miércoles, 3 de enero de 2018

LA OBRA Y LAS OBRAS DE LA GRACIA

 
Efesios 2; 1-7

1 Y a vosotros, que estabais muertos por vuestras culpas y pecados, 2 en los que a la sazón caminabais según el eón de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que actúa ahora entre los hijos de la desobediencia... 3 Entre los cuales también nosotros todos vivíamos entonces según las concupiscencias de nuestra carne; cumplíamos los deseos de la carne y de los impulsos y éramos, por naturaleza, hijos de ira exactamente como los otros. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por el mucho amor con que nos amó, 5 y muertos como estábamos por nuestros pecados, nos ha vivificado con Cristo -por gracia habéis sido salvados-,6 y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales con Cristo Jesús 7 para mostrar en los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús.

   Según Pablo la humanidad se divide en dos grupos, por muy desiguales que sean en número y magnitud: judíos y gentiles. No se trata de un nacionalismo de vía estrecha, en el que hubiera caído el judío Pablo. Es Dios el que ve así a la humanidad, Dios para quien no cuenta el número y la masa. Por su elección especial y por el misterio de su misión este pequeño pueblo escogido por Dios sirve de contrapeso al mundo pagano, por innumerables que sean sus pueblos. Esta división fundamental sirve de base a Pablo para diferenciar a judíos y gentiles.

Pero, mientras en la carta a los Romanos, Pablo describe minuciosamente el estado de pecado entre gentiles y judíos, aquí se contenta con destacar en ambos el fundamento y la fuente de su antigua esclavitud respecto al pecado.
Pablo había empezado diciendo que nos encontrábamos en una condición de muerte espiritual en pecados y transgresiones; ahora dice que Dios, en Su amor y misericordia, nos ha dado la vida en Jesucristo. ¿Qué quiere decir exactamente con eso? Ya vimos que estaban implicadas tres cosas en estar muertos en pecados y transgresiones. Jesús tiene algo que hacer con cada una de estas cosas.
(i) Ya hemos visto que el pecado mata la inocencia. Ni siquiera Jesús puede devolverle a una persona la inocencia que ha perdido, porque ni siquiera Jesús puede atrasar el reloj; pero lo que sí puede hacer Jesús, y lo hace, es librarnos del sentimiento de culpabilidad que conlleva necesariamente la pérdida de la inocencia.
Lo primero que hace el pecado es producir un sentimiento de alejamiento de Dios. Cuando una persona se da cuenta de que ha pecado, se siente oprimida por un sentimiento de que no debe aventurarse a acercarse a Dios. Cuando Isaías tuvo la visión de Dios, su primera reacción fue decir: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Porque soy un hombre de labios inmundos, y vivo entre personas que tienen los labios inmundos» Isaías 6:5). Y cuando Pedro se dio cuenta de Quién era Jesús, su primera reacción fue: «¡Apártate de mí, porque yo soy un hombre pecador, oh Señor!» (Lucas 5:8).
Jesús empieza por quitar ese sentimiento de alejamiento.
Él vino para decirnos que, estemos como estemos, tenemos la puerta abierta a la presencia de Dios. Supongamos que hubiera un hijo que hubiera hecho algo vergonzoso, y luego hubiera huido porque estaba seguro de que no tenía sentido volver a casa, porque la puerta estaría cerrada para él. Y entonces, supongamos que alguien le trae la noticia de que la puerta la tiene abierta, y le espera una bienvenida cálida en casa. ¡Qué diferentes haría las cosas esa noticia! Esa es la clase de noticia que nos ha traído Jesús. Él vino para quitar el sentimiento de alejamiento y de culpabilidad, diciéndonos que Dios nos quiere tal como somos.

(ii) Ya vimos que el pecado mata los ideales por los que viven las personas. Jesús despierta el ideal en el corazón humano. Cristo nos da la gloria.
 La gracia de Jesucristo enciende de nuevo los ideales que habían extinguido las caídas sucesivas en pecado. Y al encenderse de nuevo, la vida se convierte otra vez en una escalada.

(iii) Por encima de otras cosas, Jesucristo aviva y restaura la voluntad perdida. Ya vimos que el efecto mortífero del pecado es que destruía lento pero seguro la voluntad de la persona, y que la indulgencia que había empezado por un placer se había convertido en una necesidad. Jesús crea otra vez la voluntad.
Eso es de hecho lo que hace siempre el amor. El resultado de un gran amor es siempre purificador. Cuando uno se enamora de veras, el amor le impulsa a la bondad. Su amor al ser amado es tan fuerte que quebranta su antiguo amor al pecado.
Eso es lo que Cristo hace por nosotros. Cuando Le amamos a Él, ese amor recrea y restaura nuestra voluntad hacia la bondad.  
Los étnicos cristianos estaban en otro tiempo al servicio de poderes enemigos de Dios. Eran, por decirlo así, ciudadanos pleno iure en el reino del príncipe de este mundo, instrumentos arbitrarios de su odio profundo hacia Dios, aspecto éste del pecado que, a pesar de olvidarse frecuentemente, merecería una reflexión muy seria.

Con un lenguaje, para nosotros desacostumbrado y condicionado por la época, se dice aquí de Satán que actúa en el eón de este mundo. La palabra «eón» tiene muchas significaciones: eternidad, época histórica, espacio histórico, espacio aéreo. Aquí hay que suponer una significación especial, que no podemos explicar con plena seguridad. Con esta palabra se indica algo que nosotros llamaríamos, de manera muy imperfecta, el espíritu del tiempo; pues en el concepto «eón» se contenía, para el mundo de los destinatarios de la carta, algo de eterno, personal e incluso divino. Cuando aquí se trata del eón del mundo o, más bien, del mundo como eón, no es el mundo como realidad visible, ni tampoco se insinúa una especial significación o perspectiva del universo. Es un uso, totalmente particular, de la palabra «mundo», considerado como un ser soberano por sí mismo, que se basta a sí mismo y que, por ello, prácticamente se enfrenta con Dios. «Eón de este mundo» quería, por tanto, decir: un poder satánico y antidivino que empuja a considerar al mundo como Dios y a adoptar ante él la actitud consiguiente.

Por debajo de Dios está realmente, como fuerza propiamente impulsora, Satán, «el príncipe de la potestad del aire». El aire (incluso el cielo), concebido como la zona inferior de la atmósfera, era considerado como la zona residencial de los malos espíritus. Esta situación «elevada» los coloca en una actitud superior, y, en su calidad de invisibles e inalcanzables, los hace doblemente peligrosos. Tienen un señor que manda sobre ellos. Es Satán. Podemos podar esta concepción del follaje mítico de la época, y nos encontramos ante una gran verdad: Dios tiene en Satán un adversario (aunque en plano inferior), y este adversario tiene poder en el mundo, y en la guerra entre Dios y Satán se trata precisamente de los hombres.

