miércoles, 29 de agosto de 2018

¿CUAL ES LA MOTIVACIÓN DE LA RECOMPENSA EN LA VIDA CRISTIANA?




 Mateo 6:1  Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

             En el capítulo 6 Jesús sigue explicando la justicia que es mayor que la de los escribas y fariseos. Jesús les acusa de hipocresía (Mat_23:1-39) en su servicio a Dios. Debemos escuchar con atención tales advertencias. El primer versículo de este capítulo es el leit-motiv del mismo.  
              Mat_6:1-18 se dirige al propósito de servir y adorar a Dios. ¿Qué nos mueve? ¿Por qué servimos a Dios? ¿Para ser vistos de los hombres?
  Jesús siempre tenía que enseñar sobre la cuestión del propósito de servir a Dios. En seguida, nuestro Señor advirtió contra la hipocresía y la simulación exterior en los deberes religiosos. Lo que hay que hacer, debemos hacerlo a partir de un principio interior de ser aprobados por Dios, no la búsqueda del elogio de los hombres. En estos versículos se nos advierte contra la hipocresía de dar limosna. Atención a esto. Es pecado sutil; y la vanagloria se infiltra en lo que hacemos, antes de darnos cuenta. Pero el deber no es menos necesario ni menos excelente porque los hipócritas abusan de él para servir a su orgullo. La condena que Cristo dicta parece primero una promesa, pero es su recompensa; no es la recompensa que promete Dios a los que hacen el bien, sino la recompensa que los hipócritas se prometen a sí mismos, y pobre recompensa es; ellos lo hicieron para ser vistos por los hombres, y son vistos por los hombres. Cuando menos notamos nuestras buenas obras, Dios las nota más. Él te recompensará; no como amo que da a su siervo lo que se gana, y nada más, sino como Padre que da abundantemente a su hijo lo que le sirve.


Continuamente estaba rodeado de multitudes, pero ¿por qué le buscaban? ¿Para obtener panes y peces? ¿Con propósito político? ¿Por curiosidad? ¿Cuántos de los que le seguían eran sinceros? El mismo problema existe hoy en día. ¿Por qué asiste la gente a alguna iglesia? ¿Con fines sociales? ¿Para divertirse? ¿Porque les gusta a ellos los miembros o el predicador? ¿Habrá ventajas económicas? ¿Para agradar a la familia? ¿Para apaciguar la conciencia? ¿Para adorar a Dios en espíritu y en verdad?
  La Biblia no solamente nos enseña lo que debemos hacer, sino también nos enseña los propósitos y las motivaciones con los cuales debemos obedecer. Si no obedecemos con propósito correcto, nuestra obediencia no es aceptable a Dios.
              Por lo tanto, debemos examinarnos con cuidado (2Co_13:5), porque no basta con ofrecer el servicio y culto a Dios que son correctos en cuanto a forma, sino que también debemos servir y adorar a Dios con corazón limpio (Mat_5:8; Jua_4:24).
             
              Mat_5:16, "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". Alumbramos nuestra luz cuando hacemos buenas obras. La gente se da cuenta de lo que hacemos, pero el propósito nuestro es para que Dios sea glorificado.
              Pero el propósito de los hipócritas era distinto. Aunque profesaban ofrecer servicio a Dios, en realidad querían obtener gloria para si mismos, y no para Dios. En esto eran falsos ("hipócritas"). Querían llamar la atención de la gente a su acto de dar a los pobres, que la gente se diera cuenta de la generosidad de ellos. Querían ser "alabados" por la gente (que la gente dijera, "¡Qué generosos y piadosos son estos hombres!"). La recompensa que buscaban era el honor, la admiración y la alabanza de la gente. Profesaban servir a Dios, pero no buscaban la aprobación de Dios.
              Jua_5:44, "¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único". Este texto describe perfectamente la actitud de los "hipócritas" (Mat_6:2).
              Gál_1:10, Pablo no tenía esa actitud. "Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo". Es probable que los oponentes de Pablo le acusaban de querer congraciarse con los hombres, pero Pablo era el esclavo de Cristo. Dijo, "De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús" (Gál_6:17). Como el esclavo llevaba el nombre y el emblema de su dueño grabados en su cuerpo a hierro candente, así también las cicatrices en el cuerpo de Pablo daban evidencia viva de sus sufrimientos por Cristo. Era prueba convincente de que Pablo era el esclavo de Cristo. Siendo tan obviamente el esclavo de Cristo, ¿cómo, pues, podía servir a los hombres y buscar el favor de ellos?

Para los judíos, había tres grandes obras cardinales en la vida religiosa, tres grandes pilares sobre los que se asentaba una vida buena: La limosna, la oración y el ayuno. Jesús no lo habría discutido ni por un momento; lo que Le desazonaba era que tan a menudo en la vida humana las cosas más auténticas se hacen por motivos falsos.

Lo que parece extraño es que estas tres grandes buenas obras cardinales se presten tan fácilmente a los motivos erróneos. Jesús advertía que, cuando estas cosas se hacen con la única intención de dar gloria al agente, pierden con mucho la parte más importante de su valor. Puede que una persona dé limosna, no realmente para ayudar a la persona a que se la da, sino simplemente para demostrar su propia generosidad, y para refocilarse al calorcillo del agradecimiento de alguno y de la alabanza de muchos. Puede que una persona haga oración de tal manera que su oración no vaya dirigida realmente a Dios, sino a sus semejantes. El hacer oración era simplemente un intento de demostrar su piedad excepcional de manera que nadie dejara de darse cuenta. Puede que una persona ayune, no realmente para el bien de su alma, ni para humillarse delante de Dios, sino simplemente para mostrarle al mundo lo espléndidamente disciplinada y sacrificada que se es. Puede que una persona haga buenas obras simplemente para ganarse las alabanzas de la gente, para aumentar su propio prestigio y para mostrarle al mundo lo buena que es.
Según lo veía Jesús, no hay duda de que esa clase de cosas reciben una cierta clase de recompensa. Tres veces usa Jesús la frase: " De cierto os digo que ya tienen su recompensa»
(Mateo 6:2, 5, 16). Sería mejor traducirla: «Ya han recibido su paga completa.» La palabra que se usa en el original es el verbo apejein, que era el término técnico comercial y contable para recibir un pago en total. Era la palabra que se usaba en los recibos. Por ejemplo, un hombre firma el recibo que le da a otro: "He recibido (apejó) de ti el pago del alquiler de la almazara.» Un publicano da un recibo que pone: "He recibido (apejó) de ti el impuesto debido.» Un hombre vende un esclavo y da un recibo que dice: «He recibido (apejó) el precio total que se me debía.»
Lo que Jesús está diciendo es lo siguiente: "Si das limosna para hacer gala de tu propia generosidad, recibirás la admiración de la gente -pero eso será todo lo que recibas nunca. Eso será tu paga en total. Si haces oración de tal manera que despliegas tu piedad a la vista de la gente, ganarás una reputación de ser una persona extremadamente devota -pero eso será todo lo que recibas nunca. Si ayunas de tal manera que todo el mundo sepa que estás ayunando, se te conocerá como una persona extremadamente abstemia y ascética - pero eso será todo lo que recibas nunca.» Jesús está diciendo: " Si todo lo que te propones es conseguir las recompensas del mundo, no cabe duda de que las conseguirás -pero no debes esperar las recompensas que sólo Dios puede dar.» Y sería un tipo lastimosamente miope el que se aferrara a las recompensas del tiempo, y dejara escapar las de la eternidad.



Cuando estudiamos los versículos iniciales de Mateo 6, nos enfrentamos inmediatamente con una cuestión de lo más importante: ¿Qué lugar tiene la motivación de la recompensa en la vida cristiana? Tres veces en esta sección, Jesús dice que Dios recompensa a los que Le han prestado la clase de servicio que Él desea (Mat_6:4; Mat_6:6; Mat_6:18). Esta cuestión es tan importante que haremos bien en detenernos a examinarla antes de iniciar nuestro estudio del capítulo en detalle.
Se afirma muy a menudo que la motivación de la recompensa no tiene absolutamente ningún lugar en la vida cristiana. Se mantiene que debemos ser buenos por ser buenos; que la virtud es su propia recompensa, y que hay que desterrar de la vida cristiana la misma idea de la recompensa. Hubo un antiguo santo que solía decir que quería apagar todos los fuegos del infierno con agua, y abrasar todos los gozos del cielo con fuego, para que la gente buscara la bondad solamente por amor a la bondad misma, para que la idea de recompensa y castigo fuera eliminada totalmente de la vida.  
Sin duda esta es la expresión de una gran nobleza espiritual. Sin embargo, Jesús no Se retrajo de hablar de las recompensas de Dios, como ya hemos visto que lo hace por tres veces en este pasaje. El dar limosna, el hacer oración y el ayunar como es debido, Jesús nos asegura que no quedarán sin su recompensa correspondiente.
Tampoco es este un ejemplo aislado de la idea de la recompensa en la enseñanza de Jesús. Dice a los que sufran lealmente la persecución y el insulto sin amargura, que su recompensa será grande en el Cielo (Mat_5:12 ). Dice que el que le dé a uno de Sus pequeñitos un vaso de agua fresca por cuanto es discípulo, no quedará sin su recompensa (Mat_10:42 ). La enseñanza de la Parábola de los Talentos es, por lo menos en parte, que el servicio fiel recibirá la recompensa correspondiente (Mat_25:14-30 ). En la Parábola del Juicio Final, la enseñanza obvia es que hay recompensa y castigo para nuestra reacción a las necesidades de nuestros semejantes (Mat_25:31-46 ). Está suficientemente claro que Jesús no dudó de hablar en términos de recompensa y castigo. Y bien pudiera ser que tendríamos que tener más cuidado con intentar ser más espirituales que el mismo Jesús en esto de las recompensas. Hay ciertos Hechos innegables que no debemos olvidar, y sí debemos tener en cuenta.
  Es una regla indiscutible de la vida que cualquier acción que no produce ningún resultado es fútil y sin sentido. Una bondad que no tuviera ningún fruto carecería de sentido. Como se ha dicho muy bien: «A menos que algo sirva para algo, no sirve para nada.» A menos que la vida cristiana tenga un propósito y una meta que valga la pena obtener, se convierte en un despropósito. El que cree en el Evangelio y en sus promesas no puede creer que la bondad no tenga resultados más allá de sí misma.
  El desterrar todas las recompensas y castigos de la vida espiritual sería decir que la injusticia tiene la última palabra. No se puede mantener razonablemente que el bueno y el malo acaben igual. Eso sería tanto como decir que a Dios no Le importa si somos buenos o no. Querría decir, para decirlo crudamente, que no tiene sentido ser bueno, y no habría razón para vivir de una manera en vez de otra. El eliminar todas las recompensas y los castigos sería tanto como decir que en Dios no hay ni justicia ni amor.
Las recompensas y los castigos son necesarios para darle sentido a la vida. Si no los hubiera, la lucha -¡y no se diga el sufrimiento!- por el bien, se los llevaría el viento.

