jueves, 7 de julio de 2016

LA PERFECCIÓN


        El concepto de perfección se expresa en hebreo con términos derivados de verbos tales como ka·lál (perfeccionar; compárese con Eze 27:4), scha·lám (quedar completo; compárese con Isa 60:20) y ta·mám (completar; llegar a la perfección; compárese con Sl 102:27; Isa 18:5). En las Escrituras Griegas Cristianas se emplean las palabras té·lei·os (adjetivo), te·lei·ó·tes (nombre) y te·lei·ó·o (verbo) para comunicar ideas como: llevar a la perfección o alcanzar la plenitud (Lu 8:14; 2Co 12:9; Snt 1:4); ser una persona desarrollada físicamente, adulta o madura (1Co 14:20; Heb 5:14), y haber alcanzado el objetivo, propósito o meta conveniente o señalada. (Jn 19:28; Flp 3:12.)

La importancia del punto de vista correcto.
Para entender correctamente la Biblia, no se debe incurrir en el error común de pensar que todo lo que se llama “perfecto” lo es en sentido absoluto, es decir, a un grado infinito o ilimitado. La perfección en sentido absoluto tan solo corresponde al Creador, Jehová Dios. Debido a esto, Jesús pudo decir de su Padre: “Nadie es bueno, sino uno solo, Dios”. (Mr 10:18.) Jehová es incomparable en su excelencia, merecedor de toda alabanza, supremo en sus magníficas cualidades y poderes, a tal grado, que “solo su nombre es inalcanzablemente alto”. (Sl 148:1-13; Job 36:3, 4, 26; 37:16, 23, 24; Sl 145:2-10, 21.) Moisés alabó la perfección de Dios, diciendo: “Porque yo declararé el nombre de Jehová. ¡Atribuyan ustedes grandeza, sí, a nuestro Dios! La Roca, perfecta es su actividad, porque todos sus caminos son justicia. Dios de fidelidad, con quien no hay injusticia; justo y recto es él”. (Dt 32:3, 4.) Todos los caminos, palabras y leyes de Dios son perfectos, refinados y no tienen falta o defecto. (Sl 18:30; 19:7; Snt 1:17, 25.) Nunca podría presentarse una causa justa contra Dios, criticar o censurar sus obras; más bien, siempre se le debe alabanza. (Job 36:22-24.)

Toda otra perfección es relativa.
 La perfección de cualquier otra persona o cosa es relativa, no absoluta (compárese con Sl 119:96); es decir, una cosa es “perfecta” en relación con el propósito o fin para el que su diseñador o hacedor la designa, o el uso al que la destina su receptor o usuario. El significado mismo de perfección requiere que haya quien decida cuándo algo está “completo”, las normas de excelencia, los requisitos que han de satisfacerse, así como los detalles que son esenciales. En última instancia, Dios, el Creador, es el Árbitro supremo de la perfección, Aquel que fija las normas de acuerdo con sus propósitos e intereses justos. (Ro 12:2)
Veamos un ejemplo: el planeta Tierra fue una de las creaciones de Dios, y al final de los seis ‘días’ creativos Dios declaró el resultado: “muy bueno”. (Gé 1:31.) Satisfacía sus normas supremas de excelencia, por consiguiente, era perfecto. Sin embargo, después de esto Dios asignó al hombre a ‘sojuzgar la tierra’, en el sentido de cultivarla y hacer que toda ella, no solo el Edén, fuese un jardín de Dios. (Gé 1:28; 2:8.)
La tienda o tabernáculo que se levantó en el desierto por mandato de Dios y de acuerdo con sus especificaciones, fue un tipo o modelo profético en pequeña escala de una “tienda más grande y más perfecta”; el Santísimo de aquella tienda es la residencia celestial de Jehová, en la que Cristo Jesús entró como Sumo Sacerdote. (Heb 9:11-14, 23, 24.) La tienda terrestre fue perfecta, pues satisfizo los requisitos de Dios y sirvió para el fin designado. No obstante, una vez que cumplió el propósito de Dios, dejó de utilizarse. La tienda representaba algo de una perfección mucho mayor.
A la ciudad de Jerusalén, con el monte Sión, se la llamó la “perfección de belleza”. (Lam 2:15; Sl 50:2.) Estas palabras no significan que hasta el más mínimo detalle de la ciudad fuese de una belleza sublime, sino que su belleza provenía del esplendor que Dios le había conferido al convertirla en capital de sus reyes ungidos y sede de su templo. (Eze 16:14.) También se representa a la próspera ciudad comercial de Tiro como un barco cuyos constructores —los que trabajaban para enriquecerla— habían ‘perfeccionado su belleza’, y la habían llenado con lujosos productos de muchas tierras. (Eze 27:3-25.)
Por lo tanto, en cada caso se debe examinar el contexto para determinar el sentido que se da a la palabra perfección.

La perfección de la ley mosaica.
 La Ley que se dio a Israel a través de Moisés incluía entre sus disposiciones la institución de un sacerdocio y las ofrendas de sacrificios de animales. Como muestra el apóstol Pablo bajo inspiración, aunque la Ley provenía de Dios, por lo que era perfecta, ni la Ley ni el sacerdocio ni los sacrificios mismos hicieron perfectos a los que se esforzaban por cumplirla. (Heb 7:11, 19; 10:1.) En lugar de libertar del pecado y la muerte, en realidad hizo más patente el pecado. (Ro 3:20; 7:7-13.) No obstante, todas estas disposiciones divinas cumplieron con el propósito designado por Dios: la Ley sirvió de “tutor” para conducir a los hombres al Cristo, fue una “sombra [perfecta] de las buenas cosas por venir”. (Gál 3:19-25; Heb 10:1.) Por consiguiente, cuando Pablo habla de la “incapacidad de parte de la Ley, en tanto que era débil a causa de la carne” (Ro 8:3), es obvio que se refiere —como explica Hebreos 7:11, 18-28— a la incapacidad del sumo sacerdote judío (que era quien, según la Ley, se encargaba de los sacrificios y entraba en el Santísimo el Día de Expiación con la sangre del sacrificio) de “salvar completamente” a quienes servía. Aunque el ofrecer sacrificios por medio del sacerdocio aarónico permitió que el pueblo tuviera una posición aprobada ante Dios, esto no les libró por completo (es decir, a la perfección) de la conciencia del pecado. El apóstol se refiere a este aspecto cuando dice que los sacrificios de expiación no pueden “perfeccionar a los que se acercan”, es decir, perfeccionarlos respecto a su conciencia. (Heb 10:1-4; compárese con Heb 9:9.) El sumo sacerdote no podía proporcionar el precio de rescate necesario para una verdadera redención del pecado. Solo el servicio sacerdotal perdurable de Cristo y su sacrificio pueden lograrlo. (Heb 9:14; 10:12-22.)
La Ley era “santa”, ‘buena’, “excelente” (Ro 7:12, 16), y todo el que pudiera cumplir a plenitud con esta Ley perfecta sería perfecto y merecedor de vida. (Le 18:5; Ro 10:5; Gál 3:12.) Por esta misma razón, la Ley trajo condenación y no vida, no porque no fuese buena, sino a causa de la naturaleza imperfecta y pecaminosa de los que estaban bajo ella. (Ro 7:13-16; Gál 3:10-12, 19-22.) La Ley perfecta puso de manifiesto la imperfección de ellos y su pecaminosidad. (Ro 3:19, 20; Gál 3:19, 22.) A este respecto, también sirvió para identificar a Jesús como el Mesías, pues fue el único capaz de observar toda la Ley, con lo que demostró que era un hombre perfecto. (Jn 8:46; 2Co 5:21; Heb 7:26.)

La perfección de la Biblia.
 Las Sagradas Escrituras constituyen el mensaje perfecto, refinado, puro y verdadero de Dios. (Sl 12:6; 119:140, 160; Pr 30:5; Jn 17:17.) Aunque con el transcurso de los siglos se han hecho numerosísimas copias de los escritos originales que han introducido algunas variaciones, es un hecho reconocido que dichas variaciones son de menor importancia, de tal modo que aun si las traducciones modernas de la Biblia no fuesen absolutamente perfectas, sí lo sería el mensaje divino que contienen.
Es posible que para algunas personas la Biblia sea un libro más difícil de leer que otros, que requiere mayor esfuerzo y concentración; hasta puede que encuentren pasajes que no entienden. Puede que algunas personas más críticas insistan en que, para ser perfecta, ni siquiera deberían existir diferencias menores o lo que, según sus criterios, parecen ser inconsecuencias. Sin embargo, ni unas ni otras restan perfección a las Santas Escrituras, pues la verdadera medida de su perfección radica en que alcance las normas de excelencia fijadas por Jehová Dios, cumpla con el propósito para el que él, su Autor, la ha destinado y que, por ser la Palabra publicada del Dios de la verdad, esté libre de falsedades. El apóstol Pablo puso de relieve la perfección de “los santos escritos” al decir: “Toda Escritura es inspirada de Dios y provechosa para enseñar, para censurar, para rectificar las cosas, para disciplinar en justicia, para que el hombre de Dios sea enteramente competente y esté completamente equipado para toda buena obra”. (2Ti 3:15-17.) Lo que las Escrituras Hebreas hicieron a favor de los israelitas cuando las observaron, lo que el conjunto de las Escrituras logró en provecho de la congregación cristiana durante el siglo primero y lo que la Biblia puede hacer hoy en pro de las personas, todo esto es de por sí una prueba convincente de sus cualidades como un instrumento ideal de Dios para llevar a cabo Su propósito
El contenido mismo de las Escrituras, incluidas las enseñanzas del Hijo de Dios, tiene por finalidad que el entendimiento del propósito de Dios, el que se haga su voluntad y se obtenga la salvación dependan fundamentalmente del corazón de la persona. (1Sa 16:7; 1Cr 28:9; Pr 4:23; 21:2; Mt 15:8; Lu 8:5-15; Ro 10:10.) La Biblia se destaca por su capacidad para “discernir pensamientos e intenciones del corazón”, y así poner al descubierto la verdadera condición interior de la persona. (Heb 4:12, 13.) También muestra claramente que el conocimiento de Dios no puede adquirirse sin esfuerzo.   También es un hecho evidente que Dios ha revelado sus designios a las personas humildes y no a los altivos, porque ‘hacerlo así vino a ser la manera que él mismo aprobó’. (Mt 11:25-27; 13:10-15; 1Co 2:6-16; Snt 4:6.) En consecuencia, el hecho de que una persona cuyo corazón no responde al mensaje de la Biblia encuentre en las Escrituras razones que, en su opinión, justifican que rechace su mensaje, censura y disciplina, no significa que la Biblia sea imperfecta. Demostraría, más bien, la veracidad de los razonamientos bíblicos expuestos antes y que la Biblia, desde el único punto de vista válido, el de su Autor, es perfecta. (Isa 29:13, 14; Jn 9:39; Hch 28:23-27; Ro 1:28.) El tiempo y la experiencia práctica demuestran que aquellas cosas relacionadas con la Palabra de Dios, que son ‘necias’ o ‘débiles’ para los sabios de este mundo, encierran una sabiduría y poder superiores a las teorías, puntos de vista filosóficos y razonamientos de sus detractores humanos. (1Co 1:22-25; 1Pe 1:24, 25.)
Para entender y apreciar la perfecta Palabra de Dios, la fe sigue siendo un requisito esencial. Puede que una persona piense que ciertos detalles y explicaciones deberían estar en la Biblia, a fin de revelar por qué en determinados casos Dios aprobó o desaprobó acciones concretas o por qué actuó de una manera en particular; puede que también piense que hay otras explicaciones en la Biblia que son superfluas. No obstante, es de rigor reconocer que si la Biblia se conformara a criterios humanos como los suyos, no sería entonces perfecta desde el punto de vista de Dios. Esa actitud equivocada queda de manifiesto en la declaración de Jehová respecto a la superioridad de sus pensamientos y caminos en comparación con los del hombre, y por su afirmación de que su palabra “tendrá éxito seguro” en el cumplimiento de su propósito. (Isa 55:8-11; Sl 119:89.) Este es el sentido de la palabra perfección, tal como muestran las definiciones que aparecen al comienzo de este artículo.