Todavía queda una tercera denominación: «del espíritu que actúa ahora entre los hijos de la desobediencia...» Es el mismo Satán, aunque no deja de ser extraño que, por las exigencias gramaticales, haya que igualarlo con el aire, de cuyo dominio se venía hablando. El príncipe de este mundo domina y define el aire, es decir, la atmósfera en que los hombres viven.

Esta atmósfera es su arma eficaz y peligrosa, y sabe muy bien servirse de ella. Es el aire, al que los «hijos de la rebelión» se entregan incondicionalmente. Es el aire, en el que la cristiandad de origen pagano tiene que vivir. Es esa atmósfera, con la que el «príncipe de este mundo» presenta al hombre la realidad como eón, como algo soberano que sólo obedece a su propio mecanismo de leyes y viene finalmente a reemplazar al mismo Dios. El hombre, que incurre en ello, se pone como fin y meta de su vida a este mundo satánico, así entendido. Introduce el pecado y el mal en su propio corazón, que llegan a tomar incremento y a poner un dique al primitivo impulso del hombre hacia el bien.

Y así al final viene éste a convertirse en esclavo del príncipe de las tinieblas y cosecha la muerte («que estabais muertos por vuestras culpas y pecados»). Éste es el pasado tenebroso que los étnico cristianos no deberían olvidar; el oscuro subsuelo, sobre el que puede proyectarse la luz de la salvación con redoblada fuerza, fuente de una duradera y siempre renovada alegría y de un agradecimiento desbordante.

Otra vez vuelve el Apóstol a la raíz del pecado. Pero aquí, como se trata de los que antes eran judíos, no predomina la perspectiva del engaño seductor del mundo y de los poderes satánicos que se sirven de aquél. Pues el judío conoce los caminos de Dios, conoce su voluntad expresada en la ley. Más bien sucumbe a las fuerzas subsidiarias, que para el mundo y Satán representan las tendencias íntimas del hombre, y que aquí se llaman «las concupiscencias de nuestra carne».

Pero para Pablo el concepto «carne» tiene mayor extensión de lo que nosotros a primera vista entendemos, cuando hablamos de los pecados de la carne. Carne es para san Pablo todo el hombre, en cuanto que -abandonado a sus propias fuerzas-, como hijo y heredero del primer padre caído, «está inclinado al mal desde su juventud» (Génesis 6:5). ¿Dónde está la debilidad radical de este hombre? Sencillamente en que, por su propio natural, no es consciente de su absoluta e impensable dependencia de Dios. Y así tiene siempre la tentación de convertir al propio yo en medida, instrumento y meta de todo su pensar, su querer y su hacer. Por eso podemos definir la «carne» en sentido paulino como el egoísmo natural del hombre caído. Y siendo esta adhesión al yo la infraestructura de todo pecado, será bienvenido todo lo que nos pueda ayudar a buscar sólo a Dios y a Cristo y a servirlos en nuestra vida.

«...por naturaleza, hijos-de-ira» significa aquí claramente la imposibilidad natural de evitar el pecado y escapar a la ira de Dios con las solas fuerzas de la naturaleza caída. Y si, siguiendo más adelante, nos preguntamos cómo se ha llegado a este «estado natural», tendríamos que recurrir a la doctrina del pecado original. En una palabra, gentiles y judíos, toda la humanidad, están sin salvación bajo el dominio del pecado.

Pero ¿es correcta esta descripción? Prescindiendo de la María, ¿no nos da la Escritura testimonio de la vida de una Isabel, de un Zacarías, de un Juan Bautista? Y el mismo Pablo ¿no escribe sinceramente que, cuando era fariseo, vivía «irreprensible» en la observancia de la ley divina (Filipenses 3:6)? ¿Cómo considera ahora a todos las demás hijos de ira, que han vivido «según las concupiscencias de la carne»? La respuesta es ésta: aquí, como más expresamente en la carta a los Romanos, parece como si Pablo, para probar la universalidad del pecado humano, sacara un argumento de la experiencia y de la historia. Pero un «argumento» así no es naturalmente posible, y en el fondo Pablo no se demora mucho en ello. Él parte siempre de la revelación. Por ella sabe que sólo en Cristo Jesús está la salvación para todos. No hay ningún camino, fuera de él, que lleve a la salvación. Por eso concluye lógicamente: luego todos están necesitados de redención, luego «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios». Esta es la verdad revelada que Pablo aquí -y mucho más en la carta a los Romanos- amplía retóricamente, al describir a todos como esclavos del pecado. Aquí, como muchas veces en la Sagrada Escritura, hay que distinguir entre la verdad que el escritor quiere expresar, y la manera como lo hace. Pablo ha señalado el fondo tenebroso. Esto lo hace adrede. Cree que es muy importante que a sus fieles les quede muy grabada en la conciencia su situación inicial, una situación humanamente sin perspectiva. Y es muy comprensible: sin conciencia de pecado no hay necesidad de salvación, sin necesidad de salvación no hay alegría de redención, sin alegría de redención no hay verdaderamente un alegre mensaje. Si con nuestra palabra y nuestra vida no traemos a los hombres alegría, paz, felicidad, le falta entonces a nuestro cristianismo y a nuestro mensaje fuerza de penetración.

Esto explica por qué san Pablo insiste tanto en nuestra situación inicial, humanamente hablando, desesperada; y esto con razón tanto mayor cuanto que anteriormente ha hablado con entusiasmo de las vicisitudes del gran don que Dios nos ha hecho en Jesucristo.
La situación inicial de paganos y judíos ha quedado descrita: perdición sin remedio. Ahora viene el viraje repentino: «Pero Dios...»: sí, sólo él puede aquí ayudarnos y lo ha hecho realmente. Pero téngase en cuenta cómo cada palabra del Apóstol subraya el carácter marcadamente gratuito de esta intervención divina: «Dios, que es rico en misericordia», «por el mucho amor», «muertos como estábamos». No es ésta simplemente una muerte que consiste en la falta de vida; sino una muerte que consiste en la separación de Dios, en la enemistad con él. Es la misma idea expuesta en la carta a los Romanos: «Dios nos demuestra su amor en el hecho de que Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores... Cuando aún éramos sus enemigos, nos ha reconciliado por la muerte de su Hijo» (Rm 5; 8).

A decir verdad, en nosotros no había nada que pudiera «estimular» el amor de Dios. Pero así es precisamente el amor de Dios: no necesita, como el amor humano, el aliciente de la amabilidad del objeto. El amor de Dios crea la amabilidad de su objeto. Uno no es amado por Dios porque sea amable, sino que es amable porque es amado por Dios.

«Nos ha vivificado con Cristo». Al pronunciar estas palabras, de tal manera se apretujan en la mente de Pablo las impensables hazañas de Dios (encarnación, crucifixión, resurrección y el bautismo cristiano como participación de todo esto), que llega como a perder el hilo de su pensamiento. Tiene que interrumpirse (cosa en él frecuente), pero aquí con una llamada de atención incidental (cosa en él muy rara): lo que bulle en su interior pugna por salir fuera, y no puede menos que sacudir la atención de sus lectores, para empujarlos hacia el objetivo, en que para él descansa todo: «por gracia habéis sido salvados».