  El concepto cristiano de la recompensa

Habiendo llegado hasta aquí con la idea de la recompensa en la vida cristiana, hay ciertas cosas acerca de ella que debemos tener claras.
  Cuando Jesús hablaba de recompensas, definitivamente no estaba pensando en términos de recompensas materiales. Es indudablemente cierto que, en el Antiguo Testamento, las ideas de bondad y de prosperidad material están íntimamente relacionadas. Si una persona prosperaba, si sus campos eran fértiles y sus cosechas abundantes, si tenía muchos hijos y mucha fortuna, eso se tomaba como una prueba de que era una buena persona.
Ese es precisamente el problema que subyace en el Libro de Job. Job se encuentra en desgracia; sus amigos vienen a convencerle de que esa desgracia tiene que ser el resultado de su pecado, acusación que Job niega vehementemente. «Piensa ahora -le dice Elifaz-: ¿quién, siendo inocente, se ha perdido nunca? ¿Desde cuándo son los rectos los que desaparecen?» (Job_4:7 ). "Si fueras puro y recto -decía Bildad-, seguro que Él velaría por ti, y te recompensaría con una posición justa» (Job_8:6). «Porque tú dices: Mi doctrina es ortodoxa, y soy limpio a los ojos de Dios -decía Zofar-. ¡Ojalá que Dios hablara, y te dirigiera la palabra!» (Job_11:4). La misma idea que quería contradecir el Libro de Job era la de que la bondad y la prosperidad material van siempre de la mano.
«Joven fui, y he envejecido decía el salmista-, y no he visto a ningún justo desamparado, ni a su descendencia mendigando pan» (Sal_37:25). «Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra -decía el salmista-; pero a ti no llegarán. Ciertamente, con tus propios ojos mirarás y verás la retribución de los impíos. Como has dicho al Señor: ¡Tú eres mi esperanza!, y has hecho que el Altísimo sea tu residencia permanente, no te sobrevendrá ningún mal, ni ninguna plaga se acercará a tu morada» (Sal_91:7-10). Estas son cosas que Jesús no habría dicho. No era la prosperidad material lo que Jesús prometía a Sus seguidores. De hecho les prometía pruebas y tribulaciones, sufrimiento, persecución y muerte. Seguro que Jesús no estaba pensando en recompensas materiales.

  Lo segundo que tenemos que recordar es que la recompensa más elevada nunca se le da al que la está buscando. Si uno está siempre buscando una recompensa, siempre contabilizando lo que cree haberse ganado y merecer, se perderá la recompensa que busca. Y se la perderá porque ve a Dios y la vida equivocadamente. El que siempre está calculando su recompensa, piensa en Dios como un juez, o como un contable, sobre todo piensa en la vicia en términos de ley. Está y        pensando en hacer tanto y ganar tanto. Está pensando en la vida en términos de debe y haber. Está pensando presentarle a    Dios una cuenta, y decirle: «Todo esto he hecho yo. Reclamo mi recompensa.»
El error básico de este punto de vista es que concibe la vida en términos de ley en vez de amor. Si amamos profunda y entrañablemente a una persona, con humildad y sin egoísmo, estaremos completamente seguros de que, aunque le diéramos a esa persona todo el universo, aún estaríamos en deuda; lo último que se le ocurriría pensar sería que se había ganado una recompensa. Si uno tiene el punto de vista legal de la vida, puede que no haga más que pensar en la recompensa que se ha ganado; pero si uno tiene el punto de vista del amor, la idea de la recompensa no se le pasará nunca por la cabeza.
La gran paradoja de la recompensa cristiana es esta: la persona que anda buscando una retribución, y que calcula lo que se le debe, no lo recibe; la persona cuya única motivación es la del amor, y que nunca piensa haber merecido ninguna recompensa, es la que la recibe. Lo curioso es que la recompensa es al mismo tiempo el subproducto y el fin último de la vida cristiana.
Ahora debemos pasar a preguntar: ¿Cuáles son las recompensas de la vida cristiana?
  Empezaremos señalando una verdad básica y general. Ya hemos visto que Jesucristo no piensa en términos de recompensa material en absoluto. Las recompensas de la vida cristiana son recompensas solamente para una persona que tenga mentalidad espiritual. Para una persona de mentalidad materialista no serían recompensas de ninguna clase. Las recompensas cristianas son recompensas sólo para los cristianos.
  La primera de las recompensas cristianas es la propia satisfacción. El hacer lo que es debido, la obediencia a Jesucristo, el seguir Su camino, cualesquiera otras cosas pueda aportar, siempre produce satisfacción. Bien puede ser que, si una persona hace lo que es debido, y obedece a Jesucristo, pierda su fortuna y su posición, acabe en la cárcel o en el patíbulo, y no coseche más que impopularidad, soledad y descrédito; pero todavía poseerá esa íntima satisfacción, que vale más que todo lo demás. A esto no se le puede poner precio; no se puede evaluar en términos de riqueza terrenal, pero no hay nada como ello en todo el mundo. Aporta ese contentamiento que es la corona de la vida.

La primera recompensa cristiana es la satisfacción que no hay dinero en todo el mundo que pueda comprar.
  La segunda recompensa de la vida cristiana es más trabajo todavía que hacer. Una paradoja de la idea cristiana de la recompensa es que una labor bien hecha no trae descanso y comodidad y facilidades; trae todavía mayores demandas y esfuerzos más intensos. En la Parábola de los Talentos, la recompensa de los servidores fieles fue una responsabilidad todavía mayor (Mat_25:14-30 ). Cuando un maestro tiene un estudiante realmente brillante y capaz, no le exime de trabajo; le da más trabajo que a ningún otro. Al joven músico brillante se le dan a dominar piezas de música, no más fáciles, sino más difíciles. Al jugador que ha hecho un buen papel en el segundo equipo, no se le pasa al tercero, donde se podría pasear por el partido sin sudar; se le pasa al primer equipo, donde tiene que poner en juego todo lo que tiene. Los judíos tenían un curioso dicho. Decían que un maestro sabio tratará al alumno «como a un buey joven al que se le aumenta la carga todos los días.» La recompensa cristiana es al revés que la del mundo. La recompensa del mundo sería ponérselo a uno más fácil; la recompensa del cristiano consiste en que Dios le pone sobre los hombros más cosas que hacer por El y por sus semejantes. Cuanto más duro el trabajo que se nos dé, mayor debemos considerar que ha sido la recompensa.
  La tercera y última recompensa cristiana es lo que se ha llamado a través de las edades la visión de Dios. Para una persona mundana, que no Le ha dedicado a Dios ningún pensamiento nunca, el enfrentarse con Dios es un terror y no un gozo. Si uno sigue su propio camino, alejándose cada vez más de Dios, la sima entre él y Dios se va haciendo cada vez mayor, hasta que Dios se convierte en un extraño a Quien se quiere sólo evitar. Pero si una persona ha buscado toda su vida caminar con Dios, si ha buscado obedecer a su Señor, si la bondad ha sido la búsqueda de todos sus días, entonces ha estado acercándose más y más a Dios toda la vida, hasta que por fin pasa a la presencia más íntima de Dios, sin temor y con gozo radiante -y ésa es la mayor recompensa de todas.

