lunes, 19 de febrero de 2024

CÓMO TERMINAR EL DÍA CON DIOS (segunda parte)


Salmo 4:8

«En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo Tú, Jehová, me haces vivir confiado.»

 

   Algunas personas débiles tienen miedo de estar solas, especialmente en la oscuridad, pero la creencia firme en que la presencia de Dios está con nosotros en todas partes, y en la divina protección bajo la que están los suyos, haría desaparecer estos temores y nos haría ruborizar. No, el que Dios nos haya puesto aparte para Él, como el pueblo escogido (Salmo 4; 3 Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí;  Jehová oirá cuando yo a él clamare.) nos basta para nuestra seguridad. El ser algo aparte es nuestra seguridad, como lo era para Noé en el mundo antiguo; Israel es un pueblo que morará solo y no será contado entre las naciones, las cuales le serán antagónicas, pero, con todo, morará confiado (Números 23:9 Porque de la cumbre de las peñas lo veré, Y desde los collados lo miraré; He aquí un pueblo que habitará confiado, Y no será contado entre las naciones.). Israel habitará confiado (Deuteronomio 33:28 E Israel habitará confiado, la fuente de Jacob habitará sola En tierra de grano y de vino; También sus cielos destilarán rocío). Cuanto más solos estamos, más seguros. Pero nuestra versión lo hace referir a Dios: Tú solo me haces vivir confiado. ¡Sólo Tú eres el que lo hace! Dios no necesita ayuda alguna para proteger a su pueblo, aunque a veces usa medios distintos. Y cuando todos los otros refugios fallan, con sus propios brazos nos puede dar la salvación. « A Benjamín dijo: El amado de Jehová habitará confiado cerca de él;  Lo cubrirá siempre, Y entre sus hombros morará..» (Deuteronomio 33:12.) Y esto no es todo, yo confío sólo en que Tú lo harás, por tanto, estoy tranquilo y me considero seguro, no porque hay ejércitos a mi lado, sino simplemente porque Tú eres el Señor de los ejércitos que está a mi lado. Tú me haces morar en seguridad; esto puede considerarse hacia atrás o hacia adelante, o los dos: Tú me has hecho morar en seguridad todo el día, de modo que el sol no me ha herido de día, por lo que es el lenguaje de agradecimiento por las mercedes recibidas; o Tú me harás descansar en seguridad toda la noche, de modo que la luna no me hiera con su rayo durante la noche; y éste es el lenguaje de la dependencia en Dios para mercedes futuras, y ambos casos van juntos, y nuestros ojos deben seguir puestos en Dios, como siempre, antes y después, el cual nos ha libertado en el pasado y lo hará en el futuro. Observamos también que está tranquilo y podemos inferirlo de esto: me acuesto y dormiré: Los que tienen abundancia de trigo y de vino, y que aumenta con las nuevas cosechas, tienen abundancia de riqueza y placer de este mundo, se acuestan y duermen tranquilos, como Booz, a un lado del montón. (Rut 3:7 Y cuando Booz hubo comido y bebido, y su corazón estuvo contento, se retiró a dormir a un lado del montón. Entonces ella vino calladamente, y le descubrió los pies y se acostó.) Pero, aunque yo no tengo lo que ellos tienen, puedo acostarme en paz y dormir como ellos. Juntamos aquí los dos, el acostarse y el dormir; no sólo me acostaré, sino que también dormiré. De la misma forma que hemos de empezar el día con Dios y esperar en Él todo el día, también hemos de procurar terminarlo con Él. Este deber de terminar el día con Dios y en buen espíritu, no creo que pueda ser demostrado mejor que entrando en los detalles del texto, y recomendando seguir el ejemplo de David.

 Primero. Retirémonos para acostarnos; la naturaleza nos llama para el descanso como para el alimento; el hombre va a su trabajo y se desplaza activamente durante el mismo, pero sólo hasta la noche, entonces llega el momento de acostarse. Leemos de Mefi-boset que estaba durmiendo la siesta al mediodía (2ª. Samuel 4:5-6 Los hijos, pues, de Rimón beerotita, Recab y Baana, fueron y entraron en el mayor calor del día en casa de Is-boset, el cual estaba durmiendo la siesta en su cámara. 6  Y he aquí la portera de la casa había estado limpiando trigo, pero se durmió; y fue así como Recab y Baana su hermano se introdujeron en la casa.), y la muerte le alcanzó mientras dormía; y también de David, que al caer de la tarde, salió de su lecho y se metió en un pecado peor que la muerte (2ª Samuel 11:2  Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa). Hemos de trabajar durante el día para hacer la obra que nos ha sido mandada, porque viene la noche, en la cual el hombre no trabaja, y éste es el momento apropiado para acostarse; esto nos ha sido prometido (Sofonías 2:7 Será aquel lugar para el remanente de la casa de Judá; allí apacentarán; en las casas de Ascalón dormirán de noche; porque Jehová su Dios los visitará, y levantará su cautiverio.). Se acostarán por la noche y con esta promesa hemos de considerar que la noche es el momento apropiado para el descanso; y no hemos de hacer del día noche y de la noche día, como algunos intentan hacer. Algunos se levantan para maquinar contra sus vecinos: para matar, robar y destruir; en la oscuridad minan las casas que de día para sí señalaron (Job 24:16 En las tinieblas minan las casas Que de día para sí señalaron;  No conocen la luz.).

David se queja de sus enemigos de que por la noche rondan por la ciudad (Salmo 59:6 Volverán a la tarde, ladrarán como perros, Y rodearán la ciudad). Los que obran mal aborrecen la luz. Judas, el traidor, fue a buscar a su Maestro, con su pandilla, cuando tenía que haberse retirado a la cama. En Proverbios 4:16 se nos habla de los que « Porque no duermen ellos si no han hecho mal, Y pierden el sueño si no han hecho caer a alguno.». Otros maquinan en sus afanes de conquistar el mundo y sus riquezas. No sólo se levantan de madrugada, sino que retrasan el descanso, para conseguir ejecutar sus planes (Salmo 127:2 Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, Y que comáis pan de dolores; Pues que a su amado dará Dios el sueño.), y no tienen inconveniente en negarse el sueño necesario, y ésta es su locura, pues se privan de aquello de que pueden disfrutar, con miras a obtener más.

Salomón habla de aquellos que ni de día ni de noche ven sueño en sus ojos (Eclesiastés 8:16 Yo, pues, dediqué mi corazón a conocer sabiduría, y a ver la faena que se hace sobre la tierra (porque hay quien ni de noche ni de día ve sueño en sus ojos);), con miras a adquirir sabiduría y ver todas las cosas que se hacen sobre la tierra. Lo cual se nos dice no es más que vanidad y aflicción de espíritu. Consideremos, pues, la locura de estas cosas, y no trabajemos por la carne que perece, y la abundancia que impide el sueño, sino trabajemos para lo que pertenece a la vida eterna, y la gracia que es la anticipación de la gloria, cuya abundancia hará dulce nuestro sueño.

Otros se quedan en vela para dedicarse a los placeres; no se acuestan a su debido tiempo, porque no pueden hallar en sus corazones descanso a menos que prosigan en sus vanos pasatiempos y diversiones, su música, su baile, sus juegos, naipes y dados, o lo que es peor, orgías y excesos, porque los que se emborrachan, se emborrachan por la noche. Es malo que estas satisfacciones de los bajos instintos, o por lo menos de la mente vana, consigan devorar la velada y luego nos dejen en sopor el alma, como acostumbran hacer de modo solapado; de modo que no hay tiempo en el corazón para las devociones nocturnas, sea en el propio aposento o con la familia, pero es peor aún, porque socavando las horas de sueño, lo más probable es que tampoco haya oportunidad para ningún ejercicio religioso a la mañana siguiente. Los que pueden permitirse pasar la noche en jolgorio, cosas necias o inmundas, considerarían que se les somete a un trato duro si se les ocupara el tiempo con un sermón más largo de la cuenta, cuando algún predicador hiciera lo que Pablo, seguir hablando hasta la media noche. (Hechos 20:7 El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche) ¡Y cuan poco dispuestos se sentirían a hacer como David, levantarse a medianoche para dar gracias a Dios, o, como su Maestro, continuar orando toda la noche! Hay que mortificar estos afectos pecaminosos, no satisfacerlos. Los que se permiten estas irregularidades, si dedican unos momentos a reflexión imparcial, no podrán por menos que ver los inconvenientes de los mismos y que son un daño a la prosperidad de su alma, y que deberían negarse a ellos para su propio bien. Una buena regla para el final del día es no dilatar demasiado la hora del descanso: todo es bueno a su sazón. He oído decir desde hace mucho, y voy a repetirlo: Hay que ir pronto a la cama y salir de ella temprano. De este modo se está sano, riqueza y fama se gana. Vamos, pues, a dar por sentado que a menos que interfiera algún asunto inesperado y necesario, o alguna obra de misericordia, o algún acto especial de devoción, seguirás en vela hasta el momento apropiado y entonces irás a acostarte. Y has de hacerlo con agradecimiento a Dios, dedicando pensamientos a la muerte, reflexiones penitentes por los pecados del día y humildes suplicaciones de misericordia durante la noche. Acuéstate con agradecimiento a Dios.