«Salvados». Hay que haberlo vivido. Hay que haber sido literalmente arrancado de una muerte segura, para comprender en la más íntima fibra del propio ser lo que significa «salvado», aun cuando no fuera más que en esta pobre y corta existencia terrena. Si queremos que la Palabra de Dios se convierta para nosotros en una vivencia, hemos de intentar bucear en la escuela de las experiencias de la vida, con las que los conceptos descarnados e incoloros adquirirán una nueva luz. Éste es el caso de la vivencia de la propia salvación. La vida está llena de parábolas, y Jesús con su lenguaje parabólico nos ha enseñado a valorar la vida de cada día a la luz del mensaje de Dios.

Esto por lo que se refiere a la expresión «salvados». Pero el énfasis particular de la llamada incidental del Apóstol no está ahí, sino en la expresión «por gracia». Esto es lo que preocupa a Pablo en primer plano. Es el pensamiento fundamental y orientador de su ya larga lucha por un Evangelio liberado de la ley.
Pablo cierra este pasaje con una gran exposición de aquella paradoja que siempre subyace en el corazón de esta visión del Evangelio. Esta paradoja tiene dos caras.
(i) Pablo insiste en que es por gracia como somos salvos. No hemos ganado la salvación ni la podríamos haber ganado de ninguna manera. Es una donación de Dios, y nosotros no tenemos que hacer más que aceptarla. El punto de vista de Pablo es innegablemente cierto. Y esto por dos razones:
(a) Dios es la suprema perfección; y por tanto, solo lo perfecto es suficientemente bueno para él. Los seres humanos, por naturaleza, no podemos añadir perfección a Dios; así que, si una persona ha de obtener el acceso a Dios, tendrá que ser siempre Dios el Que lo conceda, y la persona quien lo reciba.
(b) Dios es amor; el pecado es, por tanto, un crimen, no contra la ley, sino contra el amor. Ahora bien, es posible hacer reparación por haber quebrantado la ley, pero es imposible hacer reparación por haber quebrantado un corazón. Y el pecado no consiste tanto en quebrantar la ley de Dios como en quebrantar el corazón de Dios. Usemos una analogía cruda e imperfecta.
Supongamos que un conductor descuidado mata a un niño. Es detenido, juzgado, declarado culpable, sentenciado a la cárcel por un tiempo y/o a una multa. Después de pagar la multa y salir de la cárcel, por lo que respecta a la ley, es asunto concluido. Pero es muy diferente en relación con la madre del niño que mató. Nunca podrá hacer compensación ante ella pasando un tiempo en la cárcel y pagando una multa. Lo único que podría restaurar su relación con ella sería un perdón gratuito por parte de ella.
Así es como nos encontramos en relación con Dios. No es contra las leyes de Dios solo contra lo que hemos pecado, sino contra Su corazón. Y por tanto solo un acto de perdón gratuito de la gracia de Dios puede devolvernos a la debida relación con Él.

(ii) Esto quiere decir que las obras no tienen nada que ver con ganar la salvación. No es correcto ni posible apartarse de la enseñanza de Pablo aquí -y sin embargo es aquí donde se apartan algunos a menudo. Pablo pasa a decir que somos creados de nuevo por Dios para buenas obras. Aquí tenemos la paradoja paulina. Todas las buenas obras del mundo no pueden restaurar nuestra relación con Dios; pero algo muy serio le pasaría al cristiano si no produjera buenas obras.
No hay nada misterioso en esto. Se trata sencillamente de una ley inevitable del amor. Si alguien nos ama de veras, sabemos que no merecemos ni podemos merecer ese amor. Pero al mismo tiempo tenemos la profunda convicción de que debemos hacer todo lo posible para ser dignos de ese amor.
Así sucede en nuestra relación con Dios. Las buenas obras no pueden ganarnos nunca la salvación; pero habría algo que no funcionaría como es debido en nuestro cristianismo si la salvación no se manifestara en buenas obras.
Como decía Lutero, recibimos la salvación por la fe sin aportar obras; pero la fe que salva va siempre seguida de obras. No es que nuestras buenas obras dejen a Dios en deuda con nosotros, y Le obliguen a concedernos la salvación; la verdad es más bien que el amor de Dios nos mueve a tratar de corresponder toda nuestra vida a ese amor esforzándonos por ser dignos de él.
Sabemos lo que Dios quiere que hagamos; nos ha preparado de antemano la clase de vida que quiere que vivamos, y nos lo ha dicho en Su Libro y por medio de Su Hijo. Nosotros no podemos ganarnos el amor de Dios; pero podemos y debemos mostrarle que Le estamos sinceramente agradecidos, tratando de todo corazón de vivir la clase de vida que produzca gozo al corazón de Dios.

«...y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales, en Cristo Jesús». Podíamos parafrasear este versículo d este modo: “Seremos resucitados juntamente con Cristo a una vida en la nueva creación, y podemos hablar de eso como si fuera algo ya logrado porque, primero, el hecho decisivo de la resurrección del Hombre representativo, Jesús, ya sucedió, y segundo, ya comenzamos a participar de algunos aspectos de esa vida en la nueva creación en nuestra actual unión con él.”
 Tres «nos» que encontramos en los versículos 5 y 6 señalan nuestra unión con Cristo: 1) en su resurrección; 2) en su ascensión; y 3) en su papel actual a la diestra de Dios. Desde este lugar de compañerismo,Él nos concede que participemos en las obras del poder de su reino.
Debido a la resurrección de Cristo, sabemos que nuestros cuerpos también resucitarán (1Co 15:2-23) y que ya se nos ha dado el poder para vivir ahora la vida cristiana (1Co 1:19). Estas ideas se hallan combinadas en la imagen de Pablo cuando habla de estar sentado con Cristo en "lugares celestiales" . Nuestra vida eterna con Cristo es cierta, porque estamos unidos en su poderosa victoria.
 He aquí una audaz e inaudita visión de la realidad cristiana, de la que hemos tenido ya ocasión de hablar. Nuestra cabeza está elevada sobre todos los cielos a la derecha del Padre, nuestra cabeza, cuyos miembros somos nosotros y que con ella formamos un cuerpo, aún más un hombre (Gálatas 3:28). En ella también hemos sido glorificados. Hay algo que nos separa de esta realidad fundamental, siendo así que nuestra efectiva participación en la gloria de Dios es todavía una mera esperanza; pero tenemos la garantía del Espíritu Santo, poseído ya por nosotros, y que es la «prenda de nuestra herencia». Esto, para la fe de Pablo, quiere decir ser cristiano.
Pablo alude tres veces a esta idea: el último objetivo de la actuación de Dios no puede reposar en el hombre, sino que es «alabanza de la gloria de su gracia». Igualmente aquí en toda misericordia, en todo amor, el último objetivo sólo puede ser la gloria de Dios. Durante toda la eternidad se reconocerá y glorificará, con admiración siempre nueva, la inconmensurabilidad de su gracia, manifestada en la bondad que nos ha mostrado «en el Amado».