29 Agosto: Estudiando la Palabra de Dios en la Biblia.


2 Corintios 4; 17
Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación,

Porque esta leve... peso de gloria". ¿Cómo pudo Pablo llamar "leve" la tribulación que sufría como apóstol de Jesucristo?. La pudo llamar así solamente en comparación con el "eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación" (Biblia de las Américas).
         Era "momentánea" esa tribulación que Pablo sufría, comparada con lo "eterno" del peso de gloria que a todo cristiano fiel le espera.
Aquí expone Pablo el secreto de la resistencia.
  A lo largo de toda la vida es inevitable que la fuerza física de la persona se vaya desgastando; pero también a lo largo de toda la vida debe seguir creciendo y fortaleciéndose el alma. Los sufrimientos que dejan a una persona con un cuerpo debilitado puede que contribuyan a fortalecer los tendones de su alma. La oración del poeta era: «Hazme crecer en simpatía como crezco en edad.» Desde el punto de vista físico, la vida es un lento pero inevitable deslizamiento ladera abajo hacia la muerte; pero, desde el punto de vista espiritual, la vida es una constante escalada de la colina que conduce a la presencia de Dios. Nadie tiene por qué temer a los años; porque le acercan, no a la muerte, sino a Dios.
  Pablo estaba convencido de que lo que tuviera que sufrir en este mundo sería insignificante en comparación con la gloria que disfrutaría en el mundo venidero. Estaba seguro de que Dios nunca quedaría en deuda con la humanidad.    
Los sufrimientos de la Tierra se olvidan en la gloria del Cielo.
Es un hecho evidente que, en toda la historia evangélica, Jesús nunca predijo Su muerte sin predecir al mismo tiempo Su Resurrección. El que sufra con Cristo compartirá Su gloria. Dios ha comprometido Su honor en esta promesa.
  Esta es la razón por la que debemos fijar nuestra mirada, no en las cosas que se ven sino en las que no se ven. Las cosas que se ven, las de este mundo, duran un tiempo y dejan de ser; las cosas que no se ven, las del Cielo, permanecen para siempre.
Hay dos formas de considerar la vida. Podemos verla como un lento pero inexorable viaje cada vez más lejos de Dios. Como cuando nace un niño, trae en la memoria los recuerdos del Cielo, que va perdiendo paulatinamente a medida que va creciendo, y el hombre acaba por estar tan encasillado en la Tierra que olvida el Cielo. Esa es nuestra suerte cuando pensamos sólo en las cosas que se ven. Pero hay otra manera de vivir. El autor de Hebreos decía de Moisés: «Se mantenía como si viera al Que es invisible» (Heb_11:27).

Romanos 8:18
 Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada.

Pablo ha estado hablando de la gloria de la adopción en la familia de Dios, y ahora vuelve al estado turbulento del mundo presente. Traza un gran cuadro. Habla con visión poética. Ve a toda la naturaleza esperando la gloria que será. Por el momento, la creación está sometida a la esclavitud de la caducidad.
En el mundo se marchita la belleza y se aja el encanto; es un mundo caduco, pero en espera de la liberación y la realización.
Para pintar este cuadro, Pablo estaba usando ideas que cualquier judío podría reconocer y entender. Habla de la edad presente y de la gloria que se manifestará. El pensamiento judío dividía la historia del tiempo en dos secciones: la edad presente y la edad por venir. La edad presente era totalmente mala, sometida al pecado, a la muerte y a la corrupción. Pero alguna vez llegaría el Día del Señor. Sería un día de juicio en el que se sacudirían hasta los mismos cimientos del mundo; pero de su ruina surgiría un nuevo mundo.
La renovación del mundo era uno de los grandes pensamientos judíos. El Antiguo Testamento habla de ella sin multiplicar o elaborar detalles: "He aquí que Yo crearé nuevos cielos y nueva Tierra» Isa_65:17). Pero en los días entre los dos Testamentos, cuando los judíos eran oprimidos, esclavizados y perseguidos, soñaban con aquella nueva Tierra y con aquel mundo renovado.

El sueño de un mundo renovado les era muy querido a los judíos. Pablo lo sabía y aquí, por así decirlo, dota a la creación de sensibilidad. Concibe la naturaleza esperando anhelante el día en que será quebrantado el dominio del pecado, y la muerte y la corrupción habrán pasado, y vendrá la gloria de Dios. Con un detalle de imaginación poética, dice que el estado de la naturaleza era aún peor que el de los seres humanos; porque éstos habían pecado deliberadamente; pero aquélla había sido sojuzgada involuntariamente. Inconscientemente se había visto involucrada en las consecuencias del pecado humano. «Maldita será la tierra por tu causa», dijo Dios a Adán después de la caída (Gen_3:17). Y aquí Pablo, con visión poética, contempla a la naturaleza esperando la liberación de la muerte y de la corrupción que ha traído al mundo el pecado humano.
Si eso es verdad de la naturaleza, es todavía más verdad de la humanidad; así es que Pablo pasa a considerar la ansiedad humana. En la experiencia del Espíritu Santo los hombres tienen un anticipo, un primer plazo de la gloria que ha de ser; ahora anhelan con todo el corazón la plena realización del significado de su adopción en la familia de Dios. La manifestación final de esa adopción será la redención del cuerpo. Pablo no pensaba que la criatura humana en su estado de gloria sería un espíritu sin cuerpo. En este mundo, el hombre es un cuerpo y un espíritu; en el mundo de la gloria, el hombre será salvo en su totalidad. Pero su cuerpo ya no será la víctima de la caducidad y el instrumento del pecado, sino un cuerpo espiritual apto para la vida del hombre espiritual

¡Maranata!¡Ven pronto mi Señor Jesús!

martes, 28 de agosto de 2018

28 Agosto: Estudiando la Palabra de Dios en la Biblia.




 Santiago 2; 10
Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos.

Los cristianos no deben usar estos versículos para justificar el pecado. Debemos cuidarnos de no decir: "Ya que no puedo guardar todas las exigencias de Dios, ¿para qué voy a intentarlo?". Santiago nos recuerda que, si hemos quebrantado una sola ley, somos pecadores. No podemos decidir guardar una parte de la ley de Dios y no hacer caso del resto. No se puede quebrantar la ley ni siquiera en una pequeña parte; si se quebranta, es necesario que Cristo pague por ese pecado. Mídase a sí mismo, no mida a los demás, según las normas de Dios. Pida perdón cuando lo necesite, y luego renueve sus esfuerzos para poner su fe en práctica.
Uno no tiene que violar todas las leyes del país para convertirse en un criminal; basta que cometa un solo crimen.
Los hermanos judíos que favorecían a los ricos, afirmando que así guardaban la ley que mandaba amar al prójimo, apelaban a una porción de las Escrituras que les convenía, e ignoraban otras que no les convenían. Pero una porción de la ley de Dios importa tanto como otras, y por eso violarla en una sola porción o parte equivale a rechazar la autoridad de Dios. Si uno voluntariamente viola una parte de la ley de Dios, bajo circunstancias semejantes violaría todas las demás que ahora está guardando, y por su mala actitud muestra que no respeta la autoridad de Dios.
Tampoco está afirmando que un pecado es igual en gravedad y consecuencias que cualquier otro, o que uno que comete un solo pecado es tan mala persona como uno totalmente entregado a la carnalidad. Ese no es su punto. Se dirige a aquéllos que apelan a las Escrituras para justificarse en su demostración de parcialidad, probándoles que no eran justos sino transgresores, porque en otro punto violaban esas mismas Escrituras.

Romanos 3; 21-22
Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas;
   es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen; porque no hay distinción;

Pensemos un poco: quiere decir que Dios es justo, y que acepta al pecador como si fuera justo. Lo natural habría sido decir: «Dios es justo; y, por tanto, condena al pecador como a un criminal.» Pero aquí tenemos la gran paradoja: Dios es justo, y, de alguna manera, con esa Gracia increíble, milagrosa, que Jesús vino a traer al mundo, acepta a los pecadores, no como criminales, sino como hijos a los que sigue amando a pesar de todo.
¿Qué es todo esto en esencia? ¿En qué consiste la diferencia entre esto y el antiguo sistema de la Ley? La diferencia fundamental es esta: que el método de la obediencia a la Ley se refiere a lo que el hombre puede hacer por sí mismo; mientras que el método de la Gracia consiste en lo que Dios ha hecho por él. Pablo hace hincapié en que nada que nosotros podamos hacer puede ganar el perdón de Dios; solamente lo que Dios ha hecho por nosotros puede ganarlo. Por tanto, el camino que conduce a la perfecta relación con Dios no es un intento agotador y desesperado para ganar el perdón de Dios por nuestra cuenta, sino la humilde y arrepentida aceptación del Amor y de la Gracia que Dios nos ofrece en Jesucristo.

¡Maranata!¡Ven pronto mi Señor Jesús!

lunes, 27 de agosto de 2018

27 Agosto: Estudiando la Palabra de Dios en la Biblia.




   Deuteronomio 30; 19
Al cielo y a la tierra pongo hoy como testigos contra vosotros de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia,

Moisés desafió a los israelitas a escoger la vida, obedecer a Dios y por lo tanto continuar experimentando sus bendiciones. Dios no fuerza su voluntad sobre nadie. Él nos deja decidir por nosotros mismos si lo seguimos o si lo rechazamos. Sin embargo, esta decisión es una cuestión de vida o muerte. Dios quiere que nos demos cuenta de esto, ya que Él quiere que todos nosotros escojamos la vida. Día a día, en cada nueva circunstancia, debemos afirmar y reforzar este compromiso.
¿Qué cosa podría decirse más conmovedora y que tenga más probabilidades de causar impresiones profundas y permanentes? Todo hombre desea obtener vida y bienestar y escapar de la muerte y del mal; desea la felicidad y teme la desdicha. Tan grande es la compasión del Señor, que por su palabra ha favorecido a los hombres con el conocimiento del bien y del mal, que los haría por siempre felices si no fuera por su propia falta. Oigamos el resumen de todo el asunto. Si ellos y los suyos amaran a Dios y le sirvieran, vivirían y serían felices. Si ellos, o los suyos, se alejan de Dios, desertan de su servicio y adoran otros dioses, esto ciertamente será su ruina. Nunca hubo, desde la caída del hombre, más de un solo camino al cielo, el cual está marcado en ambos Testamentos, aunque no con igual claridad. Moisés se refería al mismo camino de aceptación que Pablo describió más claramente; y las palabras de Pablo se refieren a la misma obediencia de la cual trató más plenamente Moisés. En ambos Testamentos se nos acerca el camino bueno y recto y se nos ha revelado con claridad.


Juan 21; 22

Jesús le dijo*: Si yo quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme.