 Cuando te retiras a tu aposento has de elevar tu corazón a Dios, el Dios de toda misericordia, y hacerle objeto de tu alabanza cuando te vas a la cama. Estoy seguro de que no nos faltan asuntos para darle alabanza, si no nos falta corazón. Por tanto, dirijámonos a este agradable deber, este trabajo que es en sí su propia remuneración. El sacrificio de la noche había de ser un sacrificio de alabanza.  Tenemos razones para estar agradecidos por las muchas mercedes del día que ha pasado, que tendríamos que revisar ahora, y decir: bendito sea el Señor que me ha colmado el día de beneficios. Observa la serie ininterrumpida de misericordias durante todo el día. Observa los ejemplos particulares de misericordias con que algunos días quedan destacados. Es el que nos concede vida y favor, y su presencia que mantiene nuestro espíritu. Piensa en las calamidades de que te guarda cada día; las calamidades a que estás expuesto, y de cuyo peligro inminente te ha librado, y aquellas, desconocidas, por las que no hemos sentido aprensión, de las cuales sufren muchos que son mejores que nosotros. Todos nuestros huesos tienen motivos de decir al Señor: ¿Quién como Tú? Porque Dios ha guardado nuestros huesos y ninguno de ellos ha sido fracturado. Es por su misericordia que no somos consumidos. Piensa también en los beneficios que te rodean y que debes a su divina providencia, lo que comes y bebes, los pasos que das y el aire que respiras, todas las satisfacciones que hacen tu vida placentera, la sociedad y los amigos, los éxitos en la profesión y el placer que tienes en ellos. Todo el gozo de que disfrutamos, como se dice de Zabulón en sus salidas, y de Isacar en sus tiendas, es por lo que hemos de estar agradecidos y dar alabanza a Dios. Es posible que el día haya pasado con algún accidente, algo que nos ha afligido y decepcionado, pero esto no nos ha de indisponer para la alabanza; como sea, Dios es bueno y es nuestro deber darle gracias y bendecir su nombre: el Señor dio, el Señor quitó. Sea alabado el nombre del Señor. Nuestras aflicciones son pocas y merecidas; nuestras mercedes muchas y ninguna merecida. Tenemos motivos para agradecer las sombras del atardecer, que nos llaman a retirarnos, a descansar. La misma sabiduría, poder y bondad que hace la mañana, hace la noche también para gozarnos, y nos da motivo para agradecer el cerrar los ojos como el abrirlos por la mañana. Dios dividió la luz de las tinieblas, e hizo que se alternaran; esto era bueno. Agradezcamos, pues, a Dios las dos cosas, y así como en las revoluciones del tiempo, en las de los sucesos en el tiempo, la oscuridad de la aflicción es necesaria a su sazón, como la luz de la prosperidad. Si el mercenario espera ansioso que las sombras se alarguen porque con ellas viene el descanso, que lo agradezca, y sepamos que el calor y la carga del día no son perpetuos. Tenemos razones por el aposento quieto en que nos echamos. Nabucodonosor se echaba entre las bestias del campo. Y aunque nacemos desnudos como los animales, no dormimos como ellos en cuevas o desiertos o páramos o montañas. Muchos santos y siervos de Dios han tenido que hacerlo, aunque el mundo no era digno de ellos. Pero el Buen Pastor nos hace echar en verdes prados y nuestra almohada no es una dura piedra como la de Jacob. Hemos de estar agradecidos de que no nos vemos forzados a permanecer en vela; que se nos da permiso para descansar y aún se nos manda hacerlo. Muchos van a la cama, pero no a descansar, debido a enfermedades penosas y de tal naturaleza que no pueden echarse y respirar. Muchos tienen familiares enfermos, muchas veces sus propios hijos, a los que tienen que cuidar. Muchos temen: enemigos, ladrones, soldados. Nuestro sueño no es perturbado por alarmas de guerra. Hemos de acostarnos pensando en la muerte y en el gran cambio que tendrá lugar en nosotros al morir. El día tendría que concluir poniendo en nuestra mente la conclusión de todos nuestros días. Es bueno pensar con frecuencia en la muerte, especialmente al ir a la cama. Esto aligerará nuestras fatigas y cruces, nos protegerá contra las tentaciones, nos familiarizará con la muerte y nos hará perder el miedo a la misma. Al morir nos retiraremos, como hacemos al acostarnos. «El hombre yace y no vuelve a levantarse; hasta que pasen los cielos no despertará ni se levantará de su sueño.» (Job 14:12.)  Salimos para ver y ser vistos, y algunos pasan su vida sin mayor interés hasta que viene la muerte y pone fin a los dos. « Dije: No veré a JAH, a JAH en la tierra de los vivientes; ya no veré más hombre con los moradores del mundo..» (Isaías 38:11.) «Los ojos de los que me ven no me verán más; fijarás en mí tus ojos, y habré dejado de existir.» (Job 7:8.) Nos esconderán en la tumba y seremos cortados de entre los vivos. Morir es decir adiós a los amigos, poner un punto en nuestra conversación con ellos. Pero gracias sean dadas a Dios, no es una despedida eterna. Esperamos verlos otra vez la mañana de la resurrección para no despedirnos más de ellos. Al morir nos despertamos del cuerpo, como ahora nos quitamos los vestidos cuando vamos a descansar. El alma es el hombre, el cuerpo es su vestido; al morir seremos desnudados, la casa terrenal de este tabernáculo será disuelta, y el vestido del cuerpo será puesto de lado; la muerte nos desnuda y nos envía fuera del mundo tal como llegamos a él; limpia el alma de todos los disfraces con que aparece ante los hombres, y así nos envía a Dios. La carga de los vestidos en un día caluroso, el tabernáculo bajo el cual gemimos y que estorba nuestras satisfacciones espirituales, todo ello será puesto de lado. Quedaremos libres para ser revestidos de la gracia de Cristo y de inmortalidad. Nuestro vestido será un cuerpo glorioso como el de Cristo. Al morir descansaremos en la tumba, ya que nuestro cuerpo descansará en el polvo (Job 20:11 Sus huesos están llenos de su juventud, Mas con él en el polvo yacerán).

Para los que se mueren en pecado e incrédulos, la tumba es un calabozo, sus iniquidades están sobre sus huesos y yacen con ellos, pero para los que mueren en Cristo, en la fe, la tumba es un lugar de descanso donde no hay inquietudes hasta la mañana del gran día; donde no hay pesadillas y visiones nocturnas de terror; donde hay paz y descanso (Isaías 57:2 Entrará en la paz; descansarán en sus lechos todos los que andan delante de Dios). El santo Job se consuela con esto en su agonía, que pronto tendrá su lecho en la oscuridad, y allí tendrá descanso. Es un lecho suave, cual rosa de Sarón, cual lirio de los valles. Puedes decirte, pues, que la tumba es un lugar de descanso para el cansado, cuando te vas a la cama, con esta consolación, además, que poco después despertarás descansado para reunirte con el amado de tu alma, para estar siempre con Él. Te despertarás a un día que no renovará tus cuidados, sino que te proporcionará gozo eterno y sin mezcla.

domingo, 18 de febrero de 2024

CÓMO TERMINAR EL DÍA CON DIOS

 

 

Salmo 4:8

«En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo Tú, Jehová, me haces vivir confiado.»

 

     Este Salmo 4 habla de paz y confianza cuando uno tiene cosas que le turban. ¡Dulce himno de la tarde! No me sentaré a velar por temor, sino que me acostaré; y entonces no me quedaré despierto escuchando cada crujido, sino que me acostaré en paz y dormiré, porque no tengo nada que temer. Esto puede ser entendido, de modo figurado, del reposo del alma en la seguridad de la gracia de Dios, o literalmente, del reposo del cuerpo bajo la protección de la providencia. Me gusta dar amplitud a la interpretación de la Escritura y, por tanto, creo que las dos son válidas. El salmista, después de haber dado preferencia al favor de Dios sobre todo otro bien, hecha su elección y tomada su porción, expresa aquí su complacencia en lo que ha decidido, en tanto que ve a muchos inquietos e inquiriendo constantemente: ¿Quién nos mostrará el bien? David sigue diciéndose: «Estos se preocupan de cosas vanas. En tanto, Él se halla en completa paz y seguridad; ha tomado su parte con la voluntad divina, y el Señor mostrará la luz de su rostro a los suyos; ningún bien, aparte del favor de Dios, puede servirnos de nada, pero basta con él, sin necesidad de las sonrisas del mundo.

La luna y las estrellas, con todos los fuegos y velas encendidos en el mundo, no hacen que sea de día si no da el sol, pero el sol se basta, sin necesidad de los otros. Los santos en todas partes están de acuerdo con los sentimientos que expresa David. No hallando descanso en parte alguna, la paloma del arca regresó a la misma arca: éste es el tipo de Cristo, volviendo a su descanso, porque éste es el significado del nombre Noé: descanso. «Vuelve, oh alma mía, a tu reposo. Porque Jehová te ha hecho bien..» (Salmo 116:7) Si Dios levanta la luz de su rostro sobre nosotros, al llenarnos de su santo gozo, nos pone su contento en el corazón, más que los que tienen abundancia de mosto y de grano (Salmo 4; 7 Tú diste alegría a mi corazón Mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto.)

 Él nos lleva a un santo descanso, y ahora me acostaré y dormiré. Dios es mi Dios y yo me siento complacido, satisfecho, no busco más, no deseo más, estoy seguro, y estoy confiado: cuando ando a la luz del Señor no necesito nada, no temo nada, no me falta nada, no tengo aprensión de ningún peligro. El Señor es mi sol y mi escudo; un sol que ilumina y conforta, un escudo que protege y defiende. Así pues, sabe que los que cuentan con la seguridad del favor de Dios pueden gozar y obtener una santa serenidad y la tranquilidad de la mente. Tenemos las dos en esta preciosa promesa (Isaías 32:17): «Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre.» La obra de la justicia será la paz, y hay una satisfacción presente en hacer el bien; el efecto de la justicia será la tranquilidad y la seguridad para siempre; tranquilidad en el goce del bien, y seguridad al ser librado del mal. El bendito fruto del favor de Dios es una santa serenidad; en paz me acostaré y dormiré. Cuando estamos bajo el ceño de Dios o en duda respecto a su favor, ¿cómo podemos tener goce alguno? Mientras este punto está pendiente, el alma no puede estar satisfecha.

Amigo lector ¿Tienes alguna controversia con Dios? No des sueño a tus ojos ni dejes caer los párpados sobre ellos hasta que hayas puesto fin a la discrepancia; humíllate y vuelve a la amistad de tu mejor amigo, y cuando hayas hecho las paces con Él y tengas la evidencia confortadora de que eres aceptado, entonces di con prudencia y justicia lo que dijo el alma carnal y necia: «y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. » (Lucas 12:19). ¿Han sido perdonados tus pecados? ¿Tienes ganada la mediación de Cristo? ¿Acepta ahora Dios tus obras en Cristo? «Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios » (Eclesiastés 9:7.) Que esto calme toda tempestad y dé la calma a tu alma. Teniendo a Dios como nuestro Dios del pacto, tenemos bastante, pues lo tenemos todo, y aunque el alma en gracia todavía desea más de Dios, nunca desea más que Dios; en Él reposa con perfecta complacencia; en Él se halla en casa, descansando, si nosotros estamos satisfechos en su amante bondad, abundantemente satisfechos. «Porque satisfaré al alma cansada, y saciaré a toda alma entristecida.» (Jeremías 31:25.)

Hay bastante para llenar al hambriento, y una vez satisfecho de buenas cosas, tiene que haber descanso, descanso para siempre, y su sueño será dulce. Una santa seguridad es también el bendito fruto del favor de Dios. «Porque Tú, ¡oh, Jehová!, bendecirás al justo.» Cuando la luz de tu rostro brilla sobre mí estoy seguro y, además, sé que lo estoy. «Como un escudo lo rodearás de tu favor.» Habiendo sido puesto bajo la protección del divino favor, « Aunque un ejército acampe contra mí, No temerá mi corazón;  Aunque contra mí se levante guerra, Yo estaré confiado ». (Salmo 27:3) Lo que Dios me ha prometido puedo prometérmelo a mí mismo y esto basta para llevarme incólume a través de todas las dificultades y peligros que pueda encontrar en el camino de mi deber. «Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, Y se traspasen los montes al corazón del mar » (Salmo 46:2), no temeremos ni en el valle de sombra de muerte, en el territorio del rey de los terrores, porque Tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. «Las riquezas del rico son su ciudad fortificada, Y como un muro alto en su imaginación. Antes del quebrantamiento se eleva el corazón del hombre, Y antes de la honra es el abatimiento.» (Proverbios 18:11-12.) Todo esto es Dios para el justo. “El Poderoso será tu tesoro y tu defensa”. (Job 22:25.)

No hay nada más peligroso que la seguridad en un camino pecaminoso, y que los hombres proclamen paz, paz entre sí, mientras continúan bajo el poder de una mente vana y carnal: ¡Oh, si los pecadores que se sienten tranquilos y seguros empezaran a temblar! No hay nada más insensato que fundar uno su seguridad en el mundo, en sus promesas, porque todas ellas son vanidad y mentira, pero nada más razonable en sí mismo, y tan ventajoso para nosotros, como que las personas buenas edifiquen su seguridad en las promesas de un buen Dios, a saber, los que se mantienen en el sendero del deber, para estar tranquilos del temor del mal; así como a los que no hacen el mal no les acontecerá nada realmente malo, sino que todas las cosas redundarán en su bien, a los que siguen fieles a Dios como su rey, están bajo la protección del Omnipotente, que les permite desafiar a los poderes del mal: Si Dios es con nosotros, ¿quién será contra nosotros? Esta seguridad es la que los paganos consideraban que las personas virtuosas merecían, esto es, y pensaban que si el mundo tenía que saltar en pedazos, el justo no tenía por qué participar en la ruina: con mucha más razón los cristianos que están firmes en su integridad pueden reclamar esta garantía, porque, ¿quién es el que dañará a los que siguen a Aquel que es bueno en su bondad?