 ¡Maranatha! ¡Sí, ven Señor Jesús!

3 Enero 2018 Sembrando la Palabra de Dios en la Biblia.


  Mateo 11; 28
(Jesús dijo:)Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar.

En base a lo que Jesús acaba de decir en el versículo 27 Él tiene autoridad para invitar a todos a su salvación. Nuestro Salvador ha invitado a todos los que trabajan fuerte y están muy cargados que vayan a Él. En algunos sentidos, todos los hombres están así. De nuevo Jesús tiene ante su vista las mismas personas a que estaba dedicado con todo el amor: los pobres y hambrientos, los ignorantes y la gente sencilla, los apenados y enfermos. Siempre le han rodeado, le han llevado sus enfermos, han escuchado sus palabras, y también han procurado tocar aunque sólo fuera una borla de su vestido. También ha ido a ellos por propio impulso y ha comido con los desechados. Ahora llama a sí a todos ellos y les promete aliviarlos. Son como ovejas sin pastor, están abatidos y desfallecidos. Están abrumados y gimen bajo el yugo. Esta es la carga de su vida agobiada y penosa, pero sobre todo la carga de una interpretación insoportable de la ley. Esta doble carga les cansa y les deja embotados. En cambio Jesús los quiere aligerar y darles alegría.  Jesús hablaba a personas que estaban tratando desesperadamente de encontrar a Dios, y tratando desesperadamente de ser buenas, pero que estaban encontrándolo imposible, y que se hallaban sumidas en el agotamiento y la desesperación.

 Los hombres mundanos se recargan con preocupaciones estériles por la riqueza y los honores; el alegre y sensual se esfuerza en pos de los placeres; el esclavo de Satanás y sus propias lujurias es el siervo más esclavizado de la tierra. Los que trabajan duro por establecer su propia justicia, también trabajan en vano. El pecador convicto está muy cargado de culpa y terror; y el creyente tentado y afligido tiene trabajos duros y cargas. Cristo los invita a todos a que vayan a Él en pos de reposo para sus almas. Él solo da esta invitación: los hombres van a Él cuando, sintiendo su culpa y miseria, y creyendo su amor y poder para socorrer, lo buscan con oración ferviente. Así, pues, es deber e interés de los pecadores trabajados y cargados, ir a Jesucristo. Este es el llamado del evangelio: quienquiera que quiera, venga. Todos los que así van recibirán reposo como regalo de Cristo, y obtendrán paz y consuelo en su corazón. Pero al ir a Él deben tomar su yugo y someterse a su autoridad. Deben aprender de Él todas las cosas acerca de su consuelo y obediencia.

Apocalipsis 3; 20
'He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo.

La iglesia de Laodicea era rica y se sentía satisfecha de sí misma, pero no contaba con la presencia de Cristo. Él estaba llamando a la puerta del corazón de los creyentes, pero ellos estaban tan ocupados disfrutando de los placeres mundanos que ni se daban cuenta de que El intentaba entrar. Los placeres de este mundo -dinero, seguridad, bienes materiales- pueden ser peligrosos porque su satisfacción temporal nos puede volver indiferentes al ofrecimiento de Dios de darnos satisfacción eterna. Si descubre que es indiferente a la iglesia, a Dios o a la Biblia, ha empezado a sacar a Dios de su vida. Siempre déjele abierta a Dios la puerta de su corazón, y así lo oirá cada vez que llame. Dejar que entre es su única esperanza de satisfacción total.

  Jesucristo está llamando a la puerta de nuestro corazón cada vez que sentimos que debemos volver a Él. Desea tener amistad con nosotros y quiere que le abramos la puerta. Él es paciente y persiste en su intento de llegar a nosotros, sin irrumpir y entrar, sino llamando. Nos permite decidir si le entregamos o no la vida a Él. 

Apela al pecador no sólo con su mano (sus providencías) llamando, sino también con la voz (su palabra leída, u oída; o más bien, por su Espíritu que interiormente aplica al espíritu del hombre las lecciones sacadas de sus providencías y de su palabra). Si nos negamos a oír su llamada a nuestra puerta ahora, él se negará a responder a nuestra llamada a su puerta, después. 
Las preocupaciones por las cosas terrenas han sumido a los cristianos en un estado de indiferencia espiritual. Se han vuelto tibios, como las aguas termales que corrían por el territorio de Laodicea. Este estado espiritual es el peor, porque en él no se sienten los remordimientos de conciencia. Hubiera sido mucho mejor que fuera fría o caliente, porque así el Señor no sentiría vómitos de ella y no la vomitaría de su boca. Para el cristiano, la tibieza espiritual, la falta de ánimo y de arranque para progresar en la vida espiritual, constituyen un grave mal.
Juan no olvida nunca, incluso en los momentos en que tiene que corregir más severamente, que Dios es amor.
Juan nos presenta, en esta primera parte del Apocalipsis, a Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, resucitado y glorioso, juez de vivos y muertos y cabeza de las iglesias. Cuanto dice de cada una de estas iglesias puede ser aplicable a otras que se hallen en las mismas circunstancias. Porque la Palabra del Señor está por encima de los lugares y de los tiempos; por encima de los pastores y de los ancianos. Dignas de especial atención son las promesas de vida eterna con que trata de alentar a las iglesias y a los fieles en los momentos de prueba. Tal es el pensamiento dominante del Apocalipsis y el más conveniente en aquellas circunstancias, como las de hoy.


¡Maranata! ¡Sí, ven Señor Jesús!

martes, 2 de enero de 2018

LA ADORACIÓN QUE COMPLACE A DIOS


Juan 4:20-24:

  Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar.
   Jesús le dijo*: Mujer, créeme; la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.
   Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
   Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren.
   Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad.