Este pasaje deja bien claro que Juan tiene que haber llegado a una notable ancianidad; tiene que haber vivido una vida tan larga que se corrió la voz entre los cristianos de entonces que iba a seguir vivo hasta la Segunda Venida de Cristo. Ahora bien: de la misma manera que el pasaje anterior asignaba a Pedro su lugar correspondiente en el plan de Dios, este se lo asigna a Juan. Su misión especial sería la de ser testigo de Cristo. También en su caso los cristianos de entonces harían sus comparaciones. Mencionarían que Pablo había llegado al fin de la Tierra; que Pedro iba por acá y por allá pastoreando a los creyentes; y entonces se preguntarían cuál era la misión especial de Juan, que llegó a tal ancianidad en Éfeso que ya no podía llevar a cabo ninguna actividad. Aquí está la respuesta: Puede que Pablo fuera el pionero de Cristo; Pedro, el pastor de Cristo; pero Juan era el testigo de Cristo, el que podía decir: «Yo he vivido estas cosas, y sé que son verdad.»
Hoy en día también la prueba definitiva del Cristianismo es la experiencia cristiana personal. Hoy también el cristiano es el que puede decir: «Yo conozco a Jesucristo, y sé que el Evangelio es verdad.»
Así que, en su final, este evangelio toma dos de las grandes figuras de la Iglesia, Pedro y Juan. A cada uno Jesús le asignó una misión. La de Pedro fue pastorear la grey de Cristo hasta dar su vida por Él. La de Juan fue ser testigo de la historia de Cristo, y alcanzar una bendita ancianidad para acabar muriendo en paz. Nada los hizo rivales en el honor y el prestigio, ni al uno superior al otro. Los dos fueron siervos de Cristo.
Que cada cual sirva a Cristo donde Cristo le ha puesto. Como le dijo Jesús a Pedro: "La tarea que Yo le doy a otro no es cosa tuya. Lo tuyo es seguirme;» así nos lo dice a cada uno de nosotros. Nuestra gloria no depende de nuestra comparación con los demás, sino de servir a Cristo en la capacidad que Él nos ha asignado.

Pedro no debería distraerse ni por un momento pensando en lo que tal vez pasara con su amigo Juan. Debería concentrarse en seguir a Cristo, espiritual y físicamente.  

¡Maranata!¡Ven pronto mi Señor Jesús!


sábado, 25 de agosto de 2018

26 Agosto: Estudiando la Palabra de Dios en la Biblia.




  Juan 3; 19-21
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
   Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.
   Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.

Jesús no se refiere solamente a la borrachera, el homicidio, el hurto, etc., sino también a las tinieblas religiosas e intelectuales (2Co_10:3-5) . Los fariseos, saduceos, escribas y ancianos -- los líderes del pueblo de Israel -- estaban en tinieblas y resistían a Cristo y a los apóstoles porque amaban las tinieblas. Habían aprendido lo que las Escrituras dicen, pero no tenían corazones buenos y honestos (Luc_8:15; Hch_17:11). Los hombres que no obedecen al evangelio no pueden disculparse diciendo que no entienden la voluntad de Dios. Su problema no es intelectual sino moral. No aman la verdad, 2Ts_2:10-12.
Y por ello habla en contra de ella, ridiculizando a Cristo, al cristianismo, a las iglesias, a los predicadores, etc. Y lo hace en conversación, revistas, libros, en un tono pretencioso que encubre una absoluta ignorancia”. El medio más efectivo empleado por los que aman las tinieblas es la televisión. Las películas que pasan por la televisión presentan a los personajes religiosos como hipócritas, insolentes, ignorantes, extremistas, fornicarios, borrachos, etc. para que la gente desprecie y aborrezca la religión.
El que ama y practica la verdad y la justicia es atraído por Cristo y se acerca cada vez más a Él.
Muchas personas no quieren que sus vidas queden expuestas a la luz de Dios porque temen lo que esta pueda revelar. No quieren cambiar. No se sorprenda de que personas así se sientan amenazadas por el deseo suyo de obedecer a Dios y hacer lo que es bueno. Temen que la luz que hay en usted ponga al descubierto algo oscuro en sus vidas. No se desanime. Manténgase en oración por ellas para que comprendan que es mejor vivir en la luz que en la oscuridad.

¡Maranata!¡Ven pronto mi Señor Jesús!



25 Agosto: Estudiando la Palabra de Dios en la Biblia.




 Isaías 55; 6
Buscad a Yahvé mientras se deja encontrar, invocadlo cuando está cerca.

     Isaías nos dice que clamemos al Señor mientras esté cerca. Ante la glorificación próxima de Israel, se anuncia un período de gracia y de reconciliación. Puesto que Dios se apresta a inaugurar una era de justicia y salvación para Sión, deben todos prepararse para acercarse a Él, ya que ofrece la gracia y el perdón. Desaprovechar la ocasión es llegar demasiado tarde. Yahvé está ahora cerca, y es preciso aprovecharse de su presencia. Es el tiempo propicio para la salvación; por eso deben obviarse todos los obstáculos que puedan oponerse a esa efusión del perdón divino: los impíos deben dejar sus caminos. Dios no planea apartarse de nosotros, pero a menudo somos nosotros los que nos apartamos o construimos una barrera entre ambos. No espere hasta que se haya apartado de Dios para buscarlo. Es probable que más tarde en la vida nos resulte mucho más difícil volvernos a Él. O a lo mejor Dios venga a juzgar la tierra antes de que usted decida volverse a Él. Busque a Dios ahora, mientras pueda, antes de que sea demasiado tarde.
Aquí hay una oferta graciosa de perdón y paz, y de toda felicidad. No será en vano buscar a Dios; ahora su palabra nos está llamando y su Espíritu lucha con nosotros. Pero hay un día por venir en que no será hallado. Puede llegar un tiempo así en esta vida; seguro es que la puerta será cerrada en la muerte y el juicio. No sólo debe haber un cambio del camino, sino un cambio de la mente. Debemos cambiar nuestros juicios sobre las personas y las cosas. No es suficiente romper y dejar las malas costumbres, sino tenemos que luchar contra los malos pensamientos. Arrepentirse es volver a nuestro Señor, contra el cual nos rebelamos. Si lo hacemos así, Dios se multiplicará para perdonar como nosotros nos hemos multiplicado para ofender. Pero que nadie juegue con esta abundante misericordia ni la use como ocasión para pecar. El pensamiento de los hombres acerca del pecado, de Cristo y de la santidad, sobre este mundo y el otro, difieren vastamente de los de Dios; pero en nada difieren más que en materia de perdón. Nosotros perdonamos y no podemos olvidar; cuando perdona el pecado Dios no lo recuerda más.

¡Maranata!¡Ven pronto mi Señor Jesús!

viernes, 24 de agosto de 2018

24 Agosto: Estudiando la Palabra de Dios en la Biblia.


  
Apocalipsis 3; 20
 
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo.

 Podíamos parafrasear este versículo: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno (de los cristianos de Laodicea) oye mi voz (que dice, arrepiéntete) y abre la puerta (de su corazón que ha sido cerrada por la indiferencia), entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (en comunión íntima)". La tibieza espiritual expulsa a Cristo del corazón y rompe la comunión con El. El arrepentimiento y el celo le hacen volver a entrar en el corazón, y se establece de nuevo la comunión.
 La llamada a la conversión en la carta a Laodicea va seguida de unas palabras de solicitación amorosa. Con personas tan seguras de sí y tan convencidas de su propia justicia se alcanza más con un ruego amoroso que con una orden imperiosa. Así ruega el Señor como uno que, hallándose con la puerta cerrada, pide que se le deje entrar de nuevo en Laodicea, después que de antemano había en cierto modo excusado como expresión de su amor especial la gran dureza con que había debido tratarlos; en efecto, con un amor indulgente y condescendiente no se presta el menor servicio; en todo caso, Dios corrige y castiga a los que ama. La cena que el Señor piensa celebrar cuando logre entrar de nuevo volverá a sellar la amistad que había sido traicionada.

El mismo que es “la puerta,” y nos manda que “llamemos,” para que se nos abra, debe llamar primero Él mismo a la puerta de nuestro corazón. Si Él no llamara primero, nosotros nunca llamaríamos a la puerta de Él.


Santiago 1; 21

Por lo cual, desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, recibid con humildad la palabra implantada, que es poderosa para salvar vuestras almas.

La frase "por lo cual" se refiere a la imposibilidad de obrar la justicia de Dios mientras que uno tiene ira contra la enseñanza de la Biblia. Deshaciéndose del pecado en su vida, el cristiano entonces tendrá una actitud apropiada hacia la Palabra de Dios, y podrá obrar la justicia de Dios.
La frase "toda inmundicia" se refiere a toda forma, o todo caso, de lo que es moralmente sucio. Enfatiza el estado de corazón en que hay exceso de vicio en uno, o sea más que lo normal en los hombres. Claro es que toda medida de malicia debe ser quitada, pero Santiago en esta forma apunta a una condición actual, cuanto menos en algunos, de haber mucha, mucha, malicia o vicio. Para poder recibir la Palabra de Dios salvadora, es preciso eliminar todo vestigio de pecado, y perfeccionar la santificación (2Co_7:1, Heb_12:14).
Hoy en día es común disminuir la seriedad del pecado, o atribuyendo todo crimen y maldad a "enfermedades", o pasando la responsabilidad de los malos hechos a otros, a la herencia, o a la sociedad en general, en lugar de al individuo mismo. De esta manera no se hace el pecado "sobremanera pecaminoso" (Romanos 7:13), sino acepto como cosa natural, o cuando menos no reprehensible.

