que el camino a la vida eterna, a pesar de ser invisible, es seguro. Es tan seguro como lo es su confianza en Jesús. El ya ha preparado el camino a la vida eterna. El único asunto que tal vez quede sin resolver es su voluntad de creer.
16. Los nombres de los salvos están escritos en el libro de la vida desde antes de la fundación del mundo, y Dios no los está quitando y poniendo según su comportamiento -
Apocalipsis 3:5.
Vestido de "vestiduras blancas" significa puesto aparte para Dios y hecho puro. Cristo promete honor futuro y vida eterna a quienes se mantienen firmes en su fe. Los nombres de todos los creyentes están registrados en el libro de la vida. Este libro simboliza que Dios conoce a quienes le pertenecen. A los tales se le garantiza la inscripción en el libro de la vida que se presentará ante las huestes de los cielos como pertenencia de Cristo
17. La sangre de Cristo limpia de TODO pecado (los pecados de toda la vida) - 1 Juan 1:9
La confesión tiene el propósito de librarnos para que disfrutemos de la comunión con Cristo. Esto debiera darnos tranquilidad de conciencia y calmar nuestras inquietudes. Pero muchos cristianos no entienden cómo funciona eso. Se sienten tan culpables que confiesan los mismos pecados una y otra vez, y luego se preguntan si habrían olvidado algo. Otros cristianos creen que Dios perdona cuando uno confiesa sus pecados, pero si mueren con pecados no perdonados podrían estar perdido para siempre. Estos cristianos no entienden que Dios quiere perdonarnos. Permitió que su Hijo amado muriera a fin de ofrecernos su perdón. Cuando acudimos a Cristo, El nos perdona todos los pecados cometidos o que alguna vez cometeremos. No necesitamos confesar los pecados del pasado otra vez y no necesitamos temer que nos echará fuera si nuestra vida no está perfectamente limpia. Desde luego que deseamos confesar nuestros pecados en forma continua, pero no porque pensemos que las faltas que cometemos nos harán perder nuestra salvación. Nuestra relación con Cristo es segura. Sin embargo, debemos confesar nuestros pecados para que podamos disfrutar al máximo de nuestra comunión y gozo con El.
La verdadera confesión también implica la decisión de no seguir pecando. No confesamos genuinamente nuestros pecados delante de Dios si planeamos cometer el pecado otra vez y buscamos un perdón temporal. Debemos orar pidiendo fortaleza para derrotar la tentación la próxima vez que aparezca.





RAZONES POR LAS QUE NO SE PIERDE LA SALVACIÓN. (1PARTE)

   

 1. Porque el cristiano está sellado con el Espíritu Santo para el día de la redención - Efesios 1:13-14 El Espíritu Santo es el sello de Dios de que le pertenecemos y su depósito o arras nos garantiza de que El hará lo prometido. El Espíritu Santo es un anticipo, un depósito, una firma válida en un contrato. Su presencia en nuestras vidas ratifica que tenemos una fe genuina y prueba que somos hijos de Dios. Ahora su poder obra en nosotros la transformación de nuestras vidas y es un adelanto del cambio total que experimentaremos en la eternidad.

2. Porque nadie lo puede arrebatar de la mano de Cristo, ni de la mano del Padre - Juan 10:28-29 Del mismo modo que un pastor protege sus ovejas, Jesús protege a su pueblo del daño eterno. A pesar de que es de esperar que los creyentes sufran en la tierra, Satanás no puede dañar sus almas ni quitarles su vida eterna con Dios. Existen muchas razones para sentir temor aquí en la tierra porque este es territorio del diablo. Pero si decidimos seguir a Jesús, El nos dará seguridad eterna.

 3. Porque la vida obtenida en el nuevo nacimiento es de Dios, y por tanto, ya no puede morir - Juan 3:3,5; Romanos 6:9-11
Debido a nuestra unión e identificación con Cristo, ya no estamos atados a esos viejos motivos, deseos y metas. Así que considerémonos según lo que Dios ha hecho en nosotros. Tenemos un nuevo comienzo y el Espíritu Santo nos ayudará a transformarnos cada día en lo que Cristo ha declarado que somos.