           El día del nacimiento de Jesús, se apareció un ángel en el cielo y con él una multitud de los ejércitos celestiales que alabando a Dios decían; " Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace" ¿Quiénes son los llamados a ser adoradores? ¿Necesita Dios de nuestra adoración?
¡Cuántos millones adoran a Dios (o a sus propios dioses) simplemente porque así "nuestros padres" adoraron! Son pocos los que se apartan de la religión de sus padres. Además, hay peligro de que los hijos de los hermanos fieles tengan solamente una religión "heredada", es decir, que asistan a los servicios, y aun se bauticen, porque es lo que sus padres hicieron.
Parece que la samaritana quería cambiar de tema para no seguir hablando acerca de su vida matrimonial (esta es la actitud de mucha gente que está mal en su matrimonio, en su vida o en su ministerio), y como ella tratan de volverse muy espirituales. Cuando nuestra vida no es precisamente de obediencia a Dios, aparentamos y damos muestras externas de espiritualidad, pretendiendo así adorar a Dios.
Antes de contestar la pregunta de la samaritana, Jesús "llegó al grano", afirmando que un nuevo orden estaba por establecerse en el cual ni Jerusalén ni ningún monte tendrían importancia. Esta profecía habrá sido muy agradable para la samaritana, pues este Profeta judío dijo que la hora vendría cuando los samaritanos podrían adorar a Dios sin subir a Jerusalén. Aparte de eso, aunque sus "padres adoraron en este monte", ellos no lo harían; más bien, ellos serían librados de los muchos requisitos externos de su religión nacional. Cuando esta mujer se dio cuenta de que Jesús conocía su vida privada, en seguida cambió de tema. A menudo la gente  que se dice “creyente” se siente molesta cuando se habla de sus pecados o problemas y procura pasar a otro asunto.

De pronto, ella no tuvo más remedio que enfrentarse consigo misma, y con su vida andrajosa e inmoral e inadecuada. La revelación «es para el hombre el descubrimiento de su propia vida... Al revelador sólo se le reconoce en la medida en que el hombre resulta transparente para sí mismo; el reconocimiento de Dios y de sí mismo por parte del hombre forman una sola cosa». Hay dos revelaciones en el Evangelio: la de Dios y la de nosotros mismos. Nadie se ha visto como es en realidad a menos que se haya visto en la presencia de Cristo; y lo que se ve entonces no es nada halagüeño. Para decirlo de otra manera: la conversión empieza con un sentimiento de pecado. Uno se da cuenta de pronto de que la vida que vive no vale. Despertamos a nosotros mismos y a nuestra necesidad de Dios.

Cuando un cristiano ama a una persona o congregación le señala que va por mal camino, lo hace no para sumirlas en la desesperación, sino para indicarles el camino de la sanidad, de la enmienda y de la rectificación. A los carnales no le gusta reconocer sus pecados, y se defienden, revelando por su boca lo que de verdad reina en su corazón.
Así Jesús, empezó por revelarle a esta mujer la condición en que se encontraba; pero luego pasó a revelarle en qué consiste el verdadero culto en el que nuestras almas pueden tener un encuentro con Dios. La verdadera adoración no se basa en un rito ni en un símbolo, ni en una repetición de ordenanzas.
A la mujer le habían enseñado a reverenciar el monte Guerizim como el lugar más santo de la Tierra, y a despreciar a Jerusalén. Lo que estaba en su mente, y lo que se estaba diciendo a sí misma, era: " Yo soy una pecadora, y tengo que ofrecerle a Dios un sacrificio por mis pecados; tengo que llevar una ofrenda a la casa de Dios y ponerme a buenas con Él. ¿Adónde tengo que ir?» Para ella, lo único que podía saldar el pecado era el sacrificio. Su problema fundamental era ¿Dónde había que presentar ese sacrificio? A estas alturas ella ya no está discutiendo los respectivos méritos del templo del monte Guerizim y los del monte de Sión; lo que quiere saber es: " ¿Dónde puedo yo encontrar a Dios?
Jesús no quería insultar a esta mujer, sino que quería ganar su alma, pero solamente la verdad salva; por eso, tuvo que decirle que los samaritanos estaban equivocados. Aunque profesaran adorar al Dios verdadero, en realidad Él era para ellos (como lo era para los atenienses) el Dios no conocido. Parte de su culto se basaba en las prácticas paganas (los que tenían más influencia entre ellos eran los magos, Hechos_8:9-11), y parte en el Pentateuco (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento), la única sección de las Escrituras hebreas que aceptaban. No aceptaban el resto del Antiguo Testamento por causa de las muchas referencias a Jerusalén como el lugar designado por Dios para la adoración.
 Jesús le contestó que el día de las viejas rivalidades humanas estaba llegando a su final; y que estaba próximo el tiempo cuando la humanidad encontraría a Dios en todas partes. Sofonías había tenido la visión de que las personas adorarían a Dios " cada una en su lugar» (Sofonías_2:11). Y Malaquías había soñado que en todas partes se ofrecería incienso como ofrenda pura al nombre de Dios (Malaquías_1:11). La respuesta que Jesús le dio a la Samaritana fue que no tenía necesidad de ir a ningún sitio determinado para encontrar a Dios, no tenía necesidad de ofrecer sacrificio en ningún lugar especial: el verdadero culto encuentra a Dios en cualquier lugar.
Muchos judíos también se habían apartado de la revelación de Dios, y seguían las tradiciones de los ancianos (los maestros ciegos, Mateo_15:8-9; Mateo_15:14), pero la expresión "adoramos lo que sabemos" se refiere a la revelación de la voluntad de Dios en el Antiguo Testamento. Dios no acepta el culto inventado por los hombres (culto voluntario, Colosenses_2:20-23; Mateo_7:21-23; Levítico_10:1-2; 2Crónicas_26:16-21).
Como la conversión tiene que ser espiritual, así también la adoración tiene que ser espiritual. Ahora la morada de Dios no será "ni aquí en este monte ni en Jerusalén", sino en el espíritu (el corazón) del hombre. El lugar (templo o monte) ya no era lo importante, sino la adoración enseñada por Dios (la verdad), ofrecida con toda sinceridad (con el espíritu) de verdaderos hijos.
Dios es Espíritu. Por eso, no se limita a un templo hecho por manos humanas (1Reyes_8:27; Hechos_7:47-50; Hechos_17:24-28), sino que siendo Espíritu su presencia llena el universo y se puede adorar en todo lugar. La Biblia habla figuradamente de los ojos, oídos, manos y alas de Dios, pero Dios es Espíritu y, por eso, es eterno, omnipotente, omnipresente, omnisciente, etc., y debe ser adorado con toda reverencia (Isaías_6:2-3, "Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos"). "Tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor" (Hebreos_12:28-29).
La adoración que Dios desea no es carnal (para diversión) ni superficial (formalidad fría) sino espiritual. Él quiere sacrificios espirituales no solamente en las reuniones de la iglesia, sino también en nuestra vida diaria (Rom_12:1-2, "presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo"). "No habita en templos hechos por manos humanas", y "no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres" (Hechos_17:23-31).

Por eso, es necesario que adoremos de corazón (Romanos_6:17, "habéis obedecido de corazón"); es decir, con entendimiento, de buena voluntad, y con amor y gozo (2Corintios_8:24, "Mostrad... la prueba de vuestro amor”; "Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre").
Es necesario evitar dos cosas:  el culto basado en los mandamientos de los hombres, y  el culto que, aunque basado en la verdad, sea una formalidad fría. Todos sabemos acerca de los excesos y abusos de los formalismos.
            Jesús nos enseña que es necesario preparar el corazón para adorar a Dios, para alabar "la misericordia de Dios, y sus maravillas para con los hijos de los hombres" (Salmo_107:8; Salno_107:15; Salmo_107:21; Salmo_107:31). Antes de adorar a Dios, debemos perdonar a otros para que Dios nos perdone (Mateo_6:12-14) y buscar la reconciliación con el hermano (Mateo_5:23-24). "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (Hebreos_4:16). "Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe" (Hebreos_10:22). "Ninguno se presentará delante de Jehová con las manos vacías" (Deuteronomio_16:16).
             