Ahora bien, el privilegio de los buenos es que estén tranquilos y satisfechos. Esta santa serenidad y seguridad de la mente la poseen porque Dios les permite estar tranquilos y animosos; es más, se les ha prometido que Dios hablará paz a su pueblo y a sus santos, El los llenará de gozo y paz al creer; su paz guardará su corazón y su mente; los guardará seguros y tranquilos. Hay un método designado para obtener esta serenidad y seguridad prometidas. Las Escrituras han sido escritas para nosotros, para que nuestro gozo sea pleno, y que por medio de la paciencia y el consuelo de ellas podamos tener esperanza. Las ordenanzas o sacramentos han sido instituidos para ser pozos de salvación de los cuales podamos sacar agua con gozo. Los ministros han sido ordenados para ser consoladores y ayudar en el gozo. «Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros..» (Hebreos 6:17-18.)

El salmista, terminando el trabajo del día, y probablemente cansado por el mismo, siendo ya la hora de acostarse y habiendo dado buenos consejos a aquellos a quienes deseaba una buena noche para que comunicaran con su propio corazón en la cama, y que ofrecieran sacrificios de justicia (Salmo 4; 4-5), se retira ahora a su cámara con estas palabras: «En paz me acostaré, y asimismo dormiré.»

El propósito por el que he escogido este texto me conduce a entenderlo literalmente, como los discípulos entendieron al Maestro cuando: “Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará. Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño”. (Juan 11:12-13.) Y así tenemos aquí el pensamiento piadoso de David, cuando se va a la cama: «Del mismo modo que cuando me despierto todavía estás conmigo, también cuando me acuesto todavía estás conmigo.» El día concluye tal como había empezado, con meditaciones sobre Dios y en dulce comunión con Él. Parece que David escribió este salmo cuando estaba afligido y era perseguido por sus enemigos; quizá fue escrito con ocasión de su huida de Absalón, su hijo, como el salmo anterior; por fuera había luchas, y no es de extrañar que por dentro hubiera temor; con todo, pone su confianza en la protección de Dios de que se irá a la cama al tiempo acostumbrado y con la quietud y ánimo usual, se comportará como otras veces; sabe que sus enemigos no tienen poder contra él si no les es dado desde arriba, y no les será dado poder, sino que se hallan bajo la restricción divina; ni se les permitirá que ejerzan su poder hasta el punto de hacerle algún daño grave, y por tanto, se retira al aposento secreto del Altísimo, y habita bajo la sombra del Omnipotente, y su mente está en paz. Lo que puede partir el corazón de un hombre del mundo no puede tocar el sueño de un hombre piadoso. «Que hagan todo lo que quieran —dice David—, que yo me acostaré y dormiré; hágase la voluntad de Dios.» Ahora bien, observemos aquí: La confianza en Dios: Tú, Señor, me haces morar en seguridad, no sólo me tienes seguro, sino que me haces saber que lo estoy; me das seguridad; El que camina en integridad anda confiado; Mas el que pervierte sus caminos será quebrantado. (Proverbios 10:9 ). Sigue adelante decidido; lo mismo que David aquí al retirarse a la cama. Entonces aquellos cinco hombres salieron, y vinieron a Lais; y vieron que el pueblo que habitaba en ella estaba seguro, ocioso y confiado, conforme a la costumbre de los de Sidón, sin que nadie en aquella región les perturbase en cosa alguna, ni había quien poseyese el reino. Y estaban lejos de los sidonios, y no tenían negocios con nadie. (Jueces 18:7), sino descansando en Dios, como los hijos de Sión, en la ciudad de las fiestas solemnes, «Mira a Sion, ciudad de nuestras fiestas solemnes; tus ojos verán a Jerusalén, morada de quietud, tienda que no será desarmada, ni serán arrancadas sus estacas, ni ninguna de sus cuerdas será rota. » (Isaías 33:20).

Hay una palabra en esta parte del texto que hemos de hacer notar: Es Dios el que nos da la seguridad. Aun cuando estoy solo, ni tengo a ninguno de mis consejeros para aconsejarme, ni a mis guardias para defenderme —dice David—, no tengo aprensión alguna, porque Dios está conmigo. El Hijo de David se consoló también con esto, cuando todos sus discípulos le abandonaron; le dejaron solo, pero no estaba solo, porque el Padre estaba con Él.

sábado, 17 de febrero de 2024

CÓMO EMPEZAR CADA DÍA CON DIOS (final)

 

Salmo 5; 3

«¡Oh, Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré!»  

 

      Estimado lector mira, ve el sol, como un esposo que sale de su tálamo, que se alegra cual atleta corriendo su carrera, observa lo brillantes que son sus rayos, cuan dulces sus sonrisas, cuan fuerte su influencia. Y si no hay lenguaje o tribu que no pueda captar la voz de estos predicadores naturales que proclaman la gloria a Dios, es lástima que haya algunas lenguas en que no se oiga la voz de los adoradores de Dios haciéndose eco al canto de estos predicadores naturales, y adscribiendo gloria a Aquel que hace que la mañana y la noche se regocijen. Pero hagan lo que quieran los demás, y que Dios oiga nuestra voz por la mañana, y por la mañana dirijámosle nuestras alabanzas. Por la mañana tenemos o deberíamos tener nuevos pensamientos sobre Dios y meditación dulce en su nombre, y tendríamos que ofrecérselos en oración. Conforme al ejemplo de David, ¿hemos venido recordando a Dios en nuestra cama, y meditando durante las noches de vela? ¿Podemos decir, cuando nos levantamos, todavía estoy con Dios? Si es así, tenemos algo que llevar al trono de la gracia con las palabras de nuestra boca para ofrecer a Dios las meditaciones de nuestro corazón, y esto será para Él un sacrificio de olor suave. Si el corazón ha estado puliendo un bello canto, que nuestra lengua lo recite al Rey, nuestro Dios. (Salmo 45:1  Rebosa mi corazón palabra buena; Dirijo al rey mi canto; Mi lengua es pluma de escribiente muy ligero.) Tenemos la Palabra de Dios con la cual conversar, y tendríamos que leer de ella una porción cada mañana: por medio de ella Dios nos habla, y en ella tendríamos que meditar de día y de noche; si lo hacemos, nos enviará al trono de la gracia, y nos proveerá buenos mensajes para entregar allí. Si Dios, por la mañana, con su gracia, nos dirige su palabra, de modo que nos llegue al corazón, esto dará por resultado que dirijamos nuestra oración a Él. Por la mañana es más que probable que tengamos causa para reflexionar sobre los muchos pensamientos vanos y pecaminosos en que nuestra mente se ha ocupado durante la noche, y a causa de esto es necesario que nos dirijamos a Dios en oración por la mañana, pidiendo perdón por ellos. Las palabras de la oración dominical parecen apropiadas de modo especial para la mañana, porque nos enseñan a pedir nuestro pan cotidiano, y también hemos de pedir: Padre, perdónanos nuestras deudas, porque como en el apresuramiento del día incurrimos en culpa por nuestras palabras y acciones irregulares, lo mismo hacemos en la soledad de la noche, a causa de nuestra imaginación corrompida y nuestra fantasía sin gobierno y no santificada. Es cierto, el pensamiento del necio es pecado. (Proverbios 24:9 El pensamiento del necio es pecado, Y abominación a los hombres el escarnecedor.) Los pensamientos necios son pecaminosos, y ¡cuántos de estos vanos pensamientos se alojan dentro de nosotros!; su nombre es legión, pues son muchos. ¿Quién puede entender estos errores? Son más numerosos que los cabellos de nuestra cabeza. Leemos de algunos que imaginan el mal en sus camas y cuando llega la mañana lo practican. (Miqueas 2:1 ¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en su mano el poder!) ¡Con qué frecuencia, por la noche, la mente se inquieta y desconfía con dudas y preocupaciones, pensamientos ambiciosos, contaminados, livianos, impertinentes, instigados y fermentados por la malicia y la venganza, y, en todo caso, muy lejos de la piedad debida. Del corazón proceden los malos pensamientos que hay en nosotros, y por todas partes los llevamos, porque su fuente está en nosotros y fluye de modo natural. Sí, en la multitud de sueños y desvaríos, como en las muchas palabras, hay mucha vanidad. (Eclesiastés 5:2 No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.) ¿Y nos atrevemos a salir sin haber renovado nuestro arrepentimiento, para el que hemos acumulado material todo el día y toda la noche? ¿No queremos confesarlo a Aquel que conoce nuestros corazones, nuestros descarríos, nuestras rebeliones, nuestras retractaciones, para hacer las paces en la sangre de Cristo y orar, para que perdone los pensamientos de nuestro corazón? No podemos ir con tranquilidad a hacernos cargo de las tareas del día con una carga de pecado del que no nos hemos arrepentido y que no ha sido perdonado. Por la mañana nos preparamos para la obra del día, y por tanto, procuramos por medio de la oración buscar la presencia y la bendición de Dios; se nos dice que podemos ir con confianza al trono de la gracia, no sólo para pedir que se nos perdone aquello en que hemos faltado, sino para pedir gracia, que nos ayude en todo tiempo de necesidad. Y ¿qué momento hay que no sea un momento de necesidad para nosotros? Y por tanto, ¿qué mañana debería pasar sin oración? Leemos de «las cosas que han sido ordenadas conforme al rito para cada día» (Esdras 3:4 Celebraron asimismo la fiesta solemne de los tabernáculos, como está escrito, y holocaustos cada día por orden conforme al rito, cada cosa en su día;), y es por esto que vamos a Dios cada mañana para orar, para la graciosa concesión de su providencia respecto a nosotros y las operaciones de gracia del Espíritu.

Tenemos familias a las que debemos cuidar, quizás, y hemos de proveer para ellas. Presentémoslas, pues, cada mañana en oración ante Dios, encomendándolas al cuidado y gobierno de su gracia, y así las ponemos de modo efectivo bajo la protección y cuidado de su providencia. El santo Job se levantaba temprano por la mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de sus hijos. (Job 1:5 Y acontecía que habiendo pasado en turno los días del convite, Job enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días.) Así conseguimos que la bendición descanse sobre nuestros hogares. Cuando nos dedicamos a nuestras actividades: miremos a Dios, en primer lugar, esperando que nos dé sabiduría y gracia para ejecutarlas bien, en el temor de Dios y que permanezcamos con Él; y entonces podemos pedirle con fe que nos prospere y nos acreciente, nos fortalezca, que nos sostenga en las fatigas y nos dirija y nos dé consuelo en estas tareas. Tenemos jornadas que hacer, quizás así pidamos a Dios que su presencia nos acompañe, y no vayamos donde no podamos esperar que nos acompañe. Quizá tengamos oportunidades de hacer o conseguir algo bueno: pidamos a Dios que nos dé un corazón a la altura de lo que hay en nuestras manos, que nos dé habilidad, voluntad y valor para mejorarlo. Cada día tiene sus tentaciones, algunas, quizá, las podemos prever, pero muchas no nos las imaginamos y en ellas se pone a prueba nuestra sinceridad a Dios; que no seamos llevados a la tentación, sino guardados de todas ellas; que cualquier relación o compañía en que entremos sea una oportunidad para que hagamos bien y no perjudiquemos, para conseguir bien y no ser dañado por los otros. No sabemos lo que nos traerá el día; no sabemos las noticias que nos traerá la mañana, o lo que puede sucedemos antes de la noche, y por tanto, tenemos que pedir a Dios que nos dé gracia para llevar a cabo los deberes y dificultades que no podemos prever, así como las que vemos; que nuestra fuerza sea suficiente para mantenernos en conformidad con toda la voluntad de Dios, según sea cada día. Hallaremos que basta para cada día su propio afán, y por tanto, así como es locura el pensar y apenarnos por los sucesos de mañana, es de sabios pensar en los de hoy, para que sea suficiente para aquel día y para sus deberes la provisión de la divina gracia que necesitemos; para toda obra o palabra buena y para fortificarnos contra toda obra o palabra mala; para no decir, pensar o hacer nada durante el día que pueda ser causa de que deseemos no haberlo pensado, dicho o hecho.