4. La salvación se obtiene por fe, no por obras, y se conserva de la misma manera, por la fe -
Efesios 2:8-9; Colosenses 2:6
Llegamos a ser cristianos mediante el don inmerecido de Dios, no como el resultado de algún esfuerzo, habilidad, elección sabia o acto de servicio a otros de nuestra parte. Sin embargo, como gratitud por este regalo, buscamos servir y ayudar a otros con cariño, amor y benevolencia y no simplemente para agradarnos a nosotros mismos. Si bien ninguna acción u "obra" nos puede ayudar para obtener la salvación, la intención de Dios es que nuestra salvación resulte en obras de servicio. No somos salvos solo para nuestro beneficio, sino para el de El, para glorificarle y edificar la Iglesia.
Aceptar a Cristo como Señor de su vida es el comienzo de la vida con Cristo. Pero debe continuar siguiendo a sus líderes para arraigarse, edificarse y fortalecerse en su fe. Cristo desea guiarlo y ayudarlo cada día en sus problemas. Usted puede vivir para Cristo al: (1) dedicar su vida y someterse a su voluntad (Romanos 12:1-2); (2) buscar aprender de El, de su vida y de sus enseñanzas (Romanos 3:16); y (3) reconocer el poder del Espíritu Santo en usted.

5. La salvación es un regalo de Dios, y nadie que da un regalo lo vuelve a quitar; y por supuesto, Dios menos - Romanos 6:23
La vida eterna es un regalo de Dios. Si es un regalo, no podemos ganarlo ni pagar por él. Sería insensato recibir un regalo por amor y ofrecer pagarlo. El que recibe un regalo no puede comprarlo. Lo correcto cuando se nos ofrece un regalo es aceptarlo con agradecimiento. Nuestra salvación es un regalo de Dios, no algo que hemos hecho nosotros (Efesios 2:8-9). El nos salvó por su misericordia, no por lo que hayamos hecho (Tito 3:5). Debemos aceptar con acción de gracias el regalo que generosamente Dios nos ha regalado.

6. Cristo nunca rechazará a los que ha recibido -
Juan 6:37
Jesús no obraba independientemente de Dios el Padre, sino con El. Esto debiera darnos mayor seguridad de ser aceptos en la presencia de Dios y protegidos por El. El propósito de Jesús era hacer la voluntad de Dios, no satisfacer sus deseos humanos. Debiéramos tener el mismo propósito.

7. Porque se invalidaría el bautismo, ya que el bautismo es para creyentes - Mateo 28:19
Los discípulos debían bautizar personas porque el bautismo une al creyente con Jesús en su muerte por el pecado y su resurrección a una vida nueva. El bautismo muestra sumisión a Cristo y disposición a vivir en la forma que Dios quiere.

8. Si el cristiano pudiera perder su salvación, entonces debería poder ser salvo otra vez; lo cual es imposible, porque sería como volver a crucificar a Cristo -
Hebreos 6:6
Este versículo señala el peligro de los obreros cristianos que retornaban al judaísmo y que, por lo tanto, cometían apostasía. Hoy algunos aplican este versículo a los creyentes superficiales que renuncian a su cristianismo, o a incrédulos que están a punto de apropiarse de la salvación y luego se apartan. Sea como sea, quienes rechazan a Cristo no serán salvos. Cristo murió una vez para siempre. No será crucificado nuevamente. Aparte de su cruz, no hay otra forma posible de salvación. Sin embargo, el autor no cree que sus lectores estén en peligro de renunciar a Cristo. El nos advierte contra la dureza de corazón que haría inconcebible el arrepentimiento para el pecador.