Adorar en espíritu y en verdad. En espíritu, es decir, con lo más elevado y más interior que hay en nosotros: los dones de la oración que nos vienen del Espíritu nos confieren una capacidad nueva para estar en comunión con Dios y para que nuestro espíritu se deje dominar e instruir por El (Romanos 8,26; 1 Corintios 2,11). Pero el Espíritu sólo puede actuar libre (sin formalismos denominacionales), y continuamente de ese modo cuando nosotros hayamos descubierto las zonas profundas de nuestro espíritu, luego de haber silenciado la agitación y los ruidos de los deseos y de las emociones superficiales. En verdad, porque no bastan el buen corazón y la generosidad. Debemos purificar también el entendimiento, porque todos conservamos en nosotros imágenes e ideas muy imperfectas de Dios y de su voluntad, incluso si somos feroces adversarios de las imágenes. Debemos podar muchas certezas y muchos sistemas de pensamiento, incluido el terreno de la fe, para abrirse al misterio de Dios.



¡Maranata! ¡Sí, ven Señor Jesús!

2 Enero 2018 Sembrando la Palabra de Dios en la Biblia.

  

 Salmo 49; 1-2
Para el director del coro. Salmo de los hijos de Coré. Oíd esto, pueblos todos; escuchad, habitantes todos del mundo,
tanto humildes como encumbrados, ricos y pobres juntamente.

Este salmo ofrece una esperanza a «los que nada tienen» cuando «quienes lo tienen todo» parecen aventajarlos. La futilidad de la mundanalidad: riquezas, jactancia y fama, resuenan en este salmo. Comparable en su forma con el libro de Eclesiastés, este salmo es uno de los pocos escritos cuyo propósito es enseñar, más que alabar.
Este Salmo instruye y consuela. Enseña que las ventajas terrenales no son dignas de confianza para asegurar la felicidad permanente, y que por más prósperos que sean los mundanos por algún tiempo, su destino final es ruina, mientras que los piadosos están seguros en el cuidado de Dios
Rara vez nos encontramos con una presentación más solemne; no hay verdad de mayor importancia. Todos oigamos esto y apliquémoslo a nosotros mismos. Los pobres corren peligro por el deseo indebido de la riqueza del mundo, y los ricos por tener su gozo en ellas. El salmista empieza aplicándolo a sí mismo, y ese es el método correcto de tratar las cosas divinas. Antes de presentar la necedad de la seguridad carnal, él expone, por propia experiencia, el beneficio y el consuelo de la seguridad santa en la gracia, que disfrutan quienes confían en Dios y no en su riqueza mundana.
En el día del juicio, la iniquidad de nuestros talones, o de nuestros pasos, de nuestros pecados pasados nos acosará. En esos días la gente perversa, mundana, tendrá temor, pero ¿de dónde debiera temer la muerte el hombre que tiene a Dios con él?

Juan 8; 12
Jesús les habló otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

Si algún hombre -- un mero hombre -- hablara de esta manera, todos se darían cuenta de que estaba loco, pero repetidas veces Jesús demostró que verdaderamente Él es la luz del mundo. "¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!" (Juan 7:46), y podemos agregar que jamás hombre alguno ha tenido la pureza moral, la profunda sabiduría y la influencia duradera de Cristo.
Como el sol que El creó es la fuente de luz, fuerza y energía del mundo físico, así también Cristo es la fuente de toda luz, fuerza y energía espiritual. Jesús es nuestro Salvador y Mediador, nuestro ejemplo a seguir, el perfecto Maestro para alumbrar el camino para que no andemos en tinieblas (ignorancia, pecado). "Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo" (Juan 1:9). Alumbra a todo hombre, porque Él es "el resplandor de" la gloria de Dios. Hebreos_1:3.
Dios es luz. Cristo es luz. Pero ¿cómo alumbra nuestro camino? "Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino" (Salmo_119:105). Con esta luz no tomaremos el camino equivocado, evitaremos las desviaciones y obstáculos en el camino. "La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los sencillos" (Salmo_119:130). "Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, y camino de vida las reprensiones que te instruyen" (Proverbios_6:23).
Es necesario entender la palabra de Dios, pero también es necesario que esté "sobre tu corazón". Deuteonomio_6:6-7, "Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás (Filipenses_3:1; 2Pedro_1:12) a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes"; es decir, todo el tiempo y en todo lugar debemos enseñar a los hijos las maravillosas obras de Dios. La palabra clave en este texto es "repetirás", porque de otro modo los niños no aprenden bien, se distraen, olvidan y fácilmente son llevados a caminos malos por sus amigos. El enemigo número uno de los niños es la televisión; los padres que no reconocen este peligro pueden perder a sus hijos. Los que no enseñan con toda diligencia a sus hijos descuidan algo más importante que el alimento, la ropa y la salud física. Los niños y jóvenes que no han sido enseñados diligentemente andarán en tinieblas. Los que andan en tinieblas sufren una vida de miseria, porque hacen malas decisiones, cometen muchos errores y, aun peor, pierden sus almas. Por ejemplo, los que no andan en luz tienen muchos problemas matrimoniales, se divorcian, se vuelven a casar, pelean sobre los hijos, y su vida es una miseria continua.
            También, la iglesia fiel refleja esta luz (Mateo_5:13-16). "En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad" (Efesios_5:8-9; 1Tesalonicenses_5:1-8). Los siete candeleros de oro eran las siete iglesias de Asia (Apocalipsis_1:20). "Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1Pedro_2:9). 
            El evangelio de Cristo y la vida fiel de los santos (Filipenses_2:15; 1Pedro_3:1-4) son los medios que Dios usa para esparcir esta luz. La obra de la iglesia es, pues, alumbrar el camino de los hombres por medio de vidas ejemplares y la enseñanza de la palabra de Cristo. "Si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandeza la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios" (2Corintios_4:3-4).
            "Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1Juan_1:5-7). "El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo" (1Juan_2:10).
            También la luz nos protege. Romanos_13:12, "La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz".
              Cristo no nos da luz solamente para que entendamos su voluntad, sino para que le sigamos. La palabra seguir se refiere a una manera de vivir; es decir, seguirle habitualmente, como soldados que siguen a sus capitanes o generales, como esclavos que obedecen a sus amos, etc.  El cristiano tiene luz, no anda a tientas como un ciego.
            ¿Quién puede andar en tinieblas (ignorancia, decepción, pecado) sin tropezar? En la luz hay seguridad (Salmo 119:105). Hay peligro en las tinieblas. Sin la luz son invisibles los hoyos, los obstáculos, las fieras, etc.
            La luz quiere decir entendimiento. Salmo 119:130, "la exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los sencillos". Pero no basta con aprender la verdad: "¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo" (Isaías_5:20).