Perfección y libre albedrío.
La información que ya se ha considerado sienta la base para entender que hasta las criaturas perfectas de Dios podían ser desobedientes. Pensar que la desobediencia no podría darse en una criatura perfecta presupone desconocer el significado del término, sustituyéndolo por un concepto personal que es contrario a los hechos. Dios ha facultado a las criaturas inteligentes con libre albedrío: el privilegio y la responsabilidad de decidir por sí mismas el proceder que deben seguir. (Dt 30:19, 20; Jos 24:15.) Este fue el caso de la primera pareja humana, lo que hizo posible que pudiera ponerse a prueba su devoción a Dios. (Gé 2:15-17; 3:2, 3.) Como su Hacedor, Jehová sabía con qué facultades los había dotado, y las Escrituras dejan claro que deseaba una adoración y un servicio que emanaran de mentes y corazones movidos por amor genuino, no una obediencia mecánica, como de autómatas.   Si Adán y su esposa no hubiesen tenido libre albedrío, no habrían satisfecho los requisitos de Dios, ni habrían sido completos o perfectos según Sus normas.
Ha de recordarse que en lo que tiene que ver con el hombre, la perfección es relativa y está circunscrita al ámbito humano. Aunque Adán fue creado perfecto, no podía traspasar los límites que el Creador le había fijado, ni podía, por ejemplo, comer tierra, piedras o madera, sin sufrir las consecuencias. Si intentaba respirar agua en lugar de aire, se ahogaría. De manera similar, si permitía que su mente y corazón se alimentaran con pensamientos incorrectos, llegaría a abrigar deseos insanos y, por último, pecaría y moriría. (Snt 1:14, 15; compárese con Gé 1:29; Mt 4:4.)
Está claro que los factores determinantes son la voluntad y selección personales. Si insistiéramos en que un hombre perfecto no puede adoptar un mal proceder cuando hay una cuestión moral de por medio, ¿no deberíamos, por la misma razón, argüir también que una criatura imperfecta no podría adoptar un proceder correcto si tuviese que decidir sobre esa misma cuestión moral? Sin embargo, hay criaturas imperfectas que sí han adoptado un proceder correcto en asuntos morales que implican obediencia a Dios y hasta han escogido ser perseguidos antes que transigir, mientras que al mismo tiempo hay quienes escogen hacer lo que saben que es incorrecto. Por consiguiente, no todas las malas acciones pueden justificarse con la imperfección humana. De nuevo, los factores determinantes son la voluntad y la selección personal. Asimismo, en el caso del primer hombre, la perfección humana por sí sola no garantizaba una conducta recta, sino el ejercicio de su libre albedrío y la facultad de selección, impulsados ambos por el amor a su Dios y a lo que es recto. (Pr 4:23.)

El primer pecador y el rey de Tiro.
Como muestran las palabras de Jesús en Juan 8:44 y lo que revela el capítulo 3 de Génesis, el pecado y la imperfección en el ámbito humano fue antecedido por un proceso semejante en el ámbito de las criaturas celestiales. Aunque la endecha que se halla en Ezequiel 28:12-19 se dirige al “rey de Tiro”, debe ser un reflejo del comportamiento paralelo al del primer hijo celestial de Dios que pecó. La vanidad del “rey de Tiro”, el que se erigiera a sí mismo en ‘dios’, el que se le llame “querubín” y la referencia al “Edén, el jardín de Dios”, son datos que corresponden a lo que la Biblia dice en relación con Satanás el Diablo: que se hinchó de orgullo, estuvo relacionado con la serpiente edénica y se le llama “el dios de este sistema de cosas”. (1Ti 3:6; Gé 3:1-5, 14, 15; Rev 12:9; 2Co 4:4.)
El anónimo “rey de Tiro”, que residía en una ciudad sobre la que se afirmaba que era “perfecta en belleza”, estaba él mismo “lleno de sabiduría y [era] perfecto [adjetivo derivado del heb. ka·lál] en hermosura” y estaba “exento de falta [heb. ta·mím]” en sus caminos desde que se le creó hasta que la iniquidad se halló en él. (Eze 27:3; 28:12, 15.) Esta endecha puede que tenga su primer cumplimiento en la dinastía de reyes tirios, no en un rey en concreto. En ese caso, puede que la endecha haga alusión a las relaciones amistosas y de cooperación que la dinastía de reyes tirios mantuvo con David y Salomón durante sus respectivos reinados, cuando incluso contribuyeron a la edificación del templo de Jehová en el monte Moria. Por lo tanto, al principio no hubo nada que reprochar a la postura oficial del gobierno tirio hacia Israel, el pueblo de Jehová. (1Re 5:1-18; 9:10, 11, 14; 2Cr 2:3-16.) Sin embargo, otros reyes posteriores abandonaron esa postura ‘intachable’, ‘exenta de falta’, y Tiro fue condenada por Joel, Amós y Ezequiel, los profetas de Dios. (Joe 3:4-8; Am 1:9, 10.) Al margen de la evidente similitud entre el comportamiento del “rey de Tiro” y el del principal Adversario de Dios, esta profecía es un ejemplo más de cómo las expresiones “perfección” y “exento de tacha” pueden emplearse en sentido relativo.

¿Cómo es posible decir que los siervos imperfectos de Dios fueron “exentos de falta”?
El justo Noé fue “exento de falta entre sus contemporáneos”. (Gé 6:9.) Job era un hombre “sin culpa y recto”. (Job 1:8.) Se emplean expresiones similares al hablar de otros siervos de Dios. Como todos eran descendientes del pecador Adán, y por consiguiente pecadores, es obvio que tales hombres se hallaban ‘exentos de falta y sin culpa’ en el sentido de que estaban a la altura de lo que Dios requería de ellos, y lo que Dios requería de ellos tenía en cuenta sus limitaciones e imperfección. (Compárese con Miq 6:8.) Igual que un alfarero no puede esperar la misma calidad si moldea una vasija con barro común que si la moldea con arcilla refinada, los requisitos de Jehová toman en consideración la fragilidad de los humanos imperfectos. (Sl 103:10-14; Isa 64:8.) Aunque cometieron errores e incurrieron en males debido a su carne imperfecta, no obstante, los hombres fieles manifestaron un “corazón completo  para con Jehová. (1Re 11:4; 15:14; 2Re 20:3; 2Cr 16:9.) Por lo tanto, dentro de sus límites, su devoción era completa, sin fisuras y, en sus circunstancias, satisfacía los requisitos divinos. Puesto que el Juez Divino se complacía en su adoración, ninguna criatura humana o celestial tenía base para criticar el servicio de ellos a Dios.  
En las Escrituras Griegas Cristianas se reconoce que la imperfección es inherente a la humanidad que desciende de Adán. En Santiago 3:2 se muestra que el que pudiera dominar la lengua y no tropezar en palabra sería un “varón perfecto, capaz de refrenar  su cuerpo entero”; sin embargo, en esto “todos tropezamos muchas veces”.   No obstante, se habla de ciertas perfecciones relativas alcanzadas por el hombre pecaminoso. Jesús dijo a sus seguidores: “Ustedes, en efecto, tienen que ser perfectos, como su Padre celestial es perfecto”. (Mt 5:48.) En esta ocasión hizo referencia al amor y la generosidad. Mostró que simplemente ‘amar a los que los aman’ constituía un amor incompleto, defectuoso. Por consiguiente, sus seguidores deberían perfeccionar su amor o completarlo, al amar también a sus enemigos y así imitar el ejemplo de Dios. (Mt 5:43-47.) De manera similar, al joven que le preguntó a Jesús cómo obtener la vida eterna se le mostró que su adoración —que ya presuponía obediencia a los mandamientos de la Ley— aún carecía de algunas características esenciales. Si ‘deseaba ser perfecto’, tenía que desarrollar plenamente su adoración cumpliendo con estos rasgos. (Mt 19:21)
El apóstol Juan muestra que el amor de Dios se hace perfecto en los cristianos que permanecen en unión con Él, observan la palabra de su Hijo y se aman unos a otros. (1Jn 2:5; 4:11-18.) Este amor perfecto echa fuera el temor y concede “franqueza de expresión”. El contexto muestra que Juan se refiere en este pasaje a la “franqueza de expresión para con Dios”, franqueza que habría de tenerse, por ejemplo, al orar.   La persona en la que el amor de Dios alcanza una expresión plena, puede acercarse a su Padre celestial confiado, sin sentirse condenado en su corazón como si fuera un hipócrita o estuviera desaprobado. Sabe que observa los mandamientos de Dios y hace lo que le agrada a su Padre, por lo que se siente libre tanto para expresarse como para hacer sus peticiones a Jehová. No se siente como si Dios le restringiera el privilegio de lo que puede decir o pedir.   Tampoco se inhibe por temores mórbidos ni se encamina al “día del juicio” con remordimientos de conciencia o algo que ocultar.   Al contrario, igual que un niño que no teme pedir algo a sus amorosos padres, el cristiano en quien el amor está plenamente desarrollado se siente seguro de que “no importa qué sea lo que pidamos conforme a su voluntad, él nos oye. Además, si sabemos que nos oye respecto a cualquier cosa que estemos pidiendo, sabemos que hemos de tener las cosas pedidas porque se las hemos pedido a él”. (1Jn 5:14, 15.)
Sin embargo, este ‘amor perfecto’ no echa fuera todo temor. No elimina el temor reverencial y filial a Dios, que nace de un profundo respeto por la posición que Él ocupa, su poder y su justicia. (Sl 111:9, 10; Heb 11:7.) Tampoco suprime el temor normal, gracias al cual una persona puede evitar el peligro y proteger su vida, ni el temor causado por un peligro repentino.  
Además, la unidad completa se consigue por medio del “vínculo perfecto” del amor, lo que hace que los verdaderos cristianos sean “perfeccionados en uno”. (Col 3:14; Jn 17:23.) Naturalmente, esta perfección también es relativa y no significa que desaparecerán todas las diferencias de personalidad, como aptitudes, hábitos, conciencia y otros factores individuales afines. Sin embargo, cuando se alcanza, su plenitud conduce a acción, creencia y enseñanza unificadas. (Ro 15:5, 6; 1Co 1:10; Ef 4:3; Flp 1:27.)

La perfección de Cristo Jesús.
Jesús nació como ser humano perfecto, santo, sin pecado. (Lu 1:30-35; Heb 7:26.) Como es natural, su perfección física no era infinita, sino que se hallaba dentro de los límites humanos, y experimentó algunas limitaciones propias de su condición humana: se cansó, tuvo hambre y sed; era mortal. (Mr 4:36-39; Jn 4:6, 7; Mt 4:2; Mr 15:37, 44, 45.) El propósito de Jehová Dios era emplear a su Hijo como Sumo Sacerdote a favor de la humanidad. Aunque era un hombre perfecto, tuvo que ser ‘perfeccionado’ para acceder a ese puesto, y satisfacer a cabalidad los requisitos que su Padre había fijado, lo que le capacitaba para el fin o la meta designada. Se exigía que fuera “semejante a sus ‘hermanos’ en todo respecto”, aguantara el sufrimiento y aprendiera la obediencia bajo prueba, como tendrían que hacerlo sus “hermanos” o seguidores. De esta manera, podría “condolerse de nuestras debilidades, [como] uno que ha sido probado en todo sentido igual que nosotros, pero sin pecado”. (Heb 2:10-18; 4:15, 16; 5:7-10.) Además, después de morir como un sacrificio perfecto y resucitar, recibiría vida espiritual inmortal en los cielos, y así sería “perfeccionado para siempre” para su puesto sacerdotal. (Heb 7:15–8:4; 9:11-14, 24.) Igualmente, todos los que servirán con Cristo como sacerdotes serán ‘hechos perfectos’, es decir, llevados a la meta celestial que buscan y a la que han sido llamados. (Flp 3:8-14; Heb 12:22, 23; Rev 20:6.)