Recibir es la antítesis de desechar. La actitud correcta en recibir es la de mansedumbre.
La mansedumbre es característica del reinado del Mesías (Sal_25:9; Sal_37:9). Es lo opuesto de ira. Muestra actitud de rendirse. El cristiano sobre todo quiere ser salvo, y por eso se rinde a la Palabra de Dios que puede hacerle sabio para la salvación (2Ti_3:15). No debemos resentir sus instrucciones, sus exhortaciones, y sus reprensiones

Nadie nace con la verdad ya implantada en él. La Palabra tiene que ser recibida antes de poder ser implantada o arraigada (1Co_1:21; Mar_16:15; Rom_10:17; Hch_15:7).
La Palabra es sembrada, no injertada. Dado que es sembrada, una vez recibida con mansedumbre, se arraiga en el corazón
Recuérdese que Santiago está enseñando a cristianos, aunque es igualmente cierto que la Palabra de Dios puede salvar al pecador inconverso de sus pecados pasados.
         Salva almas. El alma es el hombre interior (2Co_4:16), el verdadero "yo". Pero en este pasaje se hace referencia a toda la persona (alma, cuerpo y espíritu -- el ser entero, 1Ts_5:23), como en Hch_2:41 y 1Pe_3:20.

¡Maranata!¡Ven pronto mi Señor Jesús!

jueves, 23 de agosto de 2018

MEDITANDO EN VOZ ALTA , ¡GRACIAS POR TU PALABRA SEÑOR!




                La Palabra de Dios en la Biblia debe ser la fuente y base de nuestra sabiduría, enseñanza, amonestación y alabanza.
Mientras estemos en este mundo, donde hay tanta corrupción en nuestros corazones, a veces surgirán contiendas, pero nuestro deber es perdonarnos unos a otros imitando el perdón por cual somos salvados. Que la paz de Dios reine en nuestros corazones; es la obra de Cristo en todos los que le pertenecemos. La acción de gracias a Dios ayuda a hacernos agradables ante todos los hombres. El evangelio es la palabra de Cristo que da vida. Muchos tienen la palabra, pero habita pobremente en ellos; no tiene poder sobre ellos. El alma prospera cuando estamos llenos de las Escrituras y de la gracia de Cristo. Cuando cantamos salmos debemos ser afectados por lo que cantamos. Hagamos todo en el nombre del Señor Jesús, y dependiendo con fe en Él, sea lo que sea en que estemos ocupados. A los que hacen todo en el nombre de Cristo nunca les faltará tema para dar gracias a Dios, al Padre.
Me fascina leer que los cristianos primitivos tuvieron acceso al Antiguo Testamento y lo usaron con libertad, no teniendo a su alcance el Nuevo Testamento ni ningún otro libro cristiano para estudiar. Sus historias y enseñanzas acerca de Cristo fueron memorizadas y transmitidas de persona a persona. Algunas veces se le puso música, por lo que esta vino a ser una parte importante en la adoración y educación cristianas.

Me apasiona leer la vida de aquellos hombres de fe que Dios utilizó como instrumentos para salir de la “oscuridad espiritual” impuesta por Roma. Cómo con sus vida evidenciaron la obra del Espíritu Santo; como su testimonio, fruto de esa llenura, germinó en la Reforma.
El papel de los cánticos en la adoración como un medio de alcanzar lo que manifiesta el corazón, para ser continuamente llenos con el Espíritu. Pero la mejor adoración es nuestra obediencia de corazón en la vida diaria. Es en la soledad del día a día cuando nuestra actitud refleja nuestra obediencia.
Debemos ser lumbreras en medio de la oscuridad de la noche, sólo en la negrura destacamos. No hay ninguna estrella que brille cuando sale el Sol. Todas se ocultan en señal de adoración. Pero como en el firmamento, en la vida espiritual hay cuerpos opacos, asteroides fríos que por un momento pueden recibir la luz del Sol, pero continúan vagando en la noche oscura.
Que la gracia de Dios y su misericordia por medio de su Hijo Jesucristo borre nuestras transgresiones y desobediencia; sin su ayuda diaria sería imposible obedecer.

Creerse justo por mérito propio es peligroso pues conduce al orgullo, motiva desprecio a otros e impide aprender más de Dios. Debiéramos hacer nuestra la oración del publicano porque necesitamos la misericordia de Dios todos los días. No permitamos que el orgullo nos impida reconocer nuestra necesidad de Dios.
La voluntad de Cristo es que sus discípulos se ocupen de su deber sin andar curioseando hechos futuros, sea acerca de sí o del prójimo. Somos buenos para ponernos ansiosos por muchas cosas que nada tienen que ver con nosotros. Los asuntos de otras personas nada son para que nos entrometamos; debemos trabajar tranquilamente y ocuparnos de nuestros asuntos. Se hacen muchas preguntas curiosas sobre los consejos de Dios, y el estado del mundo invisible, a las cuales podemos responder, ¿qué a nosotros? Si atendemos el deber de seguir a Cristo, no hallaremos corazón ni tiempo para meternos en lo que no nos corresponde.
¡Cuán poco se puede confiar en las tradiciones orales!

Que la Escritura se interprete y se explique a sí misma; porque en gran medida, es evidencia y prueba en sí misma, porque es la Palabra de Dios y en ella no hay contradicción. La facilidad de enmendar errores sólo es posible por la propia Palabra de Cristo. El lenguaje de la Escritura es el canal más seguro para la verdad de la Escritura: las palabras que enseña el Espíritu Santo. Nadie puede saber las cosas de Dios, sino su Espíritu Santo, que es uno con el Padre y el Hijo, y que da a conocer los misterios divinos a su Iglesia.
Los apóstoles no fueron guiados por principios mundanos. Recibieron del Espíritu de Dios la revelación de estas cosas, y del mismo Espíritu recibieron su impresión salvadora. Estas cosas son las que declararon con un lenguaje claro y sencillo, enseñado por el Espíritu Santo, totalmente diferente de la afectada oratoria o palabras seductoras de la humana sabiduría.
El hombre natural, el hombre sabio del mundo, no recibe las cosas del Espíritu de Dios. La soberbia del razonamiento carnal es tan opuesta a la espiritualidad como la sensualidad más baja. La mente santa discierne las bellezas verdaderas de la santidad, pero no pierde el poder de discernir y juzgar las cosas comunes y naturales.
El hombre carnal es extraño a los principios, goces y actos de la vida divina. Sólo el hombre espiritual es una persona a quien Dios da el conocimiento de su voluntad.
El Espíritu capacitó a los apóstoles para dar a conocer su mente. La mente de Cristo y la mente de Dios en Cristo nos son dadas a conocer plenamente en las Sagradas Escrituras. El gran privilegio que tenemos los cristianos nacidos de nuevo, es que podemos, como los apóstoles, conocer la mente de Cristo, revelada por su Espíritu a través, únicamente, de la Palabra de Dios en la Biblia. Experimentando su poder santificador en nuestros corazones y dando buen fruto en nuestras vidas.
Pedro preguntó a Jesús cómo moriría Juan. Jesús le contestó que no debía preocuparse por eso. Tendemos a comparar nuestra vida con otros, sea para racionalizar nuestro nivel de devoción a Cristo o para cuestionar la justicia de Dios. Jesús nos contesta en la forma que lo hizo a Pedro: "¿Qué a ti? ¡Sígueme tú!"
El énfasis no descansa en la misteriosa referencia a la suerte del discípulo amado, sino en que cada individuo recibe el llamamiento al discipulado. Las vías específicas varían de un individuo a otro, pero la demanda de obediencia es la misma para todos. Sin obediencia es imposible experimentar y disfrutar las bendiciones que Dios tiene preparadas, mientras estamos habitando este lugar de forma temporal.
Así como en la vida carnal las corrientes del mar nos pueden ahogar en sus aguas; así en la vida espiritual, el Espíritu Santo nos ayuda con su gracia a estar atentos y vigilantes ante las posibles "corrientes" que traten de alejarnos de la seguridad en Cristo. ¿Cómo vamos a distinguirlas si no filtramos por el tamiz de la Palabra de Dios en la Biblia?
Aunque es gran privilegio oír la Palabra de Dios, sólo son bendecidos de verdad los bendecidos del Señor, que la oyen, la mantienen en su memoria y la obedecen como su camino y su ley todos los días de su vida. No son perfectos, pero caminan, se ponen en acción obedeciendo la Palabra de Dios en la Biblia.
Predicación fiel, vidas santas, oraciones fervientes y sufrimiento con paciencia, cuando sean llamados a ello, son los medios de llevar a los hombres a la obediencia a Cristo.
En la Palabra de Dios en la Biblia tenemos muchos ejemplos sobre la obediencia al Señor. Destacaría en el A.T. a Esdras que demostró cómo un dotado maestro de Biblia puede hacer que el pueblo de Dios avance. Era eficiente debido a su aplicación como estudiante de las leyes de Dios y a que estaba decidido a obedecerlas. La devoción y disciplina de Esdras lo llevaron más tarde a ministrar como sacerdote en Jerusalén. Enseñó tanto por su predicación como por su ejemplo. Al igual que Esdras, debemos decidirnos tanto a estudiar como a obedecer la Palabra de Dios.
Es muy importante saber lo que la Palabra de Dios dice, pero es mucho más importante obedecerla. La eficacia de nuestro tiempo de estudio bíblico puede medirse por el efecto que tiene en nuestra conducta y nuestras actitudes.
¿Ponemos en práctica lo que hemos estudiado?
Parece paradójico que una ley pueda darnos libertad. Pero la ley de Dios destaca nuestro pecado y nos da la oportunidad de pedir perdón a Dios. Los cristianos somos salvos por la gracia de Dios. La salvación incluye libertad del dominio del pecado. Los creyentes somos libres para vivir como Dios se propuso al crearnos. Desde luego, eso no significa que seamos libres para hacer lo que nos plazca. Ahora somos libres para obedecer a Dios. Aspirar a una vida pura no es buscar la perfección, sino más bien la liberación de aquellas cosas que pudieran reducir la plenitud de un vivir lleno de poder. La Palabra de Dios actúa como un medio de reflexión, un espejo en el cual debemos mirarnos y vernos tal como somos. El llamado es no solamente a prestar atención a lo que vemos y aceptar las enseñanzas y la corrección de la Biblia, sino que ella nos ofrece una lección no escrita con palabras por medio de la obediencia práctica.
Es necesario para nuestra dicha que creamos en Cristo, que nos arrepintamos de pecado, que vivamos una vida santa, que nos amemos unos a otros. Esta es su voluntad, nuestra santificación.
Hay muchos cuya vida descansa en el puro oír, sin ir más allá; sus cabezas están llenas de nociones vacías. Se nos enseña a oír y hacer los dichos del Señor Jesús: algunos pueden parecer duros para carne y sangre, pero deben hacerse debemos practicar la obediencia; Haz lo que Dios dice.
Hay una tormenta que viene y probará la obra de todo hombre. Cuando Dios quita el alma, ¿dónde está puesta la esperanza del hipócrita?
Algunos aficionados al deporte pueden "hablar" bien de lo que es un buen juego pero eso no quiere decir que pueden jugar bien. Y no todo aquel que habla del cielo pertenece al Reino de Dios. Jesús está más interesado en nuestro andar que en nuestro hablar. Él quiere que hagamos lo correcto, no que solo nos expresemos con corrección. Lo que nosotros hacemos no puede separarse de lo que creemos.
Jesús desenmascaró a las personas que aparentaban ser religiosas pero no tenían una relación personal con El. En el Día del Juicio de Cristo solo nuestra relación con Cristo, nuestra aceptación de El cómo Señor y Salvador y nuestra obediencia a Él, será tomada en cuenta. Muchas personas piensan que si son "buenos oidores" y aparentan religiosidad serán premiadas con la vida eterna. La fe en Cristo es lo que se tendrá en cuenta en el juicio, la obediencia en acción, la fidelidad.
Jesús alerta contra el autoengaño, una mera profesión verbal de fe, sin obediencia a la voluntad de Dios. Es posible que hasta una persona que se engaña a sí misma pueda ejercer un ministerio espectacular, usando la autoridad de las Escrituras y el nombre de Jesús, sin caminar por la senda de un discipulado obediente. Se da gran ánimo a los que son oidores fieles de la Palabra y hacedores de la obra. Cristo los reconocerá como sus familiares. Los verdaderos familiares de Jesús son los que escuchan y obedecen sus palabras. Escuchar sin obedecer no es suficiente.
La salvación no viene de utilizar métodos humanos, sino de la humilde y amable aceptación de la palabra implantada, que Dios ha hecho que arraigue en el corazón.
La salvación induce al servicio. Es engañoso creer que el interés de Dios en que la gente asista a la iglesia es meramente que escuchen la Palabra, en lugar de experimentar una transformación de sus vidas por la obediencia. Aquel que meramente escucha la Palabra, rápidamente la olvida; sólo aquel que actúa según la Palabra será bienaventurado en lo que hace.
Tú que lees esto ¿Qué tipo de persona eres, oidora o hacedora? Tú mismo tienes la respuesta; examina el tipo de vida que llevas a la luz del Evangelio de Cristo, es el único espejo donde descubrirás tu verdadera identidad.