Aplicación práctica de todo lo expuesto:

 Primero: Que estas palabras nos recuerden nuestras omisiones, porque éstas son pecado y han de venir a juicio. ¡Cuántas veces nuestro culto matutino ha sido olvidado o ha sido rendido con descuido! La obra, o bien no ha sido hecha, o ha sido hecha con doblez; o bien no se presentó sacrificio, y si se hizo, ha sido el perniquebrado, el cojo, el enfermo, o bien no ha habido oración o no ha sido dirigida propiamente, y por tanto, no se ha elevado. Hemos tenido las misericordias de la mañana, Dios no ha fallado en su compasión y nos ha cuidado como Padre, no obstante, no hemos hecho el servicio matutino, sino que hemos faltado de modo vergonzoso al deber de hijos suyos. Humillémonos verdaderamente delante de Dios esta mañana por nuestros pecados y locura de haberle privado, con frecuencia, del honor del culto matutino, y a nosotros mismos de sus beneficios. Dios se había llegado a nuestra despensa pensando hallar fruto, pero no lo halló, o no halló casi nada, estuvo escuchando, pero no le hablábamos a Él o no le hablábamos bien. Con alguna excusa minúscula lo hemos dejado y cuando se ha interrumpido la costumbre, la conciencia se ha entumecido, nos hemos ido enfriando y probablemente la hemos abandonado del todo.

Segundo: Os ruego que escuchéis una palabra de exhortación respecto a esto. Sé bien cuál será la influencia que tendrá sobre la prosperidad de vuestras almas el ser constantes y sinceros en el culto del privado, y por tanto, permitidme que haga énfasis en él con toda premura; que Dios tenga oportunidad de oír de vosotros cada mañana; que cada mañana dirijáis a Él vuestra oración, y que miréis hacia Él. Tomad a conciencia vuestro culto privado y mantenedlo, no ya porque ha pasado a ser una costumbre que habéis recibido de vuestros padres o porque es un deber que habéis recibido orden de guardar del Señor. Dedicadle el rato estipulado y sed fieles al mismo. Que los que han vivido hasta ahora en descuido total, se persuadan, a partir de ahora, a considerarlo como la parte más deleitosa de su consuelo diario, como el deber más necesario en sus negocios cotidianos, y que sea su placer constante y su cuidado permanente. No hay persona que tenga uso de razón que pueda pretender ser una excepción de este deber; lo que se dice de algunos se dice de todos: Orad, orad; continuad en oración y velad en ella. Los ricos no están tan obligados a trabajar con sus manos como los pobres; los pobres no tienen tanta obligación a dar limosna como los ricos, pero ambos están obligados igualmente a la oración. Los ricos no están por encima de la necesidad de hacerlo, ni los pobres por debajo de ser aceptados por Dios en ella. Nunca es demasiado pronto para que los jóvenes aprendan a orar, y aquellos a quienes los muchos años han enseñado sabiduría, al final de sus días, obrarán como necios si creen que ya no tienen necesidad de orar. Que ninguno diga que no puede orar. Si estuvieras a punto de perecer de hambre mendigarías la comida, si no hubiera otro remedio, y si ves que eres vencido por razón del pecado, ¿no puedes pedir gracia y misericordia? ¿No eres cristiano? No digas que no puedes orar, porque esto es tan absurdo como que un soldado dijera que no puede manejar la espada o que un carpintero no puede manejar el hacha. ¿A qué has sido llamado en la comunión de Cristo sino a tener por medio de Él comunión con Dios? Si no puedes orar tan bien como otros, ora tan bien como puedas, y Dios te aceptará. Que ninguno diga que no tiene tiempo para la oración por la mañana, porque puedes hallarlo para otras cosas que no son tan necesarias; es mejor que le quites tiempo al sueño, que no que te falte tiempo para la oración. Y ¿en qué forma puedes emplear el tiempo mejor y con mayor satisfacción y provecho? Todos los negocios del día prosperarán mejor si los empiezas con Dios. Que nadie diga que no tiene un lugar conveniente para la oración a solas. Isaac se retiraba al campo para orar; y el salmista estaba sólo con Dios en un rincón de su terrado. Si no puedes conseguir toda la soledad que deseas, no por eso has de dejar de orar; sólo la ostentación es reprochable, no el que te vean orar si no puedes evitarlo.   Sé diligente en tu culto secreto, y no seas perezoso en él, sino ferviente en espíritu, sirviendo al Señor. Procura que no degenere en formalidad; que te acostumbres simplemente. Procura cumplir tu deber con solemnidad. Sé íntimo con Dios; no basta con que digas tus oraciones, es necesario que ores fervientemente, como hizo Elías (Santiago 5:17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses). Aprende a esforzarte en la oración, como Epafras (Colosenses 4:12 Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere.), y verás que la diligencia en este deber es la que enriquece. Dios no considera la longitud de nuestras oraciones, sino que Dios requiere la verdad en lo íntimo, y la oración del justo es su deleite. Cuando has orado considera que ello te ocupa y te anima a servir a Dios y a confiar en Él; que el consuelo y el beneficio de tus devociones no sea como la nube mañanera que pasa y se va, sino como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto.

viernes, 16 de febrero de 2024

CÓMO EMPEZAR CADA DÍA CON DIOS (Cuarta parte)


Salmo 5; 3

«¡Oh, Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré!»  

 

Antiguamente era costumbre en algunas iglesias que el ministro estimulara al pueblo a la oración por medio de las palabras (arriba los corazones); «a Ti, ¡oh, Señor!, elevamos nuestras almas». Hemos de mirar hacia arriba después de nuestras oraciones: Con ojo de satisfacción y de complacencia. El mirar hacia arriba es una señal de contento, como el mirar hacia abajo es una señal de melancolía. Hemos de mirar hacia arriba, ya que habiéndonos encomendado en oración a Dios estamos tranquilos y hemos puesto nuestra confianza entera en su sabiduría y bondad, y esperamos pacientemente el resultado. Y Ana dijo: Halle tu sierva gracia delante de tus ojos. Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste.  (1ª Samuel 1:18).

La oración da tranquilidad al corazón del buen cristiano y cuando hemos orado deberíamos mostrar que la tenemos. Con un ojo observador, por ver lo que Dios nos da como resultado de ellas. Hemos de mirar arriba como el que ha disparado una flecha y trata de ver cuan cerca del blanco ha dado; hemos de mirar dentro de nosotros y observar el estado de nuestro espíritu después de haber estado en oración, para ver lo satisfechos que estamos en la voluntad de Dios, y lo dispuestos que nos hallamos a acomodarnos a ella; hemos de mirar alrededor y observar cómo obra la providencia en nuestras cosas para que, si nuestras oraciones son contestadas, podamos regresar para dar gracias; si no es así podemos eliminar aquello que impide la respuesta y seguir esperando. Así que hemos de subir a nuestra atalaya para observar lo que Dios nos dice (Hebreos 2:1 Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos.), y estar dispuestos a escucharle (Salmo 85:8 Escucharé lo que hablará Jehová Dios; Porque hablará paz a su pueblo y a sus santos, Para que no se vuelvan a la locura ), esperando que Dios nos dará una respuesta de paz, y hacer la resolución de no volver más a aquel error. Por ello tenemos que mantenernos en comunión con Dios, esperando que siempre que elevemos nuestro corazón a Él, Él reflejará la luz de su rostro sobre nosotros.

Algunas veces la respuesta viene rápidamente: mientras estamos aun hablando ya se oye la voz; mucho más rápido que nuestros mensajeros o correos, pero si no es así, cuando hemos orado tenemos que esperar. Aprendamos, pues, a dirigir propiamente nuestras oraciones, y miremos hacia arriba para saber bien lo que quiere Dios en todo deber, para hacerlo con celo, pues si no tiene muy poco valor lo que hacemos. No adoremos en el patio exterior cuando se nos manda y estimula a que entremos dentro del velo.

 Veamos ahora lo segundo, o sea el tiempo. El tiempo particular establecido en el texto para esta buena obra, es la mañana, y el salmista parece hacer énfasis sobre esto: por la mañana, y aún lo repite, por la mañana; no sólo esto, sino que insiste: De mañana me presentaré delante de Ti y esperaré. Cuando Israel estaba bajo la ley, sabemos que cada mañana se ofrecía un cordero en sacrificio (Éxodo 29:39 Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde.), y cada mañana el sacerdote quemaba incienso (Éxodo 30:7 Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará), y los cantores estaban allí cada mañana para dar gracias al Señor (1ª Crónicas 23:10 Y los hijos de Simei: Jahat, Zina, Jeús y Bería. Estos cuatro fueron los hijos de Simei.). Y también fue establecido éste en el templo, en días de Ezequiel (Ezequiel 46:13, 14, 15 Y ofrecerás en sacrificio a Jehová cada día en holocausto un cordero de un año sin defecto; cada mañana lo sacrificarás. 14  Y con él harás todas las mañanas ofrenda de la sexta parte de un efa, y la tercera parte de un hin de aceite para mezclar con la flor de harina; ofrenda para Jehová continuamente, por estatuto perpetuo. 15  Ofrecerán, pues, el cordero y la ofrenda y el aceite, todas las mañanas en holocausto continuo.), por medio de lo cual se dejaba ver bien claro que los sacrificios espirituales tenían que ser ofrecidos por sacerdotes espirituales, cada mañana, tan seguro como la llegada de esta misma mañana.

Cada cristiano debería orar en secreto y cada padre de familia con los suyos, mañana tras mañana, y hay buenas razones para ello. La mañana es la primera parte del día, y es apropiado que Él, que es el primero, tenga lo primero y sea servido antes. Los paganos decían: «todo lo que hagas empiézalo con Dios». El mundo tuvo su comienzo de Él, nosotros tuvimos el nuestro también, y todo lo que empecemos tenemos que hacerlo contando con Él. Los días de nuestra vida, tan pronto como se levanta el sol de la razón en nuestra alma, deben ser dedicados a Dios, y empleados en su servicio. Desde el amanecer deja a Cristo que tenga el rocío de la juventud (Salmo 110:3 Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder,  En la hermosura de la santidad.  Desde el seno de la aurora. Tienes tú el rocío de tu juventud).