El “Perfeccionador de nuestra fe”.
A Jesús se le llama el “Agente Principal  o Caudillo Principal  y Perfeccionador de nuestra fe”. (Heb 12:2.) Es cierto que mucho antes de la venida de Jesucristo, la fe de Abrahán fue “perfeccionada” por sus obras de fe y obediencia, de manera que consiguió la aprobación divina y Dios celebró con él un pacto juramentado. (Snt 2:21-23; Gé 22:15-18.) Pero la fe de todos aquellos hombres fieles anteriores al ministerio terrestre de Jesús era incompleta o imperfecta, pues ellos no comprendían las profecías que para entonces aún no se habían cumplido con relación a Jesús como el Mesías y la Descendencia de Dios. (1Pe 1:10-12.) Con su nacimiento, ministerio, muerte y resurrección a la vida celestial, estas profecías se cumplieron, y la fe en Cristo tuvo un fundamento más firme, respaldado por hechos históricos. Por lo tanto, en este sentido de fe perfeccionada, la fe “ha llegado” a través de Cristo Jesús (Gál 3:24, 25), quien demostró ser el “guía”   “jefe”   “caudillo”   “conductor” “iniciador”  o Agente Principal de nuestra fe. Desde su posición celestial, continuó siendo el Perfeccionador de la fe de sus seguidores: derramó espíritu santo sobre ellos en el Pentecostés y les dio revelaciones que progresivamente alimentaron y aumentaron su fe. (Hch 2:32, 33; Heb 2:4; Rev 1:1, 2; 22:16; Ro 10:17.)

“Para que ellos no fueran perfeccionados aparte de nosotros.”
Después de repasar el registro de hombres fieles del período precristiano, desde Abel en adelante, el apóstol dice que ninguno de estos obtuvo “el cumplimiento de la promesa, puesto que Dios previó algo mejor para nosotros, para que ellos no fueran perfeccionados aparte de nosotros”. (Heb 11:39, 40.) En este pasaje, la expresión “nosotros” se refiere claramente a los cristianos ungidos (Heb 1:2; 2:1-4), los “participantes del llamamiento celestial” (Heb 3:1), por quienes Cristo “inauguró [un] camino nuevo y vivo” en el lugar santo de la presencia celestial de Dios. (Heb 10:19, 20.) Ese llamamiento celestial implica ser sacerdotes celestiales de Dios y de Cristo durante su reinado milenario. Asimismo, se les concede “poder para juzgar”. (Rev 20:4-6.) Parece lógico, entonces, que el “algo mejor” que Dios previó para esos cristianos ungidos sea la vida celestial y los privilegios que ellos reciben. (Heb 11:40.) No obstante, su revelación —al intervenir junto a Cristo en la destrucción del inicuo sistema de cosas— abre el camino para que aquellos de la creación que procuren alcanzar “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” consigan la liberación de la esclavitud a la corrupción. (Ro 8:19-22.) En Hebreos 11:35 se muestra que los hombres fieles de tiempos precristianos mantuvieron integridad bajo sufrimiento “con el fin de alcanzar una resurrección mejor”, seguramente mejor que la de los “muertos” mencionados al comienzo del versículo, quienes resucitaron solo para volver a morir.   Por consiguiente, el que se ‘perfeccione’ a estos hombres fieles de tiempos precristianos, debe estar relacionado con el que se les resucite o restablezca a la vida y después se les liberte “de la esclavitud a la corrupción” gracias a los servicios del sacerdocio de Cristo Jesús y sus sacerdotes durante el gobierno milenario.

La humanidad recupera la perfección en la Tierra.
En armonía con la oración: “Efectúese tu voluntad, como en el cielo, también sobre la tierra”, este planeta ha de experimentar el efecto y fuerza plenos de la realización de los propósitos de Dios. (Mt 6:10.) El inicuo sistema de cosas controlado por Satanás será destruido. Se eliminará toda falta y defecto de los sobrevivientes que continúen demostrando obedientemente su fe, de modo que todo cuanto quede satisfaga las normas de Dios en cuanto a excelencia, plenitud y cabalidad. De Revelación 5:9, 10, se desprende que esto incluirá el perfeccionamiento de las condiciones terrestres y de las criaturas humanas. En ese pasaje se declara que las personas ‘compradas para Dios’   llegan a ser “un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y han de reinar sobre la tierra”. El deber de los sacerdotes bajo el pacto de la Ley no solo era representar a las personas ante Dios al ofrecer sacrificios, sino también proteger la salud física de la nación, oficiando en la limpieza ceremonial de los que incurriesen en inmundicia y determinando cuándo estaba curado alguien que había padecido lepra. (Le 13-15.) Además era responsabilidad del sacerdocio ayudar al pueblo a elevar su salud mental y espiritual. (Dt 17:8-13; Mal 2:7.) Puesto que la Ley tenía “una sombra de las buenas cosas por venir”, es de esperar que el sacerdocio celestial bajo Cristo Jesús, que actuará durante su reinado milenario (Rev 20:4-6), ejecute un trabajo similar. (Heb 10:1.)
El cuadro profético de Revelación 21:1-5 garantiza que la humanidad redimida no tendrá más lágrimas, lamento, clamor, dolor y muerte. Por medio de Adán entró en la raza humana el pecado y, como consecuencia, el sufrimiento y la muerte. (Ro 5:12.) Naturalmente, todo esto es parte de las “cosas anteriores” que han de desaparecer. La muerte es el salario del pecado, y “como el último enemigo, la muerte ha de ser reducida a nada” por medio del gobierno del Reino de Cristo. (Ro 6:23; 1Co 15:25, 26, 56.) Esto significa para la humanidad obediente regresar a la perfección de que disfrutaba el hombre en Edén al principio de la historia. Por lo tanto, los seres humanos podrán disfrutar no solo de perfección en cuanto a fe y amor, sino también de perfección en lo que respecta a estar totalmente libres de pecados; estarán, plenamente y sin defecto, a la altura de las justas normas de Dios para el hombre. La profecía de Revelación 21:1-5 también tiene que ver con el Reino de mil años de Cristo, ya que a la “Nueva Jerusalén”, cuyo ‘descenso del cielo’ está enlazado con la desaparición de las aflicciones de la humanidad, se la muestra como “novia” o congregación glorificada de Cristo, es decir: los que componen el sacerdocio real del gobierno milenario de Cristo. (Rev 21:9, 10; Ef 5:25-32; 1Pe 2:9; Rev 20:4-6.)
La perfección de la humanidad será relativa, limitada al ámbito humano. Sin embargo, quienes la consigan gozarán a plenitud de la vida terrestre. “El regocijo hasta la satisfacción [plena] está con [el] rostro [de Jehová]”, y el que ‘la tienda de Dios esté con la humanidad’ indica que se refiere a la humanidad obediente, aquellos hacia quienes el rostro de Jehová se vuelve con aprobación. (Sl 16:11; Rev 21:3; compárese con Sl 15:1-3; 27:4, 5; 61:4; Isa 66:23.) No obstante, la perfección no significa que no haya variedad, como a menudo concluyen las personas. El reino animal, producto de la ‘actividad perfecta’ de Jehová (Gé 1:20-24; Dt 32:4), encierra una gran variedad. La perfección del planeta Tierra tampoco es incompatible con la variedad, el cambio o el contraste. Admite lo sencillo y lo complejo, lo simple y lo elaborado, lo amargo y lo dulce, lo áspero y lo suave, los prados y los bosques, las montañas y los valles. Abarca el frescor estimulante de la incipiente primavera, el calor del verano con su cielo azul translúcido, la hermosura de los colores otoñales y la belleza de la nieve recién caída. (Gé 8:22.) Los humanos perfectos no serán criaturas estereotipadas, con personalidad, talento y aptitudes idénticos. Como han mostrado las definiciones iniciales, la uniformidad no es necesariamente una acepción de perfección.

¡Maranatha! ¡Sí, ven Señor Jesús!





lunes, 4 de julio de 2016

LA APOSTASÍA CRISTIANA EN LOS ÚLTIMOS DÍAS


La expresión “últimos días” u otras expresiones similares a veces guardan relación con la apostasía que surgiría dentro de la congregación cristiana. El apóstol Pablo escribió a Timoteo: “La expresión inspirada dice definitivamente que en períodos posteriores algunos se apartarán de la fe, prestando atención a expresiones inspiradas que extravían y a enseñanzas de demonios”. En una carta posterior a Timoteo, Pablo de nuevo analizó esta cuestión, y se refirió a los “últimos días” como un período todavía futuro. Debido a que para ese entonces las personas se comportarían impropiamente, serían “tiempos críticos, difíciles de manejar”, o, más literalmente, “tiempos señalados fieros”. (2Ti 3:1)
Después de mencionar con todo detalle el proceder descarriado y pervertido que prevalecería entre las personas que vivieran en ese tiempo, Pablo continuó: “De estos se levantan aquellos hombres que astutamente logran introducirse en las casas y se llevan como cautivas suyas a mujeres débiles cargadas de pecados, llevadas de diversos deseos, que siempre están aprendiendo y, sin embargo, nunca pueden llegar a un conocimiento exacto de la verdad”. (2Ti 3:1-7.)
 A continuación contrastó a estas personas corruptas con Timoteo, quien había seguido fielmente la enseñanza del apóstol, y le animó a ‘continuar en las cosas que había aprendido y había sido persuadido a creer’.  El contexto muestra claramente que el apóstol estaba informando a Timoteo con gran antelación de las condiciones que se darían entre los que profesarían ser cristianos y de los resultados finales de la apostasía.
De manera similar, el apóstol Pedro les anticipó a sus compañeros cristianos las presiones que vendrían de dentro de la congregación: “También habrá falsos maestros entre ustedes. Estos mismísimos introducirán calladamente sectas destructivas y repudiarán hasta al dueño que los compró, trayendo sobre sí mismos destrucción acelerada. Además, muchos seguirán los actos de conducta relajada de ellos”. (2Pe 2:1, 2.)
Esta misma advertencia se repite en las palabras de Judas, quien anima a los cristianos a que “luchen tenazmente por la fe”: “En cuanto a ustedes, amados, recuerden los dichos que han sido declarados previamente por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo, que ellos solían decirles: ‘En el último tiempo habrá burlones, que procederán según sus propios deseos de cosas impías’”. (Jud 3, 17, 18.)
En las postrimerías del siglo I, E.C., la clase apóstata era ya una realidad irreversible. El fruto de aquella apostasía es hoy un hecho manifiesto; los “últimos días” a los que Pablo se había referido han llegado.

“La conclusión del sistema de cosas.”