¡Maranata! ¡Sí, ven Señor Jesús!


lunes, 1 de enero de 2018

LA HUMILDAD, LA CLAVE DE LA UNIDAD



Filipenses 2; 1-4:
Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión,
   haced completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito.
   Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo,
   no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás.

    Muchas personas, incluso cristianos, que se dicen “veteranos en el evangelio”, viven solo para dar una buena impresión a los demás o para satisfacerse a sí mismas. Pero la "contienda o vanagloria" siempre trae discordias, y por las palabras que pronuncian evidencian como puede estar su corazón. Pablo, sin embargo, enfatiza la unidad espiritual, pidiendo a los filipenses amarse unos a otros y trabajar juntos con un corazón y un propósito. Cuando trabajamos juntos, soportando los problemas de otros como si fueran nuestros, demostramos el ejemplo de Cristo que pone primero a los demás y experimentamos la unidad.  
La ambición personal de los líderes, guías del rebaño, puede arruinar una iglesia local; evitar la reflexión, eludir hacer un alto para examinar en qué condiciones se siembra para la vida espiritual es evidencia de una ceguera espiritual destructora. Es sensato y de humildes preguntarse ¿De dónde venimos? ¿Dónde estamos en madurez? ¿Por qué estamos en este estado? ¿Hacia dónde vamos si continuamos así? La humildad genuina puede edificarse sobre estas preguntas. Ser humilde significa tener una clara perspectiva de nosotros mismos. Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno.  Romanos_12:3. Esto no significa que debamos derrumbarnos. Ante Dios somos pecadores, salvos solo por la gracia de Dios; pero somos salvos y por lo tanto, tenemos gran valor en el reino de Dios. Debemos apartar el egoísmo y tratar a los demás con respeto y cortesía. Considerar los intereses de los otros como más importantes que los nuestros nos une a Cristo, que fue el verdadero ejemplo de humildad.

El único peligro que amenazaba a la iglesia flípense era el de la desunión. Pablo quiere salvaguardar a sus amigos contra ese peligro. Destaca tres causas de desunión:
Está la ambición egoísta. Siempre hay peligro de que las personas hagan las cosas, no para que avance la obra, sino para promocionarse a sí mismas. Es un hecho extraordinario de la Historia que una y otra vez los grandes príncipes de la Iglesia casi huyeran de los cargos en la agonía del sentimiento de su propia indignidad. Ambrosio fue una de las grandes figuras de la Iglesia Primitiva. Era un gran erudito, gobernador de la provincia romana de Liguria y Emilia, y las gobernaba con un cuidado tan cariñoso que la gente le miraba como a un padre. Murió el obispo del lugar, y se planteó la cuestión de la sucesión. En medio de la discusión, de pronto se oyó la voz de un niño: "¡Ambrosio para obispo! ¡Ambrosio para obispo!» Y pronto lo coreó toda la multitud. Para Ambrosio aquello era inconcebible. Salió huyendo aquella noche para eludir el puesto honorable que le ofrecía la iglesia; y sólo le hizo aceptar ser obispo de Milán la intervención y orden del Emperador.

Cuando John Rough convocó públicamente desde el púlpito al gran reformador escocés John Knox al ministerio, éste se sintió apabullado. En su propia Historia de la Reforma escribe: «Ante lo cual, el mencionado John, confuso, rompió a llorar abundantemente, y se retiró a su habitación. Su rostro y su comportamiento desde ese día hasta el día en que se le obligó a presentarse en público para predicar declaraban claramente la preocupación y angustia de su corazón. Nadie le notó ninguna señal-de alegría, ni se le vio en compañía de nadie durante mudos días.»
Lejos de estar llenos de ambición, los grandes hombres estaban llenos de un sentimiento de su propia indignidad para los cargos elevados.
Está el deseo de prestigio personal. El prestigio es para muchos una tentación aún mayor que la de la riqueza. El ser admirado y respetado, en sentarse en la plataforma, que se busque la opinión de uno, que se le conozca a uno de nombre y en persona, hasta el ser adulado son para muchos las cosas más deseables. Pero el propósito del cristiano no debe ser alardear, sino pasar inadvertido. Debe hacer buenas obras, no para que la gente le alabe, sino para que glorifique a su Padre Que está en el Cielo. El cristiano debe desear que la gente fije la mirada, no en él mismo, sino en Dios.
Está el concentrarse en el ego. Si una persona no se preocupa nunca nada más que de sus propios intereses, es inevitable que choque con otras personas. Si su idea de la vida es la de una contienda competitiva cuyos premios se esfuerza por ganar, siempre considerará a los demás como enemigos, o por lo menos como rivales de los que tiene que desembarazarse. El concentrarse en uno mismo induce inevitablemente a eliminar a los demás; y el objeto de la vida no puede ser ayudar a los demás, sino quitarlos de en medio.

Ante el peligro de la desunión, Pablo establece cinco consideraciones que deberían prevenir la desarmonía.
  El hecho de que todos estamos en Cristo debería mantener la unidad. No se puede andar en desunión con los demás y en unión con Cristo. Si se tiene a Cristo de compañero de viaje, se es inevitablemente compañero de los otros viandantes. La relación de una persona con sus camaradas indica a ciencia cierta su relación con Jesucristo.
  El poder del amor cristiano debe mantenernos en unidad. El amor cristiano es esa buena voluntad invencible, que no sucumbe jamás al rencor ni busca más que el bien supremo de los demás. No es una mera actitud del corazón, como el amor humano; es la victoria de la voluntad, lograda con la ayuda de Jesucristo. No quiere decir amar solo a los que nos aman; o a aquellos que nos gustan; ni a los que son amables. Quiere decir una buena voluntad invencible hasta hacia los que nos odian, los que no nos gustan y que son todo lo contrario de amables. Esta es la misma esencia de la vida cristiana; y nos afecta tanto en el tiempo como en la eternidad. Richard Tatlock escribe en En la casa de mi Padre: «El infierno es la condición eterna de los que han hecho imposible la relación con Dios y con sus semejantes con vidas que han destruido el amor... El Cielo, por el contrario, es la condición eterna de los que han encontrado la vida verdadera en la relación por medio del amor con Dios y con sus semejantes.»
  El hecho de compartir el Espíritu Santo debería guardar a los cristianos de la desunión. El Espíritu Santo une al ser humano con Dios y con los demás seres humanos. Es el Espíritu Santo el Que nos permite vivir esa vida de amor que es la misma vida de Dios; si una persona vive en desunión con sus semejantes da señales inequívocas de no tener el don del Espíritu Santo.
  La existencia de la compasión humana debería guardarnos de la desunión. Como dijo Aristóteles hace mucho tiempo, los hombres no fueron diseñados para ser como lobos gruñéndose unos a otros, sino para vivir en armonía. La desunión rompe la estructura esencial de la vida.
  La última exhortación de Pablo es personal. No puede haber felicidad para uno mientras sepa que hay desunión en la iglesia que le es tan querida. Si sus amigos quieren completar su gozo, que completen su comunión. No es con amenazas como Pablo se dirige a los cristianos de Filipos, sino con la exhortación del amor, que debería ser el acento del pastor, como fue el acento de su Señor.