9. Cristo murió por todos los pecados, no solamente por aquellos cometidos hasta antes de ser salvo -
Colosenses 2:13-14
Antes de creer en Cristo, nuestra naturaleza era mala. Desobedecíamos, nos rebelábamos e ignorábamos a Dios (no podíamos amarlo con todo el corazón. El cristiano, no obstante, tiene una nueva naturaleza. Dios ha crucificado la antigua naturaleza rebelde (Romanos 6:6) y la reemplaza con una nueva naturaleza amorosa (Romanos 3:9-10). La paga del pecado se cumplió con Cristo en la cruz. Dios nos declara no culpables y no necesitamos vivir bajo el poder del pecado. Dios no nos saca del mundo para convertirnos en robots, todavía nos seguiremos sintiendo pecadores y algunas veces pecaremos. La diferencia radica en que antes de que fuéramos salvos fuimos esclavos de nuestra naturaleza pecaminosa, pero ahora somos libres de vivir para Cristo.
  El acta de los decretos que fue cancelada trataba de la demanda de las leyes del Antiguo Testamento. La Ley impuesta demandaba el pago de nuestros pecados. Aunque ninguno podía ser salvo por guardar meramente esos decretos, la verdad moral y los principios del Antiguo Testamento aún hoy nos enseñan y guían.

  Podemos disfrutar de nuestra vida en Cristo porque nos hemos unido a El en su muerte y su resurrección. Nuestros malos deseos, nuestra esclavitud al pecado y nuestro amor por el pecado murieron con El. Unidos con Cristo en su resurrección, podemos disfrutar de compañerismo inquebrantable con Dios y libertad del pecado. Nuestra deuda por el pecado ha sido pagada completamente, nuestros pecados han sido puestos a un lado y olvidados por Dios; y podemos ser limpios y nuevos. Para ampliar lo relacionado con la diferencia entre la nueva vida en Cristo y la vieja naturaleza pecaminosa. 


martes, 3 de mayo de 2016

LIBRES POR LA OBRA DE CRISTO

Hebreos 2:14  Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo,
 15  y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.

