Job 36; 26
“He
aquí, Dios es grande, y nosotros no le conocemos,
Ni se puede seguir la huella de sus
años.”
Nos enseña la Biblia que
Dios es incomprensible; no podemos conocerlo completamente. Podemos tener algún
conocimiento de El porque la Biblia está llena de detalles acerca de quién es
Dios, cómo podemos conocerlo y cómo podemos tener una relación eterna con El.
Pero nunca podremos saber lo suficiente como para contestar todas las preguntas
de la vida (Eclesiastés_3:11), predecir nuestro
propio futuro o manipular a Dios para nuestros propios fines. La vida siempre
tiene más preguntas que respuestas, y debemos ir constantemente a Dios para
obtener algunas pistas frescas acerca de los dilemas de la vida.
El hombre puede ver las obras de Dios y es capaz de discernir su mano
en ellas, cosa que las bestias no, por tanto, ellos deben dar a Él la gloria. Con
todo, la obra de Dios sigue siendo un misterio insondable, al que sólo los
hombres pueden acercarse de lejos. Nadie puede contar sus años, pues es eterno.
Su poder omnímodo se muestra en los fenómenos de la naturaleza, particularmente
en la formación de la lluvia: la evaporación y formación de las nubes y la
destilación consiguiente sobre los hombres es un fenómeno admirable y
bienhechor, que muestra a la vez su poder y bondad. Gracias a ellas se asegura
la alimentación de los pueblos Pero mientras el hacedor de iniquidad debe
temblar, el creyente debe regocijarse. Los niños deben oír con placer la voz de
su padre, aun cuando él hable en el terror a sus enemigos. No hay luz, pero
puede que haya una nube interceptándola. La luz del favor de Dios, la luz de su
rostro, la luz más bendita de todas, hasta esa luz puede tener muchas nubes.
Las nubes de nuestros pecados hacen que el Señor esconda su rostro e impida que
la luz de su amante bondad brille sobre nuestras almas.
La
grandeza de Dios en el cielo y en la tierra: una razón por qué Job debería
someterse bajo la mano disciplinaria de Él.
1 Juan 4; 8
“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”.
Juan no está definiendo la naturaleza de Dios en sí; no dice que el
amor es Dios. Está afirmando que el amor tiene que caracterizar a los que son
de Dios porque le caracteriza a Él, y se deriva de Él.
El que no ama
(habitualmente) no puede ser del que es amor, no importando las reclamaciones
que haga.
El amor tiene su origen en Dios. Es desde
el Dios Que es amor desde donde fluye todo amor. Cuando más cerca estamos de
Dios es cuando amamos. El hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios (Génesis_1:26). Dios es amor; y, por tanto, para ser
semejante a Dios y ser lo que debe ser, el hombre también debe amar. El amor
tiene una doble relación con Dios. Es sólo conociendo a Dios como aprendemos a
amar; y es sólo amando como aprendemos a conocer a Dios. El amor procede de
Dios, y conduce a Dios.
Es por el amor como
se conoce a Dios. No podemos ver a Dios, porque Dios es Espíritu; lo que sí
podemos ver es Su efecto. No podemos ver el viento, pero podemos ver lo que
hace. No podemos ver la electricidad, pero podemos ver los efectos que produce.
El efecto de Dios es el amor. Es cuando Dios entra en una persona cuando la persona
está revestida con el amor de Dios y el amor del hombre. Dios Se conoce por Su
efecto en esa persona. Se ha dicho: «Un santo es una persona en quien Cristo
vive otra vez.» Y la mejor demostración de Dios no viene de la discusión, sino
de una vida de amor.
El amor de Dios se
demuestra en Jesucristo. Cuando miramos a Jesús vemos dos cosas acerca del amor
de Dios:
(a) Es un amor que no se reserva nada.
Dios estuvo dispuesto en Su amor por los hombres a dar a Su Hijo único y a
hacer un sacrificio que es absolutamente imposible superar.
