viernes, 15 de abril de 2022

LA VIDA DE ELÍAS III


 «Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros, y rogó con oración que no lloviese, y no llovió sobre la tierra en tres años y seis meses» (Santiago 5:17).

Aquí se nos presenta a Elías como ejemplo de lo que la sincera oración del «justo» puede conseguir. Vemos, querido lector, el adjetivo calificativo, porque no todos los hombres, ni siquiera todos los cristianos, reciben contestación definida a sus oraciones. Ni muchísimo menos. El «justo» es el que está bien con Dios de una manera práctica; cuya conducta es agradable a sus ojos; que guarda sus vestiduras sin mancha de este mundo; que está apartado del mal religioso, porque no hay en la tierra mal que tanto deshonre (Lucas 10:12-15; Apocalipsis 11:8). Los oídos del cielo están atentos a la voz del tal, porque no hay barrera alguna entre su alma y el Dios que odia el pecado. «Y cualquier cosa que pidiéremos, la recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él» (I Juan 3:22).

«Rogó con oración que no lloviese». ¡Qué petición más terrible para presentar delante de la Majestad en las alturas! ¡Qué de privaciones y sufrimiento incalculable- iba a producir la concesión de semejante suplica! La hermosa tierra de Palestina se convertiría en un desierto abrasado y estéril, y sus habitantes serían consumidos por una prolongada carestía con todos los horrores consiguientes. Así pues, ¿era este profeta estoico, frío e insensible, vacío de todo afecto natural? ¡No, por cierto! El Espíritu Santo ha cuidado de decirnos en este mismo versículo que era "hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros», y esto se menciona inmediatamente antes del relato de su tremenda petición. Y, ¿qué significa esa descripción en tal contexto? Que, aunque Elías estaba adornado de tierna sensibilidad y cálida consideración para con sus semejantes, en sus oraciones se elevaba por encima de todo sentimentalismo carnal. ¿Por qué rogó Elías «que no lloviese»? No es que fuera insensible al sufrimiento humano, ni que se deleitara malvadamente presenciando la miseria de sus vecinos, sino que puso la gloria de Dios por encima de todo lo demás, incluso de sus sentimientos naturales. Recordad lo que en un capitulo previo se dice de la condición espiritual reinante en Israel. No solamente no habla reconocimiento público alguno de Dios en toda la extensión del país, sino que por todas partes los adoradores de Baal le desafiaban e insultaban. La marea maligna subía más y más cada día hasta arrastrarlo prácticamente todo. Y Elías «sentía un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos» (I Reyes 19:10), y deseaba ver Su gran nombre vindicado, y Su pueblo apóstata restaurado. Así pues, la gloria de Dios y el amor verdadero a Israel fue lo que le movió a presentar su petición. Aquí tenemos, pues, la señal prominente del «justo» cuyas oraciones prevalecen ante Dios: aunque de tierna sensibilidad, pone la honra de Dios antes que cualquier otra consideración. Y Dios ha prometido: «Honraré a los que me honran» (I Samuel 2:30). Cuán a menudo se puede decir de nosotros: «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites (Santiago 4:3). "Pedimos mal» cuando los sentimientos naturales nos dominan, cuando nos mueven motivos carnales, cuando nos inspiran consideraciones egoístas. Pero, ¡qué diferente era el caso de Elías! A él le movían profundamente las indignidades terribles contra su Señor, y suspiraba por verle de nuevo en el lugar que le correspondía en Israel. "Y no llovió sobre la tierra en tres años y seis meses». El profeta no fracasó en su objetivo. Dios nunca se niega a actuar cuando la fe se dirige a Él sobre la base de Su propia gloria; y era sobre esta base que Elías suplicaba. «Lleguémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16). Fue allí, en ese bendito trono, que Elías obtuvo la fortaleza que tan penosamente necesitaba. No sólo se requería de él que guardase sus vestiduras sin mancha de este mundo, sino que era llamado a ejercer una influencia santa sobre otros, a actuar para Dios en una era degenerada, a esforzarse seriamente por llevar al pueblo de nuevo al Dios de sus padres. Cuán esencial era, pues, que habitase al abrigo del Altísimo para obtener de él la gracia que le capacitara para su difícil y peligrosa tarea; sólo así podía ser librado del mal, y sólo así podía esperar ser un instrumento en la liberación de otros. Equipado de este modo para la lucha, emprendió la senda de servicio lleno de poder divino. Consciente de la aprobación del Señor, seguro de la respuesta a su petición, sintiendo que la presencia del Todopoderoso estaba con él, Elías se enfrentó intrépidamente al impío Acab, y le anunció el juicio divino sobre su reino. Pero, detengámonos por un momento para que nuestras mentes puedan comprender la importancia de este hecho, ya que explica el coraje sobrehumano desplegado por los siervos de Dios en todas las épocas. ¿Qué fue lo que hizo a Moisés tan audaz ante Faraón? ¿Qué fue lo que capacitó al joven David para ir al encuentro del poderoso Goliath? ¿Qué fue lo que dio a Pablo tanto poder para testificar como lo hizo ante Agripa? ¿De dónde sacó Lutero la resolución para seguir su cometido «aunque cada teja de cada tejado fuera un demonio"?. La contestación es la misma en todos los casos: la fortaleza sobrenatural provenía de un manantial sobrenatural; sólo así podemos ser vigorizados para luchar contra los principados y las potestades del mal. "Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los mancebos se fatigan y se cansan, los mozos flaquean y caen; mas los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán» (Isaías 40:2931). Pero, ¿dónde había aprendido Elías esta importantísima lección? No era en un seminario, ni en una escuela bíblica, porque si hubiera habido alguno de éstos en aquellos tiempos, estaría, como algunos en nuestra propia era degenerada, en manos de los enemigos del Señor. Por otra parte, las escuelas de ortodoxia no pueden impartir tales secretos; ni siquiera los hombres piadosos pueden enseñarse a sí mismos esta lección, y mucho menos impartirla a otros.

Amigo lector, así como fue "detrás del desierto» (Éxodo 3:1) donde el Señor se apareci6 a Moisés y le encargó la obra que había de realizar, fue en las soledades de Galaad donde Elías tuvo comunión con Jehová, quien le entrenó para sus arduas tareas; allí "esperó" al Señor, y allí obtuvo "fortaleza» para su trabajo. Nadie sino Dios viviente puede decir eficazmente a su siervo: "No temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy, tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10). Con esta conciencia de la presencia de Dios, su siervo salió «valiente como un león», no temiendo al hombre, con perfecta calma en medio de las circunstancias más duras. En este espíritu, el tisbita se enfrentó a Acab: «Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy». Mas, ¡cuán poco sabía el monarca apóstata de los ejercicios del alma del profeta antes de presentarse ante él, y dirigirse a su conciencia! «No habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra». Sorprendente y bendita cosa es ésta. El profeta habló con la máxima seguridad y autoridad porque estaba dando el mensaje de Dios, el siervo identificándose con el Señor. Esta tendría que ser siempre la compostura del ministro de Cristo: «Lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto testificamos». "Y fue a él palabra de Jehová» . ¡Qué bendito!; sin embargo, no es probable que lo percibamos a menos que lo meditemos a la luz de lo que precede. Por el versículo anterior sabemos que Elías había cumplido su misión fielmente, y aquí encontramos al Señor hablando a su siervo; de ahí que consideremos esto como una recompensa de gracia de aquello. Así son los caminos del Señor; se deleita en la comunión con aquellos que se deleitan haciendo Su voluntad.

Es un sistema de estudio muy provechoso ir buscando esta expresión por toda la Biblia. Dios no concede nuevas revelaciones hasta que se han obedecido las recibidas anteriormente; esta verdad queda ilustrada en el caso de Abraham al principio de su vida. «Jehová habla dicho a Abram: Vete... a la tierra que te mostraré» (Génesis 12:1); empero, fue sólo la mitad del camino y se asentó en Harán (11:31), y no fue hasta que partió de allí y obedeció completamente que el Señor se le apareció de nuevo (12:4-7). "Y fue a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit» (v. 2,3). Aquí se ejemplifica una verdad práctica importante. Dios dirige a su pueblo paso a paso. Y ello no puede ser de otro modo porque el camino que somos llamados a seguir es el de la fe, y la fe es lo contrario de la vista y la independencia. El sistema del Señor no es revelarnos todo el trayecto a recorrer, sino restringimos su luz de manera que alumbre sólo un paso tras otro, para que nuestra dependencia de Él sea constante. Esta lección es en extremo saludable, pero la carne está lejos de agradecerla, especialmente en el caso de los que son de naturaleza activa y fervorosa. Antes de salir de Galaad e ir a Samaria a pronunciar su solemne mensaje, el profeta sin duda debió de preguntarse qué hacer una vez cumplida su misión. Pero eso no era cosa suya, por el momento; habla de obedecer la orden divina, y dejar que Dios le revelara qué habla de hacer después. «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no estribes en tu prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas» (Proverbios 3:5,6).

  Si Elías hubiera estribado en su propia prudencia, podemos estar seguros que la última cosa que hubiera hecho sería esconderse en el arroyo de Querit. Si hubiera seguido sus propios instintos, más aún, si hubiera hecho lo que considerase que glorificaría más a Dios, ¿no hubiera emprendido un viaje predicando por todas las ciudades y aldeas de Samaria? ¿No hubiera considerado que su obligación ineludible era hacer todo lo que es taba en su mano para despertar la conciencia adormecida pueblo, a fin de que todos los súbditos -horrorizados de la idolatría prevaleciente- obligaran a Acab a poner fin a la misma? Sin embargo, eso era lo que Dios no quería que hiciese; así pues, ¿qué valor tienen el razonamiento y las inclinaciones naturales en relación con las cosas divinas? Ninguno en absoluto. "Fue a él palabra de Jehová». Obsérvese que no dice: le fue revelada la voluntad del Señor", o "se le reveló la mente del Señor»; queremos hacer especial énfasis en este detalle, porque es un punto sobre el cual hay no poca confusión hoy en día. Hay muchos que se confunden a sí mismos y a los demás hablando muchísimo acerca de "alcanzar la mente del Señor» y "descubrir la voluntad de Dios» para ellos, lo cual, analizado con cuidado, resulta no ser nada más que una vaga incertidumbre o un impulso personal. "La mente» y "la voluntad» de Dios, lector, se dan a conocer en su Palabra, y Él nunca «quiere» nada para nosotros que choque en lo más mínimo con su Ley celestial. Notamos que, cambiando el énfasis, «fue a él palabra de Jehová»: ¡no tuvo necesidad de ir a buscarla! Leamos Deuteronomio 30:11-14.