Cuando en la noche estrellada miramos hacia arriba, sobre nuestras cabezas, todo ser humano queda contemplando extasiado los incontables puntos luminosos. En su fuero interno hasta el más primitivo e ignorante reconoce que la casualidad o una explosión (donde reina el caos) no han podido colocar en una órbita del firmamento todo ordenado. Basta alzar nuestros ojos con humildad para ver la mano de Dios Creador recreándose con cada pincelada de Su Palabra.
Tan profundo y tan infinito es el universo que sólo se me ocurre compararlo a la Palabra de Dios en la Biblia. Así como cada descubrimiento estelar asombra a los que escudriñan el cielo, del mismo modo es para nosotros la Biblia cuando dedicamos tiempo, el tiempo que Dios nos ha dado gratis para saber administrarlo y no malgastarlo en aquello que no edifica.
Cuando comienzas a estar a solas con Dios por medio de su Hijo Jesucristo y la compañía auxiliadora del Espíritu Santo para mirar y fijar la atención en su Palabra, se abre ante ti, por medio de la gracia, la Infinita Sabiduría de Dios de la que vas como estrella a estrella, entrando en otra dimensión nueva y maravillosa, más preciada que el firmamento.
El conocimiento de que Dios es Soberano como Creador y Sustentador del mundo físico y espiritual debe regir la forma como pensamos. Dios está íntimamente vinculado a nuestras vidas de una forma que no somos capaces de comprender. Toda sabiduría que conduce a la verdad viene del Señor. La única manera en que una persona puede conocer y comprender a Dios es a través de la revelación de su Hijo Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo en su Palabra en la Biblia.
Esa gracia que nos capacita para comprender muchas cosas, destacando la verdadera naturaleza de Dios que nos conduce a esperar la redención y la vida eterna.
Tantas enseñanzas llegan a mi mente, que es necesario apuntarlas todas, para someter mi voluntad en obediencia práctica no solo intelectual. Dicha gracia revela las enseñanzas que todo nacido de nuevo necesita para vivir como el Señor desea.
Opta por confiar en la absoluta soberanía de Dios en cualquier adversidad.
Comprende que, si bien Dios puede permitir que se nos someta a prueba, establece límites estrictos a ello. Cree que El Señor examina todo cuanto hacemos. Conoce que las obras de Dios son a menudo incomprensibles para la mente humana. Comprende que Cristo es nuestro abogado ante el Padre. Comprende, además, que sin Dios nuestro caso es desesperado. Comprende que Dios es el Creador de todos los seres humanos. Comprende también que Dios es absolutamente justo en sus relaciones con las personas. Conoce y comprende que Dios es el creador y sustentador del universo. No olvides que es Él y no tú quien determina lo que es correcto.
Así mismo nos da orientaciones para crecer en piedad: La piedad es fruto del verdadero conocimiento de Dios. La vida santa no da cabida a las malas actitudes y busca a Dios en todas las circunstancias.
Evita: El resentimiento, la ingratitud y la envidia. Piensa que estas son actitudes autodestructivas.
Acepta la corrección del Señor. Considérala una bendición. Conoce que ella pone en evidencia el amor de Dios por ti.
Nos muestra los pasos para alcanzar la humildad: El verdadero conocimiento de Dios conduce a la humildad. La humildad no equivale a la falta de autoestima que muchos de nosotros conocemos. Más bien, constituye un rechazo a la autosuficiencia y una expresión de nuestra dependencia de Dios.
Comprende que justificarte a tí mismo es una vana esperanza. Cree que solamente la justicia que Cristo nos imputa hace posible que permanezcamos en pie delante de Dios.
Evita diligentemente toda manifestación de autosuficiencia. Comprende que ella impide que seamos educados y formados por la mano de Dios.
Humíllate con frecuencia en la presencia de Dios. No te atrevas a replicarle.
En la Biblia Dios nos da las claves para una vida sabia: El sabio vive de acuerdo con las verdades que conoce sobre Dios, el mundo y sí mismo. Se acerca a Dios humilde y sinceramente, negándose a culparlo de cualquier error o adversidad de que sea víctima. Por tanto, el sabio está en condiciones de enfrentar y soportar el sufrimiento, en el conocimiento de que la mano amorosa de Dios prevalecerá al final. También el sabio conoce que aun cuando busquemos vivir rectamente, nuestra rectitud no puede ganarnos el favor de Dios: la gracia es un regalo, no una concesión.
Comprende que acusar a Dios es blasfemar. No cuestiones ninguna de las acciones del Señor.
No te sorprendas de encontrar dificultades. Conoce y acepta que ello forma parte de la vida, y que la fe en Cristo siempre las vence.
Reconoce el valor de la sabiduría de quien tiene más edad.
Convéncete del hecho de que Dios tiene la palabra final en todas las cosas.
Acepta la naturaleza transitoria y problemática de la vida humana.
Comprende que la adversidad es como un fuego por medio del cual Dios nos purifica.
Reflexiona sobre si la presente adversidad, oposición o limitaciones, son parte de la acción disciplinaria de Dios. Toma conciencia rápidamente de qué se trata, y arrepiéntete.
La Palabra de Dios nos da las lecciones clave en la fe: El temor es el reverso de la fe: no creer a lo que dice Dios. Dios nos manda a no temer. La fe en su Hijo Jesucristo nos pone en condiciones de confiar en Dios y a no actuar por temor.
Conoce y comprende que el temor evidencia falta de fe en Dios y en sus promesas.
Descansa en la protección del Señor contra los ataques verbales y no les temas.
Cree que Dios honra la fe que es más fuerte que la muerte.
Por supuesto comprendemos cuales son las claves para la pureza moral: La impureza puede nacer de una actitud negligente a la hora de asumir un compromiso moral.
Haz un compromiso de pureza moral. Mantén tus ojos, manos y cuerpo libres de pecado.
Tú que lees esto, acepta con humildad, que nos queda un largo trecho para llegar a la meta, a Cristo; pero nunca olvides que la obediencia es tu compañera de viaje, sin la cual no podrás continuar en el camino. Lo sé por experiencia.