 Sin embargo, como Jesucristo había predicho, la apostasía no afectaría a todos los cristianos; los verdaderos serían como “trigo” entre “mala hierba”. Después de comenzar la presencia invisible de Cristo en espíritu y durante “la conclusión del sistema de cosas” (que existiría entonces), se tendría que poner de manifiesto una clara separación entre ambas clases. La “mala hierba”, “los hijos del inicuo”, serían ‘juntados del reino del Hijo del hombre’. Esta limpieza de la verdadera congregación cristiana dejaría un campo de trigo limpio. Los cristianos falsos quedarían fuera de la congregación cristiana verdadera. Finalmente, los que fuesen como “la mala hierba” serían arrojados en el “horno de fuego”, en tanto que los que se asemejasen al “trigo” “resplandecerían tan brillantemente como el sol en el reino de su Padre”. (Mt 13:24-30, 37-43.)
Todo esto señalaría claramente la parte final del sistema de cosas bajo el gobierno inicuo de Satanás antes de que fuese destruido.
Además, la ilustración da a entender que la apostasía produciría su fruto completo de iniquidad durante la “conclusión del sistema de cosas” dominado por Satanás. Por lo tanto, sería en aquel tiempo cuando las condiciones de las que hablaron los escritores de las Escrituras Griegas Cristianas como señal de los “últimos días” se manifestarían a gran escala entre los que profesaran ser cristianos. Aumentarían el desafuero y la desobediencia a los padres; y los hombres serían “amadores de placeres más bien que amadores de Dios, teniendo una forma de devoción piadosa, pero resultando falsos a su poder”. (2Ti 3:2-5.) También aparecerían “burlones con su burla, procediendo según sus propios deseos y diciendo: ‘¿Dónde está esa prometida presencia de él? Pues, desde el día en que nuestros antepasados se durmieron en la muerte, todas las cosas continúan exactamente como desde el principio de la creación’”. (2Pe 3:3, 4.)
La ilustración profética de Jesús mostró asimismo que pasaría cierto tiempo antes de que se manifestasen por completo los que eran semejantes a la mala hierba y finalmente se les destruyese. Como los apóstoles sabían esto, el uso que ellos hicieron de expresiones como “últimos días”, “última hora” y otras similares con relación a la apostasía, no significaba que pensaban que era inminente la presencia de Jesús y la posterior destrucción de los impíos. Pablo señaló a los tesalonicenses: “Sin embargo, hermanos, tocante a la presencia de nuestro Señor Jesucristo y el ser nosotros reunidos a él, les solicitamos que no se dejen sacudir prontamente de su razón, ni se dejen excitar tampoco mediante una expresión inspirada, ni mediante un mensaje verbal, ni mediante una carta como si fuera de nosotros, en el sentido de que el día de Jehová esté aquí. Que nadie los seduzca de manera alguna, porque no vendrá a menos que primero venga la apostasía y el hombre del desafuero quede revelado, el hijo de la destrucción”. (2Te 2:1-3.)

“Último día.”

La Biblia también se refiere a un “último día” durante el cual tendrá lugar la resurrección de los muertos.   En Juan 12:48 este “último día” se relaciona con un tiempo de juicio. Por lo tanto, es obvio que aplica a un tiempo futuro mucho más distante que el fin del período apostólico.  




LA OBEDIENCIA

  
Es la acción de cumplir la voluntad de quien manda o lo que está dispuesto en una ley o precepto, sea que la orden prescriba una determinada acción o la prohíba.
La idea de la obediencia se expresa en las Escrituras Hebreas con el verbo scha·má`, que significa básicamente “oír” o “escuchar”. Por lo tanto, en algunas ocasiones scha·má` se refiere simplemente a oír o percibir algo por el sentido del oído. (Gé 3:10; 21:26; 34:5.) Pero cuando lo que se habla expresa voluntad, deseo, instrucción o mandato, el sentido de este término hebreo es prestar atención u obedecer al que habla: Adán ‘escuchó’ la voz de su esposa, es decir, accedió a su deseo de que también comiera del fruto prohibido; José rehusó ‘escuchar’ las proposiciones deshonestas de la esposa de Potifar (Gé 39:10); el rey Saúl temió al pueblo y ‘por eso obedeció (escuchó) su voz’, y al hacerlo traspasó la orden de Dios (1Sa 15:24), y la promesa de Jehová a Abrahán concerniente a una descendencia se le concedió debido a que “escuchó” (obedeció) la voz de Jehová y guardó sus mandamientos.  
Se usa la misma palabra hebrea para referirse a que Dios “escucha” u “oye” a los hombres. En este caso el término español “obediencia” no encaja, ya que los hombres no pueden mandar a Dios, sino solo pedirle o suplicarle. Por todo esto, cuando Dios le dijo a Abrahán: “Tocante a Ismael te he oído”, en realidad le estaba diciendo que había dado consideración a su solicitud, que actuaría de acuerdo con ella. (Gé 17:20.) De manera similar, Dios “oyó” o contestó el llamamiento de ciertas personas en tiempos de dificultad o aflicción, y respondió a sus súplicas cuando juzgó conveniente mostrar misericordia.  
Parecido al verbo hebreo scha·má`, el verbo griego hy·pa·kóu·o (el sustantivo correspondiente es hy·pa·ko·e) expresa la idea de obedecer, y significa literalmente “oír desde abajo”, es decir: escuchar bajando la cabeza, escuchar con sumisión o atender (como en Hch 12:13). Otro verbo que transmite el sentido de obediencia es péi·tho, que significa “persuadir”. (Mt 27:20.) En las voces media y pasiva este verbo no solo significa “ser persuadido” (Lu 16:31), “confiar” (Mt 27:43) o “creer” (Hch 17:4), sino también “hacer caso” (Hch 5:40) u “obedecer” (Hch 5:36, 37). De esta palabra se deriva, entre otros términos, la forma negativa a·pei·thé·o, que significa “no creer” (Hch 14:2; 19:9) o “desobedecer” (Jn 3:36).
Todo esto muestra que la obediencia, según se expresa en los idiomas originales de las Escrituras, depende primero de oír, es decir, recibir información o conocimiento , y luego de someterse a la voluntad o deseo del que habla o expresa de otro modo tal voluntad o deseo. La sumisión depende, a su vez, de reconocer la autoridad de esa persona o el derecho de pedir o requerir la respuesta indicada, así como también del deseo o disposición del oyente para satisfacer la voluntad de dicha persona. Como se indica mediante las palabras griegas péi·tho y a·pei·thé·o, la creencia y la confianza también están incluidas en este concepto.

La obediencia a Dios es esencial para la vida.
Dios tiene el derecho de exigir la obediencia de todas sus criaturas, que le deben obediencia absoluta como su Hacedor, la Fuente de la que se deriva y depende la vida. (Sl 95:6-8.) Debido a que es el Omnisciente y Todopoderoso Dios, lo que dice merece sumo respeto y atención. Como es propio, un padre humano espera que sus hijos lleven a cabo su palabra, y si un niño es lento en responder, el padre puede decir enfáticamente: “¿Me has oído?”. Con muchísima más razón, el Padre celestial requiere, con todo derecho, atención receptiva y respuesta a sus expresiones.  
No hay sustituto para la obediencia; no se puede conseguir el favor de Dios sin ella. Samuel le dijo al rey Saúl: “¿Se deleita tanto Jehová en ofrendas quemadas y sacrificios como en que se obedezca [forma de scha·má`] la voz de Jehová? ¡Mira! El obedecer [ “escuchar”] es mejor que un sacrificio, el prestar atención que la grasa de carneros”. (1Sa 15:22.) No obedecer es rechazar la palabra de Jehová, demostrar que realmente no se cree, no se confía o no se tiene fe ni en esa palabra ni en su Fuente. Por lo tanto, el que desobedece no es diferente del que practica adivinación o utiliza ídolos.  Las expresiones verbales de asentimiento no significan nada si la acción que se requiere no se lleva a cabo. Además, el no responder muestra descreimiento o falta de respeto a la fuente de la que provienen las instrucciones. (Mt 21:28-32.) Los que se quedan satisfechos tan solo con oír y aceptar mentalmente la verdad de Dios, pero no hacen lo que esta exige, se engañan a sí mismos con razonamiento falso y no reciben ninguna bendición. (Snt 1:22-25.) El Hijo de Dios aclaró que hasta los que hicieran cosas parecidas a las mandadas, pero de un modo o con un motivo incorrecto, nunca conseguirían entrar en el Reino, sino que se les rechazaría completamente. (Mt 7:15-23.)

La desobediencia debida al pecado innato.
Dios informó al hombre desde el principio que la obediencia era básica, una cuestión de vida o muerte. (Gé 2:16, 17.) La misma regla aplica a los hijos celestiales de Dios. (1Pe 3:19, 20; Jud 6; Mt 25:41.) La desobediencia voluntaria del hombre perfecto Adán, como cabeza responsable de Eva y progenitor o fuente de vida de la familia humana, le acarreó el pecado y la muerte a toda su descendencia. (Ro 5:12, 19.) De modo que los hombres son por naturaleza “hijos de la desobediencia” e “hijos de la ira”, que no merecen el favor de Dios debido a que infringen Sus justas normas. No resistir esta inclinación inherente a la desobediencia lleva irremisiblemente a la destrucción.  
Jehová Dios ha provisto misericordiosamente los medios para combatir el pecado innato y obtener el perdón de las malas acciones que se deben a la imperfección y no a la desobediencia voluntaria. Por medio de su espíritu santo, Dios suministra la fuerza que hace posible que el pecador se incline a la justicia y produzca buen fruto. (Gál 5:16-24; Tit 3:3-7.) El perdón de los pecados viene por medio de la fe en el sacrificio de rescate de Jesús, y esa fe es en sí misma una restricción para el mal y un estímulo para la obediencia. (1Pe 1:2.) Por ello Pablo se refiere a la “obediencia [escuchar con sumisión] por fe”.   Romanos 10:16-21 muestra que la fe que sigue a lo oído produce obediencia y que el hecho de que el pueblo de Israel ‘fuera desobediente’ (‘fuera incrédulo’) se debió a su falta de fe.   Como la fe verdadera es “la expectativa segura de las cosas que se esperan” y “la demostración evidente de realidades aunque no se contemplen”, y requiere creer que Dios existe y que es “remunerador de los que le buscan solícitamente”, los que tienen fe se sienten movidos a obedecer y confían con seguridad en las bendiciones que la obediencia reporta. (Heb 11:1, 6.)
De modo que Dios no ha comunicado al hombre simplemente una serie de mandatos estrictos como los de un dictador insensible. Dios no desea la clase de obediencia que se consigue de un animal cuando se le pone un freno, ni una obediencia negligente u obligada, como la que incluso los demonios rindieron a Jesús y a sus discípulos (Mr 1:27; Lu 10:17, 20); Él desea una obediencia impulsada por un corazón apreciativo. (Sl 112:1; 119:11, 112; Ro 6:17-19.) Por lo tanto, Jehová acompaña sus expresiones de voluntad y propósito con información útil que apela al sentido de justicia de la persona, a su amor y bondad, inteligencia, raciocinio y sabiduría. (Dt 10:12, 13; Lu 1:17; Ro 12:1, 2.) Los que tienen la actitud de corazón correcta obedecen impulsados por amor. (1Jn 5:2, 3; 2Jn 6.) Además, la veracidad y corrección del mensaje que transmiten los siervos de Dios persuade a los oyentes a obedecer, por lo que el apóstol Pedro habla de “obediencia a la verdad con el cariño fraternal sin hipocresía como resultado”.  
Jehová tuvo gran paciencia con Israel y dijo que ‘madrugaba diariamente’ y enviaba a sus profetas para exhortar y amonestar al pueblo, ‘extendiendo todo el día sus manos hacia un pueblo que era desobediente y respondón’, pero este siguió endureciendo su corazón como piedra de esmeril, rechazando con tozudez la disciplina. (Jer 7:23-28; 11:7, 8; Zac 7:12; Ro 10:21.) Aun antes de la venida del Mesías, los israelitas se esforzaron por establecer la justicia a su manera mediante las obras de la Ley. Su falta de fe y desobediencia a las instrucciones que Dios les dio mediante su Hijo les costó a la mayoría su lugar en el gobierno del Reino, y abrió el camino para que muchos no judíos llegaran a ser parte de la nación escogida del Israel espiritual. (Ro 10:1-4; 11:13-23, 30-32.)
El temor saludable a Dios es fundamental para la obediencia. Reconoce que Dios es omnipotente y que de Él nadie se puede mofar, pues paga a cada uno conforme a sus obras.   La desobediencia consciente a la voluntad revelada de Dios acarrea una “cierta horrenda expectación de juicio”. (Heb 10:26-31.)
En las Escrituras se hallan muchos ejemplos alentadores de obediencia fiel en toda clase de circunstancias y situaciones y ante todo tipo de oposición. El ejemplo supremo es el del propio Hijo de Dios, quien “se humilló y se hizo obediente hasta la muerte, sí, muerte en un madero de tormento”. (Flp 2:8; Heb 5:8.) Su obediencia lo justificó, lo probó justo por sus propios méritos, y de este modo pudo suministrar un sacrificio perfecto para redimir a la humanidad del pecado y la muerte. (Ro 5:18-21.)