Las primicias siempre fueron para el Señor, y también los primogénitos del rebaño. En la oración de la mañana y de la tarde damos gloria a Aquel que es el Alfa y la Omega, el primero y el último; con Él hemos de empezar y terminar el día, empezar y terminar la noche; Él es el principio y el fin, la primera causa y la última. La sabiduría dijo: Los que me buscan me hallarán pronto en sus vidas, temprano en el día, porque así damos a Dios lo que debe tener, la preferencia sobre todas las cosas. Por ello mostramos que nos preocupamos de agradarle y de merecer su aprobación y que le buscamos con diligencia. Lo que hacemos con diligencia nos dice la Escritura que lo hacemos temprano (Salmo 101:8 De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra, Para exterminar de la ciudad de Jehová a todos los que hagan iniquidad). Los hombres activos se levantan temprano. David expresó la fuerza y el calor de su devoción cuando dijo: ¡Oh, Dios! Tú eres mi Dios; de madrugada te buscaré. (Salmo 63:1 Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela,  En tierra seca y árida donde no hay aguas,)

Por la mañana nos sentimos renovados y en el mejor estado de ánimo. Nuestros espíritus han sido avivados por el descanso y sueño de la noche, y vivimos una especie de vida nueva, y las fatigas del día anterior han sido olvidadas. El Dios de Israel no duerme ni dormita; con todo, cuando se esfuerza en favor de su pueblo se nos dice: «Despertó el Señor como si se hubiese dormido.» (Salmo 78:65 Entonces despertó el Señor como quien duerme, Como un valiente que grita excitado del vino,) Si en algún momento somos buenos para algo, es por la mañana, y por ello se hizo el proverbio: «Aurora Musís Árnica»; y si la mañana es amiga de las musas, estoy seguro de que no lo es menos de las gracias. Del mismo modo que el que es primero debe tener lo primero, así el que es mejor debe tener lo mejor; y por ello, cuando somos más aptos para las actividades, debemos dedicarnos a lo que es más importante.

El adorar a Dios es obra que requiere las mejores potencias del alma, cuando están en mejores condiciones; ¿y en qué pueden estar mejor ocupadas o dar de sí más buena cuenta? «Que todo lo que hay en mí bendiga su santo nombre», dijo David, y todo aún no es bastante. Si tenemos algún don por el cual podemos honrar a Dios, la hora de la mañana es la más apropiada para usarlo (2ª Timoteo 1:6 Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos), cuando nuestros espíritus están frescos, y hemos ganado nuevo vigor. «Despierta, alma mía; despierta, salterio y arpa; Me levantaré de mañana. » (Salmo 57:8.) Así que avivémonos para echar mano de Dios. Por la mañana estamos más libres de compañía y de negocios, y, generalmente, tenemos la mejor oportunidad para la soledad y el retiro, a menos que seamos de aquellos perezosos que se quedan en la cama aunque tengan poco sueño: ¿hasta cuándo vas a dormir, oh, perezoso? Aquellos que tienen mucho que hacer en el mundo, que apenas tienen un minuto para ellos mismos durante el día, obran sabiamente al tomar por la mañana un rato, antes de que los absorba la multitud de negocios, para los asuntos de su fe, para poder dedicarse totalmente a ella, pues es cuando están más alertas y dispuestos. Cuando nos disponemos a adorar a Dios, hemos de estar lo menos posible inertes por dentro y expuestos a distracciones por fuera. El apóstol insiste en que hemos de vernos libres de distracciones y que esto facilita nuestro trato asiduo con el Señor (1ª Corintios 7:35 Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente, y para que sin impedimento os acerquéis al Señor.). Y por tanto, un día de cada siete (y éste es el primer día también, el día del Señor, la mañana de la semana) está designado para ser el día de descanso de todo trabajo. Abraham lo dejó todo en la falda de la montaña y subió a adorar a Dios. Por la mañana, por tanto, tengamos nuestros tratos con Dios y dediquémonos a los asuntos de la otra vida, antes de que nos veamos envueltos por los asuntos de ésta.

Nuestro Señor Jesús nos dio ejemplo de esto, ya que como tenía el día lleno de actividades públicas para Dios y las almas de los hombres, se levantaba muy de mañana, y antes de que llegara nadie, se iba a orar a un lugar solitario. (Marcos 1:35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba) Por la mañana hemos recibido nuevas misericordias de Dios que deseamos reconocer con agradecimiento y alabanza. Él está haciéndonos bien y enviándonos sus beneficios continuamente.

Cada día tenemos razones para bendecirle, porque Él nos bendice cada día; por la mañana de un modo particular, pues es cuando nos envía los frutos de su favor, que se nos dice que son nuevos cada mañana (Lamentaciones 3:23 Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.). Son nuevos porque aunque son los mismos que recibimos la mañana anterior, todavía son necesarios, y por ello podemos decir que son nuevos; por ello debemos repetir las expresiones de nuestra gratitud a Él y el afecto de devoción que, como el fuego del altar, debe ser renovado cada mañana. (Levítico 6:12 Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz.)

¿Hemos pasado una buena noche, y no tenemos un mensaje para enviar al trono de la gracia en agradecimiento? ¿Cuántas mercedes son necesarias para hacer una noche buena? Éstas son mercedes dignas de nota que nos han sido concedidas a nosotros, pero negadas a otros; muchos no han tenido un lugar donde reclinar su cabeza; nuestro Maestro no lo tenía; las zorras tienen sus madrigueras y los pájaros sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tenía donde reclinar su cabeza; pero nosotros tenemos casas en donde resguardarnos, habitaciones tranquilas y apacibles, quizás, incluso, señoriales; tenemos camas en que echarnos, calientes y cómodas, y nos vemos obligados a vagar por desiertos y montañas, cavernas y escondrijos de la tierra, como se han visto obligados a hacer muchos de los mejores santos de Dios, de los cuales el mundo no era digno. Muchos tienen camas en que yacer, pero no se atreven a hacerlo, o no pueden hacerlo, pues les priva de ello la enfermedad de algún amigo o el temor que les inspiran sus enemigos. Pero nosotros hemos dormido y nadie nos ha aterrorizado, no ha habido alarma a causa de la espada, ni guerra ni persecución. Muchos se echan, pero no pueden dormir, sino que pasan la noche inquietos, revolviéndose de un sitio a otro hasta la madrugada, sea por dolor del cuerpo o ansiedad de la mente. Pasan noches de angustias en que no pueden pegar ojo; pero nosotros nos acostamos y hemos dormido sin ser perturbados, y nuestro sueño ha sido tranquilo y renovador, un paréntesis agradable entre nuestras ocupaciones y cuidados; es Dios el que nos ha dado el sueño, nos lo ha dado como lo da a aquellos a quienes ama. Muchos se echan para descansar y duermen, pero ya no se despiertan; duermen el sueño de la muerte, y sus camas son sus tumbas; pero nosotros hemos dormido y nos hemos despertado otra vez, descansados y refrescados; abrimos los ojos y vimos que todo era igual que antes, porque el Señor nos ha sostenido, y si Él no lo hubiera hecho nos habríamos hundido con nuestro propio peso cuando nos dormimos (Salmo 3:5 Yo me acosté y dormí, Y desperté, porque Jehová me sustentaba.). ¿Tenemos una mañana agradable? ¿Es la luz dulce para nosotros; la luz del sol, la luz de los ojos, nos regocija esto el corazón? ¿Y no deberíamos confesar nuestras obligaciones a Aquel que nos abre los ojos, y abre nuestros párpados por la mañana? ¿Tenemos vestidos para ponernos por la mañana, vestidos que nos calientan? (Job 37:17 ¿Por qué están calientes tus vestidos Cuando él sosiega la tierra con el viento del sur?) ¿Cambias tu vestido no por necesidad solamente, sino como adorno? Estos vestidos los tenemos de Dios; es su lana, su lino, que Él nos da para cubrir nuestra desnudez, y por la mañana, cuando nos vestimos, es el tiempo apropiado para darle las gracias por ellos; con todo, dudo de que lo hagamos con tanta regularidad como cuando nos sentamos a la mesa y damos las gracias por la comida, por más que tengamos las mismas razones para hacerlo. ¿Nos hallamos en salud y ágiles? ¿Hace tiempo que nos sentimos así? ¿No deberíamos estar agradecidos por esta constante serie de misericordias, como por los casos especiales de ellas, especialmente cuando consideramos cuántos hay enfermos y en dolor, y que nosotros podríamos hallarnos también así?

Quizás hemos experimentado alguna misericordia especial para nosotros mismos o nuestras familias, al ser preservados de un incendio o de ladrones, de peligros que ni aun conocíamos, algunos invisibles; quizás «el lloro duró una noche, pero con la mañana vino el gozo», y esto nos invita a reconocer la bondad de Dios. El ángel destructor se ha mostrado activo, y como saeta que vuela a medianoche ha tocado otras ventanas, pero por nuestras casas ha pasado de largo, gracias a Dios, porque la sangre del pacto había rociado nuestros postes, y por la ministración de los buenos ángeles hemos sido preservados de la malicia de los ángeles malos, los príncipes de las tinieblas de este mundo que se arrastran como animales de presa al amparo de la oscuridad. ¡Toda la gloria sea a Dios! Por la mañana tenemos nuevo material que nos es suministrado para adorar la grandeza y la gloria de Dios. Es verdad que debemos tomar buena nota de los abundantes dones recibidos de Dios de que disfrutamos, pero las almas que limitan su reconocimiento a los bienes recibidos son muy estrechas y encogidas; nosotros hemos de observar los ejemplos que despliegan de modo inefable su poder en el reino de la providencia, que redundan en su honor y en el bien común del universo.

El salmo 19 parece haber sido una meditación matutina en la cual se nos dirige a observar cómo los cielos declaran la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos; se nos hace notar en él no sólo las ventajas que recibimos de su luz e influencia, sino el honor que hacen a Aquel que extendió los cielos como una cortina, estableció sus pilastras, y determinó sus ordenanzas, que aún siguen, pues todas las criaturas son sus siervos. Un día comunica el mensaje a otro día, y una noche a la otra noche declara la noticia, a saber, el conocimiento del poder eterno de la Divinidad del Gran Creador del mundo, el que lo rige. La sucesión invariable de tinieblas y luz en sus revoluciones, según las órdenes recibidas para que se alternaran regularmente, tiene que servir para confirmar nuestra fe en esta parte de la revelación divina que es la historia de la creación, y es la promesa de Dios a Noé y a sus hijos (Génesis 8:22 Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche.), su pacto con el día y con la noche (Jeremías 33:20 Así ha dicho Jehová: Si pudiereis invalidar mi pacto con el día y mi pacto con la noche, de tal manera que no haya día ni noche a su tiempo,). Mira por la mañana y ve con qué exactitud la aurora conoce su lugar y su tiempo, y cómo los observa fiel, y cómo la luz de la mañana alcanza los cabos de la tierra. Oí decir a un anciano ministro recientemente: «¡Cuántos miles de kilómetros ha viajado el sol durante la noche para traernos la luz de la mañana a nosotros, miserables desgraciados, para que no nos quedáramos enterrados por la oscuridad de la noche!»

miércoles, 14 de febrero de 2024

CÓMO EMPEZAR CADA DÍA CON DIOS (tercera parte)


Salmo 5; 3

«¡Oh, Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré!»  

 

  A todos los lectores de este blog  quisiera persuadiros de que Dios ha de oír con frecuencia vuestra voz; « Oíste mi voz; no escondas tu oído al clamor de mis suspiros. ». (Lamentaciones 3:56.) Éste es un signo de vida, aunque se  trate de: « Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.» (Romanos 8:26). Háblale, aunque sea en un lenguaje entrecortado, como el de Ezequías: « Como la grulla y como la golondrina me quejaba; gemía como la paloma; alzaba en alto mis ojos. Jehová, violencia padezco; fortaléceme.» (Isaías 38:14.)