 Y, ¡qué «palabra» la que fue a Elías! "Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está delante del Jordán» (v. 3). En verdad, los pensamientos y los caminos de Dios son completamente diferentes a los nuestros; sí, y sólo É1 nos los puede notificar (Salmo 103:7). Casi da risa ver la manera cómo muchos comentaristas se han desviado completamente en este punto, ya que casi todos ellos interpretan el mandamiento del Señor como dado con el propósito de proteger a su siervo. A medida que la sequía mortal continuó, la turbación de Acab aumentó más y más, y al recordar el lenguaje del profeta al decir que no habría rocío ni lluvia sino por su palabra, su rabia debió ser sin límite. Así pues, si Elías había de conservar la vida, debla de proveérsele de un refugio. Sin embargo, cuando volvieron a encontrarse, Acab ¡no hizo nada para matarle! (I Reyes 18:17-20). Quizá se nos dirá que "fue porque la mano de Dios estaba sobre el rey refrenándole», en lo que estamos de acuerdo; pero, ¿no podía Dios refrenarle durante este intervalo? No, la razón de la orden del Señor a su siervo debe buscarse en otro lugar, y, con toda seguridad, no estamos lejos de descubrirla. Si reconocemos que, aparte de la Palabra y del Espíritu Santo para aplicarla, el don más valioso que Dios concede a pueblo alguno es el envío de Sus propios y calificados siervos, y que la calamidad más grande que puede caer sobre cualquier nación consiste en que Dios retire a los que ha designado para ministrar a las necesidades del alma, entonces no queda lugar a dudas. La sequía en el reino de Acab era un azote divino, y, siguiendo esta línea de conducta, el Señor ordenó a su profeta: "Apártate de aquí». La retirada de los ministros de su verdad es una señal cierta del desagrado de Dios, una indicación de que envía el juicio al pueblo que ha provocado su furor. Ha de tenerse en cuenta que el verbo «esconder» (I Reyes 17:3), es completamente distinto del que aparece en Josué 6:17,25 (cuando Rahab escondió a los espías) y en I Reyes 184,13. La palabra usada en relación a Elías podría muy bien traducirse "vuélvete al oriente, y apártate», como en Génesis 31:49. El salmista preguntó: «¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre? ¿Por qué ha humeado tu furor contra las ovejas de tu dehesa?» (74:1). Y, ¿qué fue lo que le movió a hacer estas doloridas preguntas? ¿Qué era lo que le hacía darse cuenta de que el furor de Dios ardía contra Israel? Era lo que sigue: "Han puesto a fuego tus santuarios... han quemado todas las sinagogas de Dios en la tierra. No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta» (vs. 7-9). Fue el abandono de los medios públicos de gracia la señal más segura del desagrado de Dios.

Estimado lector  aunque en nuestros días esté casi olvidado, no hay prueba más segura y solemne de que Dios esconde su rostro de un pueblo o nación que el privarles de las bendiciones inestimables de los que ministran su Palabra Santa, porque de la manera que las mercedes celestiales sobrepujan las terrenales, así también las calamidades espirituales son mucho más terribles que las materiales. El Señor declaró por boca de Moisés: "Goteará como la lluvia mi doctrina; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba» (Deuteronomio 32:2). Y ahora, todo rocío y toda lluvia iban a ser retirados de la tierra de Acab, no sólo literal, sino también espiritualmente. Los que ministraban su Palabra fueron quitados de la actividad y la vida públicas (I Reyes 18:4). Si se requieren más pruebas bíblicas de esta interpretación (I Reyes 17:3), nos remitimos a Isaías 30:20, donde leemos: "Bien que os dará el Señor pan de congoja y agua de angustia, con todo, tus enseñadores nunca más te serán quitados, sino que tus ojos verán tus enseñadores». ¿Qué hay que sea más claro que esto? La pérdida más sensible que el pueblo podía sufrir era la retirada, por parte del Señor, de sus maestros, porque aquí les dice que Su ira será mitigada por Su misericordia; que, aunque les diera pan de congoja y agua de angustia, no les privaría de nuevo de los que ministraban a las necesidades de sus almas. Finalmente, recordamos al lector la afirmación que Cristo hizo de que había «una grande hambre» en el país en tiempos de Elías (Lucas 4:25), a lo que añadimos: «He aquí vienen días, dice el Señor Jehová, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír palabra de Jehová. E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán» (Amós 8:11,12).

jueves, 14 de abril de 2022

LA VIDA DE ELÍAS II


"Vendrá el enemigo como río, mas el espíritu de Jehová levantará bandera contra él» (Isaías 59:19).

¿Qué significa que el peligro vendrá "como río»? La figura aquí usada es gráfica y expresiva: es la de una inundación anormal que produce la anegación de la tierra, la puesta en peligro de la propiedad y la vida misma; una inundación que amenaza llevárselo todo consigo. Ésta es una figura apta para describir la experiencia moral del mundo en general, y de secciones especialmente favorecidas en particular, en diferentes períodos de la historia. Repetidas veces la inundación del mal se ha desbordado alcanzando dimensiones tan alarmantes que ha parecido como si Satanás fuera a tener éxito en sus esfuerzos por derrumbar toda cosa santa que encontrara a su paso; cuando ha parecido que la causa divina en la tierra estaba en peligro inmediato de ser arrastrada completamente por la inundación de idolatría, impiedad e iniquidad. "Vendrá el enemigo como río». Sólo tenemos que mirar el contexto para descubrir lo que quiere decir tal lenguaje. "Esperamos luz, y he aquí tinieblas; resplandores, y andamos en oscuridad. Palpamos la pared como ciegos, y andamos a tiento como sin ojos... Porque nuestras rebeliones se han multiplicado delante de ti, y nuestros pecados han atestiguado contra nosotros... El prevaricar y mentir contra Jehová, y tornar de en pos de nuestro Dios; el hablar calumnia y rebelión, concebir y proferir de corazón palabras de mentira. Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir. Y la verdad fue detenida; y el que se apartó del mal, fue puesto en presa» (Isaías 59:9-45). No obstante, cuando el diablo ha inundado de errores mentirosos, y el desorden ha llegado a predominar, el Espíritu de Dios interviene y desbarata los propósitos de Satanás.