Obediencia a otros superiores.
 La posición del Hijo como el Rey nombrado de Dios requiere que todos le obedezcan. (Da 7:13, 14.) Él es “Siló” de la tribu de Judá, aquel ‘a quien pertenece la obediencia de los pueblos’ (Gé 49:10); el profeta semejante a Moisés a quien toda alma tendría que escuchar o sería destruida (Hch 3:22, 23), y el “caudillo y comandante a los grupos nacionales” (Isa 55:3, 4), que fue colocado “muy por encima de todo gobierno y autoridad y poder y señorío” (Ef 1:20, 21), y en el nombre de quien ‘se dobla toda rodilla’ en reconocimiento de la autoridad que ha recibido de Dios. (Flp 2:9-11.) Es el Sumo Sacerdote cuyas instrucciones consiguen la curación y vida eterna para todos los que le escuchan con sumisión. (Heb 5:9, 10; Jn 3:36.) Como principal vocero de Dios, Jesús podía decir que la obediencia a sus dichos constituía el único fundamento sólido sobre el que las personas podían edificar sus esperanzas para el futuro. (Mt 7:24-27.) La obediencia prueba el amor que sus seguidores le tienen y emana de este. (Jn 14:23, 24; 15:10.) Como Dios ha hecho de su Hijo la figura clave en el cumplimiento de todos su propósitos (Ro 16:25-27), la vida depende de la obediencia a “las buenas nuevas acerca de nuestro Señor Jesús”, y esta obediencia implica hacer declaración pública de la fe en él. (2Te 1:8; Ro 10:8-10, 16; 1Pe 4:17.)
Como cabeza de la congregación cristiana, Cristo Jesús delega autoridad en otros, como hizo en el caso de los apóstoles. (2Co 10:8.) Estas personas transmiten las instrucciones del Cabeza de la congregación, por lo que es propio y necesario obedecerles (2Co 10:2-6; Flp 2:12; 2Te 3:4, 9-15), pues tales pastores espirituales “están velando por las almas de ustedes como los que han de rendir cuenta”. (Heb 13:17; 1Pe 5:2-6; compárese con 1Re 3:9.) A estos hombres responsables les regocija la obediencia voluntaria, como la de los cristianos romanos y filipenses, y como la de Filemón, a quien Pablo pudo decir: “Te escribo, pues sé que harás aún más de las cosas que digo”. (Ro 16:19; Flp 2:12, 17; Flm 21.)

Obediencia a los padres y esposos.
Los padres tienen el derecho natural dado por Dios de que sus hijos los obedezcan. (Pr 23:22.) La obediencia de Jacob a sus padres debió ser una de las razones por las que Jehová ‘amó a Jacob pero odió a Esaú’. (Mal 1:2, 3; Gé 28:7.) Jesús se sometió de niño a sus padres terrestres. (Lu 2:51.) El apóstol Pablo aconseja a los hijos que sean “obedientes a sus padres en todo”. Debe recordarse que la carta iba dirigida a cristianos, de modo que “todo” no incluye mandatos que puedan resultar en desobediencia a la palabra del Padre celestial, Jehová Dios, pues esto no sería “agradable” al Señor. (Col 3:20; Ef 6:1.) La desobediencia a los padres no se considera asunto de poca importancia en las Escrituras, y bajo la Ley la desobediencia persistente se castigaba con la pena capital. (Dt 21:18-21; Pr 30:17; Ro 1:30, 32; 2Ti 3:2.)
La jefatura del varón también exige que las esposas sean obedientes a sus esposos “en todo”, y se cita a Sara como ejemplo que imitar. (Ef 5:21-33; 1Pe 3:1-6.) Como en el caso anterior, la jefatura y la autoridad del esposo no son supremas, sino que van después de las de Dios y Cristo. (1Co 11:3.)

A amos y gobiernos.
De igual manera, se exhorta a los esclavos a que obedezcan a sus amos “en todo”, no para servir al ojo, sino como esclavos de Cristo, con temor de Jehová. (Col 3:22-25; Ef 6:5-8.) Aquellos esclavos que sufrían podían tomar como ejemplo a Cristo Jesús, como también podían hacer las esposas cristianas en circunstancias similares. (1Pe 2:18-25; 3:1.) La autoridad de sus amos era relativa, no absoluta; de modo que los esclavos cristianos podían obedecer “en todo” lo que no estaba en conflicto con la voluntad y mandatos de Dios.
Finalmente, se debe dar obediencia a los gobiernos y autoridades terrestres (Tit 3:1), pues Dios les ha permitido existir e incluso rendir algunos servicios a su pueblo. De modo que los cristianos tenemos que ‘pagar a César las cosas de César’. (Mr 12:14-17.) La razón que nos obliga a obedecer las leyes de César y a pagar los impuestos no es el temor a la “espada” de castigo del César, sino la conciencia cristiana. (Ro 13:1-7.) Como la conciencia es el factor decisivo, la sumisión cristiana a los gobiernos obviamente se limita a todo lo que no contravenga la ley de Dios. Por esta razón, cuando los gobernantes ordenaron a los apóstoles que dejaran de llevar a cabo la comisión divina de predicar, estos respondieron sin paliativos: “Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres”. (Hch 5:27-29, 32; 4:18-20.)


¡Maranatha! ¡Sí, ven Señor Jesús!

sábado, 2 de julio de 2016

ARREPENTIMIENTO 4


El ladrón colgado del madero.
Por haber manifestado una cierta medida de fe en Jesús, a este hombre se le prometió estar en el paraíso. (Lu 23:39-43) Hay quienes han creído que en esta promesa se le garantiza la vida eterna, pero todas las referencias bíblicas consideradas hasta ahora no dan lugar a esta conclusión. Aunque es cierto que al compararse con la conducta inocente de Jesús (Lu 23:41), reconoció lo impropio de su comportamiento delictivo, no hay nada que indique que llegase a ‘odiar la maldad y a amar la rectitud’. Está claro que en la condición moribunda en que se hallaba no podía ‘volverse’ y hacer “obras propias del arrepentimiento”; además, no se había bautizado. (Hch 3:19; 26:20.) Por consiguiente, todo parece indicar que será al tiempo de su resurrección de entre los muertos cuando tendrá la oportunidad de dar estos pasos.

¿Cómo puede Dios “sentir pesar” si es perfecto?
La mayoría de las veces en las que se utiliza la palabra hebrea na·jám en el sentido de “sentir pesar” se hace referencia a Jehová Dios. Génesis 6:6, 7 dice que “Jehová sintió pesar por haber hecho a hombres en la tierra, y se sintió herido en el corazón”, pues la iniquidad de ellos era tan grande que decidió borrarlos de la superficie del suelo por medio de un diluvio global. Es imposible que esto signifique que Dios sintió pesar por haber cometido un error en su obra creativa, pues “perfecta es su actividad”. (Dt 32:4, 5.) El pesar es lo opuesto a la satisfacción y al regocijo. Por consiguiente, en el caso de Dios, ha de referirse a que sintió pesar porque, después de haber creado a la humanidad, se veía obligado a destruirla justificadamente debido a su mala conducta, con la excepción de Noé y su familia, pues Dios ‘no se deleita en la muerte de los inicuos’. (Eze 33:11.)
A este respecto, la Cyclopædia, de M’Clintock y Strong, comenta: “Del propio Dios se dice que se arrepiente [na·jám, siente pesar]; pero esto solo es posible entenderlo en el sentido de que modifica su proceder hacia sus criaturas, bien por haberles otorgado un bien o infligido castigo; no obstante, esta modificación responde al cambio que se produce en el comportamiento de sus criaturas. Es así como, en términos humanos, se dice de Dios que se arrepiente”. Las normas justas de Dios permanecen constantes, estables, inmutables y sin la más mínima variación. (Mal 3:6; Snt 1:17.) Ninguna circunstancia puede hacer que cambie de opinión en cuanto a sus normas o que se aparte de ellas o las abandone. Sin embargo, la actitud y la reacción de sus criaturas inteligentes para con dichas normas perfectas y cómo las aplica Dios puede ser buena o mala. Si es buena, agrada a Dios, pero si es mala, le causa pesar. Por otra parte, la actitud de la criatura puede cambiar de buena a mala y viceversa, y como Dios no altera sus normas, su complacencia (con las consecuentes bendiciones) puede convertirse en pesar (con la consecuente disciplina o castigo) y viceversa. Por lo tanto, sus juicios y decisiones no están sometidos al capricho, la inconstancia, la inestabilidad o el error. Nadie puede culpar a Dios de una conducta voluble o excéntrica. (Eze 18:21-30; 33:7-20.)
Un alfarero puede comenzar a hacer un determinado modelo de vasija, y luego, ‘si su mano la echa a perder’, hacer otro modelo con la misma arcilla. (Jer 18:3, 4.) Con este ejemplo, Jehová ilustra, no que sea como el alfarero cuya mano ‘echa a perder la vasija’, sino que tiene autoridad sobre la humanidad para cambiar el modo de tratarla, ajustándolo a cómo esta responde o no responde, a su justa misericordia.  Se entiende, entonces, que pueda ‘sentir pesar por la calamidad que haya pensado ejecutar’ contra una nación o ‘por el bien que se hubiese propuesto hacerle’, todo dependería de cómo hubiera reaccionado antes esa nación a los tratos de Dios. (Jer 18:5-10.) Luego, no es que Jehová, el Gran Alfarero, yerre, sino que la “arcilla” humana sufre una “metamorfosis” (cambio de forma o composición) en la disposición de su corazón, que ocasiona que Jehová sienta pesar o modifique de algún modo sus sentimientos.
Esto es cierto tanto en el caso de personas como de naciones, y el que Jehová diga de sí mismo que ‘siente pesar’ a causa de que algunos siervos suyos como el rey Saúl se aparten de la justicia, es prueba de que no predestinó su futuro.
 El que Dios sintiese pesar a causa de la desviación de Saúl no significa que su elección como rey hubiese sido un error ni que Jehová se hubiese arrepentido de Su acción. Dios debió sentir pesar porque Saúl, si bien tenía libre albedrío, no aprovechó de la manera debida el magnífico privilegio que Él le había otorgado ni la oportunidad que le proporcionaba, y porque, además, el cambio en el comportamiento de Saúl propició un cambio en cómo le trataba Dios. (1Sa 15:10, 11, 26.)
Cuando el profeta Samuel pronunció la decisión adversa de Dios contra Saúl, dijo: “La Excelencia de Israel no resultará falso, y no sentirá pesar, pues Él no es hombre terrestre para que sienta pesar”. (1Sa 15:28, 29.) La persona humana suele faltar a su palabra, incumplir sus promesas o los términos de sus acuerdos. Por ser imperfecto, incurre en errores de juicio de los que luego se arrepiente. Dios jamás obra así. (Sl 132:11; Isa 45:23, 24; 55:10, 11.)
Por ejemplo: el pacto postdiluviano de Dios con “toda carne” garantizó sin condiciones que nunca se repetirá un diluvio de aguas sobre toda la Tierra. (Gé 9:8-17.) Por consiguiente, no existe posibilidad alguna de que Dios cambie de parecer respecto a ese pacto o se arrepienta de haberlo hecho. De igual manera, cuando Dios hizo el pacto abrahámico, “intervino con un juramento”, que sirvió de “garantía legal”, con el fin de “demostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo”; su promesa y su juramento son, por lo tanto, “dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta”. (Heb 6:13-18.) Así mismo, el pacto juramentado que Dios ha hecho con su hijo para un sacerdocio como el de Melquisedec se halla entre aquello por lo que Dios “no sentirá pesar”. (Heb 7:20, 21; Sl 110:4)
Ahora bien, hay que tener en cuenta que cuando Dios hace una promesa o establece un pacto, puede fijar los términos o condiciones que la otra parte debe satisfacer. Le prometió a la nación de Israel que llegaría a ser su “propiedad especial”, “un reino de sacerdotes y una nación santa”, si obedecía estrictamente su voz y guardaba el pacto. (Éx 19:5, 6.) Dios se atuvo a lo pactado, pero Israel no: violó el pacto repetidas veces. (Mal 3:6, 7; compárese con Ne 9:16-19, 26-31.) Por consiguiente, cuando Dios por fin invalidó aquel pacto, pudo hacerlo con todo derecho, pues la responsabilidad por el incumplimiento de su promesa recaía en su totalidad sobre los israelitas, quienes lo habían pasado por alto. (Mt 21:43; Heb 8:7-9.)
También es cierto que Dios puede ‘sentir pesar’ y ‘volverse’ de infligir castigo cuando, una vez que ha advertido a los transgresores de lo que se propone hacer, se produce en estos un cambio de actitud y comportamiento. (Dt 13:17; Sl 90:13.) Al obrar así, ellos se vuelven a Dios y Dios ‘se vuelve’ a ellos. (Zac 8:3; Mal 3:7.) En lugar de ‘afligirse’, Dios se regocija, ya que no encuentra satisfacción en dar muerte a los pecadores. (Lu 15:10; Eze 18:32.) Sin jamás alejarse de sus normas justas, Dios les extiende ayuda para que les sea posible volver a Él; les infunde el ánimo para hacerlo. Con bondad, les invita a regresar, ‘extendiendo sus manos’ y diciéndoles por medio de sus representantes: “Vuélvanse, por favor, para que yo no les cause calamidad a ustedes”. “No hagan, por favor, esta clase de cosa detestable que he odiado.” (Isa 65:1, 2; Jer 25:5, 6; 44:4, 5.) Les concede suficiente tiempo para cambiar  y manifiesta gran paciencia y longanimidad, pues “no desea que ninguno sea destruido; más bien, desea que todos alcancen el arrepentimiento”. (2Pe 3:8, 9; Ro 2:4, 5.) Según lo ha considerado conveniente, Dios ha hecho que su mensaje haya ido acompañado de obras poderosas, o milagros, a fin de acreditar el carácter divino de la comisión delegada a sus mensajeros y fortalecer la fe de los oyentes. (Hch 9:32-35.) Cuando no ha habido respuesta a su mensaje, ha empleado la disciplina: ha retirado su favor y protección, de modo que ha dejado que los impenitentes sufran privaciones, hambre y opresión por parte de sus enemigos. Esta medida divina puede dar lugar a que estas personas recobren el buen juicio y el debido temor a Dios o que reconozcan que su proceder era estúpido, y su sentido de valores, equivocado. (2Cr 33:10-13; Ne 9:28, 29; Am 4:6-11.)
Sin embargo, la paciencia de Dios tiene un límite, y cuando este se alcanza, ‘se cansa de sentir pesar’; es entonces cuando su decisión de infligir castigo llega a ser irreversible. (Jer 15:6, 7; 23:19, 20; Le 26:14-33.) Deja de solo “pensar” o “formar” calamidad contra los transgresores (Jer 18:11; 26:3-6), pues su decisión es inamovible. (2Re 23:24-27; Isa 43:13; Jer 4:28; Sof 3:8)
La predisposición de Dios de perdonar a los que se arrepienten, así como de misericordiosamente mantener expedita la vía hacia la consecución de su perdón a pesar de sus reiteradas ofensas, es para todos sus siervos un ejemplo notable