Háblale con frecuencia, Él siempre está escuchando. Escúchale cuando Él te habla, presta atención a todo lo que te dice: Como cuando escribes la respuesta a una carta de negocios, la pones delante de ti; la Palabra de Dios tiene que ser la guía a tus deseos, y no esperes que te escuche si tú haces oídos sordos a lo que Él te dice. Procura, pues, tener ocasiones frecuentes para hablar con Dios, y ten interés en que aumente tu amistad con Él, procurando no hacer nada que le desagrade; y refuerza tu interés en el Señor Jesús, ya que sólo por medio de Él tienes acceso con confianza delante de Dios. Mantén tu voz afinada para la oración y que tu lenguaje sea puro, para que sea apto para invocar el nombre de Jehová. (Sofonías 3:9. En aquel tiempo devolveré yo a los pueblos pureza de labios, para que todos invoquen el nombre de Jehová, para que le sirvan de común consentimiento) Y en toda oración recuerda que estás hablando a Dios, y deja claro que sientes reverencia y temor en tu espíritu; no te apresures con la boca, cuando hables delante de Dios, sino que toda palabra sea bien ponderada, porque Dios está en el cielo, y nosotros en la tierra. (Eclesiastés 5:2. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.) Y si Él no nos hubiera invitado y animado a hacerlo, habría sido una presunción incalificable que humildes gusanos pecadores como somos nosotros nos hubiéramos atrevido a hablar al Señor de la gloria. (Génesis 18:27. Y Abraham replicó y dijo: He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza.) Y procuremos hablarle con el corazón, con sinceridad, porque es por nuestras vidas y la vida de nuestras almas que estamos hablando delante de Él. Hemos de dirigir nuestra oración a Dios. No sólo tiene que oír El nuestra voz, sino que hemos de dirigirnos a Él de modo mesurado y cuidadoso. «A Ti, ¡oh, Jehová!, levantaré mi alma.» (Salmo 25:1.) «Dirigiré a Ti mis afectos; habiendo puesto mi amor en Ti, a Ti lo dirigiré.» En el original dice sólo: «A Ti me dirigiré», pero la traducción dice muy bien: «A Ti, ¡oh, Jehová!, levantaré mi alma: dirigiré mi oración.» Esto es: Cuando oro a Ti te dirijo mis oraciones; y concentro en ello mis pensamientos, aplico mi alma asiduamente al deber de la oración. Hemos de hacerlo de modo solemne; como aquellos que tienen algo de gran importancia en su corazón, que para ellos es de valor, y no lo tratan a la ligera. Cuando voy a orar, no debo ofrecer el sacrificio de los necios, que no piensan en lo que van a hacer o lo que han de sacar de ello, sino que he de decir las palabras de los sabios, que tienen un objetivo recto y claro en lo que dicen, y adaptan lo que dicen bien a Él; nosotros hemos de tener como propósito la gloria de Dios y nuestra verdadera felicidad; y el pacto de la gracia está tan bien ordenado que Dios se ha complacido en unir sus intereses a los nuestros, de modo que al buscar su gloria real y efectivamente, buscamos nuestros verdaderos intereses. Esto es dirigir la oración como el que dispara una saeta al blanco directamente, y está apuntando con el ojo fijo y el pulso seguro. Esto es ocupar nuestro corazón en Dios a fin de desprenderlo de todo lo demás. El que toma la mira con un ojo, cierra el otro; el que quiere dirigir una oración a Dios tiene que descartar las otras cosas, tiene que recoger sus pensamientos sueltos, congregarlos y prestar atención, porque orar es trabajo que los necesita todos y es digno de todos; así que hemos de poder decir con el salmista: «Oh, Dios, mi corazón está fijo, mi corazón está fijo.» Cuando dirijo mi oración, la dirigiré a Ti. Y así, la oración manifiesta: La sinceridad de nuestra intención habitual en la oración. No hemos de hacer nuestra oración pensando en los hombres, para poder recibir alabanza y aplauso de ellos, como hacían los fariseos, que ostentaban sus devociones y hacían limosnas con miras a ganarse una buena reputación; verdaderamente ya tienen una recompensa; los hombres los alaban aquí, pero Dios aborrece su orgullo e hipocresía. No tenemos que dejar nuestras oraciones inespecíficas de un modo general, como los que decían: ¿Quién nos va a favorecer en algo? Ni hemos de dirigirlas al mundo, festejando sus sonrisas, persiguiendo la riqueza, como aquellos de los que se dice que no claman a Dios en sus corazones, sino que se congregan para el trigo y para el mosto. (Oseas 7:14. Y no clamaron a mí con su corazón cuando gritaban sobre sus camas; para el trigo y el mosto se congregaron, se rebelaron contra mí.) Que el resorte y centro de nuestras oraciones no sea el yo, el yo carnal, sino Dios; que el ojo del alma esté fijo en El cómo su objetivo más elevado, y se aplique a Él; que ésta sea la disposición habitual de nuestra alma; el glorificar su nombre y darle alabanza; que éste sea el intento de tus deseos, que Dios sea glorificado y que esto los dirija, determine, santifique y si es necesario los domine.

Nuestro Señor nos enseñó esto claramente en la primera petición de la oración dominical: Padre nuestro, santificado sea tu nombre. Éste es nuestro objetivo y las demás cosas son deseadas con miras al cumplimiento de este objetivo; la oración es dirigida a la gloria de Dios, en todo aquello en lo que Él nos ha dado a conocer de sí mismo: la gloria de su santidad. Es con miras a la santificación de su nombre que deseamos que venga su reino, que se haga su voluntad, y que seamos alimentados, guardados y perdonados. El que la gloria de Dios sea nuestro objetivo habitual, da por resultado la sinceridad que es nuestra perfección evangélica.

Todo el ojo todo el cuerpo, y también el alma están llenos de luz. Por ello la oración es dirigida a Dios. Manifiesta la firmeza de nuestra consideración a Dios en la oración. Hemos de dirigir nuestra oración a Dios, esto es, hemos de pensar continuamente en Él como Aquel con quien tenemos tratos en oración. Hemos de dirigirle nuestra oración, como dirigimos nuestras palabras a la persona con la cual tratamos. La Biblia es una carta que Dios nos ha enviado; la oración es una carta que nosotros le enviamos a Él; ahora bien, ya sabéis que es esencial que una carta tenga dirección, y es necesario que esté bien dirigida; si no es así, corre peligro de perderse, lo cual puede ser de graves consecuencias; vosotros oráis cada día, y con ello enviáis cartas a Dios; si se pierden estas cartas es difícil evaluar la pérdida; es, pues, necesario que la oración sea dirigida a Él. ¿Cómo? Llámale con sus títulos, como cuando te diriges a una persona de honor; dirígete a Él como el gran Jehová, Padre Celestial, Padre Eterno, Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre; rey de reyes, y Señor de señores: como Dios de misericordia; que tu corazón y tu boca estén llenos de santa adoración y admiración a Él, y usa los títulos más apropiados para producir santo temor y reverencia en tu mente. Dirige tus oraciones a Él como el Dios de la gloria, cuya majestad es indescriptible, y cuya grandeza no puede ser escudriñada, para que no te atrevas a faltarle o tratarle con ligereza en lo que le dices. No te olvides de cuál es tu relación con Él, como hijo suyo, y no pierdas esto de vista en la tremenda adoración de su gloria.

Se me ha dicho de un buen hombre que escribía un diario de sus experiencias, y que entre ellas se hallan las siguientes: con ocasión de su oración en privado, su corazón, al principio de su deber, sentía la necesidad de dar a Dios títulos sobrecogedores y tremendos, y le llamaba Poderoso, Terrible, pero más adelante él mismo se dijo: ¿y por qué no llamarle también Padre? Cristo, tanto en precepto como en ejemplo, nos enseñó a dirigirnos a Dios como nuestro Padre, y el espíritu de adopción nos enseña a clamar: «Abba, Padre»; un hijo, aunque sea pródigo, cuando se arrepiente y regresa, puede ir a su padre y decirle: «Padre, he pecado; ya no soy digno de ser llamado tu hijo», pero, con todo, se atreve a llamarle padre. Cuando Efraín se queja de que, como novillo indómito, fue castigado, Dios dice de él: «Hijo predilecto, niño mimado» (Jeremías 31:18- 20 Escuchando, he oído a Efraín que se lamentaba: Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito; conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios. 19  Porque después que me aparté tuve arrepentimiento, y después que reconocí mi falta, herí mi muslo; me avergoncé y me confundí, porque llevé la afrenta de mi juventud. 20  ¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues desde que hablé de él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia, dice Jehová), y si Dios no se avergüenza de llamarle hijo, bien podemos nosotros llamarle Padre. Dirige tu oración a Dios en el cielo. Esto nos lo ha enseñado nuestro Salvador al comienzo de la oración dominical: «Padre nuestro que estás en los cielos.» No que se halle confinado en los cielos, ni se trata si el cielo o el cielo de los cielos le contiene, sino que se nos dice que allí ha preparado su trono, no sólo el de gobierno por medio del cual su reino rige sobre todos, sino su trono de gracia, al cual hemos de allegarnos por medio de la fe.

Tenemos que verles como el Dios en los cielos, en oposiciones a los dioses de los paganos que habitan en templos hechos de manos. Los cielos son un alto lugar, y hemos de dirigirnos a Él como a un Dios infinitamente por encima de nosotros; Él es el origen de la luz, y a Él hemos de dirigirnos como el Padre de las luces; el cielo es un punto para observar, y hemos de ver sus ojos sobre nosotros, contemplando a todos los hijos de los hombres; es un lugar de pureza, y hemos de ver a Dios en oración, como un Dios santo, y darle gracias al recordar su santidad; es el firmamento de su poder, y hemos de depender de Él, ya que es a Él que pertenece el poder. Cuando nuestro Señor Jesús oraba, dirigía sus ojos al cielo, para indicarnos a nosotros de dónde esperar las bendiciones que necesitamos.

Envía esta carta, o sea la oración, a través del Señor Jesús, el único Mediador entre Dios y los hombres. La carta se va a perder si no la pones en sus manos. Él es el «Ángel» que pone mucho incienso en las oraciones de los santos, y así perfumadas las presenta al Padre, según vemos en Apocalipsis 8:3 Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Lo que pedimos al Padre debemos pedirlo en su nombre; lo que esperamos del Padre debe ser a través de su mano, porque Él es el Sumo Sacerdote de nuestra profesión; el que es ordenado para que los hombres entreguen sus ofrendas a través de Él. (Hebreos 5:1 Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados;)

Deja la carta en su mano, y Él la entregará, y hará nuestro servicio aceptable. Hemos de mirar hacia arriba, esto es, hemos de mirar hacia arriba en nuestras oraciones, como quienes hablan a un superior, alguien que está infinitamente más arriba, el  Alto y Santo que habita en la eternidad; como los que esperan que todo don perfecto y bueno venga de arriba, del Padre de las luces; como los que desean en oración entrar en el lugar santísimo y acercarse con corazón verdadero. Con una mirada de fe hemos de mirar por encima del mundo y todo lo que hay en él hemos de mirar más allá de las cosas del tiempo; ¿Qué es este mundo y todas las cosas de aquí abajo, al que sabe dar su valor adecuado a las bendiciones espirituales, en las cosas celestiales, por Jesucristo? El espíritu del hombre, al morir, va hacia arriba (Eclesiastés 3:21 ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?), porque vuelve al Dios que lo dio, y por tanto, conforme a su origen, tiene que mirar hacia arriba en toda oración, pues ha puesto sus afectos en las cosas de arriba, y allí es donde ha depositado su tesoro. Por tanto, elevemos nuestros corazones y nuestras manos, en oración, al Dios de los cielos.  

sábado, 10 de febrero de 2024

CÓMO EMPEZAR CADA DÍA CON DIOS (segunda parte)

 

 

                  

Salmo 5; 3

«¡Oh, Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré!»   