Los versículos solemnes que hemos leído más arriba describen fielmente las terribles condiciones que privaban en Israel bajo el reinado de Acab y su cónyuge pagana Jezabel. A causa de sus múltiples transgresiones, Dios había entregado el pueblo a la ceguera y las tinieblas, y un espíritu de falsedad y locura poseía sus corazones. Por lo tanto, la verdad había tropezado en la plaza, pisoteada cruelmente por las masas. La idolatría se había convertido en la religión del estado; la adoración a Baal estaba a la orden del día: la impiedad se había desenfrenado por todas partes. Ciertamente, el enemigo había venido como río, y parecía que no quedaba barrera alguna que pudiera oponerse a sus efectos devastadores. Fue entonces cuando el Espíritu del Señor levantó bandera contra él, haciendo pública demostración de que el Dios de Israel estaba grandemente enojado contra los pecados del pueblo, e iba a visitar sus iniquidades sobre ellos. Esa bandera celestial y solitaria fue levantada por mano de Elías. Dios nunca se dejó a si mismo sin testimonio en la tierra. En las épocas más oscuras de la historia humana el Señor ha levantado y mantenido un testimonio para sí. Ni la persecución ni la corrupción han podido destruirlo enteramente. En los días antediluvianos, cuando la tierra estaba llena de violencia y toda carne habla corrompido sus caminos, Jehová tenía un Enoc y un Noé para actuar como sus portavoces. Cuando los hebreos fueron reducidos a una esclavitud abyecta en Egipto, el Altísimo envi6 a Moisés y Aarón como embajadores suyos; y en cada período subsiguiente de su historia les fue enviando un profeta tras otro. Así ha sido también durante el curso de la historia de la Cristiandad: en los días de Neròn, en tiempos de Carlomagno, e incluso en tiempos del oscurantismo -a pesar de la oposición incesante del papado- la lámpara de la verdad nunca se ha extinguido. Asimismo, en este texto de I Reyes 17 contemplamos de nuevo la fidelidad inmutable de Dios a su pacto al sacar a escena a uno que era celoso de Su gloria y que no temía el denunciar a Sus enemigos. Después de habernos detenido a considerar el significado de la misión particular que Elías ejerció, y de haber contemplado su misteriosa personalidad, pensemos ahora en el significado de su nombre. Es por demás sorprendente y revelador, ya que Elías puede traducirse por «mi Dios es Jehová», o «Jehová es mi Dios». La nación apóstata había adoptado a Baal como su deidad, pero el nombre de nuestro profeta proclamaba al Dios verdadero de Israel. Podernos llegar a la conclusión segura, por la analogía de las Escrituras, que fueron sus padres quienes le pusieron este nombre, probablemente bajo un impulso profético o como consecuencia de una comunicaci6n divina. Los que están familiarizados con la Palabra de Dios, no considerarán ésta una idea caprichosa. Lamec llamó a su hijo Noé, "diciendo: Éste nos aliviará (o será un descanso para nosotros) de nuestras obras» (Génesis 5:29) -Noé significa «descanso» o «consuelo»-. José dio a sus hijos nombres expresivos de las diferentes provisiones de Dios (Génesis 41:51,52). El nombre que Ana dio a su hijo (I Samuel 1:20), y el que la mujer de Finees dio al suyo (I Samuel 4:19-22), son otras tantas ilustraciones. Observemos cómo el mismo principio se aplica también con referencia a muchos de los lugares que se mencionan en la Escritura: Babel (Génesis 11:9), Beerseba (Génesis 21:31), Masah y Meriba (Éxodo 17:7), y Cabul (I Reyes 9:13), son ejemplos característicos; nadie por cierto que desee entender los escritos sagrados puede permitirse el no prestar atención especial a los nombres propios. La importancia de ello se confirma en el ejemplo de nuestro Señor ' cuando mandó al ciego lavarse en el estanque de Siloé, al añadirse inmediatamente: «(que significa, si lo interpretares, Enviado)" (Juan 9:7). También, cuando Mateo describía el mandato del ángel a José de que el Salvador había de llamarse Jesús, el Espíritu le llevó a añadir: "Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que fue dicho por el Señor, por el profeta que dijo. He aquí la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que declarado, es: Con nosotros Dios» (Mateo1:22-23).   Vemos, pues, que el ejemplo de los apóstoles nos autoriza a extraer enseñanzas de los nombres propios (ya que, si no todos, muchos de ellos encierran verdades importantes); ello debe hacerse modestamente y según la analogía de la Escritura, y no con dogmatismo o con el propósito de establecer una nueva doctrina. Fácilmente se echa de ver con cuanta exactitud el nombre de Elías correspondía a la misi6n y el mensaje del profeta; y ¡cuánto estímulo debía proporcionarle la meditación del mismo! También podemos relacionar con su nombre sorprendente el hecho de que el Espíritu Santo designara a Elías «tisbita», que significativamente denota el que es extranjero. Y debemos anotar, también, el detalle adicional de que fuera "de los moradores de Galaad", que significa rocoso debido a la naturaleza montañosa de aquella tierra. En la hora crítica, Dios siempre levanta y usa tales hombres: los que están dedicados completamente a Él, separados del mal religioso de su tiempo, que moran en las alturas; hombres que en medio de la decadencia más espantosa mantienen en sus corazones el testimonio de Dios. «Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra» (I Reyes 17:1). Este suceso memorable ocurrió unos ochocientos sesenta años antes de Cristo. Pocos hechos en la historia sagrada pueden compararse a éste en dramatismo repentino, audacia extrema, y en la sorprendente naturaleza del mismo. Un hombre sencillo, solo, vestido con humilde atavió, apareció sin ser anunciado ante el rey ap6stata de Israel como mensajero de Jehová y heraldo de juicio terrible. Nadie en la corte debía saber demasiado de él, si acaso alguno le conocía, ya que acababa de surgir de la oscuridad de Galaad para comparecer ante Acab con las llaves del cielo en sus manos. Tales son, a menudo, los testigos de su verdad que Dios usa. Aparecen y desaparecen a su mandato; y no proceden de las filas de los influyentes o los instruidos. No son producto del sistema de este mundo, ni pone éste laurel en sus cabezas. "Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.» La frase "Vive Jehová Dios de Israel», encierra mucho más de lo que pueda parecer a primera vista. Nótese que no es simplemente "Vive Jehová Dios», sino «Jehová Dios de Israel", que ha de diferenciarse del término más amplio "Jehová de los ejércitos». Hay ahí, por lo menos, tres significados. Primero, "Jehová Dios de Israel" hace énfasis especial en su relación particular con la nación favorecida: Jehová era su Rey, su Gobernante, Aquel al cual habían de dar cuentas, con el que tenían un pacto solemne. Segundo, se informaba a Acab que Dios vive. Este gran hecho, evidentemente, había sido puesto en entredicho. Durante el reinado de un rey tras otro, Israel había escarnecido y desafiado a Jehová sin que se hubieran producido consecuencias terribles; por ello, llegó a prevalecer la idea falsa de que el Señor no existía en realidad. Tercero, la afirmación "Vive Jehová Dios de Israel», mostraba el notable contraste que existía con los ídolos sin vida, cuya impotencia iba a hacerse patente, incapaces de defender de la ira de Dios a sus engañados adoradores. Aunque Dios, por sus propias y sabias razones, «soportó con mucha mansedumbre los vasos de ira preparados para muerte» (Romanos 9:22), no obstante da pruebas suficientes y claras, a través del curso de la historia humana, de que Él es aún ahora el gobernador de los impíos y el vengador del pecado. A Israel le fue dada tal prueba entonces. A pesar de la paz y la prosperidad de que había disfrutado el reino por largo tiempo, el Señor estaba airado en gran manera por la forma grosera en que había sido insultado públicamente, y había llegado la hora de que Dios castigara severamente a su pueblo descarriado. En consecuencia, envió a Elías a anunciar a Acab la naturaleza y duración del azote. Nótese debidamente que el profeta fue con su terrible mensaje, no al pueblo, sino al mismo rey, la cabeza responsable, el que tenía en su mano el poder de rectificar lo que estaba mal, proscribiendo los ídolos de sus dominios. Elías fue llamado a comunicar el mensaje más desagradable al hombre más poderoso de todo Israel; pero, consciente de que Dios estaba con él, no titubeó en su tarea. Enfrentándose súbitamente a Acab, Elías le hizo ver de manera clara que el hombre que tenía delante no le temía, por más que fuera el rey. Sus primeras palabras hicieron saber al degenerado monarca de Israel que tenía que vérselas con el Dios viviente. «Vive Jehová Dios de Israel», era una afirmación franca de la fe del profeta, y al mismo tiempo dirigía la atención de Acab hacia Aquel a quien había abandonado. «Delante del cual estoy» (es decir, del cual soy siervo; Deuteronomio 10:8; Lucas 1:19), en cuyo nombre vengo a ti, en cuya veracidad y poder incuestionable confío, de cuya presencia inefable soy consciente, y al cual he orado y me ha respondido. «No   habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra». ¡Qué perspectiva más aterradora! De la expresión «lluvia temprana y tardía» inferimos que, normalmente, Palestina experimentaba una estación seca de varios meses de duración; pero, aunque no cala lluvia, de noche descendía abundante rocío que refrescaba grandemente la vegetación. Pero que no cayera rocío ni lluvia, y por un período de años, era en verdad un juicio terrible. Esa tierra tan fértil y rica que mereció ser designada como "tierra que fluye leche y miel", se convertirla rápidamente en aridez y sequedad, acarreando hambre, pestilencia y muerte. Y cuando Dios retiene la lluvia, nadie puede crearla. «¿Hay entre las vanidades (falsos dioses) de las gentes quien haga llover?» (Jeremías 14:22). ¡Cómo revela esto la completa impotencia de los ídolos, y la locura de los que les rinden homenaje! La severa prueba con la que Elías se enfrentaba al comparecer ante Acab y pronunciar tal mensaje requería una fuerza moral poco común. Esta verdad se hace más evidente si prestamos atención a un detalle que parece haber escapado a los comentaristas y que sólo es evidente por medio de la comparación cuidadosa de las diversas partes de las Escrituras. Elías dijo al rey: «No habrá lluvia ni rocío en estos años», mientras que en I Reyes 18:1, la secuela de ello es que «pasados muchos días, fue palabra de Jehová a Elías en el tercer año, diciendo: Ve, muéstrate a Acab, y yo daré lluvia sobre la haz de la tierra». Por otra parte, Cristo declaró que "muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, que hubo una grande hambre en toda la tierra» (Lucas 4:25). ¿Cómo podemos dar cuenta de esos seis meses? De la forma siguiente: cuando Elias visitó a Acab ya hacía seis meses que la sequía había comenzado; podemos imaginarnos perfectamente la furia del rey al anunciársele que la terrible plaga había de durar tres años más. Si la desagradable tarea que Elías tenla ante sí requería resolución y valentía sin igual; y bien podemos preguntar: ¿Cuál era el secreto de su gran coraje, y cómo podemos explicarnos su fortaleza? Algunos rabíes judíos han mantenido que era un ángel, pero esto no es posible porque en el Nuevo Testamento se nos dice claramente que "Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros» (Santiago 5:17). Sí, era sólo «un hombre»; sin embargo, no tembló en presencia de un monarca. Aunque hombre, tenía poder para cerrar las ventanas del cielo y secar los arroyos de la tierra. Pero la pregunta surge de nuevo ante nosotros: ¿Cómo explicar la plena certidumbre con que predijo la prolongada sequía, y su confianza en que todo sería según su palabra? ¿Cómo fue que alguien tan débil en sí mismo vino a ser poderoso en Dios para la destrucción de fortalezas? Puede haber tres razones del secreto del poder de Elías. Primera, la oración. "Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros, y rogó con oración que no lloviese, y no llovió sobre la tierra en tres años y seis meses" (Santiago 5:17). Obsérvese que el profeta no comenzó sus fervientes súplicas después de comparecer ante Acab, sino ¡seis meses antes! Ahí está la explicación de su certidumbre y resolución ante el rey. La oración en privado era el manantial de su poder en público podía mantenerse con audacia en la presencia del monarca impío porque se habla arrodillado humildemente ante Dios. Pero obsérvese también que el profeta "rogó con oración» (fervientemente); la suya no era una devoción formal y carente de espíritu que nada conseguía, sino de todo corazón, ferviente y eficaz. Segunda, su conocimiento de Dios. Ello se adivina claramente en sus palabras a Acab: "Vive Jehová Dios de Israel". Para él, Jehová era una realidad viva. El abierto reconocimiento de Dios habla desaparecido en todas partes: por lo que se refiere a las apariencias externas, no habla un alma en Israel que creyese en su existencia. Pero ni la opinión pública ni la práctica general podían influir en el ánimo de Elías. No podía ser de otro modo, cuando en su propio pecho tenía la experiencia que le permitía decir con Job: "Yo sé que mi redentor vive». La infidelidad y el ateísmo de los demás no pueden hacer vacilar la fe del que ha comprendido por sí mismo a Dios. Ello explica el valor de Elías, como en una ocasión posterior explicó la fidelidad insobornable de Daniel y sus tres compañeros hebreos. El que conoce de verdad a Dios se esforzará, (Daniel 11:32), y no temerá al hombre. Tercera, su conocimiento de la presencia divina. "Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy». Elías no sólo estaba seguro de la realidad de la existencia de Jehová, sino que también era consciente de estar en su presencia. El profeta sabía que, aunque aparecía ante la persona de Acab, estaba en la presencia de Uno infinitamente mayor que todos los monarcas de la tierra; Aquel delante del cual aun los más ilustres ángeles se inclinan en adoraci6n. El mismo Gabriel no podía hacer una confesión más grande (Lucas 1:19). ¡Bendito sea Dios!; tal certeza bendita nos eleva por encima de todo temor. Si el Todopoderoso estaba con él, ¿cómo podía el profeta temer ante un gusano de la tierra? "Vive el Señor Dios de Israel, delante del cual estoy» revela claramente el fundamento sobre el que su alma reposaba mientras llevaba a cabo su desagradable tarea.  