Juan 8; 36 Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

  El que fue manifestado ser “Capitán (Guía, Jefe) de la salvación” para los “muchos hijos”, confiando y sufriendo como ellos, debe por tanto venir a ser hombre como ellos, para que su muerte sea eficaz para. El elemento interior y más importante, la sangre, como vehículo más inmediato del alma, se pone antes del elemento más palpable, la carne; también, con referencia al vertimiento de la sangre de Cristo, para consumar el cual Él entró en comunión con nuestra vida corpórea. “La vida de la carne está en la sangre; es la sangre la que hace propiciación por el alma” (Levitico 17:11).
    “Jesús, sufriendo la muerte, venció; Satanás, sembrando la muerte, sucumbió”   Así como David cortó la cabeza a Goliat con la misma espada del gigante con la cual éste solía ganarse las victorias. Viniendo para redimir al hombre, Cristo se hizo en cierto sentido el lazo para destruír al diablo; porque en Él había su humanidad para atraer hacia sí al devorador, su divinidad para traspasarlo, su aparente debilidad para provocarlo, poder escondido para fulminar al hambriento destruidor. Dice el epigrama latino: “Mors mortis morti mortem nisi morte tulisset, Aeternae vitae janua clausa foret”. Si la muerte mediante la muerte no hubiese llevado a muerte la muerte de la muerte, la puerta de la vida eterna hubiera sido cerrada.  “Para hacer cesar al enemigo, y al que se venga” (Salmo 8:2). El mismo verbo griego se emplea en 2Timoteo 1:10: “Abolió la muerte”. No hay muerte ya para los creyentes. Cristo implanta en ellos simiente inmortal, el germen de la inmortalidad celestial, aunque los creyentes tienen que sufrir la muerte natural.  Satanás es, “fuerte” (Mateo 12:29).   
La muerte misma es un poder que, una vez extraña a la naturaleza humana, ahora se enseñorea de ella (Romanos  5:12; Romanos 6:9). El poder que la muerte tiene lo maneja Satanás. El autor del pecado es el autor de las consecuencias del pecado. Compáremos “toda fuerza del enemigo” (Lucas 10:19). Satanás adquirió sobre el hombre (por la ley de Dios, Genesis 2:17; Romanos 6:23) el poder de la muerte mediante el pecado del hombre, siendo la muerte el verdugo del pecado, y el hombre el “cautivo lícito” de Satanás.
Jesús, muriendo, ha hecho suyo aquel morir (Romanos 14:9), y así ha quitado la presa al poderoso. El poder de la muerte era manifiesto; quien manejaba dicho poder, escondido bajo el mismo, se declara aquí, a saber, Satanás. “Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” dejando a los hombres “súbditos de servidumbre”; no meramente expuestos a ella, sino encadenados en ella (Romanos 8:15; Galatas 5:1). 
La servidumbre”, dice Aristóteles’ “es vivir como uno no elige; “la libertad, vivir como uno escoge”.
Cristo, al librarnos de la maldición divina contra nuestro pecado, ha quitado a la muerte todo aquello que la hacía formidable. La muerte, vista aparte de Cristo, no puede sino horrorizar al pecador si éste se atreve a pensar en ella.
Los ángeles cayeron y quedaron sin esperanza ni socorro. Cristo nunca concibió ser el Salvador de los ángeles caídos, por tanto, no asumió la naturaleza de ellos; la naturaleza de los ángeles no podía ser sacrificio expiatorio por el pecado del hombre. Aquí hay un precio pagado, suficiente para todos, y apto para todos, porque fue en nuestra naturaleza. Aquí se demuestra el amor maravilloso de Dios, porque cuando Cristo supo lo que debía sufrir en nuestra naturaleza y cómo debía morir en ella, la asumió prestamente. La expiación dio lugar a la liberación de su pueblo de la esclavitud de Satanás, y al perdón de sus pecados por la fe. Los que temen la muerte y se esfuerzan por sacar lo mejor de sus terrores, no sigan intentando superarlos o ahogarlos, que no sigan siendo negligentes o se hagan malos por la desesperación. No esperen ayuda del mundo ni de los artificios humanos, pero busquen el perdón, la paz, la gracia y la esperanza viva del cielo por fe en el que murió y resucitó, para que así puedan superar el temor a la muerte.
El recuerdo de nuestras tristezas y tentaciones hace que Cristo se interese por las pruebas de su pueblo y esté listo para ayudarnoss. Él está pronto y dispuesto a socorrer a quienes son tentados y le buscan. Se hizo hombre, y fue tentado, para que fuera apto en toda forma para socorrer a su pueblo, habiendo pasado Él por las mismas tentaciones, pero siguiendo perfectamente libre de pecado. Entonces, que el afligido y el tentado no desesperen ni den lugar a Satanás, como si las tentaciones hicieran que fuese malo acudir en oración al Señor. Ningún alma pereció jamás siendo tentada, si desde su verdadera alarma por el peligro, clamó al Señor con fe y esperanza de alivio. Este es nuestro deber en cuanto somos sorprendidos por las tentaciones y queremos detener su avance, lo que es nuestra sabiduría.
  Jesucristo tenía que ser humano ("carne y sangre") para que pudiera morir y resucitar a fin de destruir el poder del diablo sobre la muerte (Romanos 6:5-11). Solo entonces Cristo podría librar a quienes teníamos un constante temor por la muerte a fin de que vivieramos para El. Cuando somos de Dios, no tenemos por qué temer a la muerte, porque sabemos que esa es la única puerta de entrada a la vida eterna (1 Corintios 15).

  La muerte y resurrección de Cristo nos libra del temor a la muerte porque esta ha sido derrotada. Toda persona morirá; pero la muerte no es el destino final, sino la puerta de entrada a una nueva vida. Todos los que temen la muerte deben tener la oportunidad de conocer la esperanza que nos brinda la victoria de Cristo. ¿Cómo puede anunciar esa verdad a los que están cerca de usted?

