Gálatas 5:1
Estad, pues,
firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez
sujetos al yugo de esclavitud
Con estas palabras empieza Pablo esta nueva
sección de su carta. Cristo nos ha liberado para el estado de libertad. No se
ha limitado a descargarnos por un momento el fardo de la esclavitud; nos ha
colocado en estado de libertad. En ella estamos ahora. La «poseemos» en Cristo.
Cristo no sólo nos ha liberado de las prescripciones rituales de la ley, sino
en rigor de toda ley externa; esta podrá servir al hombre de indicador del
camino a seguir, pero la motivación radical y última, el principio interno y
dinámico de toda obra para el cristiano tiene que ser el amor a Dios y el amor
al prójimo.
Cristo murió para libertarnos del pecado y de una lista interminable
de leyes y regulaciones. Cristo vino para liberarnos, no para hacer lo que
queramos, lo que nos llevaría nuevamente a la esclavitud de nuestros deseos
egoístas. Si no que, gracias a Cristo, somos libres y ahora estamos en
condiciones de hacer lo que antes era imposible: vivir libre del egoísmo.
Aquellos que apelan a su libertad para hacer lo que gusten o ser indulgentes
con sus deseos, están cayendo en las garras del pecado.
Cristo nos ha liberado para la libertad, en la que hemos sido
constituidos por la muerte redentora de Cristo en la cruz; ahora estamos en ese
estado, a merced de la libertad. Se trata de la libertad de la ley, a la que
los gálatas querían renunciar sometiéndose a la circuncisión. Pero, puesto que
Pablo usa aquí la palabra «libertad» en sentido amplio, incluye también la
libertad del pecado. En el ámbito de la ley, ésta despliega y robustece el
pecado. La ley es «la fuerza del pecado» (1Corintios 15:56).
Quien ha escapado a ella ha escapado también al pecado. El que ha sido liberado
por Cristo está también libre de la muerte, que es consecuencia del pecado (Romanos 5:21) y de la que éste es aguijón.
Quien goza de esta libertad en virtud de Cristo debe mantenerse firme
en ella; se quedará en ella. Querrá conservar su estado de libertad. Será
consciente de su dignidad. Pero a quien se deje apresar por el yugo de la
esclavitud le vacilarán las rodillas. Gemirá bajo la esclavitud de la ley,
porque no será capaz de soportarla. Esto es lo que les sucederá a los gálatas
si retornan a la legalidad en que vivían antaño (1Corintios
4:9). No deben volver a ella. Lo mismo nosotros.
Cristo no será el Salvador de nadie que no lo reciba y confíe en Él
como su único Salvador. Prestemos oído a las advertencias y las exhortaciones
del apóstol a estar firmes en la doctrina y la libertad del evangelio. Todos
los cristianos verdaderos que son enseñados por el Espíritu Santo, esperan la
vida eterna, la recompensa de la justicia, y el objeto de su esperanza, como
dádiva de Dios por fe en Cristo; y no por amor de sus propias obras.
El convertido judío puede observar las ceremonias o afirmar su libertad,
el gentil puede desecharlas o participar en ellas, siempre y cuando no dependa
de ellas. Ningún privilegio o profesión externo servirá para ser aceptos de
Dios sin la fe sincera en nuestro Señor Jesús. La fe verdadera es una gracia
activa; obra por amor a Dios y a nuestros hermanos. Que estemos en el número de
aquellos que, por el Espíritu, aguardan la esperanza de justicia por la fe.
El peligro de antes no estaba en cosas sin importancia en sí, como
ahora son muchas formas y observancias. Pero sin la fe que obra por el amor,
todo lo demás carece de valor, y comparado con ello las otras cosas son de
escaso valor.
¡Maranatha!
¡Maranatha!
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