Isaías 9; 6
Porque un niño nos es nacido, hijo
nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable,
Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.
En este versículo tenemos una de las más hermosas promesas poéticas
del reino venidero del Mesías. Anualmente lo recitamos y lo escuchamos cantar
cuando celebramos la Navidad. Sin embargo, también se refiere a una de las
verdades más grandes y misteriosas de la Biblia: la encarnación, «un niño nos
es nacido, hijo nos es dado». Dios se haría parte de la raza humana. Un niño
recién nacido sería llamado «Dios fuerte, Padre eterno». Podemos aceptar esta
verdad por fe, pero no podemos comprender plenamente lo que significó, para la
segunda persona de la Trinidad, abandonar su estado divino y revestirse de la
naturaleza humana. Pero Pablo nos dice que tomó la forma de siervo y vino a la
tierra como un ser humano. «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y
le dio un nombre que es sobre todo nombre» (Filipenses_2:7-9). En medio de un horizonte cerrado de tragedia, el profeta,
inesperadamente, divisa un rayo esplendoroso de luz y de redención para los
oprimidos, que le hace prorrumpir en un canto lleno de exultación al ver
vencido al opresor del pueblo elegido, y todo como consecuencia de la
intervención de un misterioso niño adornado de dotes excepcionales que
inaugurará una venturosa era de paz
El evangelio trae gozo consigo. Los que desean tener gozo, deben
hacerse la expectativa de trabajar arduamente, como el agricultor, antes de
tener el gozo de la cosecha; y por duro conflicto, como el soldado, antes de
repartir el botín.
Los judíos fueron librados del yugo de muchos opresores; esto es
sombra de la liberación del creyente del yugo de Satanás. La limpieza de las
almas de los creyentes del poder y la contaminación del pecado será efectuada
por la obra del Espíritu Santo como fuego purificador. Estas grandes cosas para
la Iglesia serán hechas por el Mesías Emanuel. El Hijo ha nacido: era seguro; y
la Iglesia, antes que Cristo se encarnara, se benefició por su obra. Es una
profecía suya y de su reino, que leen con placer los que esperan la consolación
de Israel. Este Hijo nació para provecho de nosotros los hombres, de nosotros
los pecadores, de todos los creyentes, desde el comienzo hasta el fin del
mundo.
Con justicia se le llama Admirable, porque Él es Dios y hombre. Su
amor es la admiración de los ángeles y de los santos glorificados. Él es el
Consejero, porque conoce los consejos de Dios desde la eternidad; y Él da
consejo a los hombres, consejos en que consulta nuestro bienestar. Es el
Admirable Consejero; nadie enseña como Él. Es Dios, el Poderoso. Tal es la obra
del Mediador que ningún poder menor que el del Dios todopoderoso podía hacer
que ocurriera. Es Dios, uno con el Padre. Como Príncipe de Paz nos reconcilia a
Dios; es el Dador de paz en el corazón y la conciencia; cuando su reino esté
plenamente establecido, los hombres no aprenderán más a guerrear.
El principado está sobre Él, que llevará esa carga. Cosas gloriosas se
dicen del gobierno de Cristo. No hay final para el aumento de la paz, porque la
felicidad de los súbditos durará para siempre.
La plena armonía de esta profecía con la doctrina del Nuevo
Testamento, demuestra que los profetas judíos y los maestros cristianos tenían
el mismo punto de vista de la persona y la salvación del Mesías. ¿A cuál rey o
reino terrenal se pueden aplicar estas palabras? Entonces, oh Señor, date a
conocer a tu pueblo por todo nombre de amor y en todo carácter glorioso. Da
aumento de gracia en todo corazón de tus redimidos de la tierra.
¡Maranata! ¡Sí, ven
Señor Jesús!
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