 

 

miércoles, 13 de abril de 2022

LA VIDA DE ELÍAS I

 

 

 

   Generación tras generación, los siervos del Señor han buscado la edificación de los creyentes en el estudio del relato del Antiguo Testamento. En estos casos, los comentarios a la vida de Elías han ocupado siempre lugar prominente. Su aparición repentina de la oscuridad más completa, sus intervenciones dramáticas en la historia, nacional de Israel, sus milagros, su partida de la tierra en un carro de fuego, sirven para cautivar el pensamiento tanto del predicador como del escritor. El Nuevo Testamento apoya este interés. Si Jesucristo es el Profeta "como Moisés", también Elías tiene su paralelo en el Nuevo Testamento: Juan, el más grande de los profetas. Y, lo que es todavía más notable, Elías mismo reaparece de forma visible cuando con Moisés, en el monte de "la magnífica gloria", "habla de la contienda que ganó nuestra vida con el Hijo de Dios encarnado". ¿Qué sublime honor fue éste! Moisés y Elías son los nombres que no sólo brillan con pareja grandeza en los capítulos finales del Antiguo Testamento, sino que aparecen también como representantes vivientes de la hueste redimida del Señor —los resucitados y los traspuestos— en el "monte santo", donde conversan de la salida que su Señor y Salvador había de cumplir en el tiempo designado por el Padre. Es el representante "transpuesto", la segunda de las maravillosas excepciones en el Antiguo Testamento del reino universal de la muerte, cuyo retrato se traza en las páginas que siguen. “Aparece, como la tempestad, desaparece como el torbellino” —dijo el Obispo Hall en el siglo XVII—; "lo primero que oímos de él es un juramento y una amenaza". Sus palabras, como rayos, parecen rasgar el firmamento de Israel. En una ocasión famosa, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob respondió a éstas con fuego sobre el altar del holocausto. A lo largo de la carrera sorprendente de Elías el juicio y la misericordia están entremezclados. Desde el momento en que aparece, "sin padre, sin madre", "como si fuera el hijo de la tierra"', hasta el día, cuando cayó su manto y cruzó el río de la muerte sin gustarla, ejerció un ministerio sólo comparable al de Moisés, su compañero en el monte. "Era", dice el Obispo Hall, "el profeta más eminente reservado para la época más corrupta". Es conveniente, por lo tanto, que las lecciones que puedan derivarse legítimamente del ministerio de Elías sean presentadas de nuevo a nuestra propia generación. El hecho de que la profecía no tenga edad es un testimonio notable de su origen divino. Los profetas desaparecen, pero sus mensajes iluminan todas las edades posteriores. La historia se repite. La impiedad e idolatría desenfrenadas del reinado de Acab viven todavía en las profanaciones y corrupciones groseras de nuestro siglo XXI. La mundanalidad y la infidelidad de una Jezabel, con toda su terrible fealdad, no sólo se han introducido en la escena del día de hoy, sino que han penetrado en nuestras congregaciones, nuestros hogares y se han acomodado en nuestra vida pública. Nos toca vivir días en los que el alejamiento de los antiguos hitos del pueblo del Señor es vasto y profundo. Las verdades que eran preciosas a nuestros antepasados ahora son pisoteadas como fango de la calle. Muchos, ciertamente, pretenden predicar y promulgar otra vez la verdad con nuevo atavío, pero éste ha resultado ser la mortaja de la misma en vez de las "vestiduras hermosas" que los profetas conocían.    

"El Dios que respondiere por fuego, ése sea Dios".