ARREPENTIMIENTO 3


La conversión: un volverse.
El arrepentimiento cambia el proceder incorrecto de la persona, hace que rechace el mal camino y se determine a emprender un proceder correcto. Al arrepentimiento genuino le sigue la “conversión”. (Hch 15:3.) Tanto en hebreo como en griego, los verbos relacionados con la conversión (heb. schuv; gr. stré·fo; e·pi·stré·fo) significan simplemente “volver; volverse; retroceder”. (Gé 18:10; Pr 15:1; Jer 18:4; Jn 21:20; Hch 15:36.) Usados en sentido espiritual, pueden referirse a un apartarse de Dios, y por lo tanto volverse a un proceder pecaminoso (Nú 14:43; Dt 30:17), o a un volverse a Dios de un mal camino anterior. (1Re 8:33.)
La conversión implica más que una simple actitud o expresión verbal; debe haber “obras propias del arrepentimiento”. (Hch 26:20; Mt 3:8.) Hay que ‘buscar’ a Jehová e ‘inquirir’ de Él de manera activa, con todo el corazón y el alma. (Dt 4:29; 1Re 8:48; Jer 29:12-14.) Esto significa forzosamente buscar el favor de Dios ‘escuchando su voz’ según se expresa en su Palabra (Dt 4:30; 30:2, 8), ‘mostrar perspicacia en su apego a la verdad’ por medio de un mejor entendimiento y aprecio de sus caminos y voluntad (Da 9:13), observar y ‘poner por obra’ sus mandamientos (Ne 1:9; Dt 30:10; 2Re 23:24, 25), ‘guardar bondad amorosa y justicia’ y “esperar en Dios constantemente” (Os 12:6), abandonar el uso de imágenes religiosas o el culto a la criatura para ‘dirigir el corazón inalterablemente a Jehová y servirle solo a Él’ (1Sa 7:3; Hch 14:11-15; 1Te 1:9, 10) y andar en sus caminos y no en el camino de las naciones (Le 20:23) ni en el de uno mismo. (Isa 55:6-8.) Las oraciones, los sacrificios, los ayunos y la observancia de fiestas sagradas carecen de sentido y de valor para Dios a menos que vayan acompañados de buenas obras, se busque la justicia, se elimine la opresión y la violencia y se ejerza misericordia. (Isa 1:10-19; 58:3-7; Jer 18:11.)
Esto exige “un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Eze 18:31); y si una persona cambia su modo de pensar, sus motivos y su propósito en la vida, tendrá otro estado de ánimo o disposición, una fuerza moral nueva. El que modifica su proceder de vida consigue una “nueva personalidad que fue creada conforme a la voluntad de Dios en verdadera justicia y lealtad” (Ef 4:17-24), libre de inmoralidad, de codicia y de habla y conducta violentas. (Col 3:5-10; contrástese con Os 5:4-6.) Para estos, Dios hace que el espíritu de sabiduría “salga burbujeando”, dándoles a conocer sus palabras. (Pr 1:23; compárese con 2Ti 2:25.)
Por lo tanto, el arrepentimiento genuino tiene un verdadero impacto, genera fuerza e impulsa a la persona a ‘volverse’. (Hch 3:19.) Por consiguiente, Jesús pudo decir al cuerpo de cristianos de Laodicea: “Sé celoso y arrepiéntete”. También conlleva ‘gran solicitud, librarse de la culpa, temor piadoso, anhelo y corrección del abuso’ (2Co 7:10, 11), mientras que la falta de interés por rectificar los males cometidos revela una falta de arrepentimiento verdadero. ( Eze 33:14, 15; Lu 19:8.)
La expresión “hombre recién convertido”, “neófito” (Mod), significa literalmente en griego “recién plantado” o “recién crecido” (ne·ó·fy·tos). (1Ti 3:6.) A tal hombre no se le deberían dar responsabilidades ministeriales en la congregación para que no “se hinche de orgullo y caiga en el juicio pronunciado contra el Diablo”.

¿Qué son las “obras muertas” de las que han de arrepentirse los cristianos?
Hebreos 6:1, 2 muestra que “la doctrina primaria” comprende el “arrepentimiento de obras muertas, y fe para con Dios”, la enseñanza acerca de bautismos, la imposición de las manos, la resurrección y el juicio eterno. La expresión “obras muertas” (que solo se repite en Hebreos 9:14) por lo visto no solo se refiere a obras pecaminosas de maldad, obras de la carne caída que llevan a una persona a la muerte (Ro 8:6; Gál 6:8), sino a todas las obras que en sí mismas están muertas en sentido espiritual, son vanas e infructíferas.
Esto incluiría obras de autojustificación, esfuerzos humanos por establecer su propia justicia aparte de Cristo Jesús y su sacrificio de rescate. Por lo tanto, la observancia formal de la Ley por parte de los líderes religiosos judíos y de otras personas resultaba ser “obras muertas”, porque carecía del ingrediente vital de la fe (Ro 9:30-33; 10:2-4), y por eso ellos tropezaron en lugar de arrepentirse cuando vino Cristo Jesús, el “Agente Principal” de Dios, “para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados”. (Hch 5:31-33; 10:43; 20:21.) Así también, la observancia de la Ley, como si todavía estuviese en vigor después de que Cristo la cumplió, resultaría ser “obras muertas”. (Gál 2:16.) De igual manera, si el móvil verdadero no es el amor a Dios y al prójimo, todas las obras que se hagan, y que de otro modo pudieran ser de valor, llegan a ser “obras muertas”. (1Co 13:1-3.) El amor, a su vez, debe ser “en hecho y verdad”, en armonía con la voluntad y los caminos de Dios revelados mediante su Palabra. (1Jn 3:18; 5:2, 3; Mt 7:21-23; 15:6-9; Heb 4:12.) El que se vuelve a Dios en fe por medio de Cristo Jesús se arrepiente de todas las obras clasificadas correctamente como “obras muertas”, y después las evita, limpiando de este modo su conciencia. (Heb 9:14.)
Excepto en el caso de Jesús, el bautismo (inmersión en agua) era un símbolo que Dios proveyó relacionado con el arrepentimiento, tanto por parte de los de la nación judía, que habían dejado de guardar el pacto que tenían con Dios mientras aún estaba en vigor, como por parte de las personas de las naciones que se habían ‘vuelto’ para rendir servicio sagrado a Dios. (Mt 3:11; Hch 2:38; 10:45-48; 13:23, 24; 19:4)

Los que no se arrepienten.
 La falta de arrepentimiento verdadero fue lo que llevó a Israel y Judá al exilio, lo que provocó las dos destrucciones de Jerusalén y por fin el rechazo completo de la nación por parte de Dios. Cuando se les reprendió, no se volvieron a Dios, sino que continuaron “volviéndose al proceder popular, como caballo que va lanzándose con ímpetu a la batalla”. (Jer 8:4-6; 2Re 17:12-23; 2Cr 36:11-21; Lu 19:41-44; Mt 21:33-43; 23:37, 38.) Debido a que en su corazón no deseaban arrepentirse y ‘volverse’, lo que oían y veían no producía ningún ‘entendimiento ni conocimiento’; había un “velo” sobre sus corazones. (Isa 6:9, 10; 2Co 3:12-18; 4:3, 4.) Los líderes religiosos y los profetas infieles, así como las falsas profetisas, contribuyeron a ello respaldando al pueblo en su mal proceder. (Jer 23:14; Eze 13:17, 22, 23; Mt 23:13, 15.) Las profecías cristianas predijeron que muchos también rechazarían la acción divina futura de reprender y llamar al arrepentimiento a los hombres, y que las cosas que estos sufrirían solo los endurecería y amargaría hasta el punto de blasfemar contra Dios, aunque la causa y raíz de todos sus problemas y plagas fuera su propio rechazo de los caminos justos de Dios. (Rev 9:20, 21; 16:9, 11.) Esas personas ‘acumulan ira para sí mismos en el día de la revelación del juicio de Dios’. (Ro 2:5.)