(b) Es un amor totalmente inmerecido. No sería tan
extraordinario si nosotros Le amáramos a Él por todas las cosas que Él nos ha
dado, hasta aparte de Jesucristo; lo maravilloso es que Él ame a criaturas
desagradecidas y desobedientes como nosotros.
El amor humano es
la respuesta al amor divino. Nosotros amamos porque Dios nos amó. Es la visión
de Su amor lo que despierta en nosotros el deseo de amarle como Él nos amó a
nosotros antes, y de amar a nuestros semejantes como Él los ama.
Si Dios no hubiera
sido más qué Ley y Justicia, habría dejado a los hombres a las consecuencias de
su pecado. La ley moral operaría: el alma que pecare, moriría; y la justicia
eterna distribuiría los castigos inexorablemente. Pero el mismo hecho de que
Dios es amor quiere decir que tenía que buscar y salvar lo que se había
perdido. Tenía que encontrarle un remedio al pecado.
Si Dios fuera
simplemente Creador, los seres humanos viviríamos nuestro breve espacio, y
moriríamos para siempre. La vida que acababa en la Tierra sería solamente otra
florecilla más que la escarcha de la muerte helaría bien pronto. Pero el hecho
de que Dios es amor hace cierto que los azares y avatares de la vida no tienen
la última palabra, y que Su amor ajustará de nuevo los desequilibrios de esta
vida.
Dios envió a Su
Hijo para que pudiéramos tener la vida por medio de Él. Hay una diferencia
abismal entre la existencia y la vida. Todas las criaturas tienen existencia,
pero no todas tienen vida. Y lo mismo se puede decir de las personas. La misma
ansiedad con que los hombres buscan el placer prueba que hay algo que falta en
sus vidas. Jesús le da a la persona una
razón para vivir; le da fuerza para vivir, y le da paz para vivir. Vivir con
Cristo convierte la mera existencia en plenitud de vida.
Dios envió a Su Hijo, Jesucristo, para
que fuera el sacrificio expiatorio por el pecado. No nos movemos en un mundo de
pensamiento en el que los sacrificios animales sean una realidad; pero podemos
comprender plenamente lo que el sacrificio quería decir. Cuando una persona
peca, su relación con Dios se interrumpe; y el sacrificio era la expresión del
arrepentimiento, diseñado para restaurar la relación perdida. Jesús, por Su
vida y muerte y resurrección, hizo posible que el hombre entrara en una nueva
relación de paz y de amistad con Dios. Hizo un puente a través de la terrible
sima que había abierto el pecado entre Dios y el hombre.
Cuando Él, Jesús,
vino al mundo, la humanidad no era consciente de nada tanto como de su propia
debilidad e indefensión. Eran
desesperadamente conscientes de " su debilidad en las cosas necesarias.»
Necesitaban «una mano que se les tendiera para levantarlos.» Sería totalmente
inadecuado pensar en la salvación como una mera liberación del castigo del
infierno. Los hombres necesitaban ser salvos de sí mismos; necesitaban ser
salvos de los hábitos que habían llegado a ser sus cadenas; necesitaban ser
salvos de sus tentaciones; necesitaban ser salvos de sus temores y ansiedades;
necesitaban ser salvos de sus locuras y errores. En cada caso Jesús ofrece
salvación a los hombres; Él aporta lo que les permite enfrentarse con el tiempo
y encarar la eternidad.
Tómese como se
tome, esto quiere decir fuera de toda duda que Jesucristo está en una relación
con Dios que no ha tenido nunca ni tendrá jamás ninguna otra persona. Él es el
único que puede mostrarle a la humanidad cómo es Dios; Él es el único que puede
traer a la humanidad la gracia, el amor, el perdón y la fuerza de Dios.
Y el Espíritu es el
testigo interior que nos da la consciencia inmediata, espontánea,
inanalizable, de una presencia divina en nuestras vidas.
¡Maranatha! Si, ven Señor Jesús!
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