  Elías apareció en la escena de la acción pública durante una de las horas mis oscuras de la triste historia de Israel. Se nos presenta al principio de I Reyes 17, y no tenemos que hacer mas que leer los capítulos precedentes para descubrir el estado deplorable en que se hallaba entonces el pueblo de Dios. Israel se había apartado flagrante y dolorosamente de Jehová, y aquello que más se le oponía estaba establecido de modo público. Nunca había caído tan bajo la nación favorecida. Habían pasado cincuenta y ocho años desde que el reino fue partido en dos, a la muerte de Salomón. Durante ese breve periodo, nada menos que siete reyes reinaron sobre las diez tribus, y todos ellos, sin excepción, eran hombres malvados. Es en verdad doloroso trazar sus tristes carreras, y aún más trágico ver cómo ha habido una repetición de las mismas en la historia de la Cristiandad. El primero de esos siete reyes era Jeroboam. Acerca de él leemos que hizo, dos becerros de oro, y dijo al pueblo: "Harto habéis subido a Jerusalén; he aquí tus dioses, oh Israel, que te hicieron subir de la tierra de Egipto. Y puso el uno en Betel, y el otro puso en Dan. Y esto fue ocasi6n de pecado; porque el pueblo iba a adorar delante del uno, hasta Dan. Hizo también casa de altos, e hizo sacerdotes de la clase del pueblo, que no eran de los hijos de Levé. Entonces instituyó Jeroboam solemnidad en el mes octavo, a los quince del mes, conforme a la solemnidad que se celebraba en Judá; y sacrificó sobre el altar. Así hizo en Betel, sacrificando a los becerros que había hecho. Ordenó también en Betel sacerdotes de los altos que él había fabricado» (I Reyes 12:28-32). Quede debidamente claro que la apostasía comenzó con la corrupción del sacerdocio, ¡al instalar en el servicio divino hombres que nunca habían sido llamados y aparejados por el Señor! Del siguiente rey, Nadab, se dice que "hizo lo malo ante los ojos de Jehová, andando en el camino de su padre, y en sus pecados con que hizo pecar a Israel» (I Reyes 15:26). Le sucedió en el trono el mismo hombre que le había asesinado, Baasa (I Reyes 15:27). Siguió después Ela, un borracho, quien a su vez fue asesinado (I Reyes 16:8-10). Su sucesor, Zimri, fue culpable de “traición" (I Reyes 16:20). Le sucedió un aventurero militar llamado Omri, del cual se nos dice que "hizo lo malo a los ojos de Jehová, e hizo peor que todos los que habían sido antes de él, pues anduvo en todos los caminos de Jeroboam hijo de Nabat, y en su pecado con que hizo pecar a Israel, provocando a ira a Jehová Dios de Israel con sus ídolo? (I Reyes 16:25,26). El ciclo maligno fue completado con el hijo de Omri, ya que era aun más vil que todos los que le habían precedido. "Y Acab hijo de Omri hizo lo malo a los ojos de Jehová sobre todos los que fueron antes de él; porque le fue ligera cosa andar en los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, y tomó por mujer a Jezabel hija de Etbaal rey de los sidonios, y fue y sirvió a Baal, y lo adoró» (I Reyes 16:30,31). Esta unión de Acab con una princesa pagana trajo consigo, como bien podía esperarse (pues no podemos pisotear la ley de Dios impunemente), las más terribles consecuencias. Toda traza de adoración pura a Jehová desapareció en breve espacio de tiempo y, en su lugar, la más .rosera idolatría apareció en forma desenfrenada. Se adoraban los becerros de oro en Dan y en Betel, se edificó un templo a Baal en Samaria, los “bosques” de Baal se multiplicaron, y sus sacerdotes se hicieron cargo por completo de la vida religiosa de Israel. Se declaraba llanamente que Baal vivía y que Jehová había cesado de existir. Cuán vergonzoso era el estado de cosas se ve claramente en las palabras que siguen: “Hizo también Acab un bosque; y añadió Acab haciendo provocar a ira a Jehová Dios de Israel, más que todos los reyes de Israel que antes de él habían sido» (I Reyes 16:33). El desprecio a Jehová Dios, y la impiedad más descarada habían alcanzado su punto culminante. Esto se hace más evidente aun en el v. 34. "En su tiempo Hiel de Betel reedificó a Jericó». Ello era una afrenta tremenda, pues estaba escrito que «Josué les juramentó diciendo: Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jeric6. En su primogénito eche sus cimientos, y en su menor asiente sus puertas" (Josué 6:26). La reedificación de la maldita Jericó era un desafío abierto a Dios. En medio de esta oscuridad espiritual y degradación moral, apareció en la escena de la vida pública con repentino dramatismo un testigo de Dios, solitario pero sorprendente. Un comentarista eminente comienza sus observaciones sobre I Reyes 17 diciendo: "El profeta más ilustre, Elías, fue levantado durante el reinado del más impío de los reyes de Israel”. Este es un resumen, sucinto pero exacto, de la situación en Israel durante ese tiempo; y no sólo eso, sino que procura la clave de todo lo que sigue. Es, en verdad, triste contemplar las terribles condiciones prevalecientes. Toda luz había sido extinguida, toda voz de testimonio divino había sido acallada. La muerte espiritual se extendía por doquier, y parecía como si Satanás hubiera obtenido realmente el dominio de la situación. «Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra» (I Reyes 17:1). Dios, con mano firme, levantó para sí un testigo poderoso. Elías aparece ante nuestros ojos de la manera más abrupta. Nada se nos dice de quiénes eran su padres, o de cuál fue su vida anterior. Ni siquiera sabemos a que tribu pertenecía, aunque el hecho de que fuera «de los moradores de Galaad” parece indicar que pertenecía a Gad o a Manasés, toda vez que Galaad estaba dividido entre las dos. «Galaad se extendía al este del Jordán; era silvestre y despoblado; sus colinas cubiertas de bosques frondosos; su formidable soledad era sólo turbada por la incursión de los arroyos; sus valles eran guarida de bestias salvajes». Como hemos observado con anterioridad, Elías se nos presenta de modo extraño en la narración divina, sin que se nos diga nada de su linaje ni de su vida pasada. Creemos que hay una razón típica por la cual el Espíritu no hace referencia alguna a la ascendencia de Elías. Como Melquisedec, el principio y el final de su historia están ocultos en sagrado misterio. Así como, en el caso de Melquisedec, la ausencia de mención alguna acerca de su nacimiento y muerte fue determinada divinamente para simbolizar el sacerdocio y la realeza eternos de Cristo, as¡ también el hecho de que no conozcamos nada acerca del padre y de la madre de Elías, y el hecho ulterior de que fuera transpuesto sobrenaturalmente de este mundo sin pasar por los portales de la muerte, le señalan como el precursor simbólico del Profeta eterno. De ahí que la omisión de tales detalles esbocen la eternidad de la función profética de Cristo. El que se nos diga que Elías "era de los moradores de Galaad» está registrado, sin duda, para arrojar luz sobre su preparación natural, que siempre ejerce una influencia poderosa en la formación del carácter. Los habitantes de aquellas colinas reflejaban la naturaleza de su medio ambiente: eran bruscos y toscos, graves y austeros, habitaban en aldeas rústicas, y subsistían de sus rebaños. Como hombre curtido por la vida al aire libre, siempre envuelto en su capa de pelo de camello, acostumbrado a pasar la mayor parte de su vida en la soledad, y dotado de una resistencia que le permitía soportar grandes esfuerzos físicos, Elías debla ofrecer un marcado contraste con los habitantes de las ciudades de los valles, y de modo especial con los cortesanos de vida regalada de palacio. No tenemos manera de saber qué edad contaba Elías cuando el Señor le concedió por primera vez una revelación personal y salvadora de Sí mismo, ya que no poseemos noticias de su previa formación religiosa. Pero, en un capitulo posterior, hay una frase que permite formarnos una idea definida de la índole espiritual de este hombre: «Sentido he un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos» (I Reyes 19:10). Esas palabras no pueden tener otro significado sino que se tomaba la gloria de Dios muy en serio, y que para él la honra de Su nombre significaba más que todas las demás cosas. En consecuencia, a medida que iba conociendo mejor el terrible carácter y el alcance de la apostasía de Israel, debió de sentirse profundamente afligido y lleno de indignación santa. No hay razón para que dudemos de que Elías conocía las Escrituras perfectamente, de modo especial los primeros libros del Antiguo Testamento. Sabiendo cuánto habla hecho el Señor por Israel, y los señalados favores que les había conferido, debía anhelar con profundo deseo que le agradaran y glorificaran. Pero cuando se enteró de que la realidad era muy otra al llegar hasta él noticias de lo que estaba pasando al otro lado del Jordán, al ser informado de cómo Jezabel había destruido los altares de Dios, y matado a sus siervos sustituyéndolos luego por sacerdotes idólatras del paganismo, el alma debió llenársele de horror, y su sangre debió hervir de indignación, ya que sentía «un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos». ¡Ojalá nos llenara a nosotros en la actualidad tal indignación justa! Es probable que la pregunta que agitaba a Elías fuera: ¿Cómo debo obrar? ¿Qué podía hacer él, un hijo del desierto, rudo e inculto? Cuanto más lo meditaba, más difícil debía parecerle la situación; Satanás, sin duda, le susurraba al oído: «No puedes hacer nada, la situación es desesperada». Pero había una cosa que podía hacer: orar, el recurso de todas las almas probadas profundamente. Y así lo hizo; como se nos dice en Santiago 5:17: «rogó con oración». Oró porque estaba seguro de que el Señor vive y lo gobierna todo. Oró porque se daba cuenta de que Dios es todopoderoso y que para Él todas las cosas son posibles. Oró porque sentía su propia debilidad e insuficiencia, y, por lo tanto, se allegó a Aquel que está vestido de poder y que es infinito y suficiente en si mismo. Pero, para ser eficaz, la oración debe basarse en la Palabra de Dios, ya que sin fe es imposible agradarle, y 1a fe es por el oír; y el oír por la Palabra de Dios» (Romanos 10:17). Hay un pasaje en particular en los primeros libros de la Escritura que parece haber estado fijo en la atención de Elías: "Guardaos, pues, que vuestro corazón no se infatúe, y os apartéis y sirváis a dioses ajenos, y os inclinéis a ellos; y así se encienda el furor de Jehová sobre vosotros, y cierre los cielos, y no haya lluvia, ni la tierra dé su fruto» (Deuteronomio 11:16, 17). Este era exactamente el crimen del cual Israel era culpable: se habla apartado y servía a dioses falsos. Supongamos, pues, que este juicio divinamente pronunciado no fuera ejecutado, ¿no parecería, en verdad, que Jehová era un mito, una tradición muerta? Y Elías era "muy celoso por Jehová Dios de los ejércitos", y por ello se nos dice que "rogó con oración que no lloviese» (Santiago 5:17). De ahí aprendemos una vez más lo que es la verdadera oración: es la fe que se acoge a la Palabra de Dios, y suplica ante tí diciendo: "Haz conforme a lo que has dicho" (II Samuel 7:25). "Rogó con oración que no lloviese". ¿Hay alguien que exclame: "Qué oración más terrible"? Si es así, preguntamos nosotros: ¿No era mucho más terrible que los favorecidos descendientes de Abraham, Isaac y Jacob despreciaran a Dios y se apartaran de Él, insultándole descaradamente al adorar a Baal? ¿Desearía que el Dios tres veces santo cerrara los ojos ante tales excesos? ¿Pueden pisotearse sus leyes impunemente? ¿Dejará el Señor de imponer el justo castigo? ¿Qué concepto del carácter divino se formarían los hombres si Dios luciera caso omiso de las provocaciones? Las Escrituras contestan que "porque no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos lleno para hacer mal» (Eclesiastés 8:11). Y no sólo eso, sino que Dios declaró: “Estas cosas hiciste, y Yo he callado; pensabas que de cierto ¿ría Yo como tú; Yo te argüiré, y pondrélas delante de tus ojos" (Salmo 50:21). ¡Ah, amigo lector! hay algo muchísimo más temible que las calamidades físicas y el sufrimiento: la delincuencia moral y la apostasía espiritual. Pero, ¡ay!, se comprende tan poco esto hoy en día. ¿Qué son los crímenes cometidos contra el hombre en comparación con los pecados arrogantes contra Dios? Asimismo, ¿Qué son los reveses nacionales comparados con la perdida del favor divino? La verdad es que Elías tenía una escala de valores verdadera; sentía "un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos", y por lo tanto rogó que no lloviese. Las enfermedades desesperadas requieren medidas drásticas, Y, al orar, Elías recibió la certeza de que su petición era concedida, y, que tenía que ir a comunicárselo a Acab. Cualesquiera que fueran los peligros personales a los que el profeta pudiera exponerse, tanto el rey como sus súbditos debían conocer la relación directa existente entre la terrible sequía que se avecinaba y los pecados que la habían ocasionado. La tarea de Elías no era pequeña y requería muchísimo más que valentía común. Que un montañés inculto se presentara sin ser invitado ante un rey que desafiaba los cielos era suficiente para asustar al más valiente; mucho más cuando su cónyuge pagana no dudaba en matar a cualquiera que se opusiera a su voluntad, y que, de hecho, ya habla mandado ejecutar a muchos siervos de Dios. Siendo así, ¿Qué probabilidad había de que ese galaadita solitario escapase con vida? "Mas el justo esta confiado, como un leoncillo" (Proverbios 28:1); a los que están a bien con Dios no les desaniman las dificultades m les arredran los peligros. “No temeré de diez millares de pueblos, que pusieren cerco contra mí" (Salmo 3:6); "Aunque se asiente campo contra mí, no temeré mi corazón" (Salmo 27:3); tal es la bendita serenidad de aquellos cuyas conciencias están limpias de delitos, y cuya confianza descansa en el Dios viviente. El momento de llevar a cabo la dura tarea habla llegado, y Elías dejó su casa en Galaad para llevar a Acab el mensaje de juicio. Imaginadle en su largo y solitario viaje. ¿Cuáles eran sus pensamientos? ¿Se acordaría de la semejante misión encargada a Moisés cuando fue enviado por el Señor a pronunciar su ultimátum al soberbio monarca de Egipto? El mensaje que él llevaba no iba a agradarle más al rey degenerado de Israel. No obstante, tampoco tal recuerdo había de disuadirle o intimidarle, sino que el pensar en la secuela había de fortalecer su fe. Dios, el Señor, no abandonó a su siervo Moisés, sino que extendió Su brazo poderoso en su ayuda, y le concedió un completo éxito en su misión. Las maravillosas obras de Dios en el pasado deberían alentar siempre a sus siervos en el presente.

 

martes, 12 de abril de 2022

CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS Capítulo 4; 18-25


Romanos 4; 18-25

18  El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia.

19  Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara.