Los que ya no pueden arrepentirse.
Aquellos que ‘voluntariosamente practican el pecado’ después de haber recibido el conocimiento exacto de la verdad ya no pueden arrepentirse, pues han rechazado el mismísimo propósito por el que murió el Hijo de Dios y por consiguiente se han unido a las filas de los que le sentenciaron a muerte, de hecho, ‘fijan de nuevo al Hijo de Dios en el madero para sí mismos y lo exponen a vergüenza pública’. (Heb 6:4-8; 10:26-29.) Por lo tanto, este proceder constituye un pecado imperdonable. (Mr 3:28, 29.) Les hubiera sido mejor “no haber conocido con exactitud la senda de la justicia que, después de haberla conocido con exactitud, apartarse del santo mandamiento que les fue entregado”. (2Pe 2:20-22.)
Ya que Adán y Eva eran criaturas perfectas y el mandato que Dios les había dado era explícito y ambos lo entendieron, es evidente que su pecado fue deliberado y no se les podía perdonar sobre la base de alguna debilidad humana o imperfección. Por consiguiente, las palabras que Dios les dirigió después no ofrecen ninguna invitación al arrepentimiento. (Gé 3:16-24.) Lo mismo le sucedió a la criatura espíritu que les indujo a la rebelión. Su final y el final de las otras criaturas angélicas que se unieron a él será el de destrucción eterna. (Gé 3:14, 15; Mt 25:41.) Judas, aunque imperfecto, había vivido en estrecha asociación con el propio Hijo de Dios y sin embargo se volvió traidor; Jesús mismo se refirió a él como “el hijo de destrucción”. (Jn 17:12.) Al apóstata “hombre del desafuero” también se le llama “el hijo de la destrucción”. (2Te 2:3) Todos los clasificados como “cabras” figurativas en el tiempo en que Jesús juzgue como rey a la humanidad, también partirán “al cortamiento eterno” y ya no se les extenderá la oportunidad de arrepentirse. (Mt 25:33, 41-46.)

La resurrección  presupone  una  oportunidad.

Diferente sería la perspectiva de ciertas ciudades judías del siglo I que Jesús mencionó y relacionó con un día de juicio futuro que les atañería. (Mt 10:14, 15; 11:20-24.) La referencia de Jesús significa que al menos algunas personas de esas ciudades serán resucitadas y que, pese a que su anterior actitud impenitente hará muy difícil que se arrepientan, tendrán la oportunidad de manifestar su humilde arrepentimiento y ‘volverse’ para convertirse a Dios por medio de Cristo. Aquellos que no se arrepientan sufrirán destrucción eterna.  Sin embargo, las personas que hoy sigan un proceder semejante al de los escribas y fariseos, que deliberadamente y con conocimiento de causa se opusieron a la manifestación del espíritu de Dios por medio de Cristo, no tendrán oportunidad alguna de resurrección, por lo que no podrán “huir del juicio del Gehena”. (Mt 23:13, 33; Mr 3:22-30.)

ARREPENTIMIENTO 2


Captar el sentido con el corazón.
Por consiguiente, para que exista arrepentimiento, primero debe haber un corazón receptivo que posibilite el que la persona vea y escuche con entendimiento. (Isa 6:9, 10; Mt 13:13-15; Hch 28:26, 27.) La mente puede percibir y recoger lo que el oído escucha y el ojo ve, pero es mucho más importante que la persona que se arrepiente ‘capte el sentido “la idea”, Jn 12:40] de ello con el corazón’. (Mt 13:15; Hch 28:27.) De esa manera no solo se produce un reconocimiento intelectual del proceder pecaminoso, sino también una respuesta apreciativa, desde el corazón. Para los que ya conocen a Dios, tal vez solo sea necesario ‘hacer volver a su corazón’ el conocimiento de Dios y de sus mandamientos (Dt 4:39; compárese con Pr 24:32; Isa 44:18-20) con el fin de ‘recobrar el juicio’. (1Re 8:47.) Si tienen una recta motivación de corazón, serán capaces de ‘rehacer su mente y probar para sí mismos la buena, acepta y perfecta voluntad de Dios’. (Ro 12:2.)
Si una persona tiene fe y amor a Dios en su corazón, sentirá un pesar sincero y tristeza debido a su mal proceder. El aprecio por la bondad y la grandeza de Dios hará que los transgresores sientan un profundo remordimiento por haber ofendido Su nombre. (Job 42:1-6.) Por otra parte, el amor al prójimo les hará lamentar el daño que han causado a otros, el mal ejemplo que han puesto y quizás hasta la manera de manchar la reputación del pueblo de Dios ante los de afuera. Dichos transgresores buscan el perdón porque desean honrar el nombre de Dios y trabajar para el bien de su prójimo. (1Re 8:33, 34; Sl 25:7-11; 51:11-15; Da 9:18, 19.) Arrepentidos, se sienten “quebrantados de corazón”, ‘aplastados y de espíritu humilde’ (Sl 34:18; 51:17; Isa 57:15), están ‘contritos de espíritu y tiemblan ante la palabra de Dios’ (Isa 66:2), palabra que hace un llamamiento hacia el arrepentimiento, y, en realidad, ‘van retemblando a Jehová y a su bondad’. (Os 3:5.) Cuando David obró tontamente al ordenar un censo, su “corazón  empezó a darle golpes”. (2Sa 24:10.)
Por consiguiente, es necesario que haya un rechazo definitivo, que se sienta un odio de corazón y una gran repugnancia por el mal proceder. (Sl 97:10; 101:3; 119:104; Ro 12:9; compárese con Heb 1:9; Jud 23.) Esto es así porque “el temor de Jehová significa odiar lo malo”, y eso incluye odiar el ensalzamiento propio, el orgullo, el mal camino y la boca perversa. (Pr 8:13; 4:24.) Además, tiene que haber amor a la justicia y una firme determinación de adherirse a partir de entonces a un proceder justo. Sin este odio a lo que es malo y amor a la justicia, el arrepentimiento no tendría ninguna fuerza genuina que llevara a la verdadera conversión. Debido a esto, aunque el rey Rehoboam se humilló ante la expresión de la cólera de Jehová, después “hizo lo que era malo, porque no había establecido firmemente su corazón en buscar a Jehová”. (2Cr 12:12-14; compárese con Os 6:4-6.)

Tristeza piadosa, no como la del mundo.
En la segunda carta que Pablo escribe a los corintios, el apóstol hace referencia a la “tristeza de manera piadosa” que estos expresaron como resultado de la reprensión que les había dado en la primera carta. (2Co 7:8-13.) Había ‘sentido pesar’ (me·ta·mé·lo·mai) por haberles tenido que escribir con tanta severidad y como consecuencia haberles causado dolor, pero dejó de sentirlo al ver que su reprensión había producido en ellos tristeza piadosa, una tristeza que les había llevado a un arrepentimiento sincero (me·tá·noi·a) de su actitud y proceder incorrectos. Sabía que el dolor que les había causado había obrado para su bien y no les haría ningún “daño”. La tristeza que conducía al arrepentimiento no era algo por lo que ellos tuvieran que sentir pesar, pues les mantenía en el camino de la salvación, evitando que reincidieran o apostataran, y les daba la esperanza de vida eterna. Contrasta esta tristeza con “la tristeza del mundo  produce muerte”, tristeza que no se deriva de la fe y del amor que se le tiene a Dios y a la justicia, sino que nace del fracaso, la decepción, la pérdida, el castigo por el mal y la vergüenza ( Pr 5:3-14, 22, 23; 25:8-10), y suele dar lugar a amargura, resentimiento y envidia, por lo que no conduce a beneficio duradero alguno, ni a mejoras ni a una esperanza genuina. (Pr 1:24-32; 1Te 4:13, 14.) La tristeza del mundo se lamenta por las consecuencias desagradables del pecado, pero no por el pecado en sí ni por el oprobio que este le ocasiona al nombre de Dios. (Isa 65:13-15; Jer 6:13-15, 22-26; Rev 18:9-11, 15, 17-19; contrástese con Eze 9:4.)
El caso de Caín sirve de ejemplo, pues fue la primera persona a la que Dios instó al arrepentimiento. Lo instó, advirtiéndole que se dirigiese “a hacer lo bueno”, para que el pecado no llegase a dominarlo. Sin embargo, en lugar de arrepentirse de su odio asesino, Caín dejó que este lo impulsara a matar a su hermano. Cuando Dios lo interrogó, respondió con evasivas y solo manifestó algún pesar al escuchar la sentencia que recayó sobre él, un pesar debido a la severidad del castigo, no al mal cometido. (Gé 4:5-14.) Al obrar de ese modo, demostró que se ‘originaba del inicuo’. (1Jn 3:12.)
También manifestó la tristeza propia del mundo Esaú, cuando supo que su hermano Jacob había recibido la bendición de primogénito (derecho que él había vendido desdeñosamente a Jacob). (Gé 25:29-34.) Esaú clamó “de una manera extremadamente fuerte y amarga”, buscando con lágrimas un “arrepentimiento” (me·tá·noi·a), no el suyo, sino un “cambio de parecer” de su padre. (Gé 27:34; Heb 12:17, NTI.) Sintió pesar por la pérdida, no por la actitud materialista que le hizo ‘despreciar la primogenitura’. (Gé 25:34.)
Después de haber traicionado a Jesús, Judas “sintió remordimiento [forma de me·ta·mé·lo·mai]”, intentó devolver el soborno que había concertado y después se ahorcó. (Mt 27:3-5.) Por lo visto le abrumó la monstruosidad de su delito y probablemente también la espantosa seguridad de que recibiría el juicio divino. (Heb 10:26, 27, 31; Snt 2:19.) Sintió remordimiento por su culpabilidad, abatimiento, desesperación, pero no hay nada que muestre que expresara la tristeza piadosa que genera arrepentimiento (me·tá·noi·a). Para confesar su pecado no buscó a Dios, sino a los líderes judíos, y es probable que les devolviera el dinero con la idea equivocada de que así atenuaría hasta cierto grado su delito. (Snt 5:3, 4; Eze 7:19.) Al delito de traición y de contribuir a la muerte de un hombre inocente, añadió el de suicidio. Su proceder está en marcado contraste con el de Pedro, cuyo amargo llanto después de haber negado a su Señor fue el reflejo de su arrepentimiento de corazón, lo que hizo posible que se le restableciese. (Mt 26:75; Lu 22:31, 32.)
Como puede verse, el pesar, el remordimiento y las lágrimas no son en sí mismos pruebas de arrepentimiento genuino; el factor determinante es el motivo del corazón. Oseas dice que Jehová denunció a Israel debido a que en su aflicción “no clamaron a Él por socorro con su corazón, aunque siguieron aullando en sus camas. A causa de su grano y vino dulce siguieron holgazaneando. Y procedieron a regresar, no a nada más elevado”. Era el egoísmo lo que estaba detrás de su ruego por alivio en tiempo de calamidad, y si se les concedía ese alivio, no aprovechaban la oportunidad para mejorar su relación con Dios adhiriéndose más estrechamente a sus elevadas normas (compárese con Isa 55:8-11); eran como un “arco flojo” que nunca da en el blanco. (Os 7:14-16; compárese con Sl 78:57; Snt 4:3.) El ayuno, el llanto y el plañir eran manifestaciones válidas, pero solo si los arrepentidos ‘rasgaban sus corazones’ y no simplemente sus prendas de vestir. (Joe 2:12, 13)

La confesión del mal.
La persona arrepentida se humilla y busca el rostro de Dios (2Cr 7:13, 14; 33:10-13; Snt 4:6-10), suplicando su perdón. (Mt 6:12.) No es como el fariseo santurrón de la ilustración de Jesús, sino como el recaudador de impuestos a quien describió golpeándose el pecho y diciendo: “Oh Dios, sé benévolo para conmigo, que soy pecador”. (Lu 18:9-14.) El apóstol Juan dice: “Si hacemos la declaración: ‘No tenemos pecado’, a nosotros mismos nos estamos extraviando y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda injusticia”. (1Jn 1:8, 9.) “El que encubre sus transgresiones no tendrá éxito, pero al que las confiesa y las deja se le mostrará misericordia.” (Sl 32:3-5; Jos 7:19-26; 1Ti 5:24.)
La oración que pronunció el profeta Daniel y que se halla en Daniel 9:15-19 es un modelo de confesión sincera, en la que la principal preocupación es el buen nombre de Jehová y la súplica se basa, no en “nuestros actos justos, sino según tus muchas misericordias”. Véase, además, la humilde confesión del hijo pródigo. (Lu 15:17-21.) Las personas arrepentidas sinceramente ‘elevan a Dios su corazón y las palmas de sus manos’, para confesarle sus transgresiones y buscar Su perdón. (Lam 3:40-42.)