Formar frente cerrado de cara al exterior sólo es auténtico y seguro cuando todo está ordenado en el interior.
La falta de amor se evidencia en la rivalidad y en la vanagloria. El amor es humilde. Tiene en más a los otros que a sí mismo. La humildad era algo con lo que el hombre pagano no sabía hacer demasiadas cosas. Ya la palabra misma tenía en el ámbito griego un matiz peyorativo. Equivalía a mentalidad servil, servilismo, adulación. Semejante conducta era ajena al hombre libre, que la despreciaba. Pero la humildad cristiana no es una humildad perruna. El cristiano es ante todo humilde delante de Dios, porque sabe que de Dios lo ha recibido y lo recibe todo. Y por el camino de Dios alcanza la humildad auténtica ante los otros hombres, ante sus hermanos, en cuanto reconoce en ellos el resplandor de Dios.

Esta apreciación tiene consecuencias prácticas. Por amor a sí mismo busca uno su propio bienestar. Por el amor se preocupa del bienestar de los otros, es decir, alcanza tanto como el amor a sí mismo. Las bellas palabras sobre el amor de nada sirven. Sólo los hechos convencen.

¡Maranata! ¡Sí, ven Señor Jesús!


1 ENERO 2018 Sembrando la Palabra de Dios en la Biblia.



   Romanos 1; 20
Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.

              Este versículo prueba que el hombre estuvo en el principio de la creación porque desde entonces el hombre ha podido entender las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad  Marcos_10:6. Hay quienes reclaman ser cristianos que niegan esta gran verdad, afirmando que el mundo es mucho más antiguo (por millones de años) que la humanidad.
  Al observar el mundo creado, toda persona puede encontrar abundante evidencia de la existencia y el poder de Dios.
Posee alguien excusa para no creer en Dios? La Biblia responde con un enfático no. Dios ha revelado su existencia a través de la naturaleza. Cada persona, por lo tanto, debe aceptar o rechazar a Dios. No seas negligente como mi familia que rechaza de plano a Jesucristo. Cuando llegue el día en que deban ser juzgados por lo que hayan escogido, no habrá excusa. Empieza a darle hoy tu devoción y adoración a Dios por medio de Su Hijo Jesucristo.
En estos versículos, Pablo responde a una objeción común: ¿Cómo un Dios amoroso puede enviar a alguien al infierno, sobre todo a quien nunca oyó acerca de Cristo? Pablo dice que Dios se nos ha revelado ampliamente en su creación. Y la gente sigue aún rechazando este conocimiento básico de Dios. Además, cada uno sabe en su fuero interno lo que Dios demanda, pero optan por no vivir de acuerdo a ello. En otras palabras, nuestras normas morales son siempre mejores que nuestra conducta. Si la gente suprime la verdad de Dios a fin de vivir a su manera, no tiene excusa. Conoce la verdad y tiene que sufrir las consecuencias de pasarla por alto.
 ¿Qué tipo de Dios nos revela la naturaleza? La naturaleza nos muestra un Dios poderoso, inteligente, minucioso, un Dios de orden y hermosura; un Dios que controla todas las cosas. Esta es su revelación general. A través de su revelación especial (la Biblia y la venida de Jesús), aprendemos acerca del amor, el perdón y la vida eterna que Dios ofrece. En su gracia se nos ha revelado de estas dos maneras, para que podamos creer en El.

  Dios se revela a través de la naturaleza a pesar de que este testimonio se ha distorsionado con la caída del hombre. El pecado de Adán motivó que la maldición divina cayera sobre la naturaleza (Génesis_3:17-19). Los espinos y los cardos fueron los resultados inmediatos, y desde entonces y hasta nuestros días los desastres naturales han sido comunes. En Romanos_8:19-21, Pablo dice que la naturaleza misma espera ansiosamente ser redimida de los efectos del pecado (Apocalipsis_22:3).

Pablo avanza aún otro paso. ¿Qué hace el pecador? En lugar de mirar hacia Dios, se mira a sí mismo. Se enreda en vanas especulaciones y se cree sabio, cuando en realidad no es más que un necio. ¿Por qué? Porque hace de sus ideas, sus opiniones y sus especulaciones, en lugar de la voluntad de Dios, el principio y la ley de la vida. La necedad del pecador consiste en hacer "al hombre dueño y señor de las cosas.» Basa sus principios en sus propias opiniones en lugar de en las leyes de Dios. Vive en un universo del que él es el centro, en lugar del universo del que el centro es Dios. En lugar de caminar con la mirada fija en Dios, no se mira nada más que a sí mismo y, por no mirar por dónde ni adónde va, cae.
El resultado es la idolatría. Se cambia la gloria de Dios por imágenes de formas humanas y animales. La raíz del pecado de la idolatría es el egoísmo. El hombre hace un ídolo, le trae ofrendas y le dirige oraciones. ¿Por qué? Para que prosperen sus planes y sus sueños. Su religión no tiene en cuenta a Dios, sino a sí mismo.
En este pasaje nos encontramos cara a cara con el hecho de que la esencia del pecado es ponernos a nosotros mismos en el lugar de Dios.


Zacarías 9; 17
Porque ¡cuánta es su bondad, y cuánta su hermosura! El trigo alegrará a los jóvenes, y el vino a las doncellas.
La salvación que obrará será de restauración; la tierra producirá por causa de la presencia de Dios, y el trigo y la uva abundarán. La promesa no es solo la producción de trigo y vino, sino el efecto que esto producirá en el pueblo. Cabe mencionar nuevamente que este es un lenguaje metafórico para indicar la época de prosperidad y bienestar que vendrá el día que Jehová actúe para salvación.
De este modo surgirá una nueva generación llena de juventud y vigor. Con la bendición divina, los campos redoblarán su fertilidad, y entonces la tierra sustentará a una nueva juventud, esperanza de la nación. El profeta desborda su optimismo al contemplar en espíritu a las nuevas generaciones, que crecen sin temor y en la abundancia bajo la protección de Dios. El grano y el vino abundantes indican paz y abundancia. El vino nuevo que alegra a las doncellas es peculiar a este pasaje. Refuta a aquellos que prohiben el uso del vino como alimento. Los judíos, hasta ahora reducidos en provisiones por causa de la presión del enemigo, ya tendrán abundancia para alegrarse, no meramente los viejos, sino hasta los jóvenes y las doncellas.


¡Maranata!¡Sí, ven Señor Jesús!