20  Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios,

21  plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido;

22  por lo cual también su fe le fue contada por justicia.

23  Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada,

24  sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro,

25  el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.  

 

         El pasaje anterior acababa diciendo que Abraham creyó en el Dios que llama a los muertos a la vida y que hace ser lo que no era.  Inicialmente Abraham no entendió completamente la promesa de que el hijo vendría de Sara. Aún la fe de Abraham no era perfecta. Dios acepta y trata con la fe imperfecta porque El ama a la gente ¡aunque su fe (de ellos) sea imperfecta!

En este pasaje, el pensamiento de Pablo vuelve a otro ejemplo sobresaliente de la disposición de Abraham a cogerle la palabra a Dios. La promesa de que todas las familias de la Tierra serían benditas en su descendencia se le dio a Abraham cuando ya era viejo. Su mujer, Sara, siempre había sido estéril; y entonces, cuando él tenía cien años y ella noventa Génesis 17:17  Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir? les llegó la promesa de que tendrían un hijo. A todas luces parecía totalmente increíble e irrealizable, porque a él ya se le había pasado la edad de engendrar y a ella la de concebir y dar a luz. Pero, una vez más, Abraham le tomó la palabra a Dios, y de nuevo fue la fe lo que se le contó a Abraham por justicia. Tanto Sara (Génesis. 18:12 Se rió, pues, Sara entre sí, diciendo: ¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo? ) como Abraham, (líneas atrás Génesis 17:17) se rieron de la promesa. ¡Vemos entonces que ellos no tenían una fe perfecta! Gracias a Dios que la salvación no requiere una fe perfecta, sino que el objeto de la fe sea el correcto. La esencia de la fe, entonces, es que uno confía en el carácter y las promesas de Dios (Efesios 3:20 Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros ; Judas 24 Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría,) y no en el esfuerzo o actuación humana. La fe confía en el Dios que hizo las promesas (Isaías 55:11 así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.), las cuales El cumple.

Lo que puso a Abraham en relación con Dios fue el creer Su palabra. Los rabinos judíos tenían un dicho que aquí cita Pablo. Decían: "Lo que está escrito de Abraham está escrito de sus hijos.» Querían decir que las promesas que Dios le hizo a Abraham se aplican también a sus hijos. Por tanto, si lo que le puso en la debida relación con Dios fue estar dispuesto a dar crédito a Su palabra, lo mismo nos sucederá a nosotros. No fueron las obras que mandaba la Ley, sino la fe que confía lo que estableció la relación que debe existir entre Dios y el hombre.

La esencia de la fe de Abraham en este caso fue que creyó que Dios puede hacer posible lo imposible. Mientras creamos que todo depende de nuestro esfuerzo no tenemos más remedio que ser pesimistas, porque la triste lección de la experiencia es que es nada podemos lograr con nuestro esfuerzo. Cuando nos damos cuenta de que no es nuestro esfuerzo sino la Gracia y el poder de Dios lo que importa, entonces podemos ser optimistas, porque podemos creer que no hay imposibles para Dios.

  La fe de Abraham se convirtió en un patrón a seguir para todos los verdaderos descendientes. Abraham mostró su fe en Dios al creer exactamente lo que Dios le reveló. Esta era su fe, y podría ser tan fuerte e implícita como pudiera ejercerse bajo la más completa revelación. La fe, ahora, es creer en Dios en la medida en que él nos ha revelado su voluntad. Por lo tanto, es el mismo en principio, es confianza en el mismo Dios, según lo que sabemos de su voluntad. Abraham mostró su fe principalmente confiando en las promesas de Dios respecto a una numerosa posteridad. Esta fue la principal verdad que se le dio a conocer, y en esto creyó.

(La promesa hecha a Abraham fue: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”, sobre la cual tenemos el siguiente comentario inspirado: “Y las Escrituras, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, predicaron de antemano el evangelio a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones", Gálatas 3:8. Parecería, entonces, que esta promesa, como la que se hizo inmediatamente después de la caída, contenía el germen y los principios mismos del evangelio.  Como Dios tenía la intención de justificar a los paganos por la fe, predicó el Evangelio que contiene la gran demostración de la doctrina de la salvación por la fe, antes, a Abraham, mientras estaba en su estado pagano; y por eso es llamado el padre de los creyentes: por lo tanto, aquellos que creerán el mismo Evangelio entre los gentiles; y como la puerta de la fe estaba abierta a todos los gentiles, así se cumplió la promesa: En ti serán benditas todas las naciones de la tierra.)

Abraham creyó a Dios acerca de un hijo prometido y sus descendientes. Los creyentes del Nuevo Pacto creen que Jesús es Mesías es el cumplimiento de todas las promesas de Dios a la humanidad pecadora. La historia de Abraham y de su justificación quedó escrita para enseñar a los hombres de todas las épocas posteriores, especialmente a los que, entonces, se les daría a conocer el evangelio. Es claro que no somos justificados por el mérito de nuestras propias obras, sino por la fe en Jesucristo y su justicia; que es la verdad que se enfatiza en este capítulo y el anterior como la gran fuente y fundamento de todo consuelo. Cristo obró meritoriamente nuestra justificación y salvación por su muerte y pasión, pero el poder y la perfección de esas, con respecto a nosotros, depende de su resurrección. Por su muerte pagó nuestra deuda, en su resurrección recibió nuestra absolución, Cuando Él fue absuelto, nosotros en Él y junto con Él recibimos el descargo de la culpa y del castigo de todos nuestros pecados. Este último versículo es una reseña o un resumen de todo el evangelio.

viernes, 8 de abril de 2022

LA VERDAD QUE DESTRUYE EL ORGULLO (final)

 

 

Hebreos 13: 21       "os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.".

 

La palabra griega del texto original que aquí se traduce “haga aptos” es katartizo. Esto debe contrastarse con la palabra teleioo usada en Hebreos 2:10; 10:1,14; 11:40, que significa llevar a la plenitud, hacer perfecto. La palabra de nuestro texto, katartizo, se usa para describir el trabajo que Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, estaban haciendo cuando Cristo los llamó al ministerio: estaban “remendando las redes- (Mateo 4:21 Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó ). En Gálatas 6:1, Pablo utiliza esta palabra para hacer una exhortación: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado..” . De manera que era muy adecuado aplicar esta palabra a cristianos hebreos que tenían una verdadera necesidad de ser advertidos en contra de la apostasía. Después de haber creído en el evangelio habían encontrado tan enardecida oposición de parte de los judíos que ahora se encontraban tambaleando en su fe (Hebreos 4:1Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. 6:11-12 Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza: a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. 10:23 Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió). Como dijimos al principio de este estudio, esta oración no sólo resume la totalidad de la instrucción doctrinal de la epístola, sino también sus exhortaciones. Los hebreos habían vacilado y caído (Hebreos 12:12 Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas); el apóstol ora aquí por su restauración. Los diccionarios (tales como el de Liddell y Scott, p. 910) nos dicen que katartizo (que la RV60 tradujo “haga aptos”) literalmente hace referencia a la reubicación de un hueso dislocado. ¿No ocurre lo mismo con los creyentes? Una triste caída quiebra su comunión con Dios, y nada que no sea la mano del Médico divino puede reparar el daño. Esta oración es para todos nosotros, pues pide que Dios rectifique cada una de nuestras capacidades para hacer su voluntad, y que nos enderece para su servicio cada vez que tengamos necesidad de ello. Notemos cuán inclusiva es esta oración: “Os haga aptos en toda obra buena". Vemos cómo todos los frutos de santidad van en dirección a Dios, y los de justicia en dirección a los hombres. La regla que Dios ha puesto ante nosotros no nos permite mantener áreas reservadas: Se requiere que amemos a Dios con todo nuestro ser, que seamos santificados en todo nuestro espíritu, alma y cuerpo, y que en todas las cosas crezcamos en Cristo (Deuteronomio 6:5 Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.; Lucas 10:27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.; Efesios 4:15 sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo; 1 Tesalonicenses. 5:23 Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo). El objetivo que debemos alcanzar es nada menos que la perfección en “toda obra buena". Aunque en esta vida no podremos alcanzar la perfección absoluta, lo que se demanda de nosotros es la perfección de la sinceridad, es decir, que lo intentemos honestamente, que hagamos un esfuerzo genuino por agradar a Dios. La mortificación de nuestros apetitos, el sometimiento a Dios en las pruebas, y la práctica de una obediencia imparcial y universal, siempre son todos ellos deberes obligatorios para nosotros. Nosotros mismos somos incapaces de cumplir con nuestras obligaciones; por eso tenemos que orar continuamente, para recibir la gracia que nos capacite para llevarlas a cabo. No sólo dependemos de Dios para poder iniciar nuestras buenas obras, sino también para continuarlas y progresar en ellas. Emulemos a Pablo, quien dijo: “No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí. Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).  

"Os haga aptos para toda obra buena". Que Aquel que nos ha dado a conocer cómo piensa, ahora nos incline eficazmente para actuar de modo que lo pongamos por obra, para que hasta el fin continuemos siendo solícitos en nuestras obligaciones como pueblo redimido. No es suficiente que conozcamos su voluntad; es preciso que la pongamos en práctica (Lucas. 6:46 ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?; Juan. 13:17 Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis.). Mientras más la practiquemos, mejor la entenderemos (Juan. 7:17 El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta.) y comprobaremos su excelencia. La voluntad de Dios que debemos poner por obra no es la voluntad secreta de Dios, sino su voluntad revelada o preceptiva, es decir, se nos pide practicar las leyes y estatutos de Dios (Deuteronomio 29:29 las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.). La voluntad revelada de Dios debe ser nuestra única regla de conducta. Muchas de las cosas que hacen los cristianos, que si bien son admiradas y aplaudidas por sus semejantes no son más que “culto a la voluntad", no son más que andar en base a “mandamientos de hombres” (Colosenses 2:20-23 Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos 21  tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques 22  (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? 23  Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne.). Los judíos le agregaron sus propias tradiciones a la ley divina, instituyendo ayunos y fiestas de invención propia. Los romanistas que se engañan con sus austeridades corporales, devociones idólatras y esquilmantes pagos, son culpables de lo mismo. Algunos protestantes que se inventan privaciones y ejercicios supersticiosos tampoco están limpios de este mal romano.

"Haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él". Estas palabras confirman lo que acabamos de decir, que lo único que es aceptable para Dios es aquello que se ajusta a la regla que él mismo ha establecido. Las palabras “delante de él” demuestran que Dios mira y evalúa cada una de nuestras obras. Al consultar otros pasajes, hallamos que a Dios sólo le agradarán las obras que él nos ha encomendado hacer y que son hechas en su temor (Hebreos 12:28 Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;). Solamente aceptará las que proceden del amor (2 Corintios 5:14 Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron) y que se hacen con la única intención de glorificarlo a él (1 Corintios 10:31 Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.). No debemos tener otra meta ni otro esfuerzo que no sea este: “Que vivan de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra” (Colosenses 1: 10 Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer). Sin embargo, para poder hacer esto necesitamos que Dios nos capacite. ¡Qué golpe a la autosuficiencia y a la autoglorificación es la frase: “haciendo él en vosotros"! Aun después de ser regenerados dependemos totalmente de Dios. A pesar de la vida, la luz y la libertad que nos ha dado, no tenemos fuerza propia para hacer lo que pide. Cada uno debe reconocer: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.” (Romanos 7:18).

Ciertamente esta es una verdad que nos hará humildes. Es un hecho que por nosotros  mismos los cristianos somos incapaces de cumplir con nuestro deber. Aunque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones y nos ha sido comunicado un principio de santidad (o nueva naturaleza), no obstante, somos incapaces de hacer el bien que ardientemente deseamos hacer. No sólo desconocemos todavía muchos requerimientos de la voluntad revelada de Dios, sino que el pecado que habita en nosotros se resiste y trata de inclinar nuestros corazones en dirección contraria. Por lo tanto, es imperativo que diariamente busquemos en oración que Dios nos dé de su gracia. Aunque estamos ciertos de que el Señor completará su buena obra en nosotros (Filipenses 1:6 estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo), eso no quita la necesidad de clamar: “Clamaré al Dios Altísimo, Al Dios que me favorece” (Salmo 57:2). El privilegio de la oración tampoco nos libra de la obligación de obedecer. Al contrario, en la oración hemos de pedirle que nos fortalezca para cumplir con las tareas que requiere de nosotros. La bendición del acceso a Dios no tiene el propósito de eximirnos del uso regular y diligente de todos los medios que Dios ha señalado para nuestra santificación práctica. Su propósito es más bien damos la oportunidad de buscar la bendición divina en el uso de todos los medios de gracia. Nuestra responsabilidad es pedir a Dios que obre en nosotros “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:13). Nuestro deber es no apagar el Espíritu por negligencia o desobediencia, especialmente después de haber orado pidiendo su dulce influencia (1 Tesalonicenses 5:19 No apaguéis al Espíritu.). Nuestro deber es usar la gracia que ya nos ha dado. "Haciendo él en vosotros lo que es agradable. .. por [medio de] Jesucristo". Aquí hay una doble referencia: (1) se habla de la obra de Dios en nosotros, y (2) de su aceptación de nuestras obras. Dios obra a través del Salvador. El Dios de paz no nos comunica ninguna gracia que no sea por y a través de nuestro Redentor. Todo cuanto Dios hace en favor nuestro lo hace por amor a Cristo. Toda operación del Espíritu Santo en nosotros es fruto de la obra meritoria de Cristo, porque fue él quien procuró el Espíritu por nosotros (Efesios 1:13,14 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,14  que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria ; Tito 3:4-7 Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, 5  nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, 6  el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, 7  para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.) y en la actualidad envía su Espíritu a nosotros (Juan. 15:26 Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.). Toda bendición espiritual que se nos concede es consecuencia de la intercesión de Cristo en favor nuestro. Cristo no es solamente nuestra vida  y nuestra justicia, sino también nuestra fuerza. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.” (Juan. 1:16). Los miembros de su cuerpo místico dependen totalmente de la Cabeza (Efesios 4:15,16 sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, 16  de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor). Si nosotros llevamos fruto es por nuestra comunión con Cristo, por permanecer en él (Juan. 15:5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.). Es muy importante que tengamos una comprensión clara de esta verdad, si Jesucristo va a tener el lugar que le corresponde en nuestros pensamientos y afectos. La sabiduría de Dios ha dispuesto las cosas de tal manera que cada persona de la Deidad es exaltada en la estima del pueblo de Dios. El Padre como fuente de gracia, el Hijo en su oficio de mediador, como canal a través del cual fluye toda gracia hacia nosotros, y el Espíritu Santo como el que hace entrega de la misma.

Pero las palabras “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno,” también tienen una relación inmediata con la frase “lo que es agradable delante de él” (Hebreos 13:20, RV60). Aunque nuestras obras sean buenas y sean hechas por Dios en nosotros, todavía son imperfectas por estar contaminadas por el instrumento que las realiza, así como un vidrio empañado o polvoriento atenúa la más pura de las luces que pasa a través de él. Pero aunque nuestras obras sean defectuosas, Dios las acepta cuando son hechas en el nombre de su Hijo. Nuestros mejores logros tienen defectos y son insuficientes para alcanzar la excelencia de los requerimientos que demanda la santidad de Dios, pero sus defectos son cubiertos por los méritos de Cristo. De igual manera, Dios acepta nuestras oraciones porque nuestro gran Sumo Sacerdote les agrega “mucho incienso” para ofrecerlas luego en el altar de oro delante del trono (Apocalipsis 8:3 Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono.). Ofrecemos “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. - (1 Pedro 2:5). Dios es “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.” solo (1 Pedro 4:11). Por tanto, al Mediador no sólo le debemos el perdón de nuestros pecados y la santificación de nuestra vida, sino el que Dios acepte nuestro culto y servicio imperfectos. Spurgeon lo expresó adecuadamente en sus comentarios diciendo: “¡Somos absolutamente nada! Nuestra bondad no es nuestra".

al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (Hebreos 13:21). El apóstol buscaba la gloria de Dios. ¿Cómo debemos glorificarlo? Lo glorificamos andando en obediencia, haciendo su voluntad, haciendo las cosas que son agradables ante sus ojos, y adorándolo. La construcción de esta oración gramatical nos da dos posibilidades, una es adscribir esta alabanza al “Dios de paz", a quien se dirige la oración, la otra es pensar que se dirige al “gran Pastor de las ovejas---, quien es el antecedente más cercano del pronombre “al cuaF. Puesto que la gramática permite ambas cosas, y dado que la analogía de la fe nos instruye incluir tanto al Padre como al Hijo en nuestra adoración, rindamos a ambos la gloria. Dios trajo a nuestro Señor Jesús de vuelta de la muerte, es fiel a los compromisos que asumió en el pacto eterno, nos provee de toda la gracia que recibimos, y acepta nuestra pobre obediencia “por Jesucristo". Por todo esto, alabemos a Dios como al “Dios de paz". Adoremos también al Mediador, porque es “nuestro Señor Jesús", el que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, porque es “el gran pastor de las vejas", quien cuida y ministra a su rebaño; porque con su preciosa sangre ratificó el pacto; y porque sus méritos e intercesión hacen posible que nosotros y nuestro servicio sean “agradables” ante el Supremo. “Amén.” ¡Qué así sea!

¡Qué las alabanzas a un Dios redentor y propicio resuenen por la eternidad!  

 

jueves, 7 de abril de 2022

LA VERDAD QUE DESTRUYE EL ORGULLO

 

 

Hebreos 13: 21   " Y el Dios de paz … 21  os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

  Como ya dijimos, este versículo se relaciona estrechamente con el anterior. Aquí tenemos la petición que el apóstol ofrece en favor de los santos hebreos, mientras que el versículo anterior nos entrega el fundamento sobre el cual se basa la petición. Ya vimos cuán apropiado, poderoso y conmovedor es ese fundamento. La súplica es presentada ante el “Dios de paz.” Se le pide que conceda la petición en su calidad de Aquel que ha sido reconciliado con su pueblo (Romanos 5: 10 Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.). Además, dado que fue Dios el que resucitó a nuestro Señor Jesucristo, ese hecho se convierte en el mejor fundamento para pedir que, por medio de la regeneración, vivifique a sus elegidos muertos en pecado, que traiga a casa a los que vagan lejos, y que complete su obra de gracia en ellos. El Padre sacó a Cristo de la cárcel de la muerte porque el Señor Jesucristo actuaba en su capacidad de “gran Pastor de las ovejas”. Así viviría eternamente para cuidar de su rebaño. En este momento nuestro gran Pastor suple las necesidades de cada una de sus ovejas por medio de su intercesión en favor nuestro (Romanos 8:34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.; Hebreos 7:25 por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.). A través de la oración está ahora dispensando dones a los hombres, especialmente aquellos dones que promueven la salvación de los pecadores como nosotros (Efesios 4:8ss. Por lo cual dice:  Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres.). Además, el mismo pacto eterno que prometió la resurrección de Cristo también garantizó la glorificación de su pueblo. Entonces, el apóstol invoca al Padre para que perfeccione a los santos conforme a dicho compromiso.  