Esperar la ayuda de Dios no es fácil, sin embargo cuando la hemos recibido, nuestra obediencia por la paciencia produce beneficios por hacerlo. En mi caso: Dios me sacó de la desesperación, de la depresión más profunda, afirmó mis pies sobre la peña, enderezó mis pasos hacia su senda, y puso palabras de acción de gracias en mi boca.
A menudo las bendiciones no pueden recibirse a menos que pasemos por la prueba de la espera. Dios alcanza a su pueblo con amor misericordioso motivado por un amor profundo y eterno. Está dispuesto a hacer lo mejor para Él si tan solo se lo permitiéramos. Después de muchas advertencias sobre el pecado, el grandioso amor de Dios es un respiro de aire fresco. En lugar de pensar en Dios con pavor, si observamos con cuidado, veremos la forma tan tierna en la que nos acerca a Él.
La creación está llena de variedades sorprendentes que revelan la rica creatividad, bondad y sabiduría de nuestro Dios amoroso. Cuando observemos la naturaleza a nuestro alrededor, agradezcamos a Dios por su creatividad. Echemos un nuevo vistazo a la gente y consideremos a cada uno como una creación única de Dios, con talentos, habilidades y dones especiales.
Aquél nacido de nuevo que estimula su devoción para alabar a Dios, para hablar con Dios, persevera en la obediencia por la gracia del Espíritu, con humildad. Buscando su fortaleza; esto es, su gracia; la fuerza de su Espíritu para obrar en nosotros lo bueno, lo cual no podemos hacer sino por el poder derivado de Él, por lo cual se le debe buscar. Procurando tener su favor en la eternidad, por tanto, seguimos buscándole mientras vivamos en este mundo, porque no sólo será hallado, sino recompensará a los que le buscan diligentemente. Si parece que Dios está muy lejos, persistamos en su búsqueda. Dios recompensa a quienes lo buscan con sinceridad. Jesús prometió: "Buscad, y hallaréis". David sugirió un método valioso para encontrar a Dios: familiarizarse con la forma en que El ha ayudado a su pueblo en el pasado. La Biblia narra la historia del pueblo de Dios. Al buscar en sus páginas descubriremos a un Dios amoroso que espera que lo encontremos y Él no se esconde a quien ansía conocerlo.
Las dudas y los temores sobre el estado eterno son un pozo horrible y lodo cenagoso, y eso han sido para muchos amados hijos de Dios. Hay suficiente poder en Dios para ayudar al más débil y suficiente gracia para ayudar al más indigno de todos los que confían en Él. El que espera pacientemente; sigue creyendo, esperando y orando; quienes esperamos pacientemente a Dios, no esperamos en vano.
Los que hemos estado en depresión religiosa por desobediencia, y por la gracia de Dios hemos sido librados; hemos sido sacados de un pozo de desesperación. Cristo es la única Roca sobre la cual la pobre alma puede estar firme. Donde Dios ha dado una esperanza sólida, quiere ver un andar y una conducta regular y constante en santidad. De otro modo no veremos a Dios.
Dios llenó con gozo y paz mi corazón cuando restauró mi alma, cuando curó mis heridas, cuando me cargó como oveja quebrantada. Somos muchos que por fe hemos contemplado los sufrimientos y la gloria de Cristo, y hemos aprendido a temer la justicia, y a confiar en la misericordia de Dios por medio de Él. Muchos son los beneficios con que nos carga diariamente la providencia y la gracia de Dios.
Tenemos que alabar, glorificar y dar gracias a Dios por la sucesión constante del día y la noche. Y ver como hay quienes son como las bestias salvajes, que esperan la noche y tienen comunión con las obras infrutuosas de las tinieblas. ¿Escucha Dios el lenguaje de la naturaleza, aun de las criaturas voraces, y no escuchará el lenguaje de la gracia de su pueblo, aunque sean débiles y quebrantados gemidos indecibles?
Existe la obra de cada día, que debe hacerse en su día, a la cual debe aplicarse el hombre cada mañana y debe continuar hasta el anochecer; habrá tiempo suficiente para descansar cuando llegue la noche, en la cual nadie puede obrar. Cuando uno es muy humillado y pasa dificultades, es bueno acordarse que así fue antes con la Iglesia, pero resulta difícil consolarse con antiguas sonrisas cuando se está sometido a una ira presente; no obstante, es felicidad de los que, por gracia, estamos interesados en el amor de Dios, que este sea un amor eterno hasta la eternidad de la vida más allá. Dios atraerá a sí por la influencia de su Espíritu en sus almas, a los que ama con este amor. Cuando alabamos a Dios por lo que ha hecho, debemos invocarlo por los favores que su Iglesia necesita y espera.
Cuando el Señor llama, no debemos alegar que no podemos ir, porque el que nos llama nos ayudará, nos fortalecerá. La bondad de Dios nos llevará al arrepentimiento y lloraremos por nuestros pecados con más amargura y más ternura cuando seamos librados de su cautiverio que cuando gemíamos bajo éste. Si tomamos a Dios como nuestro Padre e ingresamos a la Iglesia del Primogénito, nada nos faltará que sea bueno para nosotros.
Las obras de arte parecen más burdas mientras más de cerca se las mire; las obras de la naturaleza parecen más finas y exactas. Todas ella son hechas con sabiduría, puesto que todas responderán a la finalidad para la cual fueron diseñadas.
Cada primavera es un emblema de la resurrección, cuando surge un mundo nuevo como si saliera de las ruinas del viejo. Pero únicamente el hombre vive más allá de la muerte. Cuando el Señor nos quita el aliento, nuestra alma entra a otro estado, y nuestro cuerpo será resucitado para gloria o para miseria.
Que el Señor envíe su Espíritu y restaure nuestras almas de nuevo para santidad diaria mientras nos cura cada herida con el Agua de Vida por Su Palabra en la Biblia.

Como seres humanos estamos separados de Dios por el pecado, y sólo una persona en el universo puede pararse entre nosotros y Dios y unirnos otra vez: Jesús, que es Dios y hombre al mismo tiempo. El sacrificio de Cristo trajo nueva vida a la humanidad.   Jesús dio su vida como rescate por nuestros pecados. Un rescate era el precio pagado para liberar a un esclavo de su cautividad. Jesús, nuestro mediador, dio su vida a cambio de la nuestra. El pagó con su muerte nuestra culpa por el pecado. Hay un solo Dios que es hacedor, preservador y gobernador de todo. Jesucristo es el que media entre Dios y nosotros. Él no se coloca como una tercera persona entre Dios y nosotros, sino que revela al Padre y su bondad.
Hay un solo Mediador y ese Mediador se dio como rescate por todos. Esta designación fue hecha para beneficio de los judíos y los gentiles de toda nación; para que todos los que lo quieran puedan ir por este camino al trono de la misericordia del Dios que perdona, a buscar reconciliación con Él.
El pecado había puesto enemistad entre Dios y nosotros; Jesucristo es el Mediador que hace la paz. Él es el rescate que iba a ser conocido en el tiempo establecido. En la época del Antiguo Testamento se habló de sus sufrimientos y de la gloria que seguiría, como de cosas que serían reveladas en los últimos tiempos. Los que somos salvados debemos llegar al conocimiento de la verdad, porque ese es el camino designado por Dios para salvar pecadores: si no conocemos la verdad no podemos obedecerla ni ser gobernados por ella.