Confesar los pecados los unos a los otros.
El discípulo Santiago aconseja: “Confiesen abiertamente sus pecados unos a otros y oren unos por otros, para que sean sanados”. (Snt 5:16.) Esta confesión no significa que algún humano tenga que servir como “ayudante “abogado”, NC” para el hombre delante de Dios, ya que solo Cristo desempeña ese papel en virtud de su sacrificio propiciatorio. (1Jn 2:1, 2.) Los humanos no son capaces de enderezar por sí mismos el mal que hayan cometido contra Dios, ni a favor suyo ni a favor de otros, ya que no pueden proporcionar la expiación necesaria. (Sl 49:7, 8.) No obstante, los cristianos pueden ayudarse los unos a los otros, y aunque sus oraciones a favor de sus hermanos no afecten la manera de aplicar Dios la justicia (ya que solo el rescate de Cristo sirve para perdonar los pecados), sí pueden servir para pedir a Dios que Él dé la ayuda y la fuerza necesarias al que ha pecado y busca dicha ayuda.


ARREPENTIMIENTO


El verbo “arrepentirse” significa “sentir pesar, contrición o compunción, por haber hecho o haber dejado de hacer alguna cosa”. También entraña la idea de “cambiar de actitud con respecto a cierta acción o conducta del pasado (o a algo que se pretendía hacer) debido a pesar o descontento”. En muchos textos esta es la idea de la palabra hebrea na·jám, término que puede significar “sentir pesar; estar de duelo; arrepentirse” (Éx 13:17; Gé 38:12; Job 42:6), y también: “consolarse” (2Sa 13:39; Eze 5:13), “liberarse” o “desembarazarse (por ej.: de los enemigos)”. (Isa 1:24.) Sea que se refiera a sentir pesar o a sentir consuelo, el término hebreo implica un cambio en la actitud mental o el sentir de la persona.
En griego se usan dos verbos en conexión con el arrepentimiento: me·ta·no·é·o y me·ta·mé·lo·mai. El primero se compone de me·tá, “después”, y no·é·o (relacionado con nous, mente, disposición o consciencia moral), que significa “percibir; discernir; captar; darse cuenta”. Por consiguiente, el significado literal de me·ta·no·é·o es “conocer después” (en contraste con “pre-conocer”), y se refiere a un cambio en la manera de pensar, la actitud o el propósito de una persona. Por otro lado, me·ta·mé·lo·mai viene de mé·lo, que significa “preocupar; interesar”. El prefijo me·tá (después) le da al verbo el sentido de “sentir pesar” (Mt 21:30; 2Co 7:8) o “arrepentirse”.
Por consiguiente, me·ta·no·é·o recalca el cambio de punto de vista o disposición: el rechazo del modo de proceder pasado o que se ha pensado emprender por considerarlo indeseable (Rev 2:5; 3:3); por otro lado, me·ta·mé·lo·mai subraya el sentimiento de pesar que experimenta la persona. (Mt 21:30.) El Theological Dictionary of the New Testament (edición de G. Kittel, vol. 4, pág. 629; traducción al inglés de G. Bromiley, 1969) dice: “Por lo tanto, cuando el Nuevo Testamento separa los significados muestra un claro discernimiento de la naturaleza incambiable de ambos conceptos. En contraste, el uso helenístico acercó el significado de las dos palabras”.
Por supuesto, un cambio de punto de vista suele ir acompañado de un cambio de sentimientos, o es posible que sea el sentimiento de pesar el que provoque un decidido cambio en el punto de vista o la voluntad de la persona. (1Sa 24:5-7.) Se deduce, entonces, que estos dos vocablos, aunque de distinto significado, son muy afines.
Arrepentimiento humano de los pecados.
El pecado, el no cumplir con los justos requisitos de Dios es lo que hace necesario el arrepentimiento. (1Jn 5:17.) Ya que Adán vendió a toda la humanidad al pecado, todos sus descendientes han tenido la necesidad de arrepentirse. (Sl 51:5; Ro 3:23; 5:12.) El arrepentimiento (seguido de la conversión) es un requisito previo para reconciliarse con Dios.
Puede ser que el arrepentimiento afecte el proceder de la vida de una persona, es decir, un derrotero de vida contrario al propósito y la voluntad divinas y, por lo tanto, en armonía con el mundo controlado por el adversario de Dios (1Pe 4:3; 1Jn 2:15-17; 5:19), o quizás solo afecte un aspecto en particular de la vida, una práctica impropia que estropea y mancha un derrotero que de otra manera sería aceptable; es posible que se sienta arrepentimiento debido a un solo acto de mala conducta o hasta por una tendencia, inclinación o actitud incorrecta. (Sl 141:3, 4; Pr 6:16-19; Snt 2:9; 4:13-17; 1Jn 2:1.) Por consiguiente, las faltas que lo causan pueden ser o bien de carácter muy general o bien bastante específicas.
De manera similar, una persona puede desviarse de la justicia mucho o poco, y, como es lógico, el grado de pesar estará en proporción al grado de desviación. Los israelitas fueron “a lo profundo en su sublevación” contra Jehová y se ‘pudrieron’ en sus transgresiones. (Isa 31:6; 64:5, 6; Eze 33:10.) Por otro lado, el apóstol Pablo aconseja que cuando un “hombre dé algún paso en falso antes que se dé cuenta de ello”, los que tienen las debidas cualidades espirituales han de tratar “de reajustar a tal hombre con espíritu de apacibilidad”. (Gál 6:1.) Ya que Jehová tiene misericordia de las debilidades carnales de sus siervos, estos no necesitan estar en una constante condición de remordimiento debido a los errores que cometen por su imperfección inherente. (Sl 103:8-14; 130:3.) Si andan concienzudamente en los caminos de Dios, pueden sentirse gozosos. (Flp 4:4-6; 1Jn 3:19-22.)
Entre los que necesitan arrepentimiento puede que estén aquellos que ya han disfrutado de una relación favorable con Dios, pero que se han desviado y han sufrido la pérdida de su favor y bendición. (1Pe 2:25.) Israel estaba en una relación de pacto con Dios, eran un “pueblo santo”, escogido de entre todas las naciones (Dt 7:6; Éx 19:5, 6); los cristianos también llegaron a estar en una posición justa ante Dios mediante el nuevo pacto mediado por Cristo. (1Co 11:25; 1Pe 2:9, 10.) En el caso de aquellos que se desviaron, el arrepentimiento los conducía a la restauración de su buena relación con Dios y a los consiguientes beneficios y bendiciones que les reportaría esa relación. (Jer 15:19-21; Snt 4:8-10.) Para los que no han disfrutado con anterioridad de tal relación con Dios como los pueblos paganos de naciones no israelitas durante el tiempo en que estuvo en vigor el pacto de Dios con Israel (Ef 2:11, 12) y todas aquellas personas de cualquier raza o nacionalidad que están fuera de la congregación cristiana, el arrepentimiento es un paso principal y esencial para llegar a estar en una posición justa delante de Dios, con vida eterna en mira. (Hch 11:18; 17:30; 20:21.)
El arrepentimiento puede ser tanto colectivo como individual. Por ejemplo: la predicación de Jonás movió a toda la ciudad de Nínive a arrepentirse, desde el rey hasta “el menor de ellos”, pues a los ojos de Dios todos habían participado en la maldad. (Jon 3:5-9; compárese con Jer 18:7, 8.) A instancias de Esdras, la entera congregación formada por los israelitas que regresaron del exilio reconoció su culpabilidad colectiva ante Dios y expresó arrepentimiento por medio de sus príncipes representantes. (2Cr 29:1, 10; 30:1-15; 31:1, 2.) Asimismo, la congregación de Corinto se arrepintió de haber tolerado la presencia de alguien que practicaba males crasos. (2Co 7:8-11; 1Co 5:1-5.) Incluso los profetas Jeremías y Daniel no se eximieron por completo de culpabilidad cuando confesaron los males que había cometido Judá y que resultaron en su caída. (Lam 3:40-42; Da 9:4, 5.)

Qué requiere el verdadero arrepentimiento
 El arrepentimiento envuelve tanto la mente como el corazón. Hay que reconocer lo malo del proceder o la acción, y para ello se precisa aceptar como justas las normas y la voluntad divinas. Ignorar u olvidar su voluntad y normas es una barrera para el arrepentimiento. (2Re 22:10, 11, 18, 19; Jon 1:1, 2; 4:11; Ro 10:2, 3.) Por esta razón, Jehová, en su misericordia, ha enviado a profetas y predicadores para que hagan una llamada al arrepentimiento. (Jer 7:13; 25:4-6; Mr 1:14, 15; 6:12; Lu 24:27.) Al hacer que se publiquen las buenas nuevas por medio de la congregación cristiana, y en particular desde el tiempo de la conversión de Cornelio en adelante, Dios ha estado “diciéndole a la humanidad que todos en todas partes se arrepientan”. (Hch 17:22, 23, 29-31; 13:38, 39.) La Palabra de Dios (escrita o hablada) es el medio para ‘persuadirles’, para convencerles de lo justo del camino del Creador y de lo incorrecto de sus propios caminos. ( Lu 16:30, 31; 1Co 14:24, 25; Heb 4:12, 13.) La Ley de Dios es “perfecta, hace volver el alma”. (Sl 19:7.)
El rey David habla de ‘enseñar a los transgresores los caminos de Dios para que se vuelvan a Él’ (Sl 51:13), obviamente una referencia a sus compañeros israelitas. A Timoteo se le dijo que no pelease cuando tratase con los cristianos de las congregaciones a las que servía, sino que ‘instruyese con apacibilidad a los que no estuvieran favorablemente dispuestos’, ya que Dios tal vez les daría ‘arrepentimiento que conduciría a un conocimiento exacto de la verdad, y recobrarían el juicio fuera del lazo del Diablo’. (2Ti 2:23-26.) Por consiguiente, la llamada al arrepentimiento se puede dar tanto dentro de la congregación del pueblo de Dios como fuera de ella.
La persona debe entender que ha pecado contra Dios. (Sl 51:3, 4; Jer 3:25.) Esto puede ser bastante obvio cuando existe blasfemia pública contra el nombre de Dios o adoración de otros dioses, como por medio de imágenes idolátricas. (Éx 20:2-7.) Sin embargo, hasta en lo que se pudiera considerar como un “asunto privado” o algo entre dos personas, ha de reconocerse que los males cometidos son pecados contra Dios, una falta de respeto a Jehová. (2Sa 12:7-14; Sl 51:4; Lu 15:21.) Hay que admitir que incluso las faltas en las que se incurre por ignorancia o equivocación hacen que se sea culpable ante el Gobernante Soberano, Jehová Dios. ( Le 5:17-19; Sl 51:5, 6; 119:67; 1Ti 1:13-16.)

Una parte importante de la labor de los profetas consistió en convencer a Israel de sus pecados (Isa 58:1, 2; Miq 3:8-11), bien de idolatría (Eze 14:6), injusticia, opresión de un semejante (Jer 34:14-16; Isa 1:16, 17), inmoralidad (Jer 5:7-9) o falta de confianza en Jehová al apoyarse en el hombre y en el poderío militar de las naciones. (1Sa 12:19-21; Jer 2:35-37; Os 12:6; 14:1-3.) El mensaje que Juan el Bautista y el propio Jesucristo dirigieron al pueblo judío fue una llamada al arrepentimiento. (Mt 3:1, 2, 7, 8; 4:17.) Ambos pusieron al descubierto la condición pecaminosa de la nación al despojar a la gente y a sus guías religiosos del halo de santurronería que les amparaba y del embozo de tradiciones humanas y simulaciones hipócritas que les encubría. (Lu 3:7, 8; Mt 15:1-9; 23:1-39; Jn 8:31-47; 9:40, 41.)