          Si hiciera a alguno de los lectores de este blog la pregunta «¿Qué es lo primero que haces por la mañana temprano?», es posible que pensarais que la pregunta es un poco brusca, poco delicada; y sin embargo ésta es la pregunta que quiero hacer, y seriamente: ¿Qué es lo que haces cuando abres los ojos a un nuevo día? Siempre que andamos en tratos con Dios, sea en el culto o donde sea, deberíamos poder dar una buena respuesta a la pregunta que Dios le hizo a Elías: «¿Qué haces aquí, Elías?» Cuando empezamos o hemos terminado este encuentro matutino con Dios hemos de poder dar una buena respuesta a la pregunta que hizo Cristo a aquellos que seguían la predicación y ministerio de Juan el Bautista: «¿Qué fuisteis a ver al desierto?» Es sorprendente ver cuántos lectores visitan este blog a lo largo del día desde multitud de países. Y si me preguntáis a mí por qué sigo publicando, espero poder contestar con sinceridad que es para ayudaros a vosotros y a mí mismo (en cuanto Dios me lo permita).

«¿Vienes en paz?», le preguntaron los ancianos de Belén a Samuel; y quizá me preguntaréis lo mismo, a lo cual voy a contestar, como hizo el profeta: en paz hemos venido a sacrificar al Señor y a invitaros a vosotros a sacrificar. El mensaje de este estudio os da la oportunidad para doblar vuestras devociones por la mañana además de adorar a Dios en privado y en la familia, lo cual no debe ser suprimido o eliminado por leer este mensaje. Aquí os halláis tras la pantalla del ordenador, Tablet o móvil, tanto para leer como para oír las palabras que leéis.  Tenéis también la oportunidad de conversar con la Palabra de Dios; allí tenéis la voluntad de Dios, precepto sobre precepto y línea sobre línea. Ojala que cuando se os presenta la oportunidad de hablar con Dios, mañana tras mañana, como dice el profeta, «vuestros oídos puedan oír como los sabios». (Isaías 50:4.) Pero esto no es todo; deseo que esta serie de estudios puedan hacer una impresión tal en vosotros que podáis permanecer siempre bajo su influencia; que su lectura os deje mejor dispuestos para la adoración matutina después; que estos frecuentes actos de devoción puedan confirmaros en el hábito, y que en adelante vuestro culto diario pueda seros más fácil, o, como podríamos decir, os parezca más natural. Para ayudaros a ello quisiera recomendaros el santo ejemplo de David en nuestro texto, el cual después de haber resuelto, en general (Salmo 5;2 Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, Porque a ti oraré.), que abundaría en el deber de la oración y permanecería en él, «A ti oraré», establece el momento adecuado para ello, y este momento es la mañana: «De mañana me presentaré delante de ti», «De mañana oirás mi voz». Pero no sólo por la mañana. David ejecuta este deber de la oración tres veces al día, como Daniel, « Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré,  Y él oirá mi voz» (Salmo 55:17). Y aun esto no basta, sino «Siete veces al día te alabo A causa de tus justos juicios.» (Salmo 119:164). Pero de modo particular por la mañana. Es prudente y es nuestro deber el empezar cada día con Dios.

 Observemos en el texto: La buena obra que tenemos que hacer en sí. Dios tiene que oír nuestra voz, hemos de dirigirle nuestra oración a Él, hemos de esperar en Él. El tiempo designado y observado para hacer esta buena obra. Este momento es hoy por la mañana, y de nuevo la próxima mañana, esto es, cada mañana, cada vez que empieza el día. En cuanto a lo primero, o sea, la obra, o la buena obra que se nos enseña por medio del ejemplo de David, se resume en una palabra: orar. Un deber que ya nos dicta la luz y la ley de la naturaleza, que nos habla de modo claro y alto: ¿No deben los hombres buscar a su Dios? Pero el Evangelio de Cristo aun nos da instrucciones más claras y nos anima a hacerlo mejor que la naturaleza; y es en Su nombre que hemos de orar, y con su ayuda, y nos invita a presentarnos con confianza ante el trono de la gracia, y entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesús. Esta obra la hemos de hacer no solamente por la mañana, sino en todo momento; leemos de «predicar la palabra fuera de tiempo», pero no leemos de «orar fuera de tiempo», porque nunca es fuera de tiempo para orar; el trono de la gracia está siempre abierto y suplicantes humildes son recibidos siempre con una bienvenida, y no pueden presentarse a deshora. Pero veamos en qué forma expresa aquí David su piadosa resolución de cumplir este deber. Oirás mi voz. La voz de David puede ser oída de dos maneras. O bien: Considera que será aceptado por Dios en su gracia. Oirás mi voz cuando por la mañana dirigiré a ti mi oración; éste es el lenguaje de la fe, fundado en la promesa de Dios de que su oído oirá siempre el clamor de su pueblo. David había orado (Salmo 5;1): «Escucha, ¡oh!, Jehová, mis palabras», y en el versículo 2: «Está atento a la voz de mi clamor»; y aquí hay una respuesta de aquella petición, la convicción de que «Oirás». No tengo la menor duda de que la oirás; y aunque de momento no tengo una garantía concedida de la cosa que pido, con todo, estoy seguro de que mi oración será oída, aceptada y presentada, como ocurrió con la oración de Cornelio; es guardada, catalogada, pero no olvidada. Si hemos mirado dentro y podemos decir por experiencia que Dios ha preparado nuestro corazón, podemos mirar hacia arriba y hacia delante y decir con confianza que Él nos oirá. Podemos estar seguros de esto, y hemos de orar estando seguros de ello, en la plena seguridad de la fe, de que dondequiera que Dios halla un corazón que ora, este corazón hallará un Dios que escucha la oración, aunque sea en voz baja, o sea una voz débil; con todo, si procede de un corazón recto, es una voz que Dios escucha, que escuchará con placer, ya que el hacerlo es su deleite, y que le dará una respuesta; Él ha visto tus oraciones, ha visto tus lágrimas. Cuando, por tanto, estamos orando, éste es el terreno en que nos basamos, éste es el principio sobre el cual descansamos: nada de dudas, nada de vacilaciones, porque todo lo que pedimos a Dios como Padre, en el nombre de Jesucristo, el Mediador, según la voluntad de Dios revelada en la Escritura, nos será concedido, conforme a la petición, o, mejor aún, en su amor; ésta es la promesa de Juan 16:23 (En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.), y la verdad de esta afirmación está sellada por la experiencia concurrente de los santos de todas las edades, desde los mismos principios en que los hombres empezaron a invocar el nombre del Señor, porque el Dios de Jacob no ha dicho nunca a la simiente de Jacob «buscadme», y los ha dejado buscar en vano, y no va a empezar ahora. Cuando nos acercamos a Dios en oración, si estamos bien con Él, podemos estar seguros de esto, que a pesar de la distancia entre el cielo y la tierra y nuestra falta de valor o indignidad total para que Él se ocupe de nosotros o nos muestre su favor, Dios escucha nuestra voz, y no se apartará de nuestra oración o de su misericordia. Hay que entender esta expresión como que David le promete a Dios que esperará siempre en Él, en la forma que Él ha designado: «Oirás mi voz», esto es: hablaré a ti, porque Tú has inclinado tu oído a mí muchas veces, por tanto, he tomado la resolución de clamar a ti en todo momento, hasta el fin de mis días. No pasará un solo día que no me oigas. No que sea la voz en sí aquello que Dios considera, como parecen creer los que levantan su voz en alto en la oración (Isaías 58:4 He aquí que para contiendas y debates ayunáis y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto.). Ana oró y prevaleció aun cuando no se podía oír su voz; es la voz del corazón la que se entiende aquí; Dios dijo a Moisés: «porque clamas a mí», cuando no se nos dice que Moisés hubiera dicho una sola palabra. (Éxodo 14:15 Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Dí a los hijos de Israel que marchen.)

La oración es levantar el alma a Dios y derramar el corazón delante de Él; con todo, para la expresión de los afectos devotos del corazón por medio de las palabras necesarias para precisar los pensamientos y estimular los deseos, es conveniente presentarse delante de Dios, no sólo con el corazón puro, sino también con voz humilde; así que hemos de entreabrir los labios, pero no levantar la voz. No obstante, Dios entiende el lenguaje del corazón, y éste es el lenguaje en el cual hemos de esperar en Dios; David ora aquí (Salmo 5;1 Escucha, oh Jehová, mis palabras; Considera mi gemir.) no sólo pidiendo que Dios le escuche, sino que considere su meditación (Salmo 19:14): «Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío..»

 Esto, pues, hemos de hacer en toda oración; hemos de hablar a Dios; hemos de escribirle; decimos que oímos de un amigo cuando recibimos carta de él; hemos de procurar que Dios nos oiga cada día. Él lo espera y lo requiere. Aunque Él no tiene necesidad de nosotros o de nuestros servicios, ni puede sacar provecho de ellos; con todo, Él nos ha mandado que le ofrezcamos el sacrificio de oración y alabanza continuamente. Así Él mantendrá su autoridad sobre nosotros y hará presente en nuestra mente nuestra sumisión a Él, algo que tenemos tendencia a olvidar. Él requiere que le prestemos nuestro homenaje solemnemente por medio de la oración, y que demos honor a su nombre, para que por medio de este acto y hecho nuestro, propio, repetido frecuentemente, cumplamos la obligación que tenemos de observar sus estatutos y guardar sus leyes, y estar más y más atentos a las mismas. Él es tu Señor y tú le adoras para que por medio de la humilde adoración de sus perfecciones puedas llevar a cabo un humilde y constante cumplimiento de su voluntad que sea más fácil para ti. Al rendir obediencia aprendemos obediencia. Así Él testificará su amor y compasión hacia nosotros.

Ya habría sido una señalada prueba de su interés y afecto por nosotros el mero hecho de que hubiera dicho: Háblame cuando haya la oportunidad; llámame cuando te encuentres en apuros o necesidad y ya es bastante; pero para mostrar su complacencia en nosotros, como un padre con su hijo cuando le envía fuera de casa y nos encarga que le enviemos noticias nuestras cada día por cada correo, aunque no haya ningún asunto especial para discutir; lo que muestra que la oración del justo es su deleite; música a sus oídos, como Cristo dice a la paloma: «Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz;  Porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto..» (Cantares 2:14.) Y es a la esposa, la Iglesia, que Cristo habla al cerrar el Cantar de los Cantares: «¡Oh, tú que habitas en los huertos, Los compañeros escuchan tu voz; Házmela oír. » (Cantares 8:13.)