  La muerte expiatoria de Cristo hizo al diablo ineficaz en sus artimañas contra los creyentes que han pasado de muerte a vida  (Colosenses 1:13; 1 Juan 3:14).

El propósito último de la encarnación de Cristo era la destrucción del diablo y la liberación del temor de la muerte  (1Corintios 15:54-57). La destrucción de Satanás no significa que éste es aniquilado, sino que se anula su poder en las vidas de aquellos que se consagran a Cristo.
El pecado busca la manera de esclavizarnos, controlarnos, dominarnos y dictar nuestros actos.
Tú que lees esto, la Palabra de Dios en la Biblia nos enseña qué: Jesús puede liberarte de esa esclavitud que te impide ser la persona que Dios tuvo en mente al crearte. Si el pecado te limita, te domina o te esclaviza, Jesús puede destruir el poder que el pecado tiene sobre tu vida.
Cristo habló de libertad espiritual, pero los corazones carnales no sienten otros pesares aparte de los que molestan al cuerpo y perturban sus asuntos mundanos. Si se les habla de su libertad y propiedad, del despilfarro perpetrado en sus tierras o del daño infligido a sus casas, entenderán muy bien, pero si se les habla de la esclavitud del pecado, de la cautividad con Satanás y de la libertad por Cristo, del mal hecho a sus preciosas almas, y el riesgo de su bienestar eterno, entonces llevamos cosas raras a sus oídos. Jesús nos recordó claramente que el hombre que practica cualquier pecado es, efectivamente, un esclavo de pecado, como era el caso de la mayoría de nosotros. 
Cristo nos ofrece libertad en el evangelio; tiene poder para darla, y aquellos a quienes Cristo nos hace libres, realmente lo somos. Sin embargo, a menudo vemos a las personas que debaten sobre libertades de toda clase mientras son esclavos de alguna lujuria pecaminosa.
La libertad para pecar no es libertad, porque nos esclaviza a Satanás, a otros o a nuestra propia naturaleza pecaminosa. Los cristianos, por el contrario, no debieran ser esclavos del pecado porque tienen la libertad para hacer lo correcto y glorificar a Dios por medio del servicio amoroso a otros.
El estado o condición en que hemos sido llamados a la salvación, es un estado de libertad. La libertad evangélica consiste en tres cosas: libertad del yugo mosaico, del pecado y del temor servil. No démos a la carne el pretexto para su indulgencia que ella ansiosamente busca; no permitamos que la carne haga de la “libertad” cristiana un pretexto para su indulgencia.
Si tenemos que ser siervos, entonces seamos siervos unos a otros, en amor. Mientras que estamos libres en cuanto al legalismo, estamos obligados por el Amor a servirnos unos a otros.
El espíritu y la carne se excluyen mutuamente el uno al otro. No se nos ha prometido que no tendremos malas concupiscencias, sino que “no las debemos satisfacer”. Si el espíritu que habita en nosotros puede estar tranquilo bajo el pecado, no es un espíritu que venga del Espíritu Santo. La paloma inocente tiembla al ver aun una pluma del halcón. 
Seamos pues obedientes a la Palabra de Dios en la Biblia, la cual nos enseña a caminar en medio de este mundo.
Una persona es esclava de aquello que la domina. Muchos creen que libertad es hacer todo lo que uno quiere. Pero nadie es siempre totalmente libre en ese sentido. Si nos negamos a seguir a Dios, seguiremos nuestros propios deseos pecaminosos y seguiremos esclavos de los caprichos de nuestro cuerpo.
Antes de nacer de nuevo por gracia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, estaba esclavizado bajo el imperio de Satanás. Ese imperio o poderio sobre el hombre no se lo dio Dios sino que fue el hombre cuando desobedecio a Dios quien le otorgó al diablo un dominio legal sobre el ser humano. Recordemos que la paga del pecado, desobediencia a Dios, es la muerte; pues bien, al pecar el hombre voluntariamente, cambió de bando y se alió con Satanás. Escuchó la mentira de supuesta libertad que ofrecia el tentador para caer en su imperio. Ese imperio de la muerte se trasmite por los genes y todos hemos nacido bajo ese yugo de esclavitud. Todos a excepción del Hijo de Dios que se hizo hombre precisamente para poner fin a ese imperio que nos tenía encarcelados. Jesucristo vino a morir por la raza humana, pero no toda le acepta como Salvador y Señor. 
