Juan 15:5
Yo (Jesús) soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece
en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis
hacer.
Cuando Jesús trazó
la alegoría de la vid sabía de lo que estaba hablando. La vid se cultivaba y se
cultiva todavía en toda Palestina, más o menos como aquí en Galicia, aunque más
en terrazas. Es una planta que requiere mucha atención si se quiere obtener un
fruto de calidad. El terreno tiene que estar perfectamente limpio, y las
plantas se separan convenientemente para que se puedan desarrollar. Se suelen
podar los sarmientos en el invierno reduciendo la cepa a su mínima expresión.
Algunas veces se poda la cepa a menos de un metro de altura, dejándole brazos
radiales que se atan a tutores hasta que se hacen resistentes, que son los que
producen los sarmientos, y estos el fruto; otras veces se apoyan las varas en
espalderas o en árboles. Y, desde luego, a veces como parras, que se hacen muy
frondosas a la puerta de las cabañas. Pero siempre requieren una buena
preparación y un buen cuidado del suelo. No se deja que la vid dé fruto los
tres primeros años, para que desarrolle conservando toda su energía. Ya adulta
produce dos tipos de sarmientos, unos que dan fruto y otros que no. Los que no
van a dar fruto se cortan bien atrás para que no vuelvan a brotar ni esquilmen
la fuerza de la planta. La vid no puede dar buen fruto a menos que se la pode
drásticamente-y Jesús lo sabía muy bien.
Además, la madera
de la vid tiene la curiosa particularidad de que no sirve para nada. Es
demasiado fibrosa y poco compacta. En ciertas épocas del año, establecía la
ley, se tenían que llevar al templo ofrendas de madera para los fuegos de los
altares; pero no se consideraban aceptables las cepas. Lo único que se podía
hacer con los sarmientos de la poda o con las cepas que se arrancaban era una
fogata, para que no trajeran miseria -plagas-a los árboles.
En Galicia se usa
para leña en las casas de los pueblos o para encender los hornos. Este es otro
detalle que añade verosimilitud a la alegoría de Jesús.
Jesús dice que así
son Sus seguidores. Algunos de ellos son estupendos sarmientos productores
Suyos, y otros son chupones que no dan ningún fruto. ¿En quién estaba pensando
Jesús al hablar de los sarmientos estériles? Se pueden dar dos respuestas.
La primera es que
estaba pensando en los judíos. ¿No era esa la lección que habían dado los
antiguos profetas? La mayoría de los judíos se negaron a escuchar a Jesús y a
aceptarle; por tanto, eran sarmientos estériles y secos. La segunda es que
estaba pensando en algo más general que incluye a los cristianos cuyo
cristianismo es pura profesión de palabra; se definen muchos como creyentes,
pero no practicantes. Estaba pensando en los cristianos inútiles: todo hojas,
pero nada de fruto. Y estaba pensando en los cristianos que se vuelven
apóstatas, que oyeron el mensaje y lo aceptaron y lo abandonaron convirtiéndose
en traidores al Maestro al Que se habían comprometido a servir.
Así es que hay tres
maneras en que podemos ser sarmientos improductivos. Podemos negarnos a
escuchar a Jesucristo. O podemos escucharle, y luego confesarle de labios para
fuera, sin acciones. O podemos aceptarle como Maestro y luego, en vista de las
dificultades que se nos presentan o el deseo de vivir nuestra vida, Le
abandonamos. Es uno de los principios fundamentales del Nuevo Testamento que la
inutilidad invita al desastre. El sarmiento improductivo
acaba en el fuego.
Este pasaje nos
dice mucho acerca de mantenernos en Cristo. ¿Qué quiere decir eso? Es verdad
que hay un sentido íntimo en el que el cristiano está en Cristo y Cristo en él.
Pero hay muchos -puede que la mayoría- que no tienen nunca esta experiencia de
relación personal e íntima. Si nos encontramos entre ellos, no debemos
acomplejarnos. Hay una manera mucho más simple de considerarlo y experimentarlo
que está abierta a todos.