¡Qué vergüenza es para nosotros que Dios quiere que oremos a Él con más frecuencia de lo que nosotros estamos dispuestos a dejarle oír nuestra oración. Tenemos algo que decir a Dios cada día. Muchos no se dan cuenta de esto, y esto es su pecado y su desgracia; viven sin Dios en el mundo, creen que pueden vivir sin Él, son insensibles a su dependencia, y por tanto, por su parte no tienen nada que decirle; Él ni tiene noticias de ellos, como no las tenía el padre del hijo pródigo cuando iba por el mundo por su cuenta. Preguntan con mofa qué es lo que puede hacer para ellos el Todopoderoso, y no es de extrañar que después de esto pregunten qué provecho les va a resultar de orar a Dios. Y el resultado es que dicen prácticamente al Todopoderoso que se aparte de ellos, con lo que están sellando su sentencia. Pero yo espero cosas mejores de vosotros, mis hermanos, y que vosotros no sois de los que han descartado todo temor y que restringen su oración a Dios; vosotros estáis dispuestos a confesar que hay mucho que el Todopoderoso puede hacer por vosotros, y que hay provecho en orar a Dios, y habéis resuelto acercaros más a Dios para que Él se acerque a vosotros. Tenemos algo que decir a Dios diariamente como amigo a quien amamos y con el cual tenemos franqueza. A un amigo así cuando pasamos cerca de su casa lo visitamos, y nunca nos hallamos sin tener algo que decirle, aunque no haya ningún asunto especial pendiente entre los dos; con un amigo así podemos derramar nuestro corazón, podemos profesarle nuestro afecto y estima, y le comunicamos nuestros pensamientos con placer; Abraham es llamado el amigo de Dios, y este honor es asimismo el de todos los santos, pues dijo Cristo: no os he llamado siervos, sino amigos. Él guarda su intimidad con los justos; nosotros somos invitados a familiarizarnos con Él, a andar con Él como un amigo anda con otro amigo; la comunión de los creyentes ha de ser con el Padre y con su Hijo, Jesucristo; y ¿no tenemos algo para decirle? ¿No es bastante ir al trono de su gracia para admirar sus infinitas perfecciones que nunca podemos comprender plenamente, y que nunca contemplaremos bastante y en las que nunca tendremos bastante complacencia? ¿O para complacernos en contemplar la hermosura del Señor y darle la gloria que debemos a su nombre? ¿No tenemos mucho que decirle en reconocimiento de su gracia condescendiente en favor de nosotros, al manifestarse a nosotros y no al mundo, y en la profesión de nuestro afecto y sumisión a Él: Señor, tú sabes todas las cosas, Tú sabes que te amo? Dios tiene algo para decirnos como amigo, cada día, por medio de su Palabra escrita en la cual hemos de oír su voz; por medio de sus actos providentes y en nuestras conciencias, y Él escucha para ver si nosotros tenemos algo que decirle como respuesta, y es un acto hostil si no lo hacemos. Cuando Él nos dice: Buscad mi rostro, ¿no tendrían que contestar nuestros corazones como a alguien a quien amamos «Tu rostro buscaré, Señor»? Cuando nos dice: «Volved, hijos descarriados», ¿no deberíamos contestar inmediatamente: He aquí, hemos venido a ti, porque Tú eres nuestro Señor Dios? Si Él nos habla por medio de la reprimenda y nos redarguye, ¿no deberíamos contestarle por medio de la confesión y la sumisión? Si nos habla por medio del consuelo, ¿no deberíamos contestarle con alabanza? Si amas a Dios no tienes por qué estar buscando algo que decirle, algo que tu corazón derrame delante de Él, pues Él ya lo ha puesto allí por su gracia. Como amo a quien servimos y con el cual tenemos tratos. Piensa en los numerosos e importantes intereses que hay entre nosotros y Dios, y al instante reconocerás que tienes mucho de que hablarle. Estamos en dependencia constante de Él. Toda nuestra expectativa es en Él; tenemos tratos continuos con Él; «Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.». (Hebreos 4:13) ¿No sabemos que nuestra felicidad se halla entrelazada con su favor; que es vida, la vida de nuestras almas, mejor que la vida, que la vida de nuestros cuerpos? ¿Y no tenemos tratos con Dios para procurar conseguir su favor, para implorarle en nuestro corazón, para pedirle que nos alumbre con la luz de su rostro, para rogarle por la justicia de Cristo, como el único medio por el cual tenemos esperanza de conseguir la benevolencia de Dios?  ¿No sabemos que hemos ofendido a Dios, que por medio del pecado nos hemos hecho detestables y dignos de su ira y maldición, y que nuestra culpa va aumentando cada día? ¿No tenemos tratos suficientes con Él para confesarle nuestras faltas y locuras, para pedirle perdón por la sangre de Cristo, y en Él, que es nuestra paz, hacer nuestra paz con Dios, y renovar nuestro pacto con Él en su propia fuerza e irnos y no pecar más? ¿No sabemos que tenemos trabajo cada día para hacer por Dios, y para nuestras almas, la obra de cada día, que hay que hacer en su día? ¿Y no tenemos tratos con Dios para pedirle que nos muestre lo que quiere que hagamos, que nos dirija en ello y nos fortalezca? ¿Para buscarle, para obtener ayuda y aceptación, para que obre en nosotros el querer y el hacer lo que es bueno, y luego, contemplar y reconocer su propia obra? Éstos son los asuntos sobre los cuales el siervo se relaciona con su amo. ¿No sabemos que estamos constantemente en peligro? Nuestros cuerpos lo están, y por consiguiente, nuestras vidas y bienestar. Estamos rodeados continuamente de enfermedades y de muerte, cuyas saetas vuelan de día y de noche; ¿y no tenemos nada de qué hablar con Dios cuando entramos y salimos, al estar acostados o al levantarnos, para ponernos bajo la protección de su providencia, para estar bajo el cuidado de sus santos ángeles? Nuestras almas están aún más en peligro, pues es contra ellas que nuestro sutil y fuerte adversario, el diablo, está haciendo guerra, y procura devorarnos; ¿y no tenemos tratos con Dios para que nos ponga bajo la protección de su gracia, que nos revista de su armadura para que podamos resistir las acechanzas y violencias de Satán, para que no nos sorprenda y caigamos en pecado, en una tentación súbita en que consiga derrotarnos y someternos? ¿No sabemos que estamos muriendo cada día, que la muerte obra en nosotros, acercándosenos apresuradamente, y que la muerte nos lleva al juicio, y el juicio a nuestro estado eterno? ¿Y no tenemos nada de qué hablar con Dios en preparación para lo que tenemos delante? ¿No le pediremos al Señor que nos haga conocer nuestro fin? ¡Señor, enséñanos a contar nuestros días! ¿No tenemos tratos con Dios, nuestro juez, para evitar el juicio y procurar enderezar nuestros asuntos? ¿No sabemos que somos miembros del cuerpo del cual Cristo es la cabeza; y no nos preocupa el ser aprobado como miembros vivos? ¿No tenemos nada que ver con Dios a fin de hacer intercesión por su iglesia? ¿No tenemos nada que decir en favor de Sión? ¿Nada para la paz y bienestar de la tierra en que hemos nacido? ¿No somos de la familia, en estado de infancia quizá, para que nos preocupemos de sus asuntos? ¿No tenemos parientes, amigos a quienes queremos entrañablemente y cuyos gozos y penas deseamos compartir? ¿Y no tenemos quejas que presentar o peticiones para hacerle conocer? ¿No estamos enfermos o afligidos? ¿Ninguno es tentado o se siente desconsolado? ¿Y no tenemos mensajes para enviar al trono de la gracia para pedir el oportuno socorro? Ahora pon todo esto junto, y luego considera si tienes o no algo que decir a Dios cada día; y particularmente en días de tribulación, cuando es saludable que le digas al Señor: he aceptado y llevado tu disciplina, y si tienes algún sentido de las cosas, le dirás a Dios que no te condene. Si tienes todo esto para decirle a Dios, ¿qué es lo que te impide decírselo? ¿Por qué no dejarle que escuche nuestra voz, cuando tenemos tantos recados para darle?

La distancia no tiene por qué ser un obstáculo para que se lo digas. Tienes deseos de hablar con un amigo, pero resulta que está a gran distancia; no puedes ponerte en contacto con él, ni recibir una carta suya, y, por tanto, no tenéis oportunidad de entrar en tratos; pero la distancia no te impide hablar con Dios, porque aunque es verdad que Dios está en el cielo y nosotros en la tierra, con todo, Él está siempre cerca de su pueblo que ora, porque Él escucha su voz dondequiera que los suyos se encuentren. « De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo.», dijo David en el Salmo 130:1. «Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare.  Llévame a la roca que es más alta que yo,» (Salmo 61:2.) «Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó; Desde el seno del Seol clamé, Y mi voz oíste. », dijo Jonás (Jonás 2:2).

En todas partes podemos hallar el camino abierto hacia el cielo; gracias a Aquel que con su sangre ha consagrado para nosotros un camino nuevo y vivo hasta el Santísimo, y ha resuelto las diferencias entre el cielo y la tierra. Que no te venza el temor y por ello dejes de decir a Dios lo que debes decirle. Es posible que tengas tratos con un hombre importante, pero este hombre está muy por encima de ti, y es tan riguroso y severo hacia sus inferiores que tienes miedo de hablarle, y no tienes a nadie que te presente, o le diga unas palabras en favor tuyo, y por ello decides dar tu causa por perdida; pero no hay ninguna razón para que te sientas desanimado así al hablar con Dios; puedes acudir con confianza al trono de su gracia, puedes tener, libertad de palabra, permiso para derramar tu alma. Y tales son sus misericordias a los que humildemente imploran a Él, que no tienen por qué sentir terror de Él. Es contra la mentalidad de Dios que te sientes amedrentado; Él quiere que tengas confianza, que os animéis los unos a los otros, porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para que tengáis miedo, sino el espíritu de adopción, por el cual somos introducidos a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Y esto no es todo aún: tenemos a Uno que nos introduce, y que habla por nosotros; un abogado para con el Padre. ¿Necesitaron nunca un abogado los hijos en los tratos con su padre? Pero para que por medio de estas dos cosas podamos tener una mayor consolación, no sólo tenemos con Él la relación de un padre, de la que dependemos, sino que además disfrutamos del favor e intercesión de un abogado, un Sumo Sacerdote en la casa de Dios, en cuyo nombre tenemos acceso con confianza. Que el hecho de que Él ya sabe de qué asunto quieres tratar con Él y lo que tienes para decirle no te sea un estorbo. Tú ya tienes tratos con este Amigo, pero piensas que no tienes de qué preocuparte porque Él ya está enterado de tus cosas; Él ya sabe lo que quieres y lo que deseas, y por tanto, no hay nada de que tengáis que hablar. Es verdad que todo tu deseo está delante de Dios; Él conoce tus necesidades y cargas, pero Él quiere conocerlas de ti; Él ha prometido ayudarte, pero su promesa ha de recibir un cauce, y como vemos de la casa de Israel: «Así ha dicho Jehová el Señor: Aún seré solicitado por la casa de Israel, para hacerles esto; multiplicaré los hombres como se multiplican los rebaños..» (Ezequiel 36:37.) Aunque no podemos darle nueva información con nuestras oraciones, le damos honor. Es verdad que nada de lo que podamos decir va a influir en Él, o será necesario para moverle a que nos muestre misericordia, pero lo que decimos puede tener una influencia en nosotros mismos y ayudarnos a estar en un estado receptivo en que recibamos la misericordia. Es una condición fácil y razonable para que nos dé sus favores: «Pedid y recibiréis.» Fue para enseñarnos la necesidad de orar para recibir su favor, que Cristo hizo esta extraña pregunta a los ciegos: «¿Qué queréis que os haga?» Él sabía lo que querían, pero los que quieren recibir sus favores tienen que estar dispuestos a decirles cuál es su petición. Que ningún otro asunto te impida decirle a Dios lo que tienes que decirle. Quizá tenemos negocios de que tratar con un amigo, pero no podemos hacerlo porque no tenemos tiempo; tenemos otra cosa que hacer que es más necesaria, pero no podemos decir lo mismo de Dios, porque no hay la menor duda de que aquello que tenemos con Él es lo más necesario, ante lo cual toda otra cosa tiene que ceder. No es necesario para nuestra felicidad que seamos importantes en el mundo o que alcancemos grandes posesiones, pero es absolutamente necesario que hagamos la paz con Dios, que consigamos su favor y nos mantengamos en su amor. Por tanto, no hay asunto en este mundo que pueda ser excusa de que no estemos atentos a Dios, sino al contrario; cuanto más importante sea el negocio que tengamos con el mundo, más necesario nos es dirigirnos a Dios por medio de la oración para tener su bendición y tenerle a Él con nosotros. Cuanto más cerca permanezcamos de la oración, y de Dios en oración, más prosperarán nuestros asuntos.