Cuando recibimos la fe para creer en Cristo y nos arrepentimos, Dios pone en nosotros una nueva vida espiritual; esa nueva vida está libre de aquella esclavitud. Ahora cada nacido de nuevo tiene libertad para obedecer y seguir a Cristo; tiene el poder del Espíritu Santo con el cual ha sido sellado para seguir los princios de Dios.
Pero ha quedado una tendencia en nuestra mente carnal que nos empuja a pecar. Esta es la lucha que mantendremos mientras no lleguemos a ser glorificados.
Si alimentamos nuestro espíritu con la Palabra de Dios en la Biblia, el Espíritu Santo que mora en nosotros nos fortalece para resistir las tentaciones propias y los dardos del enemigo. De squello con que nos alimentemos estaremos madurando o para el Espíritu o para la carne.
Si sometemos nuestra vida a Cristo, El nos librará de la esclavitud de lo que el cuerpo desea. Cristo nos libra para que le sirvamos, lo que viene a resultar en última instancia para nuestro bien.
Cristo murió para libertarnos del pecado y de una lista interminable de leyes y regulaciones. Cristo vino para liberarnos, no para hacer lo que queramos, lo que nos llevaría nuevamente a la esclavitud de nuestros deseos egoístas. Si no que, gracias a Cristo, somos libres y ahora estamos en condiciones de hacer lo que antes era imposible: vivir libre del egoísmo. Aquellos que apelan a su libertad para hacer lo que gusten o ser indulgentes con sus deseos, están cayendo en las garras del pecado. ¿Usas tu libertad para tí mismo o en favor de otros?
 ¿Entendemos la responsabilidad que tenemos para cuidar nuestra vida delante de Dios?
Porque vamos a dar cuenta de las veces que hemos desobedecido la voz de Dios. 
La plena redención qué Cristo nos ha prometido será cumplida cuando Él muy pronto venga. Nuestra transformación a la imagen de Cristo sera efectiva; toda la herencia que Dios prometió a traves de su Hijo se cumplirá en ese momento. Cristo vendrá a por todos los que le esperamos. 
¿Estamos esperando la segunda venida de Cristo? ¿Como la estamos esperando? Con resignación, o con ansia. Aunque somos creyentes, algunos están afanados y turbados por las cosas terrenales, porque no tienen anhelo en las cosas de Dios.
Dios nos habla de esa venida, mientras unos esperan esa venida, otros anhelamos con ansia su venida, porque esta vida no tiene sentido tal y como es actualmente.
¿Que estas haciendo mientras Cristo no viene? Vas sobrellevando como puedes o involucrado en el servicio a Dios, purificandote. Si estás anhelando Su venida, estarás caminando en el proceso de santificación; madurando espiritualmente.
Haz una reflexión: de las 24 horas del día ¿cuantas horas dedicas a tu vida espiritual?
El regreso de Cristo será como un abrir y cerrar de ojos. La Palabra de Dios en la Biblia nos encomienda trstificar la Verdad de Dios; en comunión con Dios, conocedor de Dios para poder responder a las preguntas que nos hacen. 
¿Pero que ha pasado con los creyentes para estar aletargados en el ministerio del asiento? 
Servir a Dios es un privilegio y cuanto más conocemos y escuchamos la voz de Dios en su Palabra más nos purificamos para ser instrumentos suyos. La vida espiritual comienza por uno mismo es personal; la responsabilidad es unipersonal. Se cumplirá todo lo que Dios ha prometido, pero acuérdate que también le daremos cuentas para recibir cada cual su galardón.


¡Maranatha! ¡Si, ven Señor Jesús!