Al decir "Padre nuestro que estás en los cielos" indica que Dios no solo es majestuoso y santo, sino también personal y amoroso. El primer renglón de esta oración modelo es una declaración de alabanza y dedicación a honrar el nombre Santo de Dios. Honramos el nombre de Dios al usarlo con respeto. Si usamos el nombre de Dios ligeramente, no tomamos en cuenta la santidad de Dios.
Cuando decimos "Venga tu reino" es una referencia al reino espiritual. El Reino de Dios fue anunciado en el pacto con Abraham, está presente en el reinado de Cristo en el corazón de cada creyente, y será completado cuando la maldad sea destruida y El establezca nuevos cielos y tierra.
Cuando oramos "Hágase tu voluntad", no estamos abandonándonos a la suerte, sino que estamos orando que el propósito perfecto de Dios se cumpla en este mundo como en el más allá.
Que esta incomparable oración fué dada no sólo como modelo sino como forma, se puede entender teniendo en cuenta su propia naturaleza. Si consistiese solamente en sugestiones o direcciones para orar, sería usada meramente como un manual; pero, observando que se trata de una oración real, designada para mostrar cuánto podría ser comprimida la verdadera oración en el mínimo número de palabras.
Las peticiones de la oración del Señor son siete. Las primeras tres tienen que ver exclusivamente con Dios: “Santificado sea tu nombre”; “venga tu reino”; “hágase tu voluntad”. Aparecen en escala descendente, pasando de su propia persona a su manifestación en su reino; y de su reino a la plena sujeción de sus súbditos, o la plena ejecución de su voluntad. Las cuatro peticiones restantes tienen que ver con nosotros mismos: “Danos hoy nuestro pan cotidiano”; “perdónanos nuestras deudas”; “no nos metas en tentación”; “líbranos del mal”. Pero estas últimas peticiones aparecen en una escala ascendente, pasando de las necesidades corporales diarias a la liberación final de todo mal.
En la primera parte expresamos la cercanía de Dios con respecto a nosotros; en la segunda, su lejanía de nosotros. Una familiaridad santa y amorosa expresa la primera parte; una grandiosa reverencia, la segunda. Llamándole “Padre”, expresamos un parentesco que todos hemos conocido y sentido desde nuestra infancia; pero llamándole “Padre nuestro que estás en los cielos”, hacemos un contraste entre Él y los padres que todos conocemos aquí abajo, y por esto elevamos nuestras almas a aquel “cielo” donde Él mora, y a aquella majestad y gloria que existen allí como en casa propia. Estas primeras palabras de la oración del Señor, esta invocación con que comienza, ¡qué brillantez y qué calor arroja sobre toda la oración, y a qué región tan serena nos conduce al orar, al hijo de Dios que se acerca a Él!
En todas partes en las Escrituras, Dios define y señala la fe y el amor y la reverencia y la obediencia que él espera de los hombres, mediante sus manifestaciones a ellos, acerca de lo que Él es; tanto para alejar conceptos falsos acerca de Él, como para que toda la devoción de su pueblo tome la forma y el matiz de su propia enseñanza.
El reino de Dios es aquel reino moral y espiritual que el Dios de la gracia está levantando en este mundo caído, los súbditos del cual somos todos aquellos que de corazón hemos sido sujetos a su glorioso cetro, y del cual su Hijo Jesús es la gloriosa cabeza. En su realidad interna este reino existió siempre desde que hubo hombres que “caminaron con Dios” y “esperaron su salvación”; que estaban “continuamente con Él, sostenidos por su diestra”, y que aun en el valle de sombra de muerte, no temían mal alguno, cuando Él estaba con ellos. El advenimiento del Mesías fue un aviso de que el reino visible se acercaba. Su muerte colocó los profundos cimientos del reino; su ascensión a lo alto, “cautivando la cautividad y tomando dones para los hombres, y también para los rebeldes, para que habitase entre ellos el Señor Dios”; y la lluvia pentecostal del Espíritu, mediante la cual esos dones para los hombres descendieron sobre los rebeldes y el Señor Dios fue visto en la persona de miles y miles, “habitando” entre los hombres, fueron aspectos de la gloriosa venida de su reino. Pero todavía está por llegar, y esta petición, “venga tu reino”, debe continuar mientras exista un solo súbdito que deba ser introducido en este reino. Pero ¿no se extiende esta oración más adelante todavía, hasta “la gloria que ha de ser revelada”, hasta la etapa del reino llamada “el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” ? Quizá no directamente, en vista de que la petición que sigue, “Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” hace referencia a este estado presente de imperfección. Sin embargo, la mente rehúsa ser circunscrita por etapas y en el acto de orar, “venga tu reino”, irresistiblemente extiende las alas de su fe y de su esperanza gozosa hacia la consumación final y gloriosa del reino de Dios.
Que así como su voluntad es hecha en el cielo, con tanta alegría, tan constante y tan perfectamente, así también sea hecha en la tierra. Pero acaso alguno preguntará: ¿Ocurrirá esto alguna vez? Contestamos: Si los “nuevos cielos” y la “nueva tierra” han de ser solamente nuestro actual sistema material purificado por el fuego y transfigurado, claro que sí. Pero nos inclinamos a pensar que la aspiración en esta hermosa súplica no tiene referencia directa a un cumplimiento orgánico semejante, y no es más que el anhelo espontáneo e irresistible del alma renovada, puesto en palabras, de ver toda la tierra habitada en plena conformidad con la voluntad de Dios. No es necesario saber si eso sucederá alguna vez, o si puede suceder, para que se pueda ofrecer esta oración. Ella debe dar salida a sus santos deseos, y esto no es más que la atrevida y simple expresión de ellos
Dios tiene planes buenos, agradables y perfectos para sus hijos. El quiere transformarnos en un pueblo con una mente renovada, vivos para honrarle y obedecerle. Debido a que El solo quiere lo mejor para nosotros y por haber dado a su Hijo para que tengamos vida nueva, deberíamos ofrecernos con gozo en sacrificio vivo para su servicio. No hemos de estar conformes con la conducta y costumbres de este mundo, que por lo general son egocéntricas y a menudo corruptas. Muchos cristianos dicen sabiamente que la conducta mundana se extralimita demasiado. Nuestro rechazo a formar parte del mundo, sin embargo, debe ir más allá del nivel de conducta y costumbres. Es posible evitar muchas de las costumbres mundanas sin dejar de ser orgullosos, codiciosos, egoístas, obstinados y arrogantes. Solo cuando el Espíritu Santo renueva, reeduca y reorienta nuestra mente somos en verdad transformados. Solo cuando obedecemos, por esa gracia que nos capacita para hacerlo, la Palabra de Dios en la Biblia actúa con su poder. Solo cuando por convicción damos el primer paso, Dios Padre da el segundo paso actuando su poder en nosotros. Solo cuando Dios ve nuestro corazón dispuesto, sin doblez, comienza, el Espíritu Santo que mora en nostros satisfecho a bendecir nuestra vida.

¿Qué está consumado? La obra de la redención se había completado de una vez y para siempre; sus resultados serían permanentes. La Ley es cumplida, como nunca antes, ni después, en su “obediencia hasta la muerte, aun muerte de cruz”; la profecía mesiánica es cumplida; la redención es cumplida; “Él ha acabado la transgresión, y hecho reconciliación por la iniquidad, e introducido la justicia eterna, y sellado la visión y profecía, y ungido un lugar santísimo”. Él, Jesús, ha inaugurado el reino de Dios y dado nacimiento a un mundo nuevo. La deuda por el pecado humano ha sido una vez y por todas completamente pagada. El Señor completa la misión que había venido a realizar. Por la muerte de Jesús en la cruz, la deuda por el pecado de la humanidad ha sido completamente pagada, de una vez y para siempre.

La enseñanza de la palabra de moribundo con que Jesús entregó su espíritu: Consumado es; esto es, los consejos del Padre en cuanto a sus sufrimientos estaban ahora cumplidos. Consumado es: se cumplieron todos los tipos y las profecías del Antiguo Testamento que apuntaban a los sufrimientos del Mesías. Consumado es: la ley ceremonial es derogada, ahora vino la sustancia y todas las sombras se disipan. Consumado es: se puso fin a la transgresión y se ha introducido la justicia eterna. Sus sufrimientos estaban ahora terminados, tantos los de su alma como los de su cuerpo. Consumado es: la obra de la redención y salvación del hombre está ahora completada. Su vida no le fue quitada por la fuerza; libremente fue entregada.
Hasta ese momento, un sistema complicado de sacrificios se ofrecía por los pecados. El pecado separa al hombre de Dios y solo mediante el sacrificio de un animal, un sustituto, la gente podía recibir perdón de su pecado y llegar a obtener limpieza delante de Dios. Pero la gente peca continuamente, de modo que eran necesarios sacrificios frecuentes. Jesús, sin embargo, fue el sacrificio final por el pecado. Jesús vino a consumar la salvación de Dios a pagar la deuda total de nuestros pecados. Con su muerte, el complejo sistema sacrificial terminaba porque Jesús cargó con todos nuestros pecados. Ahora podemos acercarnos con libertad a Dios por lo que hizo a nuestro favor. Los que creemos en la muerte y resurrección de Jesús podemos vivir por la eternidad con Dios y escapar de la muerte que lleva consigo el pecado.

Durante las tres horas que continuaron las tinieblas, Jesús estuvo en agonía, luchando con las potestades de las tinieblas y sufriendo el desagrado de su Padre contra el pecado del hombre, por el cual ahora hacía ofrenda su alma. Nunca hubo tres horas como esa desde el día en que Dios creó al hombre en la tierra, nunca hubo una escena tan tenebrosa y espantosa; fue el punto sin retorno de ese gran asunto, la redención y salvación del hombre.
Cada creyente puede haber saboreado algunas gotas de amargura, pero sólo podemos formarnos una idea muy débil de la grandeza de los sufrimientos de Cristo. Sin embargo, de ahí aprendemos algo del amor del Salvador por nosotros los pecadores; de ahí obtenemos una convicción más profunda de la vileza y mal del pecado, y de lo que nosotros le debemos a Cristo, que nos libra de la ira venidera. Sus enemigos ridiculizaron perversamente su lamento. Muchos de los reproches lanzados contra la palabra de Dios y al pueblo de Dios, surgen, como aquí, de errores groseros.
Cristo habló con toda su fuerza, justo antes de expirar, para demostrar que su vida no se la quitaban, sino la entregaba libremente en manos de su Padre. Tuvo fuerzas para desafiar a las potestades de la muerte; y para mostrar que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo, siendo el Sacerdote y Sacrificio, y clamó a gran voz. Entonces, entregó el espíritu. El Hijo de Dios, en la cruz, murió por la violencia del dolor a que fue sometido. Su alma fue separada de su cuerpo y, así, su cuerpo quedó real y verdaderamente muerto. Fue cierto que Cristo murió porque era necesario que muriera. Se había comprometido a hacerse ofrenda por el pecado y lo hizo cuando entregó voluntariamente su vida. Jesús entregó voluntariamente su espíritu. Cristo estuvo en control absoluto de su vida hasta el último momento.

Cristo obró meritoriamente nuestra justificación y salvación por su muerte y pasión, pero el poder y la perfección de esas, con respecto a nosotros, depende de su resurrección. Por su muerte pagó nuestra deuda, en su resurrección recibió nuestra absolución. Cuando Él fue absuelto, nosotros en Él y junto con Él recibimos el descargo de la culpa y del castigo de todos nuestros pecados. 
Cuando creemos, ocurre un cambio. Damos a Cristo nuestros pecados y El nos da justicia y perdón. No hay nada que podamos hacer para ganarlo. Solo a través de Cristo recibimos la justicia de Dios.
¡Qué oferta más increíble para nosotros!
Muchos aún no la toman en cuenta y siguen "disfrutando" su pecado, haciendo caso omiso de su Palabra en la Biblia; burlándose, riéndose. Sigamos orando por ellos.
Al levantar a Cristo de entre los muertos, Dios anuncia tanto su aprobación de la obra redentora de Cristo ya consumada, como de todos los que creen, y por lo tanto están unidos al Señor en su resurrección.

Cristo consumó la obra de Salvación. ¿Acaso el hombre puede añadir algo más? No, tan solo repito e insisto una vez más, TENEMOS QUE OBEDECER y dejarnos de excusas.  Él mismo es el más claro ejemplo de obediencia absoluta al Padre hasta el fin de cumplir su misión.