 “El Dios de paz . . . os haga aptos en toda buena obra para que hagáis sus voluntad". Esencialmente, esta petición pide que se le otorgue al pueblo de Dios santidad práctica y fructificación. Aunque el pacto eterno ha sido llamado con propiedad “el pacto de la redención", debemos recordar cuidadosamente que su meta es asegurar la santidad de sus beneficiarios. Inspirado por el Espíritu, Zacarías clama diciendo Lucas 1:68-69, Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo,  69  Y nos levantó un poderoso Salvador En la casa de David su siervo, 72, Para hacer misericordia con nuestros padres, Y acordarse de su santo pacto; 74-75 Que, librados de nuestros enemigos, Sin temor le serviríamos  75  En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.). Aunque también se le ha llamado adecuadamente el” Pacto de gracia", tenemos que recordar que el apóstol Pablo dijo: “11 Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, 12  enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, 13  aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, (Tito 2.11-13). El gran objetivo del pacto eterno, así como el de todas las obras divinas. es la gloria de Dios y el bien de su pueblo. No fue diseñado sólo para exhibir la magnificencia divina sino para conseguir y promover las exigencias de la santidad divina. Dios no entró en pacto con Cristo para poner de lado la responsabilidad humana, ni el Hijo cumplió con todos sus términos para hacer innecesaria la vida en obediencia de sus redimidos. Cristo no sólo aceptó propiciar a Dios, sino también regenerar a sus elegidos. Cristo no sólo se dispuso a tomar el lugar de los elegidos para satisfacer todos los requerimientos de la ley, sino también a escribir esa ley en sus corazones y sentimientos. Cristo no sólo se comprometió a quitar el pecado de la vista de Dios, sino también a hacer que sus santos lo odien. Desde antes de la creación del mundo, Cristo no sólo emprendió la tarea de satisfacer los requerimientos de la justicia divina sino de santificar su simiente enviando al Espíritu para que habite en ellos, los conforme a su propia imagen y los incline a seguir el ejemplo que les dejaría.  Cristo obtuvo para ellos la gracia de un corazón nuevo y un nuevo espíritu, a fin de traerlos al conocimiento del Señor, y poner el temor de Dios en corazones, y hacerlos obedientes a su voluntad. También se comprometió con la seguridad de ellos. De modo que si descuidan su ley y abandonan sus juicios, él visitará sus transgresiones con vara (Salmo 89:30-36 30  Si dejaren sus hijos mi ley, Y no anduvieren en mis juicios, 31  Si profanaren mis estatutos, Y no guardaren mis mandamientos, 32  Entonces castigaré con vara su rebelión, Y con azotes sus iniquidades. 33  Mas no quitaré de él mi misericordia, Ni falsearé mi verdad. 34  No olvidaré mi pacto, Ni mudaré lo que ha salido de mis labios. 35  Una vez he jurado por mi santidad, Y no mentiré a David. 36  Su descendencia será para siempre, Y su trono como el sol delante de mí.) y si retroceden y se apartan de él, ciertamente los recuperará.

"Os haga aptos ... para que hagáis su voluntad? El apóstol elevó esta petición teniendo en cuenta los contenidos del pacto. En los estudios anteriores se ha demostrado que la profecía del Antiguo Testamento presentaba al Mesías prometido como Fiador de un pacto de Paz y el “Pastor” de su pueblo. Ahora resta demostrar que también fue retratado como un pastor que perfeccionaría a sus ovejas en santidad y buenas obras. “Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor; y andarán en mis preceptos, y mis estatutos guardarán, y los pondrán por obra.” (Ezequiel 37:24). El Señor declara aquí que el Israel de Dios se uniría en tomo al Mesías como su rey, la gran simiente de David. El Mesías sería su único pastor. En el mismo versículo se declara: “Y andarán en mis preceptos, y mis estatutos guardarán, y los pondrán por obra". Así que, habiendo descrito a Dios como el “Dios de paz” que sacó a nuestro Señor Jesús del dominio de la muerte “mediante la sangre del pacto eterno”, ahora Pablo pide que Dios obre en sus ovejas haciendo “lo que es agradable delante de él por Jesucristo”. Porque si bien Dios ha prometido hacer esto, también declara: “Aún seré solicitado por la casa de Israel, para hacerles esto” (Ezequiel 36:37). El pueblo de Dios tiene el deber ineludible de orar por el cumplimiento de sus promesas. Vemos, pues, que esta amplia oración, inspirada por el Espíritu, no solamente es un epítome del contenido de toda esta epístola sino también un resumen de las profecías mesiánicas.

Una petición como esta sólo puede ser ofrecida cuando uno contempla a Dios como al “Dios de paz---. Para que realmente pueda haber un verdadero deseo de glorificar a Dios, la fe primero tiene que tenerlo por reconciliado con nosotros, pues mientras se mantenga un sentimiento de horror al pensar en Dios, o un miedo servil ante la mención de su nombre, es imposible que le sirvamos o hagamos lo que es agradable ante sus ojos. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6), y la fe es algo totalmente opuesto al terror. Tenemos que estar seguros de que Dios ya no es un enemigo, sino nuestro amigo, antes de que la gratitud del amor pueda hacernos correr en dirección de sus mandamientos. Esa seguridad sólo llega cuando comprendemos que Cristo ha quitado nuestros pecados y satisfecho todo lo que la ley de Dios exigía de nosotros.Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Cristo obtuvo una perfecta y eterna paz “y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). En base a este sacrificio, Dios ha hecho un “pacto eterno, totalmente fiel y seguro” (2 Samuel 23:5 No es así mi casa para con Dios; Sin embargo, él ha hecho conmigo pacto perpetuo, Ordenado en todas las cosas, y será guardado, Aunque todavía no haga él florecer Toda mi salvación y mi deseo.) con todos los que se rinden al yugo de Cristo y confían en su sacrificio. Esto tiene que ser abrazado por la fe, antes de que haya una búsqueda confiada de la necesaria gracia suya. Hay todavía otro ángulo desde el cual podemos percibir lo adecuado de este pedido dirigido al “Dios de paz” en el que le pedimos que nos perfeccione en toda buena obra para hacer su voluntad. El hacer la voluntad de Dios es sumamente esencial para que en la práctica disfrutemos de su paz. “Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo. - (Salmo 119:165). Por eso, es totalmente inútil esperar tranquilidad de corazón si dejamos los caminos de la sabiduría para seguir por los caminos de la autocomplacencia. Ciertamente, no lograremos paz de conciencia mientras mantengamos algún pecado conocido. El camino a la paz es el camino de la santidad: “Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios.” (Gálatas 6:16). A menos que sinceramente resolvamos y procuremos hacer aquellas cosas que son agradables a la vista de Dios, en nuestro interior habrá un estado de turbación e inquietud, no de paz. Al Hijo encarnado pertenece el título “el Príncipe de paz”, y este título tiene un significado espiritual más profundo del que normalmente se percibe. Él podía decir: “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan. 8:29), y por eso gozaba de una calma no perturbada. ¡Qué impactantes eran esas palabras: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo."  (Juan. 14:27).

  "Y el Dios de paz ... os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad. Esta petición pone ante nosotros el lado humano de la vida, lo que el apóstol Pablo pide en favor de los santos tiene que ver con las responsabilidades que ellos tenían que cumplir, y para lo cual era imperativo que  contaran con la ayuda divina. El pacto eterno anticipó la entrada del pecado, por lo cual no sólo proveyó para que el pecado fuese quitado sino para que la justicia eterna sea una realidad. Esa justicia es la obediencia perfecta de Cristo, con la que fue honrada y magnificada la ley divina. La perfecta justicia de Cristo es imputada a todos lo que creen, pero nadie puede creer con fe salvadora hasta que el Espíritu implante un principio de justicia en su alma (Efesios 4:24  y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.). Esa nueva naturaleza o principio de justicia se manifiesta en la realización de buenas obras (Efesios. 2: 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.). No tenemos derecho de hablar del Señor Jesús como del “Señor nuestra justicia” hasta que personalmente seamos hacedores de justicia (1 Juan. 2:29 Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él.). ¡El pacto eterno de ninguna manera hace innecesario que los que participan de sus beneficios practiquen la justicia, sino que suple los motivos más prácticos y poderosos para movemos en esa dirección! La fe obra por amor (Gálatas 5:6 porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.), siendo su propósito agradar a Dios. Cuánto más guiadas sean nuestras oraciones por las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, tanto más estarán marcadas por estas dos cualidades: Los preceptos divinos se transformarán en peticiones que, a su vez, fundamentaremos en el carácter y las promesas divinas. Al meditar en la ley de Dios. el salmista declara:  4  Tú encargaste  Que sean muy guardados tus mandamientos. 5  ¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos  Para guardar tus estatutos! (Salmo 119:4,5). El salmista no se limitó a lamentar los impedimentos que su pecado levantaba; al contrario, clamo: " 33  Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, Y lo guardaré hasta el fin. 34  Dame entendimiento, y guardaré tu ley, Y la cumpliré de todo corazón. 35  Guíame por la senda de tus mandamientos, Porque en ella tengo mi voluntad. - (Salmo 119:33,35). De la misma manera, al establecer su casa delante del Señor, David alegó la promesa divina: “Ahora pues, Jehová Dios, confirma para siempre la palabra que has hablado sobre tu siervo y sobre su casa, y haz conforme a lo que has dicho.”  2 Samuel 7:25,    Ahora, pues, Jehová Dios de Israel, cumple a tu siervo David mi padre lo que le prometiste, diciendo: No te faltará varón delante de mí, que se siente en el trono de Israel, con tal que tus hijos guarden mi camino y anden delante de mí como tú has andado delante de mí.26  Ahora, pues, oh Jehová Dios de Israel, cúmplase la palabra que dijiste a tu siervo David mi padre   1 Reyes 8:25,26.  Ahora, pues, oh Jehová Dios de Israel, cúmplase tu palabra que dijiste a tu siervo David. 2 Crónicas 6:17). Al familiarizarnos más con la palabra de Dios, descubrimos los detalles del elevado nivel de conducta que se nos exige. Esto debería llevamos a ser más definidos y diligentes en buscar gracia para cumplir nuestras diversas tareas. Al familiarizarnos más con el “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación,” (2 Corintios 1:3) y con sus “por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:4), confiaremos de que el Dios de Paz suplirá nuestras necesidades.