Usemos una analogía
humana. Todas las analogías son imperfectas, pero tenemos que hacer uso de las
ideas de que disponemos. Supongamos que una persona es débil. Ha caído en una
tentación; ha hecho un lío de su vida. Está deslizándose hacia un estado de
degeneración mental, moral y física. Ahora supongamos que tiene un amigo o amiga
de carácter fuerte y amable y amante, que la rescata de su degradación. Sólo
hay una manera en la que puede mantener su reforma y mantenerse en el buen
camino: manteniéndose en constante
contacto con quien le ha otorgado su amistad y ayuda. Si pierde el contacto,
todas las probabilidades apuntan a que sus debilidades se le impondrán otra
vez. Las viejas tentaciones le saldrán al paso otra vez, y caerá. Su salvación
depende de que se mantenga en contacto constante con el carácter fuerte que es
su apoyo.
Muchas veces una
persona derrotada por el vicio o por la vida ha ido a vivir con otra que le ha
ofrecido ayuda. Mientras se mantuvo en aquel hogar y compañía, todo parecía ir
bien; pero cuando saltó la barrera otra vez y se fue a lo suyo, cayó. Tenemos
que mantenernos en contacto con el bien para derrotar al mal.
Mantenernos en Cristo es algo así. Hasta las ramas fructíferas
necesitan poda, porque, en el mejor de los casos, tenemos ideas, pasiones y
humores que requieren ser quitados, cosa que Cristo ha prometido hacer por su
palabra, Espíritu y providencia. Si se usan medios drásticos para avanzar la
santificación de los creyentes, ellos estarán agradecidos por ellos. La palabra
de Cristo se da a todos los creyentes; y hay en esa palabra una virtud que
limpia al obrar la gracia y deshacer la corrupción. Mientras más fruto demos,
más abundaremos en lo que es bueno, y más glorificado será nuestro Señor.
Para fructificar debemos permanecer en Cristo, debemos estar unidos a
Él por la fe. El gran interés de todos los discípulos de Cristo es mantener
constante la dependencia de Cristo y la comunión con Él. Los cristianos
verdaderos hallan, por experiencia, que toda interrupción del ejercicio de su
fe hace que mengüen los afectos santos, revivan sus corrupciones y languidezcan
sus consolaciones. Los que no permanecen en Cristo, aunque florezcan por un
tiempo en la profesión externa, llegan, no obstante, a nada. El fuego es el
lugar más adecuado para las ramas marchitas; no son buenas para otra cosa.
Procuremos vivir más simplemente de la plenitud de Cristo, y crecer más
fructíferos en todo buen decir y hacer, para que sea pleno nuestro gozo en Él y
en su salvación.
El fruto no se limita a ganar almas. En este capítulo, la oración
respondida, el gozo y el amor se mencionan como fruto Gálatas
5:22-24 y 2 Pedro_1:5-8 describen frutos
adicionales: cualidades del carácter cristiano.
El secreto de la vida de Jesús era Su
constante contacto con Dios; con frecuencia se retiraba a algún lugar solitario
a encontrarse con Él. Debemos mantenernos en contacto con Jesús. No podremos
hacerlo a menos que nos lo propongamos. Por ejemplo: orar por las mañanas,
aunque sea sólo un momento, es tomar un antiséptico que nos dura todo el día:
porque no podemos salir de la presencia de Cristo a tocar cosas malas. Para
unos pocos de nosotros, permanecer en Cristo será una experiencia mística que
no se podrá expresar con palabras. Para la mayor parte de nosotros, será un
constante contacto con Él. Querrá decir organizar la vida, y la oración, y el
silencio, de tal manera que no haya nunca un día que nos olvidemos de Él.
Fijémonos en que
aquí se establecen dos cosas acerca del buen discípulo. Primera, que enriquece
su propia vida; su contacto con Jesús le hace fructífero. Segunda, que da
gloria a Dios. El ver una vida así hace que la gente piense en Dios. Dios es
glorificado cuando llevamos mucho fruto y nos mostramos discípulos de Jesús. La
mayor gloria de los cristianos es dar gloria a Dios con nuestra vida